La casa del hambre (VII)

Dambudzo Marechera






Protista

Nuestra región sufrió una pertinaz sequía. Todos los ríos se secaron. Todos los pozos se secaron. No quedaba ni una gota de agua en ninguna parte. Yo vivía solo en una cabaña junto a una higuera estéril que nunca había dado fruto. De vez en cuando, dejaba entrever algún indicio de vida, pero enseguida se marchitaba y lo arrastraban los vientos del sudeste, secos y polvorientos, que se clavaban en la serenidad de nuestros espíritus. Eran unos vientos violentos y feroces que exterminaban a su paso hasta la última gota de humedad.

Mi cabaña se encontraba en una ligera pendiente en la ladera del valle Lesapi. Era un valle de arcilla rojiza, plagado de cicatrices resecas provocadas por el sol abrasador y las noches largas y frías en las que me quedo despierto pensando en María la cazadora, quien una mañana cogió sus arcos y sus flechas, se perdió en el sol naciente y nadie volvió a verla. Antes de irse dibujó un círculo con tiza roja en la pared junto a mi cama y sentenció:

—Cuando mane sangre del círculo, significará que estoy en peligro. Pero si se vuelve azul y se dispersa en forma de cruz, significará que voy a volver a casa.

La sequía comenzó el mismo día que ella me abandonó. No quedó ni una brizna de hierba verde. No quedó ni una hoja de esperanza verde. La sequía abrió su imponente mano roja y arrasó con todo. Exhaló su aliento caliente, barriendo todas las hojas y convirtiéndolas en un punto rojo en aquella línea trazada con lápiz que era el horizonte. El horizonte donde se había visto a María por última vez apuntando con su arco a una gacela esquiva.

Y, sin apenas darme cuenta, ya habían pasado doce largos años de vacas flacas.

Todavía me quedaban tres años más. Un tribunal me había exiliado a esta región inhóspita tras declararme culpable de varios delitos políticos. María, que había sido mi secretaria y mi esposa, soportó a mi lado durante mucho tiempo el fuego estéril del exilio. El sol había reducido cada uno de los años a cenizas, lo que confirió a la región un aspecto más sombrío. Comencé a olvidarme de cosas. En sueños aún me aferraba desafiante al cable de acero de los viejos recuerdos que ya no podía ordenar con claridad en mi mente. El hecho de pensar en el agua, en la sed, en morir estéril y reseco, sin dejar en mi sepulcro más que restos deshidratados, abrasaba sin cesar mi imaginación. El problema no era tanto olvidarme de las cosas como estar obsesionado, de una manera constante y exclusiva, con la imagen del agua. En mi cabeza, el agua estaba inextricablemente enredada con mis pensamientos sobre María, sobre mi propia impotencia, sobre la higuera y sobre la tierra roja del valle Lesapi. Había desperdiciado todos los años de mi vida: había hecho tan poco, conseguido tan poco, fracasado tanto… Eran unos años que habría preferido olvidar si no fuera porque incluían mi juventud y la única época en la que María y yo fuimos felices juntos. Y ahora, sin esperarlo, regresaban a mí inconexos, deslavazados, con un nuevo color que me impedía reconocer bien lo que significaron en realidad. Yo tendría apenas seis años cuando mi padre me contó una historia sobre la resistencia de las raíces humanas:

—Un joven se rebeló contra su padre y se marchó una mañana de casa. Viajó hasta los confines de la tierra, donde se sentía tan feliz que escribió en sus muros las palabras «Yo estuve aquí» y firmó debajo con su nuevo nombre. Vivió dichoso unos años hasta que se cansó y se planteó volver a casa para contárselo todo a su padre. Sin embargo, cuando ya estaba cerca de la casa se encontró con él, que lo estaba buscando y que le dijo: «Todo este tiempo que crees haber pasado lejos de mí, has estado aquí mismo, en la palma de mi mano». El padre abrió su puño cerrado y le mostró al hijo lo que tenía escrito en la mano. En la palma estaban las palabras, y hasta la firma, del hijo: «Yo estuve aquí». El hijo estaba tan aturdido y furioso que asesinó a su padre y se ahorcó de una higuera estéril que había en el jardín.

Muchas veces he soñado con esta historia. Y cada vez variaba algún detalle: a veces el padre se convertía en María la cazadora, yo era el hijo o la higuera se convertía en la que había junto a mi cabaña. En otras ocasiones, María era el hijo y yo el padre, cuyo puño apretado encerraba todo lo que María era.

La mano cosida a cicatrices del exilio estaba seca y cadavérica. Las líneas que se dibujaban en la palma eran lechos de río sin agua, cráteres y fisuras y cauces secos, resquebrajados por aquella sequía implacable. A veces me daba la impresión de que mis propias manos, con sus callos, cicatrices y uñas partidas, no me pertenecían a mí, sino a este arduo castigo que es el exilio. Las mismas manos que habían abrazado a María con dulzura y entre las que ella había sido tierna, cariñosa, salvaje y exigente. Esas manos, que ahora formaban parte de la sequía, habían recogido los líquidos vivificantes de la naturaleza, la risa desbordante de la juventud, la seguridad ilusoria de los anhelos que desprenden un olor dulce. Esas manos, que ya estaban tan ajadas, una vez trataron de labrarse y labrarse y labrarse un futuro con el arado del pasado y del presente. Esas manos, que jamás habían acariciado la mejilla de un hijo propio, ya no servían para nada en la caldera a fuego lento de la sequía, que empezó en el mismo momento en que María se marchó.

