Los muertos (FINAL)

James Joyce







El tableteo creció, alentador, y luego cesó del todo. Gabriel apoyó sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonrió, nervioso, a su público. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levantó su vista a la lámpara. El piano tocaba un vals y pudo oír las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez había alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ventanas alumbradas y oyendo la melodía del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se vería el parque con sus árboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendría un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.

Comenzó:

—Damas y caballeros: Hame tocado en suerte esta noche, como en años anteriores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, empero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante adecuada.
—¡De ninguna manera! —dijo Mr. Browne.
—Bien, sea como sea, sólo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atención por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cuáles son mis sentimientos en esta ocasión.
—Damas y caballeros: No es la primera vez que nos reunimos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hospitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios —o, quizá sea mejor decir, «víctimas»— de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.

Dibujó un círculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo rió o sonrió hacia tía Kate, tía Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de júbilo. Gabriel prosiguió con más audacia:

—Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi experiencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero aun si concediéramos que fuera así, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes —y deseo desde el fondo de mi corazón que sea así por muchos años y muchos años por transcurrir— la tradición de genuina, cálidamente entrañable, y cortés hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendientes, palpita todavía entre nosotros.

Un cordial murmullo de asenso corrió por la mesa. Le pasó por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se había ido con descortesía: y dijo con confianza en sí mismo:

—Damas y caballeros: Una nueva generación crece en nuestro seno, una generación motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de generoso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pareció, debo confesarlo, que vivimos en época menos espaciosa. Aquéllos se pueden llamar, sin exageración, días espaciosos: y si desaparecieron sin ser recordados esperemos que, por lo menos, en reuniones como ésta todavía hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todavía atesoraremos en nuestros corazones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejará perecer nunca de motu propio.
—¡Así se habla! —dijo Mr. Browne bien alto.
—Pero como todo —continuó Gabriel, su voz cobrando una entonación más suave—, siempre hay en reuniones como ésta pensamientos tristes que vendrán a nuestra mente: recuerdos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas: y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vivientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que reclaman, y con razón reclaman, nuestro esfuerzo más constante y tenaz.
—Por tanto, no me demoraré en el pasado. No permitiré que ninguna lúgubre reflexión moralizante se entrometa entre nos esta noche. Aquí estamos reunidos por un breve instante extraído de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aquí como amigos, en espíritu de fraternal compañerismo, como colegas, y hasta cierto punto en verdadero espíritu de camaradería, y como invitados de —¿cómo podría llamarlas?— las Tres Gracias de la vida musical de Dublín.

La concurrencia rompió en risas y aplausos ante tal salida. Tía Julia pidió en vano a cada una de sus vecinas, por turno, que le dijeran lo que Gabriel había dicho.

—Dice que somos las Tres Gracias, tía Julia —dijo Mary Jane.

La tía Julia no entendió, pero levantó la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosiguió en la misma vena:

—Damas y caballeros: No intento interpretar esta noche el papel que Paris jugó en otra ocasión. No intentaré siquiera escoger entre ellas. La tarea sería ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfitriona mayor, cuyo buen corazón, demasiado buen corazón, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto debía haber constituido una sorpresa y una revelación para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando considero a nuestra anfitriona más joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caballeros, que no sabría a quién conceder el premio.

Gabriel echó una ojeada a sus tías y viendo la enorme sonrisa en la cara de tía Julia y las lágrimas que brotaron a los ojos de tía Kate, se apresuró a terminar. Levantó su copa de oporto, galante, mientras los concurrentes palpaban sus respectivas copas expectantes, y dijo en alta voz:

—Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, prosperidad, larga vida, felicidad y ventura, y ojalá que continúen por largo tiempo manteniendo la posición soberana y bien ganada que tienen en nuestra profesión, y la honfa y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.

