Pinktoes (VII)

Chester Himes











ELLA SIGUE SIENDO ELLA

CUANDO WALLACE se despertó aquella mañana para encontrarse en la cama con Patty Pearson, que, al fin y a la postre, tenía que dormir en alguna parte, sintió tal horror que se levantó de un salto y se fue a su cuarto. Ya estaba bastante mal ser infiel a una mujer, pero ser infiel a dos mujeres era algo inimaginable. En realidad, Wallace no cometió una infidelidad. Aunque Patty trató de hacérsela cometer, teniendo en cuenta lo borracho que él estaba, no lo consiguió. Pero él ignoraba ese detalle, y Patty no estaba dispuesta a decírselo.

Entretanto, Juanita hizo cambiar la cerradura de su departamento, dejando a Wallace en la calle, y yéndose ella a casa de su madre.

Al encontrarse «encerrado» en la calle y ver que su mujer había volado, Wallace, naturalmente, telefoneó a Peggy, pero ésta seguía tan enfadada con él por haber establecido un paralelo entre ella y el gato de Adán, con lo que aborrecía a los gatos, que no hubiera aceptado sus excusas si él se las hubiese ofrecido. Pero Wallace se hallaba tan afligido, que no pensó en disculparse por lo del gato. En cambio, trató de disculpar a su mujer. Sin embargo, como Peggy no estaba implicada con su mujer, aquella disculpa le pareció inoportuna, por lo cual le dijo que habían terminado y que se volviese con aquélla. Wallace, por supuesto, no le informó que ya había intentado volver con su mujer, pero que ésta no estaba en casa. Entonces decidió irse a desayunar. Todo el whisky qué había ingerido despertó en él un apetito voraz, tragándose dos raciones de salchichas, huevos fritos y sémola de maíz molido. Luego se marchó a rasurarse.

Al no telefonearle Wallace nuevamente, Peggy se imaginó que se había tirado desde lo alto de un rascacielos, pues esto es lo primero que imaginan las mujeres en tales circunstancias, y se puso a telefonear desesperada a uno y otro, para impedir el suicidio. Pero nadie sabía dónde estaba, por la sencilla razón de que se había inscrito en un hotel bajo nombre supuesto, para poder tomar un baño. Después de esto, todos supieron que su amante blanca lo buscaba para organizar los últimos detalles de su huida.

Y fue así como se esparció por Harlem la voz de que Wallace Wright había abandonado a su esposa de color, de mediana edad, que había sido su esclava y se había sacrificado por él durante los veinte años de su matrimonio, para escaparse con una rozagante joven blanca que podía ser su hija. Según este rumor, Juanita se había arrojado al río Harlem, de donde la sacaron ahogada, mientras Wallace huía al Canadá con su querida blanca. Varias personas dignas de crédito los habían visto subir al tren. Y, naturalmente, centenares de ansiosas personas de color se alinearon a orillas del río Harlem, para ver por sí mismas cómo las embarcaciones dragaban el fondo del río en busca del cadáver de Juanita. Poco importaba que el dragado se efectuase para ahondar el lecho del canal, porque ellos tampoco lo sabían.

Naturalmente, el orgullo de raza fue en su ayuda.

Las organizaciones femeninas difundieron los slogans siguientes:

Debes tener satisfacción por ser negro como el carbón… El color de la codorniz tiene que hacerte feliz.

Después de esto, los supermercados hicieron su agosto vendiendo cremas para blanquear y productos para alisar el pelo. Un tipo listo se compró un Cadillac de oro macizo con el dinero que ganó vendiendo un producto para el baño, llamado «No más negros». La verdad era que el único efecto que producía en la piel negra no era otro que el de darle un tono gris ceniciento, pero, en cambio, blanqueaba el pelo, lo cual resultó muy embarazoso para las señoritas casaderas. Un futuro marido deseoso de realizar ceremonias prenupciales con su futura costilla, se quedó de una pieza al descubrir que el pelo del pubis de su novia era canoso como el de una anciana.

Para no quedarse atrás, los oradores callejeros y los clérigos exhortaron a sus respectivos auditorios con afirmaciones tan tranquilizadoras como éstas:

Los negros son fieles… Los negros son sinceros.

