El bosque de la noche (II)

Djuna Barnes










LA SOMNAMBULE

El doctor vivía cerca de la iglesia de Saint Sulpice, casi en la esquina de la rue Servandoni. Su figura pequeña y desgarbada era característica de la Place. Para el dueño del Café de la Mairie du VIe era casi como un hijo. Esta plaza, relativamente pequeña, por la que pasaban tranvías en varias direcciones, limitada a un lado por la iglesia y al otro por el Ayuntamiento, era la «ciudad» del doctor. Lo que no hallara en ella para satisfacer sus necesidades, lo encontraba en las callejuelas adyacentes. Allí se le había visto disponer detalles de funerales en la capilla de pompas fúnebres con sus cortinas de velarte negro y sus fotos de coches mortuorios en marcos, o comprar estampas y petits Jésus en la boutique que exhibía ornamentos y artísticas velas. Y, en la Mairie du Luxembourg, había apostrofado por lo menos a un juez cuando una docena de cigarros dejó de surtir el efecto apetecido.

Deambulaba, patético y solo, por entre los tenderetes de cartón de la Foire Saint Germain que, durante algún tiempo, llenó la plaza de castillitos de pega. Se le veía bajar con paso rápido por la acera izquierda de la iglesia para ir a misa, y bañar el dedo en la pila del agua bendita como si fuera el único pájaro con derecho de acceso, empujando a las cansadas criadas y a los comerciantes del barrio con la impaciencia del alma que padece grave tensión física.

A veces, por la noche, antes de entrar en el Café de la Mairie du VIe, se le veía contemplar las enormes torres de la iglesia que se alzaban al cielo, adustas pero tranquilizadoras, mientras se pasaba un dedo grueso y cálido por la garganta donde, a pesar de la costumbre, siempre le sorprendía tocar el pelo que le asomaba por el cuello de la camisa. O miraba, pequeño e insubordinado, cómo caían las faldas de agua de las pilas de la fuente, en una orla desflecada y fluida, gritando a veces a la sombra de un hombre que se alejaba: «¡Hermosura!»

Al Café de la Mairie du VIe llevó a Félix, que apareció en París semanas después de su encuentro en Berlín. Félix pensaba que, indudablemente, el doctor era una gran embustero, pero un embustero valioso. Sus invenciones parecían ser la trama de un plan olvidado pero imponente; una condición de vida de la que él era el único exponente que quedaba. Sus modales eran los del servidor de una noble familia difunta, cuyos ademanes recuerdan, aunque en forma degradada, los de un amo extinto. Incluso el movimiento favorito del doctor, arrancarse pelillos de la nariz, parecía la «vulgarización» de lo que en tiempos pudiera haber sido un reflexivo mesado de barbas.

Del mismo modo que el altar de una iglesia, sin las ofrendas espontáneas de los humildes y los atribulados, no presentaría sino un cuadro frío y deshumanizado, o el corsage de una mujer cobra de pronto un aire marcial y desgarrado por la rosa introducida entre las flores más decorosas por la mano del enamorado que sufre la violencia de no haber llegado a dar el último abrazo: poniendo una nota discordante en lo que fuera un pecho exuberante y fastuoso extrayéndole tiempo de la entraña (porque el amante conoce dos tiempos, el que se le otorga y el que él debe crear), así también Felix descubrió con asombro que las flores más conmovedoras que estaban en el altar que él había levantado a su imaginación habían sido colocadas allí por gentes de un mundo equívoco y que la más roja sería la rosa del doctor.

Al cabo de un largo silencio, durante el cual el doctor pidió y consumió un Chambéry fraise y el barón, un café, el doctor comentó que el judío y el irlandés, subiendo uno y bajando el otro, suelen encontrarse, pala con pala, en el mismo campo.

