Los golpes (VIII)

Jean Meckert







XIX

A partir de entonces, ya no me atreví a mirar a los vecinos a la cara. Me precedía mi reputación.

Al día siguiente, al volver a casa, vi el diario donde ella se había puesto a escribir sus rencores desde esa misma noche.

Lo advertí nada más entrar, al lado de la radio: era un pequeño cuaderno rojo de colegial.

—¿Estás mejor? —le pregunté dándole suavemente un beso en su labio violeta—. Entiéndeme, tienes que perdonarme. Lo de ayer no lo hice a propósito.
—¡No hablemos más! —me respondió, magnánima.

Mientras encendía la radio, abrí el pequeño cuaderno de manera ostensible.

«Mi diario» llevaba por título en tinta azul.

—¡Anda! —dije—. ¿Ahora escribes tus memorias?

Paulette se acercó.

—¡Es personal! —me dijo—. No sé por qué lo he dejado ahí… Y luego, para lo poco que te interesa lo que pienso…

Intentó recuperarlo suavemente.

—Venga, dámelo. Hay cosas que mejor no leas. ¡Te digo que es personal!

Era exactamente lo que hacía falta para excitar mi curiosidad. Empecé a leerlo…

—¡Peor para ti! —me dijo sin insistir más—. Si encuentras cosas que te molestan, ¡ya te lo advertí!

Luego se fue a la cocina.

Todavía guardo ese cuaderno rojo. Puedo copiarlo aquí. La primera entrada es de ese mismo día. Había varias páginas.

«¡No soy feliz!, —así empezaba—. Félix se mostró ayer bajo su verdadero rostro. Es un ser grosero del que no puedo esperar nada bueno si no cambia completamente.
»¿Querrá hacer ese esfuerzo? Me pregunto angustiada. ¿Estoy condenada a vivir con un ser que se vuelve un inconsciente cuando lleva una copa de más?
»He pasado una noche horrible. ¿Qué le he hecho a Dios para que se ensañe así conmigo? El primero era ladrón y holgazán. Este es un salvaje y un bruto, tan solo sabe pegarme en cuanto le pongo los puntos sobre las íes. ¿Qué he hecho yo para merecer este calvario?…».

Y así continuaban las quejas caligrafiadas. También vi que tenía la esperanza de vivir días mejores… que se sentía herida en su carne y en sus sentimientos… que se imponía sacrificios… que era el juguete de un fatal destino… que la desgracia recaía sobre su vida…

«No sé si Félix comprenderá que no tengo el alma de una mujer de carretero, y que mi sensibilidad femenina necesita más dulzura para realizarse plenamente».

Así acababa.

Estaba aterrorizado y tremendamente triste al ver esa muralla de palabras entre nosotros. Me parecía una muralla construida con pequeñas crónicas femeninas, adornada con flores artificiales, sinceramente invadida de falsedad…

Entendí entonces por qué quería que yo leyera todo aquello. Era un gesto, una prueba de que todavía me quería. ¡Ah! No hablábamos la misma lengua, ella y yo no teníamos ninguna emoción semejante. Me quedé muy desanimado.

Dejé el cuaderno sobre la mesa.

—¿Y entonces? —me dijo acercándose para tantear un poco el terreno—. ¿Estás contento ahora que ya lo has leído?… Ahora ya sabes lo que es ser indiscreto, ¿no?
—¡Ven aquí! —le dije.

Yo ponía una cara muy triste. Paulette creía que había tocado diana, que yo comprendía finalmente mi propia abyección, que iba a hacer un esfuerzo sobrehumano para lograr la bonita imagen que ella tenía de mí, totalmente ideal.

—Escúchame, Paulette —le dije—. ¿Alguna vez en tu vida has intentado comprenderme?
—¡Oh, sí! —me dijo—. Ya sé que no eres tonto y que si quisieras…
—No, Paulette, no es eso… Te estoy preguntando si alguna vez en tu vida, aunque sea solo una, has intentado comprenderme, saber lo que yo pienso… Que existo, en definitiva, más allá de tus palabras.
—¡Que sí! Te conozco mejor de lo que crees. Por eso confío en ti. Podrías fácilmente ser mejor, si quisieras…

Venga, así no nos entenderíamos nunca.

Me sulfuraba verla así, jubilosa y buena, intentando juzgarme desde arriba con sus florecitas de papel.

