En el barranco (I)

Antón Chéjov













I

La aldea de Ukléievo se asentaba en un barranco, por lo que desde la carretera y la estación de ferrocarril sólo se divisaban el campanario y las chimeneas de las fábricas textiles. Cuando algún viajero preguntaba qué aldea era esa, se le respondía:

—Aquella en la que el sacristán se comió todo el caviar en un entierro. Pues en cierta ocasión, en el funeral del fabricante Kostiukov, el viejo sacristán, tras ver entre los entremeses una fuente de caviar, se lo comió todo con avidez; trataron de hablarle, de cogerle por la manga, pero parecía fuera de sí a causa del arrobamiento: no se enteraba de nada y se limitaba a comer. Se comió todo el caviar, y eso que había unas cuatro libras.

Había pasado mucho tiempo desde entonces y el sacristán había muerto tiempo atrás, pero aún se seguía recordando el suceso del caviar. Debía de ser que la vida local era en extremo pobre o que la gente sólo había reparado en ese suceso insustancial, que había acontecido diez años antes, pues era lo único que se comentaba a propósito de Ukléievo.

En la aldea no habían desaparecido las epidemias de fiebres e incluso en verano había una espesa capa de barro, especialmente junto a las cercas, sobre las que se inclinaban los viejos sauces, proyectando su ancha sombra. El lugar siempre olía a los desechos de las fábricas y a ácido acético, que se utilizaba en la elaboración del percal. Las fábricas —tres de percal y una de pieles— no se encontraban en la aldea, sino junto a ella, a una cierta distancia. Eran fábricas pequeñas, que empleaban en total a cerca de cuatrocientos trabajadores, no más. Por culpa de la fábrica de pieles, el agua del río a menudo hedía; los desechos contaminaban las praderas y el ganado de los campesinos sufría de carbunco, por lo que sobre la fábrica pesaba una orden de cierre. De hecho se consideraba que estaba cerrada, pero seguía funcionando en secreto, con conocimiento del comisario de policía del distrito y del médico de la región, a los que el propietario pagaba una cantidad de diez rublos al mes. En toda la aldea sólo había dos casas bien construidas, de piedra, con techumbre de metal; una de ellas alojaba a la administración provincial, mientras en la otra, una vivienda de dos plantas, situada frente a la iglesia, vivía Grigori Petrov Tsibukin, el ricacho del lugar.

Grigori era propietario de una tienda de comestibles, que sólo le servía para salvar las apariencias; en realidad, se dedicaba a comerciar con vodka, ganado vacuno, pieles, semillas y cerdos; comerciaba con todo lo que fuera menester y cuando, por ejemplo, en el extranjero había demanda de plumas para los sombreros de mujer, pagaba treinta kopeks por cada pareja de urracas; también talaba los bosques y daba dinero a crédito; en general, podía decirse de él que era un viejo despierto.

Tenía dos hijos. El mayor, Anísim, trabajaba en la policía secreta, por lo que iba poco por casa. El pequeño, Stepán, se ocupaba de la parcela comercial y ayudaba a su padre, aunque poca ayuda se podía esperar de él, pues era sordo y de débil salud; su esposa, Aksinia, una mujer hermosa y esbelta que iba a las fiestas con sombrero y sombrilla, se levantaba temprano, se iba tarde a la cama y se pasaba el día entero trajinando, con la falda recogida y un rumor de llaves, ya en el granero, en el almacén o en la tienda; el viejo Tsibukin la contemplaba con satisfacción, con ojos brillantes, y en esos momentos se lamentaba de que no estuviera casada con su hijo mayor, sino con el pequeño, un sordo que no era capaz de apreciar la belleza femenina.

El viejo siempre sintió inclinación por la vida familiar; amaba a su familia por encima de todas las cosas, especialmente a su hijo mayor, que trabajaba en la policía secreta, y a su nuera. Poco después de casarse con el sordo, Aksinia demostró una diligencia extraordinaria, y al poco tiempo ya sabía a quién se podía entregar dinero a crédito y a quién no, custodiaba las llaves, que no confiaba ni a su propio marido, hacía cálculos con el ábaco, inspeccionaba los dientes de los caballos, lo mismo que un mujik, y no paraba de reír y lanzar gritos; e hiciera lo que hiciese y dijera lo que dijese, el viejo se conmovía y murmuraba:

—¡Muy bien, nuera! Muy bien, bonita, madrecita…

Tsibukin era viudo, pero un año después de la boda del hijo no pudo contenerse y decidió casarse. A treinta kilómetros de Ukléievo le encontraron una muchacha, Varvara Nikoláievna, de buena familia, ya madura, pero bella y de buen ver. En cuanto se instaló en su habitación, en la planta de arriba, todo pareció iluminarse en la casa, como si en todas las ventanas hubieran colocado cristales nuevos. Las lamparillas empezaron a lucir, las mesas se cubrieron de unos manteles tan blancos como la nieve, en los alféizares de las ventanas y en el jardincillo delantero aparecieron flores de rojas corolas, y ya no se comía de una escudilla común, sino que cada uno tenía su plato. Varvara Nikoláievna sonreía con gracia y ternura, y parecía como si la casa entera sonriera. Y en el patio, que antes se hallaba completamente desierto, empezaron a verse pobres, peregrinos y romeros; bajo las ventanas se escuchaban las voces lastimeras y cantarinas de las mujeres de Ukléievo y las toses culpables de los débiles y demacrados mujiks, expulsados de la fábrica por embriaguez. Varvara les daba dinero, pan y ropa vieja; más tarde, una vez habituada a la casa, empezó a abastecerse de la tienda. En una ocasión el sordo vio cómo sacaba dos paquetes de té y se quedó perplejo.

