El bosque de la noche (VII)

Djuna Barnes











DESCIENDE, MATTHEW

—¿Es que no puedes parar? —dijo el doctor. Llegó a la casa a media tarde y encontró a Nora escribiendo una carta—. ¿Es que no puedes dejarlo? ¿No puedes estar tranquila, ahora que sabes lo que busca el mundo, que no busca nada? —Se quitó el sombrero y el abrigo sin ser invitado a hacerlo, dejó el paraguas en un rincón y avanzó hacia el centro de la habitación—. Y yo que parezco raro porque nadie me ha visto desde hace un millón de años y ahora me ven. ¿Tan necesario es el sufrimiento para alcanzar la belleza? Suéltate del infierno y tu caída quedará interrumpida por el tejado del cielo. —Inspeccionó la bandeja del té y, al notar que la tetera estaba fría, se sirvió una generosa dosis de oporto. Se dejó caer en un sillón y agregó más suavemente cuando Nora levantaba la cabeza de la carta—: En los confines de la India hay un hombre que está sentado al pie de un árbol. ¿Por qué no descansar? ¿Por qué no dejar la pluma? ¿No es bastante duro para Robin estar perdida en algún lugar sin recibir correo? ¿Y Jenny, qué hace ahora? ¿Se ha dado a la bebida y se ha apropiado de la mente de Robin con vulgar inexactitud, como lo de esas ochenta y dos vírgenes de escayola que compró porque Robin tenía una auténtica? Cuando uno se ríe de las ochenta y dos, puestas en fila, Jenny corre a la pared, hacia el retrato de su madre y se queda allí de pie entre dos torturas: el pasado que no puede compartir y el presente que no puede copiar. ¿Y qué va a hacer ella? Registra sus habitaciones con gritos lacerantes y groseros; sepulta su cuerpo por los dos extremos, escudriñando el mundo para tratar de hallar el camino de vuelta hacia lo que deseó hace mucho tiempo. El recuerdo ha pasado, y sólo por coincidencia, percibe un viento o el temblor de una hora, o la envuelve una oleada de tremendos recuerdos, y ella se desvanece al saberlo perdido. ¿No puede una cosa horrenda ser análoga a una cosa exquisita si ambas son aprensiones? Muchas veces, amar dos cosas nos permite saber cuál es la buena. Piensa en los peces que recorren el mar. Su amor al aire y al agua los hace girar como ruedas, mordiendo el agua con la cola y con los dientes, con la espina dorsal retorcida en el aire. ¿No es así Jenny? Ella que nunca pudo abarcar nada por entero sino con los dientes y la cola y con la espina doblada. ¡Por el amor de Dios!, ¿es que no puedes descansar?
—Si no le escribo, ¿qué puedo hacer? No voy a estar siempre aquí sentada, esperando.
Terra damnata et maledicta! —exclamó el doctor, dando un puñetazo—. Mi tío Octavio, el pescador de truchas de Itchen, lo hacía mejor: él, cuando capturaba un pez, se lo comía. ¡Pero tú, tú tienes que devanar el destino, tienes que volver a buscar a Robin! Eso es lo que vas a hacer. En tu silla hubieran tenido que montar la Piedra Sagrada, para que dijera sí a tu sí y no a tu no; pero no, está perdida en la abadía de Westminster, y si yo hubiera podido salir al paso a Brec cuando la llevaba a Irlanda y decirle una palabrita al oído le hubiera dicho: «Espera», aunque aquello fue setecientos años antes de Jesucristo; podía haberle dado el mensaje. Eso podía haberte detenido; pero no, tú siempre estás escribiendo a Robin. Nada te detiene, tú la has convertido en leyenda y sobre su cabeza has colocado la Luz Eterna, y seguirás perseverando aunque esto le obligue a abrir un millón de sobres hasta el final de sus días. ¿Acaso sabes tú de qué sueño la arrancas? ¿Qué palabras tiene que pronunciar para acallar el silbido con el que el cartero llama a otra muchacha que se alza ansiosamente sobre un codo? ¿Es que no puedes soltarnos a ninguno? ¿Es que no sabes que tu perseverancia es su única felicidad y también su única desgracia? Tú escribes y lloras y piensas y cavilas, y mientras tanto, ¿qué hace Robin? Pues arranca florecillas o juega a los soldaditos sentada en el suelo; de manera que no me llores a mí, que no tengo a quien escribir y que no hago más que recoger esta ropita tendida que se conoce con el nombre de la Colada Mundial. Haz un hoyo y entiérrame en él. Quiá. La Pasión según san Mateo de Bach voy a ser yo. Durante una vida puedes usarlo todo, eso es lo que he averiguado.
—Tengo que escribirle —dijo Nora—. Tengo que escribirle.
—Eso nadie lo sabe mejor que yo, yo que soy el dios de la oscuridad. Está bien, pero entérate de lo peor. ¿Qué me dices de Félix y de su hijo Guido, ese niño febril, enfermo y quejumbroso? Para él un frío de muerte es un tónico. Al igual que todos los nuevos jóvenes, su único recurso para la vejez es la esperanza de una muerte prematura. ¿Qué espíritus le contestan a él, que nunca llegará al estado de hombre? Pobre vivacidad destrozada. Y yo pregunto ahora: ¿no será que Robin fue apartada adrede? ¿No habrá sido Jenny un instrumento? ¡A saber qué cuchillos la trituran ahora! ¿Y tú no puedes descansar ya, soltar la pluma? Oh, papelero, ¿no he hecho ya un resumen de mi tiempo? Un día me sentaré a descansar a la orilla de Saxon- les-Bains y me lo beberé hasta dejarlo seco, o me arruinaré en la mesa de juego de Hamburgo, o acabaré como Madame de Staël, con una afinidad por Alemania. Yo tendré toda clase de finales. Ah, sí, con una grupera de crin de doncella, para mantenerme el alma en su sitio, y en mi vanguardia una paloma de plumaje especial que se mantenga a mi viento, cuando yo cabalgue en ese caballo furioso que tiene en cada casco goma suficiente para franquear mis actos cuando me echen al buzón y me sellen con tierra. Con el tiempo todo es posible y en el espacio todo es perdonable. La vida no es sino el vicio intermedio. Hay una eternidad para el sonrojo. La vida, devanada de cabo a rabo, es lo que provoca un flujo de sangre al clero. ¿No puedes descansar, soltar la pluma? ¡Oh, los pobres gusanos que nunca llegan! ¡Que un ángel cómplice ruegue por nosotros! Nosotros no podremos abarcarlo, el tétrico murmullo del nervio cardíaco dicta a cada cual su paso. ¿Y Robin? ¡Yo sé dónde está tu mente! Ella, la eterna espontánea, Robin, que siempre fue la segunda persona del singular. ¡Bien! —dijo con violencia—. ¡Échate a llorar espada en mano! ¿Acaso yo no me he comido también un libro? ¿Como los ángeles y los profetas? ¿Y no era un libro amargo? Los expedientes de mis atentados contra la ley, sustraídos de los archivos indiscretos por mi influyente amigo. ¿Y no me comí esta página, y arranqué esa otra, y pisoteé otras, y desgarré otras y eché otras al inodoro para aliviarme de ellas? Pues ahora piensa en Jenny, sin una coma que llevarse a los dientes, y en Robin sin nada que la sostenga más que un nombre cariñoso, el nombre cariñoso que tú le diste; y es que los nombres cariñosos son un seguro contra la pérdida, como la música primitiva. Pero ¿es una suma ese nombre? ¿Es incluso nuestro fin una suma? No; no me contestes, yo sé que hasta la memoria pesa. Un día, durante la guerra, vi un caballo muerto que llevaba mucho tiempo en el suelo. El tiempo, y los pájaros y su propio postrer esfuerzo habían dejado el cuerpo a gran distancia de la cabeza. Mientras contemplaba aquella cabeza, en mi memoria pesaba el cuerpo perdido; y a causa de aquella magnitud ausente, la cabeza yacía en el suelo con mayor peso. Así el amor, cuando se va llevándose al tiempo consigo deja un recuerdo de peso.
—Ella es como yo misma. ¿Qué puedo hacer?
—Haz nidos de pájaros con los dientes; eso sería preferible —dijo él irritado—. Como mi amiga, la inglesa. A los pájaros les gustaban tanto que dejaron de hacerlos ellos. (¿Te recuerda esto algún nido que hayas hecho para un pájaro desviándole con ello de su destino?) Cuando llega la primavera, hacen cola junto a la ventana de su dormitorio, y esperan turno, aguantándose los huevos como pueden, hasta que ella los atiende, y paseando arriba y abajo del alféizar con los ojos hundidos en las plumas, brillantes y agudos, roídos por la impaciencia, como el que espera en la puerta del aseo que salga el que se ha metido en él para leer la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Y luego piensa en Robin que nunca pudo hacer nada por sí misma salvo a través de ti. En fin —dijo entre dientes—, felices aquellos a los que el aislamiento hace inocentes.

Nora se volvió y, con una voz que trataba de ser firme, dijo:

—Una vez, al verla dormir, deseé su muerte. Ahora eso no remediaría nada.

El doctor asintió y se arregló la corbata con dos dedos.