Sin embargo, los especialistas en el vudú vendieron todas sus existencias de libros amorosos, menstruos secos para mezclar con pasta de harina, aceite vaginal garantizado como infalible cebo amoroso, toda clase de amuletos e imágenes de cera con superficies blancas y cabellos rubios. Nathan, herbolario, se enriqueció de la noche a la mañana. Los gatos desaparecieron de las calles a consecuencia de la gran demanda de patas de conejo. Y hubo un sinfín de pequeños accidentes, que dejaron incapacitados temporalmente los órganos genitales de maridos y novios sospechosos.

Es evidente que hacían falta mayores seguridades. En consecuencia, los historiadores de color afirmaron sin lugar a dudas, que:

1) Cleopatra era negra.
2) La reina de Saba era negra.
3) Dido era negra. Fue la primera reina de Cartago, y Cartago estaba en África, ¿recuerdan ustedes?
4) Fátima era negra. Era la única hija de Mahoma, y, como todo el mundo sabe, Mahoma era negro.
5) Afrodita era negra. En prueba de este aserto se exhibían fotografías de estatuas de bronce.
6) Eva era negra. Si no del todo, al menos muy morena. Si no fuese morena, ¿por qué el Señor la bautizó con el nombre de Eva, que, como es sabido, significa moreno? Y cualquier buen diccionario define a moreno como «bastante oscuro».
7) El pecado original era negro, y, ¿qué fue el pecado original, sino la primera cópula entre un hombre y una mujer?

La musa inspiró a los poetas de color versos apasionados, como el poema hoy famoso, titulado Cuanto más blanca sea la cara, más negra será la ignominia, que es tan conocido que no hace falta citarlo. Pero sí citaremos otro poema bellísimo, no tan conocido, y que se titula: Si yo pudiese elegir:

Si yo pudiese elegir
preferiría ser una mujer negra
en una choza
entre la broza
zarrapastrosa
que una mujer blanca
a plena luz
pudiendo pensar
—ciega había de estar—
que podía excitar
a Wallace Wright.

Era perfectamente natural que los odios de raza surgiesen en pos del orgullo racial. Corrieron rumores de que diversas señoras de color empezaron a boicotear la leche porque era blanca.

No obstante, el incidente más revelador tuvo lugar en el metro, entre Columbus Circle y la Calle Ciento Veinticinco. Una señora blanca que estaba de pie, en el pasillo, vio una chinche que se paseaba por el cuello del vestido de una señora de color que iba sentada a su lado. Con el mayor sigilo, para no llamar la atención, la señora blanca tomó cuidadosamente la chinche entre el índice y el pulgar. La señora de color vio que la señora blanca retiraba la mano y le preguntó con suspicacia:

—¿Que está usted haciendo?

La señora blanca le mostró solemne y silenciosamente la lucida chinche.

—¿Dónde la encontró usted? —le preguntó la señora de color.

Con cierto embarazo, ella señaló el cuello del vestido de la señora de color.

—¡Vuelva a ponerla aquí! —gritó airada la señora negra—. Esto es lo malo de ustedes, los blancos, que quieren quitarnos todo lo que tenemos.

¿Significa todo esto que las señoras de color de Harlem iban en camino de perder su fe? ¡En absoluto! Esto demuestra que su fe era más viva que nunca. Sin poseer una gran fe, jamás hubieran llegado a adoptar medidas tan drásticas para retener a sus hombres, sabiendo que a éstos les gustan las mujeres blancas, con fe o sin ella.

¿Hace falta decir que las señoras de color se pusieron todas de parte de Juanita contra Wallace? De haber encontrado al malandrín, sin duda lo hubieran aporreado. De nada sirve tener demasiada fe en la fe, cuando una buena paliza a la antigua da el mismo o mejor resultado.

Cuando Patty vio por dónde iban todos, tomó el mismo camino, naturalmente. Al fin y al cabo, era Mamie Mason quien lo había urdido todo. Esto fue lo que dijo Patty, pero no dijo que Mamie había hecho que aquella lesbiana blanca persiguiese a Wallace en una de sus fiestas, sólo porque Juanita observó que a Mamie le gustaban tanto los blancos, que introdujo la segregación en su propia capacidad sexual, reservando lo mejor para los blancos y dejando las sobras para los negros. Pero sus invitados ya se lo imaginaban. ¿Qué otra cosa podía esperarse, con todos aquellos blancos y negros frenéticos mezclados, revueltos y beodos en las orgías que organizaba Mamie Mason en su casa? Si la verdad se supiese, amigo, aparecerían muchas otras sábanas en la misma colada, que aún no se habían blanqueado. Pero esto era lo que decían ellos, no Patty.

