Escupiré sobre vuestra tumba (Final)

Boris Vian










XVII

Hasta aquel momento no había pensado en todas las complicaciones que me iba a traer la idea de destrozar a aquellas dos chicas. Me dieron ganas, entonces, de abandonar el proyecto y olvidarme, y continuar vendiendo libros sin preocupaciones. Pero tenía que hacerlo por el chico, y por Tom también, y por mí mismo. Conocía tipos más o menos en mi situación que se olvidaban de su sangre y se ponían del lado de los Blancos en cualquier caso, y no dudaban en golpear a los Negros si se presentaba la ocasión. A tipos así los habría matado con verdadero placer, pero había que hacer las cosas poco a poco. Primero las Asquith. Había tenido treinta y seis ocasiones de suprimir a otras: las de la banda, Judy, Jicky, Bill y Betty, pero eso carecía de interés. Demasiado poco representativos. Los Asquith serían mi prueba de fuego. Y luego, pienso que más o menos me las arreglaría para liquidar algún pez gordo. Un senador no, pero algo así. Lo necesitaba para sentirme tranquilo. Pero antes tenía que pensar bien la forma de escapar después de liquidar a aquellas dos hembras.

Lo mejor sería simular un accidente de coche. Se preguntarían qué habrían venido a hacer a la frontera y dejarían de preguntárselo en cuanto les hicieran la autopsia y viesen que Jean estaba encinta. Lou habría ido a acompañar a su hermana. Y yo, yo no tendría nada que ver. Y una vez tranquilo, con el asunto liquidado, se lo diría a los padres. Sabrían que su hija había sido engañada por un Negro. En ese momento cambiaría de aires una temporada, y luego, a volver a empezar. Un plan idiota, pero los más idiotas son los que salen mejor. Estaba seguro de que Lou aparecería a los ocho días de nuestra llegada; la tenía cazada. Una salida con la hermana. Jean conduciría, y sentiría una náusea al volante. ¿No es natural? Yo tendría tiempo de saltar. Ya encontraría algún sitio que se prestase al juego por donde anduviéramos… Lou iría delante, con su hermana, y yo detrás. Primero Lou, y si Jean soltaba el volante al verlo, el trabajo se haría solo.

Pero ese plan del coche me gustaba solo a medias. En primer lugar, no es nada nuevo. Y luego, y sobre todo, sería demasiado rápido. Era imprescindible que me diera tiempo a decirles por qué, que se vieran en mis garras, que se dieran cuenta de lo que les esperaba.

El coche… pero luego… El coche para terminar. Creí haberlo encontrado. Primero llevarlas a un sitio tranquilo. Y allí liquidarlas. Con la explicación. Meterlas otra vez en el coche, y el accidente. Muy sencillo y más satisfactorio. ¿Sí? ¿Tanto?

Seguí pensando en ello un rato más. Me ponía nervioso. Y al final deseché todas aquellas ideas y me dije que nada sucedería como lo imaginaba, y me acordé del chico. Me acordé también de mi última conversación con Lou. Empezaba a sentir algo preciso por aquella chica, empezaba a precisarse. Y aquello merecía correr el riesgo. El coche, si podía. Si no, tanto peor. La frontera no estaba lejos y en México no hay pena de muerte. Creo que, en aquel tiempo, me había pasado por la cabeza vagamente este otro proyecto que empezaba a tomar forma ahora, apenas si me daba cuenta qué significaba el hecho.

Durante aquellos días bebí bastante bourbon. Mi cerebro trabajaba duro. Me agencié más material además de los cartuchos; compré una pala y un pico y cuerda. Todavía no sabía si mi última idea marcharía. Si sí, necesitaría cartuchos. Si no, me serviría lo demás. Y la pala y el pico eran una seguridad para otra idea que se me había pasado por la cabeza. Creo que los tipos que preparan un plan se equivocan fijando uno perfectamente definido desde el principio. En mi opinión, es preferible dejar que opere también el azar; aunque, cuando el momento propicio llega, hay que tener a mano todo lo necesario. No sé si me equivocaba no preparando nada definido, pero cuanto más pensaba las historias de accidente de coche, me gustaban menos. No había tenido en cuenta un factor importante: el tiempo; tendría mucho tiempo por delante, y evité concentrarme en esa historia. Nadie sabía el lugar al que iríamos, y pienso que Lou no lo dirá a nadie si nuestra última conversación le hizo el efecto previsto. Eso lo sabría en cuanto llegase.

Y luego, en el último momento, una hora antes de salir, me entró una especie de terror, y me pregunté si me encontraría a Lou al llegar. Fue el peor momento de todos. Me quedé delante de la mesa y bebí. No sé cuántos vasos, pero tenía el cerebro tan lúcido como si el bourbon de Ricardo se hubiese convertido en agua simple y pura, y vi lo que tenía que hacer con tanta claridad como había visto la cara de Tom cuando explotó en la cocina la lata de gasolina: bajé al drugstore y me metí en la cabina del teléfono. Marqué el número de conferencias y pedí Prixville y me dieron la comunicación inmediatamente. La criada me contestó que llamaría a Lou y a los cinco segundos la tenía allí.