—El saber que tenemos los días contados no nos permite mirar cara a cara a la muerte de nuestra amante. Mientras vivimos, la conocíamos bien pero nunca la comprendimos, porque entonces nuestro siguiente gesto traía el siguiente equívoco. Pero la muerte es la intimidad que camina hacia atrás. Enloquecemos de dolor cuando ella, que una vez nos dio permiso para acercarnos, nos deja sólo el recuerdo. Entonces derramamos las lágrimas de la quiebra. Por lo tanto, vale más que no nos otorgue su permiso. —Suspiró—. Tú todavía sufres. Yo pensaba que ya lo habrías superado. Debí figurármelo. Nada es como uno desea. El mundo se rige por esta ley. Personalmente, si pudiera, yo instauraría el Día del Cuchillo Carnicero y, llevado de la bondad de mi corazón, os cortaría la cabeza a ti y un par más. A todo ser humano habría que concederle un día y un hacha para desahogarse.
—¿Qué nos pasará ahora, a mí y a ella? —preguntó Nora.
—Nada —respondió el doctor—. Como siempre. Todos caemos en la batalla, pero todos volvemos a casa.
—Yo sólo puedo volver a encontrarla en mi sueño o en su muerte; en los dos se ha olvidado de mí.
—Oye —dijo el doctor, dejando la copa—. Mi guerra me trajo muchas cosas, procura tú que la tuya te traiga a ti otras tantas. La vida no es para ser contada y, por más que tú grites, ella no te dará explicaciones. Nadie será mucho ni será poco salvo en la mente de otro, conque ten cuidado con las mentes en las que te metes, y acuérdate de Lady Macbeth que tenía la mente en la mano. No todos podemos actuar con esa seguridad.

Nora se levantó nerviosamente y empezó a pasear.

—Soy tan desgraciada, Matthew. No sé cómo, pero tengo que hablar, tengo que hablar con alguien. No puedo seguir así. —Se retorcía las manos y, sin mirar al doctor, siguió paseando.
—¿Tienes más oporto? —preguntó el doctor dejando la botella vacía encima de la mesa.

Maquinalmente, Nora le trajo otra botella. Él quitó el tapón, lo olió y se sirvió una copa.

—Tú estás experimentando la consanguinidad del dolor —dijo él catando el vino entre el labio inferior y los dientes—. La mayoría no nos atrevemos. Nosotros nos casamos con un desconocido y de este modo «resolvemos» nuestro problema. Pero cuando tú contraes matrimonio endogámico con el sufrimiento, lo que es tanto como decir que has contraído todas las enfermedades y de este modo perdonado a tu carne, eres desmantelada y destruida como desaparece una obra maestra de la pintura bajo el raspador del científico que quiere saber cómo fue pintada. Yo imagino que la muerte será perdonada por el mismo proceso de identificación; todos llevamos en nosotros mismos la casa de la muerte, el esqueleto, pero, a diferencia de la tortuga, tenemos la seguridad dentro y el peligro, fuera. El tiempo es una gran conferencia que proyecta nuestro fin, y la juventud no es más que el pasado que adelanta la pierna. ¡Ah, quién pudiera aferrarse al sufrimiento pero dejar libre el espíritu! A propósito de destrucción, recuerdo que, estando en Londres, yo corría una noche con las manos extendidas, rezando a todos los santos para poder llegar a casa, meterme en la cama y despertarme al día siguiente sin encontrarme las manos en las caderas. Corría hacia el Puente de Londres… de eso hace mucho tiempo, y más vale que me ande con cuidado o el día menos pensado, con una de estas historias, voy a delatar mi edad.
»Bien, al pasar por debajo del Puente de Londres, ¿qué crees que vi? Pues vi a una Tupenny Upright, o sea, Dos-Peniques De-Pie. ¿Sabes tú lo que es? Una Tupenny es una muchacha de las de antes, y el Puente de Londres, su última estación, como la última estación de una grue es Marsella, si no tiene dinero suficiente para llegar a Singapur. Por dos peniques, ella te hace, de pie, todo lo que puedas esperar. Solían pasear despacio, todas volantes y colgajos, con unos sombrerazos terroríficos, con el alfiler clavado encima del ojo y atravesándoles toda la copa, con la mitad de la sombra en el suelo y la otra mitad arrastrándose por la pared; damas de la haute que daban su último paseo, deambulando por su último Rotten Raw, caminando despacio en la oscuridad, levantándose los remendados volantes de la falda o quedándose quietas, para que se los levantaras tú, dejándote hacer, calladas e indiferentes como los muertos, como si pensaran en tiempos mejores o esperaran algo que les prometieron cuando eran niñas; con sus pobres vestidos malditos levantados y cayéndoles por el anca, todas frunces y galones, como la montura de un cruzado, con todos los arreos revueltos, de la pena.

Mientras el doctor hablaba, Nora dejó de pasear, como si él hubiera captado su atención por primera vez.

—Y una vez el padre Lucas me dijo: «Tienes que ser simple, Matthew, la vida es un libro muy simple, un libro abierto, tú lee y sé simple como los animales del campo; no basta con ser desgraciado, tienes que saber sufrir». Entonces me puse a pensar y me dije: «Esto que me manda el padre Lucas es terrible: sé simple como los animales y, además, piensa y no hagas daño a nadie». Entonces eché a andar. Anochecía y estaba nevando. Me dirigí hacia la Île porque veía brillar los vitrales de Nôtre-Dame, con todos los niños que rezaban en la penumbra, y todas las velas que parpadeaban, los niños que rezaban sus oraciones bajito, con ese aliento leve que sale de los pulmones pequeños, susurrando con fatalismo sobre nada, que es como los niños dicen sus oraciones. Entonces me dije: «Matthew, esta noche tienes que encontrar una iglesia pequeña, donde no haya nadie, donde puedas estar solo como un animal y, no obstante, pensar». Conque di media vuelta y fui bajando hasta que llegué a Saint Merry y entré y allí me quedé. Las velas ardían con ahínco por todas las penas que la gente les había confiado, y yo estaba casi solo, porque no había más que una vieja que rezaba el rosario en un rincón.
»Me acerqué al cepillo de las ánimas del Purgatorio, sólo para demostrar que era un pecador de verdad, por si había por allí algún protestante. Yo trataba de decidir cuál de mis manos era más bendita, porque en el Raspail hay una hucha que dice que la mano con la que das a las Hermanitas de los Pobres estará bendita todo el día. Hasta que desistí, confiando en que fuera la derecha. Me arrodillé en un rincón oscuro e incliné la cabeza y me puse a hablar a Tiny O’Toole porque le tocaba a él; yo lo había probado todo. Esta vez no había más remedio que obligarle a enfrentarse al misterio, para que yo pudiera verle tan claramente como él a mí. Entonces susurré: “¿Qué es esto, Señor?” y empecé a llorar; las lágrimas caían como cae la lluvia sobre el mundo, sin tocar la cara del cielo. De pronto, me di cuenta de que era la primera vez en mi vida que mis lágrimas me eran extrañas, porque me salían de los ojos hacia delante; yo lloraba porque tenía que hacer que Tiny se sintiera violento, a ver si escarmentaba.
»Yo lloraba y golpeaba el prie-dieu con la mano izquierda, y mientras tanto Tiny O’Toole estaba desmayado. Yo dije: “He buscado, y lo único que hallo es que soy yo, Señor, el único que sabe que hay belleza en un error permanente como yo”. ¿No lo decía yo? “Pero —agregué— no podré perseverar a menos que tú me ayudes, ¡oh, Libro de la Ocultación! C’est le plaisir qui me bouleverse! ¡El león rugiente sale en busca de su propia furia! Así que dime qué es lo permanente de mí, yo o él”. Así que allí estaba yo en la iglesia casi vacía, con todas las penas de la gente parpadeando alrededor. Y yo dije: “Este mundo sería estupendo, Señor, si pudieras sacar de él a toda la gente”. Y allí estaba yo, abrazado a Tiny, inclinado y llorando y preguntando hasta olvidarme de todo, y seguí llorando y dejé a Tiny como un pájaro roto, y salí de la iglesia y eché a andar mirando a las estrellas que brillaban y dije: “¿He sido simple como un animal, Señor, o he estado pensando?”

Ella sonrió:

—A veces, no sé por qué hablo contigo. Eres como un niño. Pero otras veces sí lo sé, y muy bien.
—A propósito de niños, y gracias por el cumplido, ahí tienes, por ejemplo, el caso de don Anticolo, el joven tenor de Beirut, que se sacaba a su Wagner de la pelvis y a Verdi, del plexo solar. Cantando había dado una vuelta y media al mundo, viudo, con un hijo pequeño, de apenas diez años reloj en mano, cuando, presto, el niño fue mordido por una rata mientras se bañaba en Venecia y eso le dio unas fiebres. Su padre entraba a verlo y lo palpaba cada diez minutos, ¿o era cada media hora?, para ver si estaba menos o más caliente. El papá estaba loco de dolor y de angustia, pero ¿se apartaba un solo instante de su cama? Se apartaba, porque, aunque el niño estaba enfermo, había anclado la flota. Claro está que, como era padre, rezaba mientras bebía el champaña; y pedía larga vida para su hijo mientras mamaba encima de la brújula e invitó a casa a toda la tripulación, de la proa a la botavara. Cuando llegó a casa, el niño había muerto. El joven tenor prorrumpió en llanto, lo incineró y puso las cenizas en una cajita de cinc que no era más grande que una caja de muñecas y le dedicó una ceremonia, con doce marineros vestidos de azul alrededor de la mesa de madera blanca, con el vaso en la mano, y la aflicción en sus ojos de mirar al mar, de fino párpado entornado al horizonte, mientras el desconsolado padre y cantante empujaba la cajita de un lado al otro de la mesa diciendo: «¡Esto, señores, es mi hijo. Esto, chicos, mi hijo, mis marinos, mi pequeño!» Y se abalanzaba sobre la caja, la levantaba y volvía a bajarla, repitiendo y llorando: «¡Hijo mío, mi niño, mi chiquitín!» Palpando la caja con dedos temblorosos aquí y allá, de un lado al otro de la mesa, una docena de veces, abalanzándose sobre ella, siguiéndola, tocándola, llorando y gritando, como el perro que olfatea el pájaro que, por alguna extraña razón, ha dejado de moverse.

