Cuatro encuentros (FINAL)

Henry James





IV

Yo, más afortunado que ella, seguí disfrutando de la oportunidad que se me presentaba. Durante este periodo de tiempo —unos cinco años— perdí a mi amigo Latouche, que murió de unas fiebres de malaria durante un viaje por el Oriente más cercano. Una de las primeras cosas que hice a mi regreso a América fue ir a North Verona para dar el pésame a su pobre madre. La encontré muy afectada, y me quedé con ella toda la mañana que siguió a mi llegada —había llegado ya entrada la noche — escuchando sus lamentos y sus alabanzas a mi amigo. No hablamos de nada más, y nuestra conversación sólo acabó con la llegada de una vivaracha mujercita que llegó hasta la puerta en carruaje, y a quien vi sacudir las riendas sobre el lomo del caballo con el brío de alguien que se duerme asustado y se sacude las sábanas de encima. Bajó de un salto del carruaje y entró rauda hasta la sala. Resultó ser la mujer del pastor, y la mayor comadre de la ciudad, y saltaba a la vista que tenía, en calidad de comadre, noticias de primera magnitud que comunicar. Estaba yo tan seguro de ello como de que la pobre señora Latouche no estaba tan desconsolada como para no querer escucharla. Así que me pareció correcto retirarme, y dije que estaba ansioso por darme un paseo antes de la cena.

—Y, por cierto —añadí—, si me dicen dónde puedo encontrar a mi vieja amiga la señorita Spencer, creo que iré a hacerle una visita.

La mujer del pastor respondió de inmediato. La señorita Spencer vivía en la cuarta casa pasada la iglesia baptista; la iglesia baptista era la que quedaba a la derecha, con esa extraña cosa verde sobre la puerta; lo llamaban pórtico, pero parecía más bien una cama anticuada suspendida en el aire.

—Sí, sí, vaya a ver a la pobre Caroline —me encareció la señora Latouche—. Le vendrá bien ver una cara nueva.
—¡Yo más bien diría que ya ha tenido bastantes caras nuevas! —exclamó la mujer del pastor.
—Quiero decir, una visita agradable… —se corrigió la señora Latouche.
—¡Yo más bien diría que ya ha tenido bastantes visitas agradables! —dijo entonces su compañera—. Pero usted no pretenderá quedarse diez años —añadió con una elocuente mirada dirigida a mí.
—¿Tiene alguna visita de ese tipo? —pregunté, en mi ignorancia.
—¡Ya lo comprobará usted mismo! —exclamó la mujer del pastor—. Se la ve fácilmente; por lo general está sentada en el jardín delantero. Sólo que tenga cuidado con lo que le dice, y asegúrese de ser educado.
—Ah… ¿tan sensible es?

La mujer del pastor se levantó de un salto y me mimó una reverencia, una reverencia de lo más sarcástica.

—Justamente eso es lo que es, si no le importa: «Madame la Comtesse!».

Y al pronunciar este título con un tono de lo más mordaz, la mujercita realmente parecía reírse en la cara de la mujer a quien estaba designando. Me quedé con la mirada fija, pensando, recordando.

—¡Oh, seré muy educado! —exclamé, y cogiendo el sombrero y el bastón, me encaminé hacia allí.

