Martin Eden (IX)

Jack London











CAPÍTULO XXII

A Mrs. Morse no le hizo falta la intuición de una madre para leer la noticia en el rostro de Ruth, cuando ésta llegó a casa. El rubor, que no abandonaba sus mejillas, era bastante elocuente, así como sus ojos encendidos, que reflejaban una gran ilusión interna.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mrs. Morse, que estuvo esperando hasta que la muchacha se acostó.
—¿Lo sabes ya? —repuso ésta, con labios temblorosos.

Por toda respuesta, su madre le pasó el brazo por los hombros y le acarició suavemente el cabello.

—No me ha dicho nada —estalló Ruth—. Yo no quería que ocurriese y no le hubiera dejado hablar… pero nada dijo.
—Pues, si no habló, nada puede haber ocurrido.
—Sí, ocurrió.
—En nombre del cielo, criatura, ¿qué es lo que dices? —exclamó Mrs. Morse estupefacta—. No me he enterado de nada. ¿Qué es lo que ha sucedido?

Ruth miró a su madre sorprendida.

—Creí que lo sabías. Pues que Martin y yo estamos comprometidos.

Mrs. Morse dejó escapar una risa irritada.

—No, no habló —le dijo Ruth—. No hizo más que amarme. Quedé tan sorprendida como tú. No dijo ni una palabra. Se limitó a abrazarme. Y… no fui la misma. Luego, me besó y yo le besé. No pude evitarlo. Tenía que hacerlo. Y, entonces, supe que le amaba.

Ruth hizo una pausa, esperando la bendición de su madre, en forma de beso, pero Mrs. Morse estaba fríamente callada.

—Sé que es una sorpresa desagradable —insistió Ruth con voz ahogada—. E ignoro cómo vais a poder perdonarme. Pero no pude evitarlo. Hasta aquel momento, ni siquiera soñaba que le amase. Debes decírselo a papá.
—¿No sería mejor no decirle nada a tu padre? Yo veré a Martin Eden y le hablaré, explicándoselo todo. Cuando comprenda, te librará de tu compromiso.
—¡No, no! —Se opuso Ruth sobresaltada—. No quiero que me libre. Es a él a quien amo y el amor es algo muy grande. Me casaré con él… si es que me dejas, claro.
—Tu padre y yo tenemos otros proyectos para ti, Ruth y… ¡No, no, no te hemos designado ya un marido! Nuestros proyectos se limitan a que te cases con alguien de tu propia clase social, con algún caballero bueno y honorable, que elegirás cuando te enamores.
—Pero ya estoy enamorada de Martin —fue la protesta.
—No vamos a influirte en lo más mínimo, pero eres nuestra hija y no soportaríamos esa clase de matrimonio. A cambio de toda tu educación y delicadeza, no puede ofrecerte más que brutalidad y grosería. No es un buen partido para ti. No podría mantenerte. No nos ciega la riqueza, pero la seguridad es algo muy distinto y nuestra hija debería casarse con alguien que, por lo menos, se la pueda asegurar, en vez de un aventurero, navegante, vaquero, contrabandista y quién sabe qué más, sin un penique, que, por si fuera poco, es un irresponsable, que no tiene dos dedos de frente.

Ruth permanecía callada. Debía reconocer que cada una de aquellas palabras era cierta.

—Pierde el tiempo escribiendo, intentando conseguir lo que sólo algunos pocos hombres de genio, con títulos universitarios, a veces llegan a conseguir. Un hombre que piensa en casarse, se debería preparar para el matrimonio. ¡Pero él no! Tal como he dicho, y sé que tú estás de acuerdo, es un irresponsable. ¿Y cómo no iba a serlo? Es el modo de vivir de los marineros. No aprendió a ser sobrio ni a economizar. Los años turbulentos le han marcado. No es culpa suya, desde luego, pero eso no cambia la cuestión. ¿Y has pensado en esos años licenciosos que ha vivido? ¿Has pensado en eso, hija? Sabes lo que el matrimonio significa.

Ruth se estremeció, acercándose más a su madre.

—Lo he pensado. —La muchacha esperó a que la idea cobrase forma—. Y es terrible. Me pongo enferma. Ya te dije que era una desgracia haberme enamorado de él, pero no puedo evitarlo. ¿Pudiste tú dejar de querer a papá? A mí me ocurre lo mismo. Hay algo en mí, en él, que hasta hoy no supe que existía, pero que me hace quererle. No creí nunca llegar a amarle, pero, ahora, sé que le amo —dijo al fin, con un cierto tono triunfal en la voz.

Madre e hija hablaron durante mucho rato, sin conseguir nada, llegando, al fin, a la conclusión de que lo mejor era esperar un tiempo indeterminado antes de hacer nada.

Idéntico resultado obtuvieron, poco después, Mrs. Morse y su marido, cuando aquélla le confesó el fracaso de sus proyectos.

—Era difícil que resultara de otro modo —fue el juicio de Mr. Morse—. Ese marinero es el único hombre con el que ha tenido contacto. Antes o después, Ruth iba a despertar y así lo hizo. En ese momento, allí estaba el marinero, el único a mano, de modo que se enamoró de él o creyó que se enamoraba, que viene a ser lo mismo.

Mrs. Morse decidió actuar lenta e indirectamente sobre Ruth, en lugar de combatirla de frente. Tiempo quedaba para esto último, ya que Martin no estaba en posición de casarse.