El doctor se levantó y volvió a sentarse:

—Sí, como hay Dios, Robin era hermosa. A mí no me gusta, pero tengo que reconocerlo. Tenía como un azul fluido debajo de la piel, como si le hubieran arrancado la corteza del tiempo y, con ella, todas las transacciones del conocimiento. Una especie de primer estado de la atención, una cara que envejecerá sólo bajo los golpes de la niñez perpetua. Unas sienes, como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. Y esa expresión de la cara que perseguimos como un fuego de san Telmo. Los brujos conocen el poder de los cuernos. Tú encuentra un cuerno donde quieras y sabrás que ha sido identificado. Podrías tropezarte con mil cráneos humanos sin sentir la misma trepidación. ¡Si lo sabrán las viejas duquesas! ¿Has visto alguna que se presente en público, ya sea en la ópera o en cualquier sarao, sin que le tremolen en la sien plumas, flores, ramitas de avena o cualquier otra fruslería?

Ella no le oía.

—Cada hora es mi última hora —dijo con desesperación—. ¡Y no se puede estar toda la vida viviendo una última hora!

Él juntó las manos.

—Incluso la vida contemplativa no es más que un esfuerzo, Nora, hija mía, para esconder el cuerpo de manera que no asomen los pies. ¡Ah, quién fuera el animal que nace al abrir los ojos, sólo va hacia delante y, al final del día, al cerrar los párpados, cierra la memoria!
—El tiempo no es lo bastante largo —dijo ella golpeando la mesa—, no es lo bastante largo para dar cabida a sus noches. ¡Dios! —exclamó—. ¿Qué es el amor? ¿El hombre que busca su propia cabeza? ¡La cabeza humana está tan desgarrada por el sufrimiento que hasta los dientes le pesan! Ella no podía decirme la verdad porque nunca hacía un plan; su vida era un continuo accidente, ¿y cómo va uno a estar preparado para eso? Todo lo de este mundo que no podemos soportar lo encontramos un día en una persona y en el acto nos prendamos de ello. Un sentido de identidad robusto da a la persona la idea de que no puede hacer nada malo; un sentido débil produce el mismo efecto. Hay naturalezas que no pueden apreciar sino sólo añorar. ¿Será Robin de las personas que sólo añoran? —Se interrumpió bruscamente, asiendo con fuerza el respaldo de la silla—. Quizá no, porque hasta el recuerdo la fatigaba. —Entonces dijo con la violencia del desconsuelo—: ¡Hay algo perverso en mí que ama el mal y la degradación, el reverso negro de la pureza! Algo que ama la honestidad con un amor, horrendo. ¿Por qué, si no, he ido siempre a buscarla a la puerta del embustero?
—Mira —dijo el doctor—, ¿sabes qué es lo que ha hecho de mí el mayor embustero a este lado de la Luna? El contar mis historias a gente como tú para sacarles de la entraña la angustia mortal e impedir que vayan rodando por ahí, que encojan las piernas, dando alaridos, con los ojos desorbitados por encima de los nudillos, con un sufrimiento que tratan de ahogar diciendo: «Diga algo, doctor, por el amor de Dios». Y yo, hablando a borbotones, como un loco.
»Supón que tu corazón tuviera un metro de diámetro, ¿lo destrozarías por un corazón que no fuera mayor que una cagadita de ratón? ¿Te arrojarías a un lago, con el tamaño que ahora tienes, por una mujer a la que tuvieras que buscar con lupa o por un chico tan alto como la Torre Eiffel o que cagara como las moscas? No; nosotros amamos por tamaños pero, a medida que envejecemos, gritamos con una vocecita cada vez más pequeña al Dios estentóreo. Envejecer no es sino echarse vida a la espalda; de manera que al fin perdonas incluso a aquellos a los que no has empezado a olvidar. Esta indiferencia es lo que te da valor, que, a decir verdad, no tiene nada de valor. No hay verdad, pero vosotras la habíais colocado entre las dos; fuiste tan imprudente como para fabricar una fórmula; vestiste lo incognoscible con las ropas de lo conocido.
—El hombre —dijo ella con un temblor en los párpados—, al someterse al miedo, creó a Dios; del mismo modo que la prehistoria, al someterse a la esperanza, creó al hombre… provocó el enfriamiento de la corteza terrestre y la retirada de las aguas. Y yo, que necesito fuerza, elijo a una muchacha que parece un chico.
—Exacto —dijo el doctor—. Tú nunca habías querido ni querrás a nadie como quieres a Robin. Muy bien, ¿qué es este amor que sentimos hacia el invertido, sea hombre o mujer? Porque de ellos tratan todos los cuentos y todas las novelas que hemos leído. La muchacha perdida, ¿quién es si no el príncipe encontrado? El príncipe del caballo blanco, al que siempre buscamos. Y el hermoso doncel que es una muchacha, ¿qué es si no el príncipe-princesa con cuello de encaje: nada del uno y la mitad del otro, el dibujo del abanico? Por esa razón los amamos. Fueron grabados dentro de nosotros en nuestra niñez mientras cabalgaban por nuestros libros de lectura; la más dulce de las mentiras, ahora hecha realidad en el chico o la chica, porque en la muchacha es el príncipe y en el muchacho, la muchacha, lo que hace príncipe a un príncipe, y no un hombre. Retroceden hacia nuestra distancia perdida donde nos aguarda lo que nunca tuvimos; era inevitable que diéramos con ellos, porque nuestro anhelo equivocado los creó. Son nuestra respuesta a lo que nuestras abuelas creían que era el amor, porque así se lo habían dicho, y lo que nunca llegó a ser; ellos, la mentira viva de nuestro siglo. Cuando aparece una mentira larga, a veces es muy hermosa; cuando cae en la disipación, en las drogas y en la bebida, en la enfermedad y la muerte, tiene un atractivo singular y terrible a la vez. Un hombre puede aborrecer y evitar el mal en su propio plano, pero cuando está en el fino borde desflecado del sueño lo encierra en su corazón, como en su corazón guarda uno el negro horror de la pesadilla íntima, nacida y muerta para la mente particular, de manera que si uno de ellos muere de viruelas, de eso también querrá morir el otro, con dos sentimientos, horror y alegría, fundidos de nuevo en un mar informe donde un cisne, que podemos ser nosotros, o ella, o él, o la suma misteriosa de todos, se hunde gritando.
—Amor, sentido con pasión, es muerte, lo sé, por eso el amor es sabiduría. Yo la amo como el que cumple una condena.
—¡Ay, viuda Lázaro! ¡Resucitada de tus muertos! ¡Humor lunático de la Luna! Contempla este árbol del espanto en el que canta el pájaro del horror, Turdus musicus, el tordo cantor de Europa; que canta el estribillo, posado en la rama, en la noche húmeda de llanto, con trino que empieza largo pero termina como I Hear You Calling Me, o Kiss Me Again a ritmo frenético. ¿Y Diana, dónde está? Diana de Éfeso, de los Jardines Griegos, que canta y se estremece en todos los pechos; y Tormento y Devastación, los perros del Vaticano que corren arriba y abajo de la explanada pontificia y salen a las Ramblas con rosas en la cola para ahuyentar la angustia. ¡Si los conoceré yo! ¿Es que te has creído que yo, la Vieja del Armario, no sabe que todos los niños, de cualquier tiempo, han nacido prehistóricamente y que hasta el pensamiento equivocado le ha costado a la mente humana un esfuerzo increíble? Sacude el árbol del conocimiento y harás volar un extraño pájaro. El sufrimiento puede estar compuesto de maldad y producir convulsiones inferiores. El furor y la tergiversación aúllan y hacen estallar el hueso, porque, contrariamente a lo que se cree, no todo el sufrimiento purifica, con perdón de todo el mundo, que es como decir como sabe todo el mundo. A algunos los empuja con desesperación al perjurio; el peritoneo hierve y provoca una oración vulgar y barata, envuelta en una agonía inútil.
—Jenny —dijo ella.
—Esto le quita el sueño. Jenny es una de esas personas que comen como un pájaro y evacuan como un buey: los pobrecillos sólo están un poco malditos. Eso también puede ser una tortura. Ninguno de nosotros sufre tanto como debería, ni ama tanto como dice. El amor es la primera mentira; la sabiduría, la última. ¿Acaso no sé yo que la única forma de conocer el mal es por la verdad? Los malos y los buenos sólo se conocen cuando se revelan su secreto cara a cara. El verdadero bien que encuentra al verdadero mal (Santa Madre de Misericordia, ¿existe esto?) descubre la forma de no aceptar ni lo uno ni lo otro; la cara del uno revela a la cara del otro la mitad de la historia que los dos olvidaron.
»Ser inocente del todo sería ser del todo desconocido, ¡especialmente por uno mismo! —terminó.
—A veces Robin parecía volver a mí —dijo Nora sin escucharle— en busca de descanso y seguridad. Pero siempre volvía a marcharse —agregó con amargura.

El doctor encendió un cigarrillo; alzando la barbilla expulsó el humo hacia lo alto.

