Verano del 2019

Hugo Dodero

No gas Café (1971)-Red Grooms





El verano recién empieza y el aire parece salir de un incendio. Presagia los padeceres de un domingo agobiante y explica la pesadez de mis párpados que arden, consecuencia de una noche sin descanso.

Empujo la puerta de vidrio con mi antebrazo y me recibe un aire más consistente y fresco. El salón está vacío y reina un silencio más propio de una biblioteca que del minimercado de una estación de servicio. Sólo se escucha de fondo una música compuesta a desgano. Un ritmo cansino y dos voces que balbucean palabras que no logro entender. El aroma a café es como una señal de vida.

Cuando me acerco al mostrador, la empleada deja su celular. Debe tener unos treinta años. Tiene el rostro cansado, el pelo con reflejos rubios, y aros grandes y gruesos. El uniforme fucsia deja ver un ancla tatuada en su brazo izquierdo, con un nombre que no llego a leer. Acepto su oferta de agregar tres medialunas al café con leche. Elijo una mesita, la más cercana a la pared vidriada, justo debajo del televisor del que emana otro raeggeton tan apático como el anterior.

En la otra punta del salón, una pareja de unos sesenta años desayuna en silencio. Como si fueran un matrimonio de toda una vida juntos, y a la vez dos desconocidos que no encuentran nada que compartir.

La empleada vuelve a su celular. Ahora tiene un codo apoyado en el mostrador y sostiene su cabeza con una mano. ¿Tendrá hijos? ¿Estará separada? ¿Estará enviando mensajes al padre de su hijo? Veo su expresión y me resulta increíble que pueda atender amablemente a los clientes.

Un empleado encargado de cargar combustible me ve desayunar y me saluda. Me pregunta al pasar si está todo bien. Le respondo que sí con una sonrisa fabricada para la ocasión. No está todo bien. Nada está bien y nunca lo va a estar, aunque cuando lo pienso, tampoco sucede nada con lo que no me haya resignado a convivir.

Recibo un mensaje de mi pareja. Está enojada porque la despertaron mal. Con toda probabilidad haya sido el marido que, aunque de manera involuntaria, no deja de empujarla hacia mí. Por momentos me olvido de que nuestra historia es un largo gráfico asintótico, con curvas que por mucho que se aproximen nunca se tocan, y me ilusiono pensando que cada día estamos más cerca de poder estar juntos. Desde que nos conocimos está a punto de separarse. Por momentos creo que eso nunca va a suceder. Me cuestiono si esa imposibilidad es un problema o es lo que sostiene la relación.
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Un hombre canoso entra rumbo al cajero automático. Parece venir de una playa inexistente, con sus ojotas y el short verde.

En la línea de surtidores dos empleados conversan animadamente. Él, recostado en el mueble donde se factura el combustible, parece contar alguna hazaña, mientras la chica, un poco más baja, lo mira fijo a los ojos.

El hombre de la playa, que parecía hipnotizado frente al cajero automático, por fin recibe su dinero. Masticando la última medialuna, el celular me muestra el post de un diario con el significado emocional de la obesidad.

Todos quisiéramos estar en otro lugar.

La música ahora tiene un ritmo un poco más vivaz. La mujer le indica con señas al marido que coloque las tazas en la bandeja y las lleve al mostrador. Se levanta y él la sigue arrastrando el paso. Se meten en el auto estacionado afuera. Conduce ella.

El atardecer avanza, pero el calor no cede. Me enfrento a una mudanza a fin de este mes. Acabo de firmar un nuevo contrato de alquiler y la ansiedad de la incertidumbre, ahora le dio paso a la sensación abrumadora de todas las cosas que tengo que hacer en muy pocos días. La nueva casa la eligió una de mis hijas y no sólo es más grande que la que estamos habitando, sino que, a diferencia de la que tenemos que dejar, está desprovista de muebles. Yo acepté esa casa pensando en tener lugar para mi novia y sus hijos. Me preocupa que su hija menor se caiga en la pileta. Tendría que poner una protección. Incluso pienso en cambiar el auto por una van de siete asientos.

En la televisión, dos periodistas analizan un caso de violencia policial.

Afuera la gente se mueve apurada, con una prisa que me descoloca. No se detiene. Pocos usan barbijo. Todos parecen tener prisa por llegar a algún lado, presumo que a sus casas.

¿Será mejor contratar un flete o hacer la mudanza con mi auto?

Los periodistas, ahora devenidos en médicos, debaten sobre el nuevo aumento de casos de COVID.

Escribo una lista de las cosas a comprar: cajas de cartón, cinta de embalar, perchas, bolsas de consorcio, un lavarropas, una heladera y las camas, como para poder empezar a habitar la nueva casa. Seguramente hay más cosas, pero entran en el terreno de lo imposible.

El mundo se mueve y yo permanezco sentado, mirando a través de la pared vidriada. Sigo tratando de ordenar la acumulación de trabajo y los preparativos de la mudanza. Hago listas de tareas y de cosas que comprar. Las reviso. Les doy prioridades. Me doy cuenta de que no llego a tiempo, ni me alcanza el dinero. Reorganizo. Tacho tareas, que después vuelvo a incorporar. Lo mismo con las compras. Vuelvo a sumar, parece que esta vez llego. Siento un alivio mezclado con alegría. Reviso las cuentas y descubro que hay un error. Otra vez la desazón.

Cierro el cuaderno.

