Los golpes (III)

Jean Meckert





V

El invierno llegó pronto. Una lata, no tanto por el frío como por la temporada baja. Cada día nos preguntábamos si Parmain tomaría su famosa y enérgica decisión de enviar al paro a la mitad de los que estábamos en el taller mientras faltasen coches.

Vivíamos de los accidentes. ¡Que vengan los parachoques enfermos, las carrocerías abolladas, los alerones abombados, los estribos destrozados, las capotas rotas! ¡Que vengan el hielo y los derrapes! ¡Un aplauso para los principiantes! ¡Tres hurras para los que se cargan los surtidores de gas! ¡Una ronda por los taxistas! Mientras hubiera coches, habría vida. En el fondo, nos manteníamos por las compañías de seguros, un truco como cualquier otro, pero ni siquiera eso era suficiente.

—¡Me estoy puliendo la pasta! —nos decía el jefe—. No se puede continuar así. Hay que hacer relevos. Veinte horas por semana. Si no, ¡hala!, ¡adiós a los últimos que han entrado!

Pero los antiguos no querían ni oír hablar de relevos, los muy cabrones. Lo discutimos seriamente, nos enfadamos, nos llamábamos falsos hermanos los unos a los otros. Los padres de familia nos restregaban por la cara mujer e hijos como argumento. Nos hacíamos perrerías. Desconfiábamos de todos. Pero era un hecho, no había más trabajo. No servía para nada bajar al lavabo cada hora, ir a fumar cigarrillos, esconderse, parlotear con los chapistas, siempre nos sobraba tiempo.

Para Paulette era diferente. Ella siempre tenía faena con la contabilidad, las facturas, las cartas que enviar: era necesaria, para ella no había problema. Pero, para mí, era diferente. Era de los primeros a quienes iban a echar. El sábado por la mañana se me nublaba la cabeza y también cada vez que Parmain, por su cara, parecía haber tomado una decisión.

En el fondo, el jefe era un buen hombre: solo le faltaba un poco de energía. Él quería que hiciéramos los relevos, pero había tres bocazas entre los antiguos que no querían ni oír hablar del tema. Tres buenos cabrones, los muy purrias, y el resto también, en el fondo se sentían cubiertos porque hacía tiempo que trabajaban en la empresa.

Éramos sobre todo una media docena los que nos sentíamos amenazados. Todos los últimos en entrar. Nos defendíamos codo con codo, nosotros también elevábamos la voz. Intentábamos avergonzar a los otros, pero esa basura parecía llevar escudo. Cada uno con sus argumentos, todo el mundo tenía razón, barriendo para casa.

—¿No os da vergüenza —les decíamos a los antiguos— echarnos al paro? ¿Dónde está la solidaridad, por Dios? Entonces, ¿no existe? Os importa una mierda que nos muramos de hambre mientras vosotros hacéis vuestra semana completa, ¡eh! Que a vuestros compañeros les parta un rayo os da igual. ¿No haremos ni un minuto menos, no?
—¡Venga ya! —nos respondían—. ¡No vengáis con historias! ¿Moriros de hambre? ¡Ja, ja…! ¿Acaso no tenéis el paro? ¡Que no es para los perros, eh! Además, solo serán unos meses.
—¡Pues por eso! —les decíamos—. Los soportamos juntos.
—¿Y por qué? —rabiaban ellos—. ¡A callar, venga! ¡Venís a robarnos el pan! Vosotros no formáis parte de la casa. Os han cogido como extras para la temporada de verano. Así que, ahora, ¡sois vosotros los que tenéis que piraros!
—¡Pero necesitamos vivir como todo el mundo!
—Esa es la regla —concluían los tres veteranos—. No se va a cambiar ahora, cada invierno se hace lo mismo. Vosotros no vais a imponer las normas, ¿no?

Era una discusión interminable.

—Así pues, ¿programo el relevo este año? —decía tímidamente el jefe.

Los antiguos gañían de inmediato.

—¡No es honesto! ¡Aceptamos lo que ganamos por hora para tener trabajo todo el año! Sin eso, no es justo, es explotación, una cabronada, un golpe bajo. ¡Se hace lo mismo que otros años y sanseacabó!
—¿Y vuestros compañeros, entonces? ¡Hablad con ellos!
—No es nuestro problema. ¡Nosotros hacemos nuestro trabajo y punto!