—¿Aló? —dijo.
—Soy Lee Anderson. ¿Qué tal estás?
—¿Qué sucede?
—Jean se ha ido, ¿no?
—Sí.
—¿Sabes dónde va?
—Sí.
—¿Te lo ha dicho?

La oí reír con sorna.

—Puso un anuncio en el periódico.

Esa chica no tenía un pelo de tonta. Debía de haberse dado cuenta de todo desde el principio.

—Pasaré a recogerte —dije.
—¿No va a reunirse con ella?
—Sí. Contigo.
—Yo no quiero ir.
—Sabes muy bien que irás.

No contestó, y proseguí.

—Es muchísimo más fácil si te llevo conmigo.
—Entonces, ¿por qué reunirse con ella?
—Tenemos que decirle…
—¿Decirle qué?

Ahora me reí yo.

—Ya te lo recordaré durante el viaje. Prepara la maleta y vente.
—¿Dónde le espero?
—Salgo ya. Estaré ahí dentro de dos horas.
—¿Con su coche?
—Sí. Espérame en tu habitación. Tocaré la bocina dos veces.
—Ya veré.
—Hasta ahora.

No esperé su respuesta y colgué. Y saqué el pañuelo para enjugarme la frente. Salí de la cabina. Pagué y volví a casa. Mis cosas estaban ya en el coche, y la pasta en el bolsillo. Había escrito una carta a la casa explicándole que me veía en la obligación de irme a cuidar a un hermano enfermo; Tom no me lo perdonaría. No sabía lo que haría con aquel trabajo de librero; no me resultaba nada molesto. No cortaba puentes tras de mí. Hasta ahora había vivido sin dificultades y sin conocer la incertidumbre, nunca en ninguna ocasión, pero esta historia empezaba a excitarme y las cosas iban un poco menos suaves que de costumbre. Me hubiera gustado estar ya allí para arreglarlo todo y ocuparme de otra cosa. No puedo soportar el tener un trabajo a punto de acabar y este asunto era lo mismo. Miré a mi alrededor para asegurarme de que no olvidaba nada y cogí el sombrero. Luego salí y cerré la puerta. Guardé la llave. El Nash me esperaba una manzana más abajo. Puse el contacto y arranqué. En cuanto estuve fuera de la ciudad bloqueé el acelerador a fondo y dejé correr el coche.


XVIII

La carretera estaba terriblemente oscura, aunque por suerte, había poca circulación. Sobre todo camiones en dirección contraria. Casi nadie bajaba al sur. Fui a todo lo que podía. El motor roncaba como el de un tractor y el termómetro marcaba ciento noventa y cinco, pero seguí pisando, y aguantaba.

Quería calmar los nervios. Después de una hora de aquel ruido, ya estaba mejor, y bajé la marcha un poco y pude oír otra vez el traqueteo de la carrocería.

Era una noche húmeda y fría. Aquello olía ya a invierno, y llevaba el abrigo en la maleta ¡Señor! Nunca tuve menos frío. Controlaba los indicadores de dirección, pero el camino era fácil. Había apenas una gasolinera de vez en cuando y tres o cuatro chabolas y otra vez la carretera. Un animal suelto, huertos o cultivos, o nada de nada.

Pensaba emplear unas dos horas en las cien millas. En realidad eran ciento ocho o ciento diez, sin contar con el tiempo perdido al salir de Buckton y dando vueltas al jardín al llegar. Estuve delante de casa de Lou en una hora y media o muy poquito más. Había exigido al Nash todo lo que podía dar. Pensé que Lou estaría ya preparada así que pasé la puerta lentamente y me acerqué a la casa todo lo posible y toqué tres bocinazos. Al principio no oí nada. Desde donde estaba no veía su ventana, pero no me atrevía a bajar ni tampoco quería volver a darle al claxon por miedo a despertar a alguien.

Me quedé allí esperando y vi que me temblaban las manos cuando encendí un cigarrillo para calmar los nervios. A los dos minutos lo tiré y dudé un buen rato antes de volver a dar tres bocinazos. Y luego, cuando estaba a punto de bajarme, adiviné que llegaba, me di la vuelta y la vi acercarse al coche.

Llevaba un abrigo claro, sin sombrero, con un bolso de mano grande de cuero marrón que parecía a punto de reventar, pero ningún otro equipaje. Subió y se sentó a mi lado sin despegar los labios. Cerré la puerta echándome encima de ella, pero sin intentar besarla. Estaba bloqueada como una puerta de cámara acorazada.

Arranqué y giré hacia la carretera. Lou miraba fijamente el camino ante ella. Yo la miraba por el rabillo del ojo, pensando que una vez fuera de la ciudad todo iría mejor. Seguí cien millas más a toda marcha. Podíamos ir dándonos cuenta de que el sur se acercaba. El aire seco y la noche menos oscura. Pero me quedaban quinientas o seiscientas que tragarme.

No podía permanecer al lado de Lou sin decir nada. Y su perfume había inundado el coche, en cierto modo era algo que me excitaba terriblemente, porque volvía a verla de pie en su cuarto, con el slip desgarrado y sus ojos de gata, y suspiré bastante fuerte, para que lo oyera. Pareció despertar, volver a la vida en cierto modo, y traté de crear una atmósfera más cordial, porque seguía estando un tanto molesta.