—Los irlandeses pueden ser tan ordinarios como la caca de la ballena, con perdón, en el culo del océano, con perdón, pero tienen imaginación, y —agregó— una miseria creativa que les viene de haber sido derribados por el diablo y levantados por los ángeles. ¡Misericordioso! ¡Sálvame, María, Madre mía, y que el prójimo se las componga! Pero el judío, ¿qué es el judío en el mejor de los casos? Nunca nada más que un entrometido, y pido perdón por el guantazo, un entrometido exquisito y fabuloso muchas veces pero entrometido. —Se inclinó ligeramente doblando la cadera—. De acuerdo, los judíos se inmiscuyeron y nosotros mentimos, ésa es la diferencia, la sutil diferencia. Nosotros decimos que uno es hermoso, por ejemplo, cuando, a decir verdad, probablemente sea más feo que un pecado. Pero, con nuestra mentira, nosotros hemos asumido un poder y éste es el poder del charlatán, ¡el más fuerte! Puede caer sobre cualquier cosa en cualquier momento, y esto es lo que, en resumidas cuentas, hace el místico y —agregó— hace el gran médico. Las únicas personas que de verdad saben algo de medicina son las enfermeras y ellas se callan, o serían abofeteadas. Pero el gran médico es un divino idiota y un sabio. Cierra un ojo, el ojo con que estudió y, poniendo sus dedos sobre las arterias del cuerpo, dice: «Dios, cuyo camino es éste, me ha otorgado permiso para viajar también por aquí», lo cual, y que el cielo asista al paciente, es verdad; de esta manera, realiza grandes curas y, a veces, por ese camino, se tropieza, desconcertado, con el Malaje.

El doctor pidió otro Chambéry y preguntó al barón qué quería tomar, a lo que Félix respondió que nada por el momento, y entonces el doctor agregó:

—El hombre no necesita que se le cure de su enfermedad individual; lo que debería preocuparle es su mal universal.

El barón observó que aquello sonaba a dogma.

El doctor le miró.

—¿Sí? Cuando ves al Malaje comprendes que de un empujón te echará del camino.
»También sé otra cosa —prosiguió—: una copa vertida en otra copa nos da un agua diferente. Las lágrimas derramadas por un ojo cegarían otro ojo si cayeran en él. El pecho que golpeamos de alegría no es el mismo pecho que golpeamos de dolor; la sonrisa de un hombre sería consternación en los labios de otro hombre. Atrás, río eterno, aquí viene la desgracia. El hombre no tiene asidero que no sea también un compromiso. ¡Sea! Riendo llegué a Pacific Street y riendo me voy; la risa es el dinero del pobre. A mí me gustan los pobres y los vagabundos —añadió—, porque la desgracia los hace impersonales, pero a mí… a mí casi se me considera un pesado, un plomo, la cera que hace grumos en la bilis o en la sangre mediana del hombre, conocida por corazón o haz de los resoplidos. Ojalá reviente mi dilatador y se oxide mi espéculo y que el pánico se apodere de mi dedo índice antes de que yo señale a mi hombre.

Sus manos (que llevaba siempre como el perro que anda sobre las patas traseras) parecían acaparar su atención. Y entonces dijo bajando sus ojos grandes y melancólicos, con aquel destello que con frecuencia aparecía en ellos:

—¿Por qué siempre que oigo música me siento como una novia?
—Neurastenia —dijo Félix.

El doctor movió negativamente la cabeza.

—No; no estoy neurasténico; la gente no me inspira tanto respeto; lo cual, por cierto, es la base de la neurastenia.
—Impaciencia.

El doctor asintió.

—Los irlandeses están impacientes de eternidad; mienten para adelantarla y mantienen el equilibrio gracias a la pericia de Dios, Dios y el Padre.
—En mil seiscientos ochenta y cinco —dijo el barón con cáustico humor— los turcos introdujeron el café en Viena, y desde entonces Viena, como una mujer, tuvo una impaciencia, algo que le gustaba. Usted ya sabrá, desde luego, que al joven Pitt se le negó la alianza porque cometió la torpeza de ofrecer té. Austria y el té nunca podrían ir juntos. Cada ciudad tiene su brebaje particular. Por lo que se refiere a Dios y el Padre… en Austria eran el emperador. —El doctor levantó la mirada. El chasseur del Hotel Récamier (al que conocía perfectamente) se acercaba corriendo.
—¡Eh! —gritó el doctor que siempre, a todas horas, esperaba algo—. ¿Qué hay? —El muchacho, con su chaleco a rayas rojas y negras y su gran delantal manchado, se paró delante de él y gritó en francés del Midi que la señora del veintinueve se había desmayado y no podían hacerla volver en sí.

El doctor se levantó lentamente, suspirando. «Pague —dijo a Félix— y sígame». Puesto que ninguno de los métodos del doctor era ortodoxo, Félix no se sorprendió por la invitación e hizo lo que se le decía.

En el segundo piso del hotel (una de esas pensiones burguesas que se encuentran en casi todas las esquinas de París, ni buenas ni malas pero tan típicas que podrían cambiarlas de sitio y en todas partes encajarían) había una puerta abierta por la que se veía una alfombra roja y, al fondo, dos ventanas estrechas que daban a la plaza.

