Los años luz

Italo Calvino










Cuanto más distante está una galaxia, más velozmente se aleja de nosotros. Una galaxia que se encontrara a diez mil millones de años luz de nosotros, tendría una velocidad de fuga igual a la de la luz, trescientos mil kilómetros por segundo. Las «casi estrellas» descubiertas recientemente se acercarían ya a este umbral.

Una noche observaba el cielo, como de costumbre, con mi telescopio. Noté que desde una galaxia situada a cien millones de años luz de distancia, noté que asomaba un cartel. Decía: TE VI. Hice rápidamente el cálculo: la luz de la galaxia había tardado cien millones de años en alcanzarme, y como desde allí arriba veían lo que sucedía aquí con cien millones de años de retraso, el momento en que me habían visto debía remontarse a doscientos millones de años.

Aun antes de verificar en mi agenda qué había hecho yo aquel día, me asaltó un presentimiento espeluznante: justo doscientos millones de años antes, ni un día más ni un día menos, me había sucedido algo que siempre había tratado de ocultar. Esperaba que con el tiempo el episodio quedara completamente olvidado: aquel episodio contrastaba netamente —por lo menos así me parecía— con mi comportamiento habitual antes y después de esa fecha, de manera que si alguna vez alguien hubiera intentado sacar a relucir aquella historia, yo estaba dispuesto a desmentirla con toda tranquilidad, y no sólo porque le habría resultado imposible aducir pruebas, sino también porque un hecho determinado por circunstancias tan excepcionales —aun en caso de ser verificado— era tan poco probable que incluso yo mismo podía considerarlo, de buena fe, no verdadero. Sin embargo desde un lejano cuerpo celeste alguien me había visto y la historia volvía a salir a la luz justo ahora.

Naturalmente, yo estaba en condiciones de explicar todo lo que había sucedido, y cómo había podido suceder, y hacer comprensible, si no del todo justificable, mi manera de obrar. Pensé en responder de inmediato yo también con un cartel, empleando una fórmula defensiva como DEJAD QUE OS EXPLIQUE, o si no, HUBIERA QUERIDO VEROS EN MI LUGAR, pero esto no habría bastado y la explicación habría sido demasiado larga para una inscripción sintética que resultase legible a tanta distancia. Y sobre todo debía estar atento a no dar un paso en falso, o sea a no subrayar con una admisión explícita aquello a lo cual el TE VI se limitaba a aludir. En una palabra, antes de tener que aceptar una declaración cualquiera tendría que saber exactamente qué habían visto desde la galaxia y qué no habían visto; y para eso no había más que preguntarlo con un cartel del tipo de: ¿PERO VISTE TODO O APENAS UN POCO?, o bien: VEAMOS SI DICES LA VERDAD: ¿QUE HACIA YO?, y después esperar el tiempo necesario para que desde allí vieran mi letrero, y el tiempo igualmente largo para que yo viese la respuesta de ellos y pudiera proceder a las debidas rectificaciones. En conjunto se hubieran necesitado otros doscientos millones de años, incluso algunos millones de años más, porque mientras las imágenes iban y venían a la velocidad de la luz, las galaxias seguían alejándose entre sí y ahora aquella constelación ya no estaba donde yo la veía, sino un poco más allá, y la imagen de mi cartel debía de correrle detrás. En fin, era un sistema lento que me hubiera obligado a discutir de nuevo, más de cuatrocientos millones de años después de sucedidos, unos acontecimientos que hubiese querido hacer olvidar en el tiempo más breve posible.

La mejor línea de conducta que se me presentaba era hacer como si nada, minimizar el alcance de lo que podían haber llegado a saber. Por eso me apresuré a exponer bien a la vista un cartel que decía simplemente: ¿Y QUE HAY CON ESO? Si los de la galaxia habían creído ponerme en aprietos con su TE VI, mi calma los desconcertaría y se convencerían de que no era el caso de demorarse en ese episodio. Si en cambio no tenían a mano muchos elementos en mi contra, una expresión indeterminada como ¿Y QUE HAY CON ESO? serviría de cauto sondeo sobre la extensión que cabía dar a la afirmación TE VI. La distancia que nos separaba (la galaxia había zarpado de su muelle de cien millones de años luz hacía un millón de siglos, que internándose en la oscuridad) haría quizá menos evidente que mi ¿Y QUE HAY CON ESO? replicaba al TE VI de doscientos millones de años atrás, pero no me pareció oportuno incluir en el cartel referencias más explícitas, porque si la memoria de aquella jornada, pasados tres millones de siglos, se había ido oscureciendo, no quería ser justamente yo quien la refrescara.