Tenía brazos largos y delgados que terminaban en unos dedos que se prolongaban con delicadeza hasta sus uñas que, al igual que las mías, habían perdido su lustre natural y estaban rotas y desiguales. Era dulce, tremendamente dulce, ya que era consciente de su enorme fortaleza. Me sacaba una cabeza y sus piernas largas y firmes a veces me adelantaban cuando salíamos a pasear por el valle Lesapi. Yo llamaba Lesapi al valle en honor a mi lugar de nacimiento, donde había aprendido a pescar, a nadar y a tumbarme en la hierba verde y fresca para relajarme con los ojos cerrados, mientras resonaban en mi cabeza los graznidos de los cuervos y los pausados mugidos de las vacas que pastaban en la orilla del río propiedad del señor Robert, que tenía una valla y un cartel dirigido a los intrusos. En verano, los blancos hacían regatas con botes inflables en el río y, algunas veces, me dejaban ir a verlos arremolinarse en la vigorosa corriente. Pero un día se ahogó alguien y padre me dijo que no bajara más al río porque el chico que se había ahogado se habría convertido en un hombre pez y querría que alguien le hiciera compañía en las profundidades de las aguas. El agua era buena siempre que no tuviera ningún hombre pez. La primera pesadilla que tuve fue con un hombre pez blanco que se me aparecía en mi cuarto, se relamía los colmillos mirándome, se acercaba a mi cama y me decía: «Ven, ven, ven conmigo». Entonces, levantaba la mano y dibujaba un círculo en la pared encima de mi cabeza: «Ese círculo estará sangrando hasta que te reúnas conmigo». Me quedé mirando su mano palmeada y las membranas lívidas que unían sus dedos. Extendió el dedo índice y me tocó la mejilla. Fue como si me tocaran con un punzón candente. Grité, pero no oía mi propia voz. Estaban intentando echar la puerta abajo. Grité más fuerte, la puerta de madera se hizo astillas y padre irrumpió en la habitación con una guerra mundial reflejada en la mirada. El hombre pez ya no estaba, aunque sí había una rana negra agazapada. Al día siguiente vino el curandero, me examinó y, meneando la cabeza, declaró que eso me lo había hecho un enemigo. Mencionó al padre de Bárbara y padre compró un medicamento fuerte para que lo que me había hecho a mí se volviera contra el padre de Bárbara. Luego, me hicieron pequeñas incisiones en la cara y en el pecho y me restregaron un polvo negro en ellas. Me dijo que si alguna vez tenía que acercarme al agua dijera: «Ayúdame, abuelo». Mi abuelo estaba muerto, pero sostenían que su espíritu me vigilaba y protegía constantemente. Hicieron una hoguera, donde tiraron a la rana negra y el curandero dijo que plantaría las cenizas en el jardín del padre de Bárbara. Sin embargo, no pudo hacer nada con el círculo de la pared porque, a pesar de que yo lo veía con claridad, los demás no podían verlo. Algún tiempo después de aquello, mi vista se debilitó y desde entonces tuve que usar gafas. Lo que me pasaba era que cada vez que entraba en mi cuarto, veía el circulito saltar de golpe sobre mí. Me salió pus donde me tocó el hombre pez y madre tuvo que hervir agua con mucha sal, sacarme el pus y limpiarlo con agua salada; mejoró un poco, pero me dejó una marquita negra en la cara para siempre. Poco después, el padre de Bárbara enloqueció y, un día, los buceadores de la policía, que llevaban trajes de pez negros, sacaron su cuerpo del río. Presentaba excoriaciones en el rostro y estaba totalmente desnudo. Parece ser que alguna criatura del río había intentado comérselo. Tenía unas curiosas marcas de dientes en las nalgas y se habían comido parte de sus hombros; era como si le hubieran masticado las manos y tratado de arrancárselas de los brazos.

Todas las mañanas, cuando salía el sol, el valle se cubría de una ligera neblina que, al interactuar con los rayos solares, creaba unas imágenes fantásticas. Invariablemente, me recordaban a personas que había conocido. Las siluetas en la niebla eran algo amorfas y, aun así, ostentaban una solidez realista que me hacía dudar. Le había puesto nombre al valle para reflejar en él los mitos y rostros de los momentos importantes de mi vida. Sin embargo, conforme fueron pasando los años, el valle reseco —paralizado por los calambres de una opresión abrumadora— emitía su propia niebla simbólica que confundía a mi imaginación. Al final, provocó tal erupción de humo y fuego y caras y formas que no podía distinguir qué valle era el Lesapi de verdad. La escasez extrema de agua y comida me había debilitado físicamente. A decir verdad, nunca había sido muy fuerte. Además, esta región fantasmagórica víctima del sol tenía una enorme población de insectos: moscas, mosquitos, cigarras, arañas y escorpiones. Las cigarras se podían comer, pero el resto no hacía más que atormentarme con sus picaduras inesperadas. La diferencia abismal entre la temperatura diurna y nocturna también era una verdadera tortura. No me habían educado para que reprimiera ni le cortara las alas a la imaginación; de hecho, mi imaginación estaba siempre tan despierta que llegaba a asustarme. Todo esto contribuyó a que el valle se personara en mi puerta. El círculo que María había dibujado en la pared parecía tener vida: estaba en constante movimiento, cambiaba de color, se desbarataba y adoptaba forma de cruz, se convertía de nuevo en un círculo y sangraba por la pared hasta hacerme gritar en sueños. Era como si me encontrara en muchos lugares a la vez. No había diferencia entre el sueño y la vigilia. Sentía un dolor agudo, aunque remoto, en la cabeza. Parece ser que no hablaba conmigo mismo, sino con las cosas del valle.