—Para tratar a sus enamoradas con la gran indiferencia apasionada. ¡Pues claro! —exclamó bajando el mentón—. El alba, naturalmente, ¡el alba! Entonces regresaba asustada. A esa hora, el ciudadano de la noche hace equilibrios sobre un hilo muy delgado.
—Sólo lo imposible dura siempre; con el tiempo, se hace accesible. El amor de Robin y mi amor siempre fue imposible y, amándonos, ya no amamos. Sin embargo, nos amamos la una a la otra mortalmente.
—¡Hum! —murmuró el doctor—. Por más que aporrees la vida como un gong, hay una hora que no suena, la hora de la ruptura. En fin —suspiró—, al cabo todos los hombres mueren de ese veneno que se llama «corazón en la boca». Tú llevas el tuyo en la mano. Guárdalo. Al que lo come le gustará tu sabor y al fin su hocico te ladrará entre las costillas. Yo no soy una excepción, bien lo sabe Dios; soy el último de la familia, la línea más débil. Es una atrocidad que el hombre sólo sea capaz de aprender por medio de lo que tiene entre una pierna y la otra. Ay, el pequeño colgante. Con su actividad corrompemos a la mortalidad. Nunca sabrás cuál de tus dos extremos es aquel del que nunca puedes apartar tu pensamiento.
—Si tú pudieras apartar mi pensamiento de mi propia cabeza, Matthew… ahora, en esta casa que tomé para que el pensamiento de Robin y el mío pudieran ir al unísono. Es curioso, ¿no?, pero soy más feliz ahora, estando sola, sin ella, porque cuando ella estaba conmigo en esta casa, tenía que verla deseando marcharse y quedándose. ¿Cuánta vida ponemos en nuestra vida para poder ser condenados? Luego ella volvía, y se la oía tropezar por la casa otra vez, acechando un paso en el patio, un pretexto para huir sin marcharse, tratando de absorber por la intensidad de su oído cualquier sonido que me hiciera sospechar, y, a pesar de todo, esperando que yo me desesperara, aunque manteniéndome a salvo, desde luego; ella necesitaba esta certidumbre. Matthew, ¿fue pecado creerla?
—Naturalmente; eso falseaba su vida.
—Pero dejé de creerla, después de la noche en que fui a verte; y a todas horas tengo que pensar en eso, no me atrevo a dejar de pensar, por miedo a volver a empezar.
—El remordimiento pesa como culo de toro —dijo el doctor—. Tú tenías la presunción de la «honestidad» para impedir que ese culo te reventara el corazón; pero ¿qué tenía ella? Sólo tu confianza en ella, y se la retiraste. Debiste mantenerla siempre, consciente de que era un mito; no es prudente destruir un mito. ¡Ah, la debilidad de los fuertes! Lo malo de ti es que no eres sólo una fabricante de mitos, sino también una destructora. Creaste una hermosa fábula y luego le metiste a Voltaire en la cama. ¡Ah, la Marcha fúnebre de «Saúl»!

Nora prosiguió, como si él no la hubiera interrumpido:

—Porque, después de aquella noche, fui a ver a Jenny. Recuerdo la escalera. Era de madera marrón y el portal, oscuro y feo. El apartamento era deprimente. Nadie habría dicho que aquella mujer tenía dinero. El papel de la pared era de color mostaza hasta el salón y en el recibidor había algo espantoso rojo, verde y negro, y, al fondo, frente a la puerta de la escalera, un dormitorio con una cama de matrimonio. Apoyada en la almohada había una muñeca. Robin me había regalado a mí también una muñeca. Entonces supe que aquélla era la casa, antes de preguntar: «Usted es la amante de Robin, ¿verdad?» Aquella pobre criatura que temblaba de pies a cabeza tenía unos huesos pélvicos que se le transparentaban a través de la tela del vestido. Me dieron ganas de reír de terror. Estaba encogida en la silla, de la sorpresa, y levantó su pico de cuervo y dijo: «Sí». Entonces levanté la mirada, y vi que en la pared estaba la foto de Robin de niña: la que me dijo que se había perdido.
»Ella se desmoronó; cayó hacia delante en mi regazo. Cuando siguió hablando, vi que yo para ella no era peligro sino alguien que podía comprender su tormento. Con gran agitación dijo: “Esta tarde he salido. Creí que no vendría, porque usted, según me dijo Robin, se había ido al campo y volvía esta noche y ella tendría que quedarse en casa con usted, porque usted siempre fue muy buena con ella; aunque bien sabe Dios que creo que ya no hay nada entre ustedes, que son sólo ‘buenas amigas’; ella me lo ha explicado… Sin embargo, casi me vuelvo loca cuando, al regresar, me doy cuenta de que en mi ausencia ella ha estado aquí. ¡Cuántas veces no me habrá dicho: ‘No salgas, porque no sé cuándo voy a poder venir, porque no puedo hacerle daño a Nora!’”

La voz de Nora se ahogó. Luego, siguió hablando:

