El castillo alto (FINAL)

Stanislaw Lem





Capítulo 7

POCOS RECUERDOS ME QUEDAN por describir. Entretanto, una caterva de objetos procedentes de mi casa y de las calles por las que caminé están llamándome a voces la atención. ¿Qué ocurre con los objetos y con los adoquines que nos rodean en la infancia para que nos resulten tan mágicos e irremplazables? ¿Desde dónde viene su voz para que dé fe de su existencia después de haber sido destruidos en la guerra y apilados en montones de basura? No mucho después de la época idílica que he presentado en estas páginas, los objetos inanimados fueron envidiados por su permanencia, puesto que día tras día la gente se fue yendo y de pronto todas aquellas cosas se quedaron huérfanas: las sillas, los bastones y adornos, abandonados y monstruosamente inútiles. Como si los objetos fueran superiores a la vida, más resistentes y menos vulnerables a las catástrofes del tiempo. Como si al liberarse de sus propietarios, hubieran cobrado fuerza y expresión. Pensemos en los cochecitos de los niños y en las palanganas en las barricadas, en los anteojos que no tenían a quién mirar, en los montones de cartas pisoteadas. Aunque en el paisaje de la guerra ganaron el poder de los signos espectrales, yo nunca lo utilicé contra ellos. Yo creía en su inocencia.

Salvado del fuego y del tiempo ha quedado mi afecto por el viejo búho de porcelana de la librería de mi padre; por el león y el tigre, esas duras y hermosas criaturas de bronce ennegrecido; por el juego de ajedrez cuyos reyes y peones tenían rostros tártaros, grabados para mi padre por un prisionero de la guerra en un campo ruso en 1915; por los dos perros reloj del tocador de mi madre, que mostraban las horas tras sus ojos saltones. Recuerdo, en el dormitorio de mis padres, una alcoba de clase media, un cristal de una ventana giratoria que tenía un agujero redondo con grietas que llegaban hasta el marco. Me dijeron que era por una bala de la guerra de 1918. Como niño ingenuo que era, busqué la marca en el techo, recorriendo la trayectoria, pero la superficie estaba íntegra, perfecta. Resultó que alguien había tapado el agujero. Y ya sea porque no quiero o no logro recordarlo, en la paz de nuestro piso normal cargado de opulencia burguesa, mis ojos regresan a ese cristal y permanecen en él. Parece ser que el agujero no fuera lo suficientemente grande como para que tuvieran que cambiar el cristal. ¿Acaso me molestaba como a Robinson Crusoe una huella en la arena de su isla desierta? No. No lo contemplaba como un presagio de la crueldad que vendría después; en cualquier caso, esa crueldad podría haberse situado más allá de mis fantasías. Sencillamente el agujero no hacía juego con la soñolienta armonía de los muebles. El trazo era algo sobrecogedor, como un detalle de algo imposible que aparece de repente ante uno e insiste suavemente sobre su existencia física e incuestionable. ¿Podría ser que realmente alguien hubiera disparado a la ventana y que tres años más tarde naciera yo?

Tampoco he de exagerar. Ese agujero siempre me sorprendió, tal vez incluso me dolía como una afilada disonancia, pero nada más. Nada más destacable que la resina que rezumaba por el marco de la misma ventana. Me encantaba cogerla con los dedos, gota a gota, poco a poco, pues se necesitaban unos días para que las gotas brotaran de entre la madera, a través del barniz, como lágrimas un tanto secas sobre la superficie, pero con una fragancia y una textura pegajosas. Como si la madera no se hubiera reconciliado con su destino, como si su interior oculto siguiera en el bosque, refutando obcecadamente la realidad del listón, los clavos, el barniz y las dos piezas metálicas que sujetaban las estrechas bandas que iban desde la persiana hasta el marco.

Así, ¿qué era exactamente lo que formaba el lazo entre el niño que caminaba por esas calles, siempre por las mismas, y su pavimento y sus paredes? ¿La belleza? No veía belleza, desconocía que la ciudad pudiera ser distinta, que pudiera no ir en pliegues de piedra, que pudiera no ser montañosa, que las calles como Copernicus y Sextus no fueran empinadas, o que los tranvías pudieran remontar subidas e inclinarse. No veía la arquitectura gótica de la Iglesia de Elizabeth ni el exotismo oriental de la Catedral Armenia. Si levantaba la vista era para fijarla en los gallos de hierro que giraban en las chimeneas.