Todos los huéspedes se levantaron, copa en mano, y, volviéndose a las tres damas sentadas, cantaron al unísono, con Mr. Browne como guía:

Pues son jocosas y ufanas,
pues son jocosas y ufanas,
pues son jocosas y ufanas,
¡nadie lo puede negar!

La tía Kate hacía uso descarado de su pañuelo y hasta tía Julia parecía conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con énfasis:

A menos que diga mentira,
a menos que diga mentira…

Y volviéndose una vez más a sus anfitrionas, entonaron:

Pues son jocosas y ufanas,
pues son jocosas y ufanas,
pues son jocosas y ufanas,
¡nadie lo puede negar!

La aclamación que siguió fue acogida más allá de las puertas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre.


El frío y penetrante aire de la madrugada se coló en el salón en que esperaban, por lo que tía Kate dijo:

—Que alguien cierre esa puerta. Mrs. Malins se va a morir de frío.
—Browne está fuera, tía Kate —dijo Mary Jane.
—Browne está en todas partes —dijo tía Kate, bajando la voz.

Mary Jane se rió de su tono de voz.

—¡Vaya —dijo socarrona— si es atento!
—Se nos ha expandido como el gas —dijo la tía Kate en el mismo tono— por todas las Navidades.

Se rió de buena gana esta vez y añadió enseguida:

—Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojalá que no me haya oído.

En ese momento se abrió la puerta del zaguán y del portal y entró Mr. Browne desternillándose de risa. Vestía un largo gabán verde con cuello y puños de imitación de astrakán, y llevaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Señaló para el malecón nevado de donde venía un sonido penetrante de silbidos.

—Teddy va a hacer venir todos los coches de Dublín —dijo.

Gabriel avanzó del desván detrás de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:

—¿No bajó ya Gretta?
—Está recogiendo sus cosas, Gabriel —dijo tía Kate.
—¿Quién toca arriba? —preguntó Gabriel.
—Nadie. Todos se han ido ya.
—Oh, no, tía Kate —dijo Mary Jane—. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todavía.
—En todo caso, alguien teclea al piano —dijo Gabriel.

Mary Jane miró a Gabriel y a Mr. Browne y dijo, tiritando:

—Me da frío nada más de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados así como están. No me gustaría nada tener que hacer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.
—Nada me gustaría más en este momento —dijo Mr. Browne, atlético— que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen trotón entre las varas.
—Antes teníamos un caballo muy bueno y coche en casa —dijo tía Julia con tristeza.
—El Nunca Olvidado Johnny —dijo Mary Jane, riendo.

La tía Kate y Gabriel rieron también.

—Vaya, ¿y qué tenía de extraordinario este Johnny? —preguntó Mr. Browne.
—El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo —explicó Gabriel—, comúnmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.
—Ah, vamos, Gabriel —dijo tía Kate, riendo—, tenía una fábrica de almidón.
—Bien, almidón o cola —dijo Gabriel—, el caballero viejo tenía un caballo que respondía al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aquí todo va bien, pero ahora viene la trágica historia de Johnny. Un buen día se le ocurrió al caballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de postín a ver una parada en el bosque.
—El Señor tenga piedad de su alma —dijo tía Kate, compasiva.
—Amén —dijo Gabriel—. Así, el caballero viejo, como dije, le puso el arnés a Johnny y se puso él su mejor chistera y su mejor cuello duro y sacó su coche con mucho estilo de su mansión ancestral cerca del callejón de Back Lane, si no me equivoco.

Todos rieron, hasta Mrs. Malins, de la manera en que Gabriel lo dijo y tía Kate dijo:

—Oh, vaya, Gabriel, que no vivía en Back Lane, vamos. Nada más que tenía allí su fábrica.
—De la casa de sus antepasados —continuó Gabriel— salió, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo más bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creyera que estaba de regreso en la fábrica, la cuestión es que empezó a darle vueltas a la estatua.

Gabriel trotó en círculos con sus galochas en medio de la carcajada general.