—Entonces Jenny dijo: «¿Qué piensa usted hacer? ¿Qué quiere que yo haga?» Yo comprendía que ella no podría hacer más de lo que quisiera hacer y que, fuera lo que fuera, aquella mujer era una embustera, por mucha verdad que dijera. Yo estaba muerta. Entonces me sentí más fuerte y le dije que sí, que tomaría una copa. Ella sirvió dos, golpeando el vaso con la botella y derramando el licor en la fea alfombra oscura. Yo pensaba: ¿qué es lo que me hace daño?; y entonces lo supe: era la muñeca, la muñeca que había encima de la cama. —Nora se sentó de cara al doctor—. Cuando damos una muñeca a una niña le regalamos muerte, es la efigie y el sudario; cuando una mujer la regala a otra mujer, le da la vida que no pueden engendrar; es su vida, sagrada y profana; por eso, cuando vi aquella otra muñeca… —Nora no pudo continuar. Se echó a llorar—. ¡No sé de qué especie de monstruosidad formo parte, pero siempre estoy llorando a su lado!
»Cuando llegué a casa, Robin estaba esperándome y por mi tardanza comprendió que había ocurrido algo. Yo dije: “Se acabó. No puedo continuar. Siempre me has mentido, y a ella le has dicho que no había nada entre nosotras. No lo soporto más”.
»Ella se levantó y salió al recibidor. De un tirón, descolgó el abrigo del perchero y yo le dije: “¿No tienes nada que decirme?” Ella me miró. Su cara era como algo que ha sido hermoso y ahora te lo encuentras en el río… y salió bruscamente.
—Y tú, llorando —dijo el doctor moviendo la cabeza—. Recorrías la casa a la deriva, abrumada por la falta de peso. Estabas rota y te golpeabas las manos, riendo como una loca y canturreando y cubriéndote la cara con las manos. Los ademanes del teatro están sacados de la vida, y al sorprenderte a ti misma utilizándolos sentiste confusión y vergüenza. Cuando salías a buscar a alguien para aturdirte, la gente decía: «¡Por el amor de Dios, mirad a Nora!» Y es que la demolición de una ruina monumental es un espectáculo espléndido y sobrecogedor. ¿Y tú por qué quieres hablar conmigo? Porque yo soy la otra mujer olvidada por Dios.
—No hay nada que nos guíe, Matthew —dijo ella—. No sabe uno hacia dónde ir. Un hombre es otra persona; una mujer es siempre tú misma, sorprendida en el momento en que vuelves la cara con pánico; en su boca besas tu propia boca. Si te la quitan gritas como si te robaran a ti misma. Dios se ríe de mí, pero su risa es mi amor.
—Tú te has muerto y has resucitado por amor —dijo Matthew—. Pero, a diferencia del asno que vuelve del mercado, tú llevas siempre la misma carga. ¡Oh, por los clavos de Cristo! ¿Es que nunca te dio asco? ¿Nunca te alegraste de tener la noche para ti sola y cuando por fin ella volvía no deseabas que no hubiera vuelto?
—Nunca y siempre; temía que pudiera volver a ser buena conmigo. Y ése es un miedo terrible —dijo—. Miedo al momento en que ella hiciera con sus palabras un lenguaje secreto, que nadie más que nosotras podría compartir, y dijera: «No me dejes, o no podría seguir viviendo». Pero una noche corría detrás de mí por el barrio de Montparnasse adonde yo había ido a buscarla porque me habían llamado para avisarme de que estaba enferma y no podía volver a casa; yo había dejado de salir con ella porque no podía soportar «lo que veían mis ojos»; corría detrás de mí durante varias travesías, diciendo con un jadeo furioso: «¡Eres un demonio! ¡Todo lo ensucias!» Yo había tratado de quitarle unas manos de encima. Siempre la sobaban cuando estaba borracha. «¡Haces que me sienta sucia, cansada y vieja!»
»Yo me volví hacia la pared. Se paraba la gente, y policías. Yo tenía frío y estaba avergonzada. “¿Lo dices en serio?”, pregunté. Me dijo que sí. Apoyó la cabeza en el hombro de un policía. Estaba borracha. Él la tenía asida por la muñeca y le había puesto una mano en el trasero. Ella no protestaba, porque no se daba cuenta y seguía escupiéndome cosas horribles. Entonces me fui de allí muy de prisa. Me parecía que tenía la cabeza en un lugar muy grande. Ella venía corriendo detrás de mí. Yo seguí andando. Tenía frío, pero ya no estaba desesperada. Ella me agarró del hombro y se arrimó a mí sonriendo. Tropezó y yo la sostuve, y entonces, al ver a una pobre prostituta astrosa dijo: “Dale dinero, ¡todo el dinero!” Tiró los francos al suelo y se agachó delante de la desgraciada criatura y le acariciaba el pelo, gris con el polvo de los años, diciendo furiosa: “Todos están dejados de la mano de Dios, y tú más que nadie, porque no quieren dejarte ser feliz. No quieren que bebas. ¡Pues toma, bebe! Yo te doy dinero y te doy permiso. Estas mujeres son todas como ella. Todas son buenas, todas quieren salvarnos”. Se sentó al lado de la mujer.
»El garçon y yo tardamos media hora en ponerla de pie y llevarla hasta el portal, y cuando la tuve allí ella empezó a debatirse con tal fuerza que, de pronto, sin pensar, por el cansancio y la desesperación, le di una bofetada; y entonces ella tuvo un sobresalto y sonrió y subió las escaleras conmigo sin una protesta. Comía huevos, sentada en la cama y me llamaba: “¡Ángel! ¡Ángel!” Y luego se comió mi ración, se echó y se quedó dormida. Entonces yo la besé, le acaricié las manos y los pies y dije: “Muérete ahora, y tendrás paz, y no volverán a tocarte con manos sucias, y no cogerás mi corazón y mi cuerpo y lo darás a oler a los perros. Muérete ahora y serás mía para siempre”. ¿Quién tiene derecho a eso? —Nora hizo una pausa—. Sólo era mía cuando estaba borracha y había perdido el conocimiento, Matthew. Eso es lo terrible, que al final sólo era mía cuando estaba completamente borracha. Yo en ningún momento creí que su vida fuera lo que era y, sin embargo, el que no lo creyera demuestra que algo anda mal en mí. Yo la veía como una niña grande que ha crecido de prisa, pero que necesita ayuda y seguridad. Porque ella estaba en su propia pesadilla. Yo trataba de salvarla, pero era como una sombra en su sueño y nunca podía alcanzarla a tiempo. Como el grito del que duerme no tiene eco, yo era el eco que trataba de contestar; ella era como una nueva sombra que caminaba peligrosamente cerca del telón exterior y yo me desesperaba porque estaba despierta y la veía y no podía alcanzarla, ni quitarle de encima a la gente, y la sombra se movía casi sin andar, con cara de santa y de idiota.
»Y llegó aquel día que recordaré toda mi vida en que dije: “¡Se acabó!”; ella dormía, yo la desperté golpeándola. La vi despertar y degenerar delante de mí, ella que durante aquel sueño había conseguido mantenerse íntegra. Matthew, por el amor de Dios, di algo, eres lo bastante bestia como para decirlo, ¡di algo! Yo no sabía, no sabía que al final sería yo la que haría lo más terrible. Hasta entonces no la había alcanzado la podredumbre y allí, ante mis ojos, la vi de repente corrompida y marchita, porque yo había disipado su sueño. Yo me desesperé, y desde entonces estoy desesperada, y no hay nada que hacer, nada. Di algo, por Dios, di algo.
—¡Basta ya! ¡Basta ya! —exclamó él—. ¡Deja ya de gritar! ¡Baja esas manos! ¡Tú eras una «buena mujer», es decir, una pécora, en un plano elevado, la única capaz de matarte a ti misma y a Robin! Robin se apartaba del «tipo humano», era una criatura salvaje, presa en una piel de mujer, monstruosamente sola, monstruosamente vanidosa; como el paralítico de la feria de Coney Island… quítale a un hombre su conformidad y le habrás quitado su remedio, que tenía que permanecer echado de espaldas en una caja, pero era una caja forrada de terciopelo y el hombre llevaba los dedos llenos de sortijas, y suspendido sobre él en un lugar del que no podía apartar los ojos, había un espejo con marco azul celeste, porque el hombre quería gozar de su propia «diferencia». Robin no está en tu vida, tú estás en su sueño y nunca saldrás de él. ¿Y por qué se siente inocente Robin? Cada cama que abandona con indiferencia le llena el corazón de paz y felicidad. Ella ha vuelto a conseguir su «evasión». Por eso no puede ponerse en el lugar de otro, la suya es la única «posición»; por eso le duele que le reproches lo que hace. Ella se sabe inocente porque no puede hacer nada en relación con nadie más que consigo misma. Tú casi la apresaste, pero ella supo escabullirse muy inteligentemente convirtiéndote en la Madonna, ¿De qué te habrán servido tu paciencia y tu terror de todos estos años, si no supiste conservarlos por el bien de ella? ¿Tenías tú que adquirir de ella la sabiduría?
»¡Oh, por el dulce amor de Dios!, ¿es que no podías resistir el no aprender tu lección? Porque, si aprendemos una lección, es siempre a costa de dar a nuestro amante la muerte y una espada. Tú rebosas orgullo, pero yo soy una vasija vacía que sigue adelante, rezando mis oraciones en un lugar oscuro, porque sé que nadie ama, y yo menos que nadie, y que nadie me ama a mí. Esto es lo que hace a la mayoría de la gente tan apasionada y tan brillante. Porque ellos quieren amar y ser amados, cuando todo se reduce a una pequeña mentira dicha al oído, para hacer que el oído olvide lo que nos trae el tiempo. Por eso yo, el doctor O’Connor, te digo: arrástrate despacito, despacito, y no aprendas nada, porque siempre se aprende del cuerpo ajeno; obra en tu corazón y cuida a quien amas, porque un amante que muere, por olvidado que esté, se lleva a la tumba algo de ti. Sé humilde como el polvo, tal como Dios quería, y arrástrate, hasta que arrastrándote llegues al final del arroyo, y nadie te echará de menos ni te recordarán demasiado.
—A veces —dijo Nora—, se quedaba en casa todo el día, mirando por la ventana, jugando con sus juguetes, sus trenes, sus animales y sus coches de cuerda, con sus muñecas, y sus canicas, y sus soldados. Pero sin dejar de observarme, para asegurarse de que nadie me visitaba, de que no sonaba el timbre, de que no recibía correspondencia, ni nadie llamaba desde el patio, a pesar de que ella sabía que ninguna de estas cosas podía ocurrir, que mi vida era suya.
»A veces, si se había emborrachado al anochecer, la encontraba en el centro de la habitación, vestida de hombre, girando sobre sí misma, con la muñeca que nos había comprado, nuestra “hija”, en alto, como si fuera a arrojarla al suelo, y una expresión de furor en la cara, y una vez, cuando volvió a casa a eso de la tres de la madrugada, se indignó porque, excepcionalmente, yo no había estado allí todo el tiempo esperando. Agarró la muñeca y la tiró al suelo, y la pisoteó, clavándole el tacón. Cuando yo me acercaba por detrás, llorando, le dio un puntapié, y su cabeza de porcelana quedó hecha añicos y las falditas rígidas temblaban dando tumbos por el suelo.

El doctor juntó las palmas de las manos.

—Si tú, que a fuerza de amor estás sedienta de sangre, la hubieras dejado en paz, ¿qué habría ocurrido? ¿Es que una muchacha perdida de los tiempos de Dante habría seguido siendo una muchacha perdida si él se hubiera fijado en ella? Ella habría sido recordada, y los recordados visten el traje de la inmunidad. ¿Imaginas que Robin no tenía derecho a pelear contigo con su única arma? Ella descubrió en ti ese ojo temible que siempre haría de ella un blanco. ¿Acaso las niñas no han hecho otro tanto con la muñeca? La muñeca, sí, blanco de cosas pasadas y por venir. ¡La última muñeca, la que se da a los mayores, es la muchacha que hubiera debido ser chico y el chico que hubiera debido ser muchacha! El amor por esta última muñeca se prefiguraba en el amor por la primera. La muñeca y el inmaduro tienen algo bueno: la muñeca porque parece tener vida y no la tiene y el tercer sexo porque tiene vida y se parece a la muñeca. ¡La cara bendita! ¡Debería ser vista sólo de perfil, de lo contrario nos parece la conjunción de las mitades idénticas y escindidas de la zozobra asexuada! Su reino no tiene precedente. ¿Por qué crees tú que he pasado casi cincuenta años llorando por los bares si no porque soy uno de ellos? ¡El ángel deshabitado! ¡Eso es lo que siempre estuviste persiguiendo!
—Matthew, ¿será que quizá existen los demonios? ¿Quién sabe si hay demonios? Quizá se han asentado en los deshabitados. ¿Fui yo su demonio al tratar de darle consuelo? Yo entro en mis muertos y no les llevo consuelo, ni siquiera en mis sueños. En mi sueño estaba mi abuela, a la que he querido más que a nadie, enredada en la hierba de la tumba, con flores que volaban alrededor; o tendida en la tumba, en el bosque, en un ataúd de cristal y, volando bajo, mi padre, que todavía vive, venía rasando el suelo y entraba en la tumba, a su lado, con la cabeza echada hacia atrás y los rizos sueltos, peleando terriblemente con la muerte de ella y yo, caminando sobre el borde, llorando en silencio; girando y girando, mientras los veía luchar con aquella muerte, como si lucharan con el mar y mi vida; yo lloraba sin poder hacer nada ni apartarme de ellos. Allí estaban los dos, en el cristal de la tumba y en el agua de la tumba, y las flores de la tumba, y el tiempo de la tumba, uno vivo y la otra muerta. Y, otra, dormida. Aquello no acababa nunca, aunque se había parado. Mi padre dejó de pegar y se quedó flotando, a su lado, inmóvil, pero derivando hacia un lugar estrecho. Y yo desperté y aquello continuaba; se hundía en la tierra oscura de mi despertar, como si yo los enterrara con la tierra de mi sueño perdido. Esto le hice a la madre de mi padre. Soñando a través de mi padre. Y los he atormentado con mis lágrimas y con mis sueños, porque todos volvemos a morir en el sueño de otro. Y esto le hice a Robin: sólo a través de mí ella morirá una y otra vez y sólo a través de mí, de toda mi familia, mi abuela muere una y otra vez. Me levanté de la cama y, poniendo las manos entre las rodillas, pregunté: «¿Qué estaba diciéndome ese sueño? Por el amor de Dios, ¿qué sueño era ése?» Porque también era por mí.

