Las debilidades de la argumentación

Carlos E. Luján Andrade









Argumentar no solo consiste en unir varias ideas para sustentar una premisa. Sino es el buscar una coherencia que nos permita deducir una lógica sólida de lo que se expone. Uno podrá estar de acuerdo o no, pero tal postura se basta a sí misma. Es relevante que se tenga en claro qué se busca al momento de manifestar nuestra opinión. Qué tan lejos queremos llegar con ella. ¿Lo hacemos para validar una acción o para que otros hagan lo que deseamos?

Es preciso aclarar que argumentar no es lo mismo que persuadir. En la primera se busca convencer utilizando criterios racionales. Se intenta que el que nos oiga o lea, use su razón para acercarse a nuestro punto de vista. La exigencia es mayor porque el público es más minucioso e inquisidor. Por el otro lado, tenemos a los que persuaden, y lo que se busca es que quienes son receptores del mensaje, realicen una determinada acción conveniente para el expositor. Es así que se intenta recurrir a sus temores, deseos, emociones, prejuicios y aquello que active sus sensaciones. No se da espacio para el propio criterio, sino a lo más inmediato. De esta forma podemos ver que quienes desean convencer recurren a las técnicas de manipulación para condicionar los actos ajenos.

La validez de aquello que nos dicen que hagamos puede ponerse en entredicho apenas uno comience a cuestionarla. El mundo en el que vivimos está rodeado de imágenes manipuladoras donde nos ofrecen una realidad ideal que debemos alcanzar. El ejemplo más notorio es la idea de la vida cómoda y plena, para poder mostrar que uno la tiene es siempre lucir productos nuevos. Eso agiliza el consumo y por lo tanto la perpetuación del sistema económico. Con el tiempo se institucionaliza y ya no lo cuestionamos. La verdad impuesta producto de una manipulación se hace sólida porque no admite alternativas. Al final, los convencidos la defienden no porque sea razonable, sino porque les produce alguna emoción.

Sin embargo, tal vez pensemos que una idea impuesta por la persuasión podrá ser desbaratada indagando acerca de su origen. Esto no podría ser tan sencillo ya que como explica Alvaro Díaz en su libro la Argumentación escrita: « [se busca apelar a las emociones] explotando los afectos, emociones, deseos, temores de quien se intenta persuadir. Para tal propósito se ofrecen dádivas o beneficios, se hacen promesas, se insinúa la posibilidad de disfrutar un gozo, de padecer una sanción, se apela a la clemencia. La inducción al arrepentimiento y la creación de un complejo de culpa son resultados de una manipulación emocional». Una voluntad dominada y manipulada no es capturada con simples imágenes, sino con argumentos confusos y que colisionan con otras verdades. Explicando la realidad en base a supuestos fabricados con la única intención de demostrar que aquello que se afirma es una verdad enorme e irrefutable que no acepta ninguna otra interpretación.

Es preciso conocer que existe una forma correcta de argumentar, donde debemos ser claros con el punto de vista, el condicionamiento de este, la fundamentación, el garante, la concesión y la refutación. Factores necesarios para enfocar debidamente una idea y que pueda ser cuestionada por un individuo informado y atento. No obstante, existen trampas que buscan camuflarse como algunas de ellas, confundiendo al destinatario. Por eso, argumentar debidamente no es sencillo. Por la inmediatez o por mala fe, a veces se busca demostrar una posición recurriendo a facilismos o mejor dicho, a una falacia argumentativa. Los que las usan, creen estar sustentando sus ideas con eficiencia y coherencia, pero en realidad contienen muchos vicios y defectos. Alvaro Díaz, también lo explica así:

«Un argumento es defectuoso cuando exhibe una o más de las siguientes anomalías: se apoya en premisas falsas, las premisas no son pertinentes para su conclusión, se omite información relevante muy importante, la sustentación de la conclusión se apoya en una inadecuada interpretación de los hechos y de las evidencias, la conclusión es el resultado de una deducción defectuosa o de una inducción incompleta, falta de precisión en el manejo del lenguaje, se apoya más en la emoción que en la razón, se ignoran puntos de vista importantes que se oponen a los que se defienden, hay desorden en la exposición de ideas, la información de la fuente es deficiente, se basa en ataques personales, se afirma más de lo que se ha probado. Las falacias son argumentos engañosos que exhiben alguna de las inconsistencias mencionadas anteriormente».

Aquí también Díaz nos hace una aclaración pertinente. Si las falacias son usadas involuntariamente, se les llama paralogismo, pero si estas son intencionales, se denominan sofisma. Es por eso de vital importancia que el receptor esté atento a la argumentación ajena por si algunas de estas sostienen sus ideas.

