La gente del abismo (VI)

Jack London










19. El gueto

¿Acaso está bien que mientras nosotros avanzamos
con la ciencia, gloria de nuestro tiempo, los niños de
la ciudad se empapen y ennegrezcan sus almas y sus
sentidos en el fango?
En los sombríos callejones, el Progreso se detiene con
pies paralizados,
el crimen y el hambre arrojan a millares de nuestras
doncellas a las calles;
allí el amo escatima a la demacrada costurera el pan
de cada día;
allí una misma sórdida buhardilla aloja a los vivos y a
los muertos;
allí el fuego abrasador de la fiebre se filtra por los
suelos podridos,
en el jergón abarrotado del incesto, en las guaridas de
los pobres.
TENNYSON

Hubo un tiempo en que las naciones de Europa confinaban a los indeseables judíos en guetos urbanos. Hoy en día, sin embargo, la clase económica dominante, con métodos menos arbitrarios pero igualmente despiadados, ha encerrado a los indeseables pero necesarios obreros en guetos de extraordinaria e inmensa pobreza. El East End de Londres es uno de esos guetos, un lugar donde no habitan ni los ricos ni los poderosos y a donde no acuden los viajeros, pero donde se hacinan, procrean y mueren dos millones de trabajadores.

No debemos suponer que todos los trabajadores de Londres están hacinados en el East End, pero la corriente los empuja cada vez más en esa dirección. Los constantes derribos que asolan los barrios pobres de la ciudad comportan un gran flujo de gente desahuciada hacia el este. En los últimos doce años, uno de los distritos, llamado «Londres más allá de la frontera», situado precisamente más allá de Aldgate, Whitechapel y Mile End, ha aumentado su población en 260 000 personas, más de un sesenta por ciento. Las iglesias de dicho distrito, por citar un dato, solamente tienen sitio para uno de cada treinta y siete integrantes de esa población añadida.

A menudo, al East End se lo llama la Ciudad de la Espantosa Monotonía. Quienes le han puesto este nombre son principalmente gente bien alimentada, optimistas que no ven más allá de la superficie de las cosas, a quienes les escandaliza la monotonía y la miseria que aquí reinan por doquier. Si el East End no mereciera un apelativo peor que el de Ciudad de la Espantosa Monotonía, y si todo lo que a los trabajadores se les escatimara fuese la variedad, la belleza y la sorpresa, no sería tan mal lugar para vivir. Pero sin duda el East End sí merece un apelativo peor. Debería llamarse la Ciudad de la Degradación.

No es una ciudad de bajos fondos, como imaginan algunos, sino que todo él es un gigantesco barrio bajo. Desde el punto de vista de la decencia y el decoro, tanto masculino como femenino, cualquier calle degradada, de las muchas que hay, es un barrio bajo. El lugar donde abundan visiones y sonidos que ninguno de nosotros querría que vieran u oyeran nuestros hijos es un lugar donde no deberían vivir los hijos de nadie. El lugar donde ninguno de nosotros querría que su esposa viviera es un lugar donde no debería vivir la esposa de nadie. Porque allí, en el East End, abundan las más brutales obscenidades y vulgaridades. No hay intimidad. Lo malo corrompe lo bueno y todo se degrada. La inocencia de la infancia es dulce y hermosa, pero en el East End la inocencia es algo fugaz, y hay que rescatar a las criaturas antes de que salgan de la cuna, de lo contrario, esas mismas criaturas serán ya en su primera infancia igual de sabias e impías que tú.

La aplicación de la regla de oro demuestra que el East End de Londres es un lugar inapropiado para la vida. El lugar donde tú no querrías que tu hijo viviera, creciera y aprendiera las realidades de la vida, no es un lugar apropiado para los hijos de los demás. Esta regla de oro es tan lógica como sencilla. Y si la economía política y la supervivencia del más fuerte dicen lo contrario, pueden irse al carajo. Lo que no es bueno para uno tampoco es bueno para los demás. Y no hay más que hablar.

En Londres hay 300 000 personas, divididas en familias, que viven en casas de una sola habitación. Pero hay muchísima más gente que vive en dos o tres habitaciones amontonada de mala manera, cualquiera que sea su sexo. La ley exige 11 metros cúbicos de espacio vital por persona. En los barracones del ejército, a cada soldado se le conceden 17 metros cúbicos. El profesor Huxley, que fue funcionario médico en el East End, sostuvo siempre que cada persona debería disponer de 22 metros cúbicos de espacio vital, y que dicho espacio debería ventilarse con aire puro. Y, sin embargo, en Londres hay 900 000 personas que disponen de menos de esos 11 metros cúbicos que prescribe la ley.

El señor Charles Booth, que durante años realizó una labor sistemática de clasificación y categorización de la clase obrera de la ciudad, calcula que en Londres hay 1 800 000 personas que son pobres o muy pobres. Resulta interesante especificar lo que entiende por pobre. Con el término pobre se refiere a familias cuyos ingresos semanales oscilan entre 4,50 y 5,25 dólares. Los muy pobres no alcanzan ni de lejos esa cantidad.