—Mamá se ha llevado dos paquetes de té —le informó después a su padre—. ¿Dónde hay que anotarlos?

El viejo no le respondió; se puso en pie, permaneció un rato pensativo, moviendo las cejas, y, finalmente, subió a la habitación de su mujer.

—Varvarushka, si necesitas algo de la tienda, madrecita —le dijo con ternura—, ve y cógelo. Cógelo con toda confianza, sin temor.

Y al día siguiente el sordo, al tiempo que atravesaba el patio, le gritó:

—¡Madrecita, si necesita algo, cójalo!

La entrega de limosnas constituía algo nuevo, alegre y ligero, lo mismo que las lamparillas y las flores rojas. Cuando durante la víspera de la vigilia o la fiesta del patrón, que se prolongaba durante tres días, se vendía a los mujiks carne salada podrida, con un olor tan repugnante que resultaba difícil estar junto al tonel, y se aceptaba como pago que los borrachos depositaran en prenda sus guadañas, sus gorras o los pañuelos de sus mujeres; o cuando los obreros de la fábrica, entontecidos por el vodka adulterado, se revolcaban en el barro, y el pecado parecía espesarse en el aire como niebla, la idea de que allí mismo, en la casa, vivía una mujer discreta y limpia, que no tenía nada que ver con la carne salada ni con el vodka, hacía que todo fuera más fácil de sobrellevar; en esos días nublados y pesados, sus limosnas tenían el mismo efecto que la válvula de escape de una maquinaria.

En casa de Tsibukin todos estaban siempre ocupados. Antes de que saliera el sol ya se oían los resoplidos de Aksinia, que lavaba en el zaguán, y el samovar bullía y zumbaba en la cocina, anunciando algo malo. El viejo Grigori Petrov, vestido con una larga levita negra y unos pantalones de percal, y calzado con unas botas altas y brillantes, se paseaba, limpio y pequeño, por las habitaciones, haciendo sonar los tacones, como el suegro de una conocida canción. Abrían la tienda. Cuando empezaba a lucir el sol sacaban al porche un pequeño carruaje y el viejo, rejuvenecido, se sentaba en él, calándose su gran gorro hasta las orejas; nadie que lo viera entonces pensaría que tenía cincuenta y seis años. Lo acompañaban su mujer o su nuera; en esos momentos, cuando iba vestido con una levita limpia y cara y al coche habían enganchado un enorme y lustroso potro que había costado trescientos rublos, al viejo no le gustaba que se le acercaran los mujiks con sus peticiones y sus lamentos; odiaba y desdeñaba a los mujiks, y, si veía a alguno parado junto al camino, le gritaba con ira:

—¿Qué haces ahí? ¡Sigue tu camino!

O gritaba, si se trataba de un pordiosero:

—¡Dios proveerá!

Se dirigía a sus asuntos; su mujer, vestida con un delantal oscuro, negro, arreglaba la habitación o ayudaba en la cocina. Aksinia se ocupaba de la tienda; en el patio se oía cómo tintineaban las botellas y las monedas, cómo Aksinia se reía o gritaba y cómo se enfadaban los compradores a los que ofendía; al mismo tiempo, podía percibirse que en la tienda ya había comenzado la venta clandestina de vodka. El sordo también se quedaba en la tienda, o bien paseaba por la calle, sin gorra, con las manos en los bolsillos, contemplando con descuido las isbas o levantando la vista al cielo. Los habitantes de la casa bebían té unas seis veces al día y unas cuatro se sentaban a la mesa para comer; por la noche calculaban y anotaban las ganancias, y después se quedaban profundamente dormidos.

Las tres fábricas de percal de Ukléievo, así como las viviendas de los fabricantes, los Jrimin mayores, los Jrimin menores y Kostiukov, estaban comunicadas por el teléfono. También instalaron un teléfono en la administración provincial, pero pronto dejó de funcionar, ya que en él aparecieron chinches y cucarachas. El jefe de la administración era hombre poco instruido y en los documentos escribía todas las palabras con letras mayúsculas, pero cuando se estropeó el teléfono exclamó:

—Sí, ahora que estamos sin teléfono todo será más difícil.

Los Jrimin mayores estaban pleiteando continuamente con los Jrimin menores y estos, a su vez, discutían en ocasiones entre ellos e iniciaban pleitos; cuando eso sucedía su fábrica permanecía parada durante unos dos meses, hasta que volvían a reconciliarse, lo que distraía a los habitantes de Ukléievo, ya que con ocasión de cada discusión se producían muchas conversaciones y chismorreos. Durante las fiestas Kostiukov y los Jrimin menores adornaban un carruaje, con el que atravesaban a toda velocidad las calles de Ukléievo, atropellando a algún ternero. Aksinia, engalanada con una susurrante falda almidonada y sus mejores ropas, se paseaba por la calle, cerca de la tienda. Los Jrimin menores la cogían y se la llevaban, al parecer por la fuerza. Entonces salía también el viejo Tsibukin, para mostrar su nuevo caballo, llevando a Varvara consigo.

