Escupiré sobre vuestra tumba (II)

Boris Vian









III

La cosa siguió por el estilo hasta septiembre. Había en su pandilla, cinco o seis jóvenes más, entre chicos y chicas. B. J., la dueña de la guitarra, bastante mal parida, pero con una piel de un olor extraordinario; Susie Ann, otra rubia, aunque de contornos más redondeados que Jicky; y una chica con el pelo color castaño, insignificante, que solía bailar del principio a fin de cada día. Los chicos eran tan poco listos como yo pudiera desear. No hice de nuevo la broma de subir a la ciudad con ellos: me hubieran calado rápidamente en la región. Nos encontrábamos cerca del río, y ellos guardaban el secreto de nuestros encuentros porque yo resultaba ser una fuente cómoda para aprovisionarse de bourbon y de ginebra.

Conseguía a todas las chicas, una tras otra, pero era demasiado sencillo, resultaba un tanto asqueante. Ellas hacían el amor casi con tanta facilidad como uno se cepilla los dientes, por higiene. Se comportaban como una banda de simios, descamisados, glotones, ruidosos y viciosos: a mí me solucionaban la papeleta por el momento.

A menudo tocaba la guitarra; únicamente con eso ya habría sido bastante, aunque no hubiese sido capaz de darles con un palo en el culo a todos aquellos chicos al mismo tiempo, y con una sola mano. Me enseñaban el jitterburg y el jive; y con muy poco esfuerzo terminaba bailándolo mejor que todos ellos. No era culpa suya, desde luego.

A pesar de todo, pensaba de nuevo en lo del chico, y dormía mal.

Había vuelto a ver a Tom en dos ocasiones. Lograba salir a flote, más o menos. Ya no se oía hablar de la historia por allí. Las gentes le dejaban en paz en su escuela, y, a mí, no llegaron a verme nunca demasiado. El padre de Anne Moran había mandado a su hija a la Universidad del Condado; seguía estando con su hijo. Tom me preguntó si me iba bien todo, y yo le contesté que en la cuenta corriente del banco tenía ya ciento veinte dólares. Escatimaba en todo, salvo en el alcohol, y la venta de libros seguía siendo buena. Esperaba un aumento de ventas para después del verano. Me recomendó que no despreciara el cumplir con mis deberes religiosos. Eso, era algo de lo que había logrado desembarazarme, pero me las arreglaba para que no se notase más que todo lo otro. Tom creía en Dios. Yo asistía a los oficios del domingo como hacía Hansen, pero creo saber que no es posible permanecer lúcido y creer en Dios al mismo tiempo, y era necesario que permaneciera lúcido.

Al salir del templo, nos encontrábamos en el río y nos pasábamos a las chicas por la piedra, con el mismo pudor que una banda de monos en época de celo; de veras, exactamente eso éramos nosotros, se lo aseguro. Y así el verano llegó a su fin sin que nos diéramos cuenta y han comenzado las lluvias.

Volví a frecuentar Casa Ricardo. De tanto en cuanto me pasaba por el drugstore para charlar un rato con el personal de costumbre; realmente, comenzaba su jerga mejor que ellos, y es que también para ese asunto tenía cualidades innatas. Ha empezado a volver de vacaciones toda la manada de los tipos más montados de Buckton, regresaban de Florida o de Santa Mónica, o de donde fuera, que sé yo… Todos bien bronceados, bien rubios, pero no más que nosotros que habíamos permanecido cerca del río. La tienda se ha convertido en uno de sus lugares de cita habituales.

Estos no me conocían todavía, pero yo disponía del tiempo necesario y no me daba prisa en absoluto.