La clase trabajadora está cada vez más segregada por el poder económico; y este proceso, junto con el hacinamiento y la superpoblación, no tiende tanto a la inmoralidad como a la amoralidad. Incluyo aquí un extracto de una reunión reciente del Consistorio del Condado de Londres, breve y conciso, pero con una carga considerable de horror, tal como puede leerse entre líneas:


El señor Bruce le preguntó al presidente del Comité de Salud Pública si había reparado en la serie de casos de hacinamiento grave en el East End. En Saint George-in-the-East, un hombre, una mujer y su familia de ocho miembros ocupaban un cuarto diminuto. La familia en cuestión estaba formada por cinco hijas, de veinte, diecisiete, ocho y cuatro años, más otra de corta edad, además de tres hijos, de quince, trece y doce años. En Whitechapel, un hombre, su mujer y sus tres hijas, de dieciséis, ocho y cuatro años, y sus dos hijos, de diez y doce años, ocupaban un cuarto todavía más pequeño. En Bethnal Green, un hombre y su esposa con cuatro hijos, de veintitrés, veintiún, diecinueve y dieciséis años, y dos hijas, de catorce y siete años, vivían también en un solo cuarto. Se le preguntó al presidente si no era responsabilidad de las distintas autoridades locales tomar medidas para prevenir aquellos casos de hacinamiento.


Pero con 900 000 personas viviendo en condiciones ilegales, las autoridades están desbordadas. Cuando los hacinados son expulsados de sus casas, éstos se limitan a desplazarse a algún otro agujero; y como trasladan sus cosas de noche, con carretillas (una sola carretilla transporta todos los bienes de la familia y a las criaturas dormidas), resulta casi imposible seguirles la pista. Si de pronto se aplicara la Ley de Salud Pública de 1891, 900 000 personas recibirían la orden de desalojar sus casas y se quedarían en la calle, y habría que construir medio millón de viviendas para poder realojarlas a todas legalmente.

Las calles insalubres se ven insalubres simplemente desde fuera, pero tras sus muros hallamos indigencia, miseria y tragedia. Aunque la dramática historia que voy a contarles a continuación pueda resultar repulsiva, no hay que olvidar que es mucho más repulsivo el hecho de que haya existido. En Devonshire Place, en Lisson Grove, murió hace poco una anciana de setenta y cinco años. Durante la investigación judicial, el informe del forense constató que «lo único que se encontró en su habitación fue un montón de harapos viejos cubiertos de bichos. El forense terminó completamente infestado de bichos. La habitación se encontraba en un estado lamentable, y el funcionario no había visto nunca nada parecido. Todo estaba infestado de bichos».

El médico declaró: «Encontré a la difunta tumbada sobre el tapafuegos de la chimenea. Sólo llevaba puestos un vestido y unas medias. Tenía el cuerpo infestado de bichos y toda la ropa de la habitación estaba gris por la presencia de los bichos. La difunta presentaba síntomas de desnutrición y estaba completamente demacrada. Tenía unas llagas enormes en las piernas, y las medias adheridas a ellas. Los bichos le habían provocado las llagas».

Un hombre presente en la investigación judicial escribió: «Tuve la mala fortuna de ver el cuerpo de la desdichada mujer cuando yacía en el depósito de cadáveres; e incluso ahora el recuerdo de aquella imagen espantosa me sobrecoge. Allí estaba, en el depósito, tan flaca y demacrada que no era más que un saco de piel y huesos. El cabello, lleno de mugre apelmazada, era un nido de bichos. Por su huesudo pecho correteaban y se amontonaban cientos, miles, infinidad de bichos».

Si ésta no es una muerte digna para vuestras madres o para la mía, tampoco lo es para aquella mujer, no importa de quién fuera madre.

El obispo Wilkinson, que vivió en Zululandia, ha declarado recientemente: «Ningún cacique de una aldea africana permitiría una mezcla tan promiscua de hombres y mujeres jóvenes, de niños y niñas». Se estaba refiriendo a los hijos de la población hacinada, que con cinco años ya no tenían nada que aprender y sí, en cambio, mucho que olvidar de lo aprendido y que jamás olvidarán.

Es un hecho conocido que en el gueto las viviendas de la gente pobre producen más beneficios que las mansiones de los ricos. El obrero pobre no sólo tiene que trabajar como una bestia, sino que paga proporcionalmente más por ello que el rico por su amplia y confortable vivienda. Lo que, en verdad, ha posibilitado la aparición de los especuladores inmobiliarios ha sido la competencia que existe entre los pobres por encontrar una vivienda. Hay más gente que espacio, y mucha está en el asilo para pobres porque no puede encontrar alojamiento en ninguna otra parte. Las casas no solamente se alquilan, sino que se subalquilan una y otra vez, habitación por habitación.

«Se alquila parte de una habitación». Este letrero colgaba recientemente de la ventana de un establecimiento situado a menos de cinco minutos a pie del Saint James’s Hall. El reverendo Hugh Price Hughes da fe del hecho de que las camas se alquilan por medio del sistema de tres turnos; es decir, tres inquilinos por cama, cada uno de los cuales la ocupa durante ocho horas, de forma que nunca llega a enfriarse. Asimismo, el espacio de debajo de la cama también se alquila siguiendo el mismo sistema de tres turnos. Los inspectores de sanidad están acostumbrados a encontrar casos como el siguiente: en una sola habitación de 28 metros cúbicos de volumen, tres mujeres adultas en una cama y dos mujeres adultas debajo de ella; y en una sola habitación de 46 metros cúbicos, un hombre adulto y dos niños en la cama y dos mujeres adultas debajo.

Veamos ahora el típico caso de una habitación alquilada mediante el respetable sistema de dos turnos. De día, la cama es ocupada por una mujer joven que trabaja toda la noche en un hotel. A las siete de la tarde, ella vacía la habitación y entra en su lugar un albañil. A las siete de la mañana, él sale para ir a su trabajo y entonces regresa ella del suyo.

