Santuario (VIII)

William Faulkner








XXI

A medida que el tren se acercaba a Memphis, Virgil Snopes dejó de hablar y fue perdiendo aplomo, mientras su acompañante, por el contrario —sin cesar de comer palomitas de maíz con melaza del paquete que llevaba en la mano—, se iba animando más y más, hasta dar una impresión como de borrachera, ajeno a la transformación de su amigo. Aún seguía hablando sin parar —con la maleta imitación de cuero en la mano y el sombrero ladeado sobre el cogote recién afeitado— cuando se apearon del tren.

—Bueno, ¿qué es lo primero que vamos a hacer? —dijo Fonzo en la sala de espera. Virgil no respondió. Alguien les dio un empujón y Fonzo tuvo que sujetarse el sombrero—. ¿Qué vamos a hacer? —dijo. Luego miró a Virgil a la cara—. ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada —dijo Virgil.
—Bueno, pero, ¿qué vamos a hacer? Tú has estado aquí antes. Yo no.
—Será mejor que echemos un vistazo por ahí —dijo Virgil.

Fonzo lo estaba mirando, los ojos de un azul como de porcelana.

—¿Qué demonios te pasa? En el tren no hacías más que hablar de las muchas veces que has estado en Memphis. Me apuesto cualquier cosa a que nunca has compara…

Alguien les empujó, obligándolos a separarse; un flujo de personas se interpuso entre ellos. Bien agarrado a la maleta y al sombrero, Fonzo luchó hasta regresar al lado de su amigo.

—Sí que lo he hecho —dijo Virgil, mirando alrededor con ojos vidriosos.
—Bueno, pero, ¿qué vamos a hacer? No abrirán hasta las ocho de la mañana.
—Entonces, ¿por qué tienes tanta prisa?
—No me apetece nada quedarme aquí toda la noche… ¿Qué has hecho tú otras veces?
—Ir a un hotel —dijo Virgil.
—¿A cuál? Aquí tienen más de uno. ¿Piensas que toda esta gente cabe en un hotel? ¿A cuál fuiste?

Los ojos de Virgil eran también de un azul desteñido. Miró vidriosamente a su alrededor.

—Al hotel Gayoso —dijo.
—Bueno, pues vamos allí —dijo Fonzo. Se dirigieron hacia la salida. Alguien les gritó «taxi»; un mozo trató de cogerle la maleta a Fonzo.
—¿Qué hace? —dijo él, apartándola. En la calle les asaltaron más taxistas.
—Así que esto es Memphis —dijo Fonzo—. ¿Cuál es el camino? —no obtuvo respuesta. Al volver la vista vio cómo Virgil se apartaba de un taxista—. ¿Qué estás…?
—Por aquí.—dijo Virgil—. No queda lejos.

Anduvieron milla y media. De cuando en cuando se cambiaban la maleta de mano.

—Así que esto es Memphis —dijo Fonzo—. ¿Qué demonios he estado haciendo yo toda la vida?

Cuando entraron en el hotel Gayoso un botones se ofreció a llevarles las maletas. Ellos le ignoraron y siguieron adelante, caminando indecisos sobre el suelo de baldosas. Virgil se detuvo,

—¿Por, qué te paras? —dijo Fonzo.
—Espera —respondió Virgil.
—Creía que habías estado aquí antes —dijo Fonzo.
—Claro que sí. Este sitio es demasiado caro. Querrán cobrar un dólar por noche.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
—Vamos a seguir mirando.

Salieron de nuevo a la calle. Eran las cinco. Siguieron adelante, mirando, cargados con las maletas. Llegaron a otro hotel. Dentro vieron mármoles, escupideras de bronce, botones corriendo de un lado para otro, gente sentada entre plantas decorativas.

—Este tiene que ser igual de caro —dijo Virgil.
—¿Qué vamos a hacer entonces? No podemos pasarnos andando toda la noche.
—Vámonos de esta calle —dijo Virgil. Salieron de Main Street. En la esquina siguiente, Virgil torció de nuevo—. Vamos a buscar por aquí. No necesitamos tantos espejos ni tanto negro de uniforme. Es lo que te hacen pagar en esos sitios.
—¿Por qué? Ya los habían comprado antes de que llegáramos nosotros. ¿Cómo es posible que nos hagan pagarlos?
—Suponte que alguien los rompiera mientras estábamos allí. Suponte que no pudieran coger al culpable. ¿Crees que nos iban a dejar marcharnos sin pagar nuestra parte?