Es increíble lo incapaz que me siento, esforzándome contra el correr del tiempo y contra mi memoria, de restituir la inocencia de palabras como Janow, Zniesienie, Piaski, Lackiego, palabras que en 1941 y 1942 tuvieron un significado malévolo, cuando las calles circundantes de Bernstein y la zona del cine hacia Sloneczna y más allá, un buen día quedaron desiertas, en silencio, con las ventanas abiertas y las cortinas ondeando al viento. En la distancia aparecían los muros, los patios y los balcones desiertos y se desvanecía la cerca de madera que vallaba el gueto. Vi los lejanos y desparramados bloques de las afueras de la ciudad convertidos en escombros entre los que crecía la hierba.

En los años treinta nadie lo vio venir. Aunque a veces había problemas. Desde el balcón de nuestro piso, agazapado, contemplé a la policía montada cargando contra los manifestantes. Fue durante el funeral de Kozak. Mientras sonaban estrepitosamente las piedras contra las persianas metálicas que los comerciantes usaban para proteger sus escaparates, vi a un policía con un brillante casco que detenía su caballo. Eso ocurrió como una súbita tormenta que llega, y cuando los empleados de la limpieza barrieron los cristales rotos de la acera, la paz retornó y las monjas (las pacientes más agradecidas de mi padre) trajeron de sus jardines enormes ramos de lilas, que colocamos bajo el grifo en la bañera, y en la emisora «Merry Lvov» escuchamos al dúo cómico Tondo y Szczepiec y sus divertidos monólogos, con los carraspeos del señor Serondo, y yo decía a mis padres que no iría al instituto porque nos hacían llevar pantalón corto, que odiaba, pues me hacía cosquillas debajo de las rodillas. Éramos como hormigas que trajinan en un hormiguero sobre el que se alza el tacón de una bota. Algunos vieron su sombra, o creyeron verla, pero todos, incluidos los que estaban inquietos, se afanaron en sus ocupaciones hasta el último minuto, con entusiasmo y devoción, para asegurarse el futuro, domesticándolo y apaciguándolo. La bendita ignorancia, sin la que uno no puede vivir, era parte de la esencia de todos, adultos y niños.

Nos preparábamos. Nos poníamos a diario los uniformes de la escuela, y una vez al mes había una clase de entrenamiento militar y teníamos que ponernos otro uniforme, que era una blusa de lino que se colocaba por la cabeza como una gimnastyorka rusa. Los estudiantes se colgaban insignias en el pecho, insignias de scouts, medallas de tiro. En cuanto a mí, tras esparcir un buen número de cartuchos en el Castillo Alto, recibí una medalla de oro de buen tirador antes de graduarme, aunque no la disfrutara mucho. La blusa se llevaba con la parte delantera alisada y bajo un ancho cinto. Algunos teníamos unos elegantes cinturones de doble hebilla con muchas costuras. El mío incluso contaba con un forro de fieltro y enganches de cobre para colgar la correa del oficial en diagonal de un lado al otro del pecho, algo que, claro está, no podía llevar. Para llevar esa blusa tenías que ser delgado, como L., que tenía una cintura que podía rodearse con dos manos, pues una amplia parte trasera estaba confeccionada con un plisado brillante recogido atrás a modo de cola que convertía el uniforme en una falda. Eso me atormentaba.

El comandante de nuestro cuerpo era el profesor Starzewski, historiador y oficial en la reserva, pero se mantenía por encima de todos, a distancia. Día tras día éramos observados por algunos suboficiales que venían de la ciudad. A menudo llevaban paquetitos con secretos militares. Por ejemplo, unos frascos que al destapar el corcho soltaban una vaharada (inofensiva) de gas venenoso. Nos dejaban oler fosgeno, bromobenzilo, cianuro, cloroacetofenona y otros muchos venenos invisibles con nombres igualmente siniestros. Durante los ejercicios también nos daban máscaras antigás. Recuerdo su desagradable olor a tela de goma y también su sabor. Nos costaba respirar. Al correr te quedabas sin aliento, aunque sólo era un juego.