De pronto, el doctor Matthew O’Connor dijo:

—Lo que yo ansío es a mi madre, ¡sin discusión! —Y luego, con voz potente, tronó—: ¡Madre de Dios, yo quería ser hijo tuyo, me habría conformado con ser el segundón, el bien amado y desconocido!
—¡Oh, Matthew! No sé qué hacer. No sé hacia dónde volverme. Si la ves, dile que siempre la tengo en mis brazos y siempre la tendré, hasta la muerte. Dile que haga lo que tenga que hacer, pero que no olvide.
—Díselo tú —respondió el doctor—. O quédate sentada con tu pena, si lo prefieres; lo mismo les ocurre a los armiños, esos preciosos armiños amarillos que tan caros pagan las señoras. ¿Cómo adquirieron ese color tan valioso? Quedándose sentados en la cama toda la vida, meándose en las sábanas o llorando a su manera. Ocurre lo mismo con las personas; sólo tienen valor cuando se exponen a las «inmundicias», las suyas y las del mundo. El ritual en sí constituye la iniciación. De manera que regresamos al lugar del que partí; rézale al buen Dios que Ella te protegerá. Personalmente, le llamo «Ella» por haberme hecho así. De este modo, queda compensado el error. —Se levantó y se acercó a la ventana—. Esa inapreciable galaxia de desinformación que llamamos mente, uncida a esa espléndida y deshilachada fuerza de coerción llamada alma, bajando al paso por la senda casi borrada del bien y del mal, trazada al azar… es el sagrado habeos corpus, la forma por la que el cuerpo es llevado a presencia del juez… de todos modos… al final Robin querrá verte en un convento, donde está lo que ella amaba, puesta a buen recaudo, segura, porque tal como estás no haces sino «sacarla a flote» una y otra vez, como los cañones sacan a flote a los muertos de las aguas profundas.
—Al final, todas venían a mí —dijo Nora—, todas las muchachas a las que Robin volvía locas. ¡A mí! ¡Para que las consolara! —Se echó a reír—. ¡Dios mío, la de mujeres que habré tenido sobre las rodillas!
—Las mujeres nacen de rodillas —dijo el doctor—; por eso yo nunca pude hacer nada con ellas; yo estoy casi siempre sobre las mías.
—De pronto, comprendí lo que había sido mi vida, Matthew, lo que yo esperaba que fuera Robin, el tormento seguro. Es lo mejor que nos cabe esperar, excepto la esperanza. Si yo, llorando, le pedía que no saliera, ella salía de todos modos, y mientras bajaba la escalera se sentía más ufana, porque yo la había conmovido.
—Con ese pan crían los leones la melena y echan los dientes los zorros —comentó el doctor.
—Cuando yo trataba de impedirle que bebiera y que pasara las noches fuera de casa y que se envileciera, ella decía: «¡Ah, me siento tan limpia y tan contenta!», como si la cesación del insulto fuera su única felicidad y paz de espíritu; y yo peleaba con ella como con los entresijos de mi propio corazón, sujetándola del pelo, golpeándola contra mis rodillas, como la gente que, en la aflicción, se da palmaditas en las manos; y ella, como si fuera un juego, se incorporaba y apoyaba la cabeza en mi regazo, como un niño se mece en la cuna para excitarse, aunque sea por alguien al que han rajado con un puñal. Yo creí que la amaba por sí misma y descubrí que la amaba por mí misma.
—Lo sé —dijo el doctor—. Tú, sentada en todo lo alto, como en un trono, con un rosal en el trasero.

Ella le miró sonriendo.

—¿Cómo lo has adivinado?
—Yo soy una señora y no tolero insultos. Lo sé y basta.
—Sí —dijo ella—. Tú sabes lo que ninguno de nosotros sabrá hasta que haya muerto. Tú ya estabas muerto al principio.

Avanzaba el crepúsculo. En torno a los faroles de la calle había una bruma espesa.

—¿Por qué no descansas ahora? —preguntó el doctor—. Tu cuerpo te lo pide y el cuerpo también tiene su política, y una vida que a ti te gusta creer que es tu vida. Yo tuve una vez un espíritu nuevo, pero comprendí que era un misterio que se volvía siempre hacia el exterior y que no era mío.
—Lo sé —dijo ella—. Ahora lo sé. —Bruscamente, empezó a llorar y a retorcerse las manos—. Matthew, ¿nunca has querido a alguien y luego resultó que eras tú mismo?

Él tardó en contestar. Levantó la botella a contraluz.

—Robin puede ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa —prosiguió Nora—. Porque ella se olvida y yo no puedo ir a ningún sitio porque yo recuerdo. —Se acercó a él—. Matthew, ¿tú crees que siempre he sido así? Hubo un tiempo en que yo era impenitente, pero éste es otro amor, va conmigo a todas partes; no ceja y me está devorando. ¿Cómo iba ella a decirme algo si no tenía nada que decirme que no la acusara?
—Tú sabes que nosotros éramos doce hermanos, que nos criamos trece y que algunos vivimos —dijo el doctor—. Uno de mis hermanos, al que yo más quería, se murió cuando hacía ya cuatro años que no nos veíamos. ¿Y con quién crees tú que quería hablar mi madre? No con los que le habían visto hasta el fin sino conmigo, que le había visto mejor que nadie, como si mi recuerdo de él fuese él mismo; y puesto que tú olvidas a Robin mejor que nadie, es a ti a quien acude una y otra vez. Viene temblando y desafiando, beligerante, de acuerdo, pero es para que tú puedas devolverla a sí misma tal como tú la olvidaste; tú eres la única lo bastante fuerte como para haber escuchado a la acusación, tu vida; y para haber construido la asombrosa defensa, tu corazón.
»El escalpelo y las Escrituras me han enseñado lo poco que no sabía ya. Yo me defendía bastante bien —dijo secamente— hasta que tú levantaste mi piedra de un puntapié y tuve que salir, todo musgo y ojos; y aquí me tienes tan desnudo como esas criaturas a las que les han arrancado la casa por diversión, y era mi única piel… y yo que no quería sino consolarte. ¿Es que tengo que sacrificar mi paraíso, esa espléndida aclimatación, para consuelo de lloronas y melancólicos? Mira a Félix ahora. Valiente judío está hecho. Arremetiendo contra la tradición como un murciélago contra el cristal de una ventana, en lo alto de la ciudad, con un hijo que es un niño que llora “sobre tumbas de esperanza y placer perdidos”.
»Ah, sí, yo amo a mi prójimo. Caemos juntos como una manzana podrida pegada a otra manzana podrida, sin una vacilación en la podredumbre, porque si la intuyo, aprieto el pecho con más firmeza para que se pudra tan de prisa como yo, que es lo que necesita, si es que no confundo el grito. ¡Yo, que me pudro más aprisa que cualquier fruto! El calor de su supuración mezcla su corazón con el mío y ha llevado al mío a su cenit antes de tiempo. El estorbo de mí mismo lo deseché hace tiempo para poder ir con mis debilitados amigos pecho contra pecho. ¿Y crees tú que me quieren por eso? Conque me he divorciado de mí no porque fuera más feo de lo que Dios se atreviera a premeditar sino porque con mis propensiones y el conocimiento del mal he dañado mi propio valor. ¿Y la muerte? ¿Has pensado en la muerte? ¿Qué riesgo corres? ¿Sabes ya cuál morirá primero, si tú o ella? ¿Y qué parte es la más lastimosa, la cabeza o los pies? Yo, con el bueno de don Anticolo, digo que los pies. Cualquiera puede mirar a la cara de los muertos, pero nadie puede mirar los pies. Están espantosamente despegados de la tierra. También yo lo he pensado. ¡Por el amor de Dios! —gritó de pronto—. ¿Es que te has creído que soy tan feliz que puedes venir a colgarte de mi cuello para llorar cuando se te antoje? ¿Es que te has creído que no hay en este mundo más pena que la tuya? ¿No hay por ahí un santo paciente y abnegado? ¿Es que nadie puede ofrecernos un pan que no venga untado de amarga manteca? Yo, tan buen católico como el que más, he abrazado todo tipo de esperanzas y sin embargo sé muy bien que a pesar de todos nuestros clamores y nuestras, luchas, para la próxima generación no seremos el estiércol descomunal de dinosaurio sino la motita que deja el colibrí; de manera que más vale cantar nuestro Chi vuol la Zingarella… ¡y cómo les gusta a las mujeres!, mientras yo entono mi Sonate au Crépuscule, agregando, de regalo, Der Erlkönig y, ¿cómo no?, Who is Sylvia? ¿Y quién es cualquiera?
»¡Oh! —exclamó—. ¡Tú tienes un corazón destrozado! ¡Pues yo tengo los pies planos, caspa, un riñón flotante, los nervios deshechos y un corazón destrozado! ¿Y acaso ando por ahí gritando que un águila me tiene agarrado por las bolas o me ha dejado caer su plasta en la cabeza? ¿Voy por ahí gritando que me duele, que me vuelvo loco, o sujetándome las tripas como si fueran un lío de cuchillos? ¡Pero tú no haces más que gritar y hacer mohines y alargar la mano y dar vueltas y vueltas! ¿Voy yo a llorar a las montañas por las penas que he sufrido en el valle, o me quejo a cada piedra del camino por los huesos que me ha roto, o por cada mentira que me ha caído en el vientre y ha hecho un nido para empollarme hasta mi muerte? ¿Acaso no tiene cada uno en este mundo su chifladura particular y no soy el más loco de todos? De manera que vengo resistiéndome y mugiendo como una ternera camino del matadero que sabe que sus gritos no han de recorrer más que media vara para protestar de su muerte… como su muerte no tiene que recorrer más que una vara para protestar de su mugido. ¿Acaso te paseas por el supremo cielo sin zapatos? ¿Eres tú la única persona que ha pisado el rastrillo con el pie descalzo? ¡Pobre vaca ciega! No vengas a incordiar. Me revuelves las plumas y me atosigas, recordándome mis males. ¿Qué fin es dulce? Hasta el pelo termina en punta. ¿Y son dulces las puntas del pelo cuando tienes que contarlas?
—Escúchame —dijo Nora—. Tienes que escucharme. A veces, al volver después de haber pasado la noche por toda la ciudad, se acostaba a mi lado y me decía: «Quiero hacer feliz a todo el mundo», y lo decía con la boca triste. «Quiero que todo el mundo esté contento, contento. Tú eres la única que no debe ser feliz», me decía abrazándome. «Tú no, sólo todos los demás». Ella sabía que estaba volviéndome loca de pena y de miedo; pero no podía remediarlo, porque ya estaba lejos y esperando empezar. Por eso ella odia al que tiene a su lado. Por eso se deja atrapar por todo, como el que está soñando. Por eso desea que la quieran y que la dejen en paz, todo al mismo tiempo. Ella mataría al mundo para llegar a sí misma, si el mundo se atravesara en su camino, y el mundo se atraviesa en su camino. Sobre ella se proyectaba una sombra, mi sombra, y eso la volvía loca. —Empezó a pasear otra vez—. Yo he sido amada —dijo—, amada por algo extraño que me ha olvidado. —Tenía fija la mirada y parecía hablar consigo misma—. Era yo, yo, la que le ponía los pelos de punta porque la amaba. Ella se rebelaba porque yo daba una dimensión colosal a su destino. Ella buscaba mentalmente la oscuridad, dejar en la sombra todo aquello que no podía cambiar: su vida depravada, su vida nocturna; y yo, yo se lo impedía. Ya no caben explicaciones —dijo Nora—. Ya es tarde para eso. Huelgan explicaciones entre los que han amado demasiado, de modo que para mí no puede haber final. Lo malo es que yo no puedo esperar siempre —dijo frenéticamente—. ¡Yo no puedo vivir sin el corazón!
»Al principio, cuando Robin se fue a América con Jenny, estuve buscándola por los puertos. No literalmente; de otra forma. El sufrimiento es deterioro del corazón; todo aquello que hemos amado se convierte en lo “prohibido” cuando no lo hemos comprendido, del mismo modo que el pobre es el rudimento de la ciudad porque sabe de la ciudad algo que la ciudad, a causa de su propio destino, pretende olvidar. De manera que el que ama tiene que violentar la Naturaleza para encontrar el amor. Yo busqué a Robin en Marsella, en Tánger, en Nápoles, a fin de comprenderla, a fin de dominar mi terror. Me decía: “Haré lo que hacía ella, amaré lo que ella amaba y así volveré a encontrarla”. En un principio, parecía que lo único que yo tenía que hacer era “disiparme”, buscar a las muchachas que ella amó, pero descubrí que no eran más que unas chiquillas a las que ella había olvidado. Recorría los cafés en los que Robin hacía su vida nocturna; bebía con los hombres y bailaba con las mujeres, pero lo único que descubría era que otros habían dormido con mi amante y con mi hija. Porque Robin también es el incesto; ése es uno de sus poderes. En ella se cifra el tiempo pasado, y el tiempo pasado es patrimonio de todos. Sin embargo, sin ser familia, está más presente que la familia. Un familiar se hace presente cuando nace, cuando sufre y cuando muere, a no ser que se convierta en tu amante, y entonces tiene que serlo todo, como lo era Robin; y, al mismo tiempo, no tanto como ella, porque Robin era como un pariente hallado en otra generación. Yo pensaba: “Haré algo que ella no pueda perdonar y entonces podremos volver a empezar como dos desconocidas”. Pero el marinero no pasó del recibidor. Dijo: “Mon Dieu, il y a deux chevaux de bois dans la chambre à coucher”.
—¡Hostia! —murmuró el doctor.
—Entonces dejé París —prosiguió Nora—. Recorrí las calles de Marsella, el puerto de Tánger y el basso porto de Nápoles. En las calles estrechas de Nápoles, enredaderas y flores cubrían las paredes ruinosas. Debajo de las grandes escalinatas de las calles dormían los mendigos al lado de imágenes de san Genaro; las muchachas que iban a rezar a la iglesia llamaban a los chicos en las plazas. En los portales ardían a todas horas las lamparillas ante chillonas estampas de la Virgen. En una habitación que daba al callejón, delante de una cama cubierta con una pesada colcha barata de satén, una muchacha estaba sentada en una silla apoyada en el respaldo con un brazo sobre él y el otro colgando, como si la mitad de ella durmiera y la otra mitad sufriera. Al verme se echó a reír, como ríen las niñas, cohibida. Al mirar a la Madonna con sus velas, comprendí que para ella aquella imagen era lo que yo había sido para Robin, no una santa, ni mucho menos, sino una desazón constante, el espacio entre la cabeza humana y la cabeza santa, la palestra del eterno «indecente». En aquel momento, yo me encontraba en el centro del erotismo y la muerte, la muerte que hace más pequeños a los muertos, al igual que el amante al que hemos empezado a olvidar se reduce y desdibuja; porque el amor y la vida son una masa de la que pueden extraerse el cuerpo y el corazón, y yo comprendí que sobre aquella cama Robin me habría derribado. En aquella cama habríamos relegado nuestras vidas a los confines de la memoria, fundido nuestros miembros, como se funden las figuras de cera para reducirlas a su anécdota, y así nosotras habríamos sido reducidas a nuestro amor.

