Invasión (V)

Maxence Van Der Meersch






CAPÍTULO II

Barthélémy David atravesaba el populoso barrio de L’Epeule, dirigiéndose hacia Barbieux y su vivienda. Estaba contento. Venía de la fábrica de Wendievel, en Fontenoy. Había comprado mil piezas de paño por 300 000 francos y sonreía para sus adentros, pensando en el temor del viejo Wendievel, en las truhanerías y en las mil precauciones que había adoptado para no ser molestado después de la guerra. Pues todos aquellos que vendían a Barthélémy David sabían que lo que él compraba se iba directamente a los alemanes. Wendievel era portador de un antiguo apellido de la aristocracia de Roubaix. En cierta ocasión tuvo una honorable bancarrota que le dejó intacta su reputación. Aquello había ocurrido treinta años antes. La cantidad comprometida ascendía a 750 000 francos. Wendievel había rembolsado, de acuerdo con sus acreedores, el 40 por 100 de la deuda, quedando el resto pendiente de liquidación en espera de mejor época. El proceder fue irreprochable a los ojos de todo el mundo. Y como en las grandes familias se acostumbra tener la preocupación por la dignidad y el honor del nombre, sus parientes le habían ayudado a rehacerse, abriéndole una nueva hilatura que aquella vez prosperó. Vivía en un hotelito coquetón en el Boulevard de París; pero, a pesar de la «mejor época», no había saldado el resto de la deuda.

Después de estallar la guerra, Wendievel se consideró muy desgraciado. No había posibilidad de trabajar. Aquel maldito Hennedyck había puesto el veto. Trabajar, en aquellos momentos significaría ser incluido en el índice. No había dinero y para vivir era necesario recurrir al capital. Se habían acabado los buenos cigarros, los buenos vinos, las cenas finas en Lille, en casa de «Divoire», en el «Rocher de Cancale» o en la «Cathédrale de Tournai», o en la «Chantelle de Yprés», o en «Damier de Courtai»… ¡Maldición! Toda la alegría del mundo había desaparecido brutalmente. Los alemanes envenenaban literalmente la existencia. Registros, registros, requisas, abusos, molestias; aquello no se terminaba jamás. Tuvo que permitir que le incautaran los dos caballos de su carruaje; luego, todo el cobre de su casa; arañas de bronce, deliciosas estatuas, pesados candelabros, tinteros, copas, vasos y péndulos. Después le tocó el turno a sus vinos. Su bodega incomparable desapareció en el espacio de un día. Luego, los colchones, la ropa de las camas, la ropa blanca y su piano. La vida subía cada vez más. Wendievel veía desaparecer rápidamente su dinero, y Paulina, su vieja criada, acudía a él con lágrimas, como si fuera culpa suya, para decirle que necesitaba más dinero… Él le daba un billete entre interminables lamentaciones y reproches. Algunos días antes de la movilización había cambiado prudentemente 60 000 francos papel por oro y el tesoro dormía en el fondo de su bodega. Lo gastaba con cuentagotas vendiendo sus monedas de oro de cuatro en cuatro a un tal Etienne… Los agentes de Bolsa nunca daban su apellido. El pequeño jorobado, que vivía en L’Epeule y traficaba en oro, le daba el cincuenta por ciento de prima. Pretendía revender el oro en las cervecerías. Hiciera con él lo que quisiera, fuere lo que fuese, el pretexto bastaba para tranquilizar la conciencia de Wendievel. Pero, una mañana, aparecieron de improviso los alemanes. No sabían bien lo que buscaban… Un espía oculto, una estación de T. S. H. o algún objeto de valor olvidado. Una vez más la casa fue saqueada. Tras un tonel un policía de fino olfato descubrió el saquito de oro. Quedaban cincuenta mil francos en monedas de oro y 15 000 en billetes del Banco de Francia.

—Es mío —gritó el desgraciado Wendievel.
—Le será pagado su precio.

Se lo llevaron todo. A su manera fueron honrados, aunque de una honradez que no se acomodaba a la conveniencia de Wendievel, pues le abonaron escrupulosamente 65 000 francos… pero en bonos municipales. Creyó morirse de una apoplejía.