Cuando esta historia se difundió, todos la emprendieron contra Mamie, dejando en paz a Wallace. De no haber sido porque Mamie Mason le endosó deliberadamente aquella prostituta blanca, Wallace hubiera continuado siendo fiel a todas las mujeres de color de Harlem, todo lo fiel que hubiera sido capaz, que Dios bendiga su dulce corazón, decían. Al fin y al cabo, Wallace no era más que un hombre de color de espíritu sencillo, aunque pareciese blanco y se considerase diferente. Pero Mamie, al fin mujer, sabía que a oscuras no había diferencias.

Lo que enfureció tanto a Mamie, fue que precisamente Patty Pearson, su mejor amiga, cometiese aquella solapada traición y tratase de boicotear su baile de máscaras anual. El simple hecho de que Mamie hubiese hecho correr la voz de que Juanita encontró a Wallace acostado con la mujer blanca en el departamento de Patty, no era motivo para que ésta torpedease el mayor acontecimiento social del año, porque, al fin y al cabo, ella y Patty Pearson eran amigas desde hacía demasiado tiempo para que Patty se enfadase por una pequeña mentira sin malicia. ¿Qué mal había en mentir a costa de nuestros amigos? Con lo poco que se sabía sobre los demás, a veces incluso se podía acertar.

Naturalmente, el baile de máscaras estaba organizado por la propia Mamie Mason, y la fecha estaba fijada para muy pronto, en la sala de baile del Savoy, a partir de las diez de la noche hasta el amanecer del día siguiente. Pero en honor a la verdad histórica, como Mamie creía a pies juntillas en los procedimientos democráticos, se anunció que el baile estaría patrocinado por La Societé des Mondaines du Monde de Harlème, de la cual Mamie era fundadora, organizadora, presidenta y dictadora. Y lo que hizo de la fiesta un acontecimiento social tan relevante fue el hecho de que a ella asistirían todos los amigos blancos de Mamie Mason, junto con docenas de otras personas blancas que ardían en deseos de ser amigas suyas.

Fue verdaderamente repugnante que Patty Pearson, que pertenecía a la junta, comprometiese el éxito del baile contando que Mamie Mason, que sería la Reina Enmascarada, había hecho que los Wright se separasen a causa de una mujer blanca, porque a Patty le constaba perfectamente que ninguna blanca se atrevería a presentarse en Harlem en tanto la voz popular las acusase de conquistar a todos los hombres de color, especialmente a los mejores. Ninguna mujer blanca se arriesgaría a jugarse la vida yendo a Harlem en momentos como aquellos, para bailar en el Savoy con un marido negro sospechoso de infidelidad.

Y Mamie sabía que, si las cosas seguían así, Wallace Wright acabaría por convertirse en un mártir tan completo, que Art Wills tendría que hacer un reportaje gráfico sobre él para el primer número de la revista que se proponía publicar, con Brown Sugar o sin ella. Lo cual sería lo peor que les podía suceder a las relaciones raciales entre blancos y negros. Y esto impediría que el artículo principal del primer número de la revista estuviese dedicado a su baile de máscaras, léase a ella misma, mírese por donde se mire.

Por lo cual, Mamie dijo a todo el mundo, con excepción de sus amigos más íntimos, que aquella misma tarde se iba a Chicago en el tren de las 13:15. Después descolgó el teléfono.

Empezó por telefonear a Mrs. Anna Kissock, esposa del doctor John Stetson Kissock, el rechoncho presidente del Comité del Sur para la Preservación de la Justicia, en el Hotel Commodore, donde ambos paraban aquella semana.

Lo único que quería pedir a Mrs. Kissock era que convenciese a Wallace y a Peggy, su amante blanca, para que se encontrasen en un lugar discreto y acordasen suspender sus relaciones. Como ella y el doctor Kissock eran los mejores amigos de Wallace, éste la escucharía.

