La jornada de un interventor electoral (I)

Italo Calvino













I

Amerigo Ormea salió de casa a las cinco y media de la mañana. El día se anunciaba lluvioso. Para llegar al colegio electoral donde era interventor, Amerigo seguía un recorrido de calles estrechas y arqueadas, recubiertas aún con viejos adoquines, a lo largo de paredes de casas pobres, sin duda densamente pobladas pero carentes, en aquel amanecer dominical, de todo signo de vida. Amerigo, que no conocía el barrio, descifraba los nombres de las calles en los rótulos ennegrecidos —nombres, quizá, de olvidados benefactores— inclinando a un lado el paraguas y levantando la cara al gotear de la lluvia.

Había la costumbre, entre los sostenedores de la oposición (Amerigo Ormea estaba afiliado a un partido de izquierda), de considerar la lluvia en día de elecciones como una buena señal. Era un modo de pensar que persistía desde las primeras votaciones de la posguerra, cuando aún se creía que con el mal tiempo, muchos electores de los democristianos —personas poco interesadas en la política, o viejos inútiles, o habitantes de zonas rurales mal comunicadas— no saldrían de sus casas. Pero Amerigo no se hacía estas ilusiones; se estaba ya en 1953, y con tantas elecciones a cuestas se había visto que, lloviera o luciera el sol, la organización para hacer votar a todo el mundo funcionaba siempre. Tanto más esta vez, cuanto que se trataba, para los partidos del gobierno, de hacer valer una nueva ley electoral (la «leyestafa », la habían bautizado los otros), por la que la coalición que hubiese sacado el 50% + 1 de los votos obtendría dos terceras partes de los escaños… Él, Amerigo, había aprendido que en política los cambios se producen por caminos largos y tortuosos, y que no hay que esperarlos de un día para otro, como por un golpe de fortuna; también para él, como para tantos otros, adquirir experiencia había significado volverse un poco pesimista.

De otro lado, existía aún la creencia de que es necesario seguir haciendo todo cuanto se pueda, día a día; en la política, como en todas las demás cosas de la vida, para quien no es un necio, cuentan los dos principios aquellos: no hacerse nunca demasiadas ilusiones y no dejar de creer que cualquier cosa que hagas puede ser útil. Amerigo no era de los que les gusta destacarse: profesionalmente, antes que imponerse prefería continuar siendo persona justa; no era lo que se dice un «político», ni en la vida pública ni en las relaciones laborales; y hay que añadir que ni en el sentido bueno ni en el sentido malo de la palabra. (Porque había «también» un sentido malo; o «también» un sentido bueno, según como se mire; en cualquier caso, Amerigo lo sabía). Estaba afiliado al partido, eso sí, y aun cuando no podía llamársele un «activista», pues su carácter le llevaba a una vida más bien recogida, no se echaba atrás cuando había que hacer algo que consideraba útil y adecuado a él. En la Federación lo consideraban un elemento preparado y con buen sentido; ahora le habían nombrado interventor: una tarea modesta, pero necesaria e incluso comprometida, sobre todo en aquella mesa, en el interior de una gran institución religiosa. Amerigo había accedido de buen grado. Estaría todo el día con los zapatos mojados.


II

Si se utilizan términos genéricos como «partido de izquierda», «institución religiosa», no es porque no se quiera llamar a las cosas por su nombre, sino porque aun declarando d’emblée que el partido de Amerigo Ormea era el partido comunista y que el colegio electoral estaba situado en el interior del famoso «Cottolengo» de Turín, el paso que se da por el camino de la exactitud es más aparente que real. Ante la palabra «comunismo» o la palabra «Cottolengo», ocurre que cada cual, según sean las propias condiciones y experiencias, es llevado a atribuirles valores distintos o tal vez opuestos, y entonces habría que precisar todavía más, definir el papel de ese partido en aquella situación, en la Italia de aquellos años, y el modo de Amerigo de estar dentro de él, y en cuanto al Cottolengo, también llamado «Piccola Casa della Divina Provvidenza» —admitiendo que todos sepan la función de ese enorme hospicio, que es la de dar asilo, entre otros muchos infelices, a los disminuidos físicos, a los deficientes mentales, a los deformes, y así hasta los seres escondidos que no se permite ver a nadie—, sería preciso determinar su lugar en la piedad de los ciudadanos, el respeto que infundía incluso en los más alejados de toda idea religiosa, y, al mismo tiempo, el lugar absolutamente distinto que había ocupado en las polémicas en época de elecciones, casi un sinónimo de estafa, de manejos, de prevaricación.