IV

Y algo después, regresó también Dexter. Todo el mundo me hablaba de él, hasta el punto de llegar a zumbarme los oídos. Dexter vivía en una de las mansiones más elegantes del barrio más hermoso de la ciudad. Sus padres permanecían en Nueva York y él se quedaba todo el año en Buckton, porque tenía los pulmones delicados. Eran originarios de Buckton, y en esta ciudad se pueden realizar estudios tan bien como en cualquier otra por lo menos. Ya conocía el Packard de Dexter, sus clubs de golf, su radio, su bodega y su bar, como si hubiese vivido toda la vida en su misma casa y al verle no me sentí defraudado en absoluto. En verdad resultó ser el pequeño crápula que tenía que ser. Un tipo escuálido, moreno, con aire un poco indio ojos negros socarrones, cabello rizado, y una boca fina sobre una gran nariz curvada. Tenía unas manos horribles, unas enormes raquetas con las uñas muy cortas, como plantadas de través, más anchas que largas, e hinchadas como las uñas de alguien en precario estado de salud.

Todos corrían detrás de Dexter como perros tras un pedazo de hígado. Perdí una pequeña parte de mi relevancia como proveedor de alcohol pero me quedaba aún la guitarra y todavía les tenía reservados algunos juegos de manos de los que no tenían ni la menor idea. Tenía tiempo. Me hacía falta una tajada importante, y, en la banda de Dexter seguramente encontraría lo que estaba aguardando desde que soñaba con el chico todas las noches. Creo que le agradé a Dexter. Debía detestarme a causa de mis músculos y mi estatura, y también de mi habilidad con la guitarra, pero eso le atraía. Y tenía todo lo que a él le faltaba. Y él tenía la pasta. Estábamos hechos para llegar a entendernos. Y además, había comprendido desde el comienzo que yo estaba dispuesto a buen número de cosas. No es que se imaginase lo que yo me proponía, no, hasta ahí no había llegado, ¿cómo hubiese podido llegar a pensar más que los demás? Pensaba simplemente, me parece, que con mi concurso se podría llevar a término alguna que otra pequeña orgía particularmente sonada. En ese sentido, no se equivocaba.

La población se encontraba ya de vuelta, más o menos al completo; empezaba a despachar libros de texto de Ciencias Naturales, de Geología, de Física, y otros del mismo tipo. Me enviaban a todos sus amigos. Las chicas eran terribles. A los catorce años ya se las arreglaban para hacerse magrear, y eso que es necesario poner mucho empeño para encontrar un pretexto de magreo al comprar un libro… Pero, en cada ocasión, daba resultado: me obligaban a tocarles los bíceps para constatar el resultado de sus vacaciones, y enseguida, de la aguja al ojal, pasábamos a tantear los muslos. Exageraban un poco. Tenía alguna clientela seria y procuraba conservar mi situación. Pero el caso es que, a cualquier hora del día, aquellas chicas estaban tan calientes como cabras, y húmedas hasta ir goteando por los suelos. Seguro que ser profesor de Universidad no es un trabajo nada tranquilo, si la vida de un vendedor de libros es que es fácil hasta ese punto. Cuando comenzaron las clases nuevamente, quedé algo más tranquilo. Ya no me venían a visitar más que por las tardes. Lo que ya era demasiado, es que también los chicos parecían quererme todos. No eran ni machos ni hembras, aquellos seres: salvando algunos de ellos que ya se habían desarrollado como varones, todos los demás encontraban tanto placer en meterse debajo de mis piernas como las chicas. Y también su eterna manía: bailar siempre en cualquier parte. No recuerdo haberles visto a más de cinco juntos sin que empezasen a tararear un estribillo cualquiera y a agitarse en la misma medida. Esto último, me hacía bien, era algo que venía de nuestro lado.

