“Paterson”, de Jim Jarmusch

Rubén J. Triguero








Desde una primera mirada, Paterson (2016) podría parecer que es una película cuya temática gira en torno a la nada. Pero bajo toda esa capa de cotidianidad donde aparentemente no ocurre nada, se esconde lo importante: todo lo que es bello puede encontrarse en los detalles más pequeños, en todo lo sencillo y trivial que pasa desapercibido para la mayor parte de las personas.

El largometraje, escrito y dirigido por Jim Jarmusch, narra la monótona existencia de un joven que nació, vive y se gana la vida como conductor de autobús en Paterson, ciudad con la que además comparte su propio nombre. Su día a día está compuesto de rutinas: se levanta minutos antes de que la alarma suene, desayuna, se marcha al trabajo, conduce el autobús y una vez finalizada la jornada, regresa a casa, saca al perro a pasear y toma una cerveza siempre en el mismo bar. Su vida está envuelta en rutinas salvo por un aspecto: ama la poesía, y durante sus ratos libres escribe en un cuaderno que lleva consigo a todas partes.

La película protagonizada por Adam Driver en el papel de Paterson y por Golshifteh Farahani en el de Laura, contiene muchas características propias del cine de Jarmusch, aunque, en esta ocasión la banda sonora no tiene una importancia vital, como sucede en otros largometrajes como “Flores rotas” o “Extraños en el paraíso”. Aunque también es cierto, que de algún modo, la propia poesía funciona como banda sonora, como música en el transcurso del filme.

Para el conductor de autobús, la vida pasa sin demasiados altibajos, a diferencia de aquellos que le rodean, que viven la vida con bastante más dramatismo: un compañero de trabajo que siempre anda fastidiado por una multitud de pequeñas tragedias cotidianas; parroquianos del bar que frecuenta, que no hacen sino escenificar todo un drama romántico; los pasajeros del autobús que conduce; o su pareja Laura, una joven de enorme creatividad, a la búsqueda de su lugar en el mundo, que no puede evitar modificar todo lo que la rodea, convirtiéndolo en algo único, propio. Todos estos cambios que suceden a su alrededor, los observa, desde la quietud, aceptándolos. Le gusta su vida, su tranquilidad, su rutina.

Para él, como para su escritor de referencia, William Carlos Williams (del que incluso cuelga un retrato en la biblioteca personal que tiene en el sótano de su casa), «no hay ideas sino en las cosas», en una afirmación de la poética de las pequeñas cosas y del alejamiento del poeta de todo lo que engloba al poema. En su poesía, se observan la belleza de los objetos cotidianos, fabricados en cadena, objetos utilizados en el día a día como la caja de cerillas “Ohio Blue Tip”, que sirve como base para la creación de “Poema de Amor”, una de las composiciones en las que trabaja a lo largo de la película.

Paterson se resiste a las nuevas tecnologías, no cree que tener un teléfono móvil le vaya a mejorar la vida y por ello no lo tiene, tampoco posee un ordenador en el que escriba o que al menos utilice para pasar sus textos a limpio. De hecho sigue trabajando en su cuaderno, que usa desde hace años, en el que añade cada poema que concibe, sin intención de publicarlos (a pesar de la insistencia de Laura).

La película transcurre a lo largo de una semana, y la rutina podría haber ocupado la totalidad del filme. Sin embargo, en lugar de narrar una semana cualquiera en la vida del protagonista, narra una que es crucial en su vida: su cuaderno, donde escribe poemas desde hace años, es destrozado. Esto, para Laura es una tragedia y se devana los sesos buscando algún modo de rescatar los textos, pero para él, aunque se resiente por haber perdido sus creaciones, no resulta una tragedia dramática, sino otro suceso más, que esta vez, en lugar de suceder al entorno que lo rodea, le sucede a sí mismo.

A pesar de su estable quietud, Paterson siente gran curiosidad de todo y todos los que le rodean. De algún modo, se nutre de toda la textura que hay a su alrededor. Y aunque trata de pasar desapercibido, es difícil ocultar su condición, porque es difícil ocultar aquello que se ama, como sucede al final de la película, cuando se encuentra observando la cascada y tiene un encuentro casual con un poeta japonés que se encuentra visitando la ciudad.

Los poemas que escribe el personaje interpretado por Driver, han sido escritos por Ron Padgett (1942), perteneciente a la segunda generación de la escuela de Nueva York, quien le entregó a Jim Jarmusch algunos de los poemas escritos a lo largo de su vida, y otros creados exclusivamente para el filme. El poeta ha publicado una veintena de libros a lo largo de su vida, también es gran admirador de William Carlos Williams, a quien leyó a los dieciséis años y cuyas obras le abrieron los ojos para la poesía, para todo lo que vendría después.

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