Me desperté una mañana y enseguida noté que algo no iba bien. No podía moverme. No podía mover mi cuerpo, ni mis manos, ni mis pies. Al principio pensé que, durante la noche, algo me había amarrado con una correa a la tierra, pero no tenía cuerdas que me ataran a nada. Cuando me di cuenta de lo que había ocurrido me faltó poco para gritar, pero contuve el aliento porque de todas formas nadie iba a oírme. No solo me había crecido el pelo hasta el suelo, como si fueran raíces, sino que también los dedos de las manos, los dedos de los pies, las venas y las arterias de mi cuerpo habían crecido en mi sueño hasta tocar la tierra. Creo que me había convertido en una especie de planta. En cuanto ese pensamiento me abrasó la cabeza, noté cómo mi piel se tornaba en corteza. Por fin ha ocurrido, me dije. Y, al decirlo, me percaté de que el círculo de la pared se había puesto a sangrar: a María le había pasado algo. No sentía mis ojos ni mis orejas, pero curiosamente podía ver y oír. No sé cuánto tiempo permanecí allí tumbado, ni cuántos días o semanas estuve combatiendo en la cama aquel delirio febril que me inundaba. Y no dejaba de mirar fijamente la vida de María sangrando en la pared; lo contemplé durante tanto tiempo que lo único que podía ver era el círculo rojo chorreando sangre lentamente por la pared.

Era como dormir con los ojos abiertos.

Unos pasos se detuvieron ante mi puerta y oí una respiración agitada. El viento del sureste hizo vibrar el tejado levemente. Y entonces dejó de oírse la respiración. El viento también paró y el tejado dejó de vibrar. De pronto caí en la cuenta de que los pasos sonaban en mi interior: eran el latir de mi viejo corazón, mi antigua vida que regresaba al fin. La puerta seguía cerrada, pero pude verla a ella con nitidez. No era más que huesos, un esqueleto descarnado sentado en un tronco de árbol. Yo era el tronco. No sé cuánto tiempo estuvo allí sentada. Estaba llorando. Lágrimas claras, argénteas, como cristales que salían de la piedras de sus cuencas vacías. Su cabecita brillante descansaba sobre los huesos desnudos de las palmas de sus manos, con los brazos ligeramente apoyados sobre las rodillas. Entre los incisivos sostenía un botón plateado que reconocí: años atrás le había comprado un abrigo que tenía esos botones. Al verla morder con tristeza el botón, me invadió tal pesadumbre que ni siquiera noté que me habían amputado las raíces sin causarme dolor alguno. Lo único que podía hacer era vendarme las heridas y, una vez más, aunque esta vez con un nuevo enfoque, amoldarme al valle. El techo estaba vibrando otra vez. La canción apagada del viento del sureste se colaba a través de la puerta. Y aquellas pisadas espeluznantes se replegaron hasta que su eco lejano latió en silencio en mi pecho.

Después de aquello, no volvió a amanecer. No sé dónde se fue el sol. Quizá se cayó en el mar donde vive el gran hombre pez. Y, aun así, tampoco se hacía de noche. La noche se había retirado hasta el fondo del más profundo de los mares, de donde vino el hombre pez. Su rostro estaba tan presente en el cielo que hasta las estrellas se envilecieron y se convirtieron en hombres pez. Y todas querían compañía, tenían hambre de mí, sed de mí. Pero me mantuve alerta, masticando siempre el botón plateado, que es lo único que las mantiene alejadas.

Ayer me encontré con el padre de Bárbara en el valle.

—¡Al final te pillaré, granuja! —gritó.

Así que mordí el botón plateado, me convertí en un cocodrilo y me reí de él con mis descomunales dientes afilados.

Al instante, él se transformó en niebla y me quedé mordiendo el aire.

Mientras lo maldecía, una voz que no reconocí me dijo:

—Te creías que la política lo era todo, ¿verdad?

No había nadie.

—¿Y no lo es? —repliqué con desdén.

A regañadientes recobré mi forma humana. Decidí escribir todo esto porque no sé cuándo vendrán a por mí los asquerosos hombres pez. María, si alguna vez encuentras esto… la fiebre brama en mi cabeza, no sé ni lo que he escrito… creo que los hombres pez han venido a hacerme perder la razón… Si alguna vez encuentras esto… creo que el padre de Bárbara va a venir a por mí y el cielo y la tierra y el aire están llenos de monstruos como él y como yo… como él… Ojalá hubiera podido darte un hijo… ¡Mi cabeza!… Todos los adultos son hombres pez, pero recuerda que quizás todavía haya esperanza para que los niños… ¡Mi cabeza!

He sido un hombre pez toda mi vida. María, hiciste bien en dejarme. Tengo que irme.


La piel negra qué enmascara

Mi piel se ve a la legua entre toda esta gente. Cada vez que salgo, siento cómo se tensa, endureciéndose, torturándose a sí misma. Únicamente se relaja cuando estoy a la sombra, cuando estoy solo, cuando me despierto temprano por la mañana, cuando estoy haciendo algo mecánico y, por raro que parezca, cuando estoy enfadado. Pero es tímida y reservada cuando me siento a escribir.