En efecto, desde que en la segunda posguerra el voto había pasado a ser obligatorio, y hospitales, hospicios y conventos hacían de gran reserva de sufragios para el partido democratacristiano, era sobre todo allí donde cada vez se daban casos de idiotas que votaban, o ancianas moribundas, o impedidos por la arteriosclerosis, gente, en fin, carente de capacidad de comprender. Surgían, en estos casos, unas anécdotas entre burlescas y lastimosas; el elector que se había comido la papeleta, aquel otro que al verse entre las paredes de la cabina con aquel pedazo de papel en la mano, creyéndose en la letrina, había hecho sus necesidades, o la fila de los deficientes más capaces de aprender, que entraban repitiendo a coro el número del censo y el nombre del candidato: «¡Un, dos, tres, Quatrello! ¡Un, dos, tres, Quatrello!».

Estas cosas Amerigo las sabía ya todas y no experimentaba por ellas ni curiosidad ni admiración; sabía que le esperaba una jornada triste y agitada; buscando bajo la lluvia la entrada indicada en la tarjeta del Ayuntamiento tenía la sensación de adentrarse más allá de las fronteras de su mundo.

La institución se extendía entre barrios populosos y pobres, por la superficie de un barrio entero, e incluía un conjunto de asilos, hospitales, hospicios, escuelas y conventos, casi una ciudad dentro de la ciudad, cercada por muros y sujeta a otras reglas. Su contorno era irregular, como un cuerpo progresivamente agrandado mediante nuevos legados, construcciones e iniciativas: al otro lado de los muros despuntaban techos de edificios, pináculos de iglesias, copas de árboles y chimeneas; allí donde la calle separaba un cuerpo de construcción de otro, éstos estaban unidos por galerías elevadas, como en ciertos viejos establecimientos industriales, crecidos siguiendo criterios de utilidad y no de belleza, e igual que éstos, rodeados también por muros desnudos y verjas. El recuerdo de las fábricas reflejaba algo no únicamente exterior: debieron de haber sido las mismas dotes prácticas, el mismo espíritu de iniciativa solitaria de los fundadores de las grandes empresas, lo que animara —expresándose en el socorro a los desamparados en lugar de en la producción y el provecho— a aquel simple cura que entre 1832 y 1842 fundó, organizó y administró, en medio de dificultades e incomprensiones, este monumento de la caridad en el camino hacia la naciente revolución industrial; y su nombre —aquel mítico apellido campesino—, también había perdido para él toda connotación individual para pasar a designar una institución famosa en el mundo.

… En la cruel jerga popular, más tarde, aquel nombre se había convertido, por traslado, en epíteto burlón para decir deficiente mental, idiota, reduciéndolo incluso, según el uso turinés, a sus primeras sílabas: «cutu». El nombre «Cottolengo» añadía, así pues, una imagen de desdicha a una imagen ridícula (como a menudo les ocurre también, en la resonancia popular, a los nombres de los manicomios, de las cárceles), y al mismo tiempo de providencia benéfica, y de potencia organizativa, y ahora, además, con la utilización electoral, de oscurantismo, medioevo, mala fe…

Cada significado se diluía en el otro, y en los muros la lluvia mojaba los carteles, repentinamente envejecidos como si su agresividad se hubiese apagado con la última noche de batalla de los comicios y los fijadores de carteles, anteayer, y ya sólo fueran una capa de cola y papel barato, que de un estrato a otro deja transparentar los símbolos de los partidos opuestos. A Amerigo la complejidad de las cosas le parecía a veces una superposición de estratos netamente separables, como las hojas de una alcachofa, a veces, en cambio, un aglutinamiento de significados, una pasta pegajosa.

Tampoco en el hecho de considerarse «comunista» (ni en el recorrido que, por designación de su partido, efectuaba en este amanecer húmedo como una esponja) se distinguía hasta dónde llegaba un deber transmitido de generación en generación (entre los muros de aquellos edificios eclesiásticos Amerigo se veía —un poco irónicamente y un poco en serio— en el papel de un último y anónimo heredero del racionalismo dieciochesco —aunque sólo fuera por un pequeño resto de aquella herencia que nunca había sabido hacer fructificar— en la ciudad que tuvo a Giannone en la picota), y hasta dónde el ir a parar a otra historia, vieja apenas un siglo, pero erizada ya de obstáculos y pasos obligados, el avance del proletariado socialista (entonces, era a través de las «contradicciones internas de la burguesía» o la «autoconciencia de la clase en crisis» que la lucha de clases había llegado a sacudir al ex burgués Amerigo), o mejor, la más reciente encarnación —de unos cuarenta años solamente— de aquella lucha de clases, desde que el comunismo se había convertido en potencia internacional y la revolución se había hecho disciplina, preparación para dirigir, negociación de potencia a potencia incluso donde no se tenía el poder (también atraía, pues, a Amerigo este juego muchas de cuyas reglas parecían fijadas, inescrutables y oscuras pero en el que de muchas otras se tenía la sensación de participar en su creación), o bien, en el interior de esta participación en el comunismo, era un matiz de reserva sobre las cuestiones generales, que empujaba a Amerigo a escoger las tareas de partido más limitadas y modestas como reconociendo en ellas las más seguramente útiles, y aun en éstas estando siempre preparado para lo peor, tratando de mantenerse sereno pese a su (otro término genérico) pesimismo (en parte hereditario también ése, el quejumbroso aire de familia que distingue a los italianos de la minoría laica, que cada vez que gana se da cuenta de que ha perdido), pero subordinado siempre a un optimismo parecido y más fuerte, el optimismo sin el cual no habría sido comunista (entonces, antes había que decir: un optimismo hereditario, de la minoría italiana que cree haber ganado cada vez que pierde; es decir, que el optimismo y el pesimismo eran, si no la misma cosa, las dos caras de la misma hoja de alcachofa), y, al mismo tiempo, en la parte opuesta, el viejo escepticismo italiano, el sentido de lo relativo, la facultad de adaptación y espera (es decir, el enemigo secular de esa minoría; y entonces todas las cartas volvían a desordenarse porque quien le declara la guerra al escepticismo no puede ser escéptico con respecto a su victoria, no puede resignarse a perder, de otro modo, se identifica con su enemigo), y por encima de todo, el haber comprendido finalmente aquello que a fin de cuentas no era tan difícil de comprender: que éste es sólo un rincón del ancho mundo y que las cosas se deciden, no digamos en otro lugar porque «en otro lugar» está en todas partes, sino en una escala más vasta (y también en esto había razones para el pesimismo y razones para el optimismo, pero las primeras acudían al pensamiento más espontáneamente).


