Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El portaminas”

Ítalo Costa Gómez






Y así nomás es Navidad de nuevo. Época de regalos y de afecto. Cuando era pequeño casi nunca llevaba las cosas lindas que quería tener. No recibía como regalo navideño la canastita de bicicleta que quería ni la mochila que me gustaba. Tampoco es que hiciera mucho berrinche con el tema porque siempre mi mente ha sido más poderosa que la materia. A mí me veías contento con lo que tenía así no fuera mi figurita ideal porque yo me imaginaba un mundo propio. Aún lo hago. Todo no va a ser perfecto. Tienes que ayudarte. Transformar.

[Me acabo de acordar que un par de malvados me decían Transformer en el colegio. Me ha dado como punzada eh. Anotar para terapia del jueves: robots me mortifican. Aback, ayúdame]

A partir de cuarto o quinto de primaria ya me imponía más y pedía mi lonchera de Nubeluz. Recuerdo a mi papá diciéndome que no me iba a permitir llevar algo de las dalinas al colegio porque se iban a burlar de mí ya que todas las que trabajaban en ese programa “eran señoritas” y yo le decía que mi mamá me iba a apoyar y que la iba a llevar le gustara o no. Siempre que me decía algo así yo añadía más dinamita: «y tendré la cartuchera también».

[A pesar de que el hombre hacía las cosas por mi bien yo nunca lo supe leer. Una pena. Fue un padre incomprendido. Ser mi viejo debe haber sido bien jodido. Desde chiquitito me le ponía en frente sin miedo. Él no me decía mucho porque sabía que iba a tener el soporte de mi mamá y que yo tenía la facultad de generar pleito familiar si a mí me daba la gana. Él sabía que yo tenía razón en eso. Ejercía su poder y yo el mío. Cada uno tenía su momento]

Cuenta la historia que mi prima Tatiana tenía la misma suerte. Ella es medio dark. Es de esas chicas que ahora se pinta las uñas y los labios de negro y toca en un grupo de metal en un local subte del Jirón de la Unión y es feliz. Esa es su nota. Sus papás le llenaban el cuarto con Barbies y flores rosadas en el techo. Entrar a su cuarto para mí era la felicidad y ella prefería dormir en la casa del perro. Así es la vida, queridos. La lacia quiere rulos, la rulosa se alisa. Cada uno tiene su ruta y sus issues.

Pasaron algunos años. Una tarde mis tíos llegaron con ella a mi casa. Recuerdo a Tati emocionada con mis trenes y mis soldados de juguete. A mí me gustaba ordenarlos y armarlos, pero ella los amaba mucho más que yo. Mientras ella jugaba emocionadísima yo veía tele. No nos empolatábamos mucho, pero ella siempre tuvo buen ojo y buena voluntad también. Desde chiquilla.

-¿Estás aburrido?
-No. Juega nomas.
-Creo que no te gustan muuuucho tus trenes.
-Sí. Más o menos. – indiferente.

Se acercó y sacó de su canguro (que era como una bolsa de tela que se cargaba a la cintura y que en esos tiempos estaba de moda y que ahora solo usan los cobradores de combi y los cambistas de dólares) un portaminas rosado. Era precioso y tenía sus minas en una cajita transparente. Lo amaba. Me propuso una transacción.

-Yo te doy el portaminas a cambio de uno de tus trenes. Tiene todas las minas. Nunca lo he usado. Me parece horrible. A ti te va a gustar.

No lo dudé un segundo. Hicimos el trato con la promesa de no decirle nada a nuestros padres. Iniciamos un continuo intercambio de cosas clandestino y que nos hacía enormemente felices. Ella me daba un borrador de florecitas y yo le daba un soldadito. Ella me daba un prendedor de hadas y yo le envolvía canicas.

Hasta ahora recuerdo que en esos tiempos confusos la felicidad empezó con esa aliada. Las cosas se empezaron a aclarar para mí gracias a su valentía y a su profunda lealtad. Nunca rompió su palabra y yo nunca quebré la mía.

Seguramente que nuestros papás se dieron cuenta de algún intercambio en cierto momento, pero nunca rompieron el silencio que ese tipo de actitudes ameritaba en esos tiempos y dejaron que dos primos se ayudaran a vivir mejor dejando que una se alucine en una guerra con soldados pecho tierra y que el otro escriba un diario con un portaminas rosa que lo hacía saltar de emoción.

Aprendí con esa experiencia a que la lealtad sería siempre mi bandera con los míos. Para bien o para mal. Al pie del cañón. También esa etapa me enseñó que no hay nada que no puedas lograr mientras no te rindas y tengas buenos amigos.

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