Santuario (III)

William Faulkner







VII

Desde algún sitio más allá del corredor iluminado le llegaban las voces: una palabra suelta; de cuando en cuando las ásperas carcajadas burlonas de un hombre dispuesto a reírse tanto de los jóvenes como de los ancianos, que se mezclaba con el ruido de la carne friéndose en el fogón. En una ocasión Temple oyó a dos de los hombres recorrer el pasillo con pisadas resonantes y un momento después el chocar del cacillo contra la herrada del agua y cómo lanzaba un juramento la voz que antes riera. Ciñéndose el abrigo, Temple se asomó a la puerta con la indecisa pero inextinguible curiosidad de un niño, y vio a Gowan y a otro hombre con pantalones de color caqui. Se va a emborrachar otra vez, pensó. Ya van cuatro desde que salimos de Taylor.

—¿Es su hermano? —dijo.
—¿Quién? —dijo la mujer—. ¿Mi qué?

Le dio la vuelta a la carne en la sartén.

—Se me ocurrió que quizá también estuviera aquí su hermano menor.
—Cielo santo —dijo la mujer. Volvió a darle la vuelta a la carne con un tenedor de alambre—. Solo me faltaba eso.
—¿Dónde está su hermano? —dijo Temple, mirando hacia afuera—. Yo tengo cuatro. Dos son abogados y otro es periodista. El más joven está todavía en la universidad. En Yale. Mi padre es juez. El juez Drake de Jackson —se acordó de su padre sentado en la veranda, con un traje de lino y en la mano un abanico de hoja de palma, viendo cómo un negro cortaba el césped.

La mujer abrió el horno y miró lo que había dentro.

—Nadie le ha pedido que venga. Yo no le he dicho que se quede. Le dije que se fuera antes de que anocheciese.
—Pero, ¿cómo? Se lo pedí. Gowan no quiso hacerlo, así que tuve que pedírselo yo.

La. mujer cerró el horno, se volvió y miró a Temple, de espaldas a la luz.

—¿Cómo? ¿Sabe de dónde saco el agua? Tengo que ir a buscarla a una milla de aquí. Seis veces al día. Haga la suma. Y no es porque me dé miedo estar en esta casa.

Se acercó a la mesa, cogió un paquete de cigarrillos y sacó uno.

—¿Me permite? —dijo Temple.

La mujer le pasó la cajetilla desde el otro lado de la mesa. Luego quitó la pantalla de la lámpara y encendió el cigarrillo con la llama. Temple cogió el paquete y se quedó escuchando a Gowan y al otro hombre mientras regresaban a la casa.

—Hay tantos hombres —dijo con tono quejumbroso, mientras aplastaba muy lentamente el cigarrillo entre los dedos—. Aunque quizá, como son tantos… —la mujer había regresado junto al fogón y le daba vuelta a la carne—. Gowan está otra vez emborrachándose. Ya van tres veces hoy. Estaba borracho cuando me apeé del tren en Taylor y como me han amenazado con expulsarme de la universidad a la menor cosa que haga, le dije lo que iba a pasar y traté de que tirara el tarro con el whiskey y cuando nos paramos en un bazar para comprar una camisa volvió a emborracharse. De manera que no habíamos comido y nos detuvimos en Dumfries. Gowan entró en el restaurante pero yo estaba demasiado preocupada para comer y luego no lo encontraba por ninguna parte, hasta que apareció por otra calle y toqué la botella que llevaba en el bolsillo antes de que me apartara la mano de un golpe. No hacía más que repetir que yo tenía su mechero y luego cuando lo perdió y le dije que había sido él, juró que no había tenido un encendedor en la vida.

La carne seguía friéndose en la sartén.

—Se ha emborrachado tres veces —dijo Temple—. Tres veces en un solo día. Buddy… Hubert, mi hermano menor, ha dicho que si me pilla con un borracho me rompe la crisma. Y ahora voy con uno que se emborracha tres veces en un solo día.

Con la cadera apoyada contra la mesa y aplastando el cigarrillo entre los dedos, Temple se echó a reír.

—¿No le parece divertido? —preguntó. Luego dejó de reír conteniendo la respiración y estuvo oyendo el débil gotear de la lámpara, el ruido de la carne en la sartén, el silbido de la cafetera sobre el fogón y las voces: los ásperos, los absurdos sonidos masculinos procedentes de la casa—. Y tiene usted que hacerles la cena todas las noches. Todos esos hombres comiendo aquí, la casa llena por la noche, en la oscuridad…

Dejó caer el cigarrillo.

—¿Me deja que acune al niño? Sé cómo hacerlo; verá qué bien lo hago.

Se acercó corriendo al cajón y, agachándose, alzó entre sus brazos al niño dormido, que en seguida abrió los ojos, lloriqueando.

—Duerme mi niño, que Temple te acuna —lo meció, alzándolo desmañadamente entre sus delgados brazos—. Oiga —dijo, con los ojos en la espalda de la mujer—, ¿querrá preguntárselo?, a su marido, quiero decir. Puede conseguir un coche y llevarme a algún sitio. ¿Lo hará? ¿Querrá preguntárselo? —el niño había dejado de lloriquear. Los párpados de color plomizo, levemente entreabiertos, dejaban vislumbrar el blanco de las córneas—. No es que tenga miedo —dijo Temple—. Cosas así no pasan, ¿verdad? Esos hombres son igual que otras personas. Usted es exactamente igual que otras personas. Y tiene un niño pequeño. Y además, mi padre es ju… juez. El go… gobernador viene a co… comer a casa… Qué ni… niñito tan lindo —gimió, acercándose el niño a la cara—; si hombres malos hacen daño a Temple, se lo diremos a los soldados del gobernador, ¿verdad que lo haremos?
—¿Igual que quién? —dijo la mujer, dándole la vuelta a la carne—. ¿Es que cree que Lee no tiene mejor ocupación que ir detrás de todas las golfas como usted?—abrió la boca de carga del fogón, tiró dentro el cigarrillo y cerró la puerta de golpe. Para hacer carantoñas al niño, Temple se había echado el sombrero hacia atrás, poniendo una nota de inestabilidad y de ambigüedad moral sobre sus rizos enmarañados—. ¿Por qué ha venido usted aquí?
—Ha sido culpa de Gowan. Nos habíamos perdido, pero le expliqué que si me llevaba a Starkville antes de que saliera el tren especial, nadie sabría que había faltado, porque los que me habían visto apearme no lo contarían. Pero no quiso. Dijo que sólo nos pararíamos aquí un minuto para comprar un poco de whiskey y ya estaba borracho entonces. Se había vuelto a emborrachar después de salir de Taylor y a mí pueden expulsarme de la universidad en cualquier momento y papá se moriría del disgusto. Pero no quiso llevarme. Volvió a emborracharse mientras le suplicaba que fuéramos a cualquier ciudad y me dejara marchar.
—¿Qué ha hecho para que estén a punto de expulsarla? —dijo la mujer.
—Escaparme de noche. Sólo los chicos de Oxford tienen coches y si se sale con un chico de la ciudad un viernes o un sábado o un domingo, los chicos de la universidad no quieren ya salir contigo porque no les dejan tener coche. De manera que los días de entre semana tenía que escaparme. Y una chica que me tenía envidia se lo dijo a la directora de la residencia, porque salí con un chico que le gustaba a ella y después ya no ha vuelto a verle el pelo. Así que no tenía más remedio que escaparme.
—Si no se escapaba no iba de paseo en coche —dijo la mujer—, ¿no es eso? Y ahora que se le ha ido la mano en las escapadas, empieza a protestar.
—Gowan no es un chico de la ciudad. Ha nacido en Jefferson. Fue a la universidad en Virginia. Siempre está contando que allí le enseñaron a beber como un caballero, y yo le supliqué que me llevara a cualquier sitio y me prestara dinero para el billete porque sólo tenía dos dólares, pero él…
—Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes —dijo la otra—. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre —le dio la vuelta a la carne—. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. «Soy una chica decente; yo no hago eso.» Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para, que se desmaye porque quizá no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuando se ve en un aprieto, ¿a quién viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que no somos dignos de atarle los zapatos al juez.