Entre las diversas falacias argumentativas que son utilizadas, se encuentra la petición de principio (petitio principii) que consiste en concluir con seguridad acerca de algo que no ha sido debidamente sustentado. Por ejemplo, se dice que el comunismo es malo y como tal persona es comunista, entonces también es mala. Los que crean eso de antemano, no podrían estar en desacuerdo, pero aquellos que no ven a tal ideología como negativa, tendrían que darle otros argumentos más. Tal afirmación no ayuda en absoluto en aclarar el punto de vista. Otra falacia es la llamada conclusión inatinente (Ignoratio elenchi). Cuando se usa, el que argumenta intenta desviar la atención del interlocutor hacia un tema que no tiene nada que ver con el que se discute para apartarlo del problema e ir hacia un aspecto que puede argumentar con más detenimiento. Una falacia muy usada y que no es advertida por muchos es la falsa relación causal (Post hoc, ergo propter hoc) también llamada la falacia del argumento anterior donde se establece que si un hecho ocurrió antes que otro, el primero es el que representa la única verdad. Se utiliza cuando deseamos afirmar una generalidad por una particularidad, cuando en realidad un hecho puede tener diferentes causas, pero le queremos dar una única razón. Alvaro Díaz ejemplifica esto de la siguiente forma:

«En el discurso cotidiano se ha hecho un hábito escuchar argumentos sustentados con falsas relaciones causales: “Mi hijo perdió el año porque sus profesores le tenían fobia”, “Me divorcié de mi esposa porque no me comprendía”, “Esta vez perdí el examen de Física porque no me persigné antes de empezar a responderlo”, “Amanecía mal del estómago porque anoche, después de haber tomado cervezas y aguardiente, se me ocurrió tomarme una sopa de mondongo antes de acostarme».

Así apreciamos que tales afirmaciones conforman un sistema de creencias que guían nuestra cotidianeidad.

La falacia del falso dilema consiste en que ante un problema solo se puede hallar una solución recurriendo a dos alternativas, pero colocando a una de ellas en menor prioridad, por lo que podemos deducir que se desea dirigir nuestra decisión hacia la que resta, la que más le conviene al otro. Una manera de evitar caer en ello es buscar una tercera alternativa y que las otras no necesariamente estén equivocadas del todo.

Existen otras falacias como el ataque personal para poner en duda la argumentación basándose en quien lo dice, la apelación a la piedad y las emociones donde se usa el sentimentalismo irracional para buscar convencer al otro, la falsa analogía en la que se utilizan ejemplos equivocados para hacer más entendible nuestro punto de vista. Sucede cuando intentamos explicar nuestra idea emparentándola con algo que los demás conocen, sin embargo, a veces se fuerza tal ejemplo para tener la razón de nuestra postura que se desnaturaliza.

Las falacias argumentativas están en todos los discursos. Saber identificarlos nos permitirá encaminar los motivos ajenos hacia un argumento sólido y racional. No obstante, no estamos libres de no detectarlos y dejar que nuestras ideas y actos nos encaminen hacia el error. Lo más grave es que son usadas con mala fe para mostrar una realidad más acorde a los intereses de otros.

Si miramos a alrededor, nos percataremos que la sociedad en la que vivimos se construyó en base a las múltiples falacias que la publicidad o la clase dominante impone. Nuestra libertad para entender el mundo está limitada por “razones” de cartón, etiquetas construidas con la intención de dar por cierto aquello que podría ser analizado si es que desvelamos el telón que las cubre. El riesgo es que no será sencillo hacerlo. Cuando uno vive un buen tiempo sosteniendo el sistema de creencias en tales falacias, no podrán ser extirpadas con un simple arrebato de racionalidad, es por eso que se resistirán con fiereza en vez de dejar de creer en ideas que les son cómodas. El consumismo es el ejemplo más claro. Dejarse llevar por él, nos hará pertenecer a una clase social elevada que contiene una serie de privilegios que la misma publicidad ha impuesto. Y es en ese círculo vicioso que mantenemos la interpretación ideal de la realidad. Apartarnos de ella sería condenarnos al miedo, la sanción, la pobreza, la rebeldía y la pérdida de la libertad. Ideas que justamente las falacias argumentativas han ayudado a que penetren en la conciencia del ser humano.

Las ideas son las que ordenan el sistema de creencias con el que llevamos la existencia. Al argumentarlas, debemos profundizar aquello que justifica nuestros actos con responsabilidad, racionalidad y si es posible, lógica. Esa será la única defensa que tendremos ante la falacias argumentativas que de cuando en cuando, se posarán delante nuestro y buscarán que demos a torcer la justa imagen que deseamos de la realidad.

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