III

Para transformar una habitación en colegio electoral (habitación que acostumbra a ser un aula de escuela o una sala de tribunal, el comedor de algún club, o un local cualquiera de unas oficinas del Ayuntamiento) bastan pocos enseres —esas mamparas de madera sin pintar que hacen de cabina; esa caja de madera también basta que es la urna; ese material (los censos electorales, los paquetes de papeletas, los lápices, los bolígrafos, una barrita de lacre, bramante, tiras de papel engomado) del que se hace cargo el presidente en el momento de la «constitución de la mesa»— y una especial disposición de las mesas que se hallan en el lugar. Ambientes, en suma, desnudos, anónimos, con las paredes encaladas; y objetos más desnudos y anónimos todavía; y estos ciudadanos, allí en la mesa —presidente, adjunto, interventores, posibles «representantes del censo»—, toman también ellos el aire impersonal de su función.

Cuando empiezan a llegar los votantes entonces todo se anima: es la variedad de la vida que entra con ellos; tipos bien distintos unos de otros, gestos demasiado apocados o demasiado desenvueltos, voces demasiado fuertes o demasiado apagadas. Pero hay un momento, antes, cuando los de la mesa están solos, y cuentan los lápices, un momento en que a uno se le encoge el corazón.

Especialmente allí donde estaba Amerigo: el local de esta sección —una de las tantas dispuestas dentro del Cottolengo, porque cada sección reúne a casi quinientos electores, y en todo el Cottolengo de electores los hay a miles— en días normales era un locutorio para los familiares que van a visitar a los asilados, y tenía a su alrededor unos bancos de madera (Amerigo apartó de la mente las fáciles imágenes que el lugar evocaba: esperas de padres campesinos, cestos de fruta, diálogos tristes) y las ventanas, altas, daban a un patio, de forma irregular, entre pabellones y pórticos, con un aire entre de cuartel y hospital (unas mujeres gruesas arrastraban unos carritos, unos bidones; llevaban faldas negras como campesinas de hace mucho tiempo, chales negros de lana, tocas negras, delantales azules; se movían con rapidez, bajo la llovizna que caía; Amerigo dio apenas una ojeada y se apartó de las ventanas).

No quería dejarse llevar por la tristeza del ambiente, y para ello se concentraba en la tristeza de sus pertrechos electorales —esos útiles de escritorio, esos carteles, el librito oficial del reglamento consultado a cada duda por el presidente, nervioso ya antes de empezar— porque ésta era para él una tristeza rica, muy rica de signos, de significados, tal vez en contraste unos con otros.

La democracia se presentaba a los ciudadanos bajo estos despojos humildes, grises, desnudos; a Amerigo a ratos esto le parecía sublime, en la Italia respetuosa desde siempre hacia todo lo que sea pompa, fasto, exterioridad, ornamento; le parecía finalmente la lección de una moral honesta y austera; y una perpetua y silenciosa revancha sobre los fascistas, sobre aquellos que habían creído poder despreciar la democracia justamente por esta su tristeza exterior, por esta su humilde contabilidad, y se habían reducido a cenizas con todas sus fantasías y sus galas, mientras ella, con su pobre ceremonial de pedazos de papel doblados como telegramas, de lápices confiados a manos callosas o inseguras, proseguía su camino.