Con el niño en brazos, Temple seguía mirando la espalda de la mujer, y su rostro era una pálida máscara bajo el sombrero en equilibrio inestable.

—Mi hermano dijo que mataría a Frank. No dijo que me daría una paliza si me pillaba con él —continuó la mujer—; dijo que mataría al muy hijo de perra con su carricoche amarillo, y mi padre insultó a mi hermano y dijo que todavía estaba en condiciones de sacar adelante a su familia; luego me encerró en la casa y bajó al puente a esperar a Frank. Pero yo no tenía miedo. Me descolgué por el canalón, salí al encuentro de Frank y le dije lo que pasaba. Le rogué que se marchara, pero dijo que nos iríamos juntos. Cuando volvimos en el carricoche me di cuenta de que era la última vez que lo hacíamos. Estaba segura, y le pedí que se fuera, pero dijo que me llevaría a casa para que cogiera la maleta y que se lo diríamos a mi padre. Tampoco él tenía miedo. Mi padre estaba sentado en el porche. Dijo «Bájate de ese carricoche» y yo me apeé y le pedí a Frank que se marchara, pero él se bajó también y empezamos a andar hacia la casa. Padre echó mano a la escopeta que tenía junto a la puerta, dentro de la casa. Yo me puse delante de Frank y padre dijo «¿Quieres que te mate a ti también?»; traté de seguir adelante pero Frank me obligó a ponerme detrás y a quedarme allí, y padre le disparó y dijo «Ahora agáchate y sórbete tu propia porquería, zorra, más que zorra».
—También a mí me han llamado eso —susurró Temple, sosteniendo al niño dormido con los brazos muy en alto, y mirando fijamente la espalda de la mujer.
—Pero ustedes, las mujeres decentes, calienta-pollas de tres ,al cuarto, no dan nada, y luego cuando se ven cogidas… ¿Tiene idea del lío en que se ha metido? —la miró por encima del hombro, con el trinchante en la mano—. ¿Cree que está tratando con muchachitos? A estos de aquí les importa un comino lo que a usted le guste o deje de gustar. Déjeme que le diga quién es el dueño de la casa en la que se ha presentado sin que nadie la llamara o deseara que viniera; quién es el hombre que, según usted, tendría que dejarlo todo para devolverla al sitio de donde nunca debiera haber salido. Cuando estaba de soldado en Filipinas mató a otro recluta por una de las mujeres de allí y lo mandaron a Leavenworth. Luego empezó la guerra y le dejaron salir para que luchara. Le dieron dos medallas, pero al terminar lo metieron otra vez en Leavenworth hasta que el abogado consiguió que un miembro del Congreso lo sacara. Entonces ya no tuve que seguir acostándome con todos y…
—¿Con todos? —susurró Temple, con el niño en brazos, y dando ella misma la impresión de no ser más que una criatura zanquilarga, con su vestido demasiado corto y el sombrero echado hacia atrás.
—¡Sí, mosquita muerta! —dijo la mujer—. ¿Cómo cree que pagué al abogado? Y ése es el tipo de hombre que, según usted, va a preocuparse un tanto así —con el trinchante en la mano se acercó y chasqueó lentamente los dedos delante de la cara de Temple con un gesto lleno de fiereza— por lo que le suceda. Y usted, con su carita de muñeca, convencida de que no puede entrar en una habitación donde haya un hombre sin que… —bajo la tela descolorida, su pecho subía y bajaba con el ritmo agitado de la respiración. Las manos en las caderas, la mujer escudriñó a Temple con ojos fríos y rebosantes de enojo—. ¿Un hombre? Usted no ha visto nunca un hombre de verdad. No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a su suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente le dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando… Déme el niño —Temple siguió abrazada a la criatura, mirando a la mujer y moviendo la boca como si estuviera diciendo Sí Sí Sí. La mujer tiró el tenedor sobre la mesa—. Suéltelo —dijo, tomando al niño, que abrió los ojos y empezó a gemir. La mujer acercó una silla y se sentó con el niño sobre el regazo—. ¿Quiere alcanzarme uno de los pañales que están en el tendedero? —dijo. Temple siguió en el mismo sitio, sin dejar de mover los labios—. Le da miedo salir ahí fuera, ¿no es cierto? —dijo la mujer, levantándose.
—No —dijo Temple—; se lo…
—Ya lo traigo yo —atravesó la cocina levantando apenas los zapatos de hombre sin atar que llevaba puestos. Al regresar acercó otra silla al fogón y extendió sobre ella el resto de la ropa del niño y el pañal; luego se sentó de nuevo y colocó al niño sobre su regazo. La criatura lloriqueó—. Ea —dijo—, ea, ea —mientras su, rostro, a la luz de la lámpara, adquiría una expresión serena, meditativa. Cuando terminó de cambiar al niño lo puso otra vez en el cajón. Luego cogió una fuente de una alacena que tenía un trozo de arpillera a modo de cortina, recuperó el trinchante que había dejado sobre la mesa y se acercó de nuevo a Temple mirándole a la cara.
—Escuche. Si le consigo un coche, ¿se irá de aquí? —dijo. Los ojos fijos en ella, Temple movió la boca como si estuviera experimentando con las palabras, como si las estuviera saboreando—. ¿Saldrá por la puerta de atrás, y se montará en el coche para no volver nunca?
—Sí —musitó Temple—; me iré a donde sea. Haré lo que sea.