Los precios estaban por las nubes. Una botella de vino costaba 60 francos, un pollo pequeño 100, un pan blanco otros 100 y otro tanto un litro de aceite. Precios como los que conociera Danglars en la célebre prisión del conde de Montecristo. ¡Pero aquello no era ninguna novela! Únicamente un solo artículo había experimentado una sensible baja: las mujeres. Se conseguía una muchacha por nada, casi por un pedazo de pan, mi plato de comida frío en una taberna o unos bombones en una pastelería. El hambre que torturaba a todos había hecho de aquellos tiempos la edad de oro para los libertinos. Pero Wendievel se negaba a pagar doce francos por un pastel de chocolate o cuarenta por un vaso de «Cointreau» para alegrar los bellos ojos de Lisette. Entre otras preocupaciones, la pérdida del oro le hacía abrigar profundas aprensiones por los tejidos que tenía ocultos. Había escondido en el fondo de la chimenea de su fábrica mil piezas de tejidos de lanas y hubiera querido liquidarlas, convirtiéndolas en dinero. Sabía que los alemanes —al menos algunos de ellos—ofrecían grandes cantidades por géneros para revenderlos en Alemania. Allí faltaban tejidos, pues todo estaba confiscado por el Ejército. Y muchos, aprovechando que hacían la guerra en la Francia ocupada, se ponían de acuerdo con ciertos fabricantes y expedían todo lo que hallaban por cuenta de los grandes almacenes de Alemania. Pero por otra parte, Wendievel experimentaba un pánico terrible en todo cuanto se refería al enemigo. Sentía temor de ser engañado por aquellas gentes que tenían la fuerza de su lado, que en todo momento podían romper un trato e imponer su voluntad. Y, sobre todo, sentía el miedo de la posguerra, de la acusación horrible de tráfico con el invasor, de traición… No; decididamente no quería comerciar con el enemigo. Hacía falta hallar un medio para deshacerse de todo sin que pudieran hallar en ello nada censurable. Algunos lo hacían bien, liquidando poco a poco enormes existencias, sin que nadie tuviera nada que decir, sin establecer siquiera contacto con el enemigo. Villard, Gayet y muchos otros… Se sabía que todo salía para Alemania, pero nadie lo decía abiertamente. No eran los alemanes quienes compraban. Al principio, los tejidos salían para Holanda, salvando así las apariencias. Wendievel se acordó de Barthélémy David, el destructor de fábricas. Se rumoreaba que aquel hombre compraba también almacenes enteros, pagándolos al contado. Decidió dirigirse a él. La transacción fue difícil. Al principio, Wendievel se atemorizó al ver que David entraba en su fábrica en compañía de un oficial alemán. Fue necesario aclararle que Krugg, el oficial, actuaba personalmente como representante consorcio de grandes almacenes y no como agente de las autoridades alemanas.

Luego se discutió el precio. Wendievel quería vender por metros y David ofrecía, en cambio, trescientos francos por pieza. Lleno de furor, Wendievel hubiera querido estrangularle. Le llamó ladrón, judío, saqueador. Luego abordaron la cuestión del transporte. Al abordar este asunto, faltó poco para que el negocio fracasara. David le dijo que unos camiones alemanes irían a recoger el género.

—¡Camiones alemanes!
—Claro que sí…
—¡No quiero! ¡No quiero saber nada! ¡No quiero que luego me fusilen!

Fue necesario extender un contrato de venta legal en el que constaba que todo lo referente al transporte y entrega era de incumbencia de David y que Wendievel no estaba mezclado para nada en ello.

David estaba ya acostumbrado a todo aquello. Se sabía perfectamente que todo lo que él compraba salía inmediatamente para Alemania, vía Bruselas. Pero quería salvar las apariencias y permanecer dentro de la legalidad. Pensaba todo aquello mientras recorría el Boulevard de Cambrai. Su sombrero flexible de anchas alas proyectaba una sombra sobre su rostro bilioso y fatigado de aventurero y de apasionado, prestándole un aspecto algo romántico. Andaba pesadamente, con un paso vacilante y los puños cerrados, mostrando ostensiblemente un diamante insolente en su corbata y unas sortijas enormes en sus dedos.

—Buenos días, señor David —decían las gentes. Una generosidad fácil le hacía ser amado por el pueblo y él gustaba de aquella popularidad.
—¡Buenos días! ¡Buenos días! —respondía.

Y saboreaba la satisfacción de ser alguien, de ser un poderoso después de haber vivido tanto tiempo fuera de la legalidad. Habían sido aquellos los tiempos heroicos de su juventud, de los que le habían quedado el gusto por la ostentación, el oro, las joyas y el fausto. Había podido darse buena cuenta de la importancia que la Humanidad concede a las apariencias y, más tarde, el trato con las clases burguesas no había modificado en nada su opinión.

Barthélémy David tenía cincuenta y cinco años. Había sido un poco de todo: faquín en las calles, buhonero, charlatán por las ferias, Hércules de tabladillo. En su juventud había practicado el fraude, pasando luego seis meses en la cárcel por una riña y había cumplido el servicio militar en los batallones de África. Los viejos concurrentes a los cafetines próximos a la estación pretendían incluso acordarse de los tiempos en que David cultivaba a las mujeres como un instrumento de beneficio… Sus múltiples actividades se fueron reduciendo, poco a poco, y, a fuerza de embrollos, llegó a convertirse en contratista de demoliciones. En diez años logró acumular una pequeña fortuna. Y como el dinero llama al dinero, se aprovechó del impulso industrial de las regiones del Norte para especular con las compras y las ventas de material viejo y de fábricas para el derribo. La riqueza acabó por darle una respetabilidad que ni siquiera había buscado. Muchos se apresuraron a cultivar su poderosa amistad, invitándole y rogándole que ingresara en el «Círculo Pierre», de Roubaix, a pesar de sus seis meses de cárcel y el recuerdo de su vida anterior. Dejó que le adularan, sin mostrar por ello mucha, sorpresa, y escondió su menosprecio. Acostumbraba jugar fuerte con un aire de indiferencia, ayudaba a los imprudentes jovenzuelos elegantes y poseía hermosos caballos, joyas deslumbrantes y mujeres bellas. Su pelo negro, sus ojos castaños y su tez aceitunada le daban el aspecto arrogante de un español o de un sudamericano. Estaba orgulloso de su vigor físico. Podía decirse que el feriante, el luchador, no había desaparecido jamás totalmente en su interior. Pero incluso aquellos que se burlaban de él sentían cierto respeto ante su fuerza y su lujo.