En el fondo la opinión que podían haberse formado de mí en aquella ocasión particular no debía preocuparme excesivamente. Los hechos de mi vida, los que se habían sucedido desde aquel día en adelante durante años y siglos y milenios, hablaban —por lo menos en su gran mayoría— en mi favor; por lo tanto no tenía más que dejar que los hechos hablaran. Si desde aquel lejano cuerpo celeste habían visto lo que yo hiciera un día de doscientos millones de años atrás, me habrían visto también al día siguiente, y al otro y al otro, y habrían modificado poco a poco la opinión negativa que de mí podían haberse formado juzgando precipitadamente a base de un episodio aislado. Más aún, bastaba que pensara en el número de años transcurridos desde el TE VI para convencerme de que aquella mala impresión hacía tiempo que se había borrado, sustituida por una valoración probablemente positiva y por lo tanto más concorde con la realidad. Pero esta certeza racional no bastaba para darme respiro: mientras no tuviera la prueba de un cambio de opinión en mi favor, me duraría la desazón de haber sido sorprendido en una situación incómoda e identificado con ella, allí clavado.

Vosotros diréis que bien podía importarme un rábano lo que pensaran de mí algunos habitantes desconocidos de una constelación aislada. En realidad lo que me preocupaba no era la opinión limitada de ámbito de este o aquel cuerpo celeste, sino sospecha de que las consecuencias de haber sido visto por ellos podían ser ilimitadas. En torno a aquella galaxia había muchas otras, algunas de un radio inferior a cien millones de años luz, con observadores que tenían los ojos bien abiertos: el cartel TE VI, antes de que yo hubiese divisado, lo habían leído seguramente habitantes de otros cuerpos celestes y lo mismo habría ocurrido después en las constelaciones más distantes. Aunque nadie pudiera saber con precisión a qué situación específica se refería aquel TE VI, la indeterminación no habría pesado para nada en mi favor. Es más, como la gente está dispuesta a dar crédito a las peores conjeturas, lo que de mí podía haber visto efectivamente a cien millones de años luz de distancia, en el fondo era poca cosa de nada en comparación con todo lo que en otro lugar podía imaginar que se había visto. La mala impresión que quizás podía haber dejado aquella momentánea ligereza de dos millones de siglos atrás, se agigantaba, y se multiplicaba refractándose a través de las galaxias, y no me era posible desmentirla sin empeorar la situación, dado que, no sabiendo a qué extremas deducciones calumniosas podían haber llegado los que me habían visto directamente, no tenía idea de por dónde empezar ni dónde terminar mis desmentidos.

En este estado de ánimo seguía mirando en torno todas las noches con el telescopio. Y al cabo de dos noches me di cuenta de que también en una galaxia situada a cien millones de años y un día luz habían puesto el cartel TE VI. No cabía duda de que también ellos se referían a aquella vez: lo que siempre había tratado de esconder había sido descubierto no desde un cuerpo celeste solamente, sino también desde otro, situado en una zona completamente distinta del espacio. Y desde otros más: en las noches siguientes continué viendo nuevos carteles con el TE VI que se levantaban en nuevas constelaciones. Calculando los años luz resultaba que la vez que me habían visto era siempre la misma. A cada uno de los TE VI yo contestaba con carteles teñidos de una desdeñosa indiferencia, como: ¿AH, SÍ? MUCHO GUSTO, o si no, POR LO QUE ME IMPORTA, o también de una insolencia casi provocativa, como TANT PIS, o bien ¡CU CU, SOY YO!, pero siempre guardando las distancias.

Por más que la lógica de los hechos me hiciera mirar el futuro con razonable optimismo, la convergencia de todos aquellos TE VI en un único punto de mi vida, convergencia seguramente fortuita debida a particulares condiciones de visibilidad interestelar (única excepción, un cuerpo celeste en el cual, siempre correspondiendo a aquella misma fecha, apareció un cartel NO SE VE UN CUERNO), me tenía como sobre ascuas.