Añadían pérfidamente que el jefe estaba actuando mal… Era una vil maniobra para enfrentar a los trabajadores los unos contra los otros, ¡pero eso no era asunto suyo! Y luego venían a decirnos que nosotros éramos una banda de egoístas, que no nos bastaba con estar jodidos, sino que, además, queríamos joder a todos los demás.

—¡Veinte horas o el subsidio, es lo mismo! —decían—. Echando cuentas, es prácticamente lo mismo. Así que, pedazo de cerdos, no os basta con estar en apuros, sino que también queréis arrastrar a los compañeros…

Nosotros protestábamos, discutíamos las cifras, los tratábamos de acaparadores… Finalmente, siguiendo la tradición, el jefe nos echó a la calle. Nos prometió que nos contrataría de nuevo en cuanto la cosa fuera mejor.

A mí me dolió por partida doble. Primero, por el trabajo y, luego, por Paulette. Se habían acabado el restaurante de la calle Tolbiac (habíamos abandonado los vegetarianos desde hacía tiempo), los trayectos de vuelta y todos aquellos minutos para nosotros. Ahora sería lo oficial, el sábado a mediodía o el domingo bajo el control de la madre.

Sin embargo, debo decir que la cosa se arregló bastante rápido. Solo estuve doce días en el paro, pues encontré una empresa en la calle Oberkampf, al final de un pasaje, que fabricaba terrajas en máquinas automáticas. A siete francos la hora, tuve bastante chiripa si lo pienso bien. Y, además, con veintiséis años era un hombre que, oye, transmitía seriedad, y no como a los veinte años, cuando arrastraba mi pereza de una empresa a otra antes de comprometerme.

Todo esto sucedía en Navidades.

Celebramos la Nochebuena en Batignolles, en casa de la vieja, en familia. Ahí arriba, al final de las oscuras y apestosas escaleras, en el cuartucho azul.

En aquella época hacía frío. Yo llevaba mi abrigo y la ropa del invierno anterior. No iba tan bien vestido como en verano, es más, podríamos decir que iba un poco cochambroso. Paulette, buena chica, no quería darse cuenta, pero en la familia mi reputación se estaba asentando, tan imborrable como la tinta china.

—Es un buen chico —decían de mí—. ¡Pero es un obrero!

Condenado por esos encamisados postizos.

Sin confesarlo, se compadecían un poco de Paulette. Yo todo eso lo sentía. Y me asqueaba. Como si los viera, oía los conciliábulos secretos de los Henri y de los Gédéon, explicando que Paulette, en el fondo, me quería por despecho y un montón de otras cosas e historias que se desprendían de sus sonrisas forzadas, de sus gorduras, bien afectados en su importancia. ¡Ah, pero ellos no! Ellos no eran obreros, los muy cabrones. Eran de otro orden, esos gilipollas. Nadaban en la abundancia, esos aburguesados. ¡No había que confundirse!

Una cosa de la que estaba seguro por entonces, sin engaños, era del amor de Paulette. ¡Qué buena chica! Buena de veras, y yo la amaba cada vez más. Nos entendíamos, estábamos conchabados. Subíamos a mi casa casi todos los sábados a escondidas. Teníamos nuestro lenguaje particular, muy íntimo. Yo estaba enamorado como nunca lo había estado, como una oración murmurante, un terciopelo de órgano, un bálsamo de coco, algo que se abatía sobre mí y me conmovía en lo más profundo. Todo cuanto pensaba se confundía con dulzuras, sonaba como el vacío de una catedral, una angustia infinita. Son cosas que no puedo explicar, pero que sentía perfectamente, de manera más profunda que un intoxicado burgués que habría podido parlotear ciento siete años sobre el tema con metáforas y citas sacadas de los antiguos y los modernos.

Enlatados como sardinas en la habitación, esa noche de Navidad estábamos, según creo, la familia al completo. Además de los primos, estaban también dos gruesas tías y tíos o padrinos, todos más bien envejecidos. Intercambiábamos cumplidos, sentados cada uno en nuestro lugar. Nadie podía moverse sin pisar un pie. Nos disculpábamos con sonrisas.