Al estallar la guerra, Barthélémy David había gastado todo su activo líquido en la compra de una importante fábrica en Calais. Se halló en Roubaix sin recursos, pero aquello no le asustó. Comenzó por traficar en todo lo que halló a mano: mantequilla, vinos, carbones, víveres, paños. Luego, el azar le hizo trabar conocimiento con un tal Krugg, antiguo agente de compras de una gran casa de confecciones de Hamburgo. Los industriales franceses guardaban en sus fábricas, a despecho de los frecuentes registros, una enorme cantidad de tejidos que nadie podía comprar en Roubaix y que tampoco querían entregar al enemigo. La población alemana, por otra parte, estaba falta de todo y sufría el bloqueo. Krugg tuvo la idea de hacer que su amigo David comprara todas aquellas existencias de tejidos para revenderlas en Alemania. David sirvió así de intermediario para la realización de tales negocios, haciendo posible el incógnito de quienes no querían dar sus nombres. También obró a la inversa, comprando a los representantes alemanes los productos que abundaban en Alemania; azúcar, carbón y carnes procedentes de Dinamarca y Holanda, que luego vendía a los ricos, haciendo, por otra parte, tanto por gusto como por cálculo, grandes donativos a los pobres y a las instituciones de caridad con una buena parte de los beneficios. Repartía azúcar y carbón a los hospicios y la alimentación de muchas familias dependía enteramente de él. Pero es de notar que su piedad era bastante superficial. Le faltaba sensibilidad y no había sentido nunca la impresión penosa o dolorosa que pone el corazón en vilo en un trance grave. Sin embargo, era una de esas gentes que vacían su portamonedas en las manos de un desgraciado y no podía ver a un andrajoso ante el escaparate de una pastelería sin hacerlo entrar a coger una indigestión de pasteles. Caridad un poco brutal como toda su persona, pero que en la mayoría de los casos procedía de una verdadera compasión hacia un sufrimiento inmerecido.

Su casa y su jardín estaban situados entre la rue de las Vilas y el Grand Boulevard. Era una construcción suntuosa, de una riqueza ostentosa de la que muchos se burlaban, pero que todos envidiaban. Nuestro hombre conocía mejor que nadie los misterios del crédito y el arte de cegar los ojos de los demás con polvo de oro.

David no llegó hasta Barbieux. En el Boulevard de Cambrai se detuvo delante de una casa alta, extensa, pero de aspecto desagradable, ahogada entre construcciones vecinas y que por todo jardín poseía un estrecho patio delantero. Sacó una llave del bolsillo y entró. El vestíbulo era solemne y helado, con pavimento de mármol blanco y negro. Una criada con cofia le salió al encuentro.

—¿Está arriba Madame? Bien; subo ahora mismo.

Subió la escalera que conducía al primer piso y abrió una puerta.

La estancia era demasiado grande, sombría y estaba resguardada del sol por grandes cortinajes que ocultaban las ventanas. Flotaba un fuerte perfume de benjuí y de esencia de Oriente. Unos sillones enfundados como fantasmas, veladores, banquillos, antigüedades, un secretaire Luis XV, un escritorio de la misma época, de línea fina y elegante, pero que desentonaba con el resto del mobiliario, y un diván Recamier, eran todos los muebles que llenaban todo el salón con un estudiado desorden. Sobre la chimenea, de mármol verde y antiguo, se veía un hermoso reloj de concha. En una mesita junto a la ventana, iluminado por la débil claridad que se filtraba a través de las cortinas de adamascada seda azul, destacaba un mármol de Carrara: la figura de un niño llorando. El mármol era de una finura y una transparencia maravillosas, de un blanco lechoso casi enternecedor en el haz de claridad que le bañaba a contraluz. Del techo pendía una complicada araña de Baccarat. Ante una mesa de juego de caoba estaba sentada una mujer de espaldas a la puerta, contando unos paquetes de cartas y dando fin a un solitario.

—¿Eres tú? —exclamó ella sin volverse.
—Sí —repuso David, desplomándose sobre un sillón que crujió bajo su peso. La mujer recogió las cartas y las metió en una caja cerrada de cuero. Tenía unos cuarenta años, era alta, muy delgada, las facciones casi enjutas, tensas y los ojos ardientes. Llevaba un elegante vestido y sus delgados dedos llamaban la atención por las grandes sortijas que ostentaban.
—¡Cómo apesta ese cigarro! —exclamó ella—. ¿Cuándo abandonarás esa terrible costumbre? ¡Mira la ceniza que echas sobre mis alfombras! ¿No puedes ir a fumar a otra parte?
—Precisamente vengo aquí para fumar tranquilo.

Hacía ya veinte años que Albertine Maylly era la amante de David. Hija de un comerciante de legumbres, había huido de su casa a los diecisiete años para irse con él. Ella había sido testigo de su iniciación en el negocio de los derribos, cuando no era más que un simple obrero de la gran casa «Florens». Se había aprovechado del sorprendente encumbramiento de David y era a la vez ambiciosa y codiciosa. A costa de David había acumulado una respetable fortuna que administraba juiciosamente. Se había comprado aquella casa, joyas y muebles. Le hubiera gustado dar recepciones, hacer de gran dama e interiormente se desesperaba de no poder tener acceso al círculo escogido de las «grandes familias» de Roubaix. Pero David, siempre se había negado a casarse con ella. A aquel hombre le horrorizaba cualquier lazo. En ciertos aspectos seguía siendo un anarquista, amante de la ilegalidad.