Encontré la residencia de la señorita Spencer sin ninguna dificultad. La iglesia baptista era fácil de identificar, y la pequeña vivienda adyacente, de un blanco herrumbroso, con una gran cañón de chimenea en el centro y su viña virgen de Virginia en la fachada, parecía la morada natural y apropiada para una retraída solterona con gusto por los efectos llamativos adquiridos a buen precio. Según me acercaba, fui aminorando el paso, pues me habían avisado de que alguien estaba siempre sentado en el jardín de delante, y yo deseaba antes hacer un reconocimiento del terreno. Miré cautelosamente por encima de la pequeña verja blanca que separaba el jardincito de la calle sin pavimentar, pero no vi nada que se pareciese a una Comtesse. Un caminito recto llevaba hasta un umbral a ambos lados del cual había unas pequeñas parcelas de hierba bordeadas de arbustos con frutas rojas. En medio del césped, a derecha e izquierda, se encontraban unos enormes membrillos, viejos y retorcidos, y bajo uno de éstos, una mesita y dos sillas ligeras. Sobre la mesa reposaba un trozo de bordado inacabado y un par de libros con forros de vivos colores. Entré por la cancela y me paré a mitad de camino, escudriñando el lugar en busca de algún otro objeto del ocupante de la mesa, persona ante la cual —no habría sabido decir por qué— de repente tuve dudas de querer presentarme. Entonces vi que la casita estaba muy descuidada y sentí una repentina incertidumbre sobre mi derecho a entrar en ella, dado que la curiosidad había sido mi móvil y que ahora dicha curiosidad flaqueaba. Mientras dudaba, una figura apareció en la entrada y se detuvo allí mirándome. Inmediatamente reconocí a la señorita Spencer, pero ella estaba frente a mí como si nunca nos hubiésemos conocido. Cuidadosamente, pero al mismo tiempo de forma grave y tímida, avancé hacia la entrada y, en un intento de iniciar una charla amistosa y desenfadada, le dije:

—Esperé allí a que usted volviera, pero nunca volvió.
—¿Esperó dónde, señor? —contestó ella con voz trémula, dilatando sus inocentes ojos como antaño.

Estaba más mayor; se la veía cansada y consumida.

—Bueno —dije—, esperé en el viejo puerto francés.

Me miró más duramente; y entonces me reconoció, sonrió y se sonrojó juntando las manos.

—Ahora le recuerdo, recuerdo aquel día… —pero se quedó ahí, ni se acercaba ni me invitaba a entrar: estaba incómoda.

Yo también me sentí un poco violento mientras jugueteaba con la punta del bastón sobre el camino.

—Estuve pendiente de verla, año tras año.
—¿En Europa, quiere decir? —musitó ella tristemente.
—¡En Europa, desde luego! Al parecer aquí es bastante más fácil encontrarla.

Apoyó la mano en el quicio despintado de la puerta y su cabeza se ladeó un poco. Me miró de ese modo, sin hablar, y capté una clara expresión en sus ojos, la de las mujeres cuando aparecen las lágrimas. De repente pisó la resquebrajada losa de piedra frente al umbral, y cerró tras de sí la puerta. Entonces forzó una sonrisa y vi que sus dientes eran tan bellos como siempre. Pero también vi que había llorado.

—¿Ha estado allí desde entonces? —bajó la voz para preguntar.
—Volví hasta hace tres semanas. Y usted, ¿usted no volvió nunca?

Aún con su sonrisa deslumbrante en el rostro, echó la mano hacia atrás y volvió a abrir la puerta.

—No soy muy educada —dijo—, ¿quiere pasar?
—Me temo que incomodo.
—¡Oh, no! —ahora no se podía permitir excusa alguna, así que empujó la puerta indicándome que entrase.

La seguí adentro. Me dirigió a una pequeña sala a la izquierda del estrecho recibidor, que supuse era el salón, aunque estaba en la parte de atrás de la casa, y pasamos por la puerta cerrada de otra estancia que, al parecer, gozaba de la vista sobre los membrillos. Desde donde estábamos, se veía un pequeño cobertizo de madera y dos gallinas cluecas. A mí me pareció bonito, hasta que vi que su elegancia era de lo más frugal; tras lo cual, enseguida me pareció todo más bonito aún, pues nunca había visto una mezcla de cretona descolorida y de grabados monocromos enmarcados en hojas de otoño barnizadas dispuestos con una gracia tan conmovedora. La señorita Spencer se sentó en un extremo del sofá, las manos entrelazadas con fuerza en el regazo. Parecía diez años mayor, pero ahora ya no me sentía llevado a recrearme en los detalles de su persona. Pero aún me parecía una persona interesante, y de todos modos, me enternecía. Se la veía particularmente confusa. Aparenté que no me daba cuenta; pero de repente, de la forma más tonta — como un eco al que no supe resistir de nuestra estancia en el puerto francés—, le dije:

—Sí que incomodo. De nuevo está usted disgustada.