Busqué cuidadosamente las palabras para responderle. Y sí, encontré las palabras exactas:

—¿Quieres que te diga lo que pienso? —le dije dulcemente—. Pues bien, ¡eres vulgar!

Se quedó con los ojos como platos, sorprendida, sonriente y alegre, como si fuera una buena broma.

—¿Yo?… ¿Vulgar?… ¡Eso sí que no! Bueno, no insistamos más, si así lo quieres. ¡Pobre Félix!… ¿Y tú? —me dijo con un tono irónico—. A ver, ¿cómo te crees que eres?
—No te cachondees de mí, Paulette. Lo digo en serio. Yo quizá tengo mis defectos, ¡pero al menos soy yo!
—¡Claaaro! Yo soy yo y tú… ¡tú te callas! Este es tu gran razonamiento.

Incluso ahí conseguía colarme un calambur.

—Quizá hemos visto demasiadas películas —le dije—. Quizá lees demasiadas novelas de poca monta. Habría que reeducarte desde el principio.
—¿Y piensas reeducarme a base de puñetazos?

Me estaba desafiando. Se levantó bien erguida. Yo estaba triste, ella no temía nada.

Estaba muy guapa así, orgullosa y ofendida. Me atraía. Me acerqué a ella, la cogí por los hombros.

—Venga, mi niña. No vamos a estar siempre discutiendo. ¿Hagamos las paces, de acuerdo?

Le di un beso en el cuello mientras ella lanzaba un profundo suspiro de mujer incomprendida, protegiendo su labio inflado.


XX

Recordando el pasado para contar esta historia, diría que fue quizá en ese momento cuando se convirtió en un adefesio. Vi a mi pobre Paulette descomponerse poco a poco ante mis ojos hasta convertirse en una persona desconocida.

Yo tampoco me reconocía ya en sus pensamientos. Me daba miedo mirarme en sus ojos. Ella venía de vez en cuando a destrozarme con un guiño doloroso, muy sorprendida por su gesto heroico de seguir queriendo a una persona tan repugnante y pedestre.

Todo comenzó con el golpe de Tosca que la vieja pelleja de la suegra nos había lanzado un domingo, como la piel de un plátano.

—¡Oh, mi queridita Bibise! —ese era el diminutivo de Paulette—. ¡Qué pena que no puedas venir el miércoles por la noche a la Opéra-Comique! ¡Tenorini canta Cavaradossi! ¡Imagínate, no te lo puedes perder! Iré con Auguste y Léontine al salir del trabajo. Léontine preparará unos bocatas y llevará sillas plegables.
—¡Tenorini en el papel de Cavaradossi! —exclamó saltando la iniciada Paulette—. ¡Oh, formidable! ¡Vamos, Félix! ¡Es una ocasión única! ¡Un verdadero lujo para ti!

No me apetecía nada aburrirme toda una tarde, pero no quería rechazarlo de entrada. Le dije que sí.

La suegra me felicitó.

—¡Ya verás, Félix, como cambiarás de idea y te acabará gustando! Sobre todo con Tenorini, ¡ya verás!

Nos encontramos el miércoles en una calle triste y cochambrosa, en medio de una cola de andrajosos que se zampaban los bocadillos con cara de asqueados.

Fui el último del grupo en llegar.

—¡Eh, Félix!… ¡Aquí!…

Me llamaban los cuatro, perdidos y sumidos en esa masa informe.

Hubo quien protestó porque estaba saltándome la cola.

—¡Eh, los de ahí! Esos tienen una caradura… ¡ya se han colado al menos doce!

Una mujerona con anteojos que había sacado a pasear su viejo abrigo me interpeló directamente, justo detrás de mí.

—¡Oiga, usted! ¡A la cola! ¡Es inadmisible! Tendría que estar prohibido. Advertiré a un agente.

Mientras Léontine me pasaba un bocadillo con huevos duros, entre la gente, la suegra respondía firmemente a la mujerona del abrigo raído de pieles.

—¡Vamos juntos, señora! ¡Quien no conozca las costumbres de este teatro, mejor que se calle!
—¿Cómo dice, señora? ¿Que no conozco las costumbres? ¡Pero si vengo cada semana!
—¿De verdad? ¿Cada semana? ¿Como al cine?

Había que oír a la suegra diciendo lo del cine con una mueca de desprecio.

—¿El cine, señora? Pero ¿quién ha hablado aquí de cine, señora?