El reverendo W. N. Davies, rector de Spitalfields, realizó un censo de algunos de los callejones de su parroquia. Y escribió:


En un callejón hay 10 casas —51 habitaciones, casi todas de unos 2 metros cuadrados y medio— y 254 personas. En seis casos, la habitación sólo estaba ocupada por 2 personas; pero en las demás, el número oscilaba entre 3 y 9 personas. En otro patio de vecinos con 6 casas y 22 habitaciones había 84 personas, y nuevamente se daban varios casos de 6, 7, 8 y 9 personas viviendo en la misma habitación. En una casa de 8 habitaciones vivían 45 personas, una habitación albergaba a 9, otra a 8, dos a 7 y una a 6.


El hacinamiento en el gueto no es una costumbre sino un requisito forzoso. Casi el cincuenta por ciento de los trabajadores pagan por el alquiler entre una cuarta parte y la mitad de su salario. El alquiler medio del East End suele oscilar entre 1 dólar y 1 dólar y medio semanal por una sola habitación, mientras que mecánicos cualificados, que ganan 8,75 dólares semanales, se ven obligados a pagar 3,75 dólares por dos o tres cuartuchos diminutos en los que intentarán crear algo parecido a un hogar. Y los alquileres no paran de subir. En una calle de Stepney, los precios han subido de 3,25 a 4,50 dólares en solamente dos años; en otra calle, de 2,75 a 4 dólares; y en otra, de 2,75 a 3,75 dólares; en Whitechapel, las casas de dos habitaciones que hasta hacía poco se alquilaban por 2,50 dólares ahora cuestan 5,25 dólares. En el este, en el oeste, en el norte y en el sur, los alquileres no cesan de subir. Cuando un acre de terreno cuesta entre 100 000 y 150 000 dólares, alguien tiene que pagar al casero. El señor W. C. Steadman, miembro de la Cámara de los Comunes, en un discurso a propósito de su distrito electoral, Stepney, contaba lo siguiente:


Esta mañana, a menos de seiscientos metros de donde vivo, me ha parado una viuda. Tiene seis niños que mantener y paga un alquiler de 14 chelines por semana. Se gana la vida subarrendando la casa a inquilinos y haciendo coladas o limpiando casas por horas. Con lágrimas en los ojos, la mujer me ha contado que su casero le ha subido el alquiler de 14 chelines a 18. ¿Qué puede hacer? No hay viviendas en Stepney. Todas las casas están abarrotadas.


La supremacía de una clase solamente puede asentarse en la degradación de otras clases; y cuando se margina a los trabajadores en el gueto, éstos no pueden escapar ya a la degradación. Se crea una población de baja estatura y raquítica; una raza completamente distinta a la de sus amos, una raza del asfalto, por así llamarla, carente de resistencia y de vigor. Los hombres se convierten en caricaturas de lo que deberían ser, y sus mujeres e hijos empalidecen y se vuelven anémicos, con ojeras oscuras, encorvados y hombros caídos, y muy pronto despojados de todo atractivo y belleza.

Y como si eso no bastara, son los hombres del gueto los desechados, una estirpe deteriorada que todavía habrá de experimentar un mayor deterioro. Durante ciento cincuenta años se los ha despojado de sus mejores ejemplares humanos. Los hombres fuertes, poseedores de valor, iniciativa y ambición, emigraron a las partes más puras y libres del planeta para crear nuevas naciones y territorios. Quienes no fueron capaces de marcharse, los débiles de corazón, de mente y de manos, así como los infestados y desesperados, se quedaron en la patria para sacar adelante la raza. Y año tras año, los mejores de su casta les son arrebatados. Si un joven alcanza cierta estatura y vigor, se lo obliga a alistarse. Un soldado, como dijo Bernard Shaw, «un patriota y heroico defensor de este país es, en realidad, un hombre desafortunado, que debido a su miserable condición se ve obligado a convertirse en carne de cañón a cambio de un rancho diario, alojamiento y ropa».

Esta constante selección de los mejores individuos de la clase obrera ha empobrecido a quienes se han quedado en la patria, en su mayoría un resto tristemente degradado que, en el gueto, se hunde hacia las profundidades. La savia de sus vidas les ha sido extraída para verterla en la sangre y la progenie de otras partes del mundo. Quienes se quedan son el poso, los marginados, cociéndose en su propio caldo. Se han vuelto indecentes y brutales. Cuando matan, matan con las manos y luego se entregan estúpidamente a los verdugos. Sus transgresiones carecen de auténtica audacia. Rajan a su camarada con un cuchillo sin filo o le golpean en la cabeza con un cazo de hierro y luego se sientan a esperar a la policía. Pegar a sus esposas es el privilegio masculino del matrimonio. Calzan grandes botas con suelas de latón y hierro, y después de ponerle un ojo morado a la madre de sus hijos o algo parecido, la tiran al suelo para patearla, como un caballo semental del Oeste americano patearía a una serpiente de cascabel.

Las mujeres de las clases bajas del gueto son tan esclavas de sus maridos como las indias squaw. Y yo personalmente, si fuera mujer y pudiera elegir entre ambas cosas, preferiría ser una squaw. Los hombres dependen económicamente de sus amos, y las mujeres dependen económicamente de los hombres. El resultado es que la mujer recibe las palizas que el hombre le daría gustosamente a su amo, y no puede hacer nada por evitarlo. Tiene que pensar en sus hijos, y es el hombre el que trae el pan a casa, así que ella no se atreve a enviarlo a la cárcel, pues se moriría de hambre con los niños. Cuando esos casos llegan a los tribunales, casi nunca pueden obtenerse pruebas condenatorias; por norma general, la esposa y madre comparece ante el juez, llorando y suplicándole que deje libre a su marido por el bien de los hijos.