Se llevó las manos a la cara y por un momento la tuvo hundida entre ellas. Entonces, quitándolas, dijo:

—Es porque me lo recuerda —dijo.
—¿Le recuerdo… quiere decir que le recuerdo ese lamentable día en Le Havre?

Negó rotundamente con la cabeza.

—No fue lamentable. Fue magnífico.

Mi expresión fue como si le respondiera: «¡No me diga!».

—Nunca he sentido tanta indignación como cuando, al volver a su hostal a la mañana siguiente, descubrí que se había tenido que marchar de esa manera tan desdichada.

Aguardó un instante, tras el que dijo:

—Por favor, no hablemos de aquello.
—¿Pero volvió aquí directamente? —continué, sin embargo.
—Estaba aquí de vuelta sólo treinta días después de mi salida.
—¿Y ha permanecido aquí desde entonces?
—Cada minuto.

Me impactó; no sabía qué decir, y lo que salió de mis labios entonces podía casi sonar a burla.

—Entonces, ¿cuándo va a hacer por fin ese tour?

Podía sonar casi agresivo; pero había algo que me irritaba en su profunda resignación, y reconozco que quería arrancarle alguna expresión de impaciencia.

Se quedó mirando fijamente durante un momento un rayito de sol sobre la alfombra; se levantó y bajó la persiana un poco para ocultarlo. Esperé, mirándola con interés, como si le quedara algo por decirme. Al poco, y en respuesta a mi última pregunta, me lo dijo:

—¡Nunca!
—Espero al menos que su primo le devolviera el dinero —dije.

Ante esto ella volvió a apartar su mirada.

—Ahora ya no me importa.
—¿No le importa su dinero?
—No, me refiero a volver a Europa.
—¿Quiere decir que no volvería si pudiera?
—No puedo, no puedo —dijo Caroline Spencer—. Todo se acabó. Todo es distinto ahora. Nunca pienso en ello.
—¡Así que ese sinvergüenza nunca le devolvió el dinero! —exclamé.
—¡Por favor, por favor…! —empezó a lamentarse, pero se detuvo, mirando hacia la puerta; había oído un crujido y ruido de pasos en el recibidor.

Yo también miré hacia la puerta, que estaba abierta y ahora dejaba entrar a otra persona, una mujer que se detuvo justo en el umbral. Tras ella venía un joven. La señora me miró con bastante atención, la suficiente para que me quedara su imagen bien grabada. Entonces se volvió hacia Caroline Spencer y, con una sonrisa y un fuerte acento extranjero, dijo:

Pardon, ma chère! No sabía que estuvieras acompañada. El caballero ha entrado muy silenciosamente.

Tras lo cual volvió a prodigarme toda su atención. Era muy extraño, pero estaba seguro de que la había visto antes. Después pensé más bien que sólo había visto a señoras extraordinariamente parecidas a ella. Pero las había visto muy lejos de North Verona, y resultaba de lo más insólito encontrarme con una de ellas en tal situación. ¿A qué otra ocasión bien distinta me transportaba esa visión? A algún rellano en penumbra de un ajado quatrième piso parisino, a una puerta abierta a una grasienta antecámara y a una Madame apoyándose en el pasamanos mientras se sujetaba una bata descolorida y le gritaba a la portera que le subiera el café. La invitada de mi amiga era una mujer muy corpulenta, de mediana edad, de cara regordeta y de cadavérica palidez, con el pelo peinado hacia atrás arreglado à la chinoise. Tenía los ojos pequeños y penetrantes y lo que se llama en francés le sourire agréable. Llevaba una vieja bata rosa de cachemira cubierta de bordados blancos y, como la figura de mi visión, la sujetaba por delante con un brazo desnudo y rechoncho y una mano regordeta cubierta de hoyuelos.

—Sólo es para lo de mi café —le dijo a su anfitriona con su sourire agréable—. Me gustaría que me lo sirvieran en el jardín, bajo el arbolito.

El joven a sus espaldas había entrado ahora en la sala, donde también se detuvo a mirarme, aunque algo menos desafiante. Era un caballerete no muy alto pero con cierto aire de prohombre de North Verona. Tenía una naricilla puntiaguda y una barbillita también puntiaguda; asimismo, tal y como observé, tenía unos pies de lo más minúsculos y un aire, en general, absurdo. Me miraba embobado y con la boca abierta.

