SARDANÁPALOS: CLÍMACO (2001)

Fernando Morote







“El martillo sin la hoz”

RELATO

Clímaco mira su reloj y entiende que es hora de ponerse en marcha. La casa de Sebastián no está lejos de la suya. Verificar por internet los resultados del examen de admisión es un argumento plausible. Ida, la empleada doméstica de los Brenes, atiende el timbre.

Clímaco encuentra a Sebastián festejando con Carlos su ingreso a la universidad. Ensayan en sus instrumentos una canción que han compuesto a dúo. En una mesa plegable de plástico se acumulan botellas de cerveza y vasos de vidrio. Sobre el cenicero de cerámica resplandece un moño grande de marihuana. Al lado descansan un deshojado ejemplar de la Biblia y una caja de fósforos.

Los muchachos animan a Clímaco que se una a la celebración.

—¡Ármate un troncho y destapa una chela! —le dicen.

Clímaco accede. “¿Qué tiene que ver cachimbo con caficho?” piensa. No le gusta un ápice el tipo de música que practican sus amigos. Hasta el nombre de la banda (“Canchita Serrana”) le parece ridículo. El techo de calamina genera una acústica infernal que le perfora los tímpanos. Experimenta una creciente sensación de náusea. Titubeante, le pide a Sebastián una corbata prestada.

—¿Una corbata? ¿Para qué quieres una corbata, huevón?

Carlos suelta una risita sarcástica.

—¿Te vas a casar o qué?

Clímaco tose y escupe al suelo por gusto.

—Me acabo de acordar que tengo un compromiso más tarde con mi familia, y es formal la cosa.

Sebastián hace una pausa y ejecuta un redoble con los platillos de la batería.

—Baja a mi cuarto y saca una del armario. Están a la vista, escoge la que más te guste.
—¡Pero no te vayas a ahorcar con ella! ¿Ok? —gime Carlos, pulsando un acorde misterioso en su guitarra eléctrica— No queremos muertos feos en esta casa.

Clímaco desciende al segundo piso saltando de dos en dos las gradas de la escalera. Se sorprende por la variada colección de corbatas que tiene su amigo. De regreso en la azotea el potente olor de la hierba lo marea. Para no desentonar, sigue la corriente y se sirve un trago. Fuma reteniendo la respiración; la convulsión le inyecta los ojos.

—¡Suave, Climaquin! —advierte Carlos— No se trata de que te ahogues. Ya sabes: ¡no queremos muertos feos en esta casa!

Clímaco, descompuesto, se dirige a Sebastián.

—¿Sabes qué? —lloriquea— ¿Puedes prestarme tu teléfono?
—¿Vas a cancelar la boda? —insiste Carlos.
—¿Algún problema, Clímaco? ¿Por qué no llamaste cuando bajaste a sacar mi corbata?

Clímaco duda un poco antes de responder. Se seca con la mano el sudor que empieza a correr por su frente.

—No vi el teléfono. ¿Dónde puedo encontrar uno?
—Usa el que está en el cuarto de mi hermana.

Clímaco baja esta vez hasta el primer piso donde se ubica la recámara de Alexandra. Distingue la puerta entreabierta, se asoma tímidamente y golpea antes de entrar. Alexandra, desde su cama, lo invita a pasar; está recostada sobre unos cojines contra la pared, oyendo música con auriculares. Él explica que necesita hacer una llamada y ella señala el aparato sobre el escritorio.

Clímaco presiona los botones y mientras espera que le contesten sacude una pierna con agitación. Segundos después Alexandra lo observa gesticulando, batiendo nervioso las manos, sin poder escuchar lo que dice. Tras verlo colgar le pide que indique a Ida venir a su cuarto.

—¿Dónde la encuentro?
—Debe estar en la cocina.

Clímaco cruza el pasillo que conecta las habitaciones con el comedor. A escasos metros identifica a Ida, de espaldas, trabajando en el mostrador junto al horno. Se acerca por detrás, tratando de no hacer ruido. Camina en puntillas. A su paso divisa en un rincón, apoyado entre el refrigerador y el repostero, un desportillado martillo de carpintero. Maquinalmente se pregunta qué hace una herramienta como ésa en la cocina. Una palpitación incomprensible lo mueve a agacharse sigilosamente para recogerlo.

Ida está concentrada en su labor. Clímaco no ve lo que hay delante de ella, el sonido que produce el movimiento de sus manos le hace deducir que está cortando algo —quizás una zanahoria o una manzana—sobre la tabla de picar. En un instante se encuentra oliéndole el cuello. Ida se asusta y brinca como un conejo. Cuando ve la cara de Clímaco, tan próxima a la suya, también descubre con pavor que el muchacho, con los ojos desorbitados y las mejillas infladas, levanta el artefacto y le aporrea de un solo viaje la cabeza. Tres martillazos más acaban con la enclenque fisonomía de la criada que ahora yace en el suelo con la mirada perdida y el rostro sangrante.