Las esposas se convierten en arpías gritonas o en seres sin voluntad y serviles como perros, y pierden la poca decencia y autoestima que les queda de sus días de soltería y se hunden todas juntas, abotargadas, en su degradación e inmundicia.

A veces temo mis propias generalizaciones sobre la miseria masificada de esta vida del gueto, y tengo la sensación de que mis impresiones son exageradas, de que estoy demasiado implicado y carezco de perspectiva. En esos momentos, creo conveniente acudir al testimonio de otros hombres para demostrarme a mí mismo que no estoy perdiendo la objetividad y se me está nublando el entendimiento. Frederick Harrison, que siempre me ha parecido un hombre sensato y de mente clara, dice lo siguiente:


Yo, al menos, no dudaría en condenar a la sociedad moderna por el hecho de no suponer un progreso con respecto a la esclavitud o la servidumbre, si el estado de la industria fuera a ser permanentemente el que es, donde el noventa por ciento de aquellos que realmente producen la riqueza no tienen ni siquiera una casa propia; no tienen tierras ni una maldita habitación que les pertenezca; no tienen nada de valor, salvo el mobiliario que les cabe en un carro; sólo disponen de la efímera posibilidad de ganar un salario semanal, que apenas les alcanza para mantenerse sanos; habitan, en su mayoría, en lugares que ningún hombre consideraría adecuados para su caballo; se hallan tan al borde de la indigencia que un solo mes malo de trabajo, una enfermedad o una pérdida inesperada los enfrenta de lleno al hambre y la miseria. […] Sin embargo, por debajo de esta condición normal del trabajador medio de la ciudad y el campo, se encuentra el gran contingente de parias menesterosos, el triste séquito del ejército industrial, al menos una décima parte de toda la población proletaria, que habitualmente se halla en la indigencia más absoluta. Si ésta ha de ser la situación permanente de la sociedad moderna, la civilización debe considerarse una maldición para la mayoría del género humano.


¡El noventa por ciento! Las cifras son escalofriantes, pero el reverendo Stopford Brooke, después de hacer un terrorífico retrato de Londres, se ve obligado a precisar que éstas habría que multiplicarlas por medio millón. Veamos:


Cuando era vicario en Kensington, a menudo veía a familias que llegaban a Londres por la carretera de Hammersmith. Un día llegaron un jornalero con su esposa, su hijo y dos hijas. Su familia había vivido bastante tiempo en una finca en el campo, y con la ayuda de su trabajo y las tierras comunales se las había apañado para salir adelante. Pero llegó un día en que las tierras comunales fueron expropiadas y en la finca ya no se precisaba su trabajo, así que, discretamente, los echaron de su cabaña. Y ¿adónde podían ir? A Londres, por supuesto, donde se suponía que el trabajo no faltaba. Tenían unos pocos ahorros y pensaron que podrían encontrar un par de habitaciones decentes donde vivir. Pero la inexorable carestía de suelo los alcanzó también en Londres. Encontraron alojamiento en los patios de vecinos decentes, pero descubrieron que dos habitaciones les costarían diez chelines a la semana. La comida era escasa y repugnante, el agua estaba en mal estado y, al poco tiempo, su salud se resintió. Costaba mucho encontrar trabajo, y los sueldos eran tan bajos que enseguida se endeudaron. Enfermaron más y se desesperaron aún más por culpa de aquel ambiente tóxico, oscuro, y por las largas jornadas de trabajo. Y tuvieron que marcharse en busca de un alojamiento más barato. Lo encontraron en un patio de vecinos que yo conocía bien: un hervidero de crimen y de horrores innombrables. Allí consiguieron una habitación por un precio desorbitado. Y les costó todavía más encontrar trabajo, viniendo de un lugar con tan mala reputación, y cayeron en manos de quienes exprimen hasta la última gota de sangre a hombres, mujeres y niños, a cambio de unos sueldos que sólo alimentan la desesperación. Y la oscuridad, la suciedad, la comida en mal estado, las enfermedades y la carestía de agua fueron peores que antes; y el vecindario y las compañías del patio les arrebataron la poca autoestima que les quedaba. El demonio de la bebida se cernió sobre ellos. Por supuesto, había una taberna en cada esquina del patio. Y allí escapaban, todos sin excepción, en busca de cobijo, calor, compañía y olvido. De forma que se endeudaron aún más, con los sentidos inflamados y sus mentes febriles, y con tal ansia insatisfecha de bebida que estarían dispuestos a hacer cualquier cosa por saciarla. Y al cabo de unos meses, el padre estaba ya en la cárcel, la madre muriéndose, el hijo era criminal y las hijas hacían las calles. Multipliquen esto por medio millón y, aun así, no se acercarán a la realidad.


No existe un espectáculo más denigrante en este mundo que el «espantoso East End», con sus barrios de Whitechapel, Hoxton, Spitalfields, Bethnal Green y Wapping, hasta llegar a los East India Docks. El color de la vida allí es gris y apagado. Todo es impotencia, desesperación, abandono y suciedad. Las bañeras son objetos completamente desconocidos, algo tan ilusorio como la ambrosía de los dioses. La gente es sucia, y cualquier tentativa de limpieza se convierte en una escandalosa farsa, cuando no en tragedia o drama. El viento grasiento arrastra olores extraños y errabundos, y la lluvia, cuando cae con fuerza, trae más grasa que agua de los cielos. Los propios adoquines están cubiertos de una capa de grasa. El resultado es una vasta y repugnante suciedad, y para limpiarla sería preciso nada menos que la erupción de un Vesubio o un Monte Pelée.