En la pantalla un médico, esta vez real, habla con vos impostada y serena acerca de los efectos del estrés en las personas. Recomienda no preocuparse, hacer meditación, dormir al menos ocho horas y alimentarse sanamente. Un genio. Nunca lo hubiera sospechado. ¿Cuántos años habrá estudiado para llegar a esta conclusión? Vení, cancelame las deudas y te duermo dos días seguidos. Después de la abrumadora muestra de sabiduría, vuelve la música, que ahora se acelera como un hámster que no va a ningún lado. Se siente como una arenga que nadie quiere escuchar.

Entra un adolescente que va hacia el cajero automático. Pega la vuelta resoplando al ver la luz roja, señal de que no hay dinero para extraer.

Mientras en la televisión reportean a un abogado que intenta defender lo indefendible, pienso en la cena de mi hija. Por más que le dé vueltas, el dinero no me alcanza para comprar todo, y me resisto a aceptarlo. Pagaría por tener la visión distorsionada de la realidad que tiene el abogado, pero no. Me dejo invadir por la frustración. Una vez más, aunque ponga todo de mí, siento que no es suficiente.

En la televisión, ahora con la autoridad propia de los economistas, vuelven los mismos periodistas para hablar del valor del dólar, del ajuste económico y del enésimo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

La empleada limpia las mesas vacías con una rara mezcla de minuciosidad y desgano. Un empleado enciende las luces del minimercado. La noche avanza y vuelvo a mi casa. Saludo a mi hija que mira videos de K-Pop desde el sillón. Le ofrezco comprar su hamburguesa favorita y agrandar el combo para la cena, aunque sepa que nunca lo termina ¿para qué preocuparla? “Me va mejor que nunca” decía mi papá cuando las cosas se complicaban. A él parecía darle resultado. Llega el chico del delivery y le doy una buena propina. “Tenés que soltar” y “tenés que manifestar abundancia” me insistía Marianela, que no está acá para ver cómo mi cuenta bancaria se va secando mientras voy soltando dinero y mis deudas sí se transforman en abundantes. Quizás entendí mal.

Después de cenar, me voy a acostar. El miedo me da sueño. Por eso me dormía antes de los exámenes, aunque en ese momento creía que tenía nervios de acero. Apoyo la cabeza en la almohada y le pido a Dios no despertar.

Esta mañana amaneció nublado. Incluso lo poco que se ve de cielo, tiene un color celeste pálido, como raído. El viento sacude las copas de los árboles, haciendo más soportable el calor.

Se ve que a Dios se le olvidó el pedido que le hice. Me enojé. No pienso hablarle nunca más.

Miro el celular y veo un mensaje de mi novia. El marido estaba de guardia y los hijos, que como todos en pandemia adoptaron la costumbre de vivir de noche y dormir de día, estaban por ir a acostarse. Cambio de planes. Una ducha rápida y pongo rumbo hacia su casa. Parece que Dios advirtió mi enojo y quiere compensarme. No me importa llegar tarde al trabajo, más bien todo lo contrario. En pandemia todo es más relajado y ya saben que cuando no llego a horario es porque fui a visitar furtivamente a mi novia y esa historia le encanta a mi jefe. Es curioso cómo la gente analiza las cosas. Como todo amante, sobre todo en mi caso que estoy enamorado, soy tan cornudo como el marido, pero él es visto como un infeliz y yo como el gran ganador en esta historia, lo que me lleva a pertenecer a la extraña categoría de los “orgullosamente cornudos”.

Estaciono el auto a dos cuadras y bajo un sobre tamaño A4 lleno de papeles. En caso de emergencia, la coartada es que soy un empleado de la empresa donde ella trabaja trayendo documentación. Le mando un mensaje para corroborar que todo esté tranquilo y camino por el barrio que parece vacío, pero que seguramente ya sabe de mi presencia.

Llego a la casa de mi novia y el rottweiler se me viene encima moviendo la cola y queriendo lamerme la cara. Por suerte el marido no volvió, porque la coartada caería en pedazos. Charlamos entre mates y besos. Ella va a la cocina a calentar un poco más el agua mientras yo la abrazo por detrás y le beso el cuello. Nuestras respiraciones se van haciendo más fuertes, pero no alcanzan a impedir que se escuche el llanto de la hija llamando a su madre. Sube al dormitorio y no logra hacerla dormir. “Tiene fiebre” me dice mientras baja con la hija en brazos. Como cumple dos años en unos meses, todavía no hay riesgo de que cuente nada. Comienzo a cebar mate yo y mi novia prende la televisión para distraer a la hija, mientras le da un antitérmico. Ahora miramos “baby shark”. La escena se ve familiar. Me pregunto si esa es la vida que quiero vivir. Es el tipo de preguntas que contienen la respuesta. Ella dice que no le pesa la diferencia de edad. Lo que yo le llevo en años ella lo compensa (y en exceso) con la cantidad y gravedad de errores cometidos.

Esta vez no va a haber sexo, así que cuando se acaba el agua del termo finjo un problema en el trabajo y me preparo para partir. Vuelvo a recriminarle a Dios su impericia y desinterés. La nena queda en su sillita viendo la televisión mientras la madre me acompaña a la salida. “Perdoname”, me dice mientras me besa como ella solo sabe hacerlo. Malditos besos. ¡Todo sería tan fácil sin ellos! Por sí solos esos besos justifican el viaje y el riesgo. Justifican la espera y los planes incumplibles. Son como grilletes a los que me encadeno y no quiero soltar. Hasta Dios consigue mi perdón.

Llego al auto y enciendo el celular que se llena de mensajes. Me pongo en marcha rumbo al trabajo mientras pienso “que sea lo que Dios quiera”. Cuando me doy cuenta, no puedo evitar sonreír.

¿Quién sabe?… quizás me dé resultado.

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