Sin dar la impresión de mover en absoluto los ojos, la mujer miró fríamente a Temple de arriba abajo. La muchacha sintió que se le encogían todos los músculos como enredaderas cortadas bajo el sol del mediodía.

—Pobre infeliz —dijo la mujer en voz baja y desapasionadamente—; hay que tener más coraje para jugar así con fuego.
—No era mi intención. Le aseguro que no.
—Ahora tendrá algo que contarles cuando vuelva, ¿no es cierto? —frente a frente, sus voces eran como sombras sobre dos paredes desnudas y muy juntas—. No es tan fácil jugar con fuego.
—Cualquier cosa. Sólo quiero irme. A cualquier sitio.
—No es Lee quien me da miedo. ¿Cree usted que se va detrás de la primera perrita en celo que se le pone a tiro? Es usted la que me da miedo.
—Sí. Me iré a donde sea.
—Conozco muy bien a las de su especie. Todas corren, pero no muy de prisa. No tan de prisa que no sepan reconocer a un hombre de verdad cuando lo ven. ¿Cree usted que tiene al único que hay en el mundo?
—Gowan —susurró Temple—, Gowan.
—He vivido como una esclava por ese hombre —musitó la mujer sin apenas mover los labios, con su voz desprovista de inflexiones. Era como si estuviera repitiendo una receta para hacer pan—. Trabajaba de camarera en un turno de noche para poder ir a verlo a la cárcel los domingos. Viví dos años en una habitación, cocinando en un mechero de gas, porque se lo había prometido. Le mentí y gané dinero para sacarlo de la cárcel, y cuando le expliqué cómo lo había ganado me dio una paliza. Y ahora tiene usted que venir aquí donde no hace ninguna falta. Nadie le ha pedido que venga. A nadie le importa si tiene usted miedo o deja de tenerlo. Y además no tiene usted agallas para estar realmente asustada, como tampoco las tiene para enamorarse.
—Le pagaré —susurró Temple—. La cantidad que usted diga. Mi padre me la dará —la mujer seguía mirándola, el rostro inmóvil, tan desprovisto de expresión como cuando hablaba—. Le enviaré ropa. Tengo un abrigo de pieles nuevo. Sólo lo he usado desde Navidad. Es como si estuviera nuevo.

La mujer se echó a reír. Su boca reía, pero sin producir sonidos y sin modificar la expresión de su rostro.

—¿Ropa? En una ocasión tuve tres abrigos de pieles. Uno se lo di a una mujer que me encontré en un callejón de un bar. ¿Ropa? ¡Cielo santo! —se dio la vuelta bruscamente—. Le conseguiré un coche. Váyase de aquí y no vuelva nunca, ¿me oye?
—Sí —susurró Temple. Inmóvil, pálida, como una sonámbula, vio cómo la mujer ponía la carne en la fuente y echaba la salsa por encima. Sacó del horno una bandeja de bollos y los puso en un plato—. ¿Puedo ayudarle en algo? —susurró Temple. La mujer no dijo nada. Cogió la carne y los bollos y salió de la cocina. Temple se acercó a la mesa, sacó un pitillo de la cajetilla y se quedó absorta mirando la lámpara. Un lado del tubo de vidrio estaba ahumado. En el otro, una grieta del cristal creaba la ilusión de una sutil curva de plata. La lámpara era de estaño, y tenía el cuello recubierto con una capa de grasa renegrida. Los enciende con la lámpara, pensó Temple, con el cigarrillo en la mano, mirando la llama vacilante. La mujer regresó y con el borde de la falda retiró del fogón la ennegrecida cafetera.
—¿Quiere que la lleve yo? —dijo Temple.
—No. Venga a cenar.

La mujer volvió a salir y Temple se quedó junto a la mesa, con el pitillo en la mano. La sombra del fogón caía sobre la caja donde descansaba el niño. Sobre el informe montón de ropa sólo se le distinguía por una serie de sombras menos intensas entre suaves curvas, y Temple se acercó a contemplar su rostro grisáceo y sus párpados azulados. Una delgada línea de sombra hacía resaltar el contorno de la cabeza y le empañaba la frente; al final de un brazo diminuto, la palma de la mano se ahuecaba junto a la mejilla. Temple se agachó para verlo mejor.

—Va a morirse —susurró Temple. Al inclinarse, su sombra se alargó sobre la pared; el abrigo perdió su forma y el sombrero se inclinó, elefantiásico, sobre una monstruosa erupción de pelo—. Pobrecito.

Las voces de los hombres crecieron en volumen. Temple oyó un arrastrar de pies por el corredor, ruido de sillas, y la voz del que había reído antes, riendo de nuevo. Se volvió y permaneció inmóvil contemplando la puerta. En seguida entró la mujer.

—Vaya a cenar —le dijo.
—El coche —dijo Temple—. Podría irme ahora, mientras cenan.
—¿Qué coche? —dijo la mujer—. Vaya a cenar. Nadie le hará daño. —No tengo hambre. Hoy no he comido, pero no tengo nada de hambre. —Vaya a cenar —dijo la mujer.
—Esperaré a que lo haga usted.
—Vaya a cenar. No quiero pasarme toda la noche en la cocina.


VIII

Temple entró en el comedor con una rígida expresión conciliatoria, llena de encogimiento. Al principio no fue capaz de ver nada; se había ceñido mucho el abrigo, como para aislarse del mundo exterior, y seguía llevando el sombrero echado hacia atrás en un ángulo muy inestable. Al cabo de un momento vio a Tommy, y se fue directamente hacia él, como si hubiera estado buscándolo todo el tiempo. Algo se interpuso: un antebrazo musculoso; Temple trató de evitarlo sin dejar de mirar a Tommy.

—Aquí —dijo Gowan desde el otro lado de la mesa, echando la silla hacia atrás—; ven a sentarte aquí.
—Cállese, hermano —dijo el que la había detenido y que Temple reconoció como la persona que riera antes tantas veces—; ¿no ve que está borracho? Ven aquí, chica —el antebrazo tropezó con su cintura. Temple trató de seguir adelante empujándolo, sin dejar de sonreír forzadamente a Tommy—. Apártate, Tommy —dijo el hombre—.¿Es que no te han enseñado educación, mono peludo?