A las cinco y media entraron por una sucia callejuela de casas de madera y patios llenos de basura. En seguida llegaron a una casa de tres pisos en medio de un solar donde apenas crecía la hierba. Delante de la entrada había una estructura rectangular con celosías inclinada hacia un lado. En los escalones estaba sentada una mujer corpulenta con una bata, contemplando dos perros blancos de pelo sedoso que andaban por el césped.

—Vamos a intentarlo aquí —dijo Fonzo.
—Eso no es un hotel. ¿Dónde está el letrero?
—¿Por qué dices que no? —replicó Fonzo—. Claro que es un hotel. ¿Quién ha oído hablar de una familia viviendo en una casa de tres pisos?
—No podemos entrar por aquí —dijo Virgil—. Estamos en la parte de atrás. ¿No te das cuenta de que eso es el retrete? —señalando la estructura rectangular con la cabeza.
—Entonces demos la vuelta y entremos por delante —dijo Fonzo—. Vamos.

Dieron la vuelta alrededor de la manzana. En el lado opuesto había una fila de establecimientos donde vendían automóviles. Se pararon a mitad de camino, la maleta en la mano derecha.

—Estoy seguro de que no has estado aquí nunca —dijo Fonzo.
—Vamos a volver. Eso de antes debe de ser la entrada.
—¿Con el retrete delante de la puerta principal? —dijo Fonzo.
—Podemos preguntarle a la señora.
—¿Quién puede? Yo no, desde luego.
—Vayamos a ver, de todas formas.

Regresaron. La mujer y los perros habían desaparecido.

—Mira lo que has conseguido —dijo Fonzo—. ¿Y ahora qué?
—Vamos a esperar un poco. Quizá salga otra vez.
—Son casi las siete —dijo Fonzo.

Dejaron las maletas junto a la verja. En las apretadas ventanas de los pisos altos, las luces, palpitantes, brillaban ya contra la serena placidez del cielo de poniente.

—Huelo a jamón —dijo Fonzo.

Un taxi se detuvo delante de la casa. De su interior salió una rubia entrada en carnes, seguida de un hombre. Los vieron recorrer la senda y penetrar en la estructura rectangular. Fonzo sorbió aire a través de los dientes.

—Que me aspen si no se han metido dentro —susurró.
—Quizá sea su marido —dijo Virgil.

Fonzo cogió la maleta.

—Vamos.
—Espera —dijo Virgil—. Dales un poco de tiempo.

Esperaron. El hombre reapareció, subió al taxi y se marchó.

—No puede ser su marido —dijo Fonzo—. Yo no me hubiera ido, desde luego. Vamos —añadió, atravesando la puerta de la verja.
—Espera —dijo Virgil.
—Espera tú, si quieres —dijo Fonzo.

Virgil cogió su maleta y le siguió. Luego se detuvo mientras el otro abría la puerta cautelosamente y miraba dentro.

—Maldita sea —dijo, al ver que había otra puerta de cristal cubierta por una cortina.

Fonzo llamó con los nudillos.

—¿Por qué no aprietas ese botón? —preguntó Virgil—. ¿No sabes que la gente de la ciudad no abre si llamas a la puerta?
—De acuerdo —dijo Fonzo, tocando el timbre.

Les abrió la mujer de la bata; se oía a los perros detrás de ella.

—¿Tiene una habitación libre? —dijo Fonzo.

Miss Reba los miró, examinando sus sombreros nuevos y sus maletas.

—¿Quién os ha mandado aquí? —les preguntó.
—Nadie. Se nos ha ocurrido a nosotros —Miss Reba le miró fijamente—. Los hoteles son demasiado caros.

Miss Reba respiró con dificultad.

—¿A qué os dedicáis?
—Venimos a trabajar —dijo Fonzo—. Pensamos estar una buena temporada. —Si no es demasiado caro —dijo Virgil.

Miss Reba le miró.

—¿De dónde sois, corazón?

Se lo dijeron y también le dieron sus nombres.