Por la noche, después del paseo en coche, cuando la gente ya dormía, en el patio de los Jrimin menores se oían los sones de un caro acordeón; y si había luna, esos sonidos causaban alegría y emoción en el alma, y Ukléievo dejaba de parecer un agujero.


II

El hijo mayor, Anísim, rara vez iba por la casa, sólo con ocasión de alguna fiesta señalada, pero a menudo enviaba por medio de los lugareños regalos y cartas, escritas con una caligrafía ajena, muy bella, siempre en una hoja de papel de barba, al estilo de una petición. Las cartas estaban llenas de expresiones que Anísim no utilizaba en su habla: «Queridos mamá y papá, os envío una libra de té de flores para satisfacción de vuestras necesidades físicas».

En la parte inferior de cada carta había sido pergeñado, como con una pluma estropeada: «Anísim Tsibukin», y debajo de esas palabras, de nuevo con la misma excelente caligrafía: «Agente».

Las cartas se leían en voz alta varias veces, y el viejo, emocionado, rojo de emoción, exclamaba:

—Bueno, no quiso vivir en casa, se decidió por la instrucción. ¡Qué se le va a hacer! Cada uno debe seguir su inclinación.

En una ocasión, antes de carnaval, cayó una fuerte lluvia con granizo; el viejo y Varvara se acercaron a la ventana para contemplar el temporal y vieron llegar a Anísim en un trineo, procedente de la estación. No le esperaban en absoluto. Entró en la habitación, inquieto y alarmado por algo, y así estuvo todo el tiempo; la despreocupación que mostraba y la poca prisa que se daba por regresar parecían indicar que lo habían destituido de su puesto. Varvara se alegró de su llegada; le miraba con aire risueño, suspiraba y meneaba la cabeza.

—¿Cómo es eso, padrecito? —decía—. El mozo ya ha cumplido veintiocho años y sin embargo sigue soltero. Ay, ay, ay…

En la habitación de al lado se oía su habla tranquila y regular: «Ay, ay, ay». Cuando hablaba en susurros con el viejo y con Aksinia, los rostros de estos también adoptaban una expresión de astucia y secreto, como si estuviesen conspirando.

Decidieron casar a Anísim.

—¡Ay, ay, ay!… Tu hermano menor ya hace tiempo que se ha casado —decía Varvara—, y tú sigues sin pareja, como un gallo en un mercado. Pero ¿cómo es eso? Cásate, Dios mediante, donde quieras; te irás al trabajo y tu mujer se quedará en casa, sirviéndote. Vives de manera desordenada, muchacho, y has olvidado, lo veo bien, todas las reglas. Ay, ay, ay, es un pecado que sigas viviendo para ti solo, para los habitantes de la ciudad.

Como eran ricos, los Tsibukin elegían, cuando se casaban, las novias más bellas. También para Anísim encontraron una mujer bella. En cuanto a él, tenía un aspecto poco agraciado y poco interesante; además de su condición débil, enfermiza, y de su pequeña estatura, tenía unas mejillas rollizas, hinchadas, como si estuvieran llenas de aire; los ojos no parpadeaban, y su mirada era penetrante; tenía la barba rala, bermeja, y cuando se quedaba pensativo, se la metía en la boca y se la mordía; además, bebía con frecuencia, lo que resultaba visible en su cara y en su modo de andar. Pero, cuando le comunicaron que ya le habían encontrado una novia muy bella, exclamó:

—Bueno, tampoco yo soy feo. Nosotros, los Tsibukin, somos todos guapos.

Junto a la ciudad se asentaba la aldea de Torgúyevo. Una mitad de ella se había unido recientemente a la ciudad; la otra seguía siendo una aldea. En esa primera parte, en una casa de su propiedad, vivía una viuda que tenía una hermana, sumida en la mayor pobreza, que trabajaba como jornalera; esa hermana tenía una hija llamada Lipa, una muchacha que también trabajaba como jornalera. Sobre la belleza de Lipa se hablaba ya en Torgúyevo, y a todos apenaba su extrema necesidad; se pensaba que algún novio maduro o viudo se casaría con ella, sin prestar atención a su pobreza, o se la llevaría a vivir con él «sin más», aliviando también la situación de la madre. Varvara ya había oído hablar de ella a las casamenteras y decidió ir a Torgúyevo.

Más tarde, en casa de la tía, se aparejó la primera visita del novio de la manera preceptiva, es decir, con aperitivos y vino. Lipa llevaba un vestido nuevo de color rosa, cosido de manera expresa para la entrevista; y una cintita escarlata destellaba, lo mismo que una llama, en su cabello. Era una muchacha delgada, débil, de rasgos delicados y finos, con la piel atezada a causa del trabajo al aire libre; una sonrisa triste y tímida no se borraba nunca de sus labios, y sus ojos tenían una mirada infantil, llena de confianza y de curiosidad.

Era joven, aún una muchacha, con el pecho apenas desarrollado, pero la boda era posible, pues había cumplido ya la edad necesaria. Era en verdad hermosa; sólo una cosa podía desagradar en ella: sus grandes manos hombrunas, que ahora caían ociosas junto al cuerpo, como dos grandes tenazas.