La discusión continuaba entre aquellas dos andrajosas con toda una cascada de tonterías.

Costaba tragar los sándwiches. Auguste nos sirvió una ración de café en el vasito del termo.

Y, luego estuvimos esperando.

¡Una hora y media! ¡Una hora y media con esos seres lívidos y andrajosos! ¡Una hora y media jodiéndose ahí!

Y Paulette retocándome la corbata cada dos por tres.

Y la suegra contando todas las veces que había visto Manon.

—Veamos: cinco veces en Lyon, en los Celestins, y luego en el Grand-Théâtre, con Va-Mordisqui en el papel de Des Grieux. Le pedíamos bises de todo. ¡Un verdadero éxito! Y, luego, dos veces en Saint-Étienne con tu padre. Y, luego, cuatro veces en París, ¿te acuerdas, Bibise, con Germaine Taparrabo? ¡Ah, un verdadero delirio…!

Je suis encore toute étourdie…

Se puso a canturrear en su supremo arrebato.

Pardonnez à mon bavardage
J’en suis à mon premier voya-a-geu…

Paulette iba repitiendo. Se me crispaban hasta los dedos del pie.

—¡Qué cantidad de gente! —decía Auguste.
—¡No es de extrañar! —respondía mi mujer—. ¡Con Tenorini! ¡Ay! Y eso que La Tosca no tiene su temperamento. ¿Te acuerdas, mamá, en Lakmé…? Y en Madame Bateflei, ¿eh, Auguste? ¡Ay…! ¡Meyerbeer, Léontine, Massenet! Escamillo, el aria de las lágrimas, y luego la de las joyas, Toreador, tu dulce mirada se vela, ángeles puros, y muero desesperada…

Como en una partida de bridge, los cuatro se iban turnando en la conversación. Se esforzaban por exhibir todo su saber para que yo lo viera.

—¡Ay, Félix! —me decía uno u otro para elevarme hasta ellos, los muy chupatintas…
—Pero tiene muy buen oído —decía Paulette hablando de mí—. Silba y canta las notas exactas. ¿A que sí, Félix?
—¡No como tú! —le respondí.

Y era verdad, porque desafinaba un montón.

—¡Tú siempre tan amable! —dijo desdeñosa—. Ya me dirás tú para qué me habrá servido aprender música si estoy contigo…

Cuando abrieron las puertas, se produjo una avalancha salvaje, unos empujones bestiales, todos se abalanzaron hacia las taquillas.

Arriba, en el gallinero, el primero que llegaba escogía sitio.

Había que correr escaleras arriba, por grupos, cada uno con su gorda suegra, a la que había que remolcar como una embarcación de alto tonelaje.

—¡Apresúrate, Antoinette!
—¡Venga, mamá! ¡Nos quedaremos sin sitios!
—¡Venga, venga, Antoinette!

La suegra subía jadeando por la escalera. Se ahogaba, resoplaba, colorada y desgreñada, encorsetada en su vestido de domingo. Se venía abajo empapada de sudor y lanzando grititos, mientras Paulette la iba empujando por detrás.

Tuvimos que pelearnos también para sentarnos y, durante media hora más, explicarnos los unos a los otros la ubicación exacta. ¡Una verdadera diarrea de palabras!

Apenas veíamos nada en contrapicado. Los oiríamos como a cantantes de tres cuartos en un patio interior. Teníamos una buena vista del foso de la orquesta.

La suegra sacó entonces sus gemelos con un ademán afectado en su dedo meñique y los dirigió hacia los músicos.

—¡Pues vaya! No encuentro a mi barbudo… ¿Dónde está ese barbudo mío?

Se pusieron entonces a buscar al barbudo de la suegra Antoinette.

Léontine encontró finalmente al barbudo, que charlaba con la tercera violinista a la izquierda. Alivio generalizado, ya no le quitaron ojo. Paulette lo tenía localizado con sus anteojos, nos iba describiendo todos sus gestos.

—Deben de estar hablando de amor… Hace grandes gestos… ¡Oh, oh!… Está sacando su pañuelo… ¡Va a sonarse!… No, no… Sí… No… ¡Ya está, se está sonando!

El barbudo era, pues, la atracción de la familia.

Se abrió el telón con trémolos menores, y luego empezó una serie de vientos interpretados por enormes barrigudos, bajo indicación de los apuntadores y el organillo.