—¿Tienes frío?
—No —dijo.

Se estremeció, y eso la puso todavía de peor humor. Supuse que me hacía una especie de escena de celos, pero tenía que ocuparme de conducir y no podía arreglar la cosa deprisa solo con palabras si no había más colaboración por su parte. Solté una mano del volante y rebusqué en la guantera de la derecha. Saqué una botella de whisky y la dejé sobre sus rodillas. Había también un vaso de baquelita en la guantera. Lo cogí y lo puse al lado de la botella, luego cerré la guantera y di al botón de la radio. Debía habérseme ocurrido antes, pero estaba claro que no me encontraba inspirado.

La idea de que quedaba todo por hacer era lo que me atormentaba tanto. Felizmente, tomó la botella y la destapó, luego se sirvió un vaso y se lo apuró de un trago. Extendí la mano. Llenó de nuevo el vaso y se lo tragó otra vez. Y después me sirvió uno a mí. No me di cuenta ni de lo que bebía y le di el vaso. Metió todo en la guantera, se estiró un poco en el asiento y se desabrochó los dos botones del abrigo. Llevaba un traje sastre bastante corto, con largas solapas. Se desabrochó también la chaqueta. Debajo llevaba un pullover limón directamente sobre la piel, y para mi seguridad, me forcé a mirar la carretera.

En el coche olía ahora a su perfume y a alcohol, y un poco a tabaco, un olor que se subía a la cabeza. Pero no abrí la ventanilla. Continuamos sin hablar; una media hora; luego volvió a abrir la guantera y se bebió otros dos vasos. Ahora tenía calor y se quitó el abrigo. Al hacerlo se acercó a mí y aproveché el movimiento para darle un beso en el cuello Junto a la oreja. Se alejó bruscamente y se rio, y me miró. Luego, rompió a reír. Supongo que el whisky empezaba a hacerle efecto. Seguí conduciendo otras cincuenta millas sin decir nada, y por fin ataqué. Ella había vuelto a darle al whisky.

—¿No estás en forma?
—A medias —dijo lentamente.
—¿No te gusta ir de viaje con el viejo Lee?
—¡Oh! Psché.
—¿No tienes ganas de ir con tu hermanita?
—No me hable de mi hermana.
—Es una buena chica.
—Oh, y que jode bien, ¿eh?

Me dejó cortado. Cualquier otra hubiera podido decirme aquello sin que le prestase atención, Judy, Jicky, B. J., pero no Lou. Vio que me quedaba helado y se rio como una loca.

Al reírse, se notaba que había bebido.

—¿No se dice así?
—Sí —aprobé—. Exactamente así.
—¿Y acaso no ha hecho eso ella?
—No lo sé.

Volvió a reírse.

—No se esfuerce, Lee. Comprenderá que ya no estoy en edad de creer que los niños se cogen dándose besos en la boca.
—¿Quién ha hablado de niños?
—Jean espera un hijo.
—¿Estás loca?
—Se lo aseguro, Lee, no merece la pena que siga. Sé que lo sabe.
—No me he acostado con tu hermana.
—Sí.
—No lo he hecho, y aunque lo hubiera hecho, no está esperando un hijo.
—Entonces, ¿por qué está mala todo el tiempo?
—También estaba mala en casa de Jicky y nadie le había hecho ningún niño. Será que tiene el estómago frágil.
—¿Y lo demás? ¿No es demasiada fragilidad?

Y a continuación se echó sobre mí dándome puñetazos. Metí la cabeza entre los hombros y aceleré. Me golpeaba con todas sus fuerzas; no tenía demasiada, pero la suficiente para sentirla. A falta de músculos, tenía nervios y un buen entrenamiento al tenis. Cuando se paró, me sacudí.

—¿Te sientes mejor?
—Me siento perfectamente. ¿También Jean se sentía bien después?
—¿Después de qué?
—Después de que la jodiese.

Sin duda sentía gran placer en repetir aquella palabra. Si le hubiera pasado la mano entre los muslos en aquel momento seguro que hubiese tenido que secármela.

—¡Oh! —dije—. ¡Ya lo había hecho antes!

Otra vez me cayó la avalancha.

—¡Es usted un mentiroso puerco, Lee Anderson!

Después del nuevo esfuerzo jadeaba y se quedó mirando la carretera.

—Creo que preferiría joderte a ti —dije—. Prefiero tu olor y tienes más pelo en el vientre. Pero Jean jode bien. La echaré de menos cuando nos hayamos deshecho de ella.

No se movió. Encajó el golpe como lo demás. Sentí la garganta reseca y, de momento, tenía como un deslumbramiento, empezaba a darme cuenta.

—¿Lo haremos ahora mismo o tiene que ser después? —murmuró Lou.
—¿Hacer qué? —murmuré yo.

Me costaba trabajo hablar.

—¿No va a joderme?… —dijo tan bajo que comprendí lo que decía más que lo oí.

Estaba ya excitado como un toro, casi me dolía la cosa.

—Primero hay que suprimirla —dije.

Lo dije solamente para asegurarme de que la tenía a mi merced.