—No importa que no tenga dote —le dijo el viejo a la tía—; la muchacha que elegimos para nuestro hijo Stepán también era de familia pobre, y ahora todos estamos encantados con ella. En la casa hace de todo; en definitiva, que no tiene precio.

Lipa estaba de pie junto a la puerta, como si quisiera exclamar: «Hagan conmigo lo que quieran: confío en ustedes»; mientras Praskovia, su madre jornalera, se ocultaba en la cocina, acobardada por el temor. En una ocasión, cuando era joven, un comerciante, en cuya casa limpiaba los suelos, se enfadó y se puso a patalear delante de ella, asustándola muchísimo y dejándola aturdida; desde ese día, no había conseguido desterrar el miedo de su alma. Por culpa del miedo siempre le temblaban las manos y los pies; también le temblaban las mejillas. Sentada en la cocina, trataba de escuchar lo que decían los invitados, y no dejaba de santiguarse, apretando los dedos contra la frente y contemplando los iconos. Anísim, que estaba casi borracho, abrió la puerta de la cocina y le dijo con desenvoltura:

—Pero ¿qué hace ahí sentada, mamaíta querida? Nos aburrimos sin usted.

Y Praskovia, intimidada, apretando los dedos contra su pecho ajado y seco, le respondió:

—No diga eso, señor… Estamos muy satisfechas con ustedes…

Poco después de la entrevista, se fijó la fecha de la boda. En la casa, Anísim se paseaba por las habitaciones y silbaba; a veces le asaltaba un recuerdo repentino y se quedaba pensativo e inmóvil, mirando con obstinación el suelo, como si quisiera penetrar con la mirada en lo hondo de la tierra. No mostraba ninguna satisfacción por su próxima boda, prevista para después de la Pascua, ni deseos de ver a su novia, y se limitaba a silbar. Era evidente que sólo se casaba para satisfacer el deseo de su padre y de su madrastra, y para cumplir con la costumbre de la aldea: el hijo se casaba para que la mujer ayudara en la casa. No se daba prisa por marcharse y no se comportaba como en sus visitas anteriores: se mostraba especialmente desenfadado y decía cosas que no venían a cuento.


III

En la aldea de Shikalova vivían dos costureras, dos hermanas que pertenecían a la orden de los flagelantes. Les encargaron vestidos para la boda, por lo que a menudo iban a tomar medidas y se quedaban bastante rato tomando té. A Varvara le estaban cosiendo un vestido de color castaño con volantes rojos y abalorios y a Aksinia uno de color verde claro, con la pechera amarilla y con cola. Cuando las costureras terminaron su trabajo, Tsibukin les pagó, pero no con dinero, sino con mercancías de la tienda, por lo que las mujeres se marcharon tristes, llevando en las manos paquetes con velas de estearina y latas de sardinas que no necesitaban para nada; cuando abandonaron la aldea y se internaron en el campo, se sentaron en una pequeña colina y se echaron a llorar.

Anísim regresó tres días antes de la boda, vestido con ropas nuevas. Llevaba unos brillantes chanclos de caucho y un cordón rojo con adornos de plata en lugar de corbata; de sus hombros colgaba un abrigo también nuevo, echado sobre los hombros.

Tras pronunciar una solemne oración, saludó a su padre y le dio diez rublos de plata y diez monedas de cincuenta kopeks; a Varavara le entregó idéntica cantidad, y a Aksinia veinte monedas de veinticinco kopeks. El principal encanto de ese regalo residía en que todas las monedas, como si hubiesen sido elegidas a propósito, estaban nuevecitas y brillaban a la luz del sol. Tratando de parecer serio y solemne, Anísim tensaba los músculos del rostro e inflaba las mejillas. Despedía un fuerte olor a vino; probablemente había entrado en las cantinas de todas las estaciones. De nuevo se advertía en él cierta desenvoltura, cualidad extraña a su persona. Tras el reencuentro, Anísim y el viejo bebieron vino y comieron, mientras Varvara examinaba los rublos nuevecitos que tenía entre las manos y hacía preguntas sobre los paisanos que vivían en la ciudad.

