Y ASI SE CUENTA LA HISTORIA: “ ‘Retrato breve —a lo Edvard Munch’ por Bryan Barona”

Ítalo Costa Gómez









“Eras azul como noche que acaba”.
Vicente Aleixandre

Acaba de hacer el amor con Azul. Entraron a un hotel medio escondido en una avenida grande, agazapado en el recodo o el cruce con una callecita, y lo hicieron. Se bañó; no quiso bañarse con él para no humedecer su cabello, remojar su cabello azul. Salió de la ducha y se quedó en ropa interior, tumbado en la cama y mirando el techo, a su lado; contemplaban las musarañas en una órbita absolutamente negra. Hablaron cualquier bobada en esa gravedad infinita, tan intimidante como dudosa, y callaron. Esperaban. Alrededor de un año esperando y ya no. Aguardaban accionarse un poco, desperezarse del dolor que guiaba su tacto, su paso o certeza, hasta habilitarse lo suficiente para admitir la catástrofe, aquel remezón y la garúa a puertas cerradas. Proceder. Ambos estaban resentidos: histéricos y silenciosos. Por la tarde, cuando se encontraron, él renegó con ella y a ella le jodió sobremanera la bronca. No era un pleito habitual, lleno de arrebatos absurdos y melancólicos (los de él), sino el preámbulo o afirmación de algo a terminar de lamentarse. Un lamento sin concesiones, sin comienzo ni culminación, sin orillas; desbordado como un grito en seco, similar al de la famosa pintura hecha por un artista noruego. Ahora, tumbados en la cama donde antes coincidieran otras memorias, otros cuerpos, ellos también contemplaban el miedo de lo impronunciable, de lo cierto, pincelados en medio de las sombras como dibujos de carne y hueso incoloros sin creador ni correlatividad; admiraban el destino descascarado en el techo (más alto entonces) de un hotel anegado de olores por desinfectantes en bidón y esas vaharadas invisibles e inmutables de una nicotina por completo acre y lechosa que se disipaba a lo largo de los pasillos, en torno a su misma pieza provisional gracias a un par de billetes. Del silencio en que flotaban pasaron al amor por un lapso incalculable. Al amor intenso, plano, rabioso: una descomposición del tiempo (quizá un útero desguazado a sangre, incluso las hileras de impotencia y color grana descorriendo por los dos muslos hacia abajo). Y luego vino la conversación, esa conversación. Fue una plática verdaderamente dura (peor aún). Azul lloró, lloró mucho. Los cabellos azules, desmadejados sobre su rostro, entre el llanto y el sudor abundante tras su momento íntimo, parecían colorear una fracción absoluta de la habitación; una velada luz de luna. Él no sabía qué decirle para apaciguar aquello. No tenía nada que decirle para tratar siquiera de apaciguar aquello: de principio, de la calle en la que concretaron su cita hasta la intimidad en que ya habían desaparecido, en la que se habían replegado parcialmente o afantasmado cada quien en sus propias intimidades, cualquier diálogo pintaba a contrapelo, a contrasentido del sentido. Sobre todo una conversación, esa conversación, la típica y verdadera charla que sucede a la exigencia más bien extrafísica de dos humanidades cercanas y desnudas, lejanísimas como dos astros húmedos. Sus palabras habían sido certeras pero afiladas: dagas, verduguillos, navajazos. Solo tenía términos fuera del apaciguamiento, de aquellos, ciertos y puntiagudos, desdichados y propicios para su situación, el contexto que por desgracia vivían entonces y desde un siempre implícito. Le pidió que extendiera la palma de la mano derecha, que desenrollara las líneas de su destino, y en un ademán que colocase sus dedos en forma de pequeña ave o el beso ínfimo de una sobre su propio tórax aún tibio extrajo al instante un puñado de cosa invisible y se lo depositó allí. Ella atinó al único gesto de pedirle perdón y lloró mucho, mucho más. Sintió que se fundía, que se fundían en la oscuridad de la habitación de ese hotelucho medio escondido en una avenida grande, tras un recodo o un cruce con otra callecita percudida de pasos en los extremos de la ciudad. Azul y él. Que algo se rompía irremediablemente entre los dos para toda una sola eternidad y el estrepitoso eco se perdía allá afuera, a través de las autopistas, en forma de palabras.

Una respuesta a “Y ASI SE CUENTA LA HISTORIA: “ ‘Retrato breve —a lo Edvard Munch’ por Bryan Barona”

  1. Un excelente microrrelato que te va jalando a seguir el ritmo que se incrementa línea tras línea, palabra tras palabras, y así nos lleva a una historia fantástica. Felicitaciones.

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