Durante la tarde, yo había puesto el sofá en el pasillo, sombrío en extremo. Esto nos daba más holgura. También había empujado el aparador hacia el fondo. Habíamos bajado la cómoda a casa de un vecino muy amable que, a su vez, nos había subido unas sillas. De golpe, quedó invitado, con su mujer y su hijo. Éramos unos veinte: el metro en hora punta. Quedó fenomenal. La mesa era demasiado pequeña, nos lo pasamos en grande. Solo podías extender el brazo en diagonal, como nadando de lado. Nada más empezar, Gédéon se había puesto perdida la camisa de vino Banyuls. Qué cachondeo, cascadas de risas. Para comerte las ostras tenías que pedir turno y permiso a tu derecha e izquierda, gluglú, y no fallar con el decisivo golpe de lengua. Al cabo de diez minutos, nos estábamos asfixiando. Abrimos la ventana. Galantina, mortadela, charcutería, porquerías imprescindibles en Nochebuena. Aceleramos a fondo, ya íbamos lanzados, nos pusimos a hablar a voz en grito, todos, para decir tonterías.

Había un viejo pelmazo que no me soltaba. Me había atrapado desde el otro lado de la mesa, hablándome sobre él. Era un farfullero, un infeliz, no sabía captar la atención. Los otros hablaban por encima de él. Pero a mí, al nuevo, no quería soltarme, me interpelaba una y otra vez entre bocado y bocado.

—¡Eh! —me gritaba para hacerse un hueco entre el ruido de todos los presentes—. ¡Eh, Félix!

Como si no oyera nada, yo no respondía.

—¡Eh, Félix!… ¡Félix!

Se estaba dejando los pulmones.

Yo tenía a Paulette a mi izquierda y a Lucienne a mi derecha. Caliente y frío. Era como para pillar un buen resfriado.

Fingía estar hablando seria y amorosamente con mi gatita. La cerda de Lucienne no dejaba escapar una. Me iba tocando con el codo.

—¡Oye, Félix! ¡Mi tío te está hablando! —me decía sonriendo.

¡Menudo peñazo!

—¡Ah! —exclamaba el viejo—, te decía que… ejem… Félix que… ejem… cuando yo era dragónen el 92…

La lámpara de gas vertía algo cadavérico y lívido sobre aquellas caras verdosas. De esa cena he conservado un recuerdo de vejigas en línea y de las bromas que se gastaron.

Y venga que te suelto una bien buena, un calambur, historias marsellesas. Era el momento de reír con esos sabiondos, había que aprovecharlo.

¿Desconfianza? No lo sé. Yo no me sentía muy cómodo, a pesar de que Paulette me iba haciendo mimitos. Siempre me reía a destiempo.

Pavo con castañas. Insistieron para que dijera que era la primera vez que lo comía. Les di ese placer. Y también dije que no tenía familia. Les pareció horroroso; se compadecían de mí, eso les reafirmaba. Las viejas pellejudas estaban realmente conmovidas.

—¡Oh! ¿Perdiste a tu padre? ¿Y luego a tu madre?

Unos momentos de consternación. Un poco de seriedad en la conversación.

¿Era mejor perder al padre antes que a la madre, o viceversa? ¡Pregunta importantísima! El interés iba en aumento. Cada uno decía la suya, sentenciando de manera definitiva y para siempre, con anécdotas en las cuatro esquinas de la mesa. ¡Hablar! ¡Hablar! ¡La gran ley!

Aprovecho que soy el protagonista para sacar mi tema estrella, mi superescudo, para forzar el éxito. Es un tema que había pulido y tallado con esmero, lo conocía a fondo, era imbatible.

—Esto me recuerda… el camping… los fuegos… la fiambrera… Una noche, los gendarmes…

Ovación.

Celoso, Henri se pone a hablar de él, de sus ideas, de su arte, precisando de una vez por todas que él no era de ningún modo un comercial que va haciendo visitas. Anécdotas. Palabras técnicas. Cosecha así su insignificante éxito, ¡maldita sea!

Gédéon, sin parar, nos habla durante un cuarto de hora sobre sus compañeros de la T.C.R.P. quienes… que… los cuales…

En resumen, cada uno aprovechaba su turno.

Volvemos a quedarnos serios.

Ya no sé quién lanza un rollo sobre la metralleta, creo que el vecino. Los recuerdos del servicio militar afloran. Por Dios. Se van inventando y algunos son realmente divertidos. ¡Oh, pero que nadie se equivoque! Todos éramos brillantísimos, sin excepción, incluso Gédéon.

—Pues yo le dije al teniente, cara a cara, así como os lo digo…

Relatos palpitantes, con finales sobreentendidos, también cuando se trataba de visitas al burdel. A fin de cuentas, todos los relatos eran el mismo, no muy logrados, faltos de aventuras.

Sin embargo, desconfiaba en especial de los primos, a quienes no podía tragar de ningún modo. Y ellos me lo devolvían con creces. Era una pelea en sordina, sobre todo con Lucienne, esa burra.