Tommy lanzó una risotada y arrastró la silla hacia un lado. El otro atrajo a Temple hacia sí cogiéndola por la muñeca. Gowan se puso en pie, apoyándose contra la mesa. Temple trató de resistirse pellizcando los dedos que la aprisionaban y sin dejar de sonreír a Tommy.

—Déjalo, Van —intervino Goodwin.
—Sobre mis rodillas —dijo Van.
—Déjala en paz —dijo Goodwin,
—¿Quién me va a obligar? —dijo Van—. ¿Quién es el valiente que se atreve? — Déjala en paz —dijo Goodwin.

Al quedar libre, Temple empezó a retroceder lentamente. Detrás de ella la mujer, que entraba con un plato, se apartó. Siempre con su forzada, dolorida sonrisa, Temple abandonó el comedor de espaldas. Una vez en el pasillo giró en redondo y echó a correr. Al llegar al porche se bajó de un salto y siguió corriendo aún más de prisa entre la maleza. Llegó hasta el camino, avanzó por él a oscuras unas cincuenta yardas y luego, sin detenerse, volvió a girar en redondo hacia la casa, subió al porche y se acurrucó junto a la puerta en el momento en que alguien avanzaba por el pasillo. Era Tommy.

—Está usted aquí —dijo. Luego le ofreció algo con gesto desmañado—. Tenga.
—¿Qué es? —susurró ella.
—Algo de comer. Apuesto a que no ha tomado nada desde esta mañana.
—No. Esta mañana tampoco —susurró Temple.
—Si come un poco se sentirá mejor —dijo Tommy, dándole golpecitos con el plato—. Siéntese y coma un poco. Aquí no va a molestarle nadie. Que el demonio se los lleve.

Temple se inclinó hacia la puerta, más allá de la imprecisa silueta de Tommy, y su rostro adquirió una palidez fantasmal al quedar iluminado por el resplandor que salía del comedor.

—Mrs… Mrs… —susurró.
—Está en la cocina. ¿Quiere que la acompañe hasta allí?

En el comedor se oyó arrastrar una silla. Entre parpadeos, Tommy vio a Temple en la senda, su cuerpo ligero inmóvil por un momento, como esperando a que la alcanzara alguna parte de él más perezosa. En seguida desapareció como una sombra tras la esquina de la casa. Tommy se quedó en la puerta, con el plato de comida en la mano. Luego volvió la cabeza hacia el corredor y tuvo tiempo de verla cuando atravesaba muy de prisa la oscuridad en dirección a la cocina.

—Que el demonio se los lleve.

Aún estaba allí cuando los otros volvieron al porche.

—Tiene un plato de alpiste —dijo Van—. Está tratando de cazar la suya con una fuente de jamón.
—¿Cazar mi qué? —dijo Tommy.
—Oiga —dijo Gowan.

Van le dio un golpe en la mano a Tommy, tirándole el plato. Luego se volvió hada Gowan.

—¿No le gusta?
—No —dijo Gowan—. No me gusta nada.
—¿Y qué piensa hacer? —dijo Van.
—Van —dijo Goodwin.
—¿Te crees capaz de impedírmelo? —dijo Van.
—Sí —dijo Goodwin.

Cuando Van se volvió hacia la cocina, Tommy lo siguió. Se detuvo en la puerta a escuchar lo que decía.
—Ven conmigo a dar un paseo, pequeña.
—Vete de aquí, Van —dijo la mujer.
—Ven a dar un paseito —dijo Van—. Soy buena persona. Pregúntale a Ruby. —Vete ahora mismo —dijo la mujer—. ¿Quieres que llame a Lee?

La figura de Van se recortaba contra la luz, con una camisa y unos pantalones de color caqui y un cigarrillo detrás de la oreja, entre las suaves ondulaciones de sus cabellos rubios. Detrás de la silla en la que la mujer se sentaba para cenar, con la boca entreabierta y los ojos completamente negros, se hallaba Temple.

Cuando Tommy volvió al porche con la garrafa le dijo a Goodwin:

—¿Por que esos tipos no dejan de molestar a la chica?
—¿Quién la está molestando?
—Van. La chica está asustada. ¿Por qué no la dejan en paz?
—No es asunto tuyo. No te metas en eso, ¿me oyes?
—Tendrían que dejar de molestarla —dijo Tommy, acuclillándose contra la pared. Empezaron a hablar y a beber, pasando la garrafa de mano en mano. Sin dejar de pensar en la chica, Tommy estuvo escuchándolos, oyendo con extraordinario interés las groseras y estúpidas historias que Van contaba sobre la vida en la ciudad, riendo a veces y bebiendo cuando le llegaba el turno. Van y Gowan eran los que hablaban y Tommy escuchaba—. Esos dos van a terminar peleándose —le susurró a Goodwin, sentado junto a él—. ¿No los oyes?

De pronto las voces se alzaron; Goodwin se levantó muy de prisa, sin esfuerzo aparente, y avanzó hacia ellos con pasos elásticos; Tommy vio a Van en pie y a Gowan tratando de mantenerse erguido contra el respaldo de la silla.

—No he querido decir… —explicó Van.
—Entonces, no lo digas —replicó Goodwin.

Gowan dijo algo. Ese estúpido ya no puede ni hablar, pensó Tommy.

—Usted cállese —dijo Goodwin.
—Cree que puede hablar de mí,.. —dijo Gowan, Al moverse perdió el equilibrio y derribó la silla. Luego se echó para atrás, tropezando con la pared.
—Le voy a…—dijo Van.
—…ballero de Virginia; me importa un… —dijo Gowan. Goodwin lo apartó a un lado de un revés y sujetó a Van. Gowan cayó pesadamente contra la pared.
—Cuando digo que os sentéis es que hay que sentarse —dijo Goodwin.

Después de esto estuvieron callados durante un rato. Goodwin regresó a su silla. Luego empezaron otra vez a hablar y a pasarse la garrafa. Tommy les escuchaba, pero en seguida volvió a pensar en Temple. Sentía cómo sus pies se restregaban inquietos contra el suelo y cómo se estremecía todo su cuerpo en continua desazón.

—No sé por qué no la dejan en paz —le susurró a Goodwin—. Deberían dejar de molestarla.
—No es asunto tuyo —dijo Goodwin—. Deja que cada uno…
—Tendrían que dejarla en paz.