—No quiero —dijo.
—¿Quieres mucho a tu hermana, eh? ¡Te estás rajando!
—No quiero esperar…

Por suerte para mí, divisé un poste de gasolina y paré el coche. Tenía que pensar en otra cosa para no perder la sangre fría. Me quedé sentado y dije al tipo que llenara el depósito. Lou abrió la portezuela y saltó a tierra. Murmuró algo y el hombre señaló la caseta. Desapareció y volvió al cabo de diez minutos. Aproveché para inflar un neumático bajo y decirle al tipo que me trajera un sándwich que no pude comer.

Lou se instaló de nuevo. Ya había pagado al hombre que había vuelto a acostarse. Arranqué el coche y me puse a conducir a tumba abierta, durante una o dos horas más. Lou no se movía. Parecía dormir; ya me había calmado del todo y, de repente, se estiró, abrió la guantera y esta vez se tomó tres vasos uno detrás de otro.

No podía verla moverse sin excitarme otra vez. Intenté seguir conduciendo, pero, a las diez millas, detuve el coche arrimado a la cuneta. Todavía era de noche; se notaba ya que iba a amanecer y no había viento. Manchas de árboles y arbustos. Habíamos cruzado una población hacía media hora, quizás.

Cuando pisé el freno, cogí la botella y pegué un trago y luego le dije que bajara. Abrió la puerta, cogió el bolso y la seguí; iba hacia los árboles, se paró en cuanto llegamos a ellos y me pidió un cigarrillo; me los había dejado en el coche. Le dije que esperase; comenzó a rebuscar en su bolso para encontrar algo, pero ya me había ido corriendo hacia el coche. Cogí la botella. Estaba casi vacía, pero tenía otras en el portaequipajes.

Cuando volvía no podía andar y empecé a desabrocharme antes de llegar junto a ella; en ese momento vi el relámpago del revólver al disparar y en el mismo momento tuve la sensación de que me estallaba el codo izquierdo; el brazo cayó a lo largo del tórax: si no hubiese estado arreglándome, me hubiera metido el plomo en los pulmones.

Todo eso pensé en un instante; al instante siguiente estaba sobre ella retorciéndole la muñeca y luego le coloqué un puñetazo en la sien, con todas mis fuerzas, porque intentaba morderme; pero estaba mal colocado y me dolía condenadamente. Recibió el golpe y se desplomó sin más movimiento; pero eso no bastaba para arreglar mi cuestión. Recogí el revólver y me lo metí en el bolsillo. No era más que un 6,35 como el mío, pero la muy zorra había apuntado bien. Volví al coche corriendo. Me sujetaba el brazo izquierdo con la mano derecha y debía hacer más muecas que una máscara china, pero estaba tan furibundo que no me daba ni cuenta de lo mucho que me dolía.

Encontré lo que buscaba, cuerda, y volví. Lou empezaba a revolverse. Solo tenía una mano para atarle los brazos y me costó trabajo, pero en cuanto terminé comencé a darle tortas; le arranqué la falda del traje, le desgarré el jersey y volví a las bofetadas. Tuve que estarla sujetando con la rodilla mientras le quitaba el maldito jersey y solamente pude abrirlo por delante. Había ya una pequeña claridad; una parte de su cuerpo quedaba bajo la sombra del árbol, más oscura.

En ese momento intentó hablarme y me dijo que no la conseguiría y que había llamado a Dex para que avisase a la policía y pensaba que era un crápula desde que había hablado de liquidar a su hermana. Me reí, ella puso una especie de sonrisa y le apliqué el puño a la mandíbula. Su pecho estaba frío y duro; le pregunté por qué me había disparado y traté de dominarme; me dijo que era un negro asqueroso, que Dexter se lo había contado y que había venido conmigo para avisar a Jean, y que me odiaba como no había odiado nunca a nadie.

Me reí otra vez. Mi pecho golpeaba como un martillo pilón, las manos me temblaban y el brazo derecho sangraba fuertemente; sentía el jugo correrme hasta la muñeca.

Entonces respondí que los Blancos habían matado a mi hermano, que yo sería más duro de pelar, y que, en todo caso, ella podía ir despidiéndose, y cerré la mano sobre uno de sus senos hasta que casi se desvaneció; pero no dijo nada. La golpeé a muerte. Abrió los ojos de nuevo. El día se acercaba y los veía brillar de lágrimas y de rabia; me incliné sobre ella; me parece que resoplaba como una bestia y se me echó a llorar. La mordí de lleno entre los muslos. Quedé con la boca llena de pelos negros y duros; solté un poco y luego volví a morder más abajo, en sitio más blando. Me sumergía en su perfume, hasta allí tenía, y apreté los dientes. Traté de taparle la boca con una mano porque chillaba como un puerco, unos gritos que ponían la carne de gallina. Entonces apreté los dientes con todas mis fuerzas y los sentí entrar. Noté la sangre regarme la boca y sus piernas agitarse a pesar de las cuerdas. Mi cara estaba llena de sangre y retrocedí un poco sobre las rodillas. Nunca había oído a una mujer gritar así; de repente, noté que me estaba yendo dentro del slip; fue una sacudida como nunca, y tuve miedo de que apareciese alguien. Encendí una cerilla y vi que sangraba mucho. Luego volví a golpearla, con el puño derecho primero, en la mandíbula, noté cómo se rompían los dientes y seguí, quería que dejase de gritar. Pegué más fuerte, y luego cogí la falda, se la puse sobre la boca y me senté encima de la cabeza. Se retorcía como una lombriz. Nunca hubiese pensado que tuviera la vida tan dura; hizo un movimiento tan violento que creí que mi antebrazo izquierdo se iba a desprender; me di cuenta de que estaba en un estado de cólera tal que la hubiera despellejado; entonces me levanté para acabar con ella a patadas y dejé caer todo mi peso sobre un pie que le puse en la garganta. Cuando dejó de moverse, sentí que me volvía una segunda vez. Ahora me temblaban las rodillas y tuve miedo de traspasarme yo también.


