Diosa

Osamu Dazai






Poco antes de que aquella mujer que se hacía llamar Jikōson o algo así causase aquel gran alboroto, dio la casualidad de que yo mismo viví una situación similar. Durante la guerra, pasé un año y tres meses refugiado en el norte de Japón, en Tsugaru, lugar donde nací. Finalmente, en noviembre del año pasado pude volver a Tokio, donde me reencontré con viejos amigos. De entre todos aquellos reencuentros, la inesperada visita del señor Hosoda fue, sin lugar a dudas, el que más me impactó.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el señor Hosoda se ganaba la vida vendiendo poesías patrióticas exageradamente adornadas que escribía él mismo. Sabía algo de alemán, por lo que de vez en cuando traducía poemas de Heinrich Heine o ejercía de profesor en alguna escuela femenina. A pesar de ser dos o tres años mayor que yo, gozaba de una envidiable cabellera negra que le cubría gran parte de la frente. Siempre iba peinado a la perfección, usando grandes cantidades de gomina. Llevaba gafas sin montura a la última moda y tenía las mejillas rosadas, lo que, en conjunto, le hacía parecer cuatro o cinco años más joven que yo. Era delgado y bajito, y vestía siempre de manera muy elegante. De hecho, cuando llovía, se ponía un tipo de protección sobre los zapatos conocida como over shoes.

Era una persona que apenas se reía, lo que siempre me hacía sentir algo incómodo. Desde aquella vez que nos conocimos en un bar de Shinjuku, comenzó a venir a visitarme a casa y a traer sake, lo que a la larga nos hizo entablar una buena amistad como compañeros de bebida.

Cuando comenzó la guerra y la vida empezó a hacerse cada vez más dura con cada día que pasaba, el señor Hosoda vino a mi casa para comunicarme que se marchaba:

—Esta guerra tiene pinta de que va a durar mucho. Dicen que el ejército planea mandar a todos los soldados disponibles a Manchuria,donde se librará una batalla decisiva. He oído que ese va a ser el lugar más seguro por ahora, así que tengo pensado irme para allá con mi mujer. Además, me parece que los trabajos y el sake abundan en la zona. ¿Por qué no se viene usted también?
—No es tan sencillo. Para usted, que no tiene hijos y va solo con su mujer, no hay ningún problema, pero yo tengo varios niños a los que mantener —le contesté.

Entonces me miró con compasión durante un buen rato y no dijo nada más.

Al poco tiempo, tal y como me dijo, se fue a Manchuria con su mujer, desde donde me mandó una postal en la que decía que ambos habían empezado a trabajar juntos en una editorial. A partir de entonces perdimos el contacto.

Pero, a finales del año pasado, aquel señor apareció de pronto en mi casa del barrio de Mitaka, en Tokio.

—Soy Hosoda.

Su aspecto había cambiado tanto que me habría sido imposible reconocerlo si no me hubiese dicho su nombre. Aquel hombre tan presumido que siempre había cuidado tanto su indumentaria apareció vestido de manera vulgar, con algo semejante a un uniforme del ejército, de color caqui y con el cuello elevado. Llevaba el pelo rapado y usaba unas gafas de montura de hierro de lo más ordinarias; estaba pálido, y tenía la barba bastante descuidada. Parecía una persona del todo distinta.

Nada más entrar, se sentó sobre sus talones con la espalda totalmente erguida y dijo:

—Que conste que no estoy loco. Estoy cuerdo, créame.

Me lo dijo completamente en serio, sin soltar siquiera una leve sonrisa. Me pareció algo muy extraño, pero de todos modos le contesté sonriendo:

—¿Cómo? ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué no se sienta de manera más cómoda?
—Deje que vaya a lavarme las manos —dijo de pronto mientras se levantaba. Estaba claro que algo le había hecho enloquecer—. Láveselas usted también. Tenía un pozo junto a la entrada, ¿verdad? Vayamos juntos a lavárnoslas.