—¡Oh, Félix! —me decía con una sonrisa de oreja a oreja—, acabas de mancharte la americana.
—¡No! —le respondía—. No es una mancha. Sé comer la mar de bien.

Y luego resultaba ser una. ¡Mierda! Ella se alegraba.

—Qué pena… ¡Una americana tan bonita! Habrá que limpiarla, ¿no? ¡Para que quede otra vez limpita!

¡Menuda carroña! ¡Ella venga a insistir! Me moría de rabia. No me gusta la burla.

Me servían más bebida, a derecha, izquierda y delante.

—¡Bravo, Félix!… Vosotros los obreros tenéis aguante, ¿a que sí? ¡Pues, venga! ¡No tengas miedo!

No me atrevía a rechazar. Bebía tres veces más que los otros.

Champán. Cambio de perspectiva. La tía Augusta, la simpática de la familia, nos quiere hacer trucos de magia divertidos. Hemos venido a divertirnos, es la regla. Y luego cantamos, nos empujamos los unos a los otros, nos buscamos las cosquillas. ¡Hay que reír!

No acaba ahí la cosa. Cada uno tiene que cantar su canción.

Los cadáveres se acumulan, ahí, en el falso fregadero. Agathe, en una esquina, con las sienes sudadas, se ríe sola. Seguimos bebiendo y cantando, como si tuviéramos cien años de miseria que olvidar.

Tengo una laguna en la memoria, ya nadie se reconoce. Brindo con el vaso de Lucienne. ¡Puaj! ¡Asquerosa agua Vittel! Fumamos y bebemos. Vamos intercalando. No tenemos tiempo de hacerlo todo.

La cabeza me da vueltas, no me siento muy bien. Veo que Paulette está borrachísima y se tapa la boca con una servilleta. La llevo a los lavabos. Ni parientes ni conocidos. Nadie se da cuenta.

Fuera está oscuro y hace frío. Encuentro la puerta viscosa. Tiro la servilleta en el agujero. Intento encender una cerilla. ¡No se enciende, mierda! Desisto.

—¡No veo nada! —me dice Paulette partiéndose de risa graciosamente.

No digo nada, me irrita. La dejo un momento y veo que se desploma, no se tiene en pie. Empieza a hacer tonterías.

—¡Estás borracha! —le digo.

Entonces se pone a llorar.

—¡Bua! —empieza—, ¡buaa!…

¿Qué le pasa ahora?

—Venga, Paulette, no lo digo para avergonzarte. A todo el mundo le pasa… Yo, por ejemplo, durante el servicio militar…
—¡Buaaa! —sigue llorando—. Soy una desgraciada… ¡Tú no me quieres!

¡Pues estamos buenos!

Los lavabos apestan. Se ven estrellas claras y frías por la claraboya, y elevadas chimeneas que se dibujan como siluetas imprecisas en un cielo negro. Noto la cabeza nublada.

—A ver, Paulette, ¡no llores así! No quería avergonzarte, al contrario. Me encanta que estés borracha.

Voy a intentar ser amable. Le doy un beso detrás de la oreja.

—Esto demuestra que no aguantas mucho, ¿eh? Porque no estás acostumbrada. Eso está bien. No me gustaría una mujer que bebiera mucho. No me gustaría nada.
—¡Buaaa!

Busca la cadena, no la encuentra, patalea de rabia, golpea la pared.

—¡Oh, bebé! —me dice enfadada.

Ahora me llama «bebé»…, ¿qué significa eso? Me corta el aliento. La cojo por detrás con fuerza y le pongo la cabeza justo encima del agujero, al tuntún. Ella intenta vomitar sin convicción. Farfulla un poco y luego viene un tufo como a vermú. Me siento difuso y vaporoso como en un sueño.

Me preocupa que me haya llamado bebé. Tengo la clara sensación de que yo no soy «bebé».

Hace frío. Estoy todo sudado y tiritando.

—¡Date prisa! —le digo.

La agarro. Le seco la boca con el bajo de su vestido. Venga, se acabó. ¡Cómo pesa, por Dios! Está entrada en carnes, la muy vaca. ¡Daría cien francos por un catre!… Tiro de la cadena. La saco, solo tenemos que cruzar el rellano. En la habitación están cantando «Les Montagnards».

En el pasillo, golpeo con la rodilla en el sofá. ¡Bendito sea! Pongo a Paulette encima. Cruje. Ya no sé lo que quiero.