XIX

Hubiera debido ir a buscar el pico y la pala y enterrarla allí, pero tuve miedo de la policía. No quería que me atrapasen antes de haber liquidado a Jean. Seguro que ahora me guiaba el chico; me arrodillé ante Lou. Desaté la cuerda que le sujetaba las manos; tenía marcas profundas en las muñecas y resultaba fláccida, como los muertos nada más ser muertos; sus senos se estaban deformando ya. No le quité la falda de la cara; no quería volver a verle la cara, pero le quité el reloj. Necesitaba alguna cosa suya.

Me di cuenta de pronto de mi cara y corrí al coche. Me miré en el retrovisor y vi que no era difícil de arreglar. Me lavé con un poco de whisky; el brazo ya no sangraba. Logré sacarlo de la manga y apretármelo contra el pecho con el pañuelo y un poco de cuerda. Casi me escagarrucio de dolor, al doblármelo; por fin lo conseguí, sacando otra botella del maletero. Había perdido mucho tiempo y el sol se aproximaba. Cogí el abrigo de Lou del coche y fui a ponérselo por encima, no quería andar arrastrándolo conmigo. Ya no sentía las piernas, aunque las manos me temblaban un poco menos.

Me senté al volante y arranqué. Me pregunté qué habría podido contarle a Dex, y su historia de la policía empezaba a fastidiarme, aunque no pensaba del todo en ello. Estaba detrás, como una banda sonora.

Ahora quería cazar a Jean y sentir de nuevo lo que había sentido por dos veces mientras destrozaba a su hermana. Acababa de encontrar lo que había buscado siempre. Lo de la policía me molestaba, pero en un plano completamente distinto; no me impedirían hacer lo que quería, llevaba demasiada delantera. Tendrían que cabalgar para atraparme. Me faltaban poco menos que trescientas millas por hacer. Mi brazo izquierdo estaba ya casi entumecido y pisé bien a fondo.


XX

Empecé a acordarme de cosas como una hora antes de llegar. Me acordé del día que cogí una guitarra por primera vez. Era en casa de un vecino, que me enseñaba a escondidas; ensayaba una sola canción: When the Saints go marching in, y aprendí a tocarla entera, con el break, y a cantarla al mismo tiempo. Y una noche le pedí prestada la guitarra al vecino para dar una sorpresa en casa; Tom se puso a cantar conmigo; el chico estaba como loco, empezó a desfilar alrededor de la mesa como si fuera siguiendo una parada desde la fila de atrás; había cogido un bastón y hacía molinetes con él. En ese momento llegó mi padre y se puso a cantar y a bailar con nosotros. Devolví la guitarra al vecino, pero al día siguiente encontré una en mi cama; de segunda mano, pero todavía en buen estado. Todos los días practicaba un poco. La guitarra es un instrumento que vuelve a uno perezoso. Se coge, se toca algo, se deja, se haraganea, se vuelve a coger para dar dos o tres acordes o acompañarse mientras se silba. Los días pasan deprisa de ese modo.

Un bache me despabiló de repente. Creo que me estaba durmiendo. Ya no sentía el brazo izquierdo en absoluto y tenía una sed tremenda. Traté de pensar en los tiempos pasados para cambiar de ideas, porque estaba tan impaciente por llegar que en cuanto me acordaba de ello el corazón se ponía a dar golpes y la mano derecha me temblaba sobre el volante; y no me sobraba con una mano para conducir. Me pregunté lo que haría Tom en aquel momento; seguramente rezaba, o enseñaba cosas a los chicos; de Tom pasé a Clem, y a la ciudad, a Buckton, donde había pasado tres meses llevando la librería, que daba su dinerillo; me acordé de Jicky, y a la vez que me la había tirado en el agua, lo transparente que estaba el río aquel día. Jicky, joven, lisa y desnuda, como un niño de pecho, y eso me hizo pensar de pronto en Lou y su mata de pelo negro, duro y rizado, y el placer experimentado al morderla, un sabor dulce y un poco salado, y caliente, con el olor del perfume de sus muslos y creí volver a sentir sus gritos en mis oídos; noté cómo el sudor me resbalaba desde la frente y no podía soltar el maldito volante para enjuagarlo. Tenía la impresión de que me hubieran inflado el estómago con gas y de que me apretaba el diafragma para aplastarme los pulmones y Lou me gritaba junto a los oídos; alcancé el mando de la bocina, en el volante, la carretera era el aro de ebonita, el botón negro el centro de la ciudad y aplasté las dos al tiempo para cubrir los gritos.