Le seguí, sintiendo una gran lástima por el estado en el que se encontraba. Una vez fuera, fuimos alternándonos para mover la palanca y lavarnos en silencio.

—Haga gárgaras, por favor.

Me enjuagué la boca al igual que él sin saber muy bien por qué.

—¡Y ahora, démonos la mano!

Obedecí.

—¡Ahora besémonos!
—¡Ya basta! —Preferí no obedecer aquella última orden.
—Cuando se entere de todo lo que está ocurriendo, seguro que será usted el que me pida que le bese —dijo con una leve sonrisa.

Volvimos a entrar en casa y nos sentamos el uno frente al otro, junto a la mesa.

—No se sorprenda, ¿de acuerdo? Usted y yo somos hermanos, nacidos de la misma madre. Si piensa en ello, verá que algunas cosas cobran sentido, ¿verdad? Al tener más años que usted, soy su hermano mayor, pero hay otro más, que nos aventaja en edad a ambos. Deberíamos dejarlo para más adelante, pero se lo diré: nuestro hermano mayor es… —Entonces pronunció el nombre de alguien grandioso, alguien con tanto poder que, aunque vivamos en un país con libertad de expresión, me abstengo de mencionarlo aquí. Él, sin embargo, pronunció su nombre con total tranquilidad, lleno de orgullo—. Pero, aunque sea nuestro hermano de sangre, creo que por ahora es mejor mantenerlo en secreto. ¿Le parece bien? Prefiero evitar un escándalo público. Debemos unir fuerzas y cooperar para mejorar este país. El futuro del Glorioso Nuevo Japón depende de nosotros tres. No se sorprenda, pero fue nuestra madre quien me confesó todo esto. De hecho, resultó ser mi mujer. O sea, que nuestra madre es mi mujer. En el registro civil consta que tiene treinta y cuatro años, pero esa no es más que una edad que usa solo para este mundo. En realidad ha vivido varios siglos. Obtuvo el don de la juventud eterna hace muchísimos años y, desde entonces, ha contemplado en silencio los cambios que se han producido en Japón. Pero tras observar durante tanto tiempo esta terrible situación de conflicto que ha surgido a raíz de la guerra mundial, algo inédito en la historia de este país, no ha podido aguantar más y me ha confesado su verdadera identidad, diciéndome quiénes eran mis hermanos e indicándome que juntos debemos salvar el país, ya que el resto de los hombres no sirven para nada. Según nuestra madre, este mundo está en decadencia desde hace más de cien años. La fatiga física y mental empezó a hacerse cada vez más notoria en los hombres, convirtiéndolos en seres inferiores que hoy en día ya no sirven para nada. Por eso las mujeres han pasado a realizar trabajos de los que hasta ahora siempre se habían ocupado ellos. Cuando mi mujer, perdón, nuestra madre, me confesó todo esto, nos encontrábamos en el barco que nos traía de vuelta a Japón. Por aquel entonces, yo estaba completamente agotado, tanto física como mentalmente. Ni se imagina todo lo que sufrimos en Manchuria. Hasta hubo veces en las que nos vimos obligados a chupar huesos de caballo del hambre que teníamos. Yo estaba cada día más delgado, pero, sin embargo, mi mujer, digo, nuestra madre, a pesar de comer muy poco y de que cada vez que conseguíamos algo delicioso me lo daba a mí, se mantuvo igual de redondita que siempre. Incluso tenía el doble de fuerza que yo. Era capaz de cargar cosas con las que yo no podía como si nada, al mismo tiempo que llevaba un furoshiki lleno en cada mano. Todo aquello me pareció muy curioso, y por eso decidí preguntarle en el barco por qué se había mantenido tan bien a pesar de las penurias que habíamos pasado. De hecho, no era solo ella, sino que todas las mujeres que había en el barco se encontraban en muy buena forma, mientras que los hombres estaban escuálidos y con aspecto enfermizo. Tenía que haber alguna explicación, y yo necesitaba saberla. Me sonrió y me dijo que lo que ocurría era fruto de la decadencia de los hombres, que estaba haciendo estragos desde hacía más de cien años, y que, si no fuese por la fuerza de las mujeres, el mundo ya se habría acabado. Me confesó que ella misma tenía el control sobre todas las mujeres del mundo y que en realidad era una diosa; que tenía tres hijos, nosotros, y que, gracias a ella, no nos debilitaríamos como el resto de hombres ni tendríamos que vivir bajo el yugo de las mujeres, además de ser piezas clave para mantener la armonía entre sexos. También me dijo que éramos los elegidos para construir de manera civilizada el Glorioso Nuevo Japón y que, cuando llegásemos, debíamos demostrarle de lo que de verdad éramos capaces. Había compartido su gran secreto conmigo. Al escucharlo, sentí que una fuerza increíble se apoderaba de mí y, desde entonces, no me ocurre nada malo ni aunque me pase dos días enteros sin comer. Somos descendientes de una diosa, por lo que jamás nos debilitaremos, aunque vivamos en la más terrible de las pobrezas. Sé que estoy cuerdo y que todo esto es verdad. Por favor, créame y álcese conmigo. Sin lugar a dudas, Hosoda había enloquecido por completo. Quizá por todo lo que tuvo que sufrir en Manchuria, o puede que a causa de alguna enfermedad venérea del extranjero. No era capaz de definir si lo que sentía por él era lástima o vergüenza, pero me entró tal dolor al escuchar aquella inmensa estupidez que incluso acabé soltando alguna lagrimilla.

