José Pastor González

Ahora que todos le han abandonado
por sus coches, esposas, casas adosadas a la autovía,
negocios con vistas o amantes tiernas
a Harry le quedan las estaciones.
Ahí están, esperándole,
no han cambiado demasiado
desde su época de amores y vagabundeos,
a pesar de la informática, el diseño y la seguridad privada.
Cuanto más desiertas, pequeñas y alejadas de todo
mejor le acogen.
Solo
pasa de largo de aquellas que llevan hilo musical obligatorio.
Sí, ahí están,
esperándole,
sus inocentes locos de atar,
sus tímidos solitarios hablando a hurtadillas con amigos invisibles,
los chorizos de poca monta y nada de suerte,
sus golfillas perdidas que ofrecen su boca
por poco más que las gracias
sus viejos huelebraguetas
que van dejando babas y dientes en los urinarios,
sus viajeros sin maleta, billete y destino.
Ahí están,
esperándole,
con sus bares de camareros resacosos y cara de pocos amigos,
de camareras de pantalones ajustados
y manos que han amado, bebido y sufrido demasiado
para hablar más de lo necesario,
frías como salas de espera
para todos los que esperan más de la cuenta.
Ahí están,
esperándole,
carajillos quemados que le calientan los fríos que se han ido colando por sus heridas,
copas de sol y sombra, que como fuego helado
consumen la esperanza de algo mejor,
vasos de vino peleón para beber de un trago
sin volver la vista atrás
para no entretenerse en inútiles reproches.
Ahí puedes encontrar a Harry,
nada espera,
encadenando cigarro tras cigarro
pregunta tras pregunta
hasta que se quema la garganta de no encontrar respuestas,
de no llenar vacíos.
Ahí está Harry, arrastrando dolores, tristezas y cicatrices
sin haber aprendido de sus derrotas.
Pero aunque le creas vencido, sucio, perdido, humillado
todavía hay anocheceres sin luna
en que se cuela en trenes con paradas en todas las estaciones
con una esperanza que mima y saborea
hasta que llega la madrugada hiriendo
y baja en cualquier estación
donde en el andén
nadie le espera.

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