Albertine se consolaba recibiendo a antiguas amigas a las que deslumbraba con el espectáculo de su opulencia, tiranizando a la servidumbre y conquistando en los almacenes de la ciudad y de Lille la reputación de ser la cliente más pródiga y exigente. Se había mandado confeccionar un vestuario regio y que apenas tenía ocasión de lucir. Consideraba todo aquel lujo como un botín cogido al enemigo y atesoraba en sus armarios martas, cibelinas, plumas de avestruz y de aves del paraíso, sedas del Japón, pieles y paños, engarces en plata y oro, broches de jade, de coral, de ónix, de marfil, sombreros de paja fina, encajes de Malinas, de Brujas, y de Valenciennes con igual espíritu que conservaba en sus cajas fuertes acciones carboníferas y del Banco de Francia.

Pero, a pesar de su opulencia, ella se aburría. Sentía nostalgia de su juventud, del carrito materno de manzanas y naranjas, de sus andanzas, de sus bailes, de sus veladas en los cabarets y de aquella vida anterior populachera. Frecuentemente, en sus horas de aburrimiento, descendía a la cocina y tomaba café con las criadas, hablándoles de David y de los insultos que le infligía, jugaba con ellas a las cartas y pasaba una tarde feliz. Pero, al día siguiente, su carácter volvía a ser el de siempre y la antigua vendedora de legumbres se mostraba más desdeñosa hacia aquellas que le servían que la más altiva descendiente de nuestros magnates industriales.

Sin embargo, David seguía conservándola. No ignoraba nada de lo que ocurría. Era de aquellos que una larga contender termina bruscamente con un estallido. Sabía perfectamente la calidad de afecto que le profesaba Albertine. La parte de codicia, de odio, de rencor y de temor que tenía el amor que ella sentía por él. En su presencia ella parecía una fiera domada que se venga cumplidamente en cuanto puede. Él estaba enterado de que Albertine había acumulado una fortuna a su costa y que algunas veces incluso le había engañado. Pero él había llegado a aquella edad en que se comienza a amar a los seres más que por sí mismos, por los recuerdos y costumbres que evocan.

El cambio la atemorizaba. Albertine y él se conocían, sabían mutuamente su pasado. Cuando estaba a su lado él se quitaba la máscara y la armadura. Volvía a ser Barthélémy, el feriante, el luchador, el aventurero, el hombre del pueblo, que seguía siendo del pueblo. Sin hacer caso de sus protestas, se abandonaba en su presencia. La falsedad del mundo le pesaba como un arnés. Procuraba olvidarla, mientras fumaba cómodamente, sin que ella se atreviera a enfadarse en presencia de las sirvientas. Él era hombre capaz de recordarle ante cualquiera la época en que ambos tiraban del carretón de las frutas.

Además, ella tampoco ignoraba nada de él, de sus aventuras, de sus tropiezos con la autoridad, de su vida violenta y sus instintos arrebatados. David se sentía a gusto a su lado y se atrevía a hablar confiadamente. Él que arrastraba tras de sí un oscuro pasado, un mundo de recuerdos y pensamientos secretos, de dramas, toma el hábito del silencio, de la continua vigilancia de sí mismo. David hablaba poco y sopesaba sus palabras y sus gestos. Albertine representaba para él un alivio a su reserva. Él solo volvía a ser el de siempre cuando trataba con los niños, o con el pueblo de donde procedía. Aquella era la causa de su popularidad en L’Epeule. Toleraban su hotelito, su lujo, su amante, porque sabía hablar patois, aceptaba de buena gana una pipa de tabaco belga y apreciaba la ginebra de Wanbrechies. También con Albertine podía permitirse ser el mismo de siempre.

Y, cosa paradójica, seguía conservándola porque le era indiferente. Ya no le apasionaba y sabía que a su lado no podía haber sorpresas ni dramas. Para aquel hombre harto de aventuras, amante de mujeres y de riesgos, embarcado sin cesar en una intriga o en una situación peligrosa, ella significaba el reposo, la tregua, la tranquilidad. Muchas gentes de esa condición gustan de hallar así la paz de los sentidos y del espíritu. Había entre ambos un pasado de pasiones violentas, de disgustos, de peligros, de victorias y de derrotas, de odios, de golpes y de malos tratos recíprocos, de traiciones y rencores, que les unían a pesar suyo, y que Albertine le hacía purgar, robándole y explotándole. El odio había llegado a ser casi el único lazo que le unía a él, que llenaba su existencia, hasta tal punto que se hubiera sentido extrañamente sola, aburrida y como perdida, de no haber podido colmar su vida con aquel conjunto de amargura, de celos, de luchas, de triunfos y de venganzas sórdidas, aquella constante batalla de conquista y explotación que para ella representaba David.

—¿Nada nuevo? —preguntó él, aspirando el humo de su cigarro.
—Nada… ¡Ah, sí! Han venido a postular para los hospitales. Se está formando una Comisión. Todos los nombres de relieve figuran… ¡Otra cosa a la que hubiera podido pertenecer!

Él se echó a reír.

—¡Puedes reírte! Esto no impide que en nuestro mundo…
—No hablemos de nuestro mundo, ¿quieres? Dejemos esta farsa para los demás.

Fue hacia el armario y buscó entre las botellas vacías.

—Tienes suerte que soy de buena pasta. Otra…
—Es curioso; creo que quedaba un poco de oporto.
—Sí, sí, habla de otra cosa. Eso no impedirá que si yo no hubiese sido tan estúpida…
—¡Quéjate ahora…!

Encendió un segundo cigarrillo con la colilla del primero.

—¡No sé por qué me he unido a un hombre como tú!
—Yo sí sé por qué lo hiciste.
—¿Por qué?
—¡Ha sido un buen negocio!
—¡Imbécil! Ante todo, te ruego que apagues ese cigarro. La tapicería apesta a tabaco…
—Es excelente para la polilla.
—¡Tira ese cigarro!
—¡Jamás!