—De acuerdo —afirmé, sin saber qué otra cosa decir.

Entonces sonrió por primera vez lleno de alegría y exclamó:

—¡Sí! Sabía que me comprendería. Estaba seguro de que no dudaría de nada de lo que le contase. Puesto que somos hermanos de sangre, nos entendemos muy bien. Besémonos.
—Bueno, creo que eso tampoco hace falta.
—¿Ah, no? Bueno, entonces vayamos.
—¿A dónde?
—A ver a nuestro hermano mayor. Nuestra madre dice que hay ciertos problemas de inflación en nuestro país. Debemos encontrarnos con él y hacerle saber todo lo que está ocurriendo. En los billetes japoneses siempre aparecen retratos de hombres barbudos de aspecto grotesco, ¿verdad? Según nuestra madre, ese es el motivo de la inflación que está sufriendo el país. Ella dice que, en lugar de esos hombres, en los billetes tendrían que aparecer mujeres, desnudas o con una amplia sonrisa. Si se piensa con detenimiento, uno se da cuenta de que en alemán y en francés «moneda» es un sustantivo femenino. Es un gran error de nuestro gobierno que en los billetes aparezcan caras de señores mayores con barba. Si a partir de ahora se imprimiese la cara de nuestra gran madre sonriendo en todos los billetes, la inflación que sufre Japón desaparecería al instante. La inflación de este país está llegando hasta límites insospechados, por eso debemos detenerla lo antes posible. Si lo dejamos pasar un día más, será demasiado tarde. No tenemos ni un segundo que perder. ¡Venga, vayamos! —dijo levantándose de un salto.

Dudé si ir con él o no. Lo cierto era que me preocupaba dejarlo solo. Seguro que era capaz de plantarse ante la mismísima residencia de «nuestro hermano mayor» y causar un gran escándalo. Tampoco quería que se presentase allí diciendo mi nombre (Dazai) y alegando que éramos hermanos de sangre, lo que muy probablemente haría que todo el mundo pensase que estábamos compinchados. Estaba claro que no era buena idea dejarlo salir solo a la calle.

—Más o menos he entendido todo lo que me ha contado, pero, antes de que vayamos a ver a nuestro hermano mayor, me gustaría poder ver a nuestra madre para que ella misma me cuente todo lo que está ocurriendo. Por favor, lléveme ante ella.