—Vueltas y vueltas le daba —dijo Gabriel—, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indignó terriblemente. «¡Vamos, señor! ¿Pero qué es eso de señor? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extraño comportamiento! ¡No comprendo a este caballo!»

Las risotadas que siguieron a la interpretación que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zaguán. Mary Jane corrió a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atrás en la cabeza y los hombros encogidos de frío, soltaba vapor después de semejante esfuerzo.

—No conseguí más que un coche —dijo.
—Bueno, encontraremos nosotros otro por el malecón —dijo Gabriel.
—Sí —dijo tía Kate—. Lo mejor es evitar que Mrs. Malins se quede ahí parada en la corriente.

Su hijo y Mr. Browne ayudaron a Mrs. Malins a bajar el quicio de la puerta y, después de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaramó detrás de ella y estuvo mucho tiempo colocándola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr. Browne. Por fin se acomodó ella y Freddy Malins invitó a Mr. Browne a subir al coche. Se oyó una conversación confusa y después Mr. Browne entró al coche. El cochero se arregló la manta sobre el regazo y se inclinó a preguntar la dirección. La confusión se hizo mayor y Freddy Malins y Mr. Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventanilla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber dónde en el camino había que dejar a Mr. Browne, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane contribuían a la discusión desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carcajadas. En cuanto a Freddy Malins, no podía hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mucho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su madre cómo iba la discusión, hasta que, finalmente, Mr. Browne le dio un grito al confundido cochero por sobre el ruido de las risas.

—¿Sabe usted dónde queda Trinity College?
—Sí, señor —dijo el cochero.
—Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la portada de Trinity College —dijo Mr. Browne— y ya le diré yo por dónde coger. ¿Entiende ahora?
—Sí, señor —dijo el cochero.
—Volando hasta Trinity College.
—Entendido, señor —gritó el cochero.

Unos foetazos al caballo y el coche traqueteó por la orilla del río en medio de un coro de risas y de adioses.

Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se quedó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baranda, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír él también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.

Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro, si fuera pintor.

Cerraron la puerta del frente y tía Kate, tía Julia y Mary Jane regresaron al zaguán riendo todavía.

—¡Vaya con ese Freddy, es terrible! —dijo Mary Jane—. ¡Terrible!

Gabriel no dijo nada sino que señaló hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zaguán cerrada, se podían oír más claros la voz y el piano. Gabriel levantó la mano en señal de silencio. La canción parecía estar en el antiguo tono irlandés y el cantante no parecía estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba plañidera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba débilmente las cadencias de aquella canción con palabras que expresaban tanto dolor:

Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo
y el rocío moja la piel de mi cara,
mi hijo yace aterido de frío…

—Ay —exclamó Mary Jane—. Es Bartell D’Arcy cantando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canción antes de irse.
—Oh, sí, Mary Jane —dijo tía Kate.

Mary Jane pasó rozando a los otros y corrió hacia la escalera, pero antes de llegar allá la música dejó de oírse y alguien cerró el piano de un golpe.

—¡Ay, qué pena! —se lamentó—. ¿Ya viene para abajo, Gretta?

Gabriel oyó a su mujer decir que sí y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detrás venían Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan.

—¡Oh, Mr. D’Arcy —exclamó Mary Jane—, muy egoísta de su parte acabar así de pronto cuando todos le oíamos arrobados!
—He estado detrás de él toda la noche —dijo Miss O’Callaghan— y también Mrs. Conroy, y nos decía que tiene un catarro terrible y no podía cantar.
—Ah, Mr. D’Arcy —dijo la tía Kate—, mire que decir tal embuste.
—¿No se dan cuenta de que estoy más ronco que una rana? —dijo Mr. D’Arcy grosero.

Entró apurado al cuarto de desahogo a ponerse su abrigo. Los demás, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qué decir. Tía Kate encogió las cejas y les hizo señas a todos de que olvidaran el asunto. Mr. D’Arcy, ceñudo, se abrigaba la garganta con cuidado.