—Nada nuevo, gracias a Dios. Todos están bien —exclamó Anísim—. Sólo se han producido novedades en la vida familiar de Iván Yégorov: se le murió la vieja, Sofía Nikíforovna. De tuberculosis. El banquete fúnebre en honor de la difunta se celebró en una pastelería, a dos rublos cincuenta por persona. Incluso hubo vino. Qué mujiks están hechos nuestros paisanos; también ellos pagaron dos rublos cincuenta, pero no comieron nada. ¡Sólo un mujik puede comprenderlo!
—¡Dos rublos cincuenta! —exclamó el viejo y meneó la cabeza.
—¿De qué te extrañas? Eso no es una aldea. Entras en un restaurante a comer alguna cosa, preguntas por alguien, se te unen unos amigos, empiezas a beber, y cuando quieres darte cuenta ya está amaneciendo; así que a la hora de pagar sale a tres o cuatro rublos por persona. Y si estás con Samoródov hay que pedir al final de la comida un café con coñac; y una copa de coñac cuesta sesenta kopeks.
—Mentira —exclamó el viejo lleno de asombro—. Todo es mentira.
—Ahora paso todo el tiempo con Samoródov. Es él quien escribe las cartas que os mando. Escribe de una manera extraordinaria. Si yo le contara, mamaíta —prosiguió animado Anísim, dirigiéndose a Varvara—, qué clase de persona es ese Samoródov, no se lo creería. Todos nosotros le llamamos Muhtar, porque es como los armenios: completamente negro. Lo conozco muy bien; podría hablar de sus asuntos como de mi propia mano, mamaíta; él se da cuenta de ello y me sigue a todas partes, no se separa de mí, por lo que somos como uña y carne. A él parece desagradarle esa situación, pero no puede vivir sin mí. Allí adonde voy yo, va él. Tengo un ojo seguro, infalible, mamaíta. Veo en medio de la multitud a un mujik que vende una camisa y digo: ¡Alto, esa camisa es robada! Y así es en realidad: la camisa ha sido robada.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Varvara.
—No necesito nada para saberlo, mi ojo es así. Jamás he visto esa camisa, pero por alguna razón me siento atraído por ella: es robada, eso es todo. En la comisaría se dice lo siguiente: «¡Bueno, ya se ha ido Anísim a cazar chochas!». Lo que quiere decir: a buscar mercancía robada. Sí… Cualquiera puede robar algo, pero luego hay que esconderlo. La tierra es grande, pero no hay dónde ocultar la mercancía robada.
—Aquí en la aldea la semana pasada se les llevaron a los Guntórev un carnero y dos corderos —exclamó Varvara y suspiró—. Y nadie puede encontrarlos… Ay, ay, ay…
—¿Cómo que no? Claro que es posible encontrarlos. Claro que es posible.

Llegó el día de la boda. Un día de abril frío, pero luminoso y alegre. Las troikas y los coches de dos caballos, con cintas multicolores en los arneses y en las crines de las bestias, empezaron a llegar a Ukléievo desde por la mañana temprano, haciendo sonar sus campanillas. En los sauces graznaban los grajos, inquietos a causa de tanto movimiento, y los estorninos piaban sin cesar con todas sus fuerzas, como si se alegraran de que en Ukléievo hubiera una boda.

Dentro de la casa, en las mesas, había ya largos pescados, jamón y aves rellenas, fuentes con arenques, salazones y escabeches variados y gran cantidad de botellas de vodka y de vino; olía a salchichón curado y a langostas en vinagre. El viejo se paseaba por los alrededores de las mesas, haciendo sonar sus tacones y afilando los cuchillos. Llamaba a gritos a Varvara a cada instante, requiriéndole alguna cosa; y ella, desconcertada, respirando con dificultad, iba corriendo a la cocina, donde trajinaban desde el amanecer el cocinero de Kostiukov y la cocinera de los Jrimin menores. Aksinia pasaba como un torbellino por el patio, con el pelo rizado y sin vestir, ataviada sólo con el corsé y unos crujientes botines nuevos, y en su carrera sólo dejaba ver sus rodillas desnudas y su pecho. Había un gran alboroto; se oían juramentos y blasfemias; los transeúntes se paraban ante las puertas, abiertas de par en par; y en todo se advertía que se preparaba algo extraordinario.

—¡Han ido a por la novia!

Las campanillas sonaban y enmudecían en la lejanía, más allá de las aldeas… A las tres empezó a llegar la gente: de nuevo se dejaron oír las campanillas. Trajeron a la novia. La iglesia ya estaba llena, ardían las velas en el candelabro, el coro empezó a cantar cuando lo solicitó el viejo Tsibukin. El destello de las llamas y de los brillantes vestidos cegaba a Lipa; tenía la sensación de que los cantantes estuvieran golpeándole en la cabeza con sus fuertes voces como si fueran martillos; le oprimían los botines y el corsé, que llevaba por primera vez en su vida, y por la expresión de su cara parecía que acabara de volver en sí de un desvanecimiento: miraba y no comprendía nada. Anísim, que lucía una levita negra y un cordón rojo en lugar de corbata, estaba pensativo y miraba un punto fijo; cuando los miembros del coro empezaron a cantar con recias voces, se santiguó con movimientos rápidos. Estaba conmovido y sentía deseos de llorar. Conocía aquella iglesia desde su más tierna infancia: su difunta madre le llevaba allí para que comulgara y él cantaba en el coro con los otros muchachos; recordaba perfectamente cada rincón de la iglesia, cada uno de los iconos. Se estaba celebrando la ceremonia de su boda: necesitaba casarse para llevar una vida ordenada; pero él no pensaba en eso; en cierta manera, parecía no recordar, haberse olvidado por completo de la boda. Las lágrimas le impedían ver los iconos; sentía una cierta opresión en el corazón. Rezaba y le pedía a Dios que las desgracias inevitables que estaban a punto de caer sobre él aguardaran unos días o pasaran de largo, como las nubes de tormenta que en los tiempos de sequía pasaban de largo por la aldea, sin descargar una sola gota de agua. Tantos pecados se acumulaban ya en su tiempo, tantos pecados, que no había enmienda ni salida posible: incluso era absurdo pedir perdón. Pero él lo pedía, incluso sollozaba en voz alta, pero nadie le prestaba atención, pues pensaban que estaba borracho.