En una ocasión en el campo deportivo lanzaron bombas de humo, y el sargento lanzó una granada de gas lacrimógeno. El viento se levantó de repente y la nube envolvió a nuestro conserje, que salió llorando como un crío. Los soldados tuvieron muchos problemas con nosotros. Nos reíamos a sus espaldas e inventábamos nombres para ellos. Teníamos nuestros propios rifles (en nuestro arsenal microscópico del gimnasio). Sobre todo teníamos Lebels del año 1889, creo. Un arma antigua, larga y pesada, aunque frecuente. Los cartuchos se cargaban de uno en uno. Se introducían en una ranura bajo la recámara, con lo cual el perno se abría y se cerraba infinidad de veces. Se hacían muchas prácticas y revisiones de las armas, si bien en contadas ocasiones llegamos a tener blancos para abrir fuego. El lugar estaba a las afueras de la ciudad, claro está, en alguna parte del Kaiserwald, hacia donde desfilábamos en columna.

Los visores de nuestros rifles no estaban calibrados, aunque de todas maneras eran armas que no estaban hechas para la batalla. Bien pensado, podríamos haber hecho las prácticas con rifles de madera falsos, aunque quejarnos de la calidad de nuestro armamento se hubiera considerado alta traición. Cuando hacía mal tiempo pasábamos las dos horas de clase limpiando los rifles. Era un arte en sí, a la manera de lo que pudieron ser los preparativos de las Danaides o de Sísifo, rodeados de enormes cantidades de estopa y vaselina. También aprendimos a verificar nuestro trabajo, con una cerilla que tallábamos a partir de un palillo, y con la que el sargento hurgaba delicadamente entre los tornillos de la culata y entre los orificios del tambor. Siempre podía dar con una hendidura minúscula que podía ensuciar la punta de la madera, y si era así había que volver a empezar. Pero en realidad no nos disgustaba, era como si entendiéramos que las reglas del juego estaban hechas de ese modo y que en ellas se basaban los militares.

En el segundo año de Superior fuimos al campo de tiro con rifles de verdad y no con Lebels. Teníamos la sensación de estar en la línea de fuego. Nos habían preparado a fondo para ese momento, y también para utilizar los Máuseres que usaba el ejército, pero no se nos permitía tocarlos hasta el último momento, y las rondas se sucedían con gran misterio y cautela; uno por cabeza. Tal tacañería le otorgaba al rifle una importancia gigantesca, convirtiéndolo en un arma a cuyo poder nada se resistía, en un raro y preciso instrumento como pocos otros ejércitos poseen en el mundo. Y el ambiente se caldeaba: en los graderíos de hormigón del campo de tiro, el poderoso culatazo del arma si no presionabas correctamente la culata contra el hombro ¡no era nada comparado con el KB, un miserable calibre 22 que a veces habíamos disparado estando en el instituto! Incluso el repetidor Julek D. ya no nos impresionaba.

Era divertido pensar que el objetivo de un rifle militar fuera algo que nos pasara inadvertido, o al menos a mí me ocurría, aunque creo que también al resto de mis compañeros. Los objetivos, es verdad, no eran círculos inocentes, sino que consistían en siluetas de un verde pálido que llevaban cascos y manchas blancas en la zona de la cara. Se trataba de hacer puntería, no de matar. Nadie hablaba de matar.

Ni siquiera cuando hicimos prácticas con las bayonetas, algo que no me gustaba. Nuestra arma era una larga pieza de madera con forma más o menos de rifle, y la prominente culata estaba cubierta con trapos viejos, como un puño duro de ropa. La postura básica era grotesca: piernas del todo abiertas y rodillas flexionadas. Nos batíamos en duelo de dos en dos, y en ocasiones con el sargento, que era todo un maestro de la bayoneta; o atacábamos a unos muñecos que parecían monigotes de trapo. El sargento nos enseñó dónde pinchar y cómo, y le encantaba hablarnos de los distintos tipos de bayonetas que existían. Como la bayoneta plana polaca, o la de hoja cuadrada, y nos explicaba que una vez la habías clavado, debías retorcerla con el fin de destrozar las entrañas del enemigo. Luego nos mostraba, aunque teóricamente, lo que podías hacer con una vulgar pala plegable. ¡Qué arma tan terrorífica! Si la clavabas entre el cuello y la clavícula y tenías suene, podías arrancar de una vez el brazo entero con el hombro. Pero no teníamos ni la mínima intención, ¡por el amor de Dios! La cabeza llevaría probablemente un casco, y la pala sólo rebotaría. Nos enseñaron también a esquivar una bayoneta con una pala así, y lanzamos granadas: falsas granadas. Y de nuevo pasábamos horas limpiando nuestros desmañados Lebels mientras caía la lluvia.

