LA TOALLA MANCHADA DE SANGRE (III)

Fernando Morote




Ya que el señor Colombo había sido mencionado, en asociación con un tema de aparente extorsión, no dudé en caerle de sorpresa.

Nada en esa amplia oficina de paredes enchapadas y sillones de cuero hacía sospechar que un profesional de su prestigio pudiera estar envuelto en manejos oscuros. La fotografía familiar, el título de abogado y las placas del Rotary Club me hicieron pensar que no todos los italianos del distrito tenían por qué pertenecer a la camorra.

Me invitó a almorzar al Chifa Unión. Siempre me intrigó el cuello del dueño, rígido como una columna de concreto. El señor Chung Yion quedó así a consecuencia de un terrible accidente en la carretera. Sólo movía los ojos. Si tenía que mirar más lejos giraba la cabeza y el cuerpo enteros. Descendiente de cuarta generación, sus antepasados más remotos llegaron como esclavos para trabajar en los campos de arroz. Sus abuelos fueron sastres en el centro de Lima. Y sus padres, cuando se mudaron a Barranco, abrieron un bazar en la Avenida Grau. Él y sus hermanos tuvieron la visión del restaurante. En cosa de meses, con los precios que ofrecían y la variedad de platos que incluían en su menú, le tumbaron la pollería al pobre genovés que alquilaba el local vecino.


Ocupamos un apartado en la zona privada. Visto de lejos, Emérito parecía un niño de diez años, pero era el mozo más senil del negocio; colocó con cuidado sobre la mesa una bandeja crepitante de carne roja sazonada con especias orientales. Ensayó un gesto de ceremonia, dio media vuelta y se fue.

—¿Entonces tuvo usted un altercado con el negro Cayetano en El Plebeyo?
—Fue un incidente confuso —declaró el señor Colombo.

En medio de su farragoso discurso, por demás inconsistente para mis expectativas, se refirió a alguien que podría servirme también de alguna manera. Acabada la charla, me dirigí hacia allá.



Los gigantescos ombúes que se elevaban en las cuatro esquinas del Parque Torres Paz eran incapaces de ocultar la inmensa cola que se formaba a partir de las seis de la tarde frente a la panadería del gordo Rossini. Ése sí que era un italiano turbio, famoso por sus empanadas de carne y sus fugazas de cebolla. Una fuente bien informada me confió que en el pasado dos de sus hermanos, allá en su país, entraron a robar una casa y, al no encontrar lo que buscaban, acribillaron mientras dormían a todos los miembros de una indefensa familia.


Cuando llegué encontré sobre la puerta enrollable un cartel que decía “cerrado por duelo”. Detuve a un chico que salía de la tienda del chino Chu.

—¿Sabes por qué está cerrada la panadería de Rossini? —le pregunté— ¿Quién se murió?

El muchacho dudó un instante. Miró con actitud sospechosa la periferia.

—Parece que uno de los empleados, en un ataque de celos, mató a su novia.
—¿Cómo?
—Le partió la cabeza a martillazos. Dicen que la vio salir de un hostal con otro hombre. La siguió hasta su casa y ahí, cuando ya estuvo sola, la agarró en la cocina.

Un tipo alvino, de inusitada corpulencia y mugrosas greñas, pasó cerca de nosotros soplando una bolsa de plástico; inhaló su contenido y se la cedió al adolescente que lo acompañaba. Sabía lo que estaban haciendo, pero en ese momento no era problema mío, así que me largué. Necesitaba reunir más candidatos para mi empresa.



Después de atravesar algunas calles bautizadas en honor a héroes sin gloria como Carlos Arrieta, Buenaventura Aguirre, Juan Fanning, Juan Montero Rosas, Enrique Barrón, Teniente Delucchi, inmolados en tiempos de la invasión chilena de Lima durante la Guerra del Pacífico, arribé al colegio San Luis de los Hermanos Maristas.

A Bergman, el portero, lo llevé a comer una hamburguesa en Tejadita. Hablaba muy trabado. No podía disimular su dependencia alcohólica. Cuando le ofrecí un jugo de papaya declinó cortésmente y dijo que prefería un chilcano de guinda. Le recordé que era mediodía y que no estábamos en el bar de Piselli o de Juanito. No se presentaba borracho a trabajar, pero traía a diario un tufo bastante fuerte y las manos le temblaban; parecía que iba a volar. Había sido subgerente de un banco por varios años. A un funcionario de esa categoría no lo despiden por llegar tarde a la oficina. Se veía un tipo con clase, un alfeñique venido a menos, de buenas maneras, pero descontrolado. Le pegaba a la esposa, lo cual no era tan grave, pero un día se le pasó la mano. Tenía una mascota, un gatito al que cuidaba y alimentaba como si fuera su hijo. Su mujer lo espantó una mañana, mientras hacía la limpieza de la casa, y el gato asustado derramó la leche sobre la alfombra. La señora, hecha un demonio, le encajó un escobazo que hizo gritar al pobre animal como si lo estuvieran degollando. Bergman no pudo resistir la rabia, odiaba el abuso, y pescó a su cónyuge a bofetadas. No la soltó hasta dejarla morada.