—Que le vea cuanto desee —fue el consejo de Mr. Morse—. Estoy seguro de que cuanto más sepa de él, antes acabará su enamoramiento. Y ofrécele mucho contraste. Procura que haya siempre en casa gente joven, tanto muchachos como muchachas, pero, sobre todo, muchachos, muchachos inteligentes, que hayan hecho cosas o que las estén haciendo, y que sean de su clase, caballeros. Así podrá calibrarle. Ellos pondrán a Martin Eden en evidencia. Y, al fin y al cabo, no es más que un chico de veintiún años. Y ella es todavía una niña. Para los dos, es un enamoramiento infantil y se les pasará.

Y así quedó la cosa. En el seno de la familia, se aceptó que Ruth y Martin estaban prometidos, pero no lo anunciaron oficialmente. No lo creyeron necesario. También se aceptó, de manera tácita, que iba a ser un noviazgo muy largo. No le pidieron a Eden que se pusiera a trabajar y dejase de escribir. No pretendían animarle a que se enmendara. Y él, por su parte, colaboró en sus poco amistosos planes, ya que ponerse a trabajar estaba muy lejos de sus pensamientos.

—A ver qué te parece lo que he decidido —le dijo Martin a Ruth unos días más tarde—. He pensado que me sale muy caro estar de pensión en casa de mi hermana y voy a vivir por mi cuenta. He alquilado un cuarto en la parte norte de Oakland, donde viven muchos retirados, y me he comprado una estufa de petróleo para cocinarme yo mismo.

Ruth quedó encantada. Lo de la estufa de petróleo le gustó en extremo.

—Así empezó Mr. Butler —dijo.

Martin frunció las cejas a la mención de ese digno caballero y continuó:

—Les he puesto sellos a todos mis originales y acabo de enviarlos, de nuevo, a los periódicos. Hoy me he mudado y mañana comienzo a trabajar.
—¡Un empleo! —gritó la muchacha, incapaz de ocultar su júbilo ante aquella sorpresa y acercándose más a él, muy sonriente, mientras le estrechaba las manos—. ¿Cómo no me lo dijiste? ¿De qué se trata?

El negó con la cabeza.

—Quiero decir que voy a trabajar escribiendo. —Ruth quedó muy seria y Martin continuó con premura—: No me interpretes mal. Esta vez, no voy con ideas tan elevadas. Se trata de un planteamiento puramente comercial. Es preferible a volver a embarcarme y ganaré más dinero del que le reportaría, en Oakland, cualquier empleo a un hombre sin oficio.
»Verás, las vacaciones que me tomé, me han dado cierta perspectiva. Antes, no trabajaba a fondo ni escribía para que me lo publicasen. En realidad, no hice más que quererte y pensar. También leía, pero eso era para pensar, y, sobre todo, leía revistas. Estuve generalizando un poco acerca de mí mismo, del mundo, de mi puesto en él y de mis posibilidades de conseguir un sitio digno de ti. Además, he leído Filosofía del estilo, de Spencer, y creo haber descubierto lo que me ocurría o lo que le ocurría a mis escritos. Asimismo, a lo que le ocurre a la mayoría de lo que se publica.
»Pero el resultado de todo esto, de mis meditaciones, mis lecturas y de mi amor, es que voy a instalarme en la calle de la Abundancia. Dejaré en paz las obras de arte y haré trabajo de batalla, chistes, artículos vacíos, versos festivos, etc., toda esa tontería para la que parece haber tanta demanda. Hay que tener en cuenta que existen las cadenas de periódicos, las de revistas y las agencias. Sé que puedo hacer la clase de trabajo que necesitan y ganar el equivalente a un buen sueldo. Hay algunos que ganan hasta cuatrocientos o quinientos al mes. No pretendo ser como ellos, pero puedo conseguir un buen medio de vida, disponiendo, además, de tiempo libre, lo que no tendría en un empleo.
»Y eso me permitirá continuar con mis estudios y hacer un trabajo serio. ¡Me sorprendo yo mismo al pensar lo mucho que he adelantado! Cuando comencé a escribir, apenas tenía temas, excepto algunas experiencias personales de poca importancia, que no entendía muy bien ni alcanzaba en todo su significado. Pero me faltaban ideas, totalmente. Incluso me faltaban las palabras apropiadas para pensar. Así, todas mis experiencias resultaban imágenes sin significado. Pero, conforme iba ampliando mi cultura y adquiriendo nuevo vocabulario, vi algo más en mis experiencias que simples imágenes. Conservé éstas, pero hallé su interpretación. Fue entonces cuando comencé a hacer buen trabajo y escribí Aventura, Júbilo, El recipiente, El vino de la vida, La calle de los codazos, el Ciclo amoroso y la Lírica marina. Escribiré otras igual, y aún mejores, pero lo haré en mis ratos libres. Ahora tengo los pies en tierra. Trabajo de batalla e ingresos, primero; luego, grandes obras. Para que veas, anoche escribí varios chistes para las revistas humorísticas y, al acostarme, se me ocurrió probar suerte con unos pareados, de tipo festivo, y en una hora había hecho cuatro. Deben pagarlos a un dólar cada uno. Cuatro dólares por un ratito, al terminar el día.
»Claro que carecen de valor, no son más que esfuerzos sórdidos y aburridos, pero no lo es más que llevar la contabilidad, a sesenta dólares al mes, sumando interminables columnas de cifras, que nada significan, hasta que uno se muere. Además, el trabajo de batalla me mantiene en contacto con el mundo literario y me da tiempo para probar algo de mayor envergadura.
—¿Y de qué sirven esas cosas de mayor envergadura, esas grandes obras? — indagó Ruth—. No consigues venderlas.
—Sí, puedo —comenzó a decir Martin, pero ella le interrumpió.
—De todas las que acabas de mencionar, y que afirmas ser tan buenas, no has vendido ni una sola. No podemos casarnos con obras maestras que no se venden.
—Entonces, nos casaremos con cuartetas que se vendan —atajó Martin pasándole un brazo por los hombros para atraer a una novia muy envarada.
—Escucha esto —continuó, intentando alegrarse—. No es arte, pero quizá sea un dólar.