—La historia tiene lugar en Córcega —me explicaba Paulette.

Pero a mí me daba igual. Yo aprovechaba para divertirme a mi manera, viendo cómo se esforzaban una docena de majaderos berreando melodías que yo mismo habría podido inventar. A mis oídos les repugnaba todo aquello.

Auguste y Léontine sufrían lo suyo. Paulette y la suegra eran más reservadas, más dignas y expertas.

—Concesiones al público… Italianismos… Vulgaridades… —me iba informando Paulette, muy segura de sí misma.
—¡Perdón, perdón! —replicaba Auguste que admiraba todo aquello—. ¡Música popular!… ¡Inspiración melódica!… ¡Éxito seguro!… ¡Tres mil representaciones!

Se notaba que habían leído reseñas diferentes. ¡Eran sus opiniones! ¡Habrían defendido a muerte «sus» ideas!

La suegra sacó del bolso el libreto de Tosca, y me obligó a cogerlo para que pudiera seguir lo que iba a pasar. Qué amable.

Se alzó el telón con un hombre renqueante haciendo su numerito y, luego, apareció finalmente el grande, el ilustrísimo Tenorini, aplaudido larga y generosamente. Había creado mucha expectación, el público contenía la respiración.

Se quedó en escena, se tomó su tiempo para hacer los gestos de rigor. Paticorto, culón como una yegua, maquillado con colorete, negro y azul. La orquesta le dio su nota y luego soltó, al fin, su gran aria del primer acto. Sonriente, articulando, con los ojos casi fuera de órbita, soltando sus gritos con firmeza e intensidad.

Paulette babeaba, la suegra cerraba los ojos.

Toda la sala, como una araña, esperaba la última nota para saltar, gritando de golpe como un tapón que sale disparado y mostrar de esa manera al vecino que sabía exactamente, al cuarto de segundo, los pasajes en que tocaba aplaudir. Aquello estaba abarrotado, no veía a mi alrededor más que bocas abiertas y ojos desencajados…

—¡Bis!… ¡Bis!

Paulette y su madre no escatimaban esfuerzos para gritar a dúo, desfiguradas, sudadas; destilaban un entusiasmo nada agradable.

El ilustre Tenorini cantó su gran aria en italiano. Luego una mujer vestida de violeta llegó y le montó una escena… El aria de ella… Y luego el gran dúo… Y luego esto y aquello…

No me interesaban lo más mínimo todas aquellas repeticiones de la radio dominical. Ni siquiera me parecían graciosos todos esos gestos invariables ni las transfiguraciones estreñidas a través de los anteojos.

Como habíamos pagado, lo aguanté a pesar de todo, retraído y apático al lado de una Paulette progresivamente áspera y dolida.

Si hubiera estado solo, quizá lo habría encontrado bello, no lo sé… Lo que más me repugnaba era el entusiasmo por encargo, la opinión de reseña, el alimento de matadero, toda esa porquería.

Gilipollas y más gilipollas, todos oliendo al vecino, petardeando en la nota alargada, saliendo rápidamente cuando así lo mandan, un público de oro, una mierda de sala, una masa amorfa que verborrea, el pueblo, ¡un horror!

Al salir, Paulette lucía una sonrisa ostensible para mostrar su satisfacción de perfecta melómana.

—¡Ha sido magnífico!
—¡Por más que digamos, eh, los italianos!
—¡Tiene un vozarrón formidable!
—Ha hecho algún gallo en el tercer acto —aseguraba Léontine.
—¿Cómo, Leóntine? ¿Que ha hecho gallos?… Pero, ¡venga! Al contrario, ha sido sublime. Estaba quebrando la voz. Expresaba el dolor. ¡Ah, qué artista!
—¡Pues no quedaba bien! —insistía Léontine.
—¡Es que se canta así! —aseguraba Paulette.

Fue la suegra quien inició el ataque.

—¿Y entonces, Félix? ¿Te ha gustado?

No quería dar explicaciones, dije que sí. Pero Paulette vigilaba, agresiva y escurridiza.