Ella se precipitó hacía él, y, arrancándole violentamente el cigarro, lo echó a la chimenea.

—¡Albertine!

Ella retrocedió con aire de reto. Tenía en la mano las tenazas para atizar la lumbre. Algunas veces llegaban a pelearse como en los tiempos heroicos. Él le arrancó el arma de las manos, dejándola en su sitio, se encogió de hombros y salió tranquilamente de la estancia mientras encendía un tercer cigarrillo. Bostezó, se desperezó, se encogió de hombros y bajó a la cocina, diciéndose para sus adentros:

«¡Y luego dicen que se gana dinero para ser feliz!».


En la cocina encontró a las dos criadas aparentemente atareadas, removiendo la una un guisado inexistente en una cacerola que estaba sobre el fogón y limpiando la otra el polvo del interior de una alacena. Pero David había sido mozo carnicero y conocía bien las costumbres de la servidumbre.

—¿Se trabaja? Bien, bien. Pero ¡diablo! Huele a coñac aquí…

Se agachó y sacó de debajo de la mesa unos vasitos que olió luego.

—¡Cómo nos cuidamos!
—Unas sobras… —murmuró la cocinera.
—Unas buenas sobras nunca hacen daño. Continuad, hijas mías. Aprovechadlo mientras dure… ¡Caramba! ¿Hay alguien en la bodega?
—La lavandera, Monsieur.
—¿Qué hace allí?
—Está lavando…

David descendió a la bodega. La escalera estaba envuelta en una gran penumbra. Durante el día no había electricidad, pues los alemanes ahorraban carbón. Cerca del tragaluz, una mujer restregaba la ropa en una tina, de espaldas a David.

—¿Qué diablos está usted haciendo aquí? ¿No hay otro sitio para lavar?

La lavandera fijó en David una mirada sorprendida. Era una muchacha muy joven —de dieciocho a diecinueve años—, rubia, delgada, de expresión fatigada y con una bufanda negra alrededor del cuello. Tosía en la fría humedad del ambiente. La envolvía un enorme delantal de tela burda, de la que surgían dos brazos desnudos y delgados, sorprendentemente delgados y rojizos, como las patas de algún insecto. Su aspecto evocaba vagamente el de una hormiga gigante. Ella murmuró:

—No hay patio, Monsieur David. Además…
—Además, ¿qué?
—Pues la cocinera no quiere que se ensucie la cocina.
—¿Y tú bajas a la bodega?
—Sí.

Durante la guerra había muchas casas burguesas en las que faltaba un lugar apropiado para hacer la colada. Por eso se contrataban mujeres, haciéndolas lavar en las bodegas.

—¡Bien, puedes continuar…!

La muchacha reanudó la tarea. Contempló sus facciones afiladas, enjutas, su nariz fina y enrojecida, su pelo mal peinado y sus largos brazos ateridos de frío. Daba lástima. David, que había trabajado de mozo, adivinaba lo que estaba sufriendo del vientre, como tantas otras muchachas condenadas a trabajar de pie. Para una mujer es algo agotador. No era hermosa ni despertaba deseo alguno. Muy a pesar suyo, David no podía menos que pensar en ciertas cosas al ver a una mujer… Pero, verdaderamente, aquella, con su aspecto de gato mojado, le inspiraba profunda lástima. Suavizó la voz:

—¿Eres tú, Annie?
—Annie Mouraud, Monsieur David.

Terminó de cepillar la ropa. Interrumpió su trabajo, incorporándose. Luego se enjugó la frente con una mano húmeda que dejó en sus cabellos unos copos de blanca espuma. Empuñó la manivela de la torcedora. Empezó a dar vueltas pasando la ropa entre los rodillos con mano enrojecida, blanqueada y dolorida por aquel agua impregnada de potasa. Cada vez que daba la vuelta a la manivela, David veía ponerse tensos los escuálidos músculos de sus brazos, marcársele los huesos a través de la escasa carne que lo cubría. Bruscamente, tiró su cigarro, que se apagó chirriando entre los charcos de agua enjabonada que había en el suelo. Se quitó la chaqueta y se subió las mangas.

—Dame…
—¿Cómo?
—Lo haremos los dos. Prepara agua fresca. Tú solo aclaras el agua y yo la pasaré por los rodillos.
—¡Monsieur David!
—Déjame hacer; déjame…

Empuñó la manivela con sus grandes manos y, dándole la vuelta con fuerza, extrajo de la ropa un líquido sucio.

—¡Esas mujeres de arriba no hacen nada!

Pero no las llamó. Una especie de extraño orgullo le impedía hacerlas bajar, darles órdenes. Para no tener que despedirlas, prefería hacer por sí mismo lo que ellas no hacían.

—Monsieur David… —protestó tímidamente la muchacha, casi atemorizada.
—Aclara la ropa, aclara y no te preocupes. Después subirás a tomar una copa en la cocina en compañía de aquellas dos que van en camino de hacer ahorros por cuenta mía.



CAPÍTULO III

Después de su tentativa para trasladarse a la Francia libre pasando por los Países Bajos y su triste viaje hasta la frontera holandesa, donde había dejado el cadáver electrocutado de su camarada, Alain Laubigier siguió ocultándose, con su madre y sus hermanitos, en casa de su tía Flavie.