Sólo entramos en la ciudad con nuestros rifles una vez, bajo una circunstancia extraordinaria. Fue tras la muerte del mariscal Pilsudski, una tarde. ¿Por qué por la tarde?, no lo sé. Marcamos el paso en la posición de presenten-armas todo el rato, con los brazos entumecidos por los pesados Lebels, e hicimos un gran círculo dentro de la ciudad hasta la plaza Mariacki, donde muy cerca del monumento Mickiewicz, entonces invisible en la oscuridad, se levantaba un solitario pedestal, no muy grande, con un busto de piedra jalonado con una gran banda, y bajo un foco. Y desfilamos, andando pesadamente sobre la calzada con toda la destreza posible, guiados por el triste toque de tambor que parecía ocupar coda la ciudad. Corría el año 1935.

En mis tres años de aprendizaje militar, nunca se mencionó, ni una sola vez, la existencia de los tanques. Sencillamente no importaban. Estudiamos codo tipo de gases y los nombres de las partes de las armas y sus regulaciones, y cómo se informa a los centinelas. Aprendimos estrategias y muchas más cosas. Fueron unas cien horas al año de instrucción y unas trescientas en los cursos superiores, aunque fue (así lo veo ahora) como si nos prepararan para una guerra como la Franco-Prusiana de 1870. No pertenecíamos al ejército, ni siquiera éramos una reserva. Ni la mera idea de serlo. Multiplicándonos, con nuestro anacrónico e inútil entrenamiento, por miles, por decenas de millones de veces, llegaremos a tener una percepción de la tremenda labor que realizan sin cesar los hombres de uniforme. La derrota lo ha eclipsado todo; y sin embargo, mirando hacia atrás, sigo quedándome sin aliento ante aquella pérdida tan enorme.

Mis últimas vacaciones de verano antes de graduarme las pasé en un campo de entrenamiento en Delatyn. Era como estar en el ejército, de maniobras. Vivíamos dieciocho hombres en una tienda, cerca del alto y pronunciado banco del río Prut, inmersos en el universo militar: el toque de diana, las prácticas, las maniobras, la comida de rancho, las tácticas y el pasar lista por la tarde. Fue la primera vez que estaba lejos de casa. No tenía a nadie que me cuidara excepto a los líderes del grupo y a los soldados. Nos hicieron saber de inmediato que se nos trataría como a adultos, como a soldados, y el capitán nos habló de la población local femenina y nos previno ante la sífilis, que abundaba en la zona.

Aprendí muchas cosas, entre ellas el mecanismo del poder. Cuando me tocaba ser el ordenanza, me presentaba de buena mañana ante el sargento mayor para recoger la cuota de mermelada de nuestra tienda. El sargento se corcaba para él mismo una gran tajada de una sustancia de frambuesa y a mí me entregaba el resto. De regreso a la tienda entendí qué se suponía que debía hacer yo, por lo que me apareé mi propia ración.

Hacia el final de las vacaciones tenían lugar unas grandes maniobras que contaban con la presencia de un observador de Varsovia, un comandante. A nosotros nos parecía un mando imponente. Para evitar los problemas relacionados con el transporte de la pala plegable, con la que me golpeaba la espalda al correr, me aproveché del hecho de que se nos había entregado una pala a cada estudiante, y me puse a fingir que a mí nunca se me había asignado ninguna. Escondí la mía (aconsejado por un líder de nuestra sección muy amable) en la paja de mi catre. Tuve que pagarla, pero al menos me libré del pesado trabajo de la trinchera. Resolví también el problema de mi Lebel: tras escuchar la experiencia de los civiles que se sentaban conmigo, limpié el interior del tambor hasta que tuvo un brillo plateado, luego obturé la boca con un pequeño y discreto corcho para evitar que entrara suciedad durante los ejercicios. Así, tras la limpieza del rifle, sólo me quedaba pulir su superficie, y durante la inspección, en el momento adecuado, sacaba secretamente el corcho.