Pensé que lo mejor sería acompañarlo a casa para entregárselo sano y salvo a su mujer. Nunca la había conocido en persona. Sabía que él era de Hokkaidō y que ella era de Tokio, que había sido actriz de teatro y que se casaron al poco tiempo de conocerse. De hecho, todo el mundo decía que era una mujer muy atractiva.

Aun así, después de haber escuchado aquella estupidez de proporciones épicas, no pude evitar sentir cierto rechazo hacia aquella mujer. Era su responsabilidad que un hombre inteligente como él estuviese diciendo todas esas tonterías sin sentido. Fue lo primero que pensé, ya que, hasta que no la viese con mis propios ojos, no podía saber si ella también estaba loca. Fuese lo que fuese, no cabía duda de que ella había supuesto una muy mala influencia para él. Mi plan era ir a su casa para conocerla en persona y, dependiendo de la situación, desenmascarar a aquella supuesta diosa. Me puse una capa encima del kimono de siempre y le dije a Hosoda:

—Venga, vayamos.

Él se pasó todo el camino muy entusiasmado; incluso había veces en las que parecía ponerse a bailar. Me dio muchísima lástima.

—¡Hoy es un gran día! ¿Sabe en qué fecha estamos? Hoy es doce de diciembre del duodécimo año de la era Shōway vamos a ver a nuestra madre justo a las doce del mediodía. ¡No es ninguna casualidad, estábamos predestinados a hacerlo! Además, el número doce se puede dividir entre seis, tres, cuatro y dos. ¡Es el número sagrado! —exclamó totalmente fuera de sí.

Por supuesto, aquel día no era el doce de diciembre del duodécimo año de la era Shōwa, ni tampoco eran las doce del mediodía, sino que serían más o menos las tres de la tarde. De hecho, el único número de la verdadera fecha en la que nos encontrábamos que se podía dividir entre seis era el doce que representa al mes de diciembre.

Hosoda me dijo que él y su mujer vivían en Tokio, en el barrio de Tachikawa, así que cogimos el tren en la estación de Mitaka. El vagón estaba bastante lleno, pero él se abrió paso a codazos entre la gente mientras contaba en voz alta las correas que colgaban del techo para sujetarse. Cuando llegó a la duodécima, se agarró a ella y me ordenó que hiciese lo mismo.

—Si traduzco los caracteres de Tachikawa al inglés, se diría standing river, ¿verdad? Cuente las letras, ya verá. ¿Cuántas hay? ¡Doce, doce letras! —Aunque yo conté trece—. Seguro que Tachikawa es un lugar sagrado. Mitaka y Tachikawa. Mmm… Interesante. Me parece que ambos lugares deben de tener algún tipo de conexión sagrada. A ver, si traduzco Mitaka al inglés… Three, three, three… ¿Cómo se decía «halcón» en inglés?En alemán se dice der Falken, pero ¿en inglés?… ¿Eagle? No, eso no era. Bueno, da igual, seguramente también tenga doce letras.

Tuve que contenerme para no darle un puñetazo en toda la cara. Ya no podía más.

Tras bajar del tren en la estación de Tachikawa, Hosoda se pasó el resto del camino hablando sobre oráculos y demás cosas sin sentido.

—Aquí es.

Para cuando llegamos, el sol se estaba poniendo y cada vez hacía más frío. El bloque de pisos en el que vivía se encontraba rodeado por un bosque de bambú y tenía cierto aspecto de hospital abandonado.

Su apartamento estaba en la primera planta.

—Madre, ya estoy en casa.

Nada más entrar, se sentó sobre sus talones con la espalda erguida e hizo una profunda reverencia, colocando las manos en el suelo y agachando la cabeza.

—¡Hola! Hace frío, ¿no?

Su mujer se asomó sonriendo a través de la cortina que tenían puesta en la puerta que daba a la cocina. En apariencia se la veía normal, y tenía un aspecto saludable. Además, debo añadir que me maravilló lo hermosa que era.