Tambaleándose, el doctor recogió el sombrero y el abrigo. Se quedó inmóvil, en un silencio violento y triste. Se fue a la puerta; con el picaporte en la mano, se volvió a mirar a la mujer. Luego se fue.


El doctor, con el cuello del abrigo subido, entró en el Café de la Mairie du VIe. Se acercó al mostrador y pidió una copa; mirando a la gente que había en el pequeño local, saturado de humo azul, se dijo: «¡Escucha!» Le inquietaba Nora, la vida de Nora y la vida de las personas de su vida. «¡Entre la niebla camina el hombre!», dijo. Colgó el paraguas del borde del mostrador. «Pensar es estar enfermo», le dijo al camarero. El camarero asintió.

Los clientes del café esperaban lo que iría a decir el doctor, sabiendo que estaba borracho y que hablaría; sus declaraciones brotaban en largas frases declamatorias; nadie sabía lo que era verdad y lo que no lo era. «Si de verdad quieres saber lo duro que pega un boxeador —dijo mirando en derredor—, tienes que meterte en el círculo de su furia y aguantar hasta que se te lleven arrastrando de los talones y no sólo hasta la cuenta de diez».

Uno se rió. El doctor se volvió lentamente:

—¿Tan seguro te sientes? —preguntó sarcásticamente—. ¿Tan condenadamente seguro? Bien, espera a verte en la cárcel pateando de desconsuelo. —Alargó la mano hacia la copa, murmurando entre dientes—: Matthew, nunca encajaste a tiempo en la vida de nadie y nunca serás recordado. ¡Que Dios nos guarde un puesto vacante! Hasta el mejor instrumento se desafina con el tiempo… eso es todo, el instrumento se rompe, y debo tener eso presente cuando todo el mundo me sea extraño; es el instrumento que no responde. Lapidario, grábamelo en la losa cuando Matthew esté acabado y perdido en un campo. —Miró en derredor—. Es el instrumento, señores, que ha perdido el la, que, si no, estaría tocando una bonita melodía; si no, lanzaría su viento con el viento del Norte… o sea que se tocaría el bombín.
»Sólo los despreciados y los ridículos son tema de buenas historias — agregó irritado, al ver sonreír a los habitués—, ¡conque ya podéis imaginar lo que será la vuestra! La vida no da más que para un oficio. ¡Ése es el que tenéis que probar!

Un cura que había colgado los hábitos, un hombre grueso y pálido, con manos de mujer y con muchas sortijas, amigo del doctor, le llamó y le invitó a un trago. El doctor se acercó, llevando cuidadosamente el paraguas y el sombrero. El cura le dijo:

—Siempre quise saber si realmente se casó usted o no.
—¿Y yo he de saberlo? —preguntó el doctor—. Yo he dicho que estaba casado, y di nombre a la chica y tuve hijos con ella, y luego ¡presto! la maté con la misma facilidad con que mueren los cisnes. ¿Y se me reprochó esa historia? Sí. Porque incluso a tus amigos les duele llorar por un mito, ¡como si no fuera éste el destino de casi todas las lágrimas del mundo! ¿Y qué, si la muchacha era la mujer de mi hermano y los hijos, los hijos de mi hermano? Cuando la tendí, sus miembros estaban tan bonitos y tan quietos como dos ramas de la poda de mayo. ¿Hizo él tanto por ella? Yo la llevaba en mi corazón tan pura como una estampa francesa, una muchacha toda pecho menudo y jaula de pájaro, tendida cómodamente con el mar al fondo y una guirnalda de rosas que la sostenía. ¿Se trató mejor a la esposa de alguien? ¿Quién dice que no habría podido ser mía y míos los niños? ¿Y quién dice —agregó con violencia—, quién dice que no son míos? ¿Es que un hermano no es también su propio hermano, la misma sangre cortada a pedazos, uno llamado Michael y el otro Matthew? Es sólo que la gente se desconcierta al verlos ir en distintas direcciones. ¿Quién dice que yo no soy el marido de la mujer de mi hermano y que sus hijos no fueron engendrados en mi seno? ¿No es un honor para él que yo lo vea como yo mismo? Y, cuando ella murió, ¿mitigó mi llanto su llanto?
—Bien —dijo el ex cura—, eso tiene sentido. De todos modos, me gustaría saber qué hay de verdad.
—Le gustaría saber —dijo el doctor—. Pues por eso se ve como se ve, en la calle y desplumado, como los patos del parque Golden Gate, el parque más grande en cautividad. Todo el mundo, con su condenada bondad les da de comer durante todo el año, y eso es su perdición, porque cuando llega la época de volar al Sur, entonces viene la amarga consternación, porque de tan gordos no pueden alzar el vuelo, y hay que verlos, Dios mío, aletear como desesperados en el otoño, gritando y mesándose el pelo, porque su naturaleza está lastrada por el pan y su migración, impedida por las migajas. Te retuerces las manos al verlo y ése es otro ejemplo del amor; al fin estás tan gordo, con la gula del estómago, que no puedes ni moverte. Y —agregó— a mí me ocurriría otro tanto, si me descuidara, con el viento que sopla por un lado y el ciclón por el otro. De todos modos, a algunos los he descuidado por el bien de mi espíritu, los veteranos de la Guardia y los alabarderos de la Torre de Londres, por el riñón frío y por las canas, ésos y la clase de muchacho que sólo conoce dos existencias: él y el espejo, por detrás y por delante. —Estaba muy borracho. Sorprendió a uno dando un codazo al vecino. Miró al ex cura y juró—: ¡Qué gente! Todos, raros pero repugnantes. Una vez, en este mundo, había algún que otro raro decente… pero ninguno de vosotros los conocerá —dijo dirigiéndose a la concurrencia—. Os habéis creído cuajados de brillantes, ¿no? Bueno, levantad los brillantes y encontraréis carne de babosa. ¡Dios mío! —dijo girando sobre sí mismo—. ¡Cuando pienso! —Golpeaba la mesa con el vaso—. ¡Malditos sean todos! ¡Toda la gente de mi vida que me ha amargado la vida, que venía a mí para saber de la degradación y de la noche! Nora, golpeándose el corazón con la cabeza, encorvada sobre sí misma, cerrándose la vida con el pensamiento como se cierra un abanico, podrida hasta los huesos de amor por Robin. ¡Dios mío, cómo se aferra esa mujer a una idea! ¡Y esa vieja grulla de Jenny! ¡Oh, es una soberbia historia sórdida! ¿Quién dice que yo sea un delator? ¡Hay que contar al mundo la historia del mundo, digo yo!
—Corren tiempos tristes y corrompidos —dijo el ex cura.