Popeye salió de la casa. Encendió un cigarrillo. Tommy vio cómo se le iluminaba la cara entre las manos ahuecadas y se le hundían las mejillas al aspirar el humo; después siguió con la mirada el diminuto cometa de la cerilla mientras caía entre la maleza. También él, dijo. Dos; mientras, su cuerpo se estremecía lentamente. Pobre criatura. Que me aspen si no tengo ganas de ir al granero y quedarme allí, ya lo creo que sí. Se puso en pie sin hacer el menor ruido. Bajó hasta la senda y echó a andar alrededor de la casa. Había una luz en una ventana. Nadie usa nunca esa habitación, dijo, deteniéndose; luego añadió: Ahí es donde se va a quedar, y se acercó a la ventana y miró dentro. Faltaba un cristal y lo habían sustituido por una oxidada lámina de estaño clavada sobre el bastidor.

Temple estaba sentada en la cama, muy erguida, con las piernas debajo del cuerpo, las manos en el regazo y el sombrero echado hacia atrás. Parecía una niña, con una postura más apropiada para los flexibles músculos y tejidos de los ocho o los diez años que para los de los diecisiete, los codos pegados al cuerpo y la cabeza vuelta hacia la puerta, contra la que estaba apoyada una silla a modo de cuña. En la habitación no había más muebles que la cama, con su desteñida colcha de retazos, y la silla. Las paredes estuvieron enlucidas en otro tiempo, pero el yeso se había resquebrajado y caído en algunos sitios, dejando al descubierto el enlistonado y mohosos jirones de tela. Un impermeable y una cantimplora de color caqui colgaban de la pared.

La cabeza de Temple empezó a moverse lentamente, como si fuera siguiendo los pasos de alguien al otro lado de la pared. Su cuello llegó a girar hasta una posición extrema, aunque sin mover otros músculos, como uno de esos juguetes de Pascua hechos de papier-máché y rellenos de dulces, inmovilizándose luego en aquella postura. Después volvió a girar lentamente, como midiendo invisibles pasos al otro lado de la pared, hasta llegar con la mirada a la silla apoyada junto a la puerta, volviendo a inmovilizarse por un momento. Luego miró delante de sí y Tommy le vio sacar un reloj diminuto de la parte más alta de .una media y consultarlo. Con el reloj en la mano, Temple levantó la cabeza y miró directamente hacia él, con ojos tan tranquilos y vacíos como dos agujeros. Al cabo de un rato examinó de nuevo el reloj y volvió a ponerlo en la media.

Después se levantó de la cama para quitarse el abrigo y se quedó inmóvil, con su esbeltez acentuada por la brevedad del vestido, la cabeza inclinada y las manos cruzadas delante de pecho. Volvió a sentarse en la cama. Se colocó con las piernas muy juntas y la cabeza inclinada. Luego alzó los ojos para recorrer la habitación con la mirada. Tommy, mientras tanto, oyó cómo las voces del porche en penumbra se alzaban para volver a convertirse después en un murmullo sin altibajos.

Temple se puso en pie de un salto. Se desabrochó el vestido levantando en arco sus delgados brazos, mientras su sombra imitaba, desorbitándolos, sus movimientos. Con un solo gesto se quitó el vestido, encogiéndose un poco, delgada como una cerilla bajo la brevedad de su ropa interior, y sin dejar de mirar la silla apoyada contra la puerta. Tiró el vestido, extendiendo después la mano para coger el abrigo. Se lo puso de cualquier manera, arrebujándose en él y frotando las mangas repetidamente con las manos. Luego con el abrigo apretado contra el pecho, giró en redondo y se quedó mirando directamente a los ojos de Tommy; después dio otra vez la vuelta y fue corriendo a sentarse en la silla.

—Que el demonio se los lleve —susurró Tommy—. Qué les costaría dejarla en paz —les oía en el porche delantero y volvió a sentir cómo su cuerpo entero se estremecía, desazonado—. Que el demonio se los lleve.

Cuando volvió a mirar, Temple avanzaba hacia él, ciñéndose mucho el abrigo. Descolgó el impermeable del clavo en la pared, se lo puso encima del abrigo y lo abotonó. Cogió también la cantimplora y volvió a la cama. Dejó la cantimplora encima de la cama, recogió el vestido del suelo, lo sacudió, lo dobló cuidadosamente y lo puso también sobre la cama. Luego retiró la colcha, dejando el colchón al descubierto. No había ni sábanas ni almohada, y cuando Temple tocó el colchón se oyó un suave crujido de vainas de mazorca.

Después de quitarse los zapatos los puso sobre la cama y se cubrió con la colcha. Tommy oyó cómo crujía el colchón. La muchacha no se tumbó inmediatamente. Permaneció erguida, completamente inmóvil, todavía con el sombrero en equilibrio inestable.

Luego movió la cantimplora, el vestido y los zapatos hasta situarlos junto a su cabeza; se cubrió las piernas con el impermeable y se tumbó, tapándose nuevamente con la colcha. Pero en seguida volvió a incorporarse: se quitó el sombrero, se sacudió el pelo, puso el sombrero con las demás prendas y se dispuso otra vez a tumbarse. Sin embargo, hizo una nueva pausa. Abrió el impermeable y de algún sitio sacó una polverita y, con la mirada fija en el diminuto espejo, se ahuecó el cabello con los dedos y se empolvó la nariz; después guardó la polvera, consultó de nuevo el reloj y se abotonó el impermeable. Colocó todas las prendas, una a una, debajo de la colcha, y se tumbó tapándose hasta la barbilla. Las voces se habían callado por un momento y, en el silencio, Tommy oyó el suave y continuo cuchicheo de las vainas de las mazorcas dentro del colchón sobre el que Temple descansaba, con las manos cruzadas sobre el pecho y las piernas estiradas y juntas y decorosas como las de una escultura yacente en una tumba antigua.

Las voces habían cesado; Tommy las había olvidado por completo hasta que le oyó decir a Goodwin:

—Ya está bien. ¡Déjalo!

Luego el ruido de una silla al caer y los pasos elásticos de Goodwin; la silla fue repiqueteando a lo largo del porche, como si alguien la hubiera apartado de una patada, y, agazapado, los codos un poco hacia afuera, con la tosca viveza de un oso, Tommy oyó unos sonidos precisos y breves, como un entrechocarse de bolas de billar,

—Tommy —dijo Goodwin.