—Pensamos quedarnos un mes o más, si nos conviene.
—No veo por qué no —dijo ella al cabo de un rato, sin dejar de mirarlos fijamente—. Os puedo dar una habitación, pero tendréis que pagar más cada vez que trabajéis en ella. Tengo que ganarme la vida como cualquiera.
—No vamos a trabajar aquí —dijo Fonzo—. Lo hacemos todo en la academia.
—¿Qué academia? —dijo Miss Reba.
—La academia de peluqueros —dijo Fonzo.
—Oye, mequetrefe —dijo Miss Reba. Luego empezó a reírse con la mano en el pecho. Los muchachos la miraron con gran seriedad mientras reía trabajosamente entre jadeos—. Señor, señor —añadió—. Venid.

La habitación estaba en el último piso, en la parte trasera. Miss Reba fue también a enseñarles el baño. Cuando puso la mano en el picaporte se oyó una voz que decía: «Un momento, querida». Luego se abrió la puerta y una mujer con un quimono cruzó por delante de ellos. La vieron alejarse pasillo adelante, juvenilmente estremecidos por la estela de perfume que iba dejando atrás, Fonzo le dio un subrepticio codazo a Virgil. Cuando estaban otra vez en el cuarto dijo:

—Esa era otra. Tiene dos hijas. Sujétame, muchacho, que me voy detrás de cabeza.

Con la extrañeza de la cama y del cuarto y el ruido de voces, tardaron en dormirse la primera noche. Oían la ciudad, desconocida y llena de sugerencias, tan cercana y tan remota; amenaza y promesa al mismo tiempo; un sonido grave e incesante sobre el que brillaban y parpadeaban luces invisibles: un esplendoroso torbellino lleno de colores en el que las mujeres empezaban a adoptar posturas sugerentes de nuevos placeres y de extrañas promesas nostálgicas. Fonzo se vio rodeado de hilera tras hilera de visillos rosa, más allá de los cuales, entre crujidos de sedas y murmullos jadeantes, la apoteosis de su juventud se encarnaba en un millar de avatares. Quizá empiece mañana, pensó; quizá para mañana por la noche… Un rayo de luz se filtró por encima de la persiana de hule, extendiéndose en abanico sobre el techo. En la calle, bajo la ventana, oyó la voz de una mujer, luego la de un hombre: las dos se fundieron en un murmullo; se cerró una puerta. Unos tacones femeninos subieron de prisa las escaleras entre crujir de ropas.

Fonzo empezó a oír sonidos dentro de la casa: voces, risas, los primeros compases de una pianola.

—¿Las oyes? —susurró.
—Deben de ser una familia numerosa —dijo Virgil, con la voz velada ya por el sueño.
—Familia un cuerno —dijo Fonzo—. Es una fiesta. Daría cualquier cosa por poder ir.

Al salir de la casa en la mañana del tercer día, se encontraron con Miss Reba en la puerta. Quería usar su habitación por las tardes, cuando ellos estaban ausentes. Iba a celebrarse una convención de detectives en la ciudad y tendrían un poco más de trabajo, les dijo.

—No os preocupéis por vuestras cosas. Haré que Minnie lo cierre todo con llave. Nadie os va a robar mientras estéis en mi casa.
—¿A qué supones tú que se dedica? —dijo Fonzo cuando llegaron a la calle.
—No lo sé —dijo Virgil.
—Me gustaría trabajar para ella de todas formas —dijo Fonzo—. Con todas esas mujeres en quimono y tanta animación.
—No te serviría de nada —dijo Virgil—. Están todas casadas. ¿No las has oído?

La tarde siguiente, al regresar de la academia, encontraron una prenda interior de mujer debajo del lavabo. Fonzo se agachó a recogerla.

—Es modista —dijo.
—Supongo que sí —dijo Virgil—. Mira a ver si te han quitado algo.

La casa parecía estar llena de gente que no dormía por las noches. Los oían a todas horas, subiendo y bajando las escaleras, y Fonzo era siempre consciente de la presencia de mujeres, de la presencia de carne femenina. Llegó un momento en que le parecía estar tumbado en su lecho de célibe rodeado de mujeres, y permanecía despierto junto a los incesantes ronquidos de Virgil, los oídos aguzados ante cualquier murmullo, ante el crujir de sedas que le llegaba a través de las paredes y del suelo y que parecía ser tan parte de ambas cosas como las tablas y el yeso, pensando que después de diez días en Memphis sólo conocía a unos pocos compañeros de la academia. Cuando Virgil ya estaba dormido, se levantaba a descorrer el pestillo y dejar la puerta entreabierta, pero nunca pasaba nada.