Era como si en el espacio que contenía todas las galaxias la imagen de lo que había hecho aquel día se proyectara en el interior de una esfera que se dilataba continuamente a la velocidad de la luz: los observadores de los cuerpos celestes que iban entrando en el radio de la esfera estaban en condiciones de ver lo que había sucedido. A su vez podía considerarse que cada uno de esos observadores estaba en el centro de una esfera que se dilataba también a la velocidad de la luz, proyectando todo alrededor la inscripción TE VI de sus carteles. Al mismo tiempo todos esos cuerpos celestes formaban parte de galaxias que se alejaban una de otra en el espacio a velocidad proporcional a la distancia, y cada observador que daba muestras de haber recibido un mensaje, antes de poder recibir el segundo se había alejado ya en el espacio a una velocidad cada vez mayor. En cierto momento las galaxias más lejanas que me habían visto (o que habían visto el cartel TE VI de una galaxia más cercana a nosotros, o el cartel HE VISTO EL TE VI de una un poco más allá) llegarían al umbral de los diez mil millones de años luz, pasado el cual se alejarían a trescientos kilómetros por segundo, es decir, a mayor velocidad que la luz, y ninguna imagen podría alcanzarlas más. Había, pues, el riesgo de que se quedaran con su errada opinión de mí, provisional, pero que a partir de ese momento se volvería definitiva, no rectificable, inapelable y por eso y por eso mismo, en cierto sentido, justa, es decir correspondiente a la verdad.

Era, pues, indispensable que el equívoco se aclarara cuanto antes. Y para aclararlo sólo podía confiar en un cosa: que después de aquella vez, me hubiesen visto otras veces en que daba de mí una imagen totalmente distinta, es decir —no me cabía duda—, la verdadera imagen que de mí debía tenerse presente. Ocasiones, en el curso de los últimos doscientos millones de años, no me habían faltado y me hubiese bastado una sola, muy clara, para no crear confusiones. Por ejemplo, recordaba un día durante el cual yo había sido verdaderamente yo mismo, esto es, yo mismo tal como quería que los otros me vieran. Ese día —calculé rápidamente— había sido hacía justo cien millones de años luz. Por lo tanto desde la galaxia situada a cien millones de años luz me estaban viendo justo ahora en esa situación tan halagadora para mi prestigio, y la opinión de aquéllos respecto de mí seguramente iba cambiando, corrigiendo e incluso desmintiendo la primera fugaz impresión. Justo ahora o casi, porque en ese momento la distancia que nos separaba debía de ser no ya de cien millones de años luz, sino de ciento uno por lo menos; en todo caso, no tenía que esperar un número igual de años para dar tiempo a que la luz de allí llegara hasta aquí (no tardé en calcular la fecha exacta en que ocurriría, teniendo en cuenta incluso la «constante de Hubble») y conocería su reacción.

Quien hubiese logrado verme en el momento x con mayor razón me habría visto en el momento y, y como mi imagen en y era mucho más persuasiva que la de x —más aún: sugestiva, de esas que una vez vistas no se olvidan nunca—, era en y donde me recordarían, mientras cuanto de mí se había visto en x quedaría olvidado de inmediato, se borraría quizás después de haberlo devuelto fugazmente a la memoria, a modo de despedida, como diciendo: fijaos, puede ocurrir que alguien que es como y sea visto como x y creer que es realmente como x cuando es evidente que es absolutamente como y.

Casi me alegraba de la cantidad de TE VI que aparecían por todas partes, porque era señal de que había despertado la atención y por lo tanto no se les escaparía mi jornada más luminosa. Esta tendría —es decir, ya estaba teniendo, sin yo saberlo— una resonancia mucho más amplia —limitada a un determinado ambiente, y además, debo admitirlo, más bien periférico— de la que ahora en mi modestia me esperaba.

Es preciso considerar también los cuerpos celestes desde los cuales —por desatención o por mala ubicación— no me habían visto a mí sino tan solo un cartel TE VI en las cercanías, y donde exponían también sus carteles con la inscripción: PARECE QUE TE VIERON, o si no: ¡DESDE ALLÍ SÍ QUE TE VIERON! (expresiones en las que yo percibía unas veces curiosidad, otras sarcasmo); también allí había ojos clavados en mí que justamente por haberse perdido una ocasión no dejarían escapar la segunda, y como tenían sólo una noticia indirecta y conjetural de x, estarían aun más dispuestos a aceptar a y como la única verdadera realidad que me concerniese.