Considerando esta premisa, lo descarté por un asunto de obviedad indefendible.



Por la tarde de ese mismo día fui a buscar a mi informante habitual en el instituto de turismo de la Calle Santa Rosa. Lo echaron de allí por drogadicto. El nivel de las clases era tan pobre y los métodos pedagógicos de los profesores tan aburridos, tan escasamente creativos, que prefería largarse a fumar marihuana. Hasta que una tarde lo sorprendieron encerrado en el baño de damas, aspirando cocaína. Se decepcionó mucho. No toleraba la mediocridad de ciertos grupos. El día que el director le comunicó la expulsión del centro, lo conectó con un recto en la mandíbula. El caballero cayó noqueado sobre el tapizón. Pensó que le había fracturado el encéfalo. Antes de abandonar el lugar, le palpó la yugular y le tomó el pulso. Nunca supo cuál hubiera sido su suerte en caso de haberlo dejado frío con ese golpe seco.

Dimos un paseo a lo largo del Malecón Paul Harris. Nos sentamos en el muro que se extiende al borde del acantilado. No fue mucho lo que pude conseguir de mi aliado esta vez. Pero al menos disfruté de una hermosa puesta de sol al pie del edificio donde el cuentista Julio Ramón Ribeyro tenía un pent-house, muy cerca de donde se encontraba la residencia de su colega, el novelista Mario Vargas Llosa.



A la mañana siguiente en la Plaza Butters, asentada en los límites que conducían a los viñedos de Santiago de Surco, tuve un encuentro fortuito con Ostolaza, el poeta del barrio. Antes del mediodía llevaba ya tres cervezas adentro. En las cantinas nunca le cobraban; se las invitaban otros parroquianos a cambio de que les improvisara un poema o simplemente se las regalaban para que no molestara. Desde que lo conocí jamás le vi un terno distinto; siempre el mismo saco apolillado con los codos gastados, el pantalón calzonudo con huecos en la entrepierna, la corbata de moño que parecía un mojón derretido en la base de su cuello y los zapatos abiertos a la altura del arco. Sus ingresos como pensionista jubilado no le alcanzaban para pagar una dentadura postiza. Una intrigante sonrisa entre idiota y maliciosa no faltaba en su rostro.

En el momento que estaba despidiéndome de él, fuimos testigos de un asalto a mano armada en una tienda de abarrotes junto al colegio Rázuri. Los maleantes se llevaron unos biberones y varios tarros de leche evaporada. Uno de ellos, sin embargo, fue abatido a tiros por la policía. Ostolaza cerró los ojos; era demasiado sensible a ese tipo de escenas. El otro delincuente rebotó contra la calzada despues de recibir en su cuerpo el certero impacto de las balas.

No me quedó más remedio que continuar con mi trabajo.


En la Plaza Raimondi sucedió otro hecho bochornoso. De visita en el consultorio del dentista Aldo Capuano, explorando la posibilidad de utilizar recursos heterogéneos, me sorprendió un poco hallar la puerta medio abierta. Entré asumiendo que no era necesario tocar el timbre. Al trasponer el vestíbulo divisé al doctor con un espectacular vendaje rodeándole la cabeza, sólo los ojos y la boca al descubierto. Pero eso no fue lo más impresionante. A cualquiera se le puede ocurrir un día ponerse un turbante por cuestiones de excentricidad profesional. Lo incómodo fue aparecer en un momento inoportuno: el médico, con los pantalones arrebujados a la altura de los tobillos, estaba montándose a su secretaria sobre la silla reclinable donde atendía a los pacientes. Después de recomponerse explicó que las abultadas compresas se debían a un accidente casero que le provocó un severo corte en la frente. Comentó que lo ocurrido en El Plebeyo no le llamaba la atención. Había visto cosas peores, incluyendo la vez que Lázaro, el bombero que años atrás había sido su vecino en un edificio de la Calle Tiravanti y uno de los que participó en la trifulca con el negro Cayetano, empujó escaleras abajo a su madre inválida, en silla de ruedas, sólo porque le negó una suma de dinero para ir a una fiesta con los amigos.

Esa noche, después de tanto ajetreo, me desperté gritando. Sudando helado. Temblando.

(Continuará…)

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