Debía ir a unas ochenta y cinco millas por hora; casi era imposible ir más deprisa, pero la carretera empezó a bajar y vi cómo la aguja ganaba dos puntos, tres, luego cuatro. Ya hacía rato que era pleno día. Me cruzaba con otros coches y adelantaba algunos. Después de unos minutos solté las bocinas porque podían aparecer los guardias de las motos y no tenía fuerzas para torearlos. Al llegar cogería el coche de Jean, pero Señor, ¿cuándo iba a llegar?…

Creo que me puse a gruñir dentro del coche, a gruñir como un cerdo, entre dientes, para ir más deprisa, y di un viraje para reducir marcha, con gran ruido de neumáticos. El Nash se desplazó violentamente, pero se recuperó después de haberse ido casi hasta el extremo izquierdo del asfalto, y seguía pisando a fondo, y ahora me reía y me sentía alegre como el chico cuando daba vueltas en la mesa cantando When the Saints…, y ya casi no sentía miedo alguno.


XXI

El puñetero temblor me volvió cuando llegué delante del hotel. Eran casi las once y media; Jean debía estar esperándome para almorzar como le había dicho. Abrí la portezuela de la derecha y me bajé por ese lado, porque con el brazo me hubiera arreglado mal de otra manera.

El hotel era una especie de construcción blanca al estilo del país, con persianas cerradas. Allí hacía sol todavía, aunque estábamos a finales de octubre. No me encontré con nadie en la sala de abajo. No era ni mucho menos el suntuoso palacio que prometía el anuncio, pero desde luego no se podía pedir más aislamiento.

Conté una docena de construcciones semejantes, más o menos, entre ellas una gasolinera que hacía de tienda, un poco retirada del camino, sin duda destinada a los camioneros. Volví a salir. Por lo que recordaba, los bungalows de dormir estaban separados del hotel, y supuse que darían al camino que salía en ángulo recto de la carretera, bordeado de árboles esmirriados y una yerba leprosa. Dejé el Nash y eché a andar por allí. Torcía enseguida y, enseguida también, di con el coche de Jean delante de una casucha de dos habitaciones bastante limpia. Entré sin llamar.

Estaba sentada en un sillón y parecía dormida, tenía mala cara, aunque tan bien vestida como siempre. Quise despertarla; el teléfono —había teléfono—se puso a sonar en ese mismo momento. Me asusté estúpidamente y me lancé sobre él. El corazón volvía a machacarme. Descolgué y volví a colgar inmediatamente. Sabía que nadie más que Dexter podía llamar, Dexter o la policía. Jean se frotaba los ojos. Se levantó y, antes de nada, la besé hasta hacerla chillar. Se despertó algo más; le pasé el brazo alrededor para llevarla. En ese momento vio la manga vacía.

—¿Qué ha pasado, Lee?

Parecía asustada. Me reí. Me reía mal.

—No es nada. Una caída idiota al bajar del coche. Me estropeé el codo.
—¡Pero hay sangre!
—Un rasponazo… Ven, Jean. Estoy harto de viaje. Me gustaría estar a solas contigo.

El teléfono se puso a sonar otra vez, y fue como si la corriente eléctrica pasara a través de mí en vez de a través de los hilos. No pude contenerme y agarré el aparato y lo estrellé contra el parquet.

Lo terminé a pisotones. Y de pronto fue como si aplastara la cara de Lou con el zapato. Sudé más y estuve a punto de irme. Notaba que la boca me temblaba y debía tener aspecto de loco.

Por suerte Jean no insistió. Salió delante y le dije que se metiera en el coche; iríamos un poco más lejos para estar tranquilos y después volveríamos a comer. Ya era bastante más de la hora del almuerzo, pero ni se enteraba. Parecía amorfa, seguía mala, pienso que por culpa del embarazo. Pisé el acelerador. El coche arrancó aplastándonos contra el respaldo; esta vez ya casi se había acabado; oír aquel motor me devolvió la calma. Dije algo a Jean para disculparme por lo del teléfono; empezó a darse cuenta de que perdía el control y ya iba siendo hora de que dejara de perderlo. Se apretó contra mí y puso la cabeza sobre mi hombro.

Esperé a haber hecho veinte millas y busqué un sitio para detenerme. La carretera hacía un cambio de rasante y me dije que al descender la rampa valdría. Me paré. Jean bajó la primera. Palpé el revólver de Lou en el bolsillo derecho. No quería usarlo inmediatamente. Incluso con un solo brazo podría arreglármelas con Jean también. Se inclinó para atarse un zapato y vi sus muslos por debajo de la falda corta, que delineaba apretadamente las caderas. Sentí secárseme la boca. Se paró junto a un arbusto. Había un rincón desde donde, una vez sentados, no se veía la carretera.

Se tumbó en el suelo; la poseí, allí mismo, sobre la marcha, pero sin dejarme ir hasta el final. Procuré calmarme a pesar de sus terribles movimientos de cadera; logré hacerla disfrutar antes de hacerlo yo. En ese momento, le hablé.

—¿Siempre te causa tanto efecto acostarte con hombres de color?