Entró, cuando yo salía,
para buscar un poco de comida,
que no encontró y, por eso, salió
cuando yo volví, al mediodía.

El tono festivo que intentó darle a la cuarteta contrastaba con el desprecio que se reflejó en su semblante. No había hecho sonreír a Ruth. La muchacha le contemplaba con expresión inquieta.

—Puede que valga un dólar —dijo al fin—, pero es la paga de un bufón, de un payaso. Martin, todo eso es degradante. Quiero que el hombre al que amo y respeto, sea algo más que el autor de chistes y cuartetas.
—¿Quieres que sea como Mr. Butler? —sugirió Martin.
—Ya sé que no te cae bien Mr. Butler… —comenzó a decir la muchacha.
—Nada tengo en contra de Mr. Butler —la interrumpió él—. Sólo encuentro mal sus digestiones. Pero, ni por mi salvación soy capaz de ver la diferencia entre escribir chistes y versos humorísticos y llevar una contabilidad. Sólo son medios para un fin. Tu teoría es que me haga tenedor de libros, para acabar en abogado de fama y hombre de negocios. La mía, es comenzar con trabajo de batalla, para llegar a ser escritor.

—Hay una diferencia —objetó la muchacha.
—¿Cuál?
—Pues que tu trabajo serio, que consideras bueno, no se vende. Lo has intentado y te consta que los editores no lo quieren.
—Dame tiempo, cariño —rogó él—. El trabajo de batalla me servirá de entrenamiento. Dame dos años y los editores estarán encantados de comprar mis trabajos. Estoy seguro. Tengo fe en mí mismo. He descubierto lo que llevo dentro. Ahora, conozco la literatura. Sé, también, la cantidad de porquería que escriben una serie de hombrecillos y me consta que, dentro de dos años, estaré en el camino del éxito. Pero nunca triunfaría en los negocios. No me atraen. Los encuentro estúpidos, aburridos, mercenarios y sucios. No tengo aptitudes y nunca llegaría más allá de escribiente. ¿Cómo ibas a ser feliz con la mísera paga de un escribiente? Para ti, quiero lo mejor del mundo. Y voy a conseguirlo. Los beneficios de un autor consagrado dejan pálidos los de Mr. Butler. Una novela de éxito proporciona entre cincuenta y cien mil dólares, a veces más y a veces menos, pero algo así.

Ruth callaba; estaba, evidentemente, desilusionada.

—¿Y bien? —le preguntó Eden.
—Tenía otros proyectos. Creía, y sigo creyendo, que lo mejor es que estudiaras taquigrafía, puesto que ya sabes escribir a máquina, y entrases en el bufete de mi padre. Eres inteligente y tengo la seguridad de que te abrirías camino como abogado.


CAPÍTULO XXIII

QUE Ruth tuviese poca fe en sus condiciones de escritor, no la disminuyó a los ojos de Martin. En el intervalo de las vacaciones que se tomó, Eden había pasado bastantes horas de autoanálisis, enterándose, así, de muchas cosas acerca de sí mismo. Descubrió que amaba la belleza mucho más que la fama y que, si deseaba ésta, era, tan sólo, por Ruth. A causa de ella, se esforzaba por lograrla. Quería destacar a los ojos del mundo, para que la mujer que amaba se sintiera orgullosa de él y le admirase.

Pero, personalmente, amaba la belleza con pasión y el goce de servirla era suficiente recompensa. Sin embargo, más que a la belleza, amaba a Ruth. Consideraba el amor como lo mejor del mundo. Era este sentimiento el que provocó la revolución que le había convertido, de un tosco marinero, en un estudiante y un artista. Por tanto, a su juicio, lo más importante de todo, incluso que la cultura y que el arte, era el amor. Martin había comprobado que su mente ya sobrepasaba la de Ruth, lo mismo que sobrepasaba a la de sus hermanos y a la de su padre. Pese a la ventaja de una educación universitaria y al título de bachiller en artes, su inteligencia era superior a la de la muchacha y, el año y medio que Eden llevaba estudiando por su cuenta, le permitían dominar temas y materias del mundo, del arte y de la vida que ella jamás conocería, De todo esto, Martin se daba perfecta cuenta, pero no afectaba su amor por Ruth, como no afectaba el amor de ésta por Eden. El amor era algo noble y digno y el marino lo sentía con demasiada sinceridad para empañarlo con críticas. ¿Qué tenía el amor que ver con los puntos de vista de Ruth, tan opuestos a los suyos, acerca del arte, de la conducta humana, la Revolución Francesa o el sufragio igualitario? Se trataba de procesos mentales, pero el amor estaba más allá de la razón; era suprarracional. Martin no podía despreciar el amor. En realidad, lo veneraba. El amor se encontraba en las cumbres más altas, por encima del valle del razonamiento. Era una condición sublime de la existencia, la cúspide de la vida, y aparecía muy raramente. Por la escuela de filosofía científica, de la que era partidario, Eden conocía el significado biológico del amor. Sin embargo, la razón le indicaba que el organismo humano alcanzaba su máximo objetivo a través del amor, que éste no debía discutirse, sino aceptarse como el mayor galardón de la vida. En consecuencia, Eden consideraba al enamorado como a la más afortunada de las criaturas y le agradaba imaginarla desprendiéndose de las cosas terrenas, como fortuna, opinión pública, aplauso y admiración, elevándose sobre la propia vida, para morir por un beso.