Se oyó un inquieto llanto infantil:

—¡Mamaíta, sácame de aquí, por favor!
—Silencio —gritó el sacerdote.

Durante el camino de regreso, la gente corría detrás; también se arremolinaba la multitud en los alrededores de la tienda, cerca de las puertas y en el patio, bajo las ventanas. Vinieron mujeres a dar la enhorabuena. En cuanto los jóvenes traspasaron el umbral, los cantantes, que ya se encontraban en el zaguán con sus partituras, empezaron a cantar en voz alta, con todas sus fuerzas; tocaban una música enviada a propósito desde la ciudad. Sirvieron vino espumoso del Don en altas copas y el carpintero contratista Elizárov, un viejo alto y delgaducho, con unas cejas tan espesas que apenas se le veían los ojos, dijo, dirigiéndose al joven:

—Anísim, muchacho, amaos el uno al otro, vivid de acuerdo con los preceptos de Dios, muchacho, y la Reina de los Cielos no os desamparará —luego se apoyó en el hombro del viejo Tsibukin, sollozó y exclamó con voz aguda—: ¡Grigori Petrov, lloremos, lloremos de alegría! —De pronto empezó a reírse a carcajadas y añadió bien fuerte, con voz de bajo—: ¡Jo, jo, jo! ¡Y qué guapa es la novia! Lo tiene todo en su sitio: es dulce, nunca se enfada, y tiene el mecanismo en perfecto estado, con todos los tornillos.

Era natural de la aldea de Yégorevski, pero trabajaba desde sus años mozos en las fábricas de Ukéievo y en el distrito, y se había habituado al lugar. Sus vecinos siempre le habían conocido así, viejo, enjuto y espigado, y todos le llamaban el Muleta. Tal vez debido a que llevaba más de cuarenta años reparando los mecanismos de las fábricas, se había habituado a juzgar los objetos y a las personas desde el punto de vista de su solidez, pensando si necesitaban algún tipo de reparación. Antes de sentarse a la mesa, estuvo probando varias sillas, para ver si eran sólidas, y también tocó el pescado.

Tras apurar el vino espumoso, todos se dispusieron a sentarse a la mesa. Los invitados hablaban y movían las sillas. En el zaguán se oía la voz de los cantantes y los sones de la música; en el patio, las mujeres expresaban sus felicitaciones, todas a un tiempo. Por ese motivo, había una mezcolanza de sonidos terrible, espantosa, que levantaba dolor de cabeza.

El Muleta se giraba en la silla, golpeaba a sus vecinos con los codos impidiéndoles hablar y lloraba y reía a un tiempo:

—Muchachos, muchachos, muchachos… —murmuraba muy deprisa—. Madrecita Aksiniushka, Varvarushka, vamos a vivir todos en buena armonía, mis queridas hachitas…

Como bebía poco, una copa de vodka inglés había bastado para emborracharle.

Ese vodka repugnante, hecho no se sabe de qué, atontaba a todos los que lo probaban, lo mismo que un golpe. Las lenguas empezaban a trabarse.

Había representantes del clero, supervisores de las fábricas con sus mujeres, comerciantes y taberneros de otras aldeas. El representante del distrito y su escribiente, que llevaban trabajando juntos catorce años sin haber firmado en todo ese tiempo un solo documento y que no dejaban a una sola persona de la administración del distrito sin engañar ni ofender, estaban sentados juntos, gordos y saciados ambos, hasta tal punto carcomidos por la mentira que incluso la piel de su rostro parecía en cierto modo especial, fraudulenta. La esposa del escribiente, una mujer demacrada y bizca, se había llevado consigo a todos sus hijos y, lo mismo que un ave de rapiña, se lanzaba sobre los platos, cogiendo todo lo que caía en sus manos y escondiéndolo en sus propios bolsillos y en los de sus hijos.

Lipa permanecía sentada, petrificada, con la misma expresión que tenía en la iglesia. Anísim, desde que se habían conocido, no había intercambiado con ella ni una sola palabra, de modo que ni siquiera sabía cómo era su voz; y ahora que estaba sentado junto a ella, seguía guardando silencio y bebía vodka inglés; cuando se emborrachó, empezó a hablar, dirigiéndose a la tía, que estaba sentada enfrente:

—Tengo un amigo que se apellida Samoródov. Es una persona muy especial. Un ciudadano singular y honrado, con el que se puede hablar. Pero yo, tía, lo conozco muy bien, y él se da cuenta de ello. ¡Vamos a beber una copa a la salud de Samoródov, tía!

Varvara, fatigada, desconcertada, se paseaba por los alrededores de la mesa, agasajando a los huéspedes, satisfecha de que hubiera tantos alimentos y todo resultara tan opulento: nadie podría quejarse. El sol se puso, pero el banquete continuó. Los comensales ya no sabían lo que comían ni lo que bebían; resultaba imposible escuchar lo que se decía y sólo alguna que otra vez, cuando se acallaba la música, se oía con claridad cómo gritaba junto a la puerta alguna mujer:

—Nos habéis chupado toda la sangre, monstruos. ¡Ojalá desaparecierais para siempre!

