Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Pokémon irreverente”

Ítalo Costa Gómez











Cuando metí una patita en el mundo artístico no tenía cancha, pero sí concha y pana. Como les he contado en alguna oportunidad, yo tuve mis narices en conocidos centros de convenciones y en polémicos clubs donde iba a participar de algún sketch cómico músical con varios artistas siendo un pulpin absoluto y puto. No había estudiado actuación ni me había empezado a formar como comunicador. Explotaba el talento del baile que me sentaba bien y me gustaba participar de aquellas coreografías que se presentaban entre bailarina y bailarina mientras que se lo escondía a mis papás (les decía que me iba de juerga que – aunque no lo crean – era mejor vsto. Estar bajo las luces de “supuestos” prosticlubs encubiertos de café teatros fue toda una experiencia de vida para mí. Era alucinante verme a mí mismo frente a ese público netamente masculino y calentón ya que – como dato extra – en los night clubs no se le permitía el ingreso a las mujeres para que no ampayen al marido viendo a la calata y se arme la de San Quintín.

[Eran los años 2002, 2003. En esa era aun no se existía el coronavirus, pero ya nos estábamos extinguiendo las Mariellas Zanetti, Tulas Rodríguez, Maribeles Velarde, Rubíes Berrocal, Haydees Aranda, Paolas Ruíz… Ya empezaban a ser desplazadas por las modelos escandalosonas al estilo de la “soy soltera y hago lo que quiero”]

En una de esas coreografías de las que participé los bailarines varones nos bajaban al escenario desde el techo metidos en unas bolas gigantes transparentes de plástico que se iluminaban de varios colores. Estas tenían un segurito en la parte de arriba y yo tenía que sacar ese cierre para poder abrir la bola cuando ya tocara el piso para salir a bailar una salsa medio comicona. Habíamos ensayado y presentado el número dos mil veces y nunca habíamos tenido problema. La coreografía se veía bien bonita con las luces. Yo me sentía en Broadway. Marco Zunino era un gafo a mi lado hasta que mi suerte hizo lo suyo.

Cuenta la historia que cuando ya había decidido retirarme de ese trabajo por las malas noches (arrancábamos a las 11pm y terminábamos a las 4 de la mañana de jueves a domingo) mis compañeros me despidieron con mucho cariño y se iba a presentar el famoso número de salsa para que me fuera con un bonito recuerdo. No sé por qué algo me decía que revise el artefacto que me tocaba a mí, que lo pruebe antes del show pero entre el abrazo acá y el brindis allá no lo hice nunca.

Arrancó la canción y las bolas empezaron a descender… cada bailarín en una bola iluminada por un color diferente. El corazón me latía a mil por hora. Cuando mi bola tocó el piso esperé la primera estrofa de la canción en la que me tocaba a mí salir a bailar. Abro el segurito y la condenada bola no se abría. Maldita sebas.

Yo empujaba – con cara de no estar haciendo esfuerzo – la parte superior para poder salir pero sencillamente a la cojudez no le dio la gana de abrir y mi compañera, la chica que debía bailar conmigo en pareja, se empezó a atorar de la risa porque yo no podía hacer un carajo de nada. Ella era la única bailando sin partner.

El show tenía que continuar y otro bailarín entró a tomar mi posta. Eran cuatro parejas danzantes en escena y un huevon metido en una bola de plástico con cara de circunstancia. Era un Pokémon atrapado. Un Pikachu de la noche.

Detrás de bambalinas la gente no podía dejar de reír a carcajada suelta. El público no habrá entendido que hacía yo ahí metido. TAN TAN. La salsa acabó, se cerró el telón y se terminó mi vergüenza. Uno de los chicos de seguridad entró, rojo de la risa, a sacarme de la bola. Me fui del local con el roche de la vida y con una historia más que compartir con ustedes de mi última noche como vedette. ¿Qué tal?

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Pokémon irreverente”

  1. Todo el mundo acabó riendo. Quiero pensar que no de ti, de la situación más bien. Alguno hasta debió pensar que era parte del show, el punto cómico. Esa es la cosa. Tú aprendiste la lección de que hay cosas que no se deben postergar, porque luego pasa lo que pasa. La gentita se lo pasó bien. Pues sin hacerse bolas, a echar para adelante. Aunque el ratito de roche no te lo quitó nadie y te debió quedar la espinita de no cerrar el show a lo Malú de la Vega. Buena la historia. Abrazo, chaval.

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