Allí vive una población igual de embotada y carente de imaginación que los miles de ladrillos grises y cochambrosos. La religión es prácticamente inexistente y reina un materialismo estúpido, perjudicial para los asuntos del espíritu y los buenos instintos.

Antes solía afirmarse con orgullo que la casa de todo inglés era su castillo. Hoy en día, sin embargo, es un anacronismo. La gente del gueto ya no tiene casa. No conoce el significado ni la naturaleza sagrada de la vida doméstica. Incluso las mismas viviendas municipales, donde vive la clase más acomodada de obreros, son barracones superpoblados. No existe la vida doméstica. El propio lenguaje lo corrobora. Cuando el padre que regresa del trabajo le pregunta a su hijo, que está en la calle, dónde está su madre, éste le responde: «En los bloques».

Ha surgido una nueva raza, la gente de las calles. Se pasan la vida en el trabajo y en la calle. Tienen cubiles y madrigueras en donde dormir y nada más. No se puede enmascarar el lenguaje y llamar a esos cubiles y madrigueras hogares. El inglés tradicional, silencioso y reservado, ha pasado a mejor vida. La gente del asfalto es ruidosa, voluble, nerviosa y excitable, al menos mientras aún son jóvenes. Cuando envejecen se abotargan y se atontan por culpa de la cerveza. Cuando no tienen nada más que hacer, se quedan rumiando como las vacas. Se los puede ver en todas partes, parados en las aceras y en las esquinas, con la mirada perdida. Te fijas en uno de ellos y lo ves ahí, inmóvil, impasible, durante horas, y cuando te marchas todavía sigue ahí, mirando al vacío. Es completamente hipnótico. No tiene dinero para cerveza y su cubil es solamente para dormir; así, ¿qué más puede hacer? Ya ha resuelto los misterios del amor de una muchacha, del amor de la esposa y del amor de los hijos, y le han parecido todos engaños e ilusiones, igual de vanos y fugaces que las gotas del rocío que se disipan de inmediato ante las feroces realidades de la vida.

Como digo, los jóvenes son irascibles, nerviosos y excitables; la gente de mediana edad es necia, estúpida, y tiene la cabeza hueca. Es absurdo pensar, ni por un instante, que puedan competir con los trabajadores del Nuevo Mundo. Embrutecida, degradada y embotada, la gente del gueto será incapaz de servir con eficacia a Inglaterra en la lucha por la supremacía industrial que, según los economistas, ya ha empezado. Ni como trabajadores ni como soldados podrán dar la talla cuando Inglaterra, necesitada de hombres, acuda a ellos, sus hijos olvidados. Y si Inglaterra es expulsada de la órbita industrial del mundo, morirán como moscas al final del verano. O si Inglaterra entrara en crisis, y ellos se desesperan de la misma forma en que se desesperan las bestias salvajes, tal vez se convertirían en una amenaza y empezarían a «visitar» a la gente acomodada del West End para devolverles las visitas que ésta ha hecho al East End. De ser así, enfrentados a las armas de fuego automático y a la moderna maquinaria de guerra, morirían aún más deprisa y con mayor facilidad.


20. Cafeterías y doss-houses

¿Por qué tenemos que estar apretados,
la cabeza contra los pies,
como sardinas enlatadas?
ROBERT BLATCHFORD

¡Otra expresión que se ha ido al traste, despojada de todo su romanticismo y de su tradición y de todo lo que hace que valga la pena conservar las expresiones! Para mí, de ahora en adelante, la palabra «cafetería» tendrá todo menos connotaciones agradables. En la otra parte del mundo, la sola mención de la palabra ya bastaba para evocar a multitudes enteras de asiduos históricos y para que desfilaran por mi imaginación grupos interminables de ingeniosos y dandis, panfletistas, villanos y gacetilleros de vida bohemia.

Sin embargo aquí, en este rincón de mundo, lamentablemente esa misma palabra es engañosa. Cafetería: establecimiento donde la gente bebe café. En absoluto. En estos sitios no puedes conseguir café ni por todo el dinero del mundo. Naturalmente puedes pedir café, y te traerán un líquido en una taza que se supone que es café, pero lo probarás y te desilusionarás, porque no es ni mucho menos café.

Y lo que digo del café puede aplicarse también a las cafeterías. Se trata de locales frecuentados principalmente por trabajadores, son lugares sucios y grasientos, sin nada en ellos que suscite la decencia en un hombre o le infunda autoestima. Los manteles y las servilletas son inexistentes. Un hombre come en medio de los restos de comida que ha dejado su predecesor y desparrama sus propias migajas a su alrededor y en el suelo. En las horas de mayor afluencia, he tenido que sortear literalmente la inmundicia y la mugre que cubría el suelo, y si me las he apañado para comer, sólo ha sido porque tenía un hambre atroz y habría sido capaz de comerme cualquier cosa.