—Es el tiempo —dijo tía Julia, luego de una pausa.
—Sí, todo el mundo tiene catarro —dijo tía Kate enseguida—, todo el mundo.
—Dicen —dijo Mary Jane— que no habíamos tenido una nevada así en treinta años; y leí esta mañana en los periódicos que nieva en toda Irlanda.
—A mí me gusta ver la nieve —dijo tía Julia con tristeza.
—Y a mí —dijo Miss O’Callaghan—. Yo creo que las Navidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no está nevado.
—Pero al pobre de Mr. D’Arcy no le gusta la nieve —dijo tía Kate sonriente.

Mr. D’Arcy salió del cuarto de desahogo todo abrigado y abotonado y en son de arrepentimiento les hizo la historia de su catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera lástima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta del sereno. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcló en la conversación. Estaba de pie debajo del reverbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que él había visto a ella secar al fuego unos días antes. Seguía en su actitud y parecía no estar consciente de la conversación a su alrededor. Finalmente, se volvió y Gabriel pudo ver que tenía las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una súbita marca de alegría inundó su corazón.

—Mr. D’Arcy —dijo ella—, ¿cuál es el nombre de esa canción que usted cantó?
—Se llama La joven de Aughrim —dijo Mr. D’Arcy—, pero no la puedo recordar muy bien. ¿Por qué? ¿La conoce?
La joven de Aughrim —repitió ella—. No podía recordar el nombre.
—Linda melodía —dijo Mary Jane—. Qué pena que no estuviera usted en voz esta noche.
—Vamos, Mary Jane —dijo tía Kate—. No importunes a Mr. D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.

Viendo que estaban todos listos para irse comenzó a pastorearlos hacia la puerta donde se despidieron:

—Bueno, tía Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.
—Buenas noches, Gabriel. ¡Buenas noches, Gretta!
—Buenas noches, tía Kate, y un millón de gracias. Buenas noches, tía Julia.
—Ah, buenas noches, Gretta, no te había visto.
—Buenas noches, Mr. D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Callaghan.
—Buenas noches, Miss Morkan.
—Buenas noches, de nuevo.
—Buenas noches a todos. Vayan con Dios.
—Buenas noches. Buenas noches.

Todavía era oscuro. Una palidez cetrina se cernía sobre las casas y el río; y el cielo parecía estar bajando. El suelo se hacía fango bajo los pies y sólo quedaban retazos de nieve sobre los techos, en el muro del malecón y en las barandas de los alrededores. Las lámparas ardían todavía con un fulgor rojo en el aire lóbrego y, al otro lado del río, el palacio de las Cuatro Cortes se erguía amenazador contra el cielo oneroso.

Caminaba ella delante de él con Mr. Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No tenía ya una pose graciosa, pero los ojos de Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus venas; y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullosos, regocijados, tiernos, valerosos.

Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que él deseó caerle detrás sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al oído algo tonto y afectuoso. Le parecía tan frágil que quería defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la enredadera y la luminosa telaraña del cortinaje cabrilleaba sobré el piso: era tan feliz que no podía probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y él deslizaba un billete en la cálida palma recóndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hacía mucho frío. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llamó la atención al hombre del horno:

—Señor, ¿ese fuego, está caliente?

Pero el hombre no la pudo oír con el ruido que hacía la fornalla. Más valía así. Con toda seguridad le habría respondido groseramente.

Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria momentos de su vida juntos que nadie conocía, que nadie sabría nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que rememorara solamente los momentos de éxtasis. Ya que los años, sentía él, no habían colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos sus escritos, su labor de ama de casa no habían apagado el tierno fuego de sus almas. En una carta que le escribió por aquel tiempo, él le decía: «¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?».

Como una melodía lejana estas palabras que había escrito años atrás le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos él y ella en la habitación del hotel, entonces estarían juntos y a solas. La llamaría quedamente:

—¡Gretta!

Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estaría desnudando. Luego, algo en su voz llamaría su atención. Se volvería ella a mirarlo…

En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegró de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conversación. Ella miraba por la ventana y parecía cansada. Los otros hablaban apenas, señalando a un edificio o a una calle. El caballo trotaba desganado bajo el cielo sombrío, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.

Cuando el coche atravesaba el puente de O’Connell, Miss Callaghan dijo:

—Dicen que nadie cruza el puente de O’Donnell sin ver un caballo blanco.
—Yo veo un hombre blanco esta vez —dijo Gabriel.
—¿Dónde? —preguntó Mr. Bartell D’Arcy.

Gabriel señaló a la estatua, en la que había parches de nieve. Luego, la saludó familiarmente y levantó la mano.

—Buenas noches, Daniel —dijo, alegre.

Cuando el coche arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas de Mr. Bartell D’Arcy, pagó al cochero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo:

—Próspero Año Nuevo, señor.
—Igualmente —dijo Gabriel, cordial.

Ella se apoyó un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, dándoles las buenas noches a los demás. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bailó con él antes. Se sintió orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte señorial. Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria. Aprovechándose de su silencio, le apretó el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del hotel, sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.

Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de orejas en el vestíbulo. Encendió él una vela en la oficina y los precedió escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pisando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella subía detrás del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus frágiles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entallándola ceñida. Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presión de sus uñas contra la palma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuerpo. El portero se paró en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detrás de él. En el silencio, Gabriel podía oír la esperma derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del corazón golpeando sus costillas.

El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta. Luego, puso su inestable vela en una mesita de noche y preguntó que a qué hora querían los señores despertarse.

—A las ocho —dijo Gabriel.

El portero señaló para el botón de la luz y empezó a murmurar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.

—No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo diría—dijo, señalando la vela— que puede usted, amigo mío, librarnos de tan orondo instrumento.

El portero cargó con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se había sorprendido de idea tan novedosa. Luego, murmuró las buenas noches y salió. Gabriel pasó el pestillo.

La fantasmal luz del alumbrado público iluminaba el tramo de la ventana a la puerta. Gabriel arrojó abrigo y sombrero sobre un sofá y cruzó el cuarto en dirección a la ventana. Miró abajo hacia la calle para calmar su emoción un tanto. Luego, se volvió a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se había quitado el sombrero y la capa y se paró delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y después dijo:

—¡Gretta!

Se volvió ella lentamente del espejo y atravesó el cuadro de luz para acercarse. Su cara lucía tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todavía.

—Se te ve cansada —dijo él.
—Lo estoy un poco —respondió ella.
—¿No te sientes enferma ni débil?
—No, cansada: eso es todo.

Se fue a la ventana y se quedó allá, mirando para fuera. Gabriel esperó de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisión, dijo, abrupto:

—¡Por cierto, Gretta!
—¿Qué es?
—¿Tú conoces a ese pobre tipo Malins?—dijo rápido.
—Sí. ¿Qué le pasa?
—Nada, que el pobre es de lo más decente, después de todo —siguió Gabriel con voz falsa—. Me devolvió el soberano que le presté y no me lo esperaba, en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.

Temblaba, molesto. ¿Por qué parecía ella tan distraída? No sabía por dónde empezar. ¿Estaría molesta, ella también, por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia él por sí misma! Tomarla así como estaba sería bestial. No, tenía que notar un poco de pasión en sus ojos. Deseaba dominar su extraño estado de ánimo.

—¿Cuándo le prestaste la libra? —preguntó ella después de una pausa.

Gabriel luchó por contenerse y no arrancar a maldecir brutalmente al estúpido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:

—Oh, por Navidad, cuando abrió su tiendecita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.

Sufría tal fiebre de rabia y de deseo que no la oyó acercarse desde la ventana. Ella se detuvo frente a él un instante, mirándolo de modo extraño. Luego, poniéndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo besó.