Mucho de esto lo había pensado Martin, y el resto lo fue pensando después. Mientras, trabajaba, sin otro descanso que las visitas a Ruth y llevando una vida espartana. Por la habitación, le pagaba dos dólares y medio mensuales a su patrona portuguesa, María Silva, viuda y virago, muy trabajadora y malhumorada, que se esforzaba en sacar adelante a su numerosa prole y ahogaba sus penas, a intervalos irregulares, con un galón de cierto vino áspero, que, al precio de quince centavos, adquiría en la tienda de la esquina. En un principio, Martin la detestaba, a causa de su mala lengua, pero llegó a admirarla, al ir comprobando cómo se enfrentaba a las dificultades. Su casita no disponía más que de cuatro habitaciones; tres al instalarse Martin. Una era la sala, animada por una alfombra teñida, pero, a la vez, de aspecto fúnebre a causa del recordatorio y de la fotografía de uno de los numerosos hijos muertos, y que se reservaba para las visitas. Estaban siempre cerrados los postigos y la descalza tribu tenía terminantemente prohibido entrar, excepto en muy raras ocasiones. María pasaba las horas en la cocina, donde incluso comían, y donde ella lavaba, almidonaba y planchaba ropas durante toda la semana, excepto el domingo. Sus principales ingresos provenían de atender a la colada de vecinos más afortunados. Los dos dormitorios, ambos tan reducidos como el de Martin, los ocupaban la viuda y sus siete hijos. Para Martin, resultaba un milagro que pudiesen lograrlo y, por la noche, a través de la pared, oía cada detalle de cuando se acostaban, los gritos, las disputas, las conversaciones y unos murmullos semejantes al trinar de pájaros. Otra fuente de ingresos de María eran sus dos vacas, que ordeñaba cada noche y cada mañana, y que, subrepticiamente, se ganaban el sustento en los solares sin edificar y con la hierba que crecía en las calles, siempre bajo la vigilancia de sus harapientos hijos, vigilancia que consistía en asegurarse de que no venían los empleados municipales.

En su cuartucho, Martin vivía, dormía, estudiaba, escribía y se cocinaba. Junto a la única ventana, que daba al porche delantero, había una tosca mesa, que le servía, a la vez, de librería y de acomodo para la máquina de escribir. La cama, adosada a la pared trasera, ocupaba dos tercios del espacio total de la habitación. La mesa estaba flanqueada, en uno de sus lados, por un vistoso pupitre, hecho con vistas al beneficio y no a su buen rendimiento, cuya pintura verde se iba cayendo día tras día. Se encontraba en una esquina y, en la opuesta, en el otro flanco de la mesa, estaba la cocina, consistente en un fogón de petróleo, sobre una caja, en cuyo interior guardaba platos y utensilios de cocina, un estante en la pared, para colocar las provisiones y un cubo de agua en el suelo. Martin debía traerse esa agua de la cocina de la casa, pues no había grifo en su cuarto. En las ocasiones en que, al guisarse la comida, hacía más humo de lo habitual, resultaba abundante la cosecha de barniz del pupitre. Sobre la cama, pendiente del techo, se veía su bicicleta. Al principio, intentó guardarla en la planta, pero se lo impidió la tribu Silva, aflojando los tornillos y pinchándole los neumáticos. Entonces, probó en el porche delantero, hasta que una tormenta le estuvo empapando los engranajes durante toda una noche. Por fin, se la llevó a su cuarto y la colgó del techo.

En un pequeño armario guardaba sus ropas y los libros que había reunido y para los que no quedaba sitio ni en la mesa ni bajo la mesa. Martin había adquirido la costumbre de ir tomando notas al mismo tiempo que leía y lo hacía con tal profusión, que no le hubiese quedado espacio en su reducido dormitorio de no haber extendido unas cuerdas, de las cuales las colgaba. Así y todo, el cuarto se veía tan atestado que resultaba difícil cruzarlo. Martin no podía abrir la puerta sin antes cerrar la del armario y viceversa. Le resultaba imposible cruzar la habitación en línea recta. Para ir de la puerta a la cabecera del lecho, tenía que andar en zigzag, lo que no conseguía nunca a oscuras sin chocar con algo. Después de haber evitado aquellas puertas tan conflictivas, Martin debía virar bruscamente a la derecha, para no tropezar con la cocina. Luego, iba a la izquierda, para escapar a los pies de la cama y, de dar un rodeo demasiado amplio, se lanzaba sobre la mesa. Entonces, debía girar de nuevo a la derecha, hacia un canal formado por la cama y por la mesa. Cuando la única silla del dormitorio estaba en su sitio, el canal resultaba innavegable. Cuando no la usaba, la ponía sobre el lecho, si bien, en ocasiones, se sentaba para cocinar. Además, tan estrecho era el rincón en que estaba la cocina, que desde allí podía alcanzar cuanto necesitaba.