Por la noche hubo bailes al ritmo de la música. Vinieron los Jrimin menores con su vino, y uno de ellos, cuando bailaban la cuadrilla, agarró una botella con cada mano, mientras sostenía una copa con los dientes, lo que divirtió a todos. En medio de la cuadrilla empezaron a sonar los sones de un animado baile; la verde Aksinia giraba y giraba, levantando algo de viento con la cola de su vestido. Alguien le pisó el volante, y el Muleta gritó:

—¡Ay, le han pisado el plinto! ¡Muchachos!

Aksinia tenía unos ojos grises e ingenuos, que rara vez parpadeaban, y en su rostro se perfilaba en todo momento una sonrisa ingenua. En esos ojos que no parpadeaban, en su pequeña cabeza dispuesta sobre un largo cuello y en la esbeltez de su figura había cierto aire de serpiente. Con su vestido verde, su pechera amarilla y su sonrisa, miraba a los demás con la misma expresión con que en primavera, surgiendo del centeno joven, mira una culebra a un paseante, estirando el cuello y levantando la cabeza. Los Jrimin se portaban con ella con desenvoltura; era evidente que el mayor de ellos mantenía relaciones íntimas con ella desde hacía tiempo. El sordo no se enteraba de nada, no se preocupaba por ella; se quedaba sentado, con las piernas cruzadas, y comía nueces, rompiéndolas con tanto estrépito que parecía estar disparando con una pistola.

De pronto, el viejo Tsibukin salió al centro y agitó el pañuelo, haciendo ver que también él quería bailar esa danza rusa. Un rumor de aprobación recorrió toda la casa y el patio:

—¡Ha salido él mismo! ¡Él mismo!

Era Varvara la que bailaba, mientras el viejo se limitaba a agitar el pañuelo y a hacer sonar los tacones, pero los que estaban en el patio, subidos unos encima de otros, y miraban por la ventana, se mostraban entusiasmados. Por un momento se lo perdonaron todo: tanto la riqueza como las ofensas.

—¡Muy bien, Grigori Petrov! —se oía entre la multitud—. ¡Así, ánimo! ¡Vaya, todavía te quedan fuerzas! ¡Ja, ja!

La celebración terminó muy tarde, a las dos de la madrugada. Anísim, tambaleándose, despidió a los cantantes y a los músicos y le entregó a cada uno una moneda nueva de cincuenta kopeks.

—La boda ha costado dos mil rublos.

Cuando llegó el momento de marcharse, resultó que al tabernero de Shikalovski le habían cambiado su estupendo abrigo por uno viejo; Anísim estalló de pronto y se puso a gritar:

—¡Espera! ¡Lo encontraré enseguida! ¡Sé quién lo ha robado! ¡Espera!

Salió corriendo a la calle, en persecución de un individuo. Pero antes de que pudiera ir lejos, lo cogieron, lo llevaron de vuelta a casa y lo metieron, borracho, rojo de ira, sudoroso, en la habitación, donde la tía ya estaba desnudando a Lipa.


IV

Pasaron cinco días. Anísim, que se disponía a partir, subió a despedirse de Varvara. En su habitación ardían todas las lamparillas de aceite y olía a incienso. La mujer estaba sentada junto a la ventana y cosía una media de lana roja.

—Poco te has quedado entre nosotros —le dijo—. ¿Te aburres? Ay, ay, ay… Vivimos bien aquí, tenemos de todo; la tuya ha sido una buena boda. El viejo me ha dicho que ha costado dos mil rublos. En una palabra, vivimos como comerciantes, pero nuestra existencia es aburrida. Abusamos mucho de las personas. Me duele el corazón, hijito, cuando pienso cómo abusamos de la gente. Siempre que cambiamos un caballo, compramos algo o contratamos a un trabajador es con engaño. Engaño y más engaño. El aceite que vendemos está ácido y rancio; sería mejor que la gente utilizara brea. Pero dime, por favor, ¿acaso no es posible vender buen aceite?
—Cada uno mira por lo suyo, mamaíta.
—Pero ¿es que no hemos de morir? Ay, ay, tendrías que hablar con tu padre…
—Podría hablarle usted.
—¡Bueno! Yo ya se lo digo, pero me responde lo mismo que tú: que cada uno mira por lo suyo. En el otro mundo también te juzgarán de acuerdo con esas palabras: cada uno mira por lo suyo. Y el juicio de Dios es justo.
—Le aseguro que nadie me va a juzgar —exclamó Anísim y suspiró—. Dios no existe, mamaíta. ¡Qué juicios ni qué bobadas!

Varvara le miró sorprendida, luego se echó a reír y levantó las manos en señal de asombro. Ante la sincera sorpresa que le habían causado sus palabras y la expresión de sus ojos, que le contemplaban como si estuviera loco, Anísim terminó por turbarse.

—Es posible que Dios exista, pero lo que no hay es fe —exclamó—. Cuando me casaron, estaba fuera de mí. Como cuando coges un huevo de debajo de una gallina y sientes que el pollo se remueve en su interior, así empezó a estremecerse mi conciencia, y mientras me casaban no dejé de pensar: ¡Dios existe! Pero cuando salí de la iglesia todo se acabó. Y en realidad, ¿cómo se puede saber si Dios existe o no? De pequeños no nos lo enseñaron así. Y el niño de pecho, junto con la leche de su madre, mama ya esa instrucción: que cada uno mira por lo suyo. Mi padre tampoco cree en Dios. Usted misma me ha contado que a Guntórev le robaron unos carneros… He averiguado que el ladrón es un mujik de Shikalovaia; él los robó, pero las pieles las tiene mi padre… ¡Mire usted la fe que hay!

