Mi planeta de chocolate: “Mi vida después de ti”

Manuel Cortés Blanco

Cacao

La memoria se convierte en esa despensa que llenamos con vivencias, vividas o no, para constatar que hubo un tiempo en que fuimos felices. Al igual que la rebeldía se erige en patrimonio del joven, los recuerdos consolidan un derecho del adulto. Y es que cuando algo importante nos ocurre, ocultarlo equivale a mentir.

En esa despensa persiste el derecho de admisión. Y desde su ejercicio, diluimos en la anécdota aquellos pasajes que puedan dañarnos, embelleciendo los hechos en su narración.

Además, hay muchas cosas que únicamente entiendes cuando las repasas, no cuando sucedieron. Los años aportan esa perspectiva que permite ver el bosque sin que lo tape su arbolado. Desde mi madurez he perdonado a quien nunca perdonaría, he aprendido que lo importante en un baile es bailar y no quejarse de que te pisan, he mirado atrás sin dejar de mirar hacia delante. Absolví tantos errores, conviví con mis pecados. Incluso me he cerciorado de que el día en que la vida pase cuentas, no le pueda pagar.

Gracias a esas experiencias el hombre va forjando su identidad hasta reubicarse por completo. Si no soy yo, ¿quién? Si no es aquí, ¿dónde? Si no es ahora, ¿cuándo?

Me siento latino, y si embiste el olvido lo toreo.

La historia de Benito Expósito Expósito traduce una historia de nuestra memoria. Para contar la mía, debo contar la suya. Por eso, ¿qué tal si empezamos donde lo dejamos?

Sin Vanesa, Nicesio, Simón y tantos niños. Sin ese juguete que debía durar siempre, sin el traje de domingo. Nada peor que recordar como propio aquello que nos negaron.

Tras un milenio en la parte trasera del carro, junto a Pancho, Guadalupe y una tonelada de enseres, aquel año del tigre en el calendario chino Benito llega a Puerto Viejo de Talamanca, en Costa Rica. Allí, a orillas del Atlántico, en una provincia llamada Limón, asienta la tierra prometida. Esa hectárea de sudor y grano en la que cultivarán el último producto de la creación. Aquello que Dios hizo con la costilla de Eva: el cacao. Al menos ese es su sueño con sabor a chocolate.

Su playa luce una arena blanca que supera la blancura, un amor azul marino que palpita en cada ola, mil verdes de palmera, iguanas, mango. Ante tal explosión de colores, el mismísimo arcoíris acostumbra a pintarse en ella, reflejándose en sus aguas cristalinas. No habrá paleta ni espejo mejor.

La llovizna, coqueta y caprichosa, se convierte en catarata de vida. Si a ello añadimos el aroma a café, su gusto por el bombón y esa foto de familia pegada con cuentos, no queda lugar a dudas: en Puerto Viejo de Talamanca se encuentra el paraíso.

Muchos de los habitantes tienen raíces africanas. Sus ancestros llegaron como esclavos al Nuevo Mundo, trabajando en la explotación del banano. Los negreros querían mano de obra, pero vinieron personas. Y muchos miran al Norte anhelando un pasaporte estadounidense. De hecho, el idioma inglés se ha colado en sus hogares, parasitando al castellano. Los sentimientos son feelings; los adioses, bye-bye. Alguno abre su window, mientras saborea el maná de nuestro tiempo: la Coca-cola. Por supuesto, acompañada de un trozo de bizcocho; o mejor de plum-cake, que suena más internacional.

¡Qué nadie se queje! En el futuro será mucho peor.

Por fortuna, siguen siendo fieles a su música, tanto folklore, sus sonrisas, la piña colada. Si he de vivir con gente así, no quiero morirme nunca.