Una mañana fue a casa de un vecino a enjalbegar el techo de la cocina. Como no disponía de la tarjeta de identidad, no salía de casa más que tomando grandes precauciones. Generalmente, cuando se ausentaba, Félicie permanecía en casa, a fin de que en caso de peligro pudiera entrar con rapidez y esconderse. Aquel día fue llamado por los Duydt para que mediara en una disputa surgida entre el hijo y el padre. La madre estaba enferma, y los pequeños Remie y Armande pedían auxilio. Félicie corrió a intervenir. En aquel momento Alain volvió. El techo quedaba amarillento y Alain regresó para coger un poco de azul de lavar que mezclar con la lechada de cal. En el momento de alcanzar la puerta de su casa, vio a la entrada de la callejuela un «diablo verde». El hombre sostenía con una mano su bicicleta y con la otra la cadena de un prisionero que conducía. Avanzó por la callejuela. Alain golpeó frenéticamente la puerta. Nada. Se volvió para emprender la huida. Imposible. El «diablo verde» ya estaba a su lado.

Papieren.

Alain hurgó en sus bolsillos. Tenía varias tarjetas de identidad viejas, pero ninguna válida.

Mein Herr, Papieren aquí —explicó Alain señalando la puerta—. Un momento…

Esperaba entrar, escaparse por el patio y desaparecer. Pero el alemán no era ningún novato.

Komm! —le dijo, poniendo tranquilamente su revólver bajo las narices de Alain. Este se vio obligado a dejarse esposar y seguir al policía a través de la ciudad, tal como estaba, sucio, manchado de cal, con aspecto de granuja, apareado a un compañero que procedía de solo Dios sabía qué tugurio, que llevaba faja roja, alpargatas y el pelo en desorden. Las gentes se apartaban a su paso y les miraban con curiosidad. Tras ellos iba el perro del policía, un gran perro lobo de raza alsaciana.

Alain se sentía angustiado. Tenía miedo de sus falsas tarjetas de identidad y hubiera querido librarse de ellas antes de llegar a la gendarmería. Con una hábil contorsión, introdujo la mano en el bolsillo y cogiendo el paquete de tarjetas las dejó caer. Por unos momentos quedó en suspenso. El perro se detuvo y olió el paquete. Lo tomó en su boca y reanudó la marcha gravemente detrás de su amo. El alemán, distraído, no se fijó en él. El perro dejó caer el paquete. ¡Alain hubiera abrazado de buena gana al animal!

Desde la gendarmería, fue conducido a la cárcel de l’Hospice en unión de un grupo de prisioneros. Les daban escolta tres soldados. Todos iban esposados. Alain y otros más jóvenes fueron dejados con las manos libres.

—No escaparos —les advirtió el alemán—. Si no…

Indicó el fusil con un gesto. Le prometieron no huir. Pero, además, les hicieron desabrocharse las chaquetas y les cortaron los tirantes y las presillas de los pantalones. Siguieron la calle de Saint-Georges y pronto llegaron a la cárcel de l’Hospice. Allí, bruscamente, el vecino de Alain, un muchacho rubio muy alto, se salió de la formación y emprendió veloz carrera en dirección a la calle de l’Esperance . Fue fulminante. Uno de los soldados lanzó un juramento y se echó el fusil a la cara. Sonó una detonación, y el fugitivo, alcanzado entre los omóplatos en el momento que doblaba la esquina de la calle, rodó como una bola por la acera y permaneció inmóvil boca abajo. Todo el mundo corrió. Hubo un momento de confusión. Los alemanes recogieron el muerto. El que había disparado mostraba el cadáver y su fusil y explicaba el hecho a sus camaradas, llorando al contemplar su acción.


La cárcel había sido habilitada en los antiguos almacenes de un fabricante de tejidos. Se trataba de una serie de habitaciones en las que ni siquiera habían quitado las estanterías. Cada pieza alojaba a unos cuarenta prisioneros. Alain fue llevado al segundo piso; a una sala de diez metros por cinco, con las paredes ahumadas, sucia, enormemente sucia, con el yeso cayéndose, el techo ennegrecido, el suelo lleno de esputos e inmundicias de todas clases, que iluminaban dos pequeñas ventanas medio tapadas por unos tablones. Los hombres que había allí dormían o fumaban tendidos sobre unos jergones. Otros leían, cantaban, reían o discutían. Gritos, risas, canciones obscenas, amenazas, maldiciones, un horrible olor a suciedad, un espeso polvo sofocante, una atmósfera opaca hería la vista, el oído y el olfato de todo el que entraba, quedando sobrecogidos. Alain encontró allí a su amigo Zidore Duydt. Zidore había sido detenido algunos días antes que él y estaba cumpliendo una condena de cuatro meses. La amistad de ambos no era precisamente muy íntima, pero para la soledad moral de Alain representaba un apreciable alivio. Pues Zidore, familiarizado desde hacía algún tiempo con aquellos crápulas, dotado por una parte de una fuerza muscular apreciable y un conocimiento profundo del boxeo, gozaba de gran prestigio entre los detenidos y sus deseos eran órdenes. Allí reinaba la fuerza bruta.