Había dejado de inquietarme por mi aspecto físico. Creo que era imposible llegar a sospecharlo. Dexter me había inspirado miedo con ocasión de uno de nuestros últimos baños. Estaba yo haciendo el imbécil, en cueros, con una de las chicas a la que lanzaba por los aires haciéndola rodar sobre mis brazos como una muñeca de juguete. Nos observaba desde atrás tendido sobre el vientre. Qué espectáculo más triste el de aquel hombrecillo con las cicatrices de punción sobre la espalda; había tenido pleuresía en dos ocasiones. Me miró desde abajo y me dijo:

—No está Ud. hecho como todo el mundo, Lee, tiene Ud. los hombros caídos como los boxeadores negros.

Dejé caer a la chica y me puse en guardia, y bailé alrededor de él mientras cantaba una letra inventada por mí, y todos se pusieron a reír, pero me sentí molesto. Dexter no se rio. Continuó observándome todo el tiempo.

Esa noche, me miré en el espejo del cuarto de baño, y también me eché a reír. Con esos cabellos rubios esa piel de tez blanca y rosada, verdaderamente, no podía arriesgar nada. Ya les cogería yo. A Dexter le había hecho hablar la envidia. Y además, tenía realmente los hombros caídos. ¿Y qué puede haber de malo en ello? Rara vez dormí tan bien como aquella noche. Dos días más tarde, organizaban un party en casa de Dexter todo el fin de semana. De rigurosa etiqueta. He ido a alquilar un smoking y el comerciante me lo arregló a mi medida en un momento; el tipo que lo llevó antes debía de ser aproximadamente de mi talla, y no me caía nada mal.

También aquella noche pensé en el chico.


V

Cuando entré en casa de Dexter, comprendí la razón de la rigurosa etiqueta: nuestro grupo se hallaba anegado en una mayoría de tipos «bien». Reconocí a ciertas personas en seguida: el doctor, el pastor, y otros tipos del mismo o parecido tono. Un criado negro se precipitó sobre mí para tomar mi sombrero, y pude percibir al menos otros dos. Y en seguida, Dexter me cogió del brazo y me presentó a sus padres. Tengo entendido que se trataba de su cumpleaños. Su madre se le parecía: era una mujer pequeña, hirsuta y de tez morena, con unos sucios ojos; su padre, era del tipo de hombres a los que uno siente unas ganas locas de asfixiar lentamente bajo la almohada, de tanto como fingen ignorarle a uno hasta parecer no verle. B. J., Judy, Jicky y las otras, en vestido de noche, tenían un aire de lo más gentil. No podía dejar de pensar en sus sexos al verlas hacerse las estrechas para beber un cocktail o dejarse invitar a bailar por esos tíos con anteojos del género de tipo serio. De tanto en cuanto, nos hacíamos guiños para no perder el contacto. Aquello era demasiado lastimoso.

Realmente, de beber había más que suficiente. Después de todo, Dexter sabía recibir a los amigos. Yo mismo me presenté a una o dos chicas para bailar rumbas con ellas y bebí; no es que hubiese muchas cosas más que hacer. Un buen blues con la Judy me ha devuelto las cosas a su sitio; es una de las que me tiro menos a menudo. Parecía querer evitarme por regla general, y por mi parte yo no intentaba poseerla en mayor medida que a las demás, pero esa noche en concreto creí que no volvería a emerger con vida de su entrepierna: ¡Dios mío, qué pasión! Quería arrastrarme hasta la habitación de Dexter, pero yo no estaba demasiado seguro de que fuese silenciosa y me la llevé a pegarle a la bebida para compensar; entonces, recibí una especie de patada entre los ojos al ver al grupo que acababa de entrar en ese instante.

Eran tres mujeres —dos de ellas jóvenes y otra de unos cuarenta años— y un hombre pero no hablemos de ellos. Sí, entonces supe que lo había encontrado por fin. Aquellas dos precisamente —y el chico se daría revolcones de alegría dentro de la tumba. Apreté con fuerza el brazo de Judy, que debió creer que la deseaba, puesto que se me acercó aún más. Las habría metido a todas juntas en mi cama, únicamente por ver a aquellas dos chicas. Solté a Judy y comencé a acariciarle las nalgas, sin ostentación, dejando caer nuevamente el brazo.

