Stephen Shore: El protagonismo de lo cotidiano

Pedro A. Curto

Shore

Una mesilla de noche, un escaparate vacío, aparcamientos, una taza de wáter, un viejo teléfono, comida precocinada, un antiguo televisor, habitaciones y fachadas  de hoteles, puerta de café cerrada, calles despobladas, paisajes áridos, pies calzados y pies sucios, puzle sin hacer, gasolineras, aparcamientos, parejas y gentes… Y así hasta trescientas imágenes en la exposición de fotografías de Stephan Shore organizada por la Fundación Mapfre. “El modo de ver del fotógrafo se refleja en su elección del tema”, dice el escritor John Berger. Según esta afirmación, ¿cuál es el tema de Shore? Las respuestas pueden ser diversas y contradictorias: Que no hay tema. Que trata de dar protagonismo a lo que no lo tiene, a lo que en otras fotografías es secundario, a lo que está fuera del objetivo de la cámara. Que trata de captar lo que nos rodea, y que nuestro ojo, apenas destaca; lo que vemos, pero no reconocemos. Que trata de convertir en sublime lo corriente. Que trata de captar lo banal… Y aún podríamos tener más respuestas, que posiblemente podrían resultar, en mayor o menor medida, ciertas. Porque ante todo, Stephen Shore elimina la espectacularidad, no muestra grandes paisajes, (más bien al contrario), cielos brillantes, construcciones insólitas, expone lo que podríamos encontrar en cualquier viaje (que es una de las fuentes de sus fotografías): un mundo vulgar, lleno de lugares comunes. Es curioso ver esa gran variedad de objetos, en algunos casos decrépitos, instalados en las cartulinas fotográficas, igual que si dijesen: ¡Estamos aquí!, y de esa forma se reivindicasen.  No es muy diferente cuando se trata de personas, cazadas en un instante, con un posado arbitrario y al descuido, tanto cuando son conocidos  o familiares del fotógrafo, como él mismo, que nos mira tumbado desde la cama, rodeado de un paisaje caótico en una habitación destartalada. Incluso cuando abandona el color (que ha sido uno de sus aportaciones a la fotografía) y nos muestra en blanco y negro, a tamaño casi natural, instantes captados en la ciudad de New York. Es el mosaico urbano de la ciudad gris: gentes captadas en una imagen sin nada más en común que ocupar un espacio y un mismo momento, unidos por el azar, que de esa forma, se inmortalizan. Las fotografías de Shore huyen de la elaboración de un Cartier-Bresson, de sus mandamientos, construyen su base artística en la espontaneidad, aunque sea una espontaneidad meditada.  En algunos casos se acerca al método de la Polaroid, como un coche con las puertas abiertas, que en su aparente abandono, es fotografiado decenas de veces desde diferentes perspectivas. Un mismo objeto y cien maneras de ver, parece decir.

 “Toda imagen encarna un modo de ver, e incluso una fotografía, pues las fotografías no son como se supone a menudo, un registro mecánico. Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes, aunque solo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió una, de una infinidad de otras posibles”, nos vuelve a decir John Berger. ¿Hay algo de ese mecanicismo o de esa elección, en las fotografías de Stephen Shore? Es el propio fotógrafo quien nos puede responder: “A los dos días de empezar viaje me di cuenta que estaba haciendo fotos a lo que comía, a las camas en que dormía. Estaba haciendo un diario.” Es la intrahistoria que nunca figurará en la historia oficial de EE.UU y sin embargo nos está mostrando sus rostros más ocultos, aunque estén a simple vista. Son las piedras en el camino machadiano. Y a pesar de la aparente simplicidad, de lo común, es fácil percibir que el fotógrafo crea un lenguaje propio. Se puede cerciorar cuando abandona los EEUU y muestra unas imágenes de víctimas del Holocausto en la Ucrania post-comunista: Los objetos aquí son símbolos judíos o una estantería de cosas abandonadas, donde un pequeño busto de Stalin comparte espacio con un viejo televisor. Incluso en la elección de los paisajes no urbanos.

Dice Susan Sontang: “Todas las fotografías son momentos mori. Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa.” Quizás Shore solo pretenda eso, coleccionar momentos, no de la excepcionalidad, sino de la normalidad. Y con unas imágenes de aspecto simple, unas fotografías en apariencia amateur, construyen lo que señalase Walter Benjamin: “Trascurrirán treinta  años y tendrán lugar, como es natural, innumerables catástrofes. La fotografía, sin embargo, continuará en su lugar. Nada, ni nadie, desgracia o persona, habrán podido destruirla.” Algo que se puede ver, por ejemplo, contemplando un teléfono público de pared. Un instrumento normal en su tiempo, en el cual no repararíamos, que trasladado a una época como la actual, dominada por la revolución tecnológica, ha hecho del viejo teléfono de disco, un objeto casi de museo. Lo pasado, esa colección de momentos, que en apariencia no tienen un sentido revelador o de gran importancia, se convierten en revelaciones del tiempo pasado. Porque las piedras del camino, pueden ser testigos. O como dice John Berger: “La vista es quien establece nuestro lugar en el mundo circundante.” Y Stephen Sore recrea ese mundo con el ojo de su cámara.

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