Entre aquella multitud se contaban algunas personas decentes, y para ellos, lo más rudo de su condena era tener que cumplirla en tal compañía. El hampa ejercía allí una dictadura indiscutible. El que no tenía la fuerza de voluntad de someterse a ella ni la fuerza para hacerle frente como Zidore, era su víctima y juguete. Brutales, groseros, de una audacia inimaginable, de una sorprendente habilidad en la lucha y en el cambio de golpes, acostumbrados a valorar poco sus vidas y las de los demás, aquellos matones se lanzaban ciegos a cualquier pelea, sin miedo de dar ni recibir golpes mortales. Entre ellos, el hombre civilizado se encontraba materialmente desarmado. Con toda naturalidad le vaciaban los bolsillos, le quitaban su tabaco, su dinero y sus útiles de aseo. Al que no podía darles nada le golpeaban, le molestaban continuamente y le atormentaban. Había muchos de aquellos pobres muchachos, aturdidos, enloquecidos de indignación y de terror que iban a pedir socorro al centinela alemán. Pero aquellos apaches no tenían miedo ni de los propios alemanes. Se hubiera dicho que estaban en su propia casa. El mismo día de su llegada, Alain vio entrar al centinela para dar fin a una pelea. Y el bandido a quien llamó la atención se volvió y le ofreció las posaderas, exclamando: «¡Para ti!», en medio de risas y gritos de aprobación. El alemán se encogió de hombros y salió.

Cada dos o tres días llegaban expediciones de nuevos prisioneros. Aquellos les servía de gran distracción. Les rodeaban y en seguida reconocían quiénes serían las víctimas del grupo. Les cacheaban, les tiraban de la nariz, les obligaban a hacer extravagantes piruetas, a dormir en el suelo, y cuando estaban dormidos les encendían con precaución un papel de fumar arrugado sobre la frente, produciéndoles dolorosas quemaduras. Introducían en sus ropas ratones vivos. Y si querían rebelarse, se lanzaban sobre ellos aquellos chulos acostumbrados a luchar a puntapiés, que les golpeaban el estómago, el bajo vientre y hundían los dedos en los ojos. Todo hombre civilizado, como ya he dicho, estaba desarmado ante aquellos truhanes. Pero allí, como en todas partes, el dinero y el nombre ejercían toda su fuerza. En la sala había un tal Roblet, industrial de la región, a quien los alemanes habían juzgado conveniente imponer aquella compañía. Pero Roblet no era tan de compadecer como hubiera podido creerse. La distribución de cigarrillos o dinero y, sobre todo, el prestigio de un alto nombre en la industria, uno de aquellos nombres que ejercen aquí el mismo efecto que el de los grandes señores feudales de la Antigüedad, suavizaban a los más feroces. Había algunos irreductibles que hablaban de someterle a las mismas pruebas que los demás, pero, entonces, otros tomaban su defensa y le formaban su guardia personal. Siempre les sería de utilidad haber rendido algún servicio a un Roblet.

Los granujas le ofrecían su jergón o su piojosa manta. Le cedían la estantería más cómoda para dormir y pronto recibió del exterior, por mediación de los presos que prestaban servicio mecánico, golosinas, pollos fríos, vino y pan, que cedía a los demás. Su generosidad encantaba a todos. El dinero es por doquier un gran señor.

Los que no tenían la suerte de llevar un nombre rimbombante, se sometían casi todos a la tiranía de los chulos. Se veía a los desgraciados cometer bajezas, cantar, silbar, hacer el payaso y divertir con sus bufonadas a aquella turba. Todo el que poseía un don lo ponía a contribución. Había entre ellos un artista, un caricaturista de talento, Sasenet, a quien un dibujo irrespetuoso del comandante Roffman había conducido allí. Comprendiendo que un artista no gozaba entre la turba del mismo prestigio que el industrial, tuvo una idea para popularizar su talento. A todos les obsequió con una caricatura suya muy parecida y en las que les favorecía enormemente. Aquello le conquistó una reputación. La mayoría le concedió el honor de pedirle su retrato y después otros se divirtieron, haciéndole dibujar artísticos tatuajes que le obligaban a firmar. Pronto se admiró en la sala una colección de torsos desnudos, peludos y sucios, en los que el artista bosquejaba, a gusto del cliente, mosqueteros, aviones, mujeres desnudas o símbolos de esperanza. Luego, un granuja corpulento de piel tan tatuada que no le quedaba ni un espacio libre, fijaba definitivamente aquellos dibujos con la ayuda de un haz de tres agujas atadas que iba mojando en tinta china. Lo hacía lentamente, pinchazo tras pinchazo. La sangre corría por los torsos desnudos. Y los pacientes, inmóviles, rodeados de un círculo de curiosos, ponían todo su pundonor en no estremecerse siquiera. Una vez terminada la operación, el operador embadurnaba toda la piel con tinta. La inflamación y la supuración duraban ocho días. Los dibujos acostumbraban a ser originales. Uno llevaba unas monstruosas esposas tatuadas en los puños, otro una guindilla sobre las nalgas en señal de desprecio, otro un enorme rostro sobre el vientre que hacía reír, llorar o hacer muecas, contorsionándose pícaramente entre las risotadas de un público apasionado. Los alemanes acudían a presenciar tales escenas burlescas con un fusil debajo del brazo, mirando sonrientes a través de las mirillas de la puerta.

Sasenet llegó a ser muy cotizado. Le pagaban con galletas y cigarrillos sus dibujos sobre la piel. Por lo menos, allí dentro el arte alcanzaba para alimentarse.

Otro de los reclusos era el doctor Dietrick, un viejo grueso, de estatura elevada y rostro sensual y cínico de fauno. Era muy conocido entre toda el hampa. Había sido citado con frecuencia ante los tribunales como descarado provocador de abortos, firmante de certificados falsos de accidentes de trabajo y culpable de desórdenes públicos ante los tribunales. En la cárcel gozaba de una especie de celebridad, que aprovechaba para organizar democráticamente juegos de pelota, partidos de «salto de carnero», y otras diversiones de una brutalidad increíble.

