Juan Alberto Campoy
-¡Claudio Rodríguez! ¡Claudio Rodríguez!¡Usted siempre en las nubes!
Aterrice de una vez. ¿No ha escuchado mi pregunta? Se lo repetiré por
última vez: ¿cuáles son las propiedades de la luz?
La maestra había empleado un tono de voz todavía más áspero y agresivo
del habitual. El niño, encogiéndose de hombros, respondió que no lo
sabía.
– A ver, Antonio Romero, ¿le podría instruir a su compañero sobre las
propiedades de la luz ?
Antonio Romero, peinado a raya, sonrisa colgate y voz aflautada, las
mencionó todas, sin olvidar una: que su velocidad es de 300.000
kilómetros por segundo, que la luz blanca se descompone en las
distintas tonalidades cromáticas cuando atraviesa un prisma, que la
reflexión y la refracción caracterizan a la luz, así como al resto de
fenómenos ondulatorios, etcétera.
– ¿Ha visto, Claudio Rodríguez? – la maestra volvía al ataque- Tome
ejemplo de su compañero.
Claudio, enrabietado, se atrevió a replicarla:
-No entiendo muy bien lo que dijo Antonio. Todos sabemos lo que es la
luz. Yo creo que se podría hablar de una forma más comprensible para
que todos nos entendiéramos.
-¿Cómo, por ejemplo? Si es capaz usted de hacerlo mejor, estaríamos
encantados de oírle. ¿Cómo definiría usted la luz?
Claudio tragó saliva y dijo con gravedad:
-La luz siempre viene del cielo, es un regalo de Dios, no se halla
entre las cosas, sino muy por encima, y se derrama en ellas, siendo ésta
su principal tarea.
-Bien, eso está muy bien, pero estamos en clase de física, no de
literatura. En física tiene usted un cero, y en cuanto a la literatura,
la verdad, no creo que ése sea su camino.
Claudio Rodríguez se restregó los ojos, dejando atrás sus recuerdos de
infancia, y se dirigió con seguridad y aplomo a recoger su flamante
premio Príncipe de Asturias de las Letras.