Pancho y su familia trabajan duro, muy duro: de sombra a sombra, de sol a sol. Hombros y hombres por igual prefieren hacer cosas que recordarlas. Cuando alguien tiene una ilusión, se pone a caminar. La cosecha de cacao, alimento de dioses, exige mil sacrificios. Fuerzas y esfuerzos para sembrar el grano, madurar la vaina, cortar su mazorca. Hacerlo bien y en la buena dirección, con ese mimo que roza la artesanía. Solo así seremos los primeros; solo así podremos subsistir.

Benito no descuida sus lecciones en la escuela de ese pueblo marinero. Junto a los hijos de un millón de pescadores, aprende a multiplicar, las capitales del mundo, los cientos de apodos de los reyes de España. Que si Juana la Loca, que si Felipe el Hermoso, que si Carlos el Hechizado, que si Pedro el Cruel. ¿Quién tendría valor para poner tales motes? Aunque de entre todos, siga escogiendo a ese Alfonso X el Sabio que descubriera en la biblioteca del convento.

Con el rabillo del ojo ubica esa esquina del mapa llamada Galicia. Él nació allí, y desde este pasaporte universal será gallego siempre.

Con la punta de su bota participa en los recreos de esta mezcla de danza, deporte y vicio llamada fútbol, que tanto deleita en el municipio. El cien por cien de sus habitantes tiene en tal práctica su religión; el resto son católicos. A veces el balón le pasa entra las piernas; tal vez sería bueno jugar con sotana. Y en su ejercicio, comprende la importancia de las cosas. Para hacerlo bien son necesarias tres: ganas (en la facultad de empresariales dirán que motivación), pelota (recursos) y sus reglas elementales (método). Si falta una sola de ellas, será imposible jugar.

Tampoco arrincona su tarta en el postre, los juegos de arenero, cada cuento en el preámbulo de sus sueños.

…La bruja pretendía comerse a los dos. El fogón estaba listo y la mesa dispuesta. Entonces le dijo a Gretel:

-Metete dentro del horno, a ver si está caliente.

Su verdadera intención era cerrar la puerta cuando la niña estuviese dentro, asarla y comérsela junto a su hermano.

Gretel le adivinó el pensamiento y dijo:

-No sé hacerlo; ¿me podría enseñar?

Refunfuñando, la bruja procedió a darle ejemplo, metiéndose en su interior.

Entonces Gretel le dio un empujón y, corriendo el cerrojo, la encerró…

Si tienes una historia que te gusta, para qué contar otra.

Y en el estante predilecto de la memoria, guarda un guiño para sus amigos: Nicesio, Simón, Vanesa, los niños de Morelia, de las colonias en Francia, de la inclusa del monasterio. Mi soledad no es completa sin ti.

El cacao renta por encima de la pesca. Sube su demanda en los desayunos, la cotización en el mercado. Para vender una onza de chocolate solo se precisa un cliente. Y ese cliente no falla.

La temporada que viene sembraremos el triple. En vez de quejarnos del viento, construiremos molinos; si sigue lloviendo, levantaremos canales. Cuando alguien hace algo más de lo que se espera de él, se produce un pequeño milagro.

Pancho ha renunciado a ahogarse en el tequila. No bebe desde hace tiempo por prescripción facultativa. ¿Acaso Guadalupe no tiene facultad para ordenárselo? Y eso a pesar de las tentaciones de su inconsciente: algo que hace ver doble no puede ser malo para la vista.

Al tiempo, mejoran los ingresos. La caseta será casa; la sala, salón. Habrá una bicicleta apoyada en la fachada y un ramo de rosas presidiendo el dormitorio.

El dinero sirve para mucho; para poco más.

Porque a veces, la vida te sonríe sin motivo. Y créanme: no hay un motivo mejor.

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planetaChocolatecomprar

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Una respuesta a “Mi planeta de chocolate: “Mi vida después de ti”

  1. Sigo pensando de Manuel Cortés Blanco que lo que escribe es para leerlo y saborearlo en una tarde de lluvia, mientras tomas un tazón de chocolate. ¡¡¡DELICIOSO!!!

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