—¿Qué pasa con esas dos muñecas, Judy?
—¿Le interesan, eh, viejo marchante de catálogos?
—Dímelo. ¿De dónde habrá podido sacar Dexter a esas bellezas?
—Buena sociedad. Nada de bobby-soxers de barrio. Lee. ¡Y no hay nada que hacer de cara al baño!…
—¡Pues es una soberana lástima! ¡Llegando al extremo, creo que hasta me quedaría incluso con la tercera para llevarme a las otras dos conmigo!
—¡No se excite de esa manera, amigo! No son de aquí.
—¿De dónde vienen?
—De Prixville. A unas cien millas. Se trata de una vieja amistad del padre de Dexter.
—¿Las dos?
—¡Pues sí hombre! Esta noche está Ud. hecho un idiota, mi querido Joe Louis. Las dos hermanas, la madre y el padre. Lou Asquith, Jean Asquith; Jean es la rubia. Es la mayor. Lou tiene cinco años menos que ella.
—¿Lo cual la hace tener dieciséis? —Avancé yo.
—Quince, Lee Anderson, se va a largar Ud. de la banda para irse tras las fulanas del papá Asquith.
—Eres idiota, Judy. ¿Es que acaso no te tientan esas dos chicas?
—Yo prefiero a los tíos; perdóneme, pero esta noche me siento normal. Sáqueme a bailar, Lee.
—¿Me las presentarás?
—Eso pídaselo a Dexter.
OK —contesté yo.

Bailé con ella los últimos compases del disco que terminaba y la dejé plantada.

Dexter estaba dándole vueltas al asunto al otro extremo del hall con una moza cualquiera. Le enganché por sorpresa.

—¡Oh! ¡Dexter!
—¡Sí!

Se giró. Parecía estarse riendo por dentro al mirarme, pero a mí eso me era totalmente indiferente…

—Esas chicas… Asquith… creo. Preséntamelas.
—Desde luego, viejo. Venga conmigo.

Desde cerca aquello sobrepasaba incluso lo que había podido atisbar desde la barra. Estaban sensacionales. Les dije cualquier tontería e invité a la morena, Lou, a bailar el slow que el disquero acababa de sacar de la pila. ¡Dios! Bendije al cielo y al tipo que se había hecho hacer el smoking justo de mi talla. La tenía agarrada un poco más cerca de mí de lo que se consideraba usual, pero, con todo, no me atrevía a pegarme sobre su cuerpo como solíamos juntarnos los unos a los otros, cuando nos apetecía, en la banda. Estaba perfumada con algo muy complicado y seguro que muy caro; probablemente algún perfume francés. Tenía el cabello oscuro y se lo colocaba todo a un solo lado de la cabeza; y ojos amarillos de gato salvaje enmarcados por una cara triangular bastante pálida; y su cuerpo… Prefiero no pensar en él. Su vestido se sostenía completamente solo, no sé como, porque no había nada para poder engancharlo, ni sobre los hombros ni alrededor del cuello, nada, salvo sus senos, y debo decir que habrían podido sostenerse dos docenas de vestidos de ese peso con un par de senos tan agudos y duros. La hice desplazarse ligeramente hacia mi derecha, y sentía la punta del pezón a través de mi camisa de seda, en la abertura del smoking, sobre mi pecho. A las demás se les podía ver el borde de sus bragas que se transparentaban a través del tejido, sobre las posaderas, pero ella debía arreglárselas de otra manera, ya que, desde las axilas hasta los tobillos, su línea era tan lisa como un chorro de leche. Probé a intentar hablarle. Es decir, cuando hube recuperado el aliento.

—¿Cómo es que nunca se la ve por aquí?
—Sí que se me ve. He aquí la prueba.

Se estiró un poco hacia atrás para poder mirarme. Le sacaba por lo menos la cabeza.