—¡Ah, bebé! —exclama—… ¡Ah, bebé!

Estoy cabreado. Sé perfectamente quién es ese «bebé». ¡Ahora verás!

Voy a ponerme en posición. Y de pronto, por Dios, ¡se abre la puerta! Es Lucienne, con un mechero en la mano. Apenas me da tiempo a disimular, me yergo, temblando, pero no me achanto.

—¡Es Paulette! —le digo—. ¡No se encuentra bien!

La mujer de Henri no dice nada. Es fría, no va borracha, solo ha bebido su agüita Vittel. Veo que se muerde los labios a la luz vacilante del mechero.

—¡No he visto nada! —dice ella con un tono soberanamente indulgente.

¡Menuda bicha! Esto es demasiado, me abalanzo sobre ella, envío su mechero a tomar el fresco por el agujero de la escalera. Le grito en plena cara. Estoy harto, lo noto de golpe. ¡Exploto de rabia!

—¡Ah, te estás burlando de mí! ¡Víbora! ¡Venga, di! Cara de rata…

Se arma un buen jaleo. Intervienen los otros…

Me siento con fuerza como para echar abajo la casa entera. Los pongo a todos a parir. Voy pisando pies mientras busco mi abrigo. Empujo, me abro paso…

Me caí al menos diez veces bajando las escaleras.


VI

La cosa no acabó ahí.

Al día siguiente fui a pedir las debidas disculpas a Paulette.

La vieja gritó un poco, ya me lo esperaba, pero la pequeña fue amable, ya habíamos pasado unas cuantas juntos.

El problema gordo eran los parientes y, en particular, Lucienne, que se sentía ultrajada y estaba furiosa. Yo había perdido al menos veinte puntos.

La vieja era formal. Tenía que ir corriendo a su casa y restregarme por el felpudo entonando el mea culpa. Pedir perdón por ser un sucio borracho e incluso, si era necesario, firmar un compromiso de abstinencia, eso les encantaría.

—¡Como es debido! —decía la madre—. ¡O haces eso o se acabó Paulette!

Acepté el trató, buen tipo como soy, aún me sentía confuso y no megustaban los escándalos.

Fuimos a casa de los Henri esa misma tarde. Menuda escena. Como el teatro de antes de la guerra. ¡Ah! Todo era perfecto con ellos, incluso las broncas.

Si hubiera violado a Lucienne, no me habría puesto peor cara.

Henri buscaba conciliarnos. Le echó la culpa al alcohol. Estaba versado en el tema. Insistió en que a mi viejo se lo había llevado un ataque de delirium tremens. Amablemente, tan solo exigió una cirrosis de hígado para mi vieja.

Dije todo lo que él quería, había ido para disculparme.

Paulette me daba ánimos apretándome la mano. Se respiraba una especie de conformismo, eso es lo que yo sentía, algo terrible, imposible de atravesar. Yo era el obrero que no sabía comportarse en la mesa. Tenía que pedir perdón por muchas cosas.

Me sentía muy incómodo, pero lo que más rabia me daba eran los aires de suficiencia que adoptaban esos dos patanes. Como si yo, un pobre desgraciado, me hubiera pasado de la raya.

En el fondo, eso era lo que no podía perdonarles: su manifiesta falsedad, su aburguesamiento, no hay otra palabra.

¡Ah, ellos sí que tenían nociones bien definidas sobre el bien y el mal! Ellos eran exactamente como Dios manda, dignos de ejemplo.

Bien encuadrados y definidos para todo, había muchas cosas que no entendían.

A esos dos los habían disfrazado de burgueses. Habían recibido una educación religiosa. Se jactaban de ello, nada de complicaciones.

Tenían certezas para todo, en eso eran impresionantes. La vida era sencilla para ellos, todo tenía su explicación. Por eso hablaban tan bien y no querían que se los confundiera con obreros caóticos y desordenados. Ellos sí que sabían expresarse.

Habían ascendido a otro grado. Se pasaban la vida sin decir nada, pero, por Dios, lo decían de maravilla.

En cuanto estuve a solas con Paulette, no le escondí lo que pensaba de su familia. Llegué a decirle que entendía perfectamente por qué Bernard había roto con todos ellos. Que eso era quizá la única cosa que había hecho bien en toda su vida, que lo hizo de maravilla, eso no podía negarse.

Y aprovechando que estaba hablando de Bernard, le pregunté algo importante, a saber, si «bebé» era él. Así, de pasada, sin ninguna intención de ultimátum.