El decimosegundo día le dijo a Virgil que iban a ir de visita con uno de sus condiscípulos.

—¿Dónde? —dijo Virgil.
—No te preocupes. Tú vente con nosotros. He descubierto algo importante. Y cuando pienso que me he pasado aquí dos semanas sin saberlo…
—¿Cuánto nos va a costar? —dijo Virgil.
—¿Es que te has divertido gratis alguna vez? —dijo Fonzo—. Vamos.
—Iré — dijo Virgil—. Pero no me comprometo a gastar nada.
—Espera a decir eso cuando estés allí —replicó Fonzo.

Su compañero les llevó a un burdel. Cuando salían de él, Fonzo dijo:

—Y pensar que me he pasado aquí dos semanas sin saber que existía esa casa.
—Preferiría que no te hubieras enterado —dijo Virgil—. Me ha costado tres dólares.
—¿No merecía la pena? —dijo Fonzo.
—Cualquier cosa que uno no se puede llevar no vale tres dólares —dijo Virgil.

Cuando llegaron a casa Fonzo se detuvo.

—Tenemos que entrar sin que se dé cuenta —dijo—. Si la dueña se entera de dónde hemos estado y de lo que hemos hecho, quizá no nos deje seguir en la casa con las otras señoras.
—Claro —dijo Virgil—. Maldita sea. Has hecho que me gaste tres dólares y ahora vas a conseguir que nos pongan de patitas en la calle.
—Tú haz lo que haga yo —dijo Fonzo—. No te preocupes de más. No digas nada.

Minnie les abrió la puerta. La pianola tocaba a todo volumen. Miss Reba apareció en el quicio de una puerta, con una taza de hojalata en la mano.

—Vaya, vaya —dijo—, qué tarde volvéis hoy a casa.
—Sí, señora —dijo Fonzo, empujando a Virgil hacia la escalera—. Hemos ido a una reunión en la parroquia.

Ya en la cama, a oscuras, seguían oyendo la pianola.

—Me has hecho gastar tres dólares —dijo Virgil.
—Anda, cállate —dijo Fonzo—. Cuando pienso que me he pasado aquí casi dos semanas…

Al día siguiente volvieron a casa de anochecida, entre luces parpadeantes que empezaban a encenderse y a brillar, y mujeres de pálidas piernas centelleantes que se reunían con algún hombre, entraban en un automóvil y todo lo demás.

—¿Y si nos gastáramos otra vez los tres dólares? —dijo Fonzo.
—Será mejor que no vayamos esta noche —dijo Virgil—. Nos va a salir demasiado caro.
—Tienes razón —dijo Fonzo—. Podría vernos alguien y venir a contárselo.

Esperaron dos noches.

—Nos habremos gastado seis dólares —dijo Virgil.
—No vengas, entonces —replicó Fonzo.

Al regresar a casa, Fonzo dijo:

—A ver si te portas como es debido. Casi nos pilló la otra noche por culpa tuya.
—¿Y qué más da? —dijo Virgil malhumorado—. No nos va a comer.

Hablaban en voz muy baja, junto a la estructura rectangular.

—¿Cómo sabes que no? —dijo Fonzo.
—Bueno, no creo que quiera.
—¿Cómo sabes que no quiere?
—Quizá no lo haga —dijo Virgil.

Fonzo abrió la primera puerta

—El que ya no se puede comer los seis dólares soy yo —dijo Virgil—. Ojalá pudiera.

Minnie les dejó pasar.

—Está aquí un señor que viene buscándolos —dijo.

Esperaron en el pasillo,

—Ya nos han cogido —dijo Virgil—. Te dije que estábamos tirando el dinero.
—Cállate, ¿quieres? —dijo Fonzo.

Un hombre salió por una puerta; un hombre alto y corpulento con el sombrero ladeado y el brazo alrededor del talle de una rubia vestida de rojo.

—Es Clarence —dijo Virgil.

Cuando estuvieron en su cuarto, Clarence les preguntó:

—¿Cómo llegasteis a este sitio?
—Lo encontramos —dijo Virgil.