Al poseer un estómago que digería cualquier cosa, sabía muchos platos que, a la vez, resultaban nutritivos y baratos. El puré de guisantes figuraba mucho en su dieta, lo mismo que las patatas y las alubias, guisadas al estilo mexicano. También aparecía en la mesa de Martin, por lo menos una vez al día, arroz, cocinado como no sueñan las amas de casa que pueda cocinarse y como no son capaces de aprender a cocinarlo. Las frutas secas eran mucho más económicas que las frescas, por lo que siempre tenía una lata. En ocasiones, se obsequiaba con carne o con sopa. Dos veces al día tomaba café negro, sin leche, sustituyendo al té. Sin embargo, estaba hecho a conciencia.

Martin tenía necesidad de ahorrar. Las vacaciones le habían consumido casi todo cuanto ganara en la lavandería y, estaba tan lejos de sus posibles mercados, que pasarían semanas antes de que pudiese esperar remuneración por su trabajo. Excepto cuando veía a Ruth o iba a visitar a su hermana Gertrude, vivía como un recluso, realizando en cada jornada el trabajo de tres días de cualquier persona. Dormía escasamente cinco horas y sólo alguien con una constitución de hierro podía resistir, como Martin lo hacía, diecinueve horas diarias de esfuerzos. Eden no perdía un solo minuto. En el espejo, había listas de definiciones y de pronunciación. Al lavarse, mientras se afeitaba o se iba peinando, las revisaba y repetía. Otras listas similares estaban prendidas en la pared, sobre el fogón de petróleo, y las estudiaba al cocinar o lavar los platos. Nuevas listas desplazaban de continuo a las viejas. Llevaba algunas en los bolsillos, para aprenderlas cuando se encontraba en la calle o iba de compras.

Fue más allá en sus análisis. Al leer los escritos de quienes habían triunfado, anotaba cada uno de los resultados que obtuvieron y el modo como lo obtuvieron; anotaba también su forma de narrar, de exponer, su estilo, sus puntos de vista, etc., todo lo cual estudiaba atentamente. Pero no les imitaba. Sólo buscaba principios por los que guiarse. De todas esas notas, sacadas de distintos autores, fue capaz de idear sus propios métodos. También fue reuniendo frases del lenguaje vivo, frases que mordían o quemaban o, bien, que alegrasen el monótono lenguaje habitual. Siempre buscaba lo que no se veía. Deseaba saber cómo se hacían las cosas. No le bastaba el aspecto exterior. En el laboratorio de su cuartucho, en el que los hedores de la cocina alternaba con el escándalo de la tribu Silva, lo iba desmenuzando todo, y así se sentía mejor preparado para una obra de creación.

Martin sólo era capaz de trabajar cuando comprendía las cosas. Le resultaba imposible ir a ciegas, ignorando lo que producía y debiendo confiar en la suerte y en la buena estrella de su genio para obtener un resultado aceptable. No quería nunca confiarse a la suerte. Deseaba saber siempre el cuándo y el cómo. Tenía un firme genio creador y, antes de comenzar un relato o un poema, la idea vivía en su mente, bien concebido el final, así como los medios para llegar a ese fin. De otro modo, el intento estaba condenado al fracaso. Por otra parte, advertía el efecto de la suerte en las frases y en las palabras que le acudían, conforme iba escribiendo, para mejor expresar sus ideas. No obstante, cuanto más analizaba las cosas, más comprendía que resultaba imposible llegar al más íntimo misterio de la belleza. Sabía, por sus lecturas de Spencer, que el Hombre no puede alcanzar el conocimiento definitivo de nada y que el misterio de la belleza no es inferior al de la vida. En realidad, iban unidos y el mismo era una consecuencia de ese incomprensible proceso.

A impulsos de esas ideas, escribió un artículo titulado Polvo de estrellas, en el cual atacaba no los principios de la crítica, sino los de ciertos críticos. Era brillante, profundo, filosófico y con deliciosos toques de humor. Lo rechazaron de todas las revistas tan pronto como lo ofreció. Pero, habiéndose librado de esas ideas, continuó tranquilamente su camino. Tenía por costumbre ir madurando un proyecto y, luego, correr a la máquina de escribir para plasmarlo. Que nunca se vieran en letra impresa, le importaba poco. Escribir, para Martin, era la culminación de un largo proceso mental, durante el que reunía ideas muy dispersas y exponía puntos de vista acerca de cuanto le llenaba la cabeza. Escribir un artículo era un esfuerzo consciente para despejarse la cabeza y dejarla a punto para nuevas ideas y temas. En cierto modo, tenía mucho que ver con la costumbre de tantos hombres y mujeres, abrumados por problemas reales o ficticios, que, periódicamente, rompen su largo y sufrido silencio para «echar la parrafada» hasta el final.


CAPÍTULO XXIV

PASARON las semanas. A Martin se le acabó el dinero y los cheques de las revistas estaban tan lejos como de costumbre. Todos sus originales importantes habían regresado y el trabajo de batalla no tenía mejor suerte. En su reducida despensa ya no había víveres. Le quedaba algo de arroz y alubias, por lo que ambos constituyeron su dieta durante cinco días. Entonces, quiso vivir a crédito. El tendero portugués, al que Martin siempre pagó en efectivo, le cortó el suministro cuando la cuenta de Eden alcanzó la magnífica suma de tres dólares y ochenta y cinco centavos.

—Tú verás —le dijo el tendero—, tú no coges trabajo, yo pierdo el dinero.

Y Martin nada pudo objetar. Carecía de argumentos. No era de buena política comercial darle crédito a un hombre joven y robusto, perteneciente a la clase obrera, pero demasiado vago para trabajar.

—Tú coge empleo, más comida te doy —le aseguró el tendero a Eden—. No trabajo, no comida. Eso es comercio. —Luego, para demostrar que no era más que un principio de negocios pero nada personal, añadió—: Bebe, que la casa te invita. Amigos como siempre.