—Tendrá su café —dijo la señorita Spencer, como si un ejército de cocineros se estuviera ocupando de su preparación.
C’est bien! —exclamó la gigantesca invitada—. Busque su libro —dijo, volviéndose hacia el atónito joven, que andaba escudriñando cada rincón de la habitación.
—¿Mi… gramática, quiere decir?

La enorme señora, sin embargo, no dejaba de mirarme mientras se ocupaba cansinamente de la caída de su bata.

—Busque su libro —repitió más distraídamente.
—¿Mis poesías, quiere decir? —preguntó el joven, el cual tampoco podía quitarme los ojos de encima.
—No se preocupe por su libro —reconsideró la señora—. Hoy solamente hablaremos. Haremos algo de conversación. Pero no debemos interrumpir la de Mademoiselle. Vamos, vamos —y al decirlo dio un paso—. Bajo el arbolito —añadió, dirigiéndose a Mademoiselle—. Tras lo cual me saludó ligeramente con un comedido «Monsieur», y se fue rápidamente de nuevo con el muchacho pegado a ella.

Miré a la señorita Spencer, cuyos ojos no se habían movido de la alfombra, y hablé, me temo, sin demasiados modales:

—¿Quién demonios era ésa?
—La Comtesse; ésa era mi cousine, como dicen en francés.
—¿Y quién era el joven?
—El alumno de la condesa, el señor Mixter —esta descripción del vínculo que unía a las dos personas que acababan de dejarnos debió de alterar mi expresión de gravedad, pues recuerdo el marcado aumento de la suya en su cariacontecido rostro, mientras continuaba dándome explicaciones.
—Toma clases de francés y de música, rudimentos…
—¿Rudimentos de francés? —la interrumpí.

Pero ella seguía impenetrable, y en realidad tenía ahora una entonación que interpreté que era para ponerme, como se dice vulgarmente, en mi lugar.

—Ha sufrido los peores reveses, sin nadie que cuide de ella. Está preparada para cualquier esfuerzo, y lleva sus desgracias con alegría.
—Ah, bueno —respondí, sin duda algo melancólico—, eso es lo que yo mismo intento en mi vida. Si está dispuesta a no ser una carga para nadie, me parece de lo más correcto y adecuado.

Mi anfitriona miró vagamente —aunque yo pensé que con mucha fatiga— a su alrededor; así acogía mis palabras.

—Debo ir a hacer el café —dijo, simplemente.
—¿Tiene la señora muchos alumnos? —continué, de todas formas.
—Sólo el señor Mixter. Le dedica todo su tiempo.

Esto podría haberme hecho saltar de nuevo, pero algo en la expresión de mi amiga me hizo contenerme.

—Paga muy bien —continuó ella, inescrutable—. No es muy inteligente, como alumno; pero es muy rico y muy amable. Tiene una calesa con asientos atrás, y lleva a la condesa de paseo.
—Durante largos ratos, espero —no pude evitar decir, incluso con riesgo de que ella se lo tomase a mal y evitara mi mirada—. Bueno, el condado es muy bonito en varias millas a la redonda —seguí diciendo, y cuando ella se volvió, añadí—: ¿va a por el café de la condesa?
—Si me disculpa un momento.
—¿No lo puede hacer nadie más?

Parecía preguntarse a quién podría yo referirme.

—No tengo servicio.
—¿Puedo ayudarla entonces? —pregunté, tras lo cual, comoquiera que ella seguía sin mirarme, me temo que acabé de empeorar el asunto—: ¿es que no se lo puede servir ella misma?

La señorita Spencer agitó lentamente la cabeza, como si eso también hubiera sido una idea extraña.

—Ella no está acostumbrada al trabajo manual.

Me lo ponía en bandeja, aunque intenté mantener el decoro.

—Ya veo, pero usted sí —dije, pero al mismo tiempo no podía dejar de sentir curiosidad y le pregunté—: antes de que se vaya, por favor dígame quién es esta maravillosa señora…
—Ya le expliqué quién era en Francia, aquel día. Es la mujer de mi primo, al que usted conoció allí.
—¿La mujer repudiada por su familia debido a su matrimonio?
—Sí; nunca la volvieron a ver. Han roto toda relación con ella.
—¿Y dónde está su marido?
—Mi pobre primo murió.