Ella me juró rápidamente que solo me quería a mí. Lo mejor era creerla. Yo también la quería. No tenía tiempo para hurgar en los recovecos. Era demasiado difícil amar a una mujer y la verdad al mismo tiempo.

Me bastaba con que fuera sincera.


VII

Le había dicho a la pequeña que podíamos vivir juntos sin esperar todos los plazos legales, más o menos variables. Pero ella no quería, de ningún modo, como si fuera un gran crimen.

—No es por mí —decía—, es por mi familia.

Que nos viéramos a escondidas era otra cosa, incluso me lo pedía ella, pero se montaba una buena escena cuando le proponía acabar con esa banda de cuellos postizos y establecernos por nuestra cuenta.

Se lo tomaba como una injuria personal y lloriqueaba un poco, a lo que se sumaba el enfado. Yo no podía hacer más.

—Tengo un piso en el punto de mira —le decía—. Olvida todo lo otro, no vamos a esperarnos veinte años a que acaben los rollos esos.

De hecho, el divorcio iba sobre ruedas. Bernard no aparecía, eso no complicaba las cosas: según decían, se aceleraría así el proceso. Pero yo quería a Paulette toda para mí y de inmediato, mi verdadera mujer, sin cura ni oficiales, la verdadera que yo había escogido.

—¡Oh, Félix! —me respondía, sublime—. ¿Acaso no te doy todo lo que puedo?

Y venía a restregarse contra mí. ¡Ah, Dios mío! Sí que se daba, sí, mera palabrería de novelas. Y yo entonces también me entregaba, y ella no me hacía ascos, la muy juguetona. ¡Dejémoslo! No me veía capaz de discutir.

Mientras esperábamos, yo era el prometido, el oficial, el que se presenta, el pretendiente que siempre tiene la sensación de que va a ser juzgado, un día u otro, y que debe portarse bien. No me gustaba nada. Intenté decírselo a Paulette, pero yo no tenía el don de la palabra para la cháchara. Nunca me acababa de convencer lo que me decía, pero siempre me ganaba por agotamiento, con mentiras bien fundadas a primera vista, pero muy generales y que se derrumbaban en cuanto te ponías a pensarlas bien.

Soy lento de reflejos. Siempre iba con veinticuatro horas de retraso para responderle con el discursillo definitivo.

Los domingos de invierno, salíamos juntos por París con el pretexto de ir al cine, al teatro o a cualquier otro sitio. La mayoría de las veces los pasábamos en la Villette, en mi cuartucho.

Yo siempre me preguntaba por qué teníamos que hacerlo en secreto y de puntillas. El domingo por la noche, cuando cenábamos en casa de la suegra, siempre teníamos que hablar de otros temas y explicar claramente a qué cine habíamos ido o qué película habíamos visto. Nos informábamos en los periódicos, con lo que dejábamos pasmada a la vieja, y le decíamos con un tono sencillo lo que habíamos leído en los artículos de los críticos importantes.

Creo que Paulette me habría arrancado los ojos si le hubiera dicho a su madre apenas un tercio de lo que hacíamos.

—¡Ya no eres una niña! —le decía yo—. ¡Eres libre!

Pero ella no quería ni oír hablar de eso, ni tan siquiera captar las segundas intenciones que yo le insinuaba sentados a la mesa. Ella decía «¿cómo?», con una cara inocente, como para comulgar. ¡Qué lista!

También tenía su encanto.

Hablábamos de nosotros cuando paseábamos y, a menudo, yo le preguntaba con toda tranquilidad sobre Bernard. Ella se ponía cada vez más furiosa, contra él, cada vez que hablábamos de eso.

No existía nadie peor, despachado en tres palabras, cada vez más innoble, abyecto y mugriento, pisoteado hasta la saciedad como una pasarela. Ese era el sólido pedestal de nuestros juramentos de amor. Nos reconfortaba de golpe. Ella adoptaba entonces su gran papel de mártir y yo, el de noble caballero andante.

Era un domingo de abril cuando fuimos, como dos enamorados, a la feria.

Aquel día Paulette llevaba un vestido de lana que se había hecho ella misma. Habíamos tenido una agradable conversación en el metro seguida de una buena discusión. Me sentía un poco desamparado porque no nos hablábamos y no quería ser yo el que diera el primer paso.

Siempre era lo mismo, le había dado a escoger entre su familia y yo, y ella me había enviado a paseo.