—¿Por qué dices que sí? —me preguntó melosa—. Yo te conozco bien, cariño. No te interesaba lo más mínimo, ¿a que no? Te he estado mirando, estabas medio dormido.
—¡No, no dormía!
—Pues fingías bien.
—¡Pero bueno! ¡Que no me he dormido!
—Pues entonces, cariño, debes de tener una opinión, ¿eh? Dinos lo que te ha parecido.
—¡Bah!
—Pero alguna opinión tendrás, ¿no?
Veía que ni la suegra, ni Auguste ni Léontine decían nada, atentos a lo que yo fuera a decir. Me sentí un poco halagado. Busqué entonces en el fondo de mi pensamiento.

—¡No tiene fuerza! —dije.

Los cuatro parecían decepcionados con mi respuesta.

—¿¡Que no tiene fuerza!? —dijo la suegra—. Hay tres o cuatro muertos en escena y una guerra entre bastidores. No sé yo qué más necesitas. ¿Una película de gánsteres con veinte cadáveres? ¿Eso te parecería tener fuerza?
—No —decía Paulette—, tu opinión, lo que realmente piensas.

Mi respuesta anterior no entraba en sus esquemas. No estaban insistiendo para comprender. Respuesta nula y sin efecto. ¡Cómo los conocía a estos!

No lo pensé mucho. No me di cuenta de que Paulette quería que me embalara.

—¡Bah! —dije sin más—. ¡Es una tremenda gilipollez!
—¡Ya lo tenemos aquí! —exclamó Paulette, supremamente satisfecha, como después de un número de circo.

Los otros se divertían, desdeñosos.

—¿Me toca recibir a mí? —pregunté.

Debo decir, para que se entienda bien, que en aquella época tenía por costumbre emplear esa expresión, era una manera de hablar, y todo lo que no me gustaba, discurso o periódico, cine o radio, era «una tremenda gilipollez».

El golpe que habían tramado estaba claro. Se estaban rifando mi cabeza.

Parecerá una simple tontería. Pero yo creo que no lo era. Hay veces que una insignificancia como aquella tiene una gran importancia.

Recibí el golpe directo en la barriga. Me quedé tan lívido que les dio miedo.

—¡Venga, Félix, que solo era una broma! No te lo preguntábamos con mala intención —dijo Auguste.

¡Pero no era eso! Era Paulette la que me había asestado el golpe de manera traicionera; yo no podía ni hablar, viendo su frialdad, presintiendo el abismo. No puedo explicarlo con claridad.

Estaba grogui, me inundaban lágrimas de verdadera pena. No era el amor propio lo que estaba en juego. Ni siquiera me sentía avergonzado.

Nos despedimos un poco secos, repartiéndonos en uno y otro andén del metro. Nuestro tren llegó el primero.

Paulette les hizo gestos de despedida a través de los cristales, con grandes sonrisas, muy sociable.

Yo estaba enfadado y abatido. Ella ni siquiera quería darse cuenta, fingiendo alegría como si encarnara la más pura candidez.

—¡Ah, cariño mío! ¡Cuánta gente había, eh!… Cariño mío, ¡qué música!… Por más que se diga, eh, cariño mío… ¿No dices nada, cariño mío?

Yo encajaba cada «cariño mío» en toda la jeta, como una verdadera injuria. Considero que estoy bastante sano y equilibrado, a pesar de todo. Aun así, no pude aguantar más.

—¡Mira, Paulette! Si quieres llamarme «mierda», dime «mierda», te lo pido de verdad, ¡pero no me llames «cariño mío»!
—Pero ¿qué mosca te ha picado? —me preguntó inmediatamente con un aire salvaje en la mirada.
—¡Que no me jorobes más! —le dije—. ¡Eso es todo!

Ella se giró con un gran suspiro perverso y su mano, alterada, iba golpeteando el bolso.

Hicimos transbordo en Réamur. Hasta la Porte de Choisy no nos hablamos. Paulette se mantenía cortés de cara a la galería.

Subió a nuestro vagón una mujer con un bebé, durante tres estaciones.

—¡Ta-ta-ta… ta-ta-taaa! —le iba diciendo Paulette al niño, jugando con su preciosa mano de marioneta.

De repente, me acordé de aquella pareja que discutía encrespada, extenuada tras una noche de cine, a la que Paulette y yo juzgamos con aires de superioridad, en aquella época en que éramos perfectos.

¡Pues ahora nosotros éramos aquella pareja! ¡Me parecía increíble!

Tercos los dos, muy irritados, mascullando rabia, inflamables, sin margen de error.

Yo notaba dolorosas punzadas en la barriga. Me habría puesto a llorar a la mínima.