—¡Oh, cuánto deseaba hacer algo para resolver este asunto! —dijo—. Estaba preocupadísima. Wallace estuvo aquí anoche para ver a mi marido, y entonces ya quise decirle que dejase a esa mujer. Aunque fuese por su salud. No puedo imaginar qué le hace ella, pero el pobrecillo tiene un aspecto muy demacrado y cansado.

Mamie estaba tan agradecida de que Mrs. Kissock siguiera su camino para hacer esta cosa magnífica por el problema negro, que consintió en que se encontrasen en su propio apartamiento, una vez que ella hubiese partido hacia Chicago. Sería el sitio mejor para que cualquiera pensara en buscarlos, asegurándoles, por ende, contra cualquier ulterior chismorreo. Mrs. Kissock convino de todo corazón, encantada de ser útil en tan delicada situación. Así, si Mamie le dejase la llave de su departamento en la portería, ella vendría a esperarlo temprano.

Después de esto, Mamie telefoneó sucesivamente a sus mejores amigas de ambas razas.

A Alice Overton, completamente de color, esposa de Willard B. Overton, presidente del NAI (que los cínicos de Harlem llamaban Negrura Abundante Integrada), y que era la mejor amiga de Juanita Wright.

Dora Steele, de color oscuro, esposa del médico de Brooklyn James Steele, que quería enseñar a Julius su… ejem… sombrero.

La blanca y pecosa Debbie Wills, esposa de aquel gran hombre blanco del mundo editorial llamado Art Wills.

Maiti Brown, ligeramente coloreada, dueña de un pecho opulento y esposa del profesor de color doctor Baldwin Billings Brown.

La rubia y sonrosada Kit Samuels, esposa del profesor blanco Isaiah Samuels, que había venido sola a la ciudad para recibir la… ejem… bendición del reverendo Riddick.

La blanquísima Merto, coleccionista de aparatos artificiales, esposa… ejem… es decir, que se hacía pasar por la esposa de Maurice Gordey, el embaucador.

Bessie Shirley, de color amarillo claro, trapecista y esposa de Milt Shirley, el editor de periódicos, negro y mirón apasionado.

Y Evie Miller, de color amarillo subido, esposa de Moe Miller, negro como el carbón, gran periodista y afamado luchador con las ratas, aunque para hablar con ella Mamie tuvo que telefonear a Baltimore, donde los Miller estaban asediados por las ratas.

Mamie les dijo lo mismo a todas:

—Chica, esta noche tienes que venir a mi casa. Le están ocurriendo cosas terribles a Wallace Wright y tenemos que hacer algo para salvar su reputación.

No dijo qué cosas terribles eran, pero, desde luego, ya se lo podían imaginar.

Luego hizo que todas le prometiesen que no revelarían su destino, ni siquiera a sus maridos, ni harían la menor alusión al asunto, porque tenía que ser ignorado, o, de lo contrario, ella no respondía de la reputación de Wallace. Había dicho a todo el mundo menos a ellas que tomaba el tren de las 13:15 para Chicago, y, durante el resto del día, ni siquiera pensaba contestar al teléfono, para rodear las cosas de la máxima garantía de secreto.

Naturalmente, todas vinieron. Dejaron lo que estaban haciendo y se fueron a casa de Mamie. ¿Cómo podían quedarse al margen cuando ocurrían cosas tan terribles a Wallace Wright, con tanto secreto, que ninguna de ellas se había enterado.

Acaso se había convertido en uno de esos. ¡Noooo! Nunca se sabe, querida, él ya tenía ciertas inclinaciones hacia este lado. ¿No sería eso lo que acabó con Dick, dirigente racial que cambió de camisa? Quizá no hay mal que por bien no venga, querida, teniendo en cuenta lo pequeña que la tenía. Chitón, querida, no pienses esas porquerías; imagínate que se hubiera escapado con un hombre blanco…

Naturalmente, Evie Miller tuvo que decírselo a Moe, para que éste le permitiese regresar a su casa infestada de ratas. Pero cuando supo las cosas espantosas que Wallace hacía en secreto, decidió acompañarla.

—Yo iré contigo y estaré con mi amigo Joe —dijo—. Con rata o sin ella.

Entonces se le ocurrió enviar el siguiente telegrama al editor de noticias de la ciudad:

SALGO EN POS DE WRIGHT STOP HABRÁ JALEO.