No contestó. Estaba absolutamente idiotizada.

—Porque yo tengo bastante más de un ochavo.

Abrió los ojos y reí con sarcasmo. No me entendía. Entonces se lo conté todo; en fin, toda la historia del chico, como se había enamorado de una blanca, y como el padre y el hermano de la chica se habían ocupado de él al saberlo; le expliqué lo que yo había querido hacer con Lou y con ella, hacer que pagasen dos por uno. Rebusqué en mis bolsillos y encontré la pulsera de Lou, y se la enseñé, y le dije que sentía mucho no haberle traído un ojo de su hermana, pero que estaban demasiado estropeados después del interesante tratamiento de mi propia invención que les había aplicado hacía unas horas.

Me costó mucho trabajo decirle todo eso. Las palabras no se me ocurrían con facilidad. La tenía allí, con los ojos cerrados, tendida en tierra con la falda subida hasta la barriga. Volví a sentir que la cosa venía por la espalda arriba y la mano se me cerró sobre su garganta sin que pudiera evitarlo; me vino; fue tan fuerte que la solté y casi me puse de pie. Ya tenía la cara azul, pero seguía sin moverse. Se había dejado estrangular sin hacer nada. Debía respirar todavía. Saqué el revólver de Lou del bolsillo y le disparé dos tiros en el cuello, casi a quemarropa; la sangre brotó a borbotones, lentamente, a latidos, con un ruido húmedo. Solo se veía una línea blanca a través de los párpados; tuvo una especie de contracción y creo que en ese momento murió. Le di la vuelta para no seguir viéndole la cara y mientras estaba todavía caliente le hice lo que ya le había hecho en su cama.

Creo que me desmayé inmediatamente después; cuando recobré el conocimiento, estaba fría y no había quien la moviera. La dejé allí y me fui hacia el coche. Apenas si podía arrastrarme; veía luces brillantes cruzar por delante de los ojos; cuando estuve sentado al volante recordé que el whisky estaba en el Nash y me volvió a entrar el temblor en la mano.


XXII

El sargento Culloughs dejó la pipa sobre el escritorio.

—No podremos detenerle nunca —dijo.

Carter movió la cabeza.

—Se puede intentar.
—¡Cómo vamos a detener con dos motos a un tipo que anda a cien millas por hora en un coche de ochocientos kilos!|
—Se puede intentar. Arriesgamos el pellejo, pero podemos intentarlo.

Barrow no había dicho nada todavía. Era un tipo, alto, delgado y moreno, desgarbado, que hablaba arrastrando las palabras.

—Yo estoy dispuesto —dijo.
—¿Vamos? —dijo Carter.

Culloughs los miró.

—Muchachos —dijo—. Os jugáis el pellejo, pero seguramente os ascenderán si lo conseguís.
—No podemos dejar que un negro de mierda ande corriendo el país a sangre y a fuego —dijo Carter.

Culloughs no respondió y miró su reloj.

—Son las cinco —dijo—. Hace diez minutos que han telefoneado. Tiene que pasar dentro de cinco minutos… si pasa —añadió.
—Ha matado dos chicas —dijo Carter.
—Y al de la gasolinera —añadió Barrow.

Comprobó que llevaba el colt sujeto al muslo y se dirigió hacia la puerta.

—Ya están detrás de él —dijo Culloughs—. Según las últimas noticias seguían persiguiéndole. El coche del Super acaba de salir detrás y se espera otro más.
—Sería mejor salir ya —dijo Carter—. Ponte detrás de mí —dijo a Barrow.
—Iremos en una sola moto.
—Eso no está permitido —protestó el sargento.
—Barrow es un buen tirador —dijo Carter—. Yendo uno solo no se puede llevar la moto y disparar.
—¡Bueno, arreglároslas! —dijo Culloughs—. Yo me lavo las manos.

La Indian arrancó como un tiro. Barrow se había enganchado a Carter, que casi despega. Se había sentado al revés, con la espalda contra la espalda de Carter, amarrándose uno a otro con una correa de cuero.

—Frena un poco en cuanto salgamos de la ciudad —dijo Barrow.
—No está permitido —masculló Culloughs más o menos en ese mismo instante, y miró la moto de Barrow con aire melancólico.

Se encogió de hombros y volvió a meterse en el puesto. Salió corriendo casi de inmediato y vio desaparecer la cola del gran Buick blanco que acababa de pasar con gran estruendo de motor. Y luego oyó unas sirenas y vio pasar cuatro motos —así que había cuatro— y un coche que las seguía de cerca.

—¡Mierda de carretera! —gruñó aún Culloughs.

Y esta vez se quedó afuera.

Oyó decrecer el ruido de las sirenas.