Anísim guiñó un ojo y sacudió la cabeza.

—Tampoco el alcalde cree en Dios —continuó—, ni el escribiente ni el sacristán. Y sólo van a la iglesia y guardan el ayuno para que la gente no hable mal de ellos y por si acaso, después de todo, hay Juicio Final. Se dice que el fin del mundo se aproxima porque el pueblo se ha vuelto débil, no se respeta a los padres y demás. Todo eso son bobadas. Yo creo, mamaíta, que el dolor proviene de la falta de conciencia de la gente. Lo veo y lo comprendo perfectamente, mamaíta. Si alguien lleva una camisa robaba, lo veo enseguida. Una persona está sentada en una taberna, y a usted le parece que no hace más que beber té, pero yo también veo que no tiene conciencia. Puedes pasarte el día entero de un lado para otro, pero no encontrarás a una sola persona que tenga conciencia. Y todo se debe a que nadie sabe si existe Dios o no… Bueno, mamaíta, ya me voy. Que siga usted bien de salud y no me guarde rencor.

Anísim hizo una profunda reverencia ante Varvara.

—Le estoy muy agradecido por todo, mamaíta —exclamó—. Nuestra familia le debe muchas cosas. Es usted una mujer extraordinaria y estoy muy satisfecho de usted.

Anísim, emocionado, salió de la estancia, pero al poco volvió a entrar y exclamó:

—Samoródov me ha enredado en un asunto: o me vuelvo rico o me perderé para siempre. Si esto último llegara a suceder, mamaíta, trate de consolar a mi padre.
—¡Vaya, lo que tenemos!… Dios es misericordioso. Y tú, Anísim, podrías ser un poco más cariñoso con tu mujer; os miráis el uno al otro como si estuvierais enfadados; al menos podrías sonreír.
—Es una mujer muy rara… —exclamó Anísim y suspiró—. No comprende nada y está siempre callada. Es demasiado joven; tiene que crecer…

Junto al porche ya estaba preparado un potro alto, gordo y blanco, enganchado a un carruaje.

El viejo Tsibukin tomó carrerilla, saltó con gallardía al pescante y tomó las riendas. Anísim besó a Varvara, a Aksinia y a su hermano. En el porche también se encontraba Lipa, inmóvil, mirando hacia otro lado, como si no hubiera salido a despedirse de alguien, sino por alguna otra razón. Anísim se acercó a ella y rozó apenas con sus labios su mejilla.

—Adiós —le dijo.

Y ella, sin mirarle, sonrió de una manera extraña; su rostro tembló; en ese momento, por alguna razón, todos sintieron pena de ella. Anísim también subió de un salto y adoptó una postura apuesta, pues se consideraba un hombre guapo.

Mientras ascendían por el barranco, Anísim no dejaba de mirar la aldea, que quedaba a sus espaldas. El día era templado, despejado. Por primera vez habían sacado al ganado, y junto al rebaño se paseaban muchachas y mujeres vestidas con trajes de fiesta. Un toro de color pardo mugió, contento con su recobrada libertad, y arañó la tierra con sus patas delanteras. Por todas partes, arriba y abajo, cantaban las alondras. Anísim contempló la iglesia, esbelta y blanquecina —la habían estucado hacía poco— y recordó cómo había rezado en ella cinco días antes; contempló la escuela con su techumbre verde y el río, en el que se había bañado y había pescado en el pasado. Un sentimiento de alegría llenó su pecho y sintió deseos de que se alzara de la tierra un muro que no le permitiera seguir adelante, dejándole allí a solas con su pasado.

Cuando llegaron a la estación, entraron en la cantina y bebieron una copa de jerez. El viejo se metió la mano en el bolsillo e hizo ademán de sacar el monedero para pagar.

—¡Invito yo! —exclamó Anísim.

El viejo, enternecido, le dio unos golpecitos en la espalda y guiñó el ojo al cantinero, como diciendo: «¡Vaya hijo que tengo!».

—Si te quedaras en casa, Anísim, y te ocuparas de nuestros asuntos —exclamó—, no tendrías precio. ¡Te cubriría de oro de los pies a la cabeza!
—No puedo quedarme, padre. Es imposible.

El jerez estaba ácido y despedía un olor a lacre, pero ambos bebieron otra copa.

Cuando el viejo regresó de la estación, al principio no reconoció a su nuera menor. En cuanto el marido hubo desaparecido del patio, Lipa se había transformado y había adoptado un aire repentinamente alegre. Descalza, vestida con una falda vieja y gastada y las mangas de la blusa remangadas hasta los hombros, limpiaba la escalera del zaguán y cantaba con una delicada vocecilla argentina. Y cuando sacaba el gran barreño con el agua sucia y contemplaba el sol con sonrisa infantil, parecía una alondra más.

Un bracero viejo, que pasó junto al porche, sacudió la cabeza y gritó:

—¡Vaya nueras que tienes, Grigori Petrov! ¡Te las ha enviado Dios! —exclamó—. No son mujeres: son oro molido.

(Continuará…)

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