Así el eco del momento y se propagaría a través del tiempo y del espacio, llegaría a las galaxias más lejanas y más veloces, y éstas se sustraerían a toda imagen ulterior corriendo los trescientos mil kilómetros por hora de la luz y llevando de mí aquella imagen en adelante definitiva, más allá del tiempo y del espacio, convertida en la verdad que contiene en su esfera de radio ilimitado todas las otras esferas parciales y contradictorias.

Un centenar de millones de siglos no son al fin una eternidad, pero a mí me parecía que no pasaban nunca. Por último llega la buena noche: hacía rato que tenía apuntado el telescopio en la dirección de aquella galaxia de la primera vez. Acerco el ojo derecho al ocular, con el párpado entrecerrado, levanto muy muy despacio el párpado, ahí está la constelación perfectamente encuadrada, hay un cartel plantado en el medio, no se lee bien, enfoco mejor… Dice: TRA LA LA LA. Solamente eso: TRA LA LA LA. En el momento en que yo expresaba la esencia de mi personalidad, con palmaria evidencia y sin riesgo de equívocos, en el momento en que daba la clave para interpretar todos los gestos de mi vida pasada y futura y para extraer de ellos un juicio general y ecuánime, aquel que tenía no sólo la posibilidad sino también la obligación moral de observar cuanto yo hacía y de tomar nota, ¿qué había visto? Ni gota, no había repara en nada, no había notado nada de especial. Descubrir que una parte tan grande de mi reputación estaba a merced de un tipo tan poco de fiar, me dejó postrado. Aquella prueba de quién era yo, que dadas las muchas circunstancias favorables que la habían acompañado podía considerar irrepetible, había pasado así, inobservada, desperdiciada, definitivamente perdida para toda una zona del universo, sólo porque aquel señor se había permitido sus cinco minutos de distracción, de vaguedad, digamos también de irresponsabilidad, papando moscas como un estúpido, quizás en la euforia de quien ha bebido un vaso de más, y en su cartel no había encontrado nada mejor que escribir signos sin sentido, tal vez el tema ramplón que estaba silbando, olvidado de sus obligaciones, TRA LA LA LA.

Una sola idea me consolaba un poco: en las otras galaxias no habrían faltado observadores más diligentes. Nunca como en aquel momento me dio satisfacción el gran número de espectadores que había tenido el viejo y lamentable episodio, y que estarían dispuestos ahora a reparar en la novedad de la situación, todas las noches me puse de nuevo a observar por el telescopio. Unas noches después, se me apareció una galaxia a la distancia exacta en todo su esplendor. El cartel estaba ahí. Y con esta frase: LLEVAS LA CAMISETA DE LANA.

Con lágrimas en los ojos me devané los sesos tratando de encontrar una explicación. Tal vez en aquel lugar, con el paso de los años, habían perfeccionado tanto los telescopios que se divertían observando los detalles más insignificantes, la camiseta que uno llevaba puesta, si era de lana o de algodón, y todo el resto no les importaba nada, no se fijaban siquiera. Y de mi honrosa acción, de mi acción —digámoslo— magnánima y generosa, no habían retenido mas que mi camiseta de lana, excelente camiseta, no se puede negar, quizás en otro momento no me hubiera desagradado que se fijaran en ella, pero no entonces, no entonces.

Con todo había tantos otros testimonios que me aguardaban: era natural que en el montón faltase alguno: no era yo de los que pierden la calma por tan poca cosa. En efecto, desde una galaxia, un poco más allá, tuve finalmente la prueba de que alguien había visto perfectamente cómo me había comportado y daba la valoración justa, es decir, entusiasta. En realidad el cartel decía: ESE FULANO SÍ SABE LO QUE HACE. Tomé nota de ello con plena satisfacción —una satisfacción, si te fijas, que no hacía sino confirmar mi espera, incluso mi certeza de ser reconocido por mis justos méritos—, cuando la expresión ESE FULANO volvió a llamarme la atención. ¿Por qué me llamaban ESE FULANO si ya me habían visto, aunque no fuera más que en aquella circunstancia desfavorable, pero si en definitiva no podía dejar de serles bien conocido? Con un poco de habilidad enfoqué mejor mi telescopio y descubrí al pie del mismo cartel un renglón en caracteres un poco más pequeños: ¿QUIÉN SERÁ? VAYA UNO A SABER. ¿Cabe imaginar mayor desventura? Los que tenían en sus manos los elementos para entender verdaderamente quién era yo no me habían reconocido. No habían relacionado este loable episodio con el otro censurable ocurrido doscientos millones de años antes, se me seguía atribuyendo el episodio censurable y éste no, éste seguía siendo una anécdota impersonal, anónima, que no entraba a formar parte de la historia de nadie.