Le contaron lo que había pasado. Les escuchó sentado en la cama, con el sombrero lleno de grasa y un puro entre los dedos.

—¿Dónde habéis estado hoy? —dijo. No le contestaron. Se limitaron a mirarlo con rostros atentos e inexpresivos—. Vamos. Estoy enterado. ¿Dónde habéis ido?

Se lo dijeron.

—Y además me costó tres dólares —dijo Virgil.
—Que me ahorquen si hay otro más tonto que tú de este lado de Jackson —dijo Clarence—. Venid conmigo.

Le siguieron muy avergonzados. Dejaron la casa y siguieron andando tres o cuatro manzanas más. Cruzaron una calle de tiendas y teatros para negros, torcieron por un oscuro pasadizo muy estrecho y se detuvieron ante una casa con visillos rojos en las ventanas iluminadas. Clarence tocó el timbre. Dentro se oía música, voces chillonas y ruido de pies. Les hicieron pasar a un zaguán desprovisto de todo adorno donde dos negros andrajosos discutían con un blanco borracho, que llevaba un mono grasiento. A través de una puerta abierta vieron una habitación llena de mujeres color café con vestidos de tonalidades muy vivas, adornos en el pelo y sonrisas de oro.

—Son todas negras —dijo Virgil.
—Claro que son negras —dijo Clarence—. Pero, ¿ves esto? —añadió, agitando un billete delante del rostro de su primo—. El dinero no sabe de colores.


XXII

Horace llevaba tres días buscando cuando encontró un domicilio para la mujer y el niño. Se trataba de la destartalada casa de una anciana mujer blanca, medio loca, de la que se decía que preparaba hechizos para los negros. Estaba en las afueras de la ciudad, situada en un solar minúsculo, cubierto de apretada maleza que llegaba hasta la cintura y formaba una maraña ininterrumpida por delante de la fachada. En la parte de atrás las pisadas habían labrado una senda desde la verja rota hasta la puerta. Toda la noche una luz mortecina brillaba en las decrépitas entrañas de la casa y durante casi las veinticuatro horas del día podía verse una carreta o un carricoche amarrados en la callejuela de atrás y algún negro que entraba o salía por la puerta trasera.

Agentes de la policía habían registrado la casa en una ocasión buscando whiskey. No encontraron más que unos cuantos manojos de hierbas secas y una colección de botellas sucias llenas de un líquido del que lo único que se podía decir con seguridad es que no era alcohólico. Mientras tanto la anciana, a quien sujetaban dos hombres, agitando sus lacios cabellos grises ante un rostro desencajado de ojos centelleantes, les gritaba injurias con voz cascada. En una habitación que no era más que un cobertizo de una sola vertiente, con una cama y un tonel de basura y amorfos desechos por el que los ratones se paseaban durante .toda la noche, la mujer encontró un hogar.

—Aquí estará usted bien —dijo Horace—. Y siempre que quiera me puede llamar por teléfono a… —dándole el nombre de un vecino—. No: espere; haré que mañana me instalen otra vez el teléfono. Entonces podrá usted…
—Sí —dijo la mujer—. Será mejor que no venga hasta aquí.
—¿Por qué? ¿Cree que dejaría… que me importa un comino lo que…? —Tiene usted que vivir en esta ciudad.
—No pienso hacerlo. Ya he permitido que demasiadas mujeres me organizaran la vida y si esos parangones de virtud doméstica… —pero sabía que todo aquello no eran más que palabras. Y sabía también que ella se daba cuenta, gracias a esa inagotable capacidad femenina para desconfiar de los móviles de todo el mundo que parece en principio simple afinidad con el mal pero que resulta ser en realidad sentido práctico.
—Imagino que lograré encontrarle si es necesario —dijo ella—. Es todo lo que puedo hacer.
—Dios santo —dijo Horace—, no les deje… Fieras desalmadas, no son otra cosa.

Al día siguiente hizo que le instalaran el teléfono. No vio a su hermana durante una semana; y aunque no tenía manera de saber que se lo habían puesto, cuando, una semana antes de que empezara el juicio, inmerso en la lectura, resonó el teléfono en la paz vespertina, creyó que era Narcissa hasta que, entre las remotas estridencias musicales de un gramófono o de una radio, le habló una voz masculina con tono mesurado, casi fúnebre.