Todas las demás siguieron al pie de la letra las instrucciones de Mamie concernientes a sus respectivos maridos.

Naturalmente, Alice Overton tuvo que telefonear a su mejor amiga, Juanita, para decirle que pasaba algo raro en casa de Mamie Mason. ¿Qué otra cosa podía hacer, teniendo en cuenta las cosas espantosas que estaban sucediéndole a Wallace? Aconsejó a Juanita que fuese allí lo antes posible, para apostarse junto a la puerta del departamento de Mamie, para ver al menos quién iba y venía. Juanita le dió las más efusivas gracias y dijo que avisaría a Big Burley, el famoso detective de color, al que había contratado para que le procurase pruebas en caso de que necesitase solicitar el divorcio.

—Muy bien, chica, veo que me has comprendido —dijo Alice.

Dora Steele telefoneó a su amiga íntima, Daisy Perkins, esposa del dueño de una funeraria de Brooklyn, para decirle que se iba a casa de Mamie Mason, donde se estaba tramando un nuevo y espectacular escándalo sobre el asunto de los Wright. Y no le sorprendería en absoluto que fuese algo descubierto por Julius Mason sobre el hijo ilegítimo de Wallace, ya que nadie lograría convencerla de que Wallace iba a renunciar a su carrera, por una de esas mujeres, de no haber una criatura de por medio. A continuación advirtió a Daisy que no dijese una palabra a nadie.

¿Qué clase de amiga hubiese sido Daisy si no hubiese telefoneado a Mrs. Lillian Davis Burroughs, la mejor entre todos, a la cual sus íntimos llamaban Brown Sugar, para comunicarle que tenían fotografías auténticas de Wallace en plena acción, —«haciendo cosas que ni siquiera me atrevo a mencionar»—, porque ella era tan lista que sabía que en realidad fue Art Wills, el gran periodista amado por Brown Sugar, quien había tomado las fotografías de marras? Ella únicamente deseaba que Brown Sugar supiese qué clase de hombre era aquel Art Wills, un hombre capaz de tomar esas fotografías pornográficas de Wallace, porque, al fin y al cabo, ella era del mismo pueblo de Brown Sugar, o sea de Piney Ridge, en Tennessee, y no quería que Brown Sugar se dejase fotografiar, al menos en aquellas posturas.

Maiti Brown dijo a la señora de la casa donde se alojaba en Jamaica (Long Island), que antes de volver con su marido, que estaba en la Universidad, de no regresar a la hora de la cena sería porque la habían retenido en casa de Mamie Mason, donde un grupo de señoras dotadas de gran espíritu cívico iban a reunirse para examinar los hechos que ocurrirían en el escándalo de los Wright, a fin de determinar qué efectos tendría el mismo a la larga sobre la virilidad de los negros.

Kit Samuels telefoneó al reverendo Mike Riddick y le dijo:

—¡Oh, reverendo, esto está que arde!
—¡Santo Dios, Kit, voy corriendo! —exclamó el clérigo.
—Oh, no me refiero a eso —dijo ella con una risita—. Es que Mamie Mason reúne a sus amigas esta tarde, y esto me ha hecho pensar en usted. Supongo que estará usted bien.
—Estoy como nunca, Kit —respondió el reverendo Riddick—. Y dispuesto a asistir a reuniones de señoras con la lanza en ristre. ¿Cómo está el profesor Samuels?
—Muy bien, gracias. No ha podido venirse esta vez.
—Pobre hombre. Sin duda se debe a exceso de trabajo. Pero si permite que lo diga, yo siempre estoy dispuesto a venirme, cuando se trata de usted.

El reverendo escuchó la risa cristalina y placentera de Kit.

—Estaba segura de ello —dijo—. Es usted muy amable.

Como Maurice Gordey no era en realidad su marido, Merto no tuvo inconveniente en decirle que se iba a casa de Mamie Mason aquella tarde, para discutir el problema negro. Maurice dijo a Lorenzo Llewellyn, a quien por entonces ya se lo confiaba todo, que Mamie Mason organizaba una reunión para hablar del problema negro. ¿Creía por casualidad que Moe Miller asistiría a ella? Pero el parecer de Lorenzo fue contrario, arguyendo que la competencia…

Bessie Shirley le comunicó al botones del Hotel Theresa que cuando viniese el día de la lotería en busca de su combinación diariale dijese que se había ido a casa de Mamie Mason a airear algunos trapos sucios, y que si no le era demasiado molesto, hiciese el favor de pasar por allí, porque creía que aquel bien pudiera ser el día indicado para jugar al 409, pero no sabría la combinación que deseaba hasta que viese quién más asistía a la reunión. Acaso desearía comenzar por el 0, por ejemplo, 0-9-4.

