Cuatro encuentros (III)

Henry James








III

Mi hermana resultó no estar lo suficientemente recuperada como para poder abandonar el puerto en el tren de la tarde; así que al caer la noche otoñal, me encontré libre para hacer una visita a la posada mencionada por mis amigos. Debo confesar que había estado entretanto preguntándome cuál sería la noticia desagradable que el primo le habría contado a la señorita Spencer. La posada «Á la Belle Normande» resultó ser un hostal en una sombría callejuela, donde quise pensar que la señorita Spencer había encontrado color local en abundancia. Había un patio sinuoso, en el que se tenía lugar gran parte de la hospitalidad del establecimiento; había una escalera que subía a las habitaciones por la parte exterior de la pared; había una pequeña fuente con un hilito de agua y una estatua de estuco en medio; había un muchachito con una gorra blanca y un delantal, que limpiaba recipientes de cobre en la poco discreta puerta de la cocina; y había una dueña charlatana, con sus refajos perfectamente arreglados, que colocaba albaricoques y uvas, formando una artística pirámide en un plato rosa. Miré a mi alrededor, y en un banco verde, a la salida de una puerta abierta, con el rótulo «Salle à Manger», distinguí a Caroline Spencer. En cuanto la vi estuve seguro de que algo había pasado desde la mañana. Apoyada en el respaldo del banco, con las manos entrecruzadas sobre el regazo, fijaba la vista al otro lado del patio, donde la dueña organizaba los albaricoques.

Pero constaté que la pobre no se fijaba en los albaricoques, ni siquiera en la dueña. Estaba ausente, meditabunda; y viéndola más de cerca me di cuenta de que había estado llorando. Me senté a su lado antes de que se percatara de nada; y entonces, cuando lo hube hecho, simplemente se volvió hacia mí sin sorpresa y me mostró su triste rostro. Algo en verdad muy malo había ocurrido; estaba totalmente cambiada, y yo inmediatamente entré a la carga:

—Su primo le ha dado malas noticias. Lo ha pasado usted horriblemente mal.

Durante un momento ella no dijo nada, y supuse que temía que al hablar aparecieran de nuevo las lágrimas. Entonces pensé que, en las pocas horas que habían pasado desde que la dejé, las había derramado ya todas, lo cual hacía que ahora se mostrara intensa, estoicamente serena.

—Mi pobre primo sí que lo ha pasado mal —respondió al fin—. Ha tenido grandes preocupaciones. Sus noticias eran malas. —Entonces, tras una consciente y sombría pausa, dijo—: Tenía una espantosa necesidad de dinero.
—¿Necesidad del dinero de usted, quiere decir?
—De todo el que pudiera conseguir… honestamente, claro. El mío es todo el que, bueno… el que está disponible.

¡Ah, es como si yo hubiera estado seguro desde el principio!

—¿Y se lo ha tomado prestado a usted? —pregunté; de nuevo se contuvo, pero su rostro era suplicante.
—Le di todo lo que tenía.

Recuerdo el tono de aquellas palabras como el sonido humano más angelical que jamás haya oído en mi vida; exactamente por eso reaccioné con un sentimiento casi de ultraje hacia mi persona.

—Por Dios Santo, señorita, ¿a eso lo llama usted conseguirlo «honestamente»?

Había ido yo demasiado lejos. Se ruborizó hasta los ojos.

—No hablemos más de ello.
Debemos hablar de ello —declaré, mientras me sentaba de nuevo a su lado—. Soy su amigo. Le doy mi palabra, soy su protector. Me parece que necesita uno. ¿Qué le ocurre a esta persona tan extraordinaria?

Y fue perfectamente capaz de decirlo:

—Simplemente que tiene deudas muy graves.
—¡No lo dudo! Pero ¿por qué usted —¡y de forma tan apresurada!— las ha de saldar?
—Bueno, me ha contado toda la historia. Me dio muchísima lástima.
—¡A mí también, por supuesto! Pero espero —añadí rotundamente— que le devolverá el dinero enseguida.

A esto respondió sin dilación.

—Desde luego, sí, tan pronto como pueda.
—¿Y cuándo diantres será eso?