Me quedé mudo, pero sólo por un momento.

—¿Y dónde está el dinero?

La pobre mujer se estremeció, se lo estaba haciendo pasar muy mal.

—No lo sé —dijo desconsolada.

No acierto a saber lo que me movía, pero continué preguntando metódicamente.

—¿El día de la muerte de su marido esta mujer acudió inmediatamente a usted?

Era como si ella lo hubiera tenido que contar demasiado a menudo.

—Sí. Un día llegó.
—¿Hace cuánto?
—Dos años y cuatro meses.
—¿Y ha estado aquí desde entonces?
—Desde entonces.

En ese momento lo entendí todo.

—¿Y le gusta estar aquí?
—Bueno, no mucho —dijo la señorita Spencer, deliciosamente.

Digerí aquello también.

—¿Y a usted, cómo le…?

Se llevó las manos a la cara como había hecho diez minutos antes. Entonces, rápidamente, salió a hacer el café de la condesa.

Solo, en el pequeño salón, me sentí dividido entre la total indignación y el deseo opuesto de querer ver más cosas, de saber más sobre todo aquello. Al cabo de unos minutos, el joven que estaba pendiente de la señora en cuestión reapareció para mirarme boquiabierto de nuevo. Se mostraba desmesuradamente serio para ir vestido con esos pantalones multicolores; y pronunció sin mucha confianza el mensaje que su profesora le había encomendado.

—Quiere saber si saldrá ahí fuera.
—¿Quién quiere saberlo?
—La condesa. Esa señora francesa.
—¿Le ha mandado que me venga a buscar?
—Sí, señor —contestó el joven débilmente, pues yo le superaba en estatura y peso.

Salí con él, y encontramos a su profesora sentada bajo uno de los pequeños membrillos frente a la casa; se ocupaba de pasar una fina aguja con una mano regordeta a través de un bordado, que no destacaba por su originalidad. Se dignó a indicar la silla que estaba a su lado, y yo me senté. El señor Mixter miró a su alrededor y se acomodó en la hierba a los pies de ella, desde donde miraba hacia arriba más boquiabierto que nunca, como si estuviera convencido de que entre nosotros iba a ocurrir algo increíble.

—Estoy segura de que usted habla francés —dijo la condesa, cuyos ojos eran excepcionalmente saltones, mientras me dedicaba su agradable sonrisa.
—Sí, señora, tant bien que mal —respondí, me temo, con excesiva sequedad.
Ah voilá! —exclamó con deleite—. Lo supe tan pronto le vi. Usted ha estado en mi querido país.
—Durante un tiempo considerable.
—¿Le gusta entonces mucho, mon pays la France?
—Oh, es un viejo amor —dije, pero no fui demasiado entusiasta.
—¿Y conoce mucho París?
—Sí, sans me vanter, señora, creo que la verdad es que sí —y con cierta premeditación dejé que nuestros ojos se cruzaran.

Ella, ante esto, movió inmediatamente los suyos y dirigió la mirada hacia el señor Mixter.

—¿De qué estamos hablando? —le preguntó a su atento alumno.

Él levantó las rodillas, arrancó algo de hierba, miró, y se sonrojó un poco.

—Están ustedes hablando francés —dijo el señor Mixter.
La belle découverte! —se burló la condesa—. Ya va a hacer diez meses —me explicó— que le doy clase. No tenga reparos en decir que es la bêtise même — añadió con tono refinado—. No le entenderá lo más mínimo.

Un momento de atención al señor Mixter, retozando torpemente a nuestros pies, me convenció de que ella estaba en lo cierto.

—Espero que sus otros alumnos le hagan más justicia —le contesté.
—No tengo más. Aquí no saben lo que el francés —o cualquier otra cosa—significa; no quieren saberlo. Así que puede usted imaginarse el placer que supone para mí conocer a una persona que lo habla como usted.