En la cama, rodeada por una colección de plantas en macetas, palmeras exóticas y flores cortadas, y las notas ligeramente excesivas de pájaros ocultos que parecían olvidados —dejados sin la habitual funda silenciadora, parecida al paño de urna funeraria, con la que las buenas amas de casa suelen tapar la jaula por la noche—, semiderrumbada del soporte de los almohadones, abandonada durante un amago de vuelta en sí, yacía pesadamente la muchacha, con desaliño, las piernas enfundadas en pantalón de franela blanca, separadas como en un paso de baile y los pies calzados con unos zapatos de grueso charol que parecían muy livianos para la pirueta interrumpida. Las manos, largas y hermosas, a cada lado de la cara.

El perfume que exhalaba su cuerpo era de la calidad de esa carne de la tierra que es el hongo, que huele a humedad capturada y, no obstante, es seco, ahogado por el aroma del aceite de ámbar que es una enfermedad interna del mar, sugestivo de un sueño imprudente y total. Su carne tenía la textura de la vida vegetal y, debajo, se intuía una estructura ancha, porosa y desgastada por el sueño, como si el sueño fuera una podredumbre que la roía por dentro, debajo de la superficie visible. Alrededor de la cabeza tenía un fulgor que era como esa fosforescencia que envuelve las aguas, como si la vida residiera en ella por imprecisas nebulosas —imprimiéndole el carácter turbador de la sonámbula nata que vive en dos mundos—, híbrido de niño y de bandido.

Parecía un cuadro del douanier Rousseau, dormida en una selva atrapada en un salón (cuyas paredes, al aprehenderla, habían huido), arrojada entre plantas carnívoras: su ración. Él conjunto parecía propiedad de un dompteur invisible, medio señor, medio empresario, cuya entrada se espera que sea saludada por una orquesta de instrumentos de viento de madera con una serenata que popularizará la selva.

Félix, por discreción, se situó detrás de las palmeras. El doctor, con rudeza profesional acentuada por su eterno temor a ser descubierto por las autoridades (no tenía licencia para ejercer), dijo:

—¡Por los clavos de Cristo, fricciónele las muñecas! ¿Dónde diablos está la jarra del agua?

La encontró y, con ademán de cordial familiaridad, le roció la cara con la mano.

Una serie de estremecimientos casi imperceptibles fruncieron la piel de la mujer cuando el agua le resbaló por las pestañas y los labios hacia la cama. Un espasmo brotó de la profundidad del desmayo y ella abrió los ojos. Inmediatamente, trató de incorporarse…

—Yo estaba perfectamente —dijo y volvió a caer en la postración del aniquilamiento.

Félix, experimentando una redoblada confusión, miraba ahora al doctor que quedaba parcialmente escondido por el biombo colocado al lado de la cama, y le vio hacer los movimientos propios del ilusionista; con el aire del que, al preparar al público para el prodigio, tiene que fingir que no hay nada que ocultar, y mueve los hombros y los codos con «inocencia» cuando lo que hace es preparar la parte más flagrante de la superchería.

Félix advirtió que su finalidad era la de escamotear unas gotas de perfume de un frasquito que había en la mesita de noche, empolvarse la áspera barbilla con la borla y pasar la barra de rojo por los labios, frotándolos después uno contra otro, a fin de que pareciera que su súbito embellecimiento era gracia espontánea de la Naturaleza; creyéndose todavía al abrigo de toda mirada, como si aquel velo de magia empezara a desintegrarse, como si los mecanismos de la maquinación se hubieran desencajado y retrocedieran a la simplicidad del origen, la mano del doctor se posó sobre un billete de cien francos que había encima de la mesa.

Con esa opresión en el estómago que sentimos al ver al acróbata perder el virtuosismo de su seguridad en una pirueta embarullada y, probablemente, mortal, Félix vio la mano descender, agarrar el billete y desaparecer en el limbo del bolsillo del doctor. Él sabía que seguiría sintiendo aprecio por el doctor, pero comprendía que ello sería a costa de una larga serie de convulsiones del espíritu, análogas a la segregación del fluido de la ostra que tiene que cubrir su desazón con una perla; así tendría él que cubrir al doctor. Al mismo tiempo, sabía que este refrendo de aceptación (por el cual aquello que debemos querer se convierte en lo que podemos querer) también le afectaría a él, aunque no lo hubiera provocado voluntariamente.