A mi colega Miecio R. no le fue tan bien. Durante un descanso de las maniobras, por algún motivo fue designado por el propio comandante y se le ordenó que fuera el primero en demostrar el correcto procedimiento para dar una alerta antigás. Cuando el comandante gritó: «¡Ataque de gas!», Miecio empalideció, y ante la mirada sostenida de los jefazos militares acabó abriendo su frasco metálico, que en lugar de una máscara contenía manzanas y chucherías. Su máscara permanecía escondida en su catre de paja. Las consecuencias tuvieron que ser espantosas, incluyendo una falta grave en su informe final, si bien parece ser que el asunto se olvidó rápidamente.

Recuerdo lo que llegábamos a correr en las maniobras y en los blancos de tiro. Para eso nos hacían levantar a las cuatro de la mañana. Observé que a esa hora en el mes de julio el mundo me resultaba increíblemente bello y me prometí a mí mismo que en la vida civil disfrutaría de aquellas horas del día, cosa que nunca ocurrió. Nos hacían movernos a rastras muchas veces e incluso sin saber dónde estaba el enemigo disparábamos en todas direcciones para nuestra seguridad. Una vez nuestro guardia de avanzadilla se perdió y nos encontramos con una mujer de la montaña que comenzó a seguirnos. Entonces de pronto ella saltó sobre la espalda del jefe de nuestra sección y se apoderó de su rifle. Al final se descubrió que era un cabo ingeniosamente disfrazado de mujer montañera que pretendía demostrarnos los trucos de la guerra.

Creo que ganamos, aunque no puedo asegurarlo. Otras veces también nos hicieron levantar de madrugada por un ataque, y si nuestras botas no estaban bien atadas, de nuevo teníamos que volver debajo de la manta y volver a empezar de nuevo. Una noche nos vestimos y desvestimos como unas cuatro veces y a una velocidad récord. Pero lo que más recuerdo es que en el ejército siempre estabas limpiando alguna cosa (si no un arma, las botas; si no las botas, el suelo). Sin embargo no había suelo en las tiendas, por lo que allí la limpieza revelaba toda su naturaleza simbólica.

Fue la primera vez, durante esas vacaciones, que fui testigo de cerca de la pobreza. Las gentes de las montañas eran pobres hasta el extremo de que por cinco groszy o por un trozo de pan te podían llenar el recipiente del rancho de fresones o de frambuesas, y a ellos les parecía una barbaridad. Delatyn, a diferencia de Tatarow y de Jaremcze, quedaba fuera de la ruta de los turistas.

Durante algunos días trabajamos en el río, reconstruyendo un puente que había sido arrastrado por un desbordamiento. El sol me oscureció más que a un africano. Y llegó el final de nuestro falso adiestramiento y todos los rituales se llevaron a cabo. Soldados rasos y tenientes arrojados al aire, y los que no nos gustaban, los que nos habían hecho pasarlo mal, más que con unos brazos abiertos se encontraron con puños. Recuerdo cómo perseguimos a un teniente por el campo. Era un rubio con cara de cerdo que se ponía rojo si le daba el sol, como si le hubiera dado una apoplejía. Intentaba cohibirnos con órdenes, aunque la burbuja de autoridad y obediencia se había roto y ya nada podía ayudarlo. Se vio lanzado por los aires.

El rifle mejoró mi postura e incluso perdí peso. El último día se celebró un juego de campamento con cantos, limonada efervescente y rosquillas, y a la mañana siguiente nos metieron en el tren. De camino a Lvov, uno de los instructores, un oficial cadete sentado a mi lado, me dijo que le caía bien; es más, que me admiraba. Amigo de un oficial, y que encima me admiraba (¿pero por qué?), eso me dejó perplejo. Cuando se aclaró que lo que le gustaban eran mis botas (tenía dos pares), me alegró desprenderme de ellas, aunque no sabía cómo hacerle la oferta sin ofenderle, dado su alto rango. Afortunadamente el oficial cadete fue muy delicado en eso, ya que agarró las botas por los cordones y desapareció. El tren estaba ya entrando en la enorme bóveda de la estación central, donde me estaban esperando mis padres, ansiosos.