Para los trabajadores eso parece no tener ninguna importancia, a juzgar por cómo se sientan a la mesa. Comer es una necesidad, y no hay que andarse con remilgos. Su voracidad es tan primitiva, que aseguraría que al marcharse también hacen una buena digestión. Cuando, por la mañana, de camino al trabajo, ves a uno de estos hombres pedir una pinta de té —que se parece tanto al té como a la ambrosía—, y sacarse del bolsillo un mendrugo de pan seco y engullirlo a fuerza de sorbos de té, pueden estar seguros de una cosa: ese hombre no tiene en el estómago la comida adecuada, ni tampoco la inadecuada, para la jornada de trabajo que le espera. Y también pueden estar seguros de otra cosa: ni él ni mil hombres como él podrán trabajar con el mismo empeño y eficacia como trabajaría un millar de hombres que hubiera desayunado adecuadamente a base de carne y patatas, y bebido café, y no aquel horrible sucedáneo.

Una pinta de té, salmón (o arenque ahumado) y «dos rebanadas» (pan con mantequilla) son un desayuno excelente para un obrero londinense. No he conseguido ver a uno de ellos comiéndose un filete de cinco o seis peniques (el más barato que puede pedirse); cuando he pedido uno para mí, normalmente he tenido que esperar a que el propietario pudiera enviar a alguien a comprarlo a la carnicería más próxima.

Cuando me metieron entre rejas en una cárcel de California por vagabundear, me dieron mejor comida y bebida que la que recibe el obrero londinense en esas cafeterías; cuando fui jornalero en América desayuné por doce peniques lo que el jornalero británico jamás podría soñar. Por supuesto, él desayuna sólo por tres o cuatro peniques, que es lo que yo pagaría en el caso de que ganara seis chelines por cada dos o dos y medio que cobraba él. Por otro lado, insisto, durante mi jornada laboral yo realizaría un volumen de trabajo que dejaría en ridículo el que haría él. De modo que la moneda tiene dos caras: el hombre con un nivel de vida superior siempre trabajará más y mejor que aquel que tiene un nivel inferior.

Los marineros suelen comparar los barcos mercantes ingleses con los americanos. Según dicen, en los barcos ingleses se come mal, te pagan mal y el trabajo es fácil. En los barcos americanos se come bien, te pagan bien y se trabaja duro. Y esto puede aplicarse también a las poblaciones trabajadoras de ambos países. Los grandes transatlánticos tienen que pagar por la velocidad y el vapor; lo mismo ocurre, pues, con el trabajador. Si el trabajador no tiene para pagarlos, no conseguirá ni la velocidad ni el vapor que necesita, y ahí se acaba todo. La prueba que lo confirma es la llegada del trabajador inglés a América. Pondrá más ladrillos en Nueva York que en Londres, y pondrá todavía más en Saint Louis, y aún más cuando llegue a San Francisco. Su nivel de vida no habrá dejado de aumentar desde entonces.

A primera hora de la mañana, por las calles que atraviesan los trabajadores de camino al trabajo, hay muchas mujeres sentadas en la acera con sacos de pan al lado. Muchos trabajadores les compran estos panes y se los comen por el camino. Ni siquiera engullen el mendrugo de pan seco con el té que pueden obtener por un penique en los cafés. Indudablemente, un hombre no puede empezar su jornada laboral con semejante desayuno, ya que su falta de productividad recaerá en su patrono y en la nación. Los estadistas ya llevan tiempo exclamando: «¡Despierta, Inglaterra!», si bien demostrarían tener mayor sentido común y determinación si cambiaran su frase de protesta por la de: «¡Aliméntate, Inglaterra!».

No se trata sólo de que el obrero está mal alimentado, sino que lo que come es porquería. He visto, desde la puerta de una carnicería, una horda de amas de casa manoseando los restos y desechos de la ternera y el cordero: comida para perros en Estados Unidos. No pondría la mano en el fuego por lo limpios que tienen los dedos las amas de casa de aquí, igual que no la pondría por lo limpias que tienen las habitaciones en las que viven muchas de ellas con sus familias; y, sin embargo, hurgaban, manoseaban y revolvían en aquella masa de carne, en su afán por sacar el mejor partido de sus peniques. Me fijé en un trozo de carne particularmente repugnante que vi pasar por las manos de al menos veinte mujeres, hasta que le cayó en suerte a una mujercilla de aspecto apocado, a quien el carnicero embaucó para que se lo quedara. Y durante todo el día, montones de desechos se reponen a medida que se los van llevando, mientras les cae el polvo y la suciedad de la calle, las moscas se posan en ellos y las manos sucias no dejan de manosearlos una y otra vez.

Los vendedores ambulantes se pasan la jornada transportando fruta pasada y medio podrida en sus carretillas, y a menudo la almacenan durante la noche en la misma habitación donde viven y duermen. Expuesta a la enfermedad y a los gérmenes, a los efluvios y a las exhalaciones abyectas de aquella gente hacinada y consumida, la fruta, al día siguiente, es sacada de nuevo con el carro para venderla.

El trabajador pobre del East End desconoce lo que es comer buena carne o fruta; de hecho, casi nunca come carne ni fruta; tampoco el trabajador cualificado puede presumir de lo que come. A juzgar por las cafeterías, que son un buen ejemplo, jamás llegan a saber a qué saben el té, el café ni la taza de chocolate. La aguachirle de las cafeterías, que sólo varía en tanto que aguachirle, no se parece en lo más mínimo a eso que ustedes y yo estamos acostumbrados a llamar té y café.

Me acuerdo de un hecho que ocurrió en una cafetería situada cerca de Jubilee Street, en Mile End Road.

—¿Me daría usté algo por esta moneda, hija mía? Lo que sea, me da igual. No he comido ni un bocao en el santo día y estoy que me desmayo…

Esto lo dijo una anciana vestida con recatados harapos negros mientras mostraba un penique. A quien se había dirigido llamándola «hija» era una mujer agobiada, de unos cuarenta años, propietaria y camarera del establecimiento.