—Quiero decir, por la calle…
—Me vería si fuera Ud. hasta Prixville.
—Entonces voy a tener que alquilar alguna cosa en Prixville.

Había dudado antes de soltarle aquello. No deseaba ir demasiado rápido, pero, con ese tipo de chicas no se puede saber nunca. Hay que correr el riesgo. No pareció impresionarla mucho. Sonrió un poco, pero sus ojos permanecían helados.

—No me vería Ud. forzosamente, incluso de esa forma.
—Entonces debo pensar que hay ya un buen número de aficionados…

Decididamente, estaba acelerando como un animal. No se viste uno así cuando se siente frío en los ojos.
|
—¡Oh! —dijo entonces ella—. No es que haya gente muy interesante en Prixville.
—De acuerdo —contesté—. ¿Entonces, tengo alguna posibilidad?
—No sé si es Ud. Interesante.

Chúpate esa. Después de todo, yo mismo me había buscado lo que me estaba ocurriendo. Pero no iba a soltar presa tan fácilmente.

—Soy amigo de Dexter, de Dick Page y de todos los otros.
—Ya conozco a Dick. En cambio Dexter es un tipo raro…
—Realmente tiene demasiada pasta para poder ser solo curioso —dije yo.
—Entonces, creo que no le gustará nada mi familia. Nosotros también tenemos bastante dinero, ¿sabe?
—Se puede oler… —contesté acercando ligeramente la cara a su cabello.

Sonrió nuevamente.

—¿Le gusta mi perfume?
—Lo adoro.
—Es curioso… —dijo ella—. Hubiera jurado que prefería el olor de los caballos, del aceite de engrasar armas o de la embrocación.
—No intente situarme tan deprisa… —volví a decirle yo—. No es culpa mía si mi cuerpo está hecho así, y si no tengo cabeza de arcángel.
—Me repatean los arcángeles —contestó—. Pero aún más los hombres a los que les gustan los caballos.
—Yo no me he acercado nunca, ni poco ni mucho, a uno de esos seres voladores —dije por mi parte—. ¿Cuándo podré volver a verla?
—¡Oh!… pero si aún no me he marchado —dijo ella—. Tiene Ud. toda la noche por delante.
—No es suficiente.
—Eso depende de Ud.

Y me soltó así, sin más, aprovechando que el disco acababa de terminar. La seguí mirando mientras se deslizaba entre las parejas; se giró para reírse en mi cara, pero no era una risa que desanimara. Tenía un tipo como para despertar a un miembro del Congreso.

Volví hacia el bar. Allí encontré a Dick y a Jicky. Estaban ocupados saboreando un martini. Parecían aburrirse en cantidad.

—¡OK, Dick! —le dije—. Te ríes demasiado. Eso puede deformarte el coco…
—¿Todo bien, caballero de las largas disputas? —dijo Jicky—. ¿Qué viene Ud. de hacer? ¿Bailar el shag con una negra? ¿O la caza de la pájara de lujo?
—Para un tipo de largas disputas —repliqué por mi parte—, estoy empezando a swinguear un poquito. Larguémonos de este sitio en compañía de algunas gentes animadas y ya os enseñaré las cosas que sé hacer.
—¿Quiere decir con unas gentes animadas de ojos gatunos con vestidos sin tirantes?
—Jicky, guapita mía —contesté acercándome a ella al tiempo que la asía por las muñecas—, no irás a reprocharme que me gusten las chicas guapas…

La mantuve ligeramente apretada contra mí al tiempo que la miraba a los ojos. Se echó a reír con todas sus fuerzas.

