Pedro A. Curto
En la Feria del Libro de Madrid contemplo una larga cola de gentes que esperan con paciencia bajo un tórrido sol a que un autor les firme su libro. Se les ve ansiosos, con el libro entre las manos, dispuestos a conocer a esa persona capaz de trasmitirles algo especial a través de las palabras. Me planteo si no será una leyenda urbana eso de que en España se lee poco, que no se muestra atención a la cultura; quejas de los cuatro inconformistas de siempre. El público que atesta El Retiro es una prueba de ello. ¿Y quién es el autor que tanto atrae? ¿Un prócer de las letras? ¿Una nueva promesa? ¿Alguien que irrumpe con nuevas fórmulas en una narrativa como la actual, bastante gastada y clónica? ¿O un poeta que ha conseguido versos con tal fuerza que rompen lo minoritario del género? Llego con curiosidad a donde está la caseta y me encuentro con que el autor es… Manuel Benítez, El Cordobés. No es el único caso, hay más; rostros mediáticos, una autora supuestamente juvenil cuyo nombre es coreado por sus seguidores, igual que una cantante de moda aclamada por los fans. La sociedad del espectáculo de la que hablase Guy Debord también ha llegado a la Literatura, o a lo que se llama Literatura, que ya es casi cualquier cosa.
Siempre me ha parecido que existe una gran distancia entre el momento creativo y lo que viene después, la reproducción y venta de ese “producto”. Lo primero es íntimo, frágil e inseguro, un momento lleno de incertidumbres; lo segundo es la entrega a un campo de batalla, que en los últimos tiempos, con la mercadotecnia, es casi un campo enemigo. La literatura es silencio, un silencio que habla, un silencio que grita, un silencio que comunica a través de los murmullos. Cuenta el escritor inglés John Berger en El toldo rojo de Bolonia: “Fue en esa habitación abarrotada donde aprendí que las palabras impresas pueden conjurar una presencia física.” Pero ese cuarto del que habla era el de su tío, un lugar solitario que él visitaba para compartir sus historias y libros, los recuerdos de sus viajes, así fue reconociendo la literatura y lo que esta contiene. Uno de esos espacios llenos de sonidos y músicas, pero alejado del ruido que nos rodea. Quizás esa sea la posibilidad de supervivencia de la literatura, al menos de determinada literatura, unas islas creativas que nos alejen de la tempestad ruidosa, para hablar y conjurar al mismo tiempo una época adversa para la palabra. Caminar a treinta centímetros del suelo, sabiendo dónde se encuentra el cemento y el asfalto, pero sin dejarse dominar por sus engranajes. Para que la palabra sangre, para que la palabra sienta y no se convierta en un producto más. Lo demás, ruido, demasiado ruido.