Cuando hacía falta, Tommy era capaz de moverse con la desmañada pero relampagueante celeridad de los tejones o de los mapaches. Había dado la vuelta a la casa y llegado al porche a tiempo para ver cómo Gowan chocaba con la pared y se desplomaba luego fuera del porche, cayendo entre la maleza, y cómo Popeye, en la puerta, contemplaba la escena con la cabeza inclinada hacia adelante.

—¡Sujétalo! —dijo Goodwin.

Tommy se lanzó sobre Popeye en una furiosa embestida que tenía sin embargo algo de furtiva.

—¡Ya lo ten…! —dijo mientras Popeye lo abofeteaba salvajemente—; ¿lo habría hecho, no es cierto? Estése quieto.

Popeye dejó de moverse.

—¡Cielo santo! Les deja pasarse toda la noche bebiendo ese maldito whiskey, se lo he dicho muchas veces.

Goodwin y Van formaban una única sombra, entrelazados, silenciosos y llenos de furia.

—¡Suéltame»! —gritó Van—. ¡Voy a matar…!

Tommy saltó hacia ellos. Entre los dos sujetaron a Van contra la pared, manteniéndolo inmóvil.

—¿Ya lo tienes? —dijo Goodwin. —Sí. Estése quieto. Le has ganado. —Como hay Dios que le voy a…
—Vamos, vamos; ¿para qué quiere matarlo? No se lo puede comer, ¿no es cierto? ¿Quiere que Mr. Popeye nos fría a todos con su pistola automática? En un momento la pelea había terminado, marchándose como una furiosa ráfaga de viento negro, dejando un vacío lleno de paz en el que podían moverse sin prisas, sacando a Gowan de entre la maleza y dándose instrucciones unos a otros en voz baja, amistosamente. Lo llevaron hasta el pasillo, donde se hallaba la mujer, y luego hasta la puerta de la habitación ocupada por Temple.
—Se ha encerrado —dijo Van. Golpeó la puerta con violencia—. ¡Abre, pequeña!—gritó—. Te traemos un cliente.
—Calla —dijo Goodwin—.La puerta no tiene pestillo. Empújala.
—Como tú digas —replicó Van. Le dio una patada a la puerta. La silla se combó, cayendo dentro de la habitación. Van abrió la puerta de golpe, y entró arrastrando a Gowan por las piernas. Van le pegó otra patada a la silla. Luego vio a Temple de pie en el rincón, detrás de la cama. A Van le caía el pelo por la cara: lo llevaba tan largo como el de una muchacha. Se lo echó hacia atrás con un movimiento de cabeza. Tenía la barbilla ensangrentada y escupió pausadamente en el suelo.
—Vamos —dijo Goodwin, que llevaba a Gowan por los hombros—; ponlo en la cama.

Al tenderlo sobre el lecho, la cabeza ensangrentada de Gowan quedó colgando sobre el borde. Van tiró de él para colocarlo del todo dentro del colchón. Gowan gimió, alzando una mano. Van le dio una bofetada.

—No te muevas, hijo…
—Ya está bien —dijo Goodwin. Sujetó la mano de Van. Durante un momento se lanzaron miradas furiosas.
—He dicho que ya está bien —dijo Goodwin—. Sal de aquí.
—Tiene que prote… —masculló Gowan— …chica …llero de Virginia… caballero tiene que…
—Sal de aquí ahora mismo —dijo Goodwin.

La mujer estaba en la puerta junto a Tommy, con la espalda apoyada en el marco. Bajo un abrigo barato, el camisón le llegaba hasta los pies.

Van cogió el vestido de Temple que estaba sobre la cama.

—Van —dijo Goodwin—. He dicho que te vayas.
—Ya te he oído —dijo Van, sacudiendo el vestido hasta desdoblarlo. Luego miró a Temple, que estaba en el rincón con los brazos cruzados y aferrándose los hombros con las manos. Goodwin se dirigió hacia Van, que dejó caer el vestido y dio la vuelta alrededor de la cama. Popeye apareció en la puerta, con un cigarrillo entre los dedos. Junto a la mujer, Tommy hacía un ruido silbante al respirar con los dientes apretados.

Tommy vio cómo Van agarraba el impermeable a la altura del pecho de Temple y lo abría de un tirón, rasgándolo. Entonces Goodwin se interpuso entre ellos; vio agacharse a Van, girando muy de prisa, y a Temple tratando desmañadamente de recomponer el impermeable roto. Mientras Van y Goodwin estaban en el suelo, peleándose, Tommy observó que Popeye se dirigía hacia Temple. Con el rabillo del ojo vio a Van tumbado y a Goodwin en pie sobre él, un poco agachado, mirando la espalda de Popeye.

—Popeye —dijo Goodwin.

Popeye siguió adelante, dejando a su espalda un rastro de humo de cigarrillo, con la cabeza ligeramente torcida como si no estuviera mirando el sitio hacia donde iba y con el pitillo tan sesgado como sí tuviera la boca en algún punto por debajo de la curva de la mandíbula.

—No la toques —dijo Goodwin.

Popeye se detuvo delante de Temple, con la cara un poco vuelta. Tenía la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta. Bajo el impermeable, sobre el pecho de Temple, Tommy vio el movimiento de la otra mano, transmitiendo a la tela una sombra de movimiento.

—Saca la mano —dijo Goodwin—. Vamos.

Popeye retiró el brazo. Se volvió hacia Goodwin con las manos en los bolsillos. Cruzó la habitación sin dejar de mirarlo. Luego le volvió la espalda y salió.

—Ven aquí, Tommy —dijo Goodwin calmosamente—, agárralo.

Entre los dos alzaron a Van y lo sacaron de la habitación. La mujer se hizo a un lado. Se apoyó contra la pared, ciñéndose el abrigo. Al otro lado del cuarto, Temple seguía acurrucada en el rincón, tratando todavía de recomponer el impermeable roto. Gowan empezó a roncar,

Goodwin entró de nuevo en la habitación.

—Será mejor que vuelvas a la cama —dijo. La mujer no se movió. Goodwin le puso la mano en el hombro—. Ruby.
—¿Mientras tú sigues la jugarreta que Van ha empezado y no le has dejado terminar? Imbécil, más que imbécil.
—Vamos —dijo Goodwin, sin retirar la mano de su hombro—. Vuelve a la cama.
—Pero no vengas tú luego. No te molestes en venir. No estaré allí. No me debes nada. No creas que estás en deuda conmigo.