He ahí, en torno a él, a los demás miembros de la mesa, personas cualesquiera, en su mayor parte (parecía) reclutadas a propuesta de la Acción Católica, pero alguno también (aparte de él, Amerigo) de los partidos comunista y socialista (aún no los había identificado), comprometidos en un servicio común, un servicio racional, laico. Helos en apuros con pequeños problemas prácticos: cómo inscribir a los «Votantes censados en otras secciones»; cómo rehacer el cómputo de los censados sobre la base de la lista, llegada en el último momento, de los «Votantes fallecidos». Helos ahora derritiendo con cerillas el lacre para sellar la urna y luego no saben cómo cortar el bramante que sobra y deciden quemarlo con las cerillas…

En estos gestos, en este identificarse con sus provisionales funciones, Amerigo estaba dispuesto a reconocer el verdadero sentido de la democracia, y pensaba en la paradoja de hallarse allí, juntos, los creyentes en el orden divino, en la autoridad que no proviene de esta Tierra, y los camaradas suyos, cabalmente conscientes del engaño burgués de todo el tinglado: en fin, dos tipos de gente que en las reglas de la democracia deberían de haber tenido poca confianza, y que, sin embargo, estaban seguros unos y otros de ser sus más celosos tutores, de encarnar su misma esencia.

Dos de los interventores eran mujeres: una iba con una chaqueta de punto de color naranja, su cara estaba cubierta de pecas, tendría sobre unos treinta años, parecía obrera u oficinista; la otra aparentaba tener unos cincuenta, llevaba una blusa blanca, un medallón con un retrato sobre el pecho, quizás era viuda, tenía un aire de maestra de escuela. ¿Quién lo hubiera dicho —pensaba Amerigo, decidido ya a verlo todo bajo la luz mejor— que hacía tan pocos años que las mujeres tenían derechos civiles? Parecía que jamás hubiesen hecho otra cosa, de madres a hijas, que preparar las elecciones. Por lo demás, son las que tienen más buen sentido en las pequeñas cuestiones prácticas, y las que acuden en ayuda de los hombres, siempre más torpes.

Siguiendo este hilo de pensamientos, Amerigo casi llegaba a sentirse satisfecho, como si todo fuera por el mejor camino (independientemente de las oscuras perspectivas de las elecciones, independientemente del hecho de que las urnas se hallasen en el interior de un hospicio, donde no habían podido celebrarse comicios, ni pegarse carteles, ni venderse diarios), como si la victoria en la vieja lucha entre la Iglesia y el Estado fuera ya ésta, la revancha de una religión laica de deber cívico contra…

¿Contra qué? Amerigo volvía a mirar a su alrededor, como buscando la presencia tangible de una fuerza contraria, de una antítesis, pero ya no encontraba dónde agarrarse, ya no conseguía contraponer las cosas de la sección al ambiente que las contenía: en el cuarto de hora que hacía que estaba allí, cosas y lugares se habían vuelto homogéneos, mezclados en una única y anónima vulgaridad administrativa, igual para los gobiernos civiles y las jefaturas de policía que para las grandes obras pías. Y como aquel que, al zambullirse en el agua fría, se esfuerza en convencerse de que el placer de zambullirse está precisamente en esa impresión helada, y luego, al nadar, encuentra de nuevo dentro de sí el calor y la sensación al mismo tiempo de lo fría y hostil que es el agua, así Amerigo, después de todas las operaciones mentales para transformar dentro de sí la tristeza del colegio electoral en un valor precioso, había vuelto a reconocer que la primera impresión —de extrañeza y frialdad de aquel ambiente— era la justa.

Por aquellos años, la generación de Amerigo (o mejor, aquella parte de su generación que había vivido de una cierta manera los años posteriores al 40) había descubierto las posibilidades de una actitud desconocida hasta entonces: la nostalgia. De este modo, en su memoria, empezó a contraponer al escenario que tenía delante de los ojos el clima que había habido en Italia después de la liberación, durante un par de años, el recuerdo más vivo de los cuales le parecía que era ahora la participación de todos en las cosas y los actos políticos, en los problemas de aquel momento, graves y elementales (eran pensamientos de ahora, en su momento había vivido aquellos tiempos como un clima natural, igual que todos, disfrutando de él —después de todo lo que había pasado—, enojándose por lo que no marchaba, sin pensar en que pudiera ser idealizado algún día); recordaba el aspecto de la gente de entonces, que toda parecía casi igualmente pobre, y más interesada en las cuestiones universales que en las privadas; recordaba las sedes improvisadas de los partidos, llenas de humo, de ruido de ciclostiles, de hombres y mujeres abrigados compitiendo en su voluntario ímpetu (y esto era todo cierto, aunque sólo ahora, con la distancia de los años, podía empezar a verlo, a hacerse una imagen de ello, un mito); pensó en que sólo aquella democracia recién nacida podía merecer el nombre de democracia; era aquél el valor que poco antes iba buscando inútilmente en la modestia de las cosas y que no encontraba; porque aquella época ya se había terminado, y, poco a poco, la sombra gris del Estado había vuelto a sentar sus reales, lo mismo antes, durante y después del fascismo; la vieja separación entre administradores y administrados.

