Carlos E. Luján Andrade

No1. Collage sobre cartulina-Carlos E. Luján Andrade
Los secretos son el sueño oculto o la mala experiencia vivida; son lo escondido, disfrazado con una personalidad que les debe el fundamento de su sustancia. Uno recorre los años con lo no dicho a cuestas, sin notar que aquello se adhiere cada vez más al comportamiento y a nuestras creencias. Los atesoramos, grata o ingratamente, evitando su exposición para que no les dé la luz de una verdad ajena, que tal vez pueda quitarles la pureza de su valor.
Un secreto expuesto pierde su brillo, ya que la mirada de quien no le encuentra lo sagrado descifra su origen y le quita su valía a tan celoso resguardo. Para esas miradas desconfiadas, puede ser una alienación juvenil o una patología mal curada. A fin de cuentas, le quitan gravedad a lo que sostiene nuestro carácter.
El egoísmo de no compartir lo que consideramos sagrado —para bien o para mal— detiene el deterioro del hombre y de su personalidad. Con el recuerdo del secreto, aún somos niños, o nos reconocemos como jóvenes imberbes que no han sido tocados por la siniestra razón que, en los años de madurez, invade el pensamiento.
Un secreto es el garabato creído obra de arte, la confusión vestida de esquema mental claro y sincero. No nos sirve de nada exponer lo propio escondido, porque nos desconoceríamos en aquel discurso revelador, para nosotros sentido como traición. Sin embargo, la simplicidad de esa alucinación —creada con base en colores y temores primarios, ajenos a cualquier perversa combinación— se vuelve compleja al dejar a su albedrío su resguardo, pues se infiltra y se derrama, devorando la verdad para regurgitarla en compleja mentira.
El fracaso amatorio es el desaire adolescente del primer amor; el temor al afecto paternal, las palabras perdidas de un padre enfurecido o fatigado; el miedo a la humanidad, por haber sido violentado cuando se era más vulnerable.
Pero si nuestros secretos pervierten la verdad, ya es preciso dejarlos fluir, para que su falacia se disuelva en la ironía ajena o en el consuelo del consejo amical. Decirles adiós a lo que corrompe el alma, sin olvidar, sin embargo, que esos mismos secretos nos nutrieron hasta su maduración. Porque los secretos también maduran, y lo mejor es tirarlos antes de que se pudran dentro.