Epílogo

CUANDO ERA NIÑO NO MURIÓ NADIE. Oí hablar de esas cosas, sí, como quien oye hablar de los meteoritos. Todos sabemos que caen, pero ¿qué tienen que ver con nosotros? Mientras escribía este libro, en días lluviosos en Zakopane, soñé con mi padre. Era una figura borrosa de edad indeterminada, tal y como lo recuerdo cuando estoy despierto, pero en un momento concreto, en vida. Vi sus ojos grises tras las gafas, unos ojos aún jóvenes, y el recortado bigote y su barbita, y sus manos con las uñas cortas (las manos siempre limpias de un médico) y su anillo de oro desgastado y más delgado de tanto llevarlo. Los pliegues de su chaleco, el abrigo ligeramente vencido hacia la derecha por el peso del espejo de laringólogo y, detrás, nuestro piso, con el papel en las paredes, la vieja estufa con azulejos blancos con su circuito de pequeñas grietas y un sinfín de detalles que fui incapaz de recordar cuando desperté. Todo está en mi interior, es un cúmulo inaccesible de recuerdos, de secuencias de minutos, horas, días, semanas, años. Es imposible entrar allí excepto soñando, no tengo control sobre eso. El parque Stryjski sigue allí en alguna parte, totalmente nevado, y mi padre recorriendo un camino entre oscuros árboles, con las manos heladas en los bolsillos de su levita, mientras yo, sobre unos esquíes por primera vez y, a duras penas, moviendo las piernas. Me creía el rey del espacio infinito. El sonido de nuestros pasos repentinamente deslucido sobre el suelo de madera de Marszalkowska frente a la Universidad Jan Casimir, y la larga estridencia de un tranvía golpeando las ventanas de la clase mientras cruzábamos el patio para iniciar el difícil ascenso hacia el Castillo. Todas las barandillas por las que me deslicé en la escuela; los pantalones cortos a cuadros de mi compañero Loza, los más largos de la clase; los parachoques verdes de los coches de la Feria del Este; todas las castañas. La olla de cobre para hervir el agua sobre el fogón de la cocina; las bellotas en el techo de la habitación; la chatarra de hierro en el rastro, entre la que buscaba tesoros, e incluso mi primera cama, blanca, a un lado de la habitación y con su malla de cuerda. El barco que por algún milagro navegó dentro de una botella y atravesó el estrecho cuello. El primer cigarrillo «legal», con una boquilla de filtro rojo, un «Nile» que fumé tras graduarme en junio de 1939.

Y qué aludes cayeron sobre ese mundo. ¿Por qué no lo barrieron del todo, borrando sus rastros? ¿Y para quién exactamente sobreviven los rastros? ¿Para quién los preserva la memoria, tan poco dispuesta, que abre sus tesoros sólo de noche en el sueño insensible? ¿Acaso para el soñador ciego? Es terca la memoria a la luz del día, es tacaña al ofrecer tan escuetas respuestas crípticas que deben descifrarse laboriosamente. Hay que llenar los espacios vacíos con conjeturas y de repente, cuando algún fragmento llega arrastrado por la memoria y con una fuerza sigilosa, como la mancha de un color, el contorno de algunos labios, una sombra o un sonido, no hay explicación, sólo la vaga aunque persistente convicción de que tiene que ver con algo importante, infausto tal vez, aunque sólo haya un vacío, un espacio como una pared en blanco y no se pueda hacer nada. Nuestros pensamientos son como túneles subterráneos que se desploman. Aunque tacaños e indiferentes, los recuerdos lo saben todo y pueden ayudarnos, aunque no lo hagan; la memoria es desafiante, cerrada en sí misma, ignora el paso del tiempo, es independiente del tiempo. Si acaso, habría sólo un vacío con algunas imágenes marchitas aquí y allá, aunque no, no es eso en absoluto; existen pruebas, sueños. Y la memoria sigue negándome el acceso allá donde deseo ir, dejándome acceder únicamente a otros lugares y nunca a los que deseo. Estúpida puerta cerrada con llave. Máquina soberana estúpidamente preocupada con su función y su tarea: recordar, preservar indeleblemente, permanentemente. Aunque eso tampoco es cierto. Morirá conmigo, guardián fanático, mísero tirano, burlón, rebelde, duro de mollera, tan invariable y al mismo tiempo tan incierto, despiadado y a la vez sensible, como una masa de carbón con la delicada impronta de una hoja. ¿Cómo puedo entender la memoria? ¿Cómo puedo aceptarla? ¿Redes neuronales, sinapsis, circuitos de McCulloch? No, no hay explicación en este sabio y absurdamente científico sentido; es inútil, hay que dejar que la memoria siga siendo lo que es. La memoria y yo somos un par de caballos que se observan con suspicacia, que tiran del mismo carruaje. Así que vamos allá, inseparable y desconocido compañero mío, mi enemigo, mi amigo.

FIN

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