Matthew O’Connor pidió otra copa.

—¿Y para qué acuden a mí? ¿Por qué me lo cuentan todo, si piensan que se me quedará dentro, como el conejo que va a morir a la madriguera? Y ese barón Félix, que maldito si ha dicho ni una palabra en toda su vida, pero tiene unos silencios que crían como el musgo en un estanque; y ese hijo suyo, Guido, suyo y de Robin, tratando de ver con lágrimas en los ojos qué hay al otro lado del Danubio, y Félix agarrado a su mano y el chico, agarrado a la medalla de la Virgen colgada de una cinta roja tirando a granate, sintiendo en el metal un sagrado tironcito hacia arriba y llamándola madre; y yo, que no sé ni de dónde me llegará mi final. Por eso, cuando Félix me preguntó: «¿Es deficiente mi hijo?», yo dije: «¿Era deficiente el rey loco de Baviera?» Yo no soy de los que cortan el nudo arrojándose a un lago, ni siquiera a la huella de una herradura, por mucho que haya llovido.

La gente había empezado a cuchichear y los camareros se acercaron a escuchar. El ex cura sonreía para sí, pero O’Connor parecía no ver ni oír nada que no fuera su propio corazón.

—Hay personas que se tiran de cabeza al primer río que encuentran y seis vasos más allá, en Haarlem, alguien pilla un tifus por haberse bebido su desesperación. Dios, tómame de la mano y sácame de esta gran discusión… cuanto más vayas contra tu naturaleza, más sabrás de ella. ¡Escúchame, Cielo! Yo he hecho y he sido todo aquello que no quería ser ni hacer… Señor, apaga la luz… aquí me tienes apaleado, magullado y florando, porque ahora sé que no soy lo que creí que era, un buen hombre que hacía mal, sino un mal hombre que no hace gran cosa, y ni esto te diría si no fuera porque estoy hablando conmigo mismo. Hablo de más porque he tenido que sufrir mucho por lo que tú te callas. Yo soy una leona vieja y cansada, acobardado en mi rincón. ¡Por salvar mi valentía, nunca he sido la única cosa que soy, para averiguar lo que soy! ¡Aquí yace el cuerpo del cielo! El pájaro burlón ulula entre los pilares del Paraíso. ¡Oh, Señor! En el cielo yace la muerte sobre un firmamento aborregado con un casco sobre el pecho y, a los pies, un potro con silenciosas crines de mármol. En los ojos le pesa el sueño nocturno.
—Es un tipo muy gracioso —dijo alguien—. No para de hablar. Siempre poniendo en evidencia a unos y otros al tratar de disculparlos porque él no puede disculparse a sí mismo. La bestia agazapada que sale de noche… —Cuando el hombre dejó de hablar, la voz del doctor decía:
—¿Y qué soy yo? Soy un condenado, y cuidadosamente público.

Rebuscó un cigarrillo, lo encontró y lo encendió.

—Una vez, yo escuchaba a un charlatán prestidigitador que decía: «Ahora, señoras y caballeros, antes de que le corte la cabeza al niño, voy a obsequiarles con unos cuantos trucos de salón». Llevaba un turbante torcido y un gemido en su ventrículo izquierdo que tenía que simular la queja de Tophet, y un taparrabos del tamaño de una tienda de campaña y que ocultaba lo que una tienda de campaña. Bien, empezó con los trucos. Hizo crecer un árbol de su hombro izquierdo y sacó dos conejos de los puños y sostuvo tres huevos en equilibrio sobre la nariz. Un cura que había entre el público se echó a reír, y cuando se ríe un cura a mí me da por retorcerme las manos de inquietud. La otra vez fue cuando Catalina la Grande me mandó llamar para que la sangrara. Se sometió a la sanguijuela con un abandono sajón y barriobajero diciendo: «¡Que beba; siempre quise estar en dos sitios a la vez!»
—¡Por el amor de Dios! ¡Acuérdese por lo menos del siglo en que vive! —dijo el ex cura.

El doctor le miró un momento con indignación.

—Oiga, no me interrumpa —le dijo—. Lo que me hace tan extraordinario es mi facultad para recordar a las personas incluso cuando no están. Son los mozos que parecen más infelices que un cubo los que te traen disgustos, no un hombre con memoria prehistórica.
—Las mujeres también dan disgustos —dijo el ex cura con gazmoñería.
—Ésa es otra historia —dijo el doctor—. ¿Qué otra cosa ha hecho Jenny y qué otra cosa ha hecho Robin? ¿Y Nora, qué hizo sino provocar, al meterlas en casa por la noche como en un gallinero? Y yo ojalá no hubiera tenido un botón en la bragueta. Porque lo que yo haya hecho o dejado de hacer se reduce a eso: para ser apreciada, una alhaja tendría que estar expuesta en campo abierto; ¡pero yo reluzco entre la maleza! Si no quieres sufrir tienes que hacerte pedazos. ¿Acaso las distintas partes de Carolina de Habsburgo no fueron depositadas en tres monumentos a cual más adecuado? El corazón, en los Agustinos, los intestinos, en San Esteban, y lo que quedaba de su cuerpo, en la cripta de los Capuchinos. Salvada por la división. ¡Pero yo estoy entero! ¡Oh, la luna nueva! A propósito, ¿cuándo sale?
—Borracho y no disimula —dijo uno. El doctor lo oyó, pero ya estaba muy lanzado como para que le importara, muy embarullado como para discutir y ya lloraba.
—Venga conmigo —dijo el ex cura—. Le llevaré a su casa.

El doctor agitó un brazo.

—La venganza es para los que han amado un poco, para algo más que eso apenas basta la justicia. Cualquier día me voy a Lourdes, me coloco en primera fila y me lanzo a hablar de todos vosotros. —Tenía los ojos casi cerrados. Los abrió, miró en torno y se enfureció—. ¡Cristo Todopoderoso! —dijo—. ¿Es que toda esa gente no va a dejarme en paz?
—Venga conmigo —repitió el ex cura—. Le llevaré a casa.

El doctor trató de levantarse. Estaba completamente borracho y, de repente, enojadísimo. Cuando, con un brusco ademán, apartó la mano que pretendía ayudarle, el paraguas cayó al suelo con un ruido de vidrios rotos.

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó—. ¡Qué año condenado! ¡Qué asco de tiempo! ¿Cómo ha sido? ¿De dónde ha venido?

Empezó a gritar con una risa sollozante:

—Todos venga a hablarme… todos sentados encima de mí, más pesados que un caballo perdieron. ¡Y venga a hablar! ¡Y el amor que cae al suelo con el lado untado para abajo y el destino que cae con el culo para arriba! ¿Por qué nadie más que yo sabe cuándo termina una cosa? ¡Esa idiota de Nora, aferrándose con uñas y dientes, saliendo a buscar a Robin! Y Félix… ¡Para un judío ni la eternidad es lo bastante larga! Pero había otra persona… ¿quién era, maldita sea, quién era? ¡Si yo los conocía a todos! —decía—. ¡A todos!—Cayó de bruces sobre la mesa con los brazos extendidos, los ojos abiertos, llorando, viendo volar la ceniza a cada sollozo—. ¡Por el dulce amor de Jesucristo! —dijo, y su voz era un susurro—. Ahora que ya habéis oído lo que queríais oír, ¿no podríais dejarme en paz? No es sólo que yo haya vivido mi vida en vano, es que la he contado en vano. ¡Abominable entre los viles! Ya sé que ya terminó todo, todo acabó, y eso nadie lo sabe más que yo, más borracho que una cuba… Demasiado ha durado… —Trató de ponerse en pie y desistió—. Ahora —dijo— esto es el fin… fíjense en lo que voy a decirles… ahora, ¡nada más que cólera y llanto!

(Continuará…)

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