Es como un amigo silencioso: temperamental, enérgico, posesivo y, a veces, cruel.

Una vez tuve un amigo así. Terminó cortándose las venas. Ahora está en un manicomio. Me he preguntado muchas veces por qué hizo lo que hizo, pero nunca he dado con una respuesta concluyente.

Siempre se estaba aseando. Por lo menos se bañaba tres veces al día. Recurría a todo tipo de lociones y desodorantes para calmar lo que se había apoderado de él. De hecho, más que lavarse, se frotaba hasta hacerse sangre.

Intentó también purgarse la lengua, mejorando su inglés y deshaciéndose de su acento. Resultaba tan doloroso escucharlo hablar como verlo intentar quitarse la negrura de la piel.

Se hacía cosas en el pelo, cosas que Dios jamás se había planteado cuando le dio al hombre cabellos.

Se compraba mucha ropa, tiendas enteras. En este caso, parecía que el hábito sí hacía al monje. Sus zapatos habrían otorgado ligereza y elegancia hasta a la pata de un elefante. Los animales que habían asesinado para hacer aquellos zapatos tenían que estar revolviéndose en su tumba diciendo «Genial, tío».

Pero no estaba satisfecho. Quería que cualquier otro africano en diez kilómetros a la redonda siguiera su ejemplo. Después de todo, un chimpancé puede aprender no solo a beber té, sino a anunciarlo en televisión; pero, ¿de qué sirve si todos los demás chimpancés creados por Dios siguen despiojándose y girando sobre sus colas mientras cotillean sobre plátanos y Cecil Rhodes?

No obstante, un día tuvo el detalle de explicármelo de un modo más comedido, íbamos a ir a la fiesta de Nochevieja del Ayuntamiento de Oxford.

—¿Nunca te cambias de vaqueros? —me preguntó.
—Solo tengo estos.
—¿En qué te gastas el dinero, tío? ¿En beber?
—Sí —dije rebuscándome en los bolsillos—. Alcohol, papel y tinta. Mis herramientas de trabajo.
—Deberías cuidar más tu aspecto, ¿sabes? No somos monos.
—Voy bien así.

Tosí y, precisamente porque sabía muy bien lo que significaba mi tos, se puso tenso esperando el golpe.

—Si tienes dinero —dije sin titubeos— préstame un billete de cinco.

Él tampoco dudó un segundo aquel día:

—No pidas ni des prestado a nadie —sermoneó.

Y, pensándolo mejor, añadió:

—Tenemos la misma talla. Ponte este traje. Quédatelo si quieres. Y las cinco libras.

Así se portaba conmigo. Se portó así hasta el día que se cortó las venas.

Pero las apariencias engañan.

La apariencia por sí sola, no importa lo cara que haya salido, son botas de montaña poco fiables cuando uno se aventura por las cuestas resbaladizas de la escalada social. Cada vez que abría la boca se ponía en ridículo. La lógica era su palabra fetiche, pero por desgracia ese tipo de cosas aburría rápidamente hasta a los más curtidos antropólogos que andaban a la caza de comportamientos típicos africanos. A mí me interesaba más la bebida que la compañía. Él, en cambio, que Dios lo ampare, dependía de la política para entablar amistad con alguien. Pero, ¿a quién en su sano juicio le importa una mierda lo que pase en Rodesia? Era algo que no le entraba en la cabeza.

Y, por el amor de Dios, cuando se ponía a bailar parecía un mono. Siempre asumía que si una chica aceptaba bailar con él implicaba que quería que la manoseara, pellizcara, besara y echara un polvo en la pista. Por eso, las chicas no tenían piedad con él. Dejaron de invitarlo a fiestas y le hicieron el vacío.

No me interesaba el mismo tipo de chica que a él. Le gustaban estiradas, inteligentes y recatadas, y con la misma conversación desesperante:

—¿En qué facultad estás?
—… ¿Y tú?
—…

Pausa.

—¿Cuál es tu especialidad?
—… ¿Y la tuya?
—…

Pausa. Tos.

—Soy de Zimbabue.
—¿Eso qué es?
—Rodesia.
—Ah. Yo soy de Londres. Eh (con una visible falta de interés), Smith es un cabrón, ¿no?

Y entonces arrancaba con entusiasmo:

—De hecho, acabo de pronunciar un discurso ante la Sociedad de Estudios Africanos defendiendo la tesis de que Ian Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla…
—(Bostezando) Interesante. Muy interesante.
—Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla… (De pronto). ¿Te gustaría bailar?

Sorprendida:

—Bueno… yo… Sí, ¿por qué no?

Y así sucedía siempre. Sí, así sucedía siempre hasta que se cortó las venas.

Pero las apariencias engañan.

Un vagabundo negro lo abordó una noche cuando nos dirigíamos a la fiesta de la Sociedad Literaria Universitaria. Fue como si lo hubiera tocado un leproso. Se apartó literalmente de un salto del hombre que, casualmente, yo había conocido una Nochebuena que nos sentamos en un banco del barrio de Carfax, en el centro de Oxford, y nos bebimos una botella de whisky.

La repugnancia que sintió rozaba la apoplejía y no habló de otra cosa durante toda la fiesta:

—¿Cómo puede un negro que ha venido a Inglaterra convertirse en vagabundo? Hay tanto que hacer. Sobre todo en el África meridional. Lo que me gustaría ver bla, bla, bla…
—Tómate algo —sugerí.