XXIII

Lee mascaba en seco. Desplazaba nerviosamente la mano derecha sobre el volante mientras aplastaba con todas sus fuerzas el acelerador. Tenía los ojos inyectados y le corría el sudor por la cara. Los cabellos rubios pegados por el sudor y el polvo. Apenas oía el sonido de las sirenas tras él, prestando atención, pero de todas formas la carretera era demasiado mala para que le disparasen. Avistó una moto justo delante de él e hizo un leve giro a la izquierda para adelantarla, pero el motorista mantuvo la distancia y de repente el parabrisas se astilló y recibió en plena cara trozos de vidrio pulverizado en pequeños fragmentos cúbicos. La moto parecía casi inmóvil con respecto al Buick y Barrow apuntaba con tanto cuidado como en el campo de tiro. Lee divisó los destellos del segundo y el tercer disparo, pero las balas erraron el blanco. Ahora procuraba zigzaguear a lo largo de la carretera para evitar los proyectiles pero el parabrisas volvió a astillarse, esta vez más cerca de su cabeza. Podía sentir ya la violenta corriente de aire que penetraba por el agujero perfectamente limpio que había dejado el grueso lingote de cobre que escupe un 45.

Y luego tuvo la sensación de que el Buick aceleraba, porque se estaba acercando a la moto, pero comprendió pronto que era Carter el que frenaba. Esbozó una sonrisa vaga mientras su pie se levantaba ligeramente del acelerador. Quedaban ya apenas veinte metros entre los dos vehículos, quince, diez; Lee pisó otra vez a fondo. Vio la cara de Barrow muy cerca de él y sintió un sobresalto ante el choque de la bala que le atravesó el hombro derecho; adelantó a la moto apretando los dientes para no soltar el volante; una vez adelantada no habría peligro alguno.

La carretera giró bruscamente y volvió a la recta. Carter y Barrow seguían pegados a sus ruedas traseras. A pesar de la suspensión, sentía ahora sobre sus miembros destrozados hasta la más mínima irregularidad del asfalto. Miró el retrovisor. Seguía sin haber a la vista nadie más que los dos hombres y vio que Carter frenaba y se detenía junto a la cuneta para que Barrow se bajase y reinstalase a derechas, porque no podían arriesgarse ya a tratar de adelantarlo.

A cien metros la carretera se bifurcaba hacia la derecha; Lee divisó una especie de edificio. Sin dejar de acelerar, se metió por los campos recién labrados que bordeaban el camino. El Buick dio un salto tremendo y un fuerte bandazo, pero pudo controlarlo entre los gemidos de todas las piezas metálicas, y se detuvo delante de la granja, y llegó hasta la puerta. Los dos brazos le dolían ahora sin descanso. Por el izquierdo comenzaba a restablecérsele la circulación, en cabestrillo sobre el pecho, y le arrancaba suspiros de dolor. Se dirigió hacia una escala de madera que subía al granero y se lanzó sobre los barrotes. Estuvo a punto de perder el equilibrio, lo restableció con una contorsión inverosímil mordiendo con furia uno de los cilindros de madera rugosa. Quedó allí, jadeante, a medio camino, con una astilla que le desgarraba el labio. Se dio cuenta de lo que había apretado las mandíbulas al sentir nuevamente el sabor salado de la sangre caliente, la sangre caliente que había bebido del cuerpo de Lou, entre sus muslos perfumados con perfume francés poco apropiado para su edad. Volvió a ver la boca torturada de Lou y la falda de su traje empapada en sangre y, de nuevo, pasaron por sus ojos luces brillantes.

Lentamente, penosamente, ascendió unos barrotes más, y el estrépito de las sirenas se aproximó. Estaban allí. Los gritos de Lou sobre el clamor de las sirenas hacían revivir la escena en su cabeza, y la misma sensación, el mismo gozo se apoderó de él cuando alcanzó el piso del granero. Fuera, el ruido había cesado. Con gran dificultad, sin poder ayudarse con el brazo derecho que era ahora otro dolor, trepó hasta la claraboya. Ante él se extendían, hasta perderse de vista, los campos de tierra amarilla. El sol descendía y un vienta suave mecía las hierbas de la carretera. La sangre le corría por la manga derecha, a lo largo del cuerpo; se iba agotando poco a poco, y, luego, el miedo volvió a asaltarle y empezó a temblar.

Ahora, los policías registraban la granja. Les oyó llamarle, y su boca se abrió de par en par. Tenía sed y transpiraba y quiso insultarlos a gritos, pero su garganta estaba seca. Vio su sangre formar una minúscula charca junto a él, crecer hasta su rodilla. Temblaba como una hoja, le castañeteaban los dientes, y cuando comenzaron a sonar unas botas sobre los barrotes de la escalera del granero, comenzó a aullar, con un aullido sordo al principio, que fue aumentado y creciendo; quiso sacar el revólver del bolsillo y lo consiguió después de un esfuerzo enloquecido. El cuerpo se le incrustaba en la pared, alejándose lo más posible de la abertura por la que iban a aparecer los hombres de azul. Sujetaba el revólver pero no iba a poder tirar.

El ruido había cesado. Entonces dejó de aullar y dejó caer la cabeza sobre el pecho. Oyó vagamente algo; transcurrió el tiempo y luego las balas le hirieron en la cadera; el cuerpo se le relajó y se desplomó lentamente. Un hilo de saliva ligaba su boca al áspero suelo de la granja. Las cuerdas que sujetaban su brazo izquierdo le habían dejado profundas marcas azules.


XXIV

Los del pueblo lo ahorcaron de todas maneras porque era un negro. Su pantalón seguía formando en la entrepierna un bulto irrisorio.

Una respuesta a “Escupiré sobre vuestra tumba (Final)

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