Félix, abstraído en las espiras de esta nueva inquietud, dio media vuelta. La muchacha se había sentado en la cama. Conocía al doctor. Le había visto en otro sitio. Pero, del mismo modo que uno puede estar diez años comprando en la misma tienda y ser incapaz de decir de qué conoce al tendero si lo ve por la calle o en el promenoir de un teatro, puesto que la tienda forma parte de su identidad, ella trataba ahora de situarlo, al verlo fuera del marco habitual.

—Café de la Mairie du VIe —dijo el doctor a voleo, a fin de tomar parte en el proceso de su vuelta en sí.

La muchacha no sonrió, aunque le reconoció al oírle hablar. Cerró los ojos y Félix, que contemplara con avidez su azul misterioso e impresionante, creyó que seguía viéndolos tenuemente, transparentándose a través de los párpados con una luz de eternidad, como si en el iris hubiera advertido esa visión desenfocada de la bestia salvaje que no se ha ajustado a sostener la mirada del ojo humano.

La mujer que se presenta al espectador como un «cuadro» compuesto y acabado es, para la mente contemplativa, el mayor de los peligros. A veces, uno encuentra a una mujer que es bestia en trance de hacerse humana. Cada movimiento de esta persona se reducirá a la imagen de una experiencia olvidada, espejismo de una boda eterna proyectado sobre la memoria racial; una alegría tan insoportable como lo sería la visión de un antílope bajando por una arboleda, coronado de azahar, con un velo nupcial y una pata levantada en actitud temerosa, caminando con el pálpito de la carne que se hará mito; al igual que el unicornio no es ni hombre ni animal disminuido sino ansia humana que comprime el pecho contra su presa.

Esa mujer es la portadora de gérmenes del pasado: delante de ella nos duele la estructura de la cabeza y las mandíbulas; nos parece que podríamos comérnosla, a ella que es la muerte devorada que vuelve porque sólo entonces acercamos la cara a la sangre que hay en los labios de nuestros antepasados.

Algo de esta emoción invadió a Félix. Pero él que, por su raza, era incapaz del abandono, se sintió como el que en un museo contempla un mascarón de proa que, aunque estático, sin mecerse ya en el tajamar, todavía parece ir contra el viento; como si aquella muchacha reuniera en sí las dos mitades de un destino roto que, en el sueño, se hubieran encarado a sí mismas, como una imagen y su reflejo en un lago parecen estar separadas únicamente por la vacilación de la hora.

La voz de esta muchacha tenía el tono del que se recrea con la promesa del abandono: el «aparte» musitado por el actor que, con la leve avaricia de su discurso, retiene la explicación hasta el momento oportuno en que haya de lucirse ante su público —en su caso, una improvisación prudente, aludiendo a lo que diría más adelante cuando pudiera «verlos». En suma, la fórmula más larga de una despedida rápida. Les invitó a entrar a verla cuando «pudiera sentirse mejor».

El doctor, atrapando al paso al chasseur, preguntó el nombre de la muchacha. «Mademoiselle Robin Vote», respondió el chasseur.

Al salir a la calle, el doctor, deseoso de tomar «la última antes de ir a la cama», se encaminó de nuevo al café.

Después de un corto silencio, preguntó al barón si alguna vez había pensado en las mujeres y el matrimonio. Mantenía la mirada fija en el mármol de la mesa, sabiendo que Félix había experimentado algo extraordinario.

El barón respondió que sí; él deseaba un hijo que sintiera lo que sentía él por el «gran pasado». Entonces, el doctor, con fingida indiferencia, preguntó de qué nación elegiría a la madre de su hijo.

—Americana —respondió el barón inmediatamente—. Con una americana puede hacerse todo.

El doctor se echó a reír. Golpeó la mesa con su blando puño. Ahora estaba seguro. «El destino y las complicaciones empiezan otra vez; el escarabajo pelotero empujando su carga cuesta arriba. ¡Oh, y qué dura es la pendiente! La nobleza, sí, pero ¿y qué es eso?»

El barón fue a responder pero el doctor levantó la mano.

—Un momento, ya lo sé, son los pocos sobre los que los muchos mintieron largo y tendido hasta hacerlos inmortales. Muy bien, usted quiere un hijo. —Hizo una pausa—. Para el campesino, un rey es un actor que llega a hacerse tan escandaloso que tiene uno que inclinarse ante él. Escandaloso en el sentido más elevado, desde luego. ¿Y por qué hay que inclinarse ante él? Porque ha sido señalado como el único perro que no debe contenerse dentro de casa; tan elevados son que pueden difamar a Dios y ensuciar su propia casa; pero el pueblo: eso es diferente. El pueblo tiene que respetar a la Iglesia y respetar a la nación: ellos beben, y rezan, y orinan en el lugar indicado. Todo hombre tiene un corazón domesticado, salvo el gran hombre. El pueblo ama a su Iglesia y la conoce, como el perro conoce la casa en la que ha sido educado, y a ella vuelve, guiado por el instinto. Pero, sólo ante la autoridad suprema, el rey, el zar, el emperador, que pueden hacer sus necesidades en el mismo firmamento, sólo ante ellos se inclina.