Mi primer impulso fue desplegar un cartel: ¡PERO SI SOY YO! Renuncié: ¿De qué hubiera servido? Lo verían cien millones de años después que, sumados a otros trescientos y pico transcurridos desde el momento x, llegaban al medio millar de millones de años; para estar seguro de ser comprendido, hubiese tenido que especificar, sacar a relucir una vez más la vieja historia, es decir justo lo que más quería evitar.

Ahora ya no, estaba tan seguro de mí mismo. Temía que en las otras galaxias tampoco me dieran mayores satisfacciones. Los que me habían visto, me habían visto de manera parcial, fragmentaria, distraída, o habían entendido sólo hasta cierto punto lo que sucedía sin captar lo esencial, sin analizar los elementos de mi personalidad que tomados por separado cobraban relieve.

Un solo cartel decía lo que me esperaba: ¡REALMENTE ERES UN TIPO FORMIDABLE! Me apresuré a hojear mi cuaderno para ver qué reacciones habían sido las de aquella galaxia en el momento x. Por casualidad, justo allí había aparecido el cartel NO SE VE UN CUERNO. En aquella zona del universo yo gozaba sin duda de la mejor consideración, es innecesario decirlo; finalmente hubiese debido alegrarme y en cambio no sentía ninguna satisfacción. Me di cuenta de que, como estos admiradores míos no figuraban entre los que antes se habían formado de mí una idea equivocada, de ellos no me importaba realmente nada. La prueba de que el momento y desmentía y borraba el momento x, ellos no podían dármela, y mi desasosiego continuaba, agravado por la larga duración y por no saber si sus causas no habían desaparecido o iban desaparecer.

Naturalmente, para los observadores dispersos en el universo, el momento x y el momento y eran sólo dos de los innumerables momentos observables, y en realidad todas las noches, en las constelaciones situadas a las más diversas distancias, aparecían carteles que se referían a otros episodios, carteles que decían SIGUE ASÍ QUE VAS BIEN, ESTÁS SIEMPRE AHÍ, MIRA LO QUE HACES, TE LO HABÍA DICHO YO. Para cada uno de ellos podía hacer el cálculo, los años luz de aquí hasta allá, los años luz de allá hasta aquí, y determinar a qué episodio se referían: todos los gestos de mi vida, todas las veces que me hurgué la nariz, todas las veces que conseguí apearme del tranvía en movimiento, todavía viajaban de una galaxia a otra y eran tomados en cuenta, comentados, juzgados. Comentarios y juicios no siempre pertinentes: la inscripción TZZ, TZZ correspondía a la vez en que doné un tercio de mi sueldo en una colecta de beneficencia; la inscripción ESTA VEZ ME GUSTASTE, a cuando olvidé en el tren el manuscrito del tratado que tantos años de estudio me costara; mi famosa lección inaugural en la Universidad de Gotinga había sido comentada con la inscripción: CUIDADO CON LAS CORRIENTES DE AIRE.

En cierto sentido yo podía quedarme tranquilo: nada de lo que hacía, para bien o para mal, se perdía del todo. Siempre se salvaba un eco, más aún, muchos ecos que variaban de una punta a la otra del universo en aquella esfera que se dilataba y generaba otras esferas, pero eran noticias inarmónicas, inesenciales, de las cuales no se deducía el nexo entre mis acciones, y una nueva acción no lograba explicar o corregir la otra, de manera que se iban sumando, con signo positivo o negativo, como en un larguísimo polinomio que no se deja reducir a una expresión más sencilla.