Mantenía su nivel de lucidez.

—En cuanto haya terminado su gran cuadro.

Aquello me alcanzó de pleno.

—¡Mi querida jovencita, olvídese del estúpido gran cuadro! ¿Dónde se ha metido ese hombre tan voraz?

¡Y fue como si me hiciera sentir, por un instante, que yo la estaba presionando! Aunque de hecho, tal y como se vio al punto, resulta que el pariente estaba en el sitio más natural del mundo.

—Está cenando.

Me giré y miré a través de la puerta abierta en el interior de la «Salle à Manger». Allí, cómo no, sentado solo en el extremo de una larga mesa, estaba el objeto de la compasión de mi amiga, el brillante, el amable estudiante de arte. Estaba demasiado absorto en su cena como para reparar en mí al principio, pero en cuanto hubo posado un vaso de vino bien vaciado, se percató de que lo observaba. Se detuvo en su ágape y, con la cabeza hacia un lado y las magras mandíbulas moviéndose con parsimonia, me devolvió su mirada insistente. Entonces, la dueña nos rozó ligeramente al pasar con su pirámide de albaricoques.

—¿Y ese platito de fruta es para él? —gemí.

La señorita Spencer lo miró con ternura.

—¡Lo colocan todo de forma tan bonita! —suspiró simplemente.

Me sentí impotente e irritado.

—Vamos, en serio —dije—, ¿cree que está bien, cree que es decente que ese chico alto y fuerte le eche el guante a todos sus fondos?

Apartó la mirada, estaba claro que le estaba haciendo daño. Era un caso perdido: el chico alto y fuerte le había «interesado».

—Perdóneme si hablo de él de forma tan poco ceremoniosa —dije—, pero usted es demasiado generosa, y él no tiene ni la más elemental delicadeza. Él solito se metió en sus deudas, y él solito debe pagarlas.
—Ha sido un insensato —dijo ella obstinadamente—, desde luego que lo sé. Me lo ha contado todo. Tuvimos una larga charla esta mañana; el pobre chico dependía totalmente de mi caridad. Ha firmado pagarés por una cantidad muy elevada.
—¡Pues peor para él!
—Está pasando verdaderas penurias, y no es sólo él. También está su pobre y joven esposa.
—¿Ah, tiene una pobre y joven esposa?
—Yo no lo sabía, pero él me lo contó todo. Se casó hace dos años… en secreto.
—¿Por qué en secreto?

Mi informadora tomó precauciones como si temiera que alguien la escuchara. Susurró entonces con admiración:

—¡Era una condesa!
—¿Está usted totalmente segura de eso?
—Me ha escrito una carta preciosa.
—¿Pidiéndole a usted —alguien a quien no ha visto nunca— que le dé dinero?
—Pidiéndome mi confianza y mi compasión —la señorita Spencer hablaba ahora más animadamente—. Su familia la ha tratado cruelmente, a causa de lo que ella ha hecho por él. Mi primo me ha contado todos los detalles, y ella se dirige a mí de la forma más encantadora en la carta, que tengo aquí en el bolsillo. Es un maravilloso romance a la antigua usanza —dijo mi increíble amiga—. Ella era una joven y bella viuda, su primer marido era un conde, de muy alta alcurnia, pero de lo más malvado, con quien ella no había sido feliz y cuya muerte la dejó en la ruina, tras haber sido engañada de más de mil maneras. Mi pobre primo, al conocerla en esa situación, y compadeciéndose, y cautivado por ella tal vez demasiado temerariamente, la encontró, ¿no lo entiende? —¡El alegato de Caroline en favor de esa persona era impresionante!—. Estaba ella demasiado dispuesta a confiar en un hombre mejor, después de todo lo que había sufrido. Sólo cuando su «gente», como él dice —¡y la verdad es que me gusta esa palabra!— comprendió que ella se quedaría, con él, un pobre muchacho americano, estudiante de arte pero de gran talento, simplemente porque lo adoraba, su tía abuela, la vieja marquesa, de quien esperaba una fortuna que sin embargo podía sacrificar por amor, la abandonó por completo y ni siquiera le quiso dirigir la palabra, y mucho menos a él, con su espantosa altivez y su orgullo. Y es que pueden ser muy altivos por aquí, al parecer —continuó inefablemente—: ¡no hay la menor duda sobre eso! Es como si todo esto fuera una historia de un famoso libro antiguo. La familia, la de la esposa de mi primo —concluyó, ya casi con suficiencia— es de la más antigua nobleza provenzal.