Aceptó mi sugerencia del mismo modo que Dios aceptaría algo de Satán.

—Bebes demasiado, ¿sabes? —comentó suspirando.
—A ti te vendría bien beber más —dije.

El incidente del vagabundo debía de haberle impactado más de lo que yo suponía porque cuando volvimos a la residencia no podía dormir. Vino a mi cuarto con una botella de burdeos que estuve encantado de compartir con él hasta la hora del desayuno, cuando dejó de hablar de los capullos negros insoportables. Dejó de hablar porque se quedó dormido en el sillón.

Y así eran las cosas hasta que se cortó las venas.

Pero había que tener en cuenta otros aspectos.

Por ejemplo, pensaba que no le «caía bien» a uno de sus profesores.

—Es que no tiene por qué caerle bien nadie —señalé—. Ni a ti tampoco.

Pero no me escuchaba. Se crujió los nudillos y dijo:

—Le voy a mandar una felicitación navideña, la más cara que haya.
—¿Por qué no empleas ese dinero en una botella de Monja Azul?

Por la mirada que me echó, me di cuenta de que estaba perdiendo a un amigo.

Por ejemplo, un día me insinuó que si el director o algún profesor me preguntaba si era amigo suyo, debía responder que no.

—¿Por qué?
—Bebes en exceso —explicó con mirada severa— y me temo que te comportas bastante mal. Por ejemplo, me han contado lo del incidente en la bodega y el del comedor y el de Cornmarket, donde tuvieron que llamar a la policía, y el de las escaleras…

Sonreí.

—Llevaré tu traje al tinte y te lo enviarán a tus habitaciones —dije con firmeza—, y ya te he devuelto las cinco libras. Así que estamos en paz. ¿Vas a cenar en el comedor de la residencia? Porque entonces yo no iré, sería inadmisible. Imagínatelo. Somos los dos únicos africanos de la facultad. ¿Cómo vamos a evitarnos? O, ya puestos…

Frunció el ceño. ¿Era a causa del dolor? Últimamente se quejaba de insomnio y dolores de cabeza, y no tenía los cristales de las gafas bien graduados para su miopía. Sin duda, algo comenzó a resquebrajarse en su mirada dolorida.

—Escúchame, en serio, olvida lo que te he dicho. Me da igual lo que piensen. Elegir a mis amigos es asunto mío.

Lo miré directamente a los ojos:

—No dejes que te metan mierda en la cabeza. O, si no, vomítasela a la cara, pero que no se te ocurra echármela encima a mí.
—Vámonos a echar un partido de tenis —dijo, tras un momento.
—No puedo. Tengo que ir a pillar chocolate de un tío que está en la otra punta de la ciudad.
—Chocolate. ¿Tú tomas de eso?
—Sí. Para mí la variedad libanesa es la mejor mierda que hay.

Estaba estupefacto.

Se dio la vuelta sin mediar palabra. Lo seguí con la mirada esperando que no fuera a contárselo a su profesor y tutor moral, ese al que no le caía bien. Y así iban las cosas. Así iban las cosas hasta que se cortó las venas.

Pero había que tener en cuenta otro aspecto: el sexo.

Las negras de Oxford, ya fueran africanas, antillanas o estadounidenses, despreciaban a los que veníamos de Rodesia. Después de todo, aún no habíamos conseguido la independencia. Además, los periódicos decían que siempre andábamos discutiendo entre nosotros. Y había muchas otras razones que las negras querían creer. No era muy halagüeño. Nos habíamos convertido, y con razón, en los judíos de África, así que nadie nos quería cerca. Ya es duro que los blancos egocéntricos nos desprecien, pero en este caso le dijo la sartén al cazo… Resulta exasperante. Y él tenía que darse cuenta de esto.

A mí me era indiferente. El alcohol era mejor que las mujeres, mejor hasta que las negras. Y la maría era el cielo. Pero a él le molestaba. Se colgó por una antillana que trabajaba en las cocinas. Conociéndolo, aquello fue una humillación demoledora para él.

—Pero si somos todos negros —insistía.

Estábamos compartiendo otro burdeos de madrugada.

—Es como si le dices a los matones del Frente Nacional Británico que todos somos humanos.

—A lo mejor es que aspiran a algo más que a un negro —protestaba—. A lo mejor se pasan el día soñando con que se las folie un blanco. A lo mejor…

—Me han dicho que te pasas el día en las cocinas.

Tomó asiento.

Ahora sí que estaba perdiendo a un amigo.

Se limitó a suspirar dramáticamente y, por primera vez, aunque yo ya lo veía venir desde hacía tiempo, soltó una sarta de improperios muy poco sofisticados.

—Desde ahora, o blancas o nada.
—Eso ya lo has intentado —le recordé.

Se aferró a los brazos del sillón y vació sus pulmones lentamente.

—¿Por qué no pruebas con hombres? —le pregunté mientras me echaba más vino.

Me miró fijamente y me espetó:

—Eres pura inmundicia, ¿sabes?
—Sí, hace tiempo que lo vengo sospechando —comenté perdiendo interés.

Pero apuré mi último cartucho:

—O mastúrbate y punto. Como hacemos todos.

Colérico, se echó más vino.

Bebimos en silencio durante una hora larga y contemplativa.