Aguardé, tal vez con la misma ansia que la anciana, a ver cómo era recibida su súplica. Eran las cuatro de la tarde y la pobre parecía estar desfallecida y enferma. La mujer vaciló un instante y, por fin, le sirvió un plato grande de «cordero estofado y guisantes tiernos». Yo estaba comiendo lo mismo y, en mi opinión, el cordero era ya un carnero y los guisantes hacía tiempo que habían pasado su tierna juventud. Pese a todo, el plato costaba seis peniques y la propietaria se lo había dado por uno, lo que demuestra una vez más esa vieja verdad de que la gente pobre es la más caritativa.

La anciana, sumamente agradecida, se sentó al otro lado de la estrecha mesa y comenzó a comer con voracidad el estofado humeante. Ambos comíamos en silencio y sin interrupción, cuando, de pronto, ella, en un estallido de júbilo, se dirigió a mí y exclamó:

—¡He vendío una caja de cerillas! Sí —me confirmó, con un estallido de júbilo aún mayor—. ¡He vendío una caja de cerillas! ¡Así es como me he sacao el penique!
—Debe de tener ya usted sus años —le insinué.
—Setenta y cuatro cumplí ayer —contestó, y volvió con entusiasmo a su plato.
—¡Caramba!, me gustaría ayudar a la vieja, ya lo creo, pero esto es lo primero que hoy me llevo a la boca —me dijo el joven que estaba a mi lado—. Lo puedo pagar porque hoy he podido trabajar un poco, fregando, ¡válgame Dios! No sé cuántas ollas.
»Hace seis semanas que no hay trabajo de lo mío —añadió a continuación, respondiendo a mis preguntas—; ná más encuentro que trabajillos muy de vez en cuando.

Uno ve todo tipo de cosas en las cafeterías, y yo no me olvidaré fácilmente de una amazona cockney, de un local situado cerca de Trafalgar Square, a quien le di un soberano para pagar mi cuenta. (Por cierto, en Londres lo habitual es pagar antes de empezar a comer, y si uno va mal vestido entonces es una obligación).

La chica mordió la moneda de oro, la hizo tintinear sobre el mostrador y luego, andrajoso como iba, me miró con desdén de arriba abajo.

—¿Dónde la has encontrao? —me preguntó por fin.
—Algún pringado se la ha dejado en la mesa al salir, ¿qué te crees? —le repliqué.
—¿Tú de qué vas? —me preguntó, mirándome fijamente a los ojos.
—Las fabrico yo mismo —le dije yo.

Ella suspiró con desdén y me dio todo el cambio en calderilla; yo me vengué mordiendo hasta el último penique y haciéndolos tintinear.

—Te doy otro medio penique si me pones otro terrón de azúcar en el té — dije.
—Antes muerta y enterrada. —Ésa fue su cortés respuesta, a la que siguieron otras diversas expresiones pintorescas e impublicables.

Nunca he sido demasiado ingenioso para las réplicas; además, aquella mujer me había rebatido todas las que le dediqué, de modo que acabé bebiéndome el té como un derrotado, mientras ella seguía burlándose de mí incluso cuando ya hube salido a la calle.

Mientras en Londres 300 000 personas viven en una sola habitación, y 900 000 ocupan viviendas ilegales en condiciones inhumanas, 38 000 más se alojan en pensiones de mala muerte, conocidas en la jerga local como dosshouses. Hay muchas clases de doss-houses, desde las diminutas e inmundas hasta las enormes y monstruosas por las que se paga un cinco por ciento más y son elogiadas de un modo descarado por petulantes individuos de clase media que nada conocen de ellas. Sin embargo, todas tienen una particularidad en común: que son inhabitables. Con esto no quiero decir que haya goteras en el techo ni que entre aire por las paredes. Lo que quiero decir es que la vida en ellas es indigna e insalubre.

A menudo las llaman «hoteles para pobres», ¡vaya ironía! No hay una habitación propia donde sentarse, aunque sólo sea a veces; uno está obligado a tener que dejar el lecho, le guste o no, a las primeras luces del alba; cada noche debe volver a registrarse y pagar de nuevo por la cama; y se carece por completo de intimidad alguna, lo que son cosas bastante distintas de la vida en los hoteles.

Con lo dicho no pretendo condenar las grandes pensiones y albergues, tanto privados como públicos. Nada más lejos. De hecho, han acabado con las atrocidades que se producían en muchas pequeñas doss-houses, y le han dado al trabajador, a cambio de su dinero, más de lo que ha recibido nunca; pero eso no significa que sean tan habitables o salubres como debería serlo la casa de un hombre que desempeña su trabajo en el mundo.

Las pequeñas doss-houses privadas suelen ser un horror. Yo he dormido en ellas y lo sé. Pero permítanme que las pase por alto y me centre en las más grandes y mejores. Cerca de Middlesex Street, en Whitechapel, entré en una de ellas, un lugar habitado casi exclusivamente por trabajadores. Se accedía por un tramo de escaleras que, desde la acera, conducían a lo que era el sótano propiamente dicho del edificio. Allí había dos habitaciones grandes y mal iluminadas, en las que los hombres cocinaban y comían. Yo tenía intención de cocinar también, pero el olor del lugar me quitó el apetito o, mejor dicho, me lo arrancó de cuajo. Así pues, me contenté viendo cómo cocinaban y comían los demás.