De modo que Martin bebió, para demostrar que seguían siendo amigos, y, después, se acostó sin cenar.

La verdulería, en la que Martin compraba, era propiedad de un americano, de ética comercial tan débil, que no le cortó el suministro hasta los cinco dólares. El panadero lo hizo a los dos dólares y el carnicero a los cuatro. Martin sumó todas sus deudas, descubriendo que su único crédito en el mundo ascendía a catorce dólares y ochenta y cinco centavos. También debía el alquiler de la máquina, pero creía poder estirarlo otros dos meses, con lo que sumaría ocho dólares. Entonces, habría concluido todo.

Su última compra en la verdulería fue un saco de patatas y, durante toda una semana, no tuvo nada más para comer. Una cena inesperada en casa de Ruth, contribuyó a mantener su fuerza, pero resultó un tormento tener que negarse a repetir, cuando el hambre le mordía a la vista de una mesa tan bien provista. De vez en cuando, aunque roído por una secreta vergüenza, se presentaba en casa de su hermana a la hora de comer y devoraba cuanto se atrevía, mucho más que ante los Morse.

Trabajaba a diario y, a diario, el cartero le traía sus originales rechazados. Carecía de dinero para comprar sellos, por lo que los originales se amontonaban bajo la mesa. Al fin, pasó cuarenta y ocho horas sin probar bocado. No podía esperar que le invitaran en casa de Ruth, pues la muchacha se había ido a San Rafael, a pasar dos semanas con una amiga, y, a causa de la vergüenza, ya no se atrevía a presentarse en casa de su hermana. Para colmo, aquella tarde, el cartero le entregó cinco originales rechazados. Entonces, Martin se fue a Oakland, con el abrigo puesto, y regresó sin él, pero con cinco dólares tintineándole en el bolsillo. Pagó un dólar a cuenta a cada uno de los cuatro tenderos y, en su cocina, se frió un bistec con cebolla, se hizo café y se calentó una lata de prunas. Una vez hubo cenado, se sentó a la mesa y escribió, antes de medianoche, un artículo titulado La dignidad de la usura. Tras pasarlo a máquina, lo dejó bajo la mesa, pues nada le quedaba para adquirir sellos.

Más tarde, empeñó su reloj y, luego, la bicicleta, reduciendo la cantidad destinada a comida con la compra de sellos, para enviar todos sus escritos. Estaba desilusionado con su trabajo de batalla. Nadie quería comprarlo. Lo comparó con cuanto veía en los periódicos y en las revistas, decidiendo que el suyo era mejor, mucho mejor. No obstante, no lograba venderlo. Un día descubrió que la mayor parte de lo que publicaban procedía de una agencia, cuya dirección obtuvo. Le devolvieron cuanto trabajo les enviara, con una nota informándole de que el personal de redacción suplía debidamente sus necesidades.

En una publicación juvenil, descubrió varias columnas de anécdotas. Aquélla podía ser su oportunidad. Se las devolvieron todas y, pese a intentarlo, no logró colocar nada. Más tarde, cuando ya no importaba, se enteró de que los directores y redactores jefes aumentaban sus ganancias escribiendo esas columnas. Las revistas humorísticas devolvieron sus chistes y sus versos festivos. Todo se lo rechazaban, pese a lo cual, Martin seguía creyendo que su trabajo era mucho mejor que lo que solía publicarse. Al fin, llegó a la conclusión de que no era buen juez, que se autohipnotizaba con sus escritos y estaba totalmente engañado.

La inhumana máquina periodística continuaba funcionando con toda normalidad. Martin colocaba los sellos con el original y, al cabo de tres semanas o de un mes, el cartero se lo devolvía. Con toda seguridad, no había seres humanos al otro extremo de la línea. Tan sólo ruedas, engranajes y tuercas, un mecanismo perfecto, que se movía automáticamente. Eden llegó a momentos de desesperación, en los que dudaba de que, efectivamente, hubiese directores en los periódicos. Jamás tuvo pruebas de su existencia y, a causa de la falta de juicio en las notas de devolución, le parecía plausible que los directores de periódico o de revista no fuesen más que mitos creados y mantenidos por los botones, los cajistas y los impresores.

Sus únicas horas felices eran las que pasaba con Ruth y ni siquiera éstas lo eran por completo. Martin se sentía de continuo dominado por una viva inquietud, peor que en los días en que aún no poseía el amor de la muchacha. Ahora, en que esto lo tenía, el tenerla a ella estaba tan lejos como entonces. Había pedido un plazo de dos años. El tiempo volaba y nada había conseguido. Además, seguía dándose cuenta de que ella no aprobaba lo que hacía. Si bien Ruth no lo decía abiertamente, se lo daba a entender de manera tan clara y definitiva como si se lo expresara de palabra. No es que se mostrara irritada, aunque una mujer menos dulce lo estaría, en lugar de tan sólo desilusionada. Esta desilusión residía en el hecho de que el hombre que había decidido remodelar, se negaba a que le remodelasen. Hasta un cierto momento, le resultó como un barro muy maleable. De improviso, opuso una tenaz resistencia a que le formasen a imagen de su padre o de Mr. Butler.

Ruth no advertía cuanto había en él de grande y de fuerte y, lo que es peor, lo interpretaba mal.