El barón, al que la obscenidad siempre violentaba, no pudo sentirse ofendido por el doctor; percibía la gravedad, la melancolía que ocultaba cada broma y cada maldición que profería el doctor, y por eso le respondió con seriedad:

—Rendir homenaje al pasado es el único gesto que abarca también el futuro.
—¿Y por eso quiere un hijo?
—Por eso. Al niño moderno no le queda nada a lo que asirse. O, mejor dicho, no le queda nada con qué asirse. Nosotros ahora nos aferramos a la vida con nuestro último músculo: el corazón.
—El último músculo de la aristocracia es la locura, recuérdelo. —El doctor se inclinó hacia delante—. El último hijo que nace de la aristocracia, a veces, es idiota. Nosotros, por respeto, queremos subir, pero bajamos.

El barón dejó caer el monóculo; el ojo desarmado estaba inmóvil.

—No necesariamente —dijo. Y agregó—: Pero usted es americano y por eso no cree.
—¡Uh! —ululó el doctor—. Porque soy americano lo creo todo. Por eso le digo: ¡Cuidado! En la cama del rey, siempre se encuentra, justo antes de que se convierta en pieza de museo, el excremento de la oveja negra. —Levantó la copa—. Por Robin Vote —dijo—. No tendrá más de veinte años.

El cierre metálico cayó sobre la ventana del Café de la Mairie du VIe con un rugido.


Al día siguiente, Félix se presentó en el Hotel Récamier con dos tomos de la Vida de los Borbones. Miss Vote no estaba. Volvió cuatro tardes consecutivas y, cada vez, le dijeron que acababa de salir. A la quinta tarde, al torcer por la rue Bonaparte, se tropezó con ella.

Fuera de su marco —las plantas que la rodeaban, el sombrío terciopelo rojo de las sillas y las cortinas, el sonido débil y nocturnal de los pájaros—ella conservaba la sugerencia de su entorno natural, como los animales. Le propuso dar un paseo por los jardines del Luxembourg hacia donde se dirigía cuando él la abordó. Pasearon por los desnudos y fríos jardines y Félix era feliz. Le parecía que con ella podía hablar, que podía contárselo todo, aunque ella guardaba silencio. Le dijo que tenía un cargo en el Crédit Lyonnais, en el que ganaba dos mil quinientos francos a la semana; que hablaba siete idiomas, que era útil al Banco y, agregó, tenía ahorrado algún dinero, ganado en especulaciones.

Félix andaba un poco rezagado. Los movimientos de la muchacha eran angulosos y un poco oblicuos, lentos, al desgaire, pero graciosos: el paso reposado de la ronda nocturna. Ella no llevaba sombrero y su cabeza clara, de cabello corto, aplastado en la frente, que hacían todavía más estrecha unos rizos que le caían casi sobre el fino arco de la ceja, le daban el aspecto de esos querubines de los teatros del Renacimiento; de perfil, sus ojos parecían ligeramente abombados y las sienes, bajas y cuadradas. Era graciosa pero un poco desvaída, como una vieja estatua de un jardín, que muestra las huellas de las intemperies soportadas, que, más que obra del hombre, es obra del viento, de la lluvia y de la sucesión de las estaciones y, aunque formada a imagen humana, es una figura de la fatalidad. Félix sentía su presencia como un dolor y también como una dicha. Al pensar en ella, rememorar su imagen era una gesta de la voluntad; evocarla insensiblemente cuando se iba era tan fácil como evocar una sensación de belleza abstracta. Cuando sonreía, la sonrisa estaba sólo en los labios y era un poco amarga: era la cara de una incurable que todavía no ha enfermado.

En días sucesivos, pasaron muchas horas en los museos, y aunque ello complacía inmensamente a Félix, no podía menos que sorprenderse de que, muchas veces, ella, si bien apreciaba lo excelente, también elogiaba con una emoción no menos real lo adulterado y lo vulgar. Cuando tocaba un objeto, sus manos parecían hacer las veces de los ojos. Él pensó: «Tiene el tacto de los ciegos que, por ver más con los dedos, olvidan más con la mente». Sus dedos avanzaban, vacilaba, como si hubieran encontrado una cara en la oscuridad. Cuando, por fin, la mano quedaba en reposo, la palma se cerraba; era como si hubiera tapado una boca llorosa. La mano quedaba quieta y ella se volvía. En aquellos momentos, Félix experimentaba una aprensión inexplicable. La sensualidad de sus manos le asustaba.