Lo malo del caso fue que nadie avisó a Joe. Tuvo que enterarse por su cuenta y riesgo. Cuando volvió de Buffalo exactamente a la misma hora en que Mamie había anunciado su partida para Chicago, telefoneó a casa. Naturalmente, nadie respondió, y entonces telefoneó a Patty Pearson para preguntarle si Mamie estaba allí. Patty se mostró muy amable y le dijo que Mamie se había ido a Chicago, sin añadir una palabra acerca de su preocupación por el ruido que se oía en el piso de Mamie, que estaba encima del suyo.

Apenas las invitadas de Mamie acababan de reunirse para tomar el té con pastas, acompañado de ron y whisky, Joe llegó al departamento. Lo malo es que Joe traía consigo a su secretaria, Kathy Carter. Abrió con su llave la puerta delantera e hizo pasar a Kathy delante, como era propio de un caballero que introduce a una dama en su domicilio. Sólo entonces se dio cuenta de la reunión de señoras. De lo contrario, le hubiera dado con la puerta en las narices a Kathy, corriendo a los brazos tendidos de su esposa como un marido amantísimo que regresaba de un ajetreado viaje de negocios, dispuesto a todo.

Pero los brazos de su esposa no estaban precisamente tendidos en aquel momento. En realidad, estaba vuelta de espaldas a la puerta y le hizo mucha gracia el súbito estupor que se reflejó en el rostro de las señoras reunidas. Los ojos de Maiti Brown parecían saltársele de las órbitas.

Mamie creyó que era Mrs. Anna Kissock que usaba la llave que ella le había dejado en la portería, así es que dijo:

—Supongo que todas ustedes conocen ya a Mrs. Anna Kissock.

Esto no hizo más que redoblar el pasmo de las reunidas, al ver como ella se volvía para dar la bienvenida a tan distinguida dama.

Ni qué decir tiene, Mamie también se llevó una sorpresa mayúscula.

—No tenía la menor idea de que estuvieses aquí —exclamó Joe, de manera a todas luces innecesaria.
—¿Con que no tenían ninguna idea, eh? —dijo Mamie en tono amenazador.
—Telefoneé, pero no me contestaron.
—¿Con que telefoneaste, eh?
—Me traje a Katherine para que me tomase unas notas.
—¿Qué clase de notas, querido? —le preguntó Mamie, con acritud.
—¿Qué notas van a ser? Las suyas por supuesto —observó Kathy.
—No, no creo que fuesen tus notas, querido —dijo Mamie—. Por más que lo intentes.
—Bien, no hay por qué ponerse así —dijo Kathy, adoptando una actitud defensiva—. Yo tengo que tomarle sus notas alguna vez, ¿no? Al fin y al cabo, no puedo tomarlas cuando él no está, ¿no les parece a ustedes?
—Por lo que tú sabes, querida, esto no sería demasiado difícil —dijo Mamie.
—Pues si él quiere notas, yo se las tomaré —afirmó Kathy, retadora—. Al fin y al cabo para eso me pagan.
—No lo dudo, querida —repuso Mamie—. Si pusieses juntas todas las notas que has tomado, tendrías otra sinfonía del Nuevo Mundo.
—Bien, si tocase la flauta como tú, cariño, estaría rebosante de notas —observó Kathy.
—¿Joe también escribe música? —preguntó Maiti Brown, asombrada—. ¿A qué clase de notas se refiere?
—Es lo que yo también querría saber —dijo Merto.
—Traigo esas notas conmigo —dijo Joe—. Las tengo aquí, en mi cartera.
—Sería muy embarazoso que no las tuvieses —comentó Merto—. Especialmente, después que ella ha venido a tomarlas.
—¿El qué, sus notas? —preguntó Maiti Brown, a punto de desmayarse—. Sería el colmo que hubiese traído a su secretaria aquí para tomar notas y luego resultase que no las lleva en la cartera.
—Comprendo que no hayas traído a tu secretaria aquí para que escriba al dictado sin tus notas —dijo Mamie—. ¿Pero por qué no podíais ir a tu despacho?
—Pensé que aquí estaríamos más cómodos —dijo Joe—. He tenido un viaje muy fatigoso.
—Si tanto te preocupan las notas de tu marido, puedes tomarlas tú misma—dijo Kathy a Mamie—. Hay mucho maíz por pelar en el campo.
—Nadie te censura por ello, querida —le dijo Mamie a Kathy—. Tú ya has pelado todas las panochas que has podido.
—Qué le vamos a hacer, si eres así —dijo Kathy a Mamie—. Si decidiese ser vegetariana, desearía algo más que puntas de espárragos. Espero que comprenderás lo que quiero decir.
—Estoy segura de que preferirías sandías y calabazas, querida —dijo Mamie a Kathy.
—Bien, debo reconocer que me alivia oír que hablan de horticultura —confió Maiti Brown a Dora Steele—. De momento creí que se referían a cosas ocultas bajo las ropas de Joe.