Aquel hombre, tan dúctil, que podía vivir en infinitos nidos de la existencia humana, a ella le resultaba obstinado y voluntarioso porque no lograba obligarle a que se instalase en el único que conocía. No lograba seguir los razonamientos de su mente y, cuando sus ideas la sobrepasaban, le juzgaba inestable. Esto no le ocurría con nadie. Podía muy bien seguir los razonamientos de su padre, de su madre, de sus hermanos y de Olney. Por tanto, al no poder hacer lo mismo con Martin, creía que la culpa era de éste. Se trataba de la antigua tragedia de la insularidad pretendiendo ser la mentora del universalismo.

—Te inclinas ante el altar de lo establecido —de dijo Eden en una ocasión en que hablaban de los críticos—. Casi todos son excelentes como materia de referencia. Pero sus trabajos son la esencia de la vaciedad. Sus trabajos están excelentemente escritos, pero no critican nada. En Inglaterra, tienen un nivel más alto.
»Pero lo grave es que contentan al público y lo hacen de forma magistral. La mayoría de críticas recuerdan los domingos británicos. Por ellos, habla la mayoría. Apoyan a los profesores de literatura y los profesores de literatura les apoyan a ellos. Y no tienen una sola idea original. Únicamente aceptan lo establecido. En realidad, son lo establecido. Tienen una inteligencia débil y lo establecido se les imprime, como la marca del destilador en las botellas de cerveza. Y su papel es el de ir desanimando a los jóvenes que entran en la Universidad, para eliminar de sus mentes cualquier idea original que puedan tener y estamparles las establecidas.
—Creo que estoy yo más cerca de la verdad —repuso Ruth— cuando defiendo lo establecido, que tú, que te portas como un indígena iconoclasta.
—Fueron los misioneros quienes destruyeron los ídolos —se burló él—. Y, por desgracia, todos están entre los paganos, por lo que no pueden destruir las imágenes falsas que tenemos.
—En esto incluyes a los profesores de universidad —añadió la muchacha.

Martin negó con la cabeza.

—No, habría que dejar vivir a los de ciencia. Son extraordinarios. Pero no sería mala cosa partirles la cabeza a nueve décimas de los de literatura, que son una partida de loros de mente estrecha.

Se mostraba demasiado severo con los profesores, pero, a Ruth, aquello le sonaba a blasfemia. No podía por menos de comparar a los profesores, limpios, eruditos, de ropas elegantes, que hablaban con voces bien moduladas, transpirando cultura y refinamiento, con aquel joven casi indescriptible, al que, no obstante, amaba, cuyas ropas nunca le iban a la medida, cuyos potentes músculos hablaban del esfuerzo degradante y que se excitaba al hablar, sustituyendo la calma por el insulto y el autodominio por la pasión. Ellos, los profesores, por lo menos ganaban buenos sueldos y eran, no tuvo más remedio que admitirlo, verdaderos caballeros, mientras que Martin no ganaba un penique, ni se parecía en nada a ellos.

Ruth no pesó las palabras de Martin ni juzgó sus argumentos. Su decisión de que estaba equivocado, se debía, inconscientemente, desde luego, a motivos externos. Ellos, los profesores, tenían razón en sus juicios literarios porque triunfaban. Los de Martin estaban equivocados, porque no lograba vender sus obras. Además, no parecía lógico que Eden tuviese razón, un hombre que, muy poco tiempo antes, se encontraba en aquella misma sala, ruborizándose cuando les presentaron, mirando inquieto en torno suyo, por miedo a romper los jarritos con sus bamboleantes hombros, que preguntaba cuánto hacía que murió Swinburne y presumía de haber leído Excelsior y El salmo de la vida.

Sin darse cuenta, la propia Ruth demostró que, como él decía, veneraba lo establecido. Martin siguió muy bien la línea de los pensamientos de la muchacha, pero decidió no proseguir. No la amaba por lo que pensara de los críticos y de los profesores de literatura. Además, se iba dando cuenta de que ella nunca llegaría a comprender algunas de sus ideas y que ni siquiera sabía que existiesen.

En materia de música, ella le consideraba poco razonable y, con respecto a la ópera, además quisquilloso.

—¿Te ha gustado? —le preguntó cierta noche en que volvían de una representación.

Fue Martin quien la invitó, a costa de un mes de economizar en la comida. Después de esperar en vano a que hablase, Ruth, trémula e impresionada por lo que acababa de oír, decidió hacerle la pregunte.

—Me gustó la obertura —repuso él—. Fue espléndida.
—Sí, ¿pero qué hay de la ópera?
—Fue también espléndido; bueno, lo fue la orquesta, aunque me hubiese gustado más de no haber aparecido en escena esos titiriteros.

Ruth quedó horrorizada.