Llegado a ese punto, ¿Qué podía hacer? Seguir ocupándome del pasado era inútil; hasta ese momento las cosas habían salido como habían salido; tenía que arreglármelas para que en el futuro salieran mejor. Lo importante era que de todo lo que hiciese, resultaba claro lo esencial, dónde se ponía el acento, qué era lo que se debía observar y qué no. Conseguí un enorme cartel con un signo indicador de dirección, de esos con una mano de índice extendido. Cuando cumplía una acción sobre la cual quería llamar la atención, no tenía más que levantar el cartel tratando de que el índice apuntara al detalle más importante de la escena. En cambio, para los momentos en que prefería pasar inadvertido, me hice otro cartel con una mano que tendía el pulgar en la dirección opuesta a la mía, para desviar la atención.

Bastaba que llevara conmigo aquellos carteles donde quiera que fuese y levantara uno u otro según las ocasiones. En una operación a largo plazo, naturalmente: los observadores situados a cientos de miles de milenios luz tardarían cientos de miles de milenios en percibir lo que yo hacía ahora, y yo tardaría otros cientos de miles de milenios en leer sus reacciones. Pero éste era un retraso inevitable; había además otros inconvenientes no previstos: ¿qué debía hacer cuando comprobaba que había levantado el cartel equivocado?

Por ejemplo, en cierto momento estaba seguro de que iba a realizar algo que me daría dignidad y prestigio; me apresuraba a enarbolar el cartel con el índice apuntando a mí persona y justo en aquel momento hacía un triste papel, salía con una gaffe imperdonable, una manifestación de miseria humana como para hundirse bajo tierra de vergüenza. Pero la suerte estaba echada: aquella imagen con su buen cartel indicador apuntando hacia allí navegaba por el espacio, nadie podía detenerla, devoraba los años luz, se propagaba por las galaxias, suscitaba en los millones de siglos venideros comentarios y risas y fruncimientos de nariz que desde el fondo de los milenios volverían a mí y me obligarían a justificaciones todavía más torpes, a desmañadas tentativas de rectificación…

En cambio, otro día debía enfrentarme con una situación desagradable, uno de esos azares de la vida por los que estamos obligados a pasar sabiendo que, cualquiera que sea el giro que tomen, no hay modo de salir bien parado. Me escudé en el cartel con el pulgar señalando hacia el lado opuesto, y seguí. Inesperadamente, en aquella situación tan delicada y espinosa di pruebas de una prontitud de espíritu, un equilibrio, un donaire, una firmeza en las decisiones que jamás nadie —y mucho menos yo mismo— habría sospechado en mí: prodigué de improviso una reserva de dones que presuponen la larga maduración de un carácter; y entre tanto el cartel distraía las miradas de los observadores haciéndolas converger en un vaso de peonías que había allí al lado.

Casos como éstos, que al principio yo consideraba sólo excepciones y fruto de la inexperiencia, me sucedían cada vez con mayor frecuencia. Tardé demasiado en comprender que debería haber señalado lo que no quería que se viese, y esconder lo señalado: no había modo de llegar antes que la imagen y advertir que no se debía tomar en cuenta el cartel.

Traté de hacer hacer un tercer cartel con la inscripción: NO VALE, para levantarlo cuando quería desmentir el cartel anterior, pero en cada galaxia se vería esta imagen sólo después de la que debería corregir, y el mal ya estaba hecho y no podía sino añadir una figura ridícula más para neutralizar la cual sería igualmente inútil un nuevo cartel EL NO VALE NO VALE.

Seguía viviendo a la espera del momento remoto en que desde las galaxias llegaran comentarios acerca de los nuevos episodios cargados para mí de incomodidad y desazón, y yo podría contraatacar lanzándoles mis mensajes de respuesta, que ya estudiaba, graduados según los casos. Entretanto las galaxias con las cuales estaba más comprometido giraban cruzando el umbral de los miles de millones de años luz, a tal velocidad que, para alcanzarlas, mis mensajes tendrían que afanarse a través del espacio aferrándose a su aceleración de fuga; y entonces una por una desaparecían del último horizonte de los diez mil millones de años luz más allá del cual no se puede ver ningún objeto, y se llevarían consigo un juicio en adelante irrevocable.

Y pensando en ese juicio que ya no podría cambiar tuve de pronto como un sentimiento de alivio, como si el sosiego sólo pudiera venirme cuando a aquel arbitrario registro de malentendidos no hubiera nada que añadir ni que quitar, y me parecía que las galaxias que iban reduciéndose a la última cola del rayo luminoso que asomaba fuera de la esfera de la oscuridad llevaban consigo la única verdad posible sobre mí mismo, y no veía la hora en que todas siguieran una por una este camino.

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