Yo escuchaba bastante perplejo. La pobre mujer parecía casi encontrar interesante el ser timada por una flor de tal linaje, si linaje o flor o pizca de verdad había en todo el asunto; como si prácticamente hubiera perdido el sentido de lo que la apropiación de sus reservas suponía para ella.

—Mi querida joven —refunfuñé—, ¡no querrá verse usted despojada de cada dólar a cuenta de todo este disparate!

Ante esto, quiso dejar asentada su dignidad, tanto como un rosado corderito esquilado pudiera haberlo hecho.

—No es un disparate, y no me van a despojar de nada. No voy a vivir peor de lo que he vivido, ¿es que no lo ve? Y volveré dentro de poco para vivir con ellos. La condesa —él aún se dirige a ella, dice, por su título, como se hace con las viudas nobles en Inglaterra, ¿no lo sabía?— insiste en que la visite alguna vez. Así que supongo que podré empezar de cero, y mientras tanto habré recuperado mi dinero.

Todo aquello resultaba demasiado descorazonador.

—Entonces, ¿regresa a casa enseguida?

Sentí el ligero temblor en su voz que trataba de dominar heroicamente.

—No me queda nada para un tour.
—¿Se lo ha dado todo?
—Me he quedado lo suficiente para volver.

Proferí, creo, un grito de enfado, y entonces el héroe de la situación, el feliz propietario de los sagrados ahorros de mi pobre amiga y de la encaprichada grande dame que me acababa de ser retratada, salió del comedor con la clara conciencia de haber disfrutado de un ágape merecidamente ganado. Se detuvo en el umbral un instante, extrayendo el hueso de un gordo albaricoque que se había guardado cuidadosamente; después se metió el albaricoque en la boca; y mientras lo dejaba disolverse allí con fruición, se quedó observándonos, con sus largas piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de terciopelo. Mi compañera se levantó, y le lanzó una breve mirada que yo capté de pasada, y que expresaba resignación a la par que fascinación, como si fueran los posos de un sacrificio, y con ellos hubiera un afán de querer levantar el ánimo. Por mucho que yo lo considerara un ser horriblemente vulgar, pretencioso y deshonesto, así como falto de la menor credibilidad, había conseguido no obstante cautivar la ansiosa y sensible imaginación de su prima. Yo estaba profundamente indignado, pero no tenía derecho a intervenir y, de cualquier modo, sabía que habría sido en vano. Mientras, él agitaba la mano como ponderando todo cuanto lo rodeaba.

—Bonito patio. Bonito lugar apacible. Bonita escalera sinuosa. Muchas cosas bonitas…

Decididamente, no podía yo soportar más todo aquello, y sin responder, le di la mano a mi amiga; me miró un instante con su carita blanca y sus ojos dilatados, y al mostrar sus hermosos dientes, supongo que pretendía sonreír.

—No lo sienta por mí —me suplicó maravillosamente—. Estoy totalmente segura de que podré volver a ver algo de mi querida y vieja Europa de nuevo.

No quise, con todo, despedirme así de ella, con lo cual le dije que encontraría un momento para volver a la mañana siguiente. Su espantoso pariente, que se había puesto el sombrero de nuevo, me hizo un molinete con éste a modo de reverencia, tras lo cual me apresuré a marcharme.

Al día siguiente, regresé temprano, y en el patio del hostal encontré a la dueña, con menos refajos que la noche anterior. Al preguntarle por la señorita Spencer, la buena mujer me contestó:

Partie, monsieur. Se marchó anoche a las diez, con su… su… ¿no es su marido, eh?… vaya, con su Monsieur. Se fueron al barco americano.

Me di la vuelta; me noté lágrimas en los ojos. La pobre chica había estado unas trece horas en Europa.

(Continuará…)

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