Les evitó continuar por estos derroteros la entrada de la verdadera Anna Kissock que, igualmente, quedó no menos sorprendida a la vista de aquella reunión.

—¡Oh, Mamie querida! —exclamó, contrariada—. Yo sólo esperaba ver a Wallace.
—¿Ha dicho Wallace? —inquirió sorprendida Maiti Brown en un susurro—. Dios, ¿también lo persigue?
—Todas somos amigas suyas —le aseguró Mamie.
—Sí, por supuesto —admitió Mrs. Kissock—. Pero tú me dijiste que estarías ausente, y yo suponía que estaríamos solos, con ella también, desde luego.
—¡Dios mío, todos al mismo tiempo! —exclamó Maiti Brown con horror creciente—. ¿Los dos?
—Y pensar que aún no lo conozco —dijo Merto, pesarosa.
—En el último momento llegó Evie Miller de Baltimore —explicó Mamie a Mrs. Kissock—. Y esas chicas creyeron que yo debía quedarme para que nos reuniésemos todas con Evie, a fin de explicarle lo sucedido por la importancia que tiene saber por dónde se debe empezar.
—Sí, eso lo entiendo —dijo Mr. Kissock—. ¿Pero, no se sentirá, más bien embarazado, Wallace? —sólo espera encontrar a dos personas. He hablado con él por teléfono para explicarle lo que deseamos. Lo que yo me pregunto es si querrá hacerlo en presencia de tantas personas.
—Pero si todas queremos a Wallace —exclamó Alice.
—¿Quién te ha dicho que yo lo quiero? —vociferó Maiti.
—Dichoso Wallace —dijo Merto—. Acaso una sola conseguiría más cosas. Si pudiese estar sola con él, sin que nadie nos molestase, es decir…
—Después pensamos que deberíamos hablar con cada uno de ellos por separado —le explicó Mamie.
—¿Es que hay más de uno? —preguntó Mrs. Kissock, asustada.
—¿Queréis hacer el favor de explicarme de qué estáis hablando? —dijo Kit Samuels con tono quejumbroso.
—Supongo que ya conoces a Wallace Wright, querida —dijo Mamie—. Estamos tratando de decidir qué vamos a hacer con ella.
—¿Con ella? ¿Con Wallace? ¿Acaso lo han sometido a una de esas operaciones? —preguntó Kit estupefacta.
—Lo que deberíamos hacer es ir a verla todos —propuso Dora Steele—. Enviarle un ultimátum.
—¿A Wallace? —preguntó Kit en el colmo de la sorpresa—. ¿Queréis decir convencerlo para que ordene que se los pongan de nuevo? ¿Es que esto es posible?
—¿Ir a verla todos? —repitió Mrs. Kissock—. ¿Pero y Wallace, qué? No comprendo cómo podremos obligar a Juanita que lo admita en tales circunstancias.
—Francamente —dijo Kit— ni yo tampoco.
—Yo, por mi parte, creo que Juanita también quiere una —dijo Bessie Shirley.
—Entonces, que le den la que tenía Wallace —dijo Kit.
—¿Por quién la has tomado? —dijo Alice Overton, indignada—. Ella no quiere una para hacerle a Wallace lo que él le hizo a ella.
—¿Y por qué no? —dijo Kit—. Si a ella le gustaba no veo por qué a él no tiene que gustarle también.
—Basta que una la tenga para que todas la quieran —dijo Alice Overton con amargura.
—Pues yo no —dijo Merto—. Es decir, para mí, no.
—¿Qué es esa cosa de la que todas habláis? —dijo Maiti Brown, perpleja.
—Por Dios, no seas tan ingenua —la recriminó Bessie Shirley—. En Francia casi todos los hombres tienen una, si pueden permitírsela.
—¡Santo Dios, yo creía que todos la tenían! —exclamó Kit Samuels.
—Todos los hombres de color son iguales —dijo Dora Steele con rencor—. Si es blanca, la consideran algo especial.
—Y los hombres blancos lo mismo, si es negra —dijo Bessie Shirley—. ¿Qué os parece?
—No hace falta que me lo digas —observó Maiti Brown—. Uno de ellos trató de violarme aquí, en esta misma habitación.
—¡Dios Todopoderoso! —exclamó Mrs. Kissock, estremeciéndose—. ¿Con qué?
—Según dice la antropología, los polos opuestos se atraen —observó Kit Samuels.
—Mi marido dice que es algo puramente psicológico —terció Alice Overton—. Pero una vez conseguimos librarnos de la obsesión del fruto prohibido…
—Oh, ya me acuerdo de quién es usted —dijo Merto—. Usted es la esposa de Mr. Willard B. Overton. Conozco a su marido, pero a mí no me ha dicho nada sobre el fruto prohibido.
—¿Y puede saberse qué le dijo mi marido, querida? —le preguntó Mrs. Overton.
—Oh, se limitó a hablar del problema negro, de los sacrificios y de lo bueno que esto era —repuso Merto.
—Y supongo que esas conversaciones se desarrollaron en la intimidad de su tocador, cuando su marido se hallaba ausente —apuntó amablemente Mrs. Overton.
—Oh, no tuvieron nada de íntimas —dijo Merto—. ¿De qué sirve hablar en la intimidad?