No pude más que responder que el placer era igual para mí, y ella continuó dando puntadas en el bordado con un elegante arqueo del dedo meñique. A cada poco acercaba los ojos, miopes, a la labor; también para parecer elegante. No me inspiraba más confianza que su difunto marido, la poca confianza que me había inspirado hacía años, en aquella ocasión que tan odiosamente se correspondía con ésta: era una mujer tosca, ordinaria, afectada, deshonesta; igual de condesa que yo califa. Tenía cierta seguridad en sí misma, basada claramente en su experiencia; pero ésta no era la experiencia de la «nobleza». Fuera lo que fuese, se permitía insistir de forma vehemente:

—Hábleme de Paris, mon beau París, daría mis ojos por poder verlo. Sólo nombrarlo me fait languir¿Cuánto hace que estuvo allí?
—Hace un par de meses.
Vous avez de la chance! Cuénteme algo de allí. ¿Qué hacían? ¡Oh, lo qué daría por una hora en el Boulevard!
—Hacían lo que siempre están haciendo: divertirse mucho.
—¿En los teatros, hein? —suspiró la condesa—. ¿En los «café-concerts»? Sous ce beau ciel… en las mesitas frente a las puertas? Quelle existence! Ya sabe que soy una parisienne, señor —añadió—, sí, hasta el tuétano.
—La señorita Spencer estaba equivocada entonces —me atreví a responder— al decirme que era usted de la Provenza.

Me miró un momento, después acercó la nariz a su bordado, el cual me pareció que había adquirido entretanto un aire más sucio y deslustrado.

—Ah, soy provenzal de nacimiento, pero parisienne por… inclinación —contestó, tras lo cual prosiguió—: …y por los sucesos más tristes de mi vida… ¡Así como, ay, algunos de los más felices!
—¡En otras palabras, por una experiencia muy variada! —dije, sonriendo, al fin.

Me interrogó con sus duros ojillos saltones.

—¡Oh, experiencia…! Podría hablar de eso, no hay duda, si quisiese. On en a de toutes les sortes… y yo jamás imaginé, por ejemplo, que en la mía me aguardase esto —me dijo mientras señalaba, con su gran codo desnudo y una sacudida de la cabeza, todos los objetos a nuestro alrededor: la casita blanca, el par de membrillos, la valla desvencijada, incluso el embelesado señor Mixter.

Lo entendí todo.

—¡Ah, quiere usted decir que está decididamente exiliada…!
—Puede imaginarse lo que es; estos dos años de mi épreuve… elles m’en ont données, des heures, des heures! Una se acostumbra a las cosas —y encogió los hombros a la mayor altura jamás conseguida en North Verona—, así que a veces pienso que me he acostumbrado a esto. Pero hay cosas que siempre me hacen pensar que es como volver a empezar. Por ejemplo, mi café.

Me volví a inclinar.

—¿Siempre toma café a esta hora?

Sus cejas subieron tanto como lo habían hecho antes sus hombros.

—¿A qué hora me sugiere que lo tome? Debo tomar mi tacita después del desayuno.
—¿Ah, desayuna usted a esta hora?
—A mediodía, comme cela se fait. Aquí toman el desayuno a las siete y cuarto. ¡Ese «y cuarto» es todo un detalle!
—Pero estaba usted hablándome de su café —observé, comprensivo.
—Mi cousine no cree en ello, no lo entiende. C’est une file charmante, pero esa tacita de café solo con una gota de coñac, servida a esta hora, le resulta incomprensible. Así que tengo que volver a las andadas cada día, y el café tarda lo que usted ve en llegar. ¡Y cuando al fin llega, monsieur…! Si no debo insistirle a usted sobre este punto —aunque el monsieur aquí presente a veces me apoya— es porque usted lo habrá tomado en el Boulevard.