La votación que ahora empezaba iba a agrandar (Amerigo estaba, ¡ay!, seguro de ello) todavía más esta sombra, esta separación, alejando todavía más esos recuerdos, convirtiéndolos, de corpóreos y ásperos que eran, en cada vez más etéreos e idealizados. El locutorio del Cottolengo era, pues, el escenario perfecto para la jornada: ¿no era acaso este ambiente el resultado de un proceso parecido al experimentado por la democracia? En sus orígenes, también aquí debió haber (en una época en que la miseria era aún sin esperanza) el calor de una piedad que invadía a personas y cosas (quizás aún lo había ahora —Amerigo no quería excluirlo— en cada una de las personas y los ambientes de allí dentro, separados del mundo), y que debió crear, entre auxiliadores y desvalidos, la imagen de una sociedad distinta, en la que no era el interés lo que contaba, sino la vida. (Amerigo, como muchos laicos de escuela historicista, se enorgullecía de saber comprender y apreciar, desde su punto de vista, momentos y formas de la vida religiosa). Pero ahora esto era una gran institución asistencial-hospitalaria, con unas instalaciones ciertamente anticuadas, que bien o mal cumplía sus funciones, prestaba su servicio, y además se había hecho productiva, de un modo que en la época en que había sido fundada nadie lo hubiera podido imaginar: producía votos.

¿No será, pues, que lo que cuenta en todo es sólo el momento en que empieza, en que todas las energías están tensas, en que no existe sino el futuro? ¿No le llega a todo organismo el momento en que su normal administración, su rutina cambia? (¿Le ocurriría lo mismo —no podía dejarse de preguntar Amerigo— al comunismo?, ¿o le estaba ya ocurriendo?). O bien…, o bien, ¿lo que cuenta no son tanto las instituciones que envejecen como la voluntad y las necesidades humanas que siguen renovándose, restituyendo autenticidad a los instrumentos de que se sirven? Aquí, para dejar a punto esta sección (ya no quedaba más que pegar bien a la vista —según el reglamento— tres carteles: uno con los artículos de la ley y dos con las listas de los candidatos), aquellos hombres y mujeres desconocidos y en parte adversarios trabajaban juntos, y una monja, tal vez una Madre superiora, los ayudaba (le preguntaron si podrían tener un martillo y algunos clavos), y unas asiladas con delantal a cuadritos se asomaban apenas, llenas de curiosidad, y —¡Ya voy yo! —dijo una chica con la cabeza grande, adelantándose a sus compañeras, y echó a correr, riendo, y regresó con clavos, el martillo, luego corrió un banco.

Al mismo tiempo, se descubría en los patios mojados de lluvia toda una concurrencia, una excitación por estas elecciones, como si de una fiesta insólita se tratara. ¿Qué era? ¿Qué era este cuidado al fijar aquellos carteles cual blancas sábanas (tal como parecen los carteles oficiales, pese a toda su tinta negra que nadie lee), que acercaba a un grupo de ciudadanos, todos ellos ciertamente «integrados en la vida productiva», y a unas monjas, a unas pobres muchachas que del mundo conocían sólo lo que se ve yendo detrás de los entierros? En este concorde afanarse, Amerigo sentía ahora la nota falsa: en los de la mesa era el empeño que se pone durante el servicio militar para resolver dificultades que te son impuestas y cuyas finalidades permanecen ajenas a ti; en las monjas y las asiladas era como si alrededor de allí se estuvieran preparando trincheras, contra un enemigo, un asaltante: y este alboroto de las elecciones fuera precisamente la trinchera, la defensa, pero a la vez, de algún modo, también el enemigo.

Así, cuando los componentes de la mesa estuvieron en su puesto, esperando en la sala vacía, y afuera comenzó a moverse el pequeño grupo que se había formado, de personas que querían apresurarse a votar, al dejar pasar la policía municipal a los primeros, en todos ellos estaba la certeza de lo que estaban haciendo pero también el presentimiento de algo absurdo. Los primeros votantes eran unos viejecitos —asilados, o artesanos al servicio de la institución, o las dos cosas a un tiempo—, alguna monja, un cura, unas mujeres mayores de edad (Amerigo ya pensaba que éste podía ser un colegio electoral no muy distinto de los otros): como si la contestación que allí debajo se tramaba hubiese optado por presentarse en su aspecto más tranquilizador (tranquilizador para los demás, que de las elecciones esperaban la confirmación de lo de siempre; de deprimente normalidad para Amerigo), pero nadie se sintiese tranquilo (ni siquiera los demás), y en cambio, todos estuvieran esperando que de aquellos escondrijos invisibles se manifestase una presencia, acaso un desafío.

