Miguel Ildefonso

Músico de fuego /Ninapi harawiq (Hipocampo Editores, 2023) de la poeta, periodista y artista multidisciplinaria Nora Alarcón, es un libro de poesía escrita en quechua y español, que obtuvo una mención honrosa en el Premio Nacional de Literatura en Lenguas Originarias en el año 2024. En este hermoso libro la música es el enlace espiritual que nos devuelve aquella antigua armonía que había entre el hombre andino, el conocimiento inmemorial y la naturaleza. Nora Alarcón es, además, compositora y cantante, y, como señala en su prólogo, tras recordar su niñez cuando escuchaba las historias de sus abuelos acerca de los arrieros, entre canciones que mezclaban el quechua y el español, ha logrado recoger la historia y la mitología de este personaje, el arriero, quien es el músico, el que, en el plano terrenal, hace el enlace o la comunicación entre los pueblos. La poeta, a su vez, se vuelve arriera, cantante que enlaza los dos idiomas; y cronista, como ella dice, “entre palabras perdidas y esperanzas, constituyendo un viaje poético en su rescate”. Rescate de esa antigua actividad, de esos rituales y conexiones con la grandiosidad de la naturaleza, de esa economía que no era solo material sino filial, de hermandad, de reciprocidad; y, también, el presente libro es el rescate del quechua en su plano estético.
El libro está dedicado a los “legendarios arrieros de Carmen Alto / que recorrieron las rutas del Sur / la gran red de caminos del Inca: el Qhapaq Ñan”. La poeta ayacuchana vuelve poéticamente tras las huellas de estos arrieros que viajaban a caballo o mula o llamas, viajes que duraban semanas o meses. Ellos eran los encargados del transporte de mercancías y personas. Los de Carmen Alto, o Ccarmencca, del barrio de Ayacucho, llamados carmenaltinos, transportaban mercancías a Huancavelica, Huancayo, etc., creando redes sociales y culturales, consolidando o formalizando vínculos de compadrazgo o de alguna forma de parentesco ceremonial. Junto a la actividad del trueque de productos agrícolas y ganaderos de campesinos, que canjeaban con ropa, piezas de tela, peines, espejos, jabón, sal, azúcar, aguardiente, café, coca, etc., el arriero iba entonando canciones que acompañaban esos difíciles viajes, tal es así que los arrieros de Cerro de Pasco y Tarma crearon la muliza, un tipo de huayno muy conocido actualmente.
Músico de fuego tiene tres partes. La primera, sin título, es la presentación del “músico de fuego”, de los elementos de la naturaleza, de los sonidos y los instrumentos, y del punto de partida que es Carmen Alto. Los tiempos y espacios se entremezclan a lo largo de las estancias que componen el libro, muy similares a las alturas, quebradas y orillas de los ríos, cuando se viaja por los Andes, subiendo y bajando esos pisos o niveles, yendo y volviendo por los mismos caminos. Aquí la poeta transforma el viaje en una sola historia, cíclica. Y es así que la segunda parte, Ruta de las orquídeas, y la tercera, Ruta de los morochucos, constituyen, en esta mirada amplia (incluso cosmogónica) de la vida, de la historia colectiva de los pueblos, también un viaje hacia la memoria personal.
Entre esos hermosos parajes de Huancavelica, Ayrabamba, Sachabamba, Huambalpa, Sondor, Huamanga y Cangallo; entre los solitarios cantos a los apus y las rememoraciones de las danzas y las fiestas de los pueblos, con homenajes a García Zarate, Jaime Guardia, Máximo Damián, y a los legendarios morochucos, la poeta recuerda también al abuelo Juan de Dios Alarcón. Y nos dice: “El caballo sueña con el valle profundo / la vida el interminable viaje / hermanos mulas y caballos / me detengo soy parte del paisaje / Wiraqocha creó para mis abuelos el ayllu”. Esa comunión del ayllu es el fuego que los junta, que los reúne, para cantar, para conversar, para beber. Y es ahí cuando “La vida vuelve a empezar / con sus pesares y esperanzas”
Nora Alarcón ha volcado con sensibilidad y autenticidad su memoria, su música, sus conocimientos, su lengua, para ofrecernos este importante testimonio lírico de nuestra cultura y de nuestra humanidad. Aquí va el poema que cierra el libro:
Música Errante
Música
madera tallada en el dolor
herida del arriero
piedras de templos y sus campanarios
sobre los caminos del inca
historia forjada del compositor anónimo
a la orilla del río brindo una serenata
el humo de leña me acaricia de trinos
las cataratas hacen una sinfonía que lava mi alma
quizá debería labrar la tierra
y no ser testigo de mi muerte
sigilosas danzan las nubes tras la cordillera
se avecina una tempestad
ojos inocentes buscan a sus madres
música
raíces de sonidos a la luz del sol
terribles indignaciones buscan palabras…
la luna en cuarto creciente inspira mi viaje
entonces amo la melodía de las retamas
las banderas se agitan por las calles
febril mis ojos anulados por el humo
seducido por miradas de luciérnagas
la fogata fulmina la soledad del charango
entre tormentas
las rosas
la memoria
los horizontes
el vino me devuelve la cabeza de mil serpientes
mis notas musicales resuelven
alzar mi voz
silenciar mi prisión
despellejar la piel de los hechizos
castigar mis desaciertos
honrar la memoria de los asesinados
caminar entre hogueras
compartir mi canto
y construir las cenizas