La posibilidad de que ambas se agarrasen de los pelos en una anticuada pelea fue evitada en aquel momento por la llegada de Patty Pearson, borracha como una cuba y rebosante de afecto hacia todos.

—¡Pichoncito mío! —exclamó abrazando a Mamie y estampando un sonoro beso en su mejilla—. ¿A quién estáis criticando?

Patty no estaba dispuesta a quedarse sentada, en su departamento, pensando si la estaban criticando a ella.

Mamie se puso furiosa.

—¿Qué significa esto de venir a mi casa sin que te inviten? —exclamó, furiosa, desasiéndose del abrazo de Patty.
—Pero pichoncito, ¿no fuiste tú la que me telefoneó hace un momento para rogarme que subiera a tu casa? Me pareció que era tu voz, aunque no entendí ni una palabra.
—No pienses que te lo explicaremos todo porque has tenido la desfachatez de venir —le advirtió Mamie—. No lo haremos, porque te considero una traidora.
—¿Yo, traidora con lo buena que soy? —se lamentó Patty, con voz pastosa de borracha—. Pero si lo único que yo dije fue que solamente tú sabías que Wallace estaba en mi casa con ella y conmigo…
—¡Santo Dios! —exclamó Maiti Brown—. ¡Otras dos! Este tipo debe de ser una cabra con piel de oveja.
—Antes de que te acuse ante todas de que has armado todo este escándalo con el propósito de torpedear mi baile de máscaras, os pondré a las tres en presencia de Wallace y a ver qué pasa —dijo Mamie, amenazadoramente.
—¡Eso tengo que verlo! —dijo Maiti Brown.

Patty amenazó a su vez:

—Si me avisas de armar todo este escándalo, traeré a Wallace aquí, a presencia de todas vosotras.
—No creas que yo no he pensado en esto, cariño —dijo Mamie—. Wallace vendrá aquí esta tarde.
—Dios mío —dijo Mrs. Kissock—. Si viene Wallace, la raza negra retrocederá veinte años.
—¡Todas nosotras! —dijo Maiti Brown en un susurro temeroso—. ¿Pero qué son veinte años?

(Continuará…)

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