Un obrero, que acababa de volver de su trabajo, se sentó a la mesa de madera sin pulir, delante de mí, y se puso a comer. En vez de mantequilla tenía un puñado de sal sobre la mesa, no precisamente limpia. En ella untaba el pan, bocado a bocado, y se lo tragaba con la ayuda de un tazón de té. Un trozo de pescado completó su menú. Comió en silencio, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, ni hacia delante, en dirección a mí. En las otras mesas había otros hombres comiendo también en silencio. En toda la sala apenas se oía un murmullo. Un sentimiento de abatimiento impregnaba aquel lugar oscuro. Muchos se quedaban después sentados, absortos ante los restos de su cena, y yo me pregunté, igual que Childe Roland, qué maldad habrían cometido para recibir aquel castigo. De la cocina llegaban sonidos más animados, así que me aventuré a acercarme a los fogones donde los hombres estaban cocinando. Pero el olor que había percibido al entrar era allí aún más fuerte, y una náusea cada vez mayor me obligó a salir a la calle en busca de aire fresco.

Al volver pagué cinco peniques por una «cabina», me entregaron a cambio una enorme ficha metálica, y subí las escaleras que conducían a la sala reservada a los fumadores. Allí un grupo de trabajadores jóvenes jugaba al billar en un par de mesas y a las damas; los jóvenes aguardaban su turno para jugar, mientras que otros hombres sentados fumaban, leían y remendaban su ropa. Los jóvenes eran muy divertidos y los mayores se mostraban sombríos. De hecho, había dos tipos de hombres, los risueños y los tristones o melancólicos, y era la edad lo que parecía determinar a qué categoría pertenecía cada uno.

Pero, al igual que las dos habitaciones del sótano, aquella sala era lo más alejado de la idea que uno pudiera tener de un hogar. Ciertamente no podía tener nada de hogareño para la gente como ustedes o como yo, que conocemos lo que es en realidad un verdadero hogar. Las paredes estaban repletas de letreros completamente ridículos e insultantes que indicaban cuál era la normativa para los huéspedes, a las diez de la noche se apagaban las luces y uno ya sólo podía estar en la cama. Era preciso bajar otra vez al sótano, entregar la ficha metálica a un corpulento vigilante y subir después un largo tramo de escaleras por el que se accedía a las plantas superiores del edificio. Fui hasta la última planta y volví a bajar, pasando por varios pisos que estaban atestados de hombres que ya dormían. Las «cabinas» eran los mejores alojamientos, y en cada una había una cama minúscula y un poco de espacio para desvestirse. La ropa de cama estaba limpia y, la verdad, no pude encontrar ninguna pega ni a las sábanas ni a la cama en sí. Pero seguía sin haber intimidad, porque uno no estaba solo.

Para hacerse una idea adecuada de cómo es una planta llena de cabinas, basta con imaginar los compartimentos de cartón de una caja de huevos, en la que cada casilla tiene dos metros de altura y el resto de dimensiones proporcionales, y luego colocar ese patrón ampliado en el suelo de una habitación grande, parecida a un granero, y ya lo tienen ustedes. Las casillas no tienen techo, las paredes son finas y uno puede oír claramente los ronquidos de los que duermen y las vueltas y movimientos de sus vecinos más cercanos. Y sólo puedes disponer de esa cabina durante unas horas. Por la mañana tienes que marcharte. No puedes dejar tus pertenencias en ella, ni entrar ni salir cuando se te antoje, ni nada parecido. De hecho, no hay puerta, solamente un umbral. Si quieres quedarte como huésped en este hotel de pobres, tienes que soportar todo esto, además de acatar unas normas carcelarias que constantemente te están recordando que no eres nadie, que apenas tienes alma y menos aún voz.

Considero, sin embargo, que a lo mínimo que puede aspirar un hombre que trabaja todo el día es a una habitación privada, que pueda cerrar con llave, y tener sus pertenencias a salvo; donde pueda sentarse a leer junto a la ventana o mirar al exterior; donde pueda ir y venir siempre que quiera; donde pueda acumular unos cuantos objetos personales, aparte de los que lleva echados a la espalda o en los bolsillos; donde pueda colgar fotos de su madre, hermana o novia, de bailarinas de ballets, de bulldogs o de lo que se le antoje; en definitiva, un lugar en el mundo del que pudiera decir: «Esto es mío, es mi castillo; el mundo se queda en el umbral; aquí dentro yo soy el amo y señor». Ese hombre sería mejor ciudadano y afrontaría mejor la jornada laboral.

Me quedé allí de pie en el hotel para pobres y me puse a escuchar. Fui de cama en cama y observé a los hombres que dormían. La mayoría eran jóvenes, entre veinte y cuarenta años. Los viejos no podían pagarlo. Iban al asilo de pobres. Pero contemplé a los jóvenes, a la veintena de ellos que había, y eran muchachos bien parecidos. Sus rostros estaban hechos para ser besados por los labios de las mujeres, y sus cuellos para ser abrazados por ellas. Eran encantadores, como pueden serlo los hombres. Y eran capaces de amar. El contacto de una mujer redime y suaviza, y ellos necesitaban que los redimieran y los suavizaran, en vez de llevar una vida cada día más áspera y dura. Y me pregunté dónde estarían aquellas mujeres, y entonces oí «la risa ebria de una ramera». Leman Street, Waterloo Road, Piccadilly, el Strand, esa fue la respuesta, y así supe dónde estaban.

(Continuará…)

Una respuesta a “La gente del abismo (VI)

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