—Mira, he traído a mi hermano —dijo al presentármela.
—¡Anda! —exclamó ella en voz baja.

Acto seguido se quitó el delantal y vino hacia mí. Se sentó sobre sus talones y me saludó. Yo, por mi parte, le dije mi nombre e hice una reverencia.

—¡Qué bien que haya venido! Mi marido me ha hablado tanto de usted que tenía muchas ganas de conocerle. Deberíamos haber ido nosotros a visitarle a su casa. Siento que haya tenido que molestarse en venir hasta aquí. De verdad, se lo agradezco mucho.

Saludándome de aquella manera tan normal me era imposible ver en ella indicios de locura.

—Perfecto. Ahora que ya conoce a nuestra madre, es hora de que salvemos al país de la inflación que padece. Pero, antes de nada, deberíamos beber agua fresca. Madre, déjeme la tetera. Iré al pozo a recogerla —dijo adoptando una postura extremadamente erguida.
—Vale, vale —dijo ella alegremente mientras le pasaba la tetera como si su actitud fuese del todo normal.

Nada más salir de allí, le pregunté a su mujer:

—¿Desde cuándo se comporta así?
—¿Perdón?

Me respondió inocente, con una mirada que hacía entrever que no había entendido bien la pregunta. Aquello me sorprendió, por lo que intenté explicárselo:

—Esto… ¿Cómo decirlo? Me ha dado la impresión de que el señor Hosoda está un poco nervioso.
—¿Ah, sí? ¿Eso cree? —dijo riéndose.
—¿Se encuentra bien?
—No le pasa nada. Está todo el día de broma.

No sabía qué hacer. ¿Acaso aquella mujer no se daba cuenta de que su marido estaba loco? Me sentí bastante desorientado.

—Si tuviese sake o algo para ofrecerle… —Se levantó y encendió la luz —. Como mi marido ha dejado el alcohol, regalo todo el sake que nos dan con las cartillas de racionamiento a los vecinos, así que no tenemos nada especial para usted. No son nada del otro mundo, pero si le apetece una de estas… — dijo con serenidad mientras me ofrecía unas mandarinas.

Bajo aquella luz se podía ver que la habitación estaba muy bien ordenada. No daba la impresión de que allí viviese un loco; de hecho, hasta transmitía cierta sensación de paz y felicidad.

—No se preocupe, ya me tengo que ir. Solo he venido para acompañarlo de vuelta a casa, ya que me dio la impresión de que estaba un poco alterado. Por favor, despídase de él de mi parte.

A pesar de sus intentos para que me quedase más tiempo, me despedí como pude y me fui. Al salir de aquel bloque de viviendas y caminar entre la niebla de diciembre hasta la estación de Tachikawa, no pude evitar sentirme algo triste. Una vez allí, paré en un puesto de comida que había frente a la estación y bebí mucho sake antes de retomar el camino de vuelta a Mitaka.

No entendía nada.

Por la noche, tras llegar a casa, me puse a cenar a pesar de la hora y le conté a mi mujer con todo lujo de detalles lo que me había ocurrido.

—¡Qué cosa más rara! —murmuró sin sorprenderse lo más mínimo.
—¿Cómo lo estará llevando ella? De verdad que no entiendo nada.
—Es que, en el fondo, no importa tanto si está loco o no. De hecho, en cierto modo, tú y tus amigos sois como él. De todas formas, imagino que su mujer será feliz, ya que al menos ha dejado el alcohol. Seguro que no molesta tanto como si se pasase el día entero bebiendo, arrastrando infinidad de deudas por todo tipo de bares al igual que tú. Además de que, según me cuentas, la trata muy bien, llamándola «madre», «diosa» y cosas por el estilo.

Sentí como si me partieran el cráneo en dos.

—¿Qué pasa? ¿Quieres que a ti también te traten como a una diosa?
—Pues no estaría mal —contestó riéndose.

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