Y hubo una pausa en el fluir de los votantes, y se oyeron unos pasos, como un renguear, o mejor, un golpeteo de tablas, y todos los de la mesa miraron hacia la puerta. En la puerta apareció una mujer, muy bajita, sentada en un escabel, o sea, no propiamente sentada, porque no apoyaba las piernas en el suelo, ni le colgaban, ni las tenía dobladas. Piernas, no tenía. Este escabel, bajo, cuadrado, una banqueta, estaba cubierto por la falda, y debajo —debajo de la cintura, de las caderas de la mujer— no parecía que hubiese nada más: asomaban únicamente las patas del escabel, dos tablillas verticales, como las patitas de un pájaro. «¡Adelante!», dijo el presidente de la mesa, y la mujer empezó a avanzar, o sea, empujaba hacia adelante un hombro y una cadera y la banqueta se desplazaba de un lado, luego empujaba el otro hombro y la otra cadera, y la banqueta describía otro cuarto de circunferencia, y unida de este modo a su banqueta, rengueaba por la larga sala hacia la mesa, tendiendo la tarjeta de aviso.


IV

A todo se acostumbra uno, y más deprisa de lo que se cree. También a ver votar a los asilados del Cottolengo. Al poco rato, para los de este lado de la mesa, parecía la cosa más normal y corriente; pero, al otro lado, entre los votantes, seguía insinuándose la inquietud de la excepción, del quebrantamiento de la norma. Las elecciones en sí mismas no tenían nada que ver: ¿quién sabía algo de ellas? El pensamiento que les ocupaba parecía ser sobre todo el de la insólita prestación pública que se les exigía, a ellos, habitantes de un mundo oculto, en absoluto preparados para representar un papel de protagonistas bajo la inflexible mirada de extraños, de representantes de un orden desconocido; algunos sufriendo por ello, moral y físicamente (avanzaban camillas con enfermos y rengueaban las muletas de cojos y paralíticos), otros afectando una especie de fiereza, como de un reconocimiento, al fin, de la propia existencia. ¿Había, pues, en esta simulación de libertad que les había sido impuesta —se preguntaba Amerigo— un vislumbre, un presagio de libertad auténtica? ¿O era sólo la ilusión, durante un momento y basta, de existir, de darse a ver, de tener un nombre?

Era una Italia oculta la que desfilaba por aquella sala, el reverso de la que vive lujosamente al sol, que anda por las calles y que tiene aspiraciones, produce y consume, era el secreto de las familias y de los pueblos, era también (aunque no sólo eso) el campo pobre con su sangre envilecida, sus uniones incestuosas en la oscuridad de los establos, el Piamonte desesperado que siempre asedia de cerca al Piamonte eficiente y riguroso, era también (aunque no sólo eso) el fin de las razas cuando en el plasma se suman todos los males olvidados de desconocidos predecesores, la sífilis mantenida en secreto como una culpa, la embriaguez, único paraíso (aunque no sólo eso, no sólo eso), era el riesgo de un error que la materia de la que está hecha la especie humana corre cada vez que se reproduce, el riesgo (previsible, por otra parte, sobre la base de cálculo de probabilidades, como en los juegos de suerte) que se multiplicaba por el número de las insidias nuevas, los virus, los venenos, las radiaciones de uranio…, el azar que gobierna a la estirpe humana que se dice humana justamente porque se desarrolla al azar…

¿Y qué era sino el azar lo que había hecho de él, de Amerigo Ormea, un ciudadano responsable, un elector consciente, partícipe del poder democrático, de este lado de la mesa, y no —al otro lado de la mesa—, por ejemplo, ese idiota que se acercaba riendo como si jugase?

Frente al presidente de la mesa, el idiota se cuadró, hizo un saludo militar, tendió los documentos: carné de identidad, tarjeta de aviso, todo en regla.

—Muy bien —dijo el presidente.

Aquél tomó la papeleta, el lápiz, se cuadró de nuevo, volvió a saludar, se fue seguro hacia la cabina.

—Éstos sí que son electores como Dios manda —dijo en voz alta Amerigo, aun dándose cuenta de que era una salida banal y de mal gusto.
—Pobrecillos —dijo la interventora de la blusa blanca, y luego—: ¡Ah! Dichosos ellos…

Amerigo, rápidamente, pensó en el Sermón de la Montaña, en las varias interpretaciones de la expresión «pobres de espíritu», en Esparta y en Hitler que suprimían a los idiotas y a los deformes; pensó en el concepto de igualdad, según la tradición cristiana y según los principios del 89, luego, en las luchas de la democracia durante todo un siglo para imponer el sufragio universal, en los argumentos que oponía la polémica reaccionaria, pensó en la Iglesia que había pasado de ser hostil a favorable; y ahora el mismo mecanismo electoral de la «ley-estafa» que daría más poder al voto de aquel pobre idiota que al suyo.

Pero esta implícita manera suya de considerar el propio voto como superior al del idiota, ¿no eran ya un reconocimiento de que la vieja polémica antigualitaria tenía su parte de razón?

De «ley-estafa», nada. La trampa ya hacía mucho que había saltado. La Iglesia, después de un largo rechazo, había empeñado su palabra en la igualdad de los derechos civiles de todos los hombres, pero sustituyendo el concepto de hombre como protagonista de la Historia por el de carne de Adán mísera e infecta y que, no obstante, Dios puede salvar con la Gracia. El idiota y el «ciudadano consciente» eran iguales ante la omnisciencia y lo eterno, la Historia era devuelta a las manos de Dios, el sueño iluminista puesto en jaque cuando parecía que iba a vencer. El interventor Amerigo Ormea se sentía un rehén capturado por el ejército enemigo.