Estábamos terriblemente enfurruñados, mirando cómo pasábamos las estaciones cada uno por su lado, dando golpes al asiento y echando por tierra continuamente las opiniones del otro. Se estaba haciendo largo, con una engorrosa tarde por delante. Ella se mantenía bien erguida en su asiento.

Yo me arrellanaba, en cambio, esperando que llegara la ocasión, siempre igual.

Y, luego, a la salida, en medio de toda la gente, apelotonados, le cogí la mano para no perderla.

—Paulette —le dije susurrando—, no me quieres.

Ella me miró fijamente. Debía tener un pésimo aspecto, pues vi que se le humedecían los ojos.

—¡Cariño mío! —exclamó.

Y luego se acercó a mí, vino a mis brazos, en tono conciliador.

A partir de aquel día, nos convertimos en verdaderos prometidos, relucientes, sin pasado, todo porvenir.

—¡Mi querida mujer! —le decía yo—. ¡Mi pequeña Paulette!
—¡Mi hombretón! ¡Cariño mío! ¡Mi amor! —me respondía ella.

Mecidos en esa música como en un gran bosque, zarandeados por cuarenta mil rostros, en un vasto fondo decorado de detalles y nosotros dos en medio de todo aquello.

—Sabes que te quiero, y tú… ¿me quieres?
—¡Cariño mío!
—¡Mi amor!

Cuando es uno mismo quien tiene recuerdos así, no dan risa.

Parada obligatoria ante la barraca de los luchadores. La gente estaba ahí para divertirse, para pasar el rato. Imposible seguir avanzando. Se presentaban los adiposos, el terror de Bagnolet y otros harapientos, la mujer luchadora que consiguió arrancar unos aplausos. Gritos. Avanzamos. Me quedé embobado con Paulette. Estábamos a gusto.

—¿Por qué un hombre es más fuerte que una mujer?

Gran pregunta. Hablando de eso llegamos a la plataforma giratoria.

Nos subimos. Había militares y alguna desvergonzada. Venían con la esperanza de un muslo furtivo. Diversión total. Había algunos que no se movían porque se agarraban fuertemente al torno central, les silbamos. Fueron a descolgarlos con escobillas. Lo divertido era un racimo de personas revolcadas por los cuatro puntos cardinales, con las piernas al aire. ¡Era domingo!

Con Paulette era prudente. Nos quedamos en los escalones, amorosos, indulgentes.

Suena música por todas partes, se pasa de una melodía a otra entre el olor a turrón o a confitería de pacotilla.

Gritos, agitación, aturdimiento, se desatasca el monedero.

Te abandonas, vives al máximo, te da por creer que el río del olvido lleva vino a granel.

Una vuelta por los autos de choque. No subimos, por razones económicas; ya no tenemos que conquistarnos, estamos en otra fase, fabricando recuerdos. Saltan chispas entre las rejas, está hecho para ligar. ¡Mira aquella chica!

Un chico con gorra se abalanza directo. ¡Pam! Ella salta unos treinta centímetros por encima de su auto de choque. El chico no tiene muy buena pinta. Ella se encoge de hombros. ¡Vete por ahí!

Verlo desde fuera es igual de divertido. Se hacen apuestas, identificas a las feúchas con su bolso bajo el capó.

Y los granujas que se arruinan siguiendo a jovencitas que estrenan sus primeras medias de seda artificial.

La marcha de los Toreadores. La repetimos en sordina, pero no conseguimos oirnos. Se levanta polvo.

«¡Las bautizo en un minuto!».

Mejor. Me paro frente a un vendedor de galletas.

—Ponga su nombre: Paulette.
—¡No! —dice Paulette—. Ponga: Félix.

Finalmente, el vendedor nos propone escribir Félix y Paulette en una galleta con forma de corazón, nos lo hace al momento.

Nunca nos comimos ese corazón. Lo conservamos tres meses y, luego, Paulette lo tiró porque ya no podía comerse y estaba lleno de polvo.

Un billar japonés, juego de destreza. Cada uno con su pista, uno al lado del otro. He terminado mucho antes que Paulette así que lanzo sus últimas bolas. Queremos el reloj de péndulo o champán. Con lo que hemos ganado tenemos derecho a dos vales con puntos.

Luces. Empieza a anochecer, los fanales se iluminan, por todas partes van surgiendo rostros verdosos ante las barracas.

Al final, la típica carraca que anuncia lotería con botellas de premio.