—Me van a expulsar —dije.
—¿Qué?

Fue todo un detalle que su sorpresa fuera real.

—Si me niego a ingresar voluntariamente en Warneford —añadí.
—¿Qué es Warneford?
—Una unidad de psiquiatría. Tengo hasta esta tarde para decidirme. O la reclusión voluntaria o la expulsión.

Le tiré la nota del director al respecto. Deshizo la bola de papel.

Lanzó un silbido.

Escuchar ese silbido casi me hizo perdonárselo todo, hasta perdonarlo a él. Finalmente, preguntó:

—¿Qué has decidido?
—Que me expulsen.
—Pero…

Lo interrumpí:

—Es la única decisión que he tomado en mi vida que sé que será para bien.
—¿Te vas a quedar en Inglaterra?
—Sí.
—¿Y por qué no te vas a África y te unes a nuestros guerrilleros? Siempre has sido bastante más radical que yo y esto sería una oportunidad para bla, bla, bla, bla, bla…

Bostecé.

—Tienes el vaso vacío. Mírame bien, mírame y dime si, conociéndome, tienes ante ti a un guerrillero modelo.

Me miró.

Se echó más vino y abrió otra botella mientras me escudriñaba.

Se le iluminó la cara con una expresión casi maliciosa.

—Eres un vagabundo —dijo sin dudar—. Eres como aquel vagabundo, aquel negrata que se echó sobre mí el otro día cuando…
—Lo sé —dije eructando.

Se me quedó mirando.

—¿Y qué vas a hacer?
—Escribir.
—¿Y de qué vas a vivir?
—Confiaré en la providencia —respondí.

Y esa fue la última vez que nos quedamos toda la noche charlando y bebiendo burdeos hasta que la lúcida luz del sol entró a raudales por los ventanales abiertos anegando toda la habitación. Lo dejé durmiendo plácidamente en su sillón para salir corriendo a tomarme mi último desayuno en la facultad.


Huellas de pensamiento en la nieve

Los cielos estaban cubiertos. Me iban mal las cosas y sentía mi espíritu tan sombrío como aquellos nubarrones grises que me tapaban el sol. Había estado enfermo, con fiebre, y había tenido que tragarme las medicinas y la atenta curiosidad de mi casera, que sostenía que tanto escribir no podía hacerme ningún bien. Cayó una gran nevada el domingo por la noche y me dediqué a observar cómo aquellas espesas plumas de palomas blancas caían planeando hasta amontonarse por todas partes. No podía dormir. Una cantinela persistente parpadeaba sin descanso en mi cabeza: «Estás loco, estás loco, estás loco». Nevaba cantinela a montones sobre los tejados, las carreteras, las aceras. Nevaba sobre todas las cosas: «Estás loco, estás loco, estás loco».

La semana anterior había acabado de mecanografiar mi novela y la había enviado pensando que ya me había librado de ella. Pero me seguía obsesionando, conseguí poner nervioso al cartero y yo mismo caí muy enfermo. Así que decidí olvidarme del tema y volver a empezar, dando lecciones a un joven lleno de granos que no tenía el más mínimo interés en las clases a las que se había apuntado conmigo. Venía de Nigeria, según decía, y lo que quería era saber mi opinión sobre la crisis de Rodesia y sobre las chicas blancas. Y cada vez que le dejaba caer que debíamos centrarnos en el trabajo de William Blake que no había entregado, meneaba la cabeza de tal modo que me hacía sentir hasta incómodo. Mis sesiones con él acababan convirtiéndose en borracheras, porque en vez de traer los trabajos que debería haber hecho, traía botellas de alcohol que nos volvían invariablemente muy felices y parlanchines sobre cualquier tema siempre que no tuviera que ver con la literatura inglesa. Según decía, había leído mis relatos y le resultaban algo indigestos. ¿Por qué no escribía en mi propia lengua?, me preguntaba. ¿Es que acaso era uno de esos africanos que desprecian sus raíces? ¿No debería continuar nuestra magnífica tradición oral en literatura en vez de escribir historias pseudo-kafkianas, pseudo-dostoievskianas? ¿Qué hacía cuando no trabajaba? ¿Tenía novia? ¿Era consciente de que yo era una mierda? No, se retractaba, no quería decir eso, quería decir mierda en el sentido de que eres poco sofisticado…

Fuera, la nieve húmeda se apilaba sin hacer ruido, como esas cosas que un hombre decide olvidar, cosas que planean desde el cielo y se amontonan en silencio centímetro a centímetro hasta enterrarme. Tenía tanto calor que la sensación de frío se hacía insoportable. Tenía tanto frío que no podía aguantar el calor.

Sentía que los gases lacrimógenos seguían asfixiándome, que los perros policías seguían despedazando estudiantes aterrados, que las piedras seguían aplastando las caras gordas de los blancos y, en todas partes, aullaban las sirenas, atronaban las botas, la porra levantada —un segundo antes de que todos los huesos del cuerpo se estremecieran bajo la brillante madera noble—capturada por el obturador de la cámara. El humo denso que emanaba de los campos de cricket y de rugby lo cubrió todo de repente. Para cuando empezó a disiparse, los policías y los soldados habían llevado a los estudiantes al viejo campo de cricket como si fueran ganado y una larga fila de camionetas se iba llevando grupos de estudiantes enjaulados a unos centros de detención improvisados. Unos estudiantes blancos estaban jaleando a la policía y abucheando a los prisioneros; una cámara de Rhodesia Televisión estaba grabándolo todo. Los enormes pastores alemanes se relamían sus mandíbulas gigantes ante la larga fila de prisioneros…

Huellas de pensamiento en la nieve. ¡Mierda!