Iba buscando en mi cabeza algo que decirle. Problemas, razones, maneras. Quería estar tranquilo para hablarle con calma y preguntarle qué era eso que tenía contra mí y que explotaba en pullas gratuitas.

Para colmo de la felicidad, el ascensor no funcionaba en nuestro edificio. Tuvimos que subir andando siete pisos.

Paulette iba delante, muy decidida, con las llaves en la mano. Yo veía en cada escalón cómo se tensaban sus pantorrillas bajo la gelatina, la veía vivaz ante mí: tenía que reconciliarme con ella, el resto no me importaba.

Le arremangué la falda y le azoté el muslo húmedo. Olía a sudor.

—¡Qué animal eres! —me dijo.

Era una idiotez, lo acepto, pero aquello pretendía ser, al fin y al cabo, un gesto amable.

—¿Qué estás haciendo, eh? —continuó sorprendida, casi escandalizada.

Por su actitud entendí perfectamente que se sentía bien en aquel silencio venenoso y sañudo. No le importaba lo más mínimo que los dos nos debiéramos un montón de explicaciones que íbamos reprimiendo. Yo no existía. De nuevo, no disponía más que de mis instintos más bajos para ser un poco amable. Ella se sentía cada vez más superior.

Profundamente triste, seguí subiendo las escaleras.

Nos fuimos a dormir, nos dijimos buenas noches, apagamos la luz.

Casi al momento, ella se quedó dormida mientras se aclaraba la garganta con ligeros carraspeos.

Aquella noche dormí fatal.


XXI

Esa misma semana volvimos a interpretar la farsa del silencio, como en los tiempos de los famosos celos de Solange y Bébert.

Pero ahora era diferente, mucho más amargo, totalmente asfixiante, como si pesadas puertas se estuvieran cerrando en alguna parte.

Aguanté ocho días para no parecer que me achantaba, pero luego intenté cortar por lo sano.

Estábamos cenando. Ella estaba delante de mí leyendo una página del periódico mientras se tomaba la sopa. Yo también leía, debo decirlo, pero sobre todo la observaba.

Dejé el periódico.

—¡Eh! —le dije—. En la mesa no se lee, es una falta de educación.

Lo decía mitad en serio, mitad en broma; me sentía un poco incómodo.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Has acabado tu artículo, no? Pues discúlpame, pero yo no he acabado de leer el mío.
—Venga, Paulette… —le dije medio sonriendo.

Le quité el periódico.

Ella puso entonces su cara de pocos amigos.

—¿Qué te pasa? —le pregunté—. Desde hace un tiempo parece que tienes algo contra mí. Dime, ¿qué te he hecho?
—¡Nada!… —me respondió sobrepasada y arrastrando las palabras.

Pero yo quería limpiar el corazón de rencores.

—Y si no es nada, ¿por qué estás enfadada conmigo?
—¡No estoy enfadada!
—Sí que lo estás…
—Pues vale, si es lo que quieres… —me lanzó con un suspiro, conteniendo sus nervios.

No insistí más. Esperé un poco porque no sabía hacia dónde quería ir. En ella, sus ojos, sus zapatillas, todo parecía reprocharme algo que yo ignoraba, tal vez estar simplemente ahí.

Ella sorbía su sopa sin hacer el menor ruido, con toda la intención, para que yo me oyera en cada sorbo. ¡Era insoportable!

—Si estás enferma —le dije—, lo mejor es que vayas al médico.

Ella me dijo que sí, que era eso, tenía que ir al médico, siempre con una gran calma en la superficie y como si yo no importara lo más mínimo.

Yo no sabía qué hacer.

Me daban ganas de darle una buena zurra, probablemente unos golpes le habrían venido bien a ella y a mí también.

Pero luego desistí, me sentía desgraciado, tenía ganas de llorar, como un niño. Veía venir una época como la de Marcelle. ¿Era entonces ese mi destino?

¿Pedir una explicación? ¿Para qué?

En la explicación tenía las de perder, lo notaba.

Seguíamos sin hablarnos y ella parecía que ni se daba cuenta. No eran los nervios, conocía bien a Paulette, era otra cosa.

—¿Quieres que vayamos al cine? —le pregunté—. Así te distraerás un rato.
—¡Me da igual!

Se levantó para ir a buscar la carne que estaba preparando en la cocina. La cogí por un brazo, tirando hacia mí. Ella se mantuvo firme, mirando el techo, sin soltar palabra.