—Aquí, Snopes. ¿Qué tal está, juez?
—¿Cómo? —dijo Horace—. ¿Quién es?
—El senador Snopes, Clarence Snopes —el gramófono sonaba débilmente, como viniendo de muy lejos; Horace creyó tener a su interlocutor delante de los ojos: el sombrero manchado de grasa, los hombros pesadamente inclinados hacia el teléfono, en un bar o en un restaurante, protegiendo sus susurros detrás de una mano enorme, blanda, ensortijada, mientras en la otra el auricular parecía un simple juguete.
—Ah —dijo Horace— ¿Sí? ¿Qué sucede? —Dispongo de cierta información que podría interesarle. —¿Información que podría interesarme?
—Eso creo. A usted y a otra persona por lo menos —junto al oído de Horace la radio, o el gramófono, ejecutó un agudo arpegio de saxofones. Obscenos, vulgares, parecían pelearse entre sí con la teatralidad de dos monos en una jaula. Benbow oía también la respiración de Snopes al otro extremo del hilo.
—De acuerdo —dijo—. ¿Qué sabe usted que pueda interesarme?
—Le dejo que lo decida usted mismo.
—De acuerdo. Iré al centro mañana por la mañana. Podemos vernos en cualquier sitio —luego añadió inmediatamente—: ¿Oiga? —era como si el otro estuviera respirando en el oído de Horace: un sonido plácido, obsceno, que adquirió repentinamente un algo de ominosa—. ¡Oiga! —repitió Horace.
—Entonces está claro que no le interesa. Creo que me entenderé con la otra persona y no le molestaré más. Hasta la vista.
—No; espere —dijo Horace—. ¡Oiga! ¡Oiga!
—¿Sí?
—Iré ahora. Estaré ahí dentro de quince minutos.
—No hace falta —dijo Snopes—. Tengo coche. Me acercaré yo.

Horace bajó hasta el portón. Había salido la luna. Dentro del túnel negro y plata de los cedros, las luciérnagas encendían ilusorias cabezas de alfiler. Los cedros eran negros y apuntaban al cielo como siluetas recortadas en papel; la pendiente cubierta de césped brillaba levemente, con una pátina de plata. En algún sitio, por encima de los insectos, una chotacabras alzó su canto, reiterativo, trémulo, quejumbroso. Pasaron tres coches. El cuarto disminuyó la velocidad y torció hacia el portón. Horace se adelantó para que le diera la luz. Detrás del volante Snopes resultaba especialmente voluminoso, dando la impresión de haber sido metido en el coche antes de colocar el techo. Le tendió la mano.

—¿Cómo le va, juez? No supe que vivía usted en la ciudad hasta que traté de telefonearle a casa de Mrs. Sartoris.
—Bien, gracias —dijo Horace, deshaciendo lo antes que pudo el apretón de manos—. ¿Qué información es esa que ha conseguido?

Snopes se aplastó sobre el volante para mirar por la ventanilla, en dirección a la casa.

—Podemos hablar aquí —dijo Horace—. Se evita usted tener que dar la vuelta.
—No parece un sitio muy adecuado —replicó Snopes—. Pero eso tiene que decirlo usted.

Alto y corpulento, encorvado sobre el volante, su rostro informe parecía otra luna al reflejar la que brillaba en el cielo. Horace notó que Snopes le vigilaba, experimentando a la vez la misma sensación ominosa que le había transmitido el hilo telefónico; una presencia calculadora, sagaz, llena de significado. Tenía la impresión de que Snopes iba siguiendo los rápidos movimientos de su mente de un lado para otro, deteniéndolos siempre con aquella enorme masa suya, blanda e inerte, que los sepultaba como una avalancha de vainas de algodón.

—Subamos a la casa —dijo Horace. Snopes abrió la portezuela—. Siga —respondió Benbow—. Yo iré a pie.

Snopes puso el coche en marcha. Se estaba apeando cuando Horace llegó a su altura.

—Bien, ¿de qué se trata? —dijo Horace.

Snopes miró de nuevo en dirección a la casa.