—Eres tan generoso, Gabriel —dijo.

Gabriel, temblando de deleite ante su beso súbito y la rareza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empezó a alisárselo hacia atrás, tocándolo apenas con los dedos. El lavado se lo había puesto fino y brillante. Su corazón desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba había venido ella por su propia voluntad. Quizá sus pensamientos corrían acordes con los suyos. Quizás ella sintiera el impetuoso deseo que él guardaba dentro y su estado de ánimo imperioso la había subyugado. Ahora que ella se le había entregado tan fácilmente se preguntó él por qué había sido tan pusilánime.

Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Luego, deslizando un brazo rápidamente alrededor de su cuerpo y atrayéndola hacia él, dijo en voz baja:

—Gretta querida, ¿en qué piensas?

No respondió ella ni cedió a su abrazo por entero. De nuevo habló él, quedo:

—Dime qué es, Gretta. Creo que sé lo que te pasa. ¿Lo sé?

No respondió ella enseguida. Luego, dijo en un ataque de llanto:

—Oh, pienso en esa canción, La joven de Aughrim.

Se soltó de su abrazo y corrió hasta la cama y, tirando los brazos por sobre la baranda, escondió la cara. Gabriel se quedó paralizado de asombro un momento y luego la siguió. Cuando cruzó frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno, la cara cuya expresión siempre lo intrigaba cuando la veía en un espejo y sus relucientes espejuelos de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:

—¿Qué ocurre con esa canción? ¿Por qué te hace llorar?

Ella levantó la cabeza de entre los brazos y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño. Una nota más bondadosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz:

—¿Por qué, Gretta? —preguntó.
—Pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo.
—¿Y quién es esa persona? —preguntó Gabriel, sonriendo.
—Una persona que yo conocí en Galway cuando vivía con mi abuela —dijo ella.

La sonrisa se esfumó de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crecía de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empezó a quemarle con furia en las venas.

—¿Alguien de quien estuviste enamorada? —preguntó irónicamente.
—Un muchacho que yo conocí —respondió ella—, que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canción, La joven de Aughrim. Era tan delicado.

Gabriel se quedó callado. No quería que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.

—Tal como si lo estuviera viendo —dijo un momento después—. ¡Qué ojos tenía: grandes, negros! ¡Y qué expresión en ellos…, qué expresión!
—Ah, ¿entonces estabas enamorada de él? —dijo Gabriel.
—Salía con él a pasear —dijo ella—, cuando vivía en Galway.

Un pensamiento pasó por el cerebro de Gabriel.

—¿Tal vez fuera por eso que querías ir a Galway con esa muchacha Ivors? —dijo fríamente.

Ella le miró y le preguntó, sorprendida:

—¿Para qué?

Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera desazón. Encogiendo los hombros dijo:

—¿Cómo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?

Retiró la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.

—El está muerto —dijo ella al rato—. Murió cuando apenas tenía diecisiete años. ¿No es terrible morir así tan joven?
—¿Qué era él? —preguntó Gabriel, irónico todavía.
—Trabajaba en el gas —dijo ella.

Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un muchacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.

Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.

—Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta —dijo.
—Me sentía muy bien con él entonces —dijo ella.

Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se propuso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:

—¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, supongo.
—Creo que murió por mí —respondió ella.

Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sacudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó acariciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba húmeda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aquella mañana de primavera.

—Era en invierno —dijo ella—, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.

Hizo una pausa para suspirar.

—El pobre —dijo—. Me tenía mucho cariño y era tan gentil. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su salud. Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.
—Bien, ¿y entonces? —preguntó Gabriel.
—Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me dejaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que esperaba que estuviera mejor para entonces.

Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió:

—Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.
—¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? —preguntó Gabriel.
—Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, «ahí mismo»! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.
—¿Y se fue? —preguntó Gabriel.
—Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!

Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.


Ella dormía profundamente.

Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.

Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se movieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las rodillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llorando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.

El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

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