Sus ropas eran de un período que él no acababa de identificar. Llevaba plumas como las que solía llevar la madre de Félix, aplastadas hacia la cara. Sus faldas, moldeadas a la cadera, tenían una línea amplia. Eran más largas y con más vuelo que las de otras mujeres, y eran de unas sedas pesadas que le daban aspecto de renovada antigüedad. Un día él descubrió el secreto. Al entrar en una tienda de antigüedades de la orilla del Sena, para pedir precio de un pequeño tapiz, vio a Robin reflejada en el espejo de la puerta de la trastienda, vestida con un traje de grueso brocado que el tiempo había manchado y roto en algunos lugares, pero tan amplio que permitía holgadamente el arreglo.

Félix descubrió que su amor por Robin no era, propiamente, una elección; era como si el peso de toda su vida se hubiera concentrado en un precipitado único. Él tenía el propósito de forjarse un destino con esfuerzo laborioso y tenaz; pero llegó Robin y su destino se le ofreció espontáneamente. Cuando le pidió que se casara con él lo hizo con un pronto tan impremeditado que le sorprendió verse aceptado, como si en la vida de Robin no cupiera la negativa.

Primeramente, la llevó a Viena. Para darse seguridad a sí mismo, le mostró todos los edificios históricos. Él se repetía que, más tarde o más temprano, en este jardín o en aquel palacio, ella se sentiría súbitamente conmovida como se sentía él. Sin embargo, ahora le parecía que también él era un turista. Trató de explicarle lo que era Viena antes de la guerra; lo que debió de ser antes de que naciera él; sin embargo, sus recuerdos eran desdibujados y confusos, y se oía a sí mismo repetir lo que había leído, porque eso era lo que mejor sabía. Con metódica ansiedad, la llevó por toda la ciudad. Le decía: «Ahora eres baronesa». Él le hablaba en alemán mientras ella comía gruesos Schnitzel y pasteles de carne, oprimiéndole la mano sobre el asa maciza de la jarra de cerveza. Le decía: «Das Leben ist ewig, darin liegt seine Schönheit».

Paseaban por delante del Palacio Imperial, bajo un sol cálido y radiante que iluminaba los recortados setos y las estatuas. Fue con ella al Kammergarten y allí le habló, y luego a la Gloriette y se sentaron primero en un banco y luego en otro. De pronto, con un sobresalto, él se dio cuenta de que corría de uno a otro banco como si se tratara de butacas de orquesta, como si fuera él quien estuviera tratando de no perderse nada; ahora, al llegar al extremo del jardín, descubrió que había ansiado ver cada árbol y cada estatua desde un ángulo diferente.

En el hotel, ella se acercó a la ventana, corrió las cortinas de terciopelo, retiró el burlete que Viena inserta en las juntas, para defenderse del viento y abrió la ventana, a pesar de que la noche era fría. Él se puso a hablar del emperador Francisco José y del paradero de Carlos I. Félix hablaba impulsado por el afán implacable de recrear a los grandes, generales, estadistas y emperadores. Sentía en el pecho un peso tan enorme como si soportara toda la carga de sus atavíos y de su destino. A volverse a mirar a Robin tras una interminable catarata de datos y especulaciones, la vio sentada con las piernas extendidas, la cabeza apoyada en el respaldo adamascado del sillón, con un brazo colgando y una mano que, inexplicablemente, parecía más vieja y más sabia que el resto del cuerpo; y, al mirarla, él comprendió que no era lo bastante fuerte para hacer de ella lo que esperaba; se necesitaba algo más que su elocuencia. Se necesitaba el contacto con personas exoneradas de su condición terrena por un acusado sesgo espiritual, alguien de aquel antiguo régimen, una vieja dama de las cortes pasadas que sólo recordaba a otros al tratar de pensar en sí misma.