—Le sirve como piso de soltero, ¿no es cierto? —dijo. Horace no respondió.
—Es lo que digo siempre, todo hombre casado debiera tener un lugar propio, un sitio donde refugiarse sin que nadie se entere de lo que hace. Por supuesto, un hombre tiene ciertos deberes con su esposa, pero lo que no sepa no le hará daño, ¿no es verdad? Mientras el marido haga eso, no veo que la mujer tenga razones para quejarse. ¿No piensa usted lo mismo?
—Mrs. Goodwin no está aquí —dijo Snopes—, si es eso lo que insinúa. ¿Por qué quería usted verme?

Notó de nuevo que Snopes le observaba atenta, calculadoramente, con ojos tan incrédulos como indiscretos.

—Siempre he dicho que es uno mismo quien tiene que ocuparse de sus propios asuntos. No voy a reprochárselo, pero cuando me conozca usted mejor se dará cuenta de que sé tener la boca cerrada. He estado en muchos sitios. Conozco la situación… ¿Un puro? —se llevó una mano gigantesca al bolsillo del pecho y sacó dos cigarros.
—No, gracias.

Snopes encendió uno y su rostro, a la luz de la cerilla, parecía una empanada puesta de lado.

—¿Para qué quería usted verme? —dijo Horace.

Snopes dio una chupada al cigarro.

—Hace cosa de un par de días me enteré de algo que le interesará, si no estoy equivocado.
—Ah. Algo de interés. ¿En qué sentido?
—Eso le dejo a usted que lo decida. Tengo otra persona con la que podría entenderme, pero como usted y yo somos conciudadanos y todo eso…

La mente de Horace giraba y salía disparada en todas direcciones. La familia de Snopes procedía de un lugar cercano a Frenchman’s Bend y aún seguía viviendo allí. No ignoraba los tortuosos medios por los que cualquier tipo de información circulaba entre los distintos miembros de la tribu analfabeta que poblaba aquella zona del condado. Aunque está claro que no se trata de algo que pudiera intentar venderle al Estado, pensó Horace. No es tan tonto como para todo eso.

—Entonces, será mejor que me explique de qué se trata —dijo.

Notó una vez más que Snopes le observaba atentamente.

—¿Se acuerda del día que tomó el tren en Oxford? Había ido allí por un asun…
—Sí —dijo Horace.

Snopes aspiró el humo durante algún tiempo, hasta poner el puro al rojo vivo. Luego alzó una mano y se la puso sobre el cogote.

—Recuerda que me habló de una muchacha.
—Sí. ¿Qué más?
—Eso tiene que decirlo usted.

A Horace le llegaba el aroma de madreselvas que subía por la pendiente plateada y oía el canto de la chotacabras, suave, quejumbroso, reiterativo.

—¿Quiere decirme que sabe dónde está?

Snopes no contestó.

—¿Y que está dispuesto a venderme esa información?

Snopes siguió callado. Horace apretó los puños y los introdujo en los bolsillos, haciendo presión contra su cuerpo.

—¿Qué le hace pensar que pueda interesarme?
—Eso tendrá que decidirlo usted. Yo no tengo un cliente acusado de asesinato. No fui yo quien estuvo en Oxford buscando a la chica. Claro que, si no le interesa, me pondré en contacto con la otra persona. Me limito a darle una oportunidad.

Horace se volvió hacia los escalones, moviéndose muy despacio, como un anciano.

—Vamos a sentarnos —dijo. Snopes le siguió y se sentó en un escalón. La luz de la luna caía sobre ellos—. ¿Sabe usted dónde se encuentra?
—La he visto —se puso otra vez la mano en la nuca—. Sí, señor. Si no está… si no ha estado allí, le devolveré el dinero. No dirá que no le trato bien, ¿eh?
—Y, ¿cuánto pide? —dijo Horace.

Snopes aspiró el humo hasta poner otra vez el puro al rojo vivo.

—Vamos —dijo Horace—. No voy a regatear.

Snopes le dijo el precio.

—De acuerdo —dijo Horace—. Se lo pagaré. —levantó las rodillas, puso los codos encima y se cubrió la cara con las manos—. ¿Dónde…? Espere. ¿No será usted baptista, por casualidad?
—Lo es mi familia. Yo me considero muy liberal. No soy nada fanático en ningún sentido, como descubrirá usted cuando me conozca mejor.
—De acuerdo —dijo Horace, todavía con la cara tapada—. ¿Dónde está?
—Me fío de usted —dijo Snopes—. Está en Memphis, en una casa de putas.

(Continuará…)

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