—¿No te referirás a la Tetralini o Barillo? —indagó.
—A todos, a todo el equipo.
—¡Pero si son grandes artistas! —protestó la muchacha.
—Pues, así y todo, estropearon la representación con sus aspavientos.
—¿Es que no te gusta la voz de Barillo? —quiso saber Ruth—. Dicen que está a la altura de Caruso.
—Claro que me gusta, y la de la Tetralini aún más. La de ésta es exquisita, por lo menos para mí.
—Entonces —balbuceó Ruth— no entiendo lo que quieres decir. Admiras sus voces y, sin embargo, afirmas que estropearon la representación.
—Exactamente eso. Daría cualquier cosa para oírles en un concierto y, todavía más, para no oírles cuando toca la orquesta. Me temo que soy demasiado realista. Los grandes cantantes no son buenos actores. Resulta arrebatador oír a Barillo, con esa voz de ángel, en una escena amorosa, y a la Tetralini respondiéndole como otro ángel, acompañados de la orquesta en una perfecta orgía de luces y de colores; arrebatador, sencillamente arrebatador. No es que lo reconozca. Es que lo afirmo. Pero todo ese efecto se desvanece al mirarles; a la Tetralini, con cinco pies, diez, descalza, y un peso de ciento noventa libras y a Barillo, apenas cinco pies cuatro, de piel aceitunada y el torso de un herrero achaparrado y enano. Pero lo peor es verles gesticular, golpearse el pecho, agitar los brazos en el aire, como un par de locos salidos del manicomio. No puedo aceptar que se me exija tomarles por una hermosa y esbelta princesa y por un apuesto y romántico príncipe. ¡No puedo! ¡Eso es todo! ¡Resulta absurdo! ¡Irreal! Exactamente eso, irreal. No me digas que nadie hizo jamás así el amor. De haberlo hecho yo de ese modo, me hubieses corrido a bofetadas.
—No lo entiendes —protestó Ruth—. En cada forma de arte hay unas limitaciones. (La muchacha intentaba recordar una conferencia a la que asistió en la Universidad acerca del convencionalismo de las artes.) En pintura, la tela no tiene más que dos dimensiones; pero, sin embargo, se acepta la ilusión de tres que la habilidad del artista sabe darle. Asimismo, en literatura, el escritor debe ser omnipotente. Aceptamos como perfectamente legítimo el relato que nos hace acerca de los pensamientos de la heroína, aunque se sepa que ésta se hallaba sola y que nadie pudo oírlos. Igual ocurre con el teatro, la escultura, la ópera y toda forma de arte. Hay cosas irreconciliables, que se deben aceptar.
—Sí, eso lo comprendo —repuso Martin—. Todas las artes tienen sus convencionalismos. (A Ruth le sorprendió que usara esa palabra. Parecía como si Martin, a su vez, hubiese estudiado en la Universidad, en lugar de tener una deficiente preparación, limitada a la consulta de algunos libros en la biblioteca pública.) Pero incluso esos convencionalismos deben ser reales. Aceptamos que representen un bosque un par de árboles, pintados sobre cartón y situados a ambos lados del escenario. Se trata de un convencionalismo bastante real. Pero, en cambio, no íbamos a poder aceptar que un decorado marino representara un bosque. No nos es posible. Va contra nuestros sentidos. Ni tampoco debes, o mejor dicho, debieras aceptar las exageraciones de los dos perturbados que acabamos de ver como la representación convincente de una escena de amor.
—¿Es que te consideras superior a todos los críticos musicales? —protestó ella.
—No, ni por un momento. Sólo deseo mantener mis derechos como individuo. Te he expuesto mi punto de vista, para que comprendas por qué los ejercicios elefantíacos de la Tetralini me han estropeado la partitura. Los críticos musicales de todo el mundo pueden tener razón. Pero yo soy yo y no voy a someter mi gusto personal al juicio unánime de la Humanidad. Si algo no me gusta, no me gusta y eso es todo. Y no veo una sola razón por la que debo simular lo contrario porque la mayoría de mis semejantes opinen de otro modo. No puedo seguir modas en lo que me agrada o disgusta.
—Es que la música es una cuestión de entrenamiento —arguyó Ruth— y la ópera todavía más. ¿No será que…?
—¿Que no estoy preparado para la ópera? —La interrumpió él.

La muchacha asintió.

—Exacto —convino Eden—. Y me considero afortunado de que, en mi juventud, no me prendiesen en el engranaje. De haberlo sido, hoy hubiese llorado un mar de lágrimas y las payasadas de esa preciosa pareja habrían aumentado la belleza de sus voces y de la música. Tienes razón. Es una cuestión de entrenamiento y de costumbre. Ya soy demasiado viejo. Me gusta la realidad o nada. Una ilusión que no convence no pasa de ser una mentira y eso es lo que me parece la ópera cuando el pequeño Barillo sufre un ataque, abraza a la majestuosa Tetralini, como en otro ataque, y le dice cuán apasionadamente la adora.

Nuevamente, Ruth midió sus razonamientos por comparación con cuestiones externas y de acuerdo con su adhesión a lo establecido. ¿Quién era él para pretender estar en lo cierto en contra de todo el mundo civilizado? No la impresionaron ni sus palabras ni sus ideas. Ruth estaba demasiado atrincherada en lo establecido para mirar con simpatía las ideas revolucionarias. Tenía costumbre de oír música, gozaba con la ópera desde niña y todo su mundo gozaba igual. Entonces, ¿con qué derecho surgía Martin Eden, tal como acababa de surgir del ragtime y de las canciones de la clase obrera, para enjuiciar el mundo de la música? Se sentía humillada y, mientras iba por la calle, a su lado, tenía una vaga sensación de escándalo. Consideraba, haciendo acopio de toda su tolerancia, que, en el mejor de los casos, los puntos de vista de Martin no pasaban de un capricho, de una salida de tono. Pero cuando, a la puerta de su casa, él la tomó en brazos, para darle las buenas noches apasionadamente, la muchacha se olvidó de todo a impulsos de su amor. Más tarde, mientras yacía en cama, incapaz de dormir, se preguntó, cosa que ahora hacía con mucha frecuencia, cómo se habría enamorado de un hombre tan extraño, pese a la oposición de su familia.

Al día siguiente, Martin Eden dejó a un lado el trabajo de batalla y, a toda máquina, escribió un artículo titulado La filosofía de la ilusión. Un sello lo puso en camino, pero estaba destinado a recibir muchos sellos y a comenzar numerosos viajes durante los meses que siguieron.

(Continuará…)

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