—¿Se aburre Ud., Lee? ¿Ya se ha hartado de la banda? Después de todo, sabe, yo tampoco soy un mal partido; mi padre gana más de veinte mil al año…
—Pero bueno, ¿te estás divirtiendo, aquí? Yo lo encuentro mortal. Cojamos unas botellas y larguémonos a otro lado. Uno se asfixia debajo de estos aparatos azul oscuro…
—¿Supone Ud. que a Dexter le gustaría?
—Yo supongo que Dexter tiene otras cosas que hacer que ocuparse de nosotros.
—¿Y sus bellezas? ¿Cree que van a venir como si tal cosa?
—Dick las conoce… —afirmé echándole una mirada de soslayo.

Dick, menos embrutecido de lo que en él era costumbre, se golpeó los muslos.

—Lee, es Ud. un verdadero duro. ¡No pierde jamás el norte!
—Yo creía ser un tío de disputas interminables.
—Debe de ser una mascarilla.
—Encuéntrame a esas dos criaturas —dije— y tráetelas por este lado. O mejor, intenta subirlas en el coche, en el tuyo, si lo prefieres…
—¿Pero, con qué pretexto?
—¡Oh Dick! —dije yo entonces— seguramente dispones de numerosos recuerdos de la infancia que rememorar en compañía de esas damiselas…

Y se fue, desanimado, mientras sonreía. Jicky, que había oído todo, se pitorreaba de mí. Le hice una señal. Se acercó.

—Tú —dije yo— llévate a Judy y a Bill, con siete u ocho botellas.
—¿Dónde vamos a ir?
—¿Dónde podemos ir?
—Mis padres no están —contestó Jicky—. Solo está mi hermano pequeño. Debe de estar durmiendo. Vamos a mi casa.
—Eres un verdadero as, Jicky. Palabra de Indio.

Bajó su tono de voz.

—¿Querrá Ud. Hacérmelo?…
—¿El qué?
—¿Querrá hacérmelo, Lee?
—¡Oh!… desde luego —dije.

Pese a estar habituado a Jicky, creo que hubiera podido hacérselo allí mismo. Era excitante verla vestida de noche con su onda de cabellos alisados a lo largo de la mejilla izquierda, sus ojos ligeramente oblicuos, y su boca de ingenua. Ahora respiraba más deprisa y sus pómulos habían enrojecido.

—Es estúpido, Lee… Ya sé que lo hacemos a cada momento. Pero ¡me gusta!
—Está bien, Jicky —le contesté acariciándole la espalda al mismo tiempo —. Lo volveremos a hacer más de una vez antes de morirnos…

Me apretó la muñeca fuertemente y se largó antes de que pudiese darme tiempo a retenerla. Me habría gustado decírselo ahora, decirle lo que yo era; me habría gustado para ver su cara…, pero Jicky no constituía una pieza de caza a la altura de mi talla. Me sentía tan fuerte como John Henry y mi corazón no corría ningún riesgo de romperse.

Me di la vuelta en dirección al buffet y pedí un martini doble al tipo que estaba de pie tras él. Me lo pegué de un trago y me puse a trabajar un poco para ayudar a Dick.

La mayor de las Asquith apareció en mi zona. Iba charloteando con Dexter. Me gustaba aún menos que de costumbre con su mecha de pelo negro sobre la frente. El smoking le quedaba realmente bien. Dentro de él, casi parecía estar bien construido, y el color oscuro de su tez sobre su camisa blanca, daba un resultado como muy «Pase sus vacaciones en el Splendid de Miami».

Me acerqué a ellos directamente, sin rodeos.

— Dex —dije—. ¿Serás capaz de darme muerte si invito a miss Asquith a bailar este slow?
—Es Ud. más fuerte que yo bajo todos los puntos de vista, Lee —contestó Dexter.
—Yo no peleo con Ud.

Realmente, pienso que le era por completo indiferente, aunque resultaba sumamente arduo saber lo que ese chico quería decir con ese tono. Yo ya tenía a Jean Asquith cogida por la cintura.

A pesar de todo creo que me gustaba más su hermana Lou. Pero yo jamás les hubiese atribuido cinco años de diferencia. Jean Asquