Las ciudades líquidas: “Todo lo sólido se desvanece en el aire” De Marshall Berman

Carlos E.Luján Andrade






Modernidad es una palabra con muchas connotaciones a través del tiempo y que conlleva a una inevitable asimilación de la época que nos toca vivir. Marshall Berman nos habla en su libro “Todo lo sólido se desvanece en el aire” de los cambios a nivel social, político, individual y sobre todo cultural que remesen las creencias en las que se han sostenido nuestras tradiciones por siglos. El autor propone una crítica a la modernidad impuesta, que nos aparta de nuestro pasado y origen. Él desea que veamos la realidad como una constante, un proceso empezado hace doscientos años y que aún nos mantiene en conflicto por las transformaciones que acarrea. Nos la muestra como parte del devenir histórico y que el “trauma de la modernización” siempre ha sido experimentado por sociedades y culturas distintas con consecuencias diversas. Sin embargo, rescata de ellas el análisis de sus experiencias para permitirnos nutrir y fortalecer la “nueva” modernidad experimentada y a la que nos dirigimos

Marshall Berman para lograr este objetivo se ha valido de obras de autores como Goethe, Marx, Baudelaire y del análisis de la evolución de ciudades como San Petersburgo y Nueva York. Comienza tomando el caso de Goethe, mencionando a su llamado “hombre faústico”, haciendo clara referencia a su obra más conocida “Fausto”: el individuo que tiene el deseo frenético e insaciable del cambio hacia mundos mejores pero que finalmente se ve arrastrado hacia la destrucción. La idea de progreso constante e infinito le abre las posibilidades al hombre de realizar grandes descubrimientos científicos y tecnológicos haciéndole modificar su entorno natural a costa de la propia ruina donde este mismo es devastado por la idea de desarrollo. Esta autodestrucción genera la mutación de todo el mundo físico, social y moral de su época

Otras de las precisiones con respecto a la modernidad las hace citando el Manifiesto Comunista de Karl Marx. Nos habla de una cierta “admiración” por la sociedad burguesa pujante que debido a su afán de expandir los poderes humanos y de crear medios de producción impresionantes para su tiempo, se generan unas “potencias infernales” que no se pueden contener. No obstante, estas fuerzas son vacías y sin profundidad mística producto de la racionalidad y la ilustración que deriva en el “desguarnecimiento” del hombre: “… desgarrando el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero”. Esta transformación moderna aleja al ser humano de su pasado histórico que ahora lo califica de “falso” e ilusorio. Por lo que ahora, en los tiempos modernos, el mundo físico y social es el verdadero. Así, el individuo es liberado de su devoción a “superiores naturales” y se aprende a pensar por y para sí mismo.

Esta nueva forma de sentir sus posibilidades muestra la transformación de los valores, mercantilizándolos y dándoles un precio. Nos dice: “cualquier forma de conducta humana se hace moralmente permisible en el momento en que se hace económicamente posible y adquiere un ´valor´”. Es así que todo “lo sagrado es profanado”. Se desacraliza las profesiones que eran valoradas como venerables y respetadas por todos, redefiniéndose toda actividad en función al capital que es pagado para que estas se realicen.


Al referirse al poeta francés del siglo XIX, Charles Baudelaire, nos expone la relación del individuo moderno con un entorno –valga la redundancia- moderno. Según Berman, Baudelaire tiene visiones contradictorias. En la primera, la llama la visión Pastoral, donde hace un elogio al progreso humano infinito, adulando a la burguesía francesa por su inteligencia, fuerza de voluntad y creatividad en la industria, el comercio y las finanzas en el que sus propósitos de desarrollo poseen fines elevados (cultural y políticamente hablando), planteando la posibilidad de que esta visión de la modernidad presenta la apertura a la creatividad intelectual y artística. Pero después el poeta, en un ensayo llamado “El pintor en la vida moderna”, califica la vida de su tiempo como un desfile de modas, anhelante y ferviente de la pompa y los vestidos brillantes, alejados de su propio mundo. A esto es lo que llama lo Contrapastoral. El poeta francés plantea en esta contradicción la confusión entre el progreso material y espiritual, presentando a las “creaciones” del desarrollo -la fotografía por ejemplo- como una nueva forma de conceptuar la creación y el arte.

Baudelaire, según Berman, expone que los cambios del entorno del individuo -es decir su espacio- transforma las almas, “modernizándolas”, dándonos una muestra en su libro “Spleen de París”. Ahí nos relata con prosa poética la aparición de los pobres en los nuevos boulevares diseñados y construidos por Haussman en la década del 1850. Donde dichas transformaciones urbanísticas que atravesaban la ciudad descubren a los barrios miserables hasta ese entonces ocultos, ya que por primera vez abría la urbe a los habitantes excluidos. De esta forma la aparición de las luces brillantes que trae consigo la modernidad, ilumina los escombros y la pobreza de gentes antes negadas.

Estas transformaciones urbanas de los boulevares en el siglo XIX, emblemas del cambio, fueron reemplazados en el siglo XX por un nuevo símbolo de modernidad: las autopistas, donde el tráfico de los automóviles tomaban las calles, mutándolas; desalojando a los individuos para ser sustituidos por los autos. Tales cambios sucedieron en la ciudad de Nueva York donde Robert Moses, con sus obras públicas en los años 50, demostró que una ciudad puede cambiar plenamente no sólo para satisfacer necesidades políticas o económicas sino también para servir de muestra de cómo puede llegar a ser la vida moderna, así haya tenido que desaparecer parte del barrio del Bronx para lograr dicho objetivo en donde la destrucción y construcción era su bandera, invocando a la renovación de ciudades enteras sin tomar en cuenta que en ellas vivirían individuos, asunto que finalmente llevó al fracaso de su proyecto.

Finalmente, Berman cita a San Petersburgo, ciudad rusa de gran historia y connotación social, política y cultural de la modernidad. Esta fue una ciudad creada en función al ideal de lo moderno; es decir, a la ilusión de hacer de ella una ciudad que manifieste renovación, algo que no se logró debido al subdesarrollo en la que estuvo envuelta durante su propia evolución. En ella sucedieron modificaciones revolucionarias donde el espacio público llamado la Nevski Prospekt representó, para muchos autores como Gogol, Pushkin, Dostoievski; un lugar donde el hombre “oficinista, culto y sensible pero pobre y vulgar” estaba enfrentado al sentimiento de exclusión y discriminación, sirviéndoles para replantearse el tema de la desigualdad hasta idealizar una sociedad en donde los hombres no tengan porqué ser diferentes. San Petersburgo, a través de toda su convulsa historia, representó la sociabilidad y comunicación entre sus habitantes, a la vez mostró un mundo desigual donde unos se imponían sobre otros desde la forma de andar hasta la vestimenta. El subdesarrollo vivido en esta ciudad frente a los cambios que quedaron inconclusos nos brinda la posibilidad de entender las dificultades del individuo que se ha formado con la ilusión del desarrollo y que sin embargo, aún no la ha podido alcanzar, una situación que hasta en las ciudades más desarrolladas está presente.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire” es un libro revelador, debido a que concatena una serie de experiencias literarias en busca de una identidad que refleje la actitud del ser humano con respecto a su tiempo y entorno. La búsqueda de ejemplos literarios para explicar su posición con respecto a nuestro innegable pasado con lo actual, hace que el libro linde con lo subjetivo y lo literario. Suponemos que la principal intención fue indagar en la sensibilidad artística del individuo para explicar los cambios reales y coherentes que las ciudades de occidente han sufrido en busca de ese “camino infinito” que Marshall Berman llamó modernidad.

Tal vez, al recurrir a las expresiones artísticas, como los manifiestos, poesías y cuentos intenta escudriñar la sensibilidad humana del hombre de la calle que de por sí no tiene una conciencia histórica ni comprometida con su tiempo. Estos individuos intentaron expresar lo que en su ensoñada realidad deseaba la gente expresar. A nuestro parecer Berman acierta al elegir esta forma para plantear sus ideas ya que logra alejarse de posturas filosóficas o sociológicas que más pretenden exponer el cambio que adentrarse en él. Al acercarse de esta manera al individuo, cuando cita los ejemplos del “Spleen de Paris” o los cuentos de Gogol o Pushkin, ofrece una visión de su interioridad que en ese instante se enfrenta a su tiempo y que en muchos casos lo percibe como una tragedia que trastoca todo lo que ha creído como “sólido” y verdadero.

Los cambios espirituales y culturales que se ven obligados a recomponer los hombres que viven esta transición producto de un cambio drástico de su entorno, hacen de sus personalidades seres contradictorios y conflictivos consigo mismos. Esta naciente modernidad les permite verse a sí mismos en nuevas situaciones que antes ni siquiera las habían considerado como dignas de ser analizadas.

La recomposición de estas creencias, les da la oportunidad de ser testigos de un cambio que en muchos casos fue catastrófico para sus tradiciones pero les permitió adquirir una nueva cosmovisión sobre sus posibilidades como individuo: el de convertirse en seres que podían construir su destino con su técnica y acción. Es así que se les abrió un mundo lleno de opciones haciéndoles conocer que su poder se encontraba en su capacidad de transformar lo que habían erigido, que podían desaparecer un mundo creado por ellos declarándolo obsoleto tan sólo proponiendo uno mejor o diferente.

La enajenación del hombre de su propia condición es su tema, pero observando de esta época su diferencia de otras y que las concepciones del mundo moderno se están expandiendo existiendo cada día mayores referentes culturales que podrían ser tomados en cuenta. El autor encuentra en el análisis de los inicios de estos procesos de modernización puntos referenciales para decir que a pesar de kilómetros de distancia que nos separan, todos igualmente sufrimos los cambios que construyen y destruyen mucho de lo que ya creíamos bien asentado.

Consideramos que el deseo de Berman de sistematizar los cambios producidos por la modernidad usando ejemplos lúcidos y coherentes, le da a su análisis un carácter de verdad y de un referente importante para elaborar nuestro propio análisis sobre los cambios de un país como el Perú.

Nosotros podríamos situarnos en el ejemplo de San Petersburgo, con las diferencias políticas y sociales del caso debido a que es una ciudad que fue condenada al subdesarrollo cuando el fantasma del desarrollo invadía occidente y que los habitantes de ella ya empezaban a sentir.

Lima es un ejemplo claro que las ideas de Berman pueden estar vigentes a pesar de la distancia con las ciudades de occidente. En ella podemos observar la apertura de la ciudad a todos sus ciudadanos a pesar de su discriminación de clase y delimitación de espacios públicos por parte de algunos sectores de la sociedad. La imposibilidad de negar la pobreza, la desacralización de las artes y las profesiones, la comprensión que el cambio viene de la acción y no del “verbo” nos igualan a la evolución de otras metrópolis en pos de su modernidad.

Definitivamente una ciudad como Lima nos puede ofrecer muchos de estos “vicios” de la modernidad escudriñando en nuestro pasado y presente, ofreciendo una visión más clara del rumbo que toma (el caos, la enajenación y la alienación), en donde la modernidad llega de a pocos y que afecta de manera considerable a la idiosincrasia de un pueblo que se sostiene en su pasado y que se resiste a rehacerse con lo nuevo que le da su presente.

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