Me molestó sumamente esa visión tan crítica de los esfuerzos de mi pobre amiga, pero no dije nada en absoluto; era la única forma de asegurar mi cortesía. Miré al señor Mixter, el cual, sentado con las piernas cruzadas y abrazándose las rodillas, observaba las gracias extranjeras de mi acompañante con un interés que la familiaridad parecía haber limitado muy poco. Ella se percató, naturalmente, de mi perplejidad hacia él, y con todo atrevimiento me dijo:

—Me adora, ¿sabe? —tenía la nariz de nuevo en el bordado—. Sueña con convertirse en mon amoureux. Sí, sí, il me fait une cour acharnée; ahí donde le ve. A eso hemos llegado. Ha leído alguna novela en francés; le llevó seis meses. Pero desde entonces se cree un héroe y de mí cree —siendo como soy, monsieur— que soy je ne sais quelle dévergondée!

El señor Mixter podía haber deducido que él había sido hasta entonces el objeto de nuestras alusiones; pero por la forma en que lo tratamos, debió de haberlo sospechado poco, visto que estaba más ocupado, como mi acompañante, en el éxtasis de la contemplación. Además, en aquel momento salió de la casa la anfitriona, llevando una cafetera y tres tazas en una pulcra bandejita. De sus ojos, cuando se aproximaba a nosotros, brotaba una breve pero intensa súplica, una expresión muda, sentía yo, transmitida por la mirada más dura que me había dirigido hasta entonces: su deseo de saber qué es lo que yo pensaba, como hombre de mundo en general y del mundo francés en particular, de esas fuerzas aliadas que ahora acampaban en su asolada existencia. Sin embargo, yo sólo podía «actuar» —como se dice en North Verona, bastante enigmáticamente—, no dando simplemente elementos de respuesta. No podía insinuar, y mucho menos expresar francamente mi opinión personal del probable pasado de la condesa, con una ponderación sobre su virtud, valía y logros, y sobre los límites de la consideración a la que podría ella aspirar. No podía darle a mi amiga ni una pista de cómo «veía» yo personalmente a su protegida; esposa fugada de un celosísimo peluquero o de un pastelero demasiado taciturno, por ejemplo; o bien como una mezquina pequeña burguesa, que había viciado su situación demasiado como para arreglar las cosas, o incluso como un personaje nómada, cosa aún menos edificante. No podía propiciar, ni por una fracción de segundo, como si dijéramos, un duro rayito de información, y después, lavándome las manos del asunto, darme la vuelta para siempre. Podía, sin embargo, salvar la situación, la mía al menos, recobrando la compostura magistralmente y simulando ignorar todo, excepto que la persona en cuestión era una «grande dame». Este esfuerzo era posible, desde luego, pero como retirada en toda regla y con todas las cortesías de rigor. Si no podía hablar, aún menos podía quedarme, y creo que, a pesar de todo, me puse rojo de indignación al ver a Caroline Spencer ahí de pie, como una camarera. Así que no responderé del tono de triunfo que debió de acompañarme al decirle a la condesa, de pie, y como si ya me fuera a ir:

—¿Y tiene usted pensado quedarse algún tiempo en estos parages?

Lo que sucedió entre nosotros, cuando me dirigió su mirada, al menos eso debió de captarlo nuestra compañera, al menos eso pudo sembrar, para los tiempos venideros, la semilla de la revelación. La condesa repitió entonces su tremendo encogimiento de hombros.

—¿Quién sabe? ¡No sé cómo será el futuro…! ¡Esto no es vida, pero qué se le va a hacer cuando una sufre…! Chère belle —añadió como un ruego a la señorita Spencer—, ¡ya se le ha olvidado el coñac!

Detuve a la señorita Spencer cuando, tras estudiar un momento en silencio el pequeño despliegue sobre la mesa, se disponía ya a ir a buscar lo que se le había pedido. Le tendí la mano en silencio; tenía que irme. Su carita pálida y resuelta, austeramente afable y con la pregunta de hacía un momento como habiéndola enfriado, daba muestras de extrema fatiga, pero también de algo más extraño. Pero ya fuera esto desesperada paciencia o alguna otra desesperación, es más de lo que yo puedo decir. Lo que era indudable es que estaba encantada de que me fuese. El señor Mixter se había levantado y servía el café a la condesa. Mientras pasaba junto a la iglesia baptista pude sentir cuánta razón había tenido mi pobre amiga en su convencimiento la otra vez —en la aún más intensa y ahora ya histórica crisis—, cuando me dijera que aún le quedaría por ver algo de su querida y vieja Europa.

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