Yo empezaba a calentarme, la situación era cada vez más pesada.

No era yo el que tenía que ponerse cariñoso, ella tenía que entenderlo.

—¡Venga, venga! —le dije cogiéndola por la cintura—. ¡Menudos morros pones! Joder, ¿te han vendido gato por liebre o qué?

Así me divertía un rato, lo necesitaba.

—Siempre estás de guasa, ¿eh? —me dijo burlándose de mí fríamente.

La solté. Seguimos cenando sin decir nada. Yo ya no tenía hambre. Notaba que la cosa iba a acabar en pelea, que iba a pegarle para que salieran las palabras.

De golpe, aparté el plato, me levanté y fui a coger la gorra.

—¿Te vas? —me preguntó.

—Voy a dar una vuelta. ¡Podrías aprovechar para quitar esos morros, si no te importa!

Bajé los siete pisos, rabioso y apenado.

Fuera estaba todo oscuro. Giré hacia el Fort de Bicêtre buscando un poco de paz.

Anhelaba la oscuridad y la soledad.

Iba pensando en qué me había equivocado. Me decía que era culpa mía y que Paulette tenía razón. Que yo no sabía explicarme, que era quizá un perfecto salvaje, como ella misma había escrito en su famoso diario. Estaba claro que yo, Félix, me había convertido en el peón que se emborracha y pega a su mujer.

Me repugnaba que considerara mi propia situación en esos términos.

Pasé entre los cementerios. No había ni un gato. Hacía frío. Habían anunciado corrientes de viento polar en la radio. Empecé a caminar más rápido para que me circulara la sangre.

«Lo que nos falta es dinero —pensé—. Salir un poco de aquí, ¡cambiar de aires!…».

Me parecía algo incuestionable.

Estuve caminando un buen rato con ese viento frío.

Estaba en mi elemento, me sentaba bien.

Estar solo se me hacía raro, me retrotraía años atrás, sin Paulette sacando de quicio cualquier banalidad. Sentía el corazón batiendo con tímida libertad. Volví a ser casi feliz.

«Pobre Paulette —pensaba—, no es culpa suya. Se había hecho ilusiones. No es mala persona. Tendríamos que retomarlo de otra manera, que yo le explicara de una vez por todas que no soy un imbécil. Que yo también intento comprenderla más allá de sus palabras, que son las que todo el mundo utiliza».

Volví por la avenida para tomarme un café. Eran las diez. Cogí el bus para regresar a casa.

Al llegar, toqué el timbre dos veces hasta que encontré las llaves bajo el felpudo.

Me sorprendió. Pensé que se habría ido al cine.

Me acosté. Dieron las doce y todavía no había apagado la luz, leyendo tranquilamente un libro. Y luego las doce y media… ¡Y luego la una!

Apagué. Me dormí de golpe… A las dos menos veinte me desperté sobresaltado. Paulette no estaba.

Empezaba a preocuparme de verdad. Tras entregarme a las más peregrinas conjeturas, me preguntaba si debía ir a comisaría…

Y luego me puse realmente de mala leche; y más tarde me entristecí y me preocupé de nuevo; y al final me dio igual. Todo eso en ciclos de tres cuartos de hora hasta la mañana.

«¡Se está burlando de mí!».

«¿Dónde puede estar?».

«¡Ah! ¡Peor para ella!».

Pasé una noche de perros.

Antes de ir a trabajar, me dieron ganas de pasar por casa de la suegra, en la otra punta de París. Paulette tenía que estar allí. Pero entré en razón. Emparedado entre aquellas dos parlanchinas, quizá habría hecho alguna locura.

Hacia las nueve, una vez en el curro, simulé que iba a mear en el primer piso y corrí hacia Chez Albert para telefonear a Paulette, que estaría en el taller de Parmain.

Logré hablar con ella rápidamente:

—¿Eres tú?… ¿Y entonces?… ¿Qué te pasa, eh?… ¿Me quieres explicar dónde has pasado la noche?

No dudó ni un momento, respondió tan fríamente como para congelar los cables telefónicos.

—¿Lo quieres saber? —me preguntó—. ¡Pues bien! Cuando vi que te marchabas como como lo hiciste anoche, tuve miedo de que volvieras borracho. ¡Me fui a dormir a casa de mi madre!

(Continuará...)

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