Mientras el avión ronroneaba en la noche, abandonando la costa angoleña para dirigirse al vacío sobre el Atlántico, advertí que con las prisas había olvidado las gafas. Iba a aterrizar en Inglaterra literalmente ciego. Las siluetas borrosas de los demás pasajeros estaban pegadas a la pantalla donde Clint Eastwood liquidaba sus problemas a base de tiros una vez más. Yo estaba solo, dándole pequeños sorbos a un whisky y una extraña sensación de vacío rugía en mi cabeza. ¿Qué es lo que dejaba atrás, en realidad? Mi juventud había sido un dolor de cabeza zumbando con los motores de una gran hambre que devoraba a bocanadas el aire vacío. Creo que ya entonces sabía que me esperaban años de soledad desesperada y que a ese whisky lo seguirían otros whiskies y otros venenos autodestructivos. Lo único que tenía en la cabeza eran libros que me estaban quemando; zumbaban con motores de esperanza e ilusión hacia una extensión de aire infinita. ¿A quién dejaba atrás? Seguía teniendo la cabeza, prematuramente cana, obstinadamente sobre los hombros. Mi familia desconocía dónde me encontraba o si estaba vivo o muerto. Seguro que les habría dado igual saber que en ese momento estaba a miles de pies sobre la tierra, suspendido en el vacío que mis escarceos con la política habían creado a mi alrededor. Me daba asco todo: la autocompasión, la crisis de Rodesia, todo. Y a ese whisky le siguieron otros mientras mi joven rostro marcado por los años me devolvía la mirada desde la ventanilla. ¿Las cosas serían distintas en la Universidad de Oxford? ¿Estaba tan seguro de mí mismo? Comenzaba a alborear cuando sobrevolamos el mar Cantábrico; y aquellas nubes vistas desde arriba tan blancas y limpias como un edredón de plumas de tórtola parecían otra revelación que se convertiría, al comerla, en piedra en vez de en pan.

—Quería decir mierda en el sentido de que eres poco sofisticado —repitió el nigeriano.

Olvidados en la mesilla que había entre nosotros descansaban Cantos de inocencia y Cantos de experiencia de William Blake.

Unos golpes repentinos en la puerta me eximieron de contestarle. Miré el reloj y supe inmediatamente quién era. Cuando entró, se acurrucó en la alfombra que había junto al fuego mascullando una grosería sobre el tiempo que hacía. Percibí la acusación muda en los ojos del nigeriano; una acusación que se convirtió de pronto en un desafío. Lo estaba viendo venir otra vez. Me volvía a zumbar la cabeza con una ira impotente, una desesperación repugnante que, por una vez, me atreví a aplastar.

—Es la hora de mi siguiente clase, tendrás que disculparme —dije sin aliento.

Nunca había sido capaz de controlar mi respiración.

El nigeriano levantó la vista bruscamente. Decidió dejar las cosas como estaban, así que se incorporó y se fue sin mediar palabra. Rachel estaba absorta en el fuego; la agitación de sus hombros revelaba que había decidido hacer algo drástico.

—¿Lo has acabado?

Su voz estaba atrapada en la alambrada de acero de un estricto autocontrol.

—Sí, ya se lo he enviado a los editores.

No se había girado. Me temblaba el vaso en la mano.

—¿No vas a saludarme?

Me levanté y puse mis manos sobre sus hombros, pero se volvió bruscamente y me propinó una bofetada. Dios mío, ¿por qué tenía aquella expresión? Me quedé inmóvil, con mi pelo cano de viejo, y comprendí que siempre resultaría un poco ridículo.

Se había girado de nuevo hacia el fuego. Sus hombros, aquellos hombros tan pequeños y frágiles, continuaban temblando. Me senté, rellené mi vaso y me puse a recordar con amargura los insultos del nigeriano. Los dos esperaban que representara una comedia perniciosa.

—¿Te da igual que haya estado quedando con él? ¿Que haya dormido con él? —preguntó de repente.

Pero estaba preparado. Aunque sabía que la herida me destrozaría cuando se fuera, en ese momento estaba preparado para la puñalada. ¿Tanto me subestimaba?

—Rachel, es tu cuerpo, no el mío. Haz lo que quieras con él.
—¿Sabes lo que eres? Un negro gilipollas.
—No hace falta que me lo recuerdes, Rachel.
—Un hipócrita.

Me debilitaba el zumbido embriagador que sonaba en mi cabeza; esquivaba a saltos los botes de gas lacrimógeno que caían a mis pies. Le lancé un pequeño adoquín a un policía que se acercaba…

Se me había caído el vaso, derramando todo el alcohol por el suelo.

—Es que no sé ni por qué me casé contigo —dijo ella.

Llevábamos dos años casados, pero solo habíamos dormido juntos los cinco primeros días.

—A lo mejor si hubiéramos tenido un hijo… —aventuré yo.

Se giró de nuevo, pero el fuego aún ardía en sus pupilas. «Aquí viene», pensé.

—Espero un hijo —dijo en voz baja.

Siempre bajaba la voz cuando asestaba un golpe que ella creía mortal.

—Y es suyo —añadió.

