Ni espejismo ni muralla verde: es Robles Godoy detrás de la cámara

Fernando Morote






Alto, macizo, guapo. El pelo blanco largo, atado en una colita sobre la nuca. El bigote y la barba bien recortados, a lo Francisco Bolognesi. Las cejas muy pobladas, como viseras encima de sus ojos. El hombre, surcando las calles de la metrópoli al timón de una camioneta rural, llamaba la atención. Cuando bajaba del vehículo, y caminaba con parsimonia, su físico robusto, recio, no pasaba inadvertido. Poseía una estampa atractiva. “Ahí va Robles Godoy”, me decían, “¿quién es?” preguntaba yo, “director de cine”, contestaban, pero seguía sin saber.

Hasta que un día, bastante después, insospechada e inesperadamente, cuando andaba a la caza de ayuda para la presentación de mi primer libro, mi buen amigo Daniel Camino Díez Canseco, productor de cine y televisión, tuvo la generosidad de ponerme en contacto con él. No gocé la fortuna de saludarlo personalmente, pero sí de que me atendiera un par de veces por teléfono. Fue muy emocionante oír en el auricular su potente voz, rasposa y tosca, pero fresca y jovial al mismo tiempo. Me enteré de que, además de cineasta, era escritor y se encontraba ocupado rematando la edición de su próxima entrega de cuentos (que luego supe eran la materia prima, adaptados por propia mano, para sus guiones).

Ya instalado en Nueva York, lustros de por medio, descubrí que Robles Godoy había nacido en la cuna de los famosos rascacielos, como revela en uno de sus cortometrajes, debido al indiscutible espíritu aventurero de su padre, el compositor Daniel Alomía Robles, quien una mañana salió de Huánuco para emigrar a Lima en busca de mundo y de pronto, en ese trance, recaló durante 14 años en la Gran Manzana.

Entonces, finalmente, llegó el momento de conocer al artista a través de su obra. Y fue en ese proceso que comprendí —y aprendí— que estaba frente a un maestro.

Desde las primeras imágenes se percibe que no posee vínculo alguno con una aproximación convencional a la disciplina. Sus películas son cautivantes por inquietantes, emergiendo como rompecabezas visuales que desafían a cada instante la inteligencia del espectador. Obligan a pensar y deducir, invitan a participar y jugar, motivan a investigar y ensamblar. Detrás o debajo de sus insólitos enfoques se puede encontrar siempre una sorpresa deslumbrante. El exuberante empleo de símbolos otorga a su trabajo un vigoroso flujo narrativo.

La muralla verde (1970)


Se requieren pausas para respirar y descifrar interiormente lo que está ocurriendo en la pantalla. Es preciso repetir los fotogramas, retrocederlos y adelantarlos si es posible (con apoyo de la tecnología), a fin de configurar el relato o el rumbo de los acontecimientos. Es un ritmo vertiginoso, similar al que se comprueba viajando en tren; desde adentro no se siente la velocidad, pero cuando se mira por la ventana se reconoce que el aparato va casi volando.

Igual que en literatura, en su propuesta no importa tanto la trama o el argumento (que pueden ser incluso banales, aunque tratándose de Robles Godoy es difícil que lo sean); lo que seduce es su manera de plantear la historia, pulverizando la cronología de los eventos sin afectar el hechizo de su singular armonía. La audiencia súbitamente halla que tiene la envidiable oportunidad de desentrañar la esencia de aquello que está presenciando, porque se le concede la libertad de concluirlo a su antojo, o simplemente de disfrutarlo, aunque no lo entienda.

El ruido ambiental produce un efecto sobrecogedor que permite sumergirse en el sitio donde se graban las escenas. Inserta, astutamente, fondos musicales ejecutados por clásicos universales como Bach y Beethoven, acompañados en muchos casos por referentes peruanos como su padre y el guitarrista Raúl García Zárate.

Cambia radicalmente de atmósfera, sale de la jungla y entra al desierto, luego salta al mar, en un claro intento de mostrar cómo la geografía representa en innumerables ocasiones la adversidad que envilece al ser humano. Exhibe magistralmente la imponencia y contundencia de la naturaleza en costa, sierra y selva (esta última juega un papel preponderante, quizás para escapar de la estupidez circundante en la gran ciudad).

Espejismo (1972)


La crítica social, política y económica es abrumadora, feroz, crudísima. La violencia está cargada de una dosis poco frecuente de poesía. La cadencia, potencia y aceleración de las secuencias establece una sucesión excitante, impregnada de una versatilidad arrolladora.

Sus personajes no necesitan hablar, sus acciones lo hacen por ellos. Lo poco que dicen son dardos certeros, picantes, punzantes. No malgasta o desperdicia palabras con diálogos insulsos, más bien los maneja espléndidamente como vehículo de análisis, dejando en tela de juicio, con un ácido toque de sorna, conceptos tradicionalmente aceptados por la sociedad.

La aparente carencia de lógica en algunos segmentos es lo que constituye el engaño creativo, la treta hábilmente urdida que atrapa a un observador despierto. Su peculiar asociación de ideas, expresada en cuadros continuos o yuxtapuestos, contribuye a construir una estructura centelleante. Como en las pinturas de Pollock, cada elemento del conjunto —por muy diverso y disperso que luzca— está colocado en el lugar perfecto, de modo impecable.

La edición es espectacular, se mueve entre espacios y lapsos con una rapidez impresionante, reforzando el poder encantador del contraste. Los primeros minutos, antes incluso de los créditos, prácticamente funcionan como un sugestivo trailer. Los flashbacks tienen el propósito de explicar lo recientemente divulgado o desplegar en perspectiva los antecedentes individuales, las posibles motivaciones de los intérpretes.

Las vistas panorámicas son subyugantes y estremecedoras. Los planos cercanos resultan misteriosos y enigmáticos. El montaje del sonido (natural o técnico) comunica por un lado nítidas sensaciones y por el otro delata voces foráneas en los protagonistas (¿por qué apelaba usualmente a actores y actrices extranjeras para los roles principales? ¿no confiaba en los nacionales?). Ofrece, asimismo, algunos efectos especiales dignos de mención: el arenal donde los niños juegan fútbol es arrasado por el viento, trocando en río caudaloso; el firmamento plagado de estrellas oculta una procesión religiosa, iluminada por miles de velas flameantes, contemplada desde el aire.

Robles Godoy es a ratos directamente surrealista, sembrando huellas y pistas de los incidentes que se desenvolverán a la postre. Pero también es didáctico e ilustrativo, reproduciendo los usos y costumbres de los pobladores locales, exponiendo su forma de ganarse la vida y de superar dificultades. Regala a los peruanos una educativa guía turística para conocer mejor su país.

Sonata soledad (1987)


La parte intelectual del deleite queda relegada cuando el placer sensual toma control de la experiencia. Su magia no reside en lo que describe sino en lo que evoca, lo que sugiere, y eso queda a total disposición del espectador; es privilegio y elección de éste degustar (o no) el banquete de exquisitos manjares (todos los sabores y texturas) que el artista le sirve. Su estilo atrevido, vanguardista, anticipado a su época, inspira cariño, admiración y respeto.

Lo que se hace hoy en cine y televisión, lo hacía Robles Godoy hace 40 ó 50 años (algunas series documentales de la actualidad y más de un director contemporáneo utilizan sus recursos favoritos), convirtiéndolo en un pionero —por su audacia, modernidad e innovación— del cine, no sólo peruano sino latinoamericano, y en un auténtico orgullo para el Perú.

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