El alboroto produce alarma en Alexandra, quien sale de su dormitorio y asoma la nariz. En la cocina se topa con la espantosa escena, lanzando un desesperado grito de auxilio. Clímaco entra en pánico. Recoge el martillo y castiga a Alexandra con un violento impacto en la bóveda del cráneo. Desvanecida, la arrastra hasta el interior de su dormitorio. Cuando muestra signos de recobrar la conciencia, intenta asfixiarla con una almohada. Ante la insospechada resistencia, recurre nuevamente al martillo. Entonces empieza el concierto: sucesivos, precisos, furibundos y devastadores mazazos hacen volar por el aire fragmentos de tejido encefálico, salpicaduras de sesos y chorros de fluidos sanguíneos.

Las facciones de Alexandra quedan convertidas en una plasta informe. Clímaco no sabe si reír o llorar. Su anatomía entera esta bañada en transpiración. Se ensaña con su víctima. El dolor reluce ausente en sus ojos. Susurra una plegaria. Alcanza el clímax. Siente que ha cumplido su misión.

Sebastián y Carlos han alcanzado a oír la voz alterada de Alexandra. A Sebastián incluso le parece que su hermana estaba llorando, Carlos piensa que ha ocurrido un accidente. Bajan velozmente y dan un rodeo por la primera planta. Van al comedor, a la sala, al vestíbulo. Miran por las cortinas hacia el jardín exterior. Se desconciertan por no encontrar a nadie. A Carlos se le ocurre indagar en el baño de visitas. Sebastián entra al dormitorio de Alexandra.

Clímaco, agazapado detrás de la cómoda, se abalanza contra su amigo, intentando reventarle el cerebro con la uña de acero. Sebastián esquiva ágilmente el embate y contraataca. Carlos entra al cuarto y tercia en la lucha, pero opta por pedir refuerzos en el vecindario. A los pocos minutos vuelve acompañado por el vigilante de la cuadra y un policía. Entre los tres someten a Clímaco, le colocan las esposas y lo trasladan detenido a la comisaría del sector.

Meses después se inicia el juicio penal. El fiscal interpela y desbarata la versión de Clímaco. El asesino es un joven severamente trastornado, aunque no carente de discernimiento. No es una persona normal, pero tampoco califica legalmente como inimputable. Haber perdido a su padre a temprana edad, ser estudiante de un colegio católico y desempeñarse como monaguillo en la misa dominical no son hechos que configuren atenuantes para su conducta homicida. Su perfil psicológico revela una sexualidad reprimida, envilecida por la rigidez de su educación religiosa y los obsesivos cuidados de su madre.

La visita consuetudinaria de Clímaco al hogar de los Brenes, durante las semanas previas a la comisión del delito, tienen el propósito de pastear el terreno, conocer la rutina de la familia y estudiar el movimiento de la casa. La solicitud de una corbata primero, y del teléfono después, mientras está en la azotea con Sebastián y Carlos, tolerando un tipo de música que detesta por su entrenamiento de acólito, son sólo pretextos para comprobar el escenario. Es claro que tiene todo planeado. Su objetivo es Alexandra. Quiere ser su enamorado, el yerno consentido y la envidia del barrio. En su fuero interno, se ve grandote y torpe, se siente feo. Está convencido de que no es capaz de atraer la atención y mucho menos el deseo de la chica. Ya que no puede conseguir su amor, quiere asegurarse de que nadie más lo haga.

Matar a una persona encajándole 44 martillazos en la cabeza no es consecuencia de un impulso repentino sino una evidente muestra de odio e impotencia. Ida, la sirvienta, es una mujer menuda y humilde, sin atributos físicos que pudieran despertar el apetito sexual masculino. A ella la ataca para eliminarla como testigo. No tiene sentido la súbita agresión, sin razón alguna, sólo porque un martillo se encuentra aparentemente fuera de lugar en la cocina. No es casualidad asimismo que, después de cometido el crimen y tras ser esposado por la policía, se haya encontrado en el bolsillo de su pantalón una soga enrollada y un par de guantes. Este detalle denota el grado de premeditación que esconde cuando entra a la casa de los Brenes ese sábado por la tarde.

Al culminar el proceso judicial, es hallado culpable y se le impone una sentencia de dos décadas tras las rejas. Saldrá de prisión —si sale (vivo)— en el año 2021.

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