Rellené mi vaso y lo vacié de un trago para llenarlo de nuevo.

—¿Del chico nigeriano?
—De chico, nada —replicó—. Es un hombre, todo un hombre. No un hijo de puta impotente como tú.
—Te agradecería que no metieras a mi madre en esto. Pero si es necesario, ante todo no te reprimas.
—Quiero el divorcio.
—Por supuesto, Rachel. Ya te dije hace diecisiete meses que…
—Te crees superior a todo el mundo, ¿verdad?
—Rachel, sabes que eso no es cierto.
—¡Deja de decir mi nombre!

Su grito chocó contra el techo y bajó reverberando hasta las estanterías. Me aclaré la garganta.

—Nunca me has querido de verdad —dijo.

En el tono autocompasivo de su voz reconocí a aquella lejana Rachel con la que me había pateado el norte de Gales durante cinco días de felicidad inconmensurable. Le señalé la licorera con la cabeza. Ella se sirvió en silencio, pensativa.

—Joder, Charles, ¿por qué?… ¿Por qué?

Se estaba mordiendo el labio inferior. Y entonces, de golpe, se sentó en el brazo de mi sillón.

—¿Por qué? —repitió.

No respondí. Era deliberadamente espontánea, casi traviesa, cuando quería.

—¿Cuánto hace que lo sabes? —inquirió.
—Lo suficiente como para que ya no me duela —contesté.

La puerta se abría lentamente.

Me incliné para rellenar mi vaso. Ella me rodeó los hombros con un brazo y con el otro me cogió la cara y me besó.

La puerta se abrió de par en par y el nigeriano irrumpió en la habitación maldiciendo:

—¡Zorra! ¡Zorra de mierda!
—¡Charles!
—¡Puta zorra blanca!
—¡Charles, no te quedes ahí sentado! ¡Me está haciendo daño! ¡A tu mujer!

Intenté esquivarla, pero la porra me golpeó en la cabeza.

—¡Charles! ¡Soy tu mujer!

Allí estaba, tirada en el suelo, siendo atacada por un pastor alemán. Otro bote de gas lacrimógeno estalló contra la pared detrás de mí. Un asfixiante gas blanco y denso me envolvía. Contuve la respiración y embestí a la silueta uniformada. Distinguí en un segundo plano a mi casera blandiendo un rodillo.

Forcejeé con el nigeriano. Seguía insultando:

—¡Malditos rodesios! ¡Conseguid la independencia primero y después a lo mejor aprendéis a pelear!

Me estaba haciendo daño de verdad. Sentí cómo me chorreaba sangre por la nariz. Rachel estaba tirada sobre unos cristales rotos. La casera se acercó sigilosamente por detrás de él y le estampó el rodillo en su enorme cabeza. Se desplomó fuera de combate. Estaba intentando limpiarme la sangre de la cara, a la vez que felicitaba a la casera por su oportuna aparición, cuando un dolor atroz me precipitó al suelo.

Recobré el sentido. La casera me estaba abofeteando y Rachel llegaba con un barreño de agua caliente y una toalla. Ni rastro del nigeriano.

La casera fue a coger la toalla, pero Rachel sentenció:

—Ya ha hecho usted bastante. ¿Se da cuenta de que podría haber matado a mi marido?

La casera dejó escapar el suspiro de alguien que está acostumbrado a ser objeto de vejaciones.

—Es por las gafas. No distinguía quién era el nigeriano y quién era él, ¿sabe usted? Así que pensé en darle a los dos, pero no sabía a quién le daría primero, ¿me entiende? —dijo la casera escudriñándome.

Mis labios dibujaron una sonrisa apretada; estaba conteniendo la risa.

La casera recogió el rodillo letal y comentó:

—Estas cosas vienen muy bien, ¿sabe usted? Cuando mi marido vino borracho el otro día…
—Eso es todo, señora Sutcliffe-Smith —dijo Rachel con firmeza.

La casera, dolida, salió de la habitación con mucha dignidad.

Rachel me contempló y, por primera vez desde aquellos cinco lejanos días, me pareció mayor, aunque tampoco mucho mayor, de los dieciocho años que tenía.

—Todavía puedo abortar —dijo.

Escurrió la toalla y me limpió la sangre que me salía a raudales por la nariz.

—¿Me has oído?
—Voy a cenar con Michael… Te acuerdas de él, ¿no? De cuando estudiabas enfermería.
—¿El que tartamudea?

Asentí.

Me corregí a mí mismo:

—Vamos a cenar con él esta noche. Es el mejor médico de Oxford. Se lo dejaremos caer.

Y añadí:

—Rachel, bienvenida a casa.

Los cielos cubiertos vertían espesas plumas de tórtolas blancas. ¿Aceptarían mi novela? ¿Tardaría mucho Rachel en volver a cansarse de mí? Aún me sentía débil, pero era consciente de que, en el fondo, me había despedido de África. Para siempre. El ilusorio amanecer de la nieve inmaculada refulgía con un brillo desolado. La campana de Christ Church dio las cuatro. Una vez más, caminaba de arriba abajo en mi estudio y trataba en vano de extirparme aquella persistente cantinela que se repetía una y otra vez en mi cabeza como un disco rayado. Cuando miré por la ventana con la esperanza de volver sobre las huellas de mi vida, vi cómo los cúmulos de nieve fresca habían cubierto las huellas de mi pensamiento.

(Continuará…)

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