Apostamos cinco francos a un número con toda la emoción de un jugador de ruleta.

—¡Y una botella de Chambertin para el as de trébol! Bien visto, bien oído. ¡Anímense, los principiantes!

Nos gastamos cuarenta francos, vuelvo a ganar un vale o una piruleta. Prefiero la piruleta. Más tarde, nos la iremos pasando de boca en boca.

Finalmente, llegamos a uno de los extremos de la feria, pasamos las caravanas y se acabó.

—¿Estás muy cansada?
—No, cariño.
—¿Quieres que paseemos un rato?
—Sí, me apetece.

Ya es casi de noche, tenemos ese momento solo para nosotros.

—¿Te gustan las ferias?

Paulette hace una mueca.

—¡Son vulgares! —exclama—. Pero, ya lo sabes, cuando estoy contigo, no me importa dónde estamos.

Caminamos un rato. Charlamos. Estamos a gusto.

Nos damos cuenta de que no sabemos nada el uno del otro. Un crepúsculo repleto de descubrimientos.

Nos besamos. Tenemos la galleta envuelta en papel y es solo nuestra, no nos parece ridículo.

—¿Cómo nos apañaremos más adelante?
—¿Cómo decoraremos nuestra casa?
—¿Iremos al campo los domingos?

Preguntas… Siempre de acuerdo… Tú y yo…

La vida era sencilla. Inventamos juntos el verdadero amor, el puro, el gran amor.

Bajamos tranquilamente hasta el Sena. Miramos el agua oscura.

Ella escribe mi nombre con el dedo índice en una barandilla.

—¡Félix! —me dice—. Es un nombre precioso, sonoro, y además te quiero.

La beso largamente.

—Muérdeme fuerte si me quieres.

Le doy un buen mordisco, ella lanza un leve grito: está contenta con su labio sangrando.

Yo me lamento, pero ella no me está escuchando, contenta como está con su labio que se va a hinchar.

—¡Qué fuerte me quieres! ¡Muérdeme otra vez!

Pero ahí ya está haciendo un poco de teatro.

Los puentes se reflejan como líneas punteadas en el agua oscura. Se ven puntos rojos aquí y allá, parece una cinta métrica.

Yo todavía no le había explicado mi relación con Marcelle.

Entre confidencias, acaba surgiendo.

—Estuve con otra chica. Vivimos un tiempo juntos… Pero no la quería, ya sabes, solo creía que la quería. No es como contigo… Era menos… Era más…
—Yo igual —dijo Paulette—. Era una cría. Yo tenía buen corazón, pero no era amor lo que sentía por Bernard.
—Es que, de entrada, no se puede amar dos veces en la vida.
—¡Oh, sí! ¡Es verdad! A veces se cree que se quiere, pero en realidad no…

Mejor correr un tupido velo, por lo tonto que resultaba, como todo lo que es profundamente sincero.

Un poco más tarde, como si ella acabara de comprenderlo, presa de los celos, me pregunta algunos detalles.

—¿Y cómo era ella?… ¿Y qué hacíais?… ¿Y por qué?… ¿Y cómo?…

Yo retocaba mi relato para minimizarlo, pero ella se puso a llorar. Me acuerdo de que estábamos subiendo hacia Bastilla. La gente nos iba mirando al pasar porque Paulette estaba totalmente absorta en su pena. Era bastante embarazoso.

—¡Qué desgraciada soy!… ¿Por qué no me lo habías dicho?… Yo te lo he dicho todo… ¡No me quieres, Félix, si me escondes cosas así!

Escena típica. Yo no tenía respuesta, era una crisis con todas las de la ley.

Yo estaba contento, aunque también un poco desbordado.

—Llévame a tu casa —me decía ella—. ¡Ahora mismo! ¡Quiero estar en nuestra casa! ¡Nosotros dos!
—Necesitamos un piso, Paulette. Y no es fácil dejar a tu madre.
—¡No quieres! —decía sollozando—. Ya lo sabía, ¿ves?… Cuando te pongo entre la espada y la pared… ¡Ay! Qué desgraciada soy…

Estaba sobreactuando. Dejé que se explayara, sin forzarla. Al cabo de un rato, pasamos por delante de un piso en alquiler ante el canal, y me dirigí hacia el portero. Lo visitamos: era un cuarto piso, me acuerdo perfectamente, con dos habitaciones, cocina y lavabo, daba a un patio interior y había que quedarse con los muebles. No estaba hecho para nosotros. Empezábamos la caza.

(Continuará…)

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