V

Entre los interventores se llegó espontáneamente a una división del trabajo: uno buscaba los nombres en el censo, otro los tachaba de una lista, un tercero comprobaba los documentos de identidad, otro dirigía a los votantes a esta o aquella cabina, según cuáles estuvieran libres. Para despachar esas operaciones de la manera más rápida y sin confusión, pronto se estableció un natural entendimiento entre ellos, e incluso un cierto acuerdo tácito en relación con el presidente, hombre mayor, lento, temeroso de cometer errores, que necesitaba que todos le estuvieran encima a fin de forzarle, mostrándose decididos cada vez que estaba a punto de ahogarse en un vaso de agua.

Pero aparte de esta división práctica de las tareas, tomaba cuerpo la otra, la verdadera, que los enfrentaba entre ellos. El primero en descubrirse fue una de las dos mujeres, la de la chaqueta naranja, nerviosa: empezó a poner reparos a causa de una anciana que había salido de la cabina agitando la papeleta abierta.

—¡Voto nulo! ¡Ha mostrado el voto!

El presidente dijo que él no había visto nada.

—Vuelva a la cabina, doble bien la papeleta, hágalo bien —le dijo a la anciana; y a la interventora—: Hay que tener paciencia… Hay que tener paciencia…
—La ley es la ley —insistió la interventora, con dureza.
—Si no hay mala intención —dijo un interventor, uno flaco, con gafas—, se pueden cerrar los ojos.

«Estamos aquí para tenerlos bien abiertos, los ojos», habría podido decir Amerigo en ese punto, en apoyo de la mujer de la chaqueta naranja, pero sentía deseos, en cambio, de entornarlos, como si de aquella procesión de asilados emanase un fluido hipnótico que lo hiciera prisionero de un mundo distinto.

Para un extraño como él era una procesión uniforme, en su mayor parte de mujeres, entre las cuales le costaba trabajo distinguir sus diferencias: había las que llevaban delantal a cuadros y las que iban de negro, con toca y chal, y las monjas blancas, negras y grises, y quién vivía en el Cottolengo y quién parecía llegar de fuera expresamente para el voto. Para él, sin embargo, todas eran de la misma partida, beatas sin edad, que votaban del mismo modo, y amén.

(De pronto se le ocurrió pensar en un mundo en el que no existiera la belleza. Y era en la belleza femenina en la que pensaba).

Estas chicas con trenzas, tal vez huérfanas o abandonadas, criadas en la institución y destinadas a quedarse allí toda su vida, a los treinta años tienen todavía el aire un poco infantil, no se sabe si porque son algo retrasadas mentalmente o porque han vivido siempre allí, y diríase que pasan directamente de la infancia a la vejez. Se parecen como si fueran hermanas, pero en cada grupo siempre se destaca una de más avispada, que se hace la diligente a toda costa, explica a las demás cómo se vota, y por lo que hace a las que van indocumentadas es quien firma conforme las conoce, tal como prevé la ley.

(Resignado a pasar todo el día entre aquellas criaturas opacas, Amerigo sentía una necesidad imperiosa de belleza, que se concentraba en el pensamiento de su amiga Lía. Y lo que ahora recordaba de Lía era la piel, el color, y sobre todo un punto de su cuerpo —donde la espalda forma un arco, claro y tenso al ser recorrido por la mano, y luego enseguida se alza dulcísima la curva de las caderas—, un punto en el que ahora le parecía que se concentraba la belleza del mundo, lejanísima, perdida).

Una de las «avispadas» ya había firmado por otras cuatro. Llegó sin carné de identidad una de aquellas todas de negro que Amerigo no sabía si eran monjas o qué.

—¿No conoce a nadie? —le preguntó el presidente.

Aquélla decía que no, asustada.

(Esta necesidad nuestra de belleza, ¿qué es?, se preguntaba Amerigo. ¿Un carácter adquirido, un reflejo condicionado, un hábito lingüístico? Y la belleza física, en sí, ¿qué es? ¿Un signo, un privilegio, un dato irracional de la suerte, como —entre éstas— la fealdad, la deformidad, la disminución física? ¿O es un modelo progresivamente distinto que nosotros nos imaginamos, histórico más que natural, una proyección de nuestros valores de cultura?).

El presidente insistía:

—Mire a su alrededor a ver si hay alguien que conozca, que pueda atestiguar.

(Amerigo pensaba que, en lugar de estar allí, podría haber pasado el domingo entre los brazos de Lía, y esta añoranza suya ahora no le parecía que estuviera en contradicción con el deber civil que le había llevado a hacer de interventor: procurar que la belleza del mundo no pase inútilmente —pensaba— también es historia, obra civil…).