Goodwin le cogió las muñecas y poco a poco se las fue separando. Muy despacio le puso las manos en la espalda y se las sujetó con una de las suyas. Con la otra le abrió el abrigo. El camisón era de crepé rosa, muy desteñido, con encajes; y había sido lavado y relavado tantas veces que, como pasaba con la ropa del tendedero, los encajes se habían convertido en una masa fibrosa.

—Vaya —dijo—. Ropa de fiesta.
—¿Quién tiene la culpa de que sólo me quede un camisón? Yo no, desde luego.

Solía dárselos a las criadas negras después de usarlos una noche. ¿Crees que no se me reirían en la cara si intentara dar esto a alguien?

Goodwin le soltó las manos y la mujer volvió a ceñirse el abrigo. Con la mano en el hombro trató de empujarla hacia la puerta.

—Vamos —dijo. El hombro de la mujer cedió. Pero sólo se movió el hombro, porque el cuerpo giró sobre las caderas y ella siguió mirándolo con la cabeza vuelta—. Vamos —pero las caderas y la cabeza de Ruby siguieron apoyadas contra la pared. Goodwin se volvió, cruzó muy de prisa la habitación rodeando la cama, y agarró a Temple por el impermeable con una mano. Empezó a zarandearla. Alzándola por el impermeable la zarandeó, su cuerpo insignificante en silenciosa conmoción dentro de la prenda demasiado amplia, las caderas y los hombros dando golpes sordos contra la pared.
—¡Estúpida, más que estúpida! —los ojos de Temple estaban completamente abiertos, casi completamente negros, con la luz de la lámpara sobre la cara y dos diminutas imágenes del rostro de Goodwin en sus pupilas, como dos guisantes en dos tinteros.

Cuando Goodwin la soltó, Temple empezó a desplomarse, con el impermeable crujiendo a su alrededor. Goodwin la agarró de nuevo y se puso otra vez a zarandearla, volviendo la vista hacia la mujer al mismo tiempo.

—Coge la lámpara —dijo Goodwin.

La mujer no se movió. Tenía la cabeza un poco inclinada; parecía estar meditando acerca de ellos. Goodwin pasó k otra mano bajo las rodillas de Temple, que tuvo la impresión de caer en picado pero que se encontró en la cama, tumbada de espaldas al lado de Gowan, rebotando sobre el susurro cada vez más débil de las panochas. Vio cómo Goodwin cruzaba la habitación y cogía la lámpara de la repisa de la chimenea. La mujer había vuelto la cabeza, siguiéndolo también con la mirada, y sus facciones iban adquiriendo mayor nitidez al acercarse la luz de la lámpara.

—Vamos —dijo Goodwin. La mujer se dio la vuelta, quedando a oscuras su rostro, con la luz de la lámpara a sus espaldas y la mano de él sobre el hombro. La sombra de Goodwin llenó por completo la habitación; su brazo, en silueta, se extendió hacia atrás para cerrar la puerta. Gowan roncaba, y cada respiración terminaba en un precipitado estertor, como si ya no fuera nunca a respirar de nuevo.

Tommy aguardaba en el pasillo.

—¿No se han ido al camión? —preguntó Goodwin,. —Todavía no —dijo Tommy.
—Será mejor ir a ver qué pasa —dijo Goodwin. El y la mujer siguieron adelante. Tommy los vio entrar en otra habitación. Luego se dirigió a la cocina sin hacer el menor ruido y con el cuello un tanto estirado para oír mejor. En la cocina, Popeye, sentado a caballo en una silla, fumaba. Van, en pie junto a la mesa, se alisaba el pelo con un peine de bolsillo delante de un trozo de espejo. Sobre la mesa descansaba un trapo húmedo, manchado de sangre y un cigarrillo humeante. Tommy se acuclilló fuera, al lado de la puerta, en la oscuridad.

Cuando Goodwin salió con el impermeable, aún seguía allí, pero el otro entró en la cocina sin verlo.

—¿Dónde está Tommy? —dijo.

Tommy le oyó decir algo a Popeye, y luego Goodwin volvió a salir seguido de Van, ahora con el impermeable al brazo.

—Vamos —dijo Goodwin—. Hay que sacar el whiskey de aquí.

Los ojos claros de Tommy empezaron a brillar débilmente, como los de un gato. La mujer los vio cuando Tommy entró sigilosamente en la habitación detrás de Popeye, y mientras Popeye permaneció en pie junto a la cama donde yacía Temple. Luego brillaron repentinamente en dirección a ella, pero en seguida desaparecieron y la mujer oyó su respiración muy cerca; de nuevo brillaron en dirección suya, furiosos, inquisitivos y tristes, para volver a desaparecer cuando Tommy salió furtivamente del cuarto detrás de Popeye.

Tommy vio que Popeye volvía a la cocina, pero no lo siguió inmediatamente. Se detuvo en la puerta del pasillo y se acuclilló allí. Su cuerpo empezó otra vez a estremecerse, indeciso, desazonado, y sus pies descalzos se restregaron contra el suelo con un suave movimiento oscilante al mecerse todo él de un lado a otro, mientras se apretaba las manos contra los costados. Y Lee también, dijo; Lee también. Que el demonio se los lleve a todos. En dos ocasiones avanzó a hurtadillas por el porche hasta ver la sombra del canotié de Popeye sobre el suelo de la cocina, para regresar luego al corredor y a la puerta de la habitación donde Temple yacía y Gowan roncaba. La tercera vez olió el cigarrillo de Popeye. Si siguiera así, dijo. Y Lee también, añadió, balanceándose de un lado a otro, con inexpresiva y dolorosa angustia. Y Lee también.

Cuando Goodwin regresó loma arriba y subió al porche de atrás, Tommy estaba otra vez acuclillado junto a la puerta de la cocina.

—¿Qué demonios…? —dijo Goodwin—. ¿Por qué no has venido? Me he pasado diez minutos buscándote —lanzó una furiosa mirada a Tommy y luego se asomó a la puerta de la cocina—. ¿Estás listo? —dijo. Popeye se levantó y fue hasta la puerta. Goodwin miró de nuevo a Tommy—. ¿Qué has estado haciendo?

Popeye miró a Tommy. Tommy estaba ya en pie y se frotaba la planta de un pie con el otro, mirando a Popeye.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Popeye.
—No estoy haciendo nada —dijo Tommy.
—¿Me estás siguiendo?
—Yo no estoy siguiendo a nadie —dijo Tommy, de mal humor.
—De acuerdo; no lo hagas, en ese caso —dijo Popeye.
—Vamos —dijo Goodwin—. Van está esperando.