La alimentación —infecta— producía la disentería. Se bajaba a los retretes por una escalera llena de excrementos humanos. No había puertas ni papel. Se hacían las necesidades a la vista de todos, de pie sobre el asiento, sin demasiados miramientos. La pared estaba manchada de chafarrinones de color castaño. Durante muchos días permaneció en el suelo el cadáver del muchacho alemán que el alemán había matado y todos excrementaron junto al muerto.

Pero el tipo más extraño de la cárcel era Chabot. Aquel nombre debía ser, sin duda, un apodo. Chabot era viejo, tenía siete hijos, y por eso, según explicaba, se las componía para estar siempre en la cárcel. Al menos, mientras estaba allí, los suyos aprovechaban su ración y comían algo más.

Aquel desgraciado no era ningún amargado y había terminado por ganar la confianza de los alemanes, que lo empleaban en barrer. Socorría a las miserias, intentaba unir a los presos, recogía la comida que desperdiciaban los soldados alemanes para llevársela a los hambrientos. Al anochecer iba a dar su vuelta de siempre. A la primera ojeada sabía reconocen a los más exhaustos. Se acercaba y les preguntaba:

—¿Tienes hambre?

Ellos le miraban desesperadamente.

—¡Toma! ¡Come!

En una celda halló a un soldado francés prisionero, devorado por los piojos. Le llevó de comer, ropa vieja pero limpia, y un traje…

Alain le observaba lleno de admiración. Chabot era el primer hombre feliz que encontraba en el mundo. Era ingenuo, un simple. No leía nunca. No era inteligente. No tenía ninguna elevación en su espíritu. Pero su corazón era inmenso. Y a su vista Alain comenzó a preguntarse si los hombres no debían de juzgarse por aquel ejemplo.


A finales de mayo de 1916, Jacqueline Laubigier, la hermanita de Alain, pasó el examen de catecismo y fue elegida para hacer la primera comunión. Estaba enferma. Pero, a pesar de ello, fue arrastrándose hasta la cárcel de la rue de L’Hospice, vio a su hermano mayor a través de la ventana y pudo comunicarle la buena noticia. Luego regresó, teniendo que apoyarse de vez en cuando en las paredes de las casas. Desde hacia algunos meses languidecía, falta de alimentación y de aire puro.

Fue una comunión rara, a la vez cómica y triste. Tal día es siempre importante para un niño, y Félicie, a pesar de la tristeza de aquella hora, hizo todo lo posible para dar a la fiesta un poco de solemnidad. Cosió ella misma el vestido blanco y el largo velo que le había dado Madame Hennedyck, adquirió unos zapatos de tela y los limpió con blanco hasta que parecieron de gamuza. Como no tenían cirios, Félicie hizo uno con un mango de escoba aguzado que recubrió de pintura blanca. Todos los comulgantes tenían cirios semejantes. Un clavo en la parte superior imitaba la mecha.

La comida fue una de aquellas raras minutas que se conseguían preparar aún: una sopa de legumbres en conserva, un plato de lentejas y de tocino americano, un conejo con pasas y manteca de cerdo y lechuga. Para aliñarla, tuvo que remplazar el aceite por mantequilla derretida y el vinagre por un poco de vino agriado que su cuñada Flavie encontró por milagro.

La comida comenzó tristemente. Félicie pensaba en Alain y Flavie en su hija mayor que estaba en la guerra. Cuando servían el conejo, llegó Alain acompañado de un soldado alemán. Fue aquella una gran sorpresa. Explicó que le habían autorizado a acudir, acompañado de un centinela y previa promesa de portarse bien. A partir de aquel instante, la fiesta se alegró. El conejo fue despachado en un abrir y cerrar de ojos y le siguió una tarta de centeno. Hicieron un sitio en la mesa a aquel alemán que no tenía aspecto de ser un bribón, y que se comió todo lo que había quedado del conejo y, luego, un enorme pedazo de tarta. Félicie había incluso fabricado cerveza, dejando fermentar un poco de lúpulo. ¡Qué fiesta! El soldado, hallándose a sus anchas, se empeñó en aportar también su parte, cantando una canción en alemán, y los demás le aplaudieron cortésmente, a pesar de no haber entendido nada.

Después de la comida fue preciso volver a la iglesia para las vísperas. Fueron todos juntos. La comulgante, con el pequeño Camile, delante. Detrás, Félicie y Flavie con los niños, y, finalmente, Alain con su guardia de corps y su primo François. El soldado llevaba bajo el brazo una barra de jabón que le había dado Félicie y parecía más alegre que unas pascuas. El jabón se vendía a precio de oro entre los alemanes. Delante del cabaret «Bac á Puces», en L’Epeule, el soldado se detuvo. Las vísperas no le decían gran cosa a aquel hombre. Y, en cambio, la música del cabaret, el bullicio del baile y las voces de las mujeres le atraían como un canto de sirena.

—Tú volver a la hora —dijo a Alain—, o esperar aquí.

Y entró en el «Bac á Puces» con su barra de jabón, mientras los demás se iban a las vísperas.

La iglesia estaba llena. Entre la multitud había muchos alemanes que contemplaban a los comulgantes. Aquella debía ser la época de las comuniones en Alemania. Jamás habían visto tantos soldados en la iglesia. Al entrar Jacqueline, inmaculada con su cándido tocado, un alemán se arrodilló a su lado, cogió con ambas manos el borde de su largo vestido y lo besó llorando.

(Continuará…)

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