La mujercita negra movía los ojos en torno sin comprender, y entonces apareció la habitual «avispada» y dijo:

—¡Yo la conozco!

(Grecia…, pensaba Amerigo. Mas, situar la belleza demasiado arriba en la escala de los valores, ¿no es ya el primer paso hacia una civilización inhumana, que condenará a los deformes a ser despeñados?).

—¡Conoce a todo el mundo, ésa! —se alzó la voz aguda de la mujer de naranja—. Presidente, pregúntele si sabe su nombre.

(Para pensar en su amiga Lía ahora Amerigo sentía como si hubiese de pedir disculpas a aquel mundo falto de belleza en que para él se había convertido la realidad, y Lía aparecía en el recuerdo como no real, una apariencia. Era todo el mundo de fuera que se convertía en apariencia, en niebla, mientras que éste, de mundo, éste del Cottolengo, llenaba de tal modo su experiencia, ahora, que parecía el único real).

La «avispada» ya se había adelantado, cogía la pluma para firmar en el registro.

—A Battistina Carminati la conoce, ¿no es cierto? —dijo el presidente, de un tirón, y aquélla, rápidamente:
—Sí, sí, Battistina Carminati. —Y firmaba.

(Un mundo, el Cottolengo —pensaba Amerigo—, que podría ser el único mundo en el mundo si la evolución de la especie humana hubiese reaccionado de forma distinta ante algún cataclismo prehistórico o alguna peste… Hoy día, ¿quién podría hablar de minusválidos, de idiotas, de deformes, en un mundo enteramente deforme?).

—¡Presidente! ¿Qué reconocimiento es ése? ¡Si se lo ha dicho usted! —Se enfureció la naranja—. ¿Por qué no le pregunta a la Carminati si conoce a la otra…?

(… Un camino que la evolución aún podría tomar, reflexionaba Amerigo, si es cierto que las radiaciones atómicas actúan sobre las células que contienen los caracteres de la especie. Y el mundo podrá poblarse de generaciones de seres humanos que para nosotros habrían sido monstruos, pero que para ellos serán seres humanos en el único mundo en que se podrá ser humanos…).

El presidente estaba confundido.

—¿La conoce, usted? ¿Sabe quién es? —decía, sin que se supiera a quién se dirigía.
—No sé, no sé —balbucía la negra, asustada.
—Pues claro que la conozco, el año pasado estaba en el pabellón San Antonio, ¿no? —protestaba la «avispada», volviendo la cara hacia la interventora naranja, que replicaba—: ¡Entonces, que le diga su nombre!

(Si el único mundo en el mundo fuese el Cottolengo, pensaba Amerigo, sin un mundo afuera que, para ejercer su caridad, lo domina, aplasta y humilla, tal vez este mundo podría convertirse también en una sociedad, iniciar una historia propia…).

El interventor flaco también intervino contra la de la chaqueta naranja:

—Viven aquí, se ven todos los días: se conocen, ¿no?

(Desde una posible humanidad distinta se nos recordaría como en las leyendas, como un mundo de gigantes, un Olimpo… Igual que nos sucede a nosotros: que acaso seamos, sin darnos cuenta de ello, deformes, minusválidos, respecto a una posible humanidad distinta, ya olvidada…).

—¡Si no se conocen el nombre, no es válido! —insistía la de naranja.

(Y cuanto más se sumergía en la posibilidad de que el Cottolengo fuera el único mundo posible, tanto más se debatía para no ser engullido por él. El mundo de la belleza se desvanecía en el horizonte de las realidades posibles como un espejismo y Amerigo todavía nadaba hacia el espejismo, para ganar de nuevo esta orilla irreal, y delante de él veía nadar a Lía, la espalda a flor del agua).

—Claro, si para hacer respetar la legalidad en esta mesa estoy yo sola… —decía la naranja, volviéndose a su alrededor, contrariada. Los otros interventores, en efecto, miraban sus papeles, como ocupados en otra cosa, como si trataran de apartar de ellos aquel asunto oponiéndole únicamente una actitud distraída, apenas un poco molestos, y Amerigo también, Amerigo que estaba allí expresamente para echarle una mano, tenía la cabeza muy lejos, como en sueños. Y en la parte despierta de sí reflexionaba que, total, aquéllos conseguirían de todos modos hacer votar sin documentos a quien quisieran.

Apoyado por el interventor flaco, el presidente se sintió con fuerzas para salir de su inseguridad y decir:

—Para mí el reconocimiento es válido.
—¿Puedo hacer constar en acta que me opongo? —dijo la otra, pero el haber planteado la cuestión como una pregunta ya era darse por vencida.
—No hay que hacer constar en acta absolutamente nada —dijo el flaco.

Amerigo dio la vuelta a la mesa, se puso detrás de la mujer naranja y dijo, despacio:

—Tranquila, compañera, esperemos. —La mujer lo miró interrogativa—. No vale la pena impugnar nada. Ya llegará el momento. —Aquélla se sosegó—. Debemos atacar un caso general.

(Continuará...)

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