Echaron a andar. Tommy los siguió. En una ocasión se volvió a mirar a la casa y luego corrió a trompicones para alcanzarlos. De cuando en cuando sentía una aguda comezón, como si de pronto su sangre estuviera demasiado caliente, hasta que poco a poco se iba disolviendo, convirtiéndose en el cálido y triste sentimiento que le producía la música de violín. Que el demonio se los lleve, susurró; ojalá se los llevara a todos.


IX

La habitación se hallaba a oscuras. La mujer estaba dentro, junto a la puerta, contra la pared, con el abrigo barato y el camisón de crepé con adorno de encajes; dentro de la habitación, justo al lado de la puerta sin pestillo. Oía a Gowan roncando en la cama, y a los otros moviéndose por la casa, en el porche y en el pasillo y en la cocina; también les oía hablar, aunque sin entender lo que decían. Al cabo de un rato se callaron. No quedó más que Gowan —la nariz rota y la cara llena de moraduras… ahogándose, roncando y gimiendo.

Oyó abrirse la puerta. Entró alguien a quien no le importaba hacer ruido y pasó a menos de un pie de distancia de donde estaba ella. Supo que era Goodwin antes de que hablara.

—Necesito el impermeable —dijo cuando estuvo junto a la cama—. Levántese y quíteselo.

La mujer oyó el ruido de las vainas de las mazorcas mientras Temple se incorporaba y Goodwin le quitaba el impermeable. Luego Goodwin cruzó la habitación y salió.

La mujer siguió en pie junto a la puerta. Los reconocía a todos por la forma de respirar. Luego, sin haber oído ni sentido abrirse la puerta, empezó a oler algo: la brillantina que usaba Popeye. No vio a Popeye cuando entró y pasó a su lado; no supo que había entrado, aunque estaba esperándolo, hasta que entró Tommy siguiéndolo. Tommy se introdujo en la habitación sin hacer tampoco el menor ruido; al igual que Popeye, su aparición le hubiera pasado inadvertida a no ser por sus ojos, que brillaron, a la altura de su pecho, llenos de interrogantes, para desaparecer luego. La mujer sintió que se había acuclillado junto a ella; supo que también él miraba en dirección al lecho a cuyo lado, en la oscuridad, estaba Popeye, y en el que yacían Temple y Gowan, sin que Gowan dejara un momento de roncar, de ahogarse y de volver a roncar. La mujer continuó inmóvil en su sitio junto a la puerta.

No oía ningún ruido procedente del colchón, de manera que siguió sin moverse junto a la puerta, con Tommy acuclillado junto a ella, los ojos fijos en la cama invisible. Luego olió otra vez la brillantina. O, más bien, sintió que Tommy se apartaba de ella, sin hacer el menor ruido, como si su subrepticia desaparición hubiera hecho brotar del negro silencio una suave y fresca ráfaga de aire; sin verlo ni oírlo, supo que había vuelto a salir sigilosamente de la habitación, siguiendo a Popeye. Les oyó avanzar por el corredor hasta que el último sonido se perdió fuera de la casa.

La mujer se acercó a la cama. Temple no se movió hasta que la tocó. Entonces empezó a debatirse. La mujer encontró su boca y se la tapó con la mano, aunque Temple no había tratado de gritar. Tumbada sobre el colchón de panochas, giraba y doblaba el cuerpo de un lado para otro, movía la cabeza y mantenía el abrigo ceñido sobre el pecho, pero sin emitir sonido alguno.

—¡Estúpida! —dijo la mujer, en un enfurecido susurro—. Soy yo; sólo yo.

Temple dejó de mover la cabeza, pero siguió agitándose de un lado a otro bajo la mano de la mujer.

—¡Se lo diré a mi padre! —exclamó—. ¡Se lo diré a mi padre!

La mujer siguió sujetándola.

—Levántese —le dijo.

Temple dejó de debatirse. Se quedó inmóvil, completamente rígida. La mujer oía su respiración jadeante.

—¿Podrá levantarse y andar sin hacer ruido? —dijo la mujer.
—¡Sí! —dijo Temple—. ¿Me sacará usted de aquí? ¿Lo hará?
—Sí —dijo la mujer—. Levántese.

Temple se incorporó, entre el susurro de las panochas. Un poco más allá, en la oscuridad, Gowan roncaba estentóreamente. Al principio Temple no era capaz de mantenerse en pie. La mujer la sostuvo.

—Ya está bien —le dijo la mujer—. Tiene usted que dominarse. Dejar de hacer ruido.
—Necesito mi ropa —susurró Temple—. No llevo encima más que…
—¿Quiere la ropa —dijo la mujer—, o quiere salir de aquí?
—Sí —dijo Temple—. Cualquier cosa. Con tal de que me saque usted de aquí.

Descalzas, fueron avanzando como fantasmas. Salieron de la casa, cruzaron el porche y se dirigieron hacia el granero. Cuando se habían alejado unas cincuenta yardas, la mujer se detuvo, giró sobre sí misma, dio un tirón de Temple y, agarrándola por los hombros, las caras muy juntas, la maldijo furiosamente en voz baja, sin hacer más ruido que para lanzar un suspiro. Luego volvió a apartarla de sí y siguieron andando. Entraron en el pasillo central del granero. La oscuridad era completa. Temple oyó a la mujer buscar algo a tientas en la pared. Se abrió una puerta; la mujer la cogió del brazo y la hizo subir un único escalón para entrar en una habitación entarimada en la que Temple notó la presencia de paredes y percibió un débil y polvoriento olor a maíz; luego la mujer cerró la puerta tras ella. Mientras lo hacía, algo que estaba muy cerca inició, invisible, una fuga precipitada, produciendo un ruido de patas diminutas que se extinguió inmediatamente. Temple giró en redondo, pisando algo que se escurrió bajo su pie, y dio un salto hacia la mujer.

—No es más que una rata —dijo la mujer, pero Temple se arrojó encima de ella, moviendo mucho los brazos, tratando de levantar ambos pies del suelo.
—¿Una rata? —gimió—; ¿una rata? ¡Abra la puerta! ¡De prisa!
—¡Basta! ¡Domínese! —dijo la mujer hablando sin separar los dientes. Sostuvo a Temple hasta que se calmó. Luego se arrodillaron una al lado de otra contra la pared. Al cabo de un rato la mujer susurró: —Un poco más allá hay unos montones de vainas de algodón. Puede tumbarse encima.

Temple no contestó. Se acurrucó contra la mujer, recorrida por lentos estremecimientos y allí se quedaron ambas, pegadas a la pared, en la más completa oscuridad.

(Continuará…)

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