Por lo tanto, al décimo día, Félix desistió y regresaron a París. Durante los meses siguientes, Félix cifró sus esperanzas en el hecho de que Robin mostrara inclinaciones religiosas y en el reconocimiento de que era un enigma. Se decía a sí mismo que posiblemente bajo aquella aparente indiferencia se ocultaba la grandeza. Él intuía que, a pesar suyo, la atención de Robin ya estaba prendida en algo que todavía no había pasado a la Historia. Ella siempre parecía estar escuchando el eco de una escaramuza en la sangre que no tenía una localización precisa, y cuando él llegó a conocerla mejor esto fue lo único en lo que pudo fundar su intimidad. El espectáculo tenía cierto patetismo: Félix revivía la tragedia de su padre. Ataviado como un capricho de sastre, intentando en vano acomodar su paso al de su mujer, Félix, con el monóculo bien atenazado, caminaba al lado de Robin, hablándole, llamando su atención sobre esto y lo otro, destrozándose a sí mismo y destrozando su paz de espíritu en el afán por darle a conocer el destino para el que la había elegido: el de darle unos hijos que reconocieran y honraran el pasado. Porque, sin esta reverencia, el pasado, tal como lo concebía él, se perdería. Pero ella no escuchaba y él, irritado pero en tono sereno, dijo: «¡Te estoy engañando!» Y se preguntó qué habría querido decir y por qué ella no le oyó.

«Un hijo —pensaba él—. ¡Eso, un hijo!» Y entonces se dijo: «¿Y por qué no llega?» Esta idea le acometió bruscamente mientras cavilaba al tiempo que hacía sus números. Corrió a casa con un frenesí de impaciencia, como el niño que oye desfilar un regimiento y no tiene a quién pedir permiso para ir a verlo pero, a pesar de todo, corre a impulsos desiguales. Cuando la tuvo delante, lo único que pudo tartamudear fue: «¿Y nuestro hijo? Wo ist das Kind? Warum? Warum?»

Robin se dispuso a concebir recurriendo a su único poder: una calma cataléptica y tenaz, creyéndose encinta antes de estarlo; y, extrañamente consciente de una tierra incógnita de su interior, no paraba en casa. Paseaba por el campo, subía a los trenes y se iba a otras ciudades, sola y absorta. Una vez estuvo tres días fuera y cuando Félix estaba ya casi loco de angustia, ella apareció en plena noche y dijo que había llegado a mitad de camino de Berlín.

De pronto, abrazó la religión católica. Un día entró quedamente en una iglesia. Las oraciones de los fieles no cesaron ni nadie interrumpió su meditación. Luego, como si un inescrutable deseo de salvación, como si un anhelo monstruoso proyectara una sombra, todo el mundo volvió la cabeza hacia aquella joven alta, con tipo de muchacho, que avanzaba lentamente por el pasillo y se arrodillaba.

Recorrió muchas iglesias: Saint Julien le Pauvre, la iglesia de Saint Germain des Prés, Sainte Clothilde. Se arrodilló hasta en las frías baldosas de la iglesia rusa, en la que no hay bancos: una figura solitaria y ensimismada que llamaba la atención, con sus hombros anchos y sus pies grandes y tan terrenales como los de un fraile.

Un día, en la rue Picpus, entró en los jardines del convento de la Adoration Perpétuelle. Habló con las monjas y ellas, sintiendo que miraban a alguien que nunca podría pedir ni recibir misericordia, la bendijeron desde el fondo de su corazón y le dieron una ramita de rosal. Le enseñaron dónde Jean Valjean guardaba sus aperos y dónde las jovencitas de la pension hacían sus colchas, y Robin tomó la ramita sonriendo y contempló la tumba de Lafayette, mientras pensaba sus pensamientos despoblados. Arrodillada en la capilla, en la que nunca faltaba una monja que rezara el rosario, Robin, tratando de concentrar la mente en esta súbita necesidad, advirtió que estaba preocupada pensando en su estatura. ¿Estaría creciendo todavía?

Ella trataba de pensar en el mundo al que pertenecería su hijo. Pensaba en el emperador Francisco José. Existía una relación entre la gravidez de su cuerpo y el peso que había en su mente donde la razón era inexacta por falta de necesidad. Divagaba pensando en mujeres, mujeres a las que ella relacionaba con otras mujeres. Extrañamente, eran mujeres de la Historia, Louise de La Vallière, Catalina de Rusia, Madame de Maintenon, Catalina de Médicis y dos mujeres de la literatura, Anna Karenina y Catalina Heathcliff; y ahora esta otra mujer, Austria. Ella rezaba, y su oración era monstruosa, porque no quedaba en ella margen para la condenación ni para el perdón, para la alabanza ni para el reproche —los que no pueden concebir un pacto no pueden ser salvados ni condenados. Ella no podía ofrecerse a sí misma; solamente hablaba de sí misma; con una preocupación se autoalimentaba.

Apoyando su cara infantil, de barbilla redonda y llena, en el prie-dieu, con la mirada fija, de pronto se echó a reír en virtud de cierta oculta capacidad, con un recóndito humor subterráneo; cuando cesó la risa, dobló el cuerpo hacia delante, en un desvanecimiento, despierta pero con la pesadez del que duerme.

Aquella noche, cuando Félix volvió a casa, encontró a Robin dormida en un sillón, con una mano en la mejilla y un brazo caído. En el suelo, al lado de su mano, había un libro. Eran las Memorias del marqués de Sade. Una línea estaba subrayada: Et lui rendit pendant sa captivité les mille services qu’un amour dévoué est seul capable de rendre, y, de pronto, a Félix le asaltó la pregunta: «¿Qué es lo que está mal?»

Ella despertó pero no se movió. Él se acercó, la tomó del brazo y la levantó. Ella apoyó una mano contra el pecho de él, empujándole. Parecía asustada. Abrió la boca, pero no salió ni una palabra. Él dio un paso atrás, trató de hablar, pero se separaron sin decir nada.

Aquella noche, le empezaron los dolores. Ella juraba a gritos, algo que pilló totalmente desprevenido a Félix; él trataba ridículamente de ponerla cómoda.

—¡Vete al infierno! —gritó ella. Se movía despacio, alejándose de él de silla en silla; estaba borracha, con el pelo bailándole delante de los ojos.

Robin dio a luz entre gritos frenéticos de autoafirmación y desesperación. Temblando de dolor y de furor, jurando como un carretero, se incorporaba apoyándose en un codo, con el camisón manchado de sangre, mirando a un lado y otro de la cama como si hubiera perdido algo. «¡Por los clavos de Cristo, por los clavos de Cristo!», gritaba llorando como una niña ante el comienzo de un horror.

Al cabo de una semana de dejar la cama, estaba perdida, como si hubiera hecho algo irreparable, y este acto fuera la primera cosa de su vida que atraía su atención.

Una noche, Félix entró sin hacer ruido y la encontró en el centro de la habitación, sosteniendo en alto a la criatura, como si se dispusiera a estrellarla contra el suelo, pero la bajó con suavidad.

La criatura, un niño, era pequeño y triste. Dormía demasiado, en una trémula parálisis nerviosa. Hacía pocos movimientos voluntarios y lloriqueaba.

Robin volvía a salir a vagar sin rumbo. Hacía viajes intermitentes, de los que volvía horas o días después, indiferente. La gente se sentía violenta cuando ella les dirigía la palabra, enfrentados a una catástrofe que todavía no había comenzado.

Todos los días, Félix sentía nacer la pena. Por lo demás, fingía no darse cuenta de nada. Robin casi no paraba en casa. Él no sabía dónde preguntar. A veces, al ir a entrar en un café, daba marcha atrás porque la había visto en el bar; a veces, riendo, pero casi siempre silenciosa, con la cabeza inclinada sobre la copa y el pelo hacia la cara y, alrededor de ella, gente de todas clases.

Una noche, al volver a casa a eso de las tres, la encontró a oscuras, al lado de la ventana, a entre los pliegues de la cortina, adelantando o el mentón de tal manera que se le recortaban los músculos del cuello. Cuando él se le acercaba, ella dijo, furiosa: «¡Yo no lo quería!» Levantó la mano y le dio una bofetada.

Él dio un paso atrás; se le cayó el monóculo y lo asió al vuelo. Respiró profundamente. Esperó un segundo largo, tratando de aparentar naturalidad: «Tú no lo querías —dijo—. Se inclinó, ostensiblemente para desenredar la cinta—. Al parecer, en eso fracasé».

—¿Por qué no evitamos hablar de él? —preguntó ella—. Hacer como si no existiera.

Félix giró el cuerpo sin mover los pies. «¿Qué vamos a hacer?»

Ella le enseñó los dientes en una mueca que no era una sonrisa. «Me marcho», dijo. Cogió la capa. Siempre la llevaba arrastrando. Miró la habitación como si la viera por primera vez.

Durante tres o cuatro meses, la gente del barrio preguntó por ella en vano. Nadie sabía adónde había ido. Cuando volvió a aparecer, iba acompañada de Nora Flood. No explicó dónde había estado; no podía o no quería hablar de sí misma. El doctor dijo: «En América, que es donde vive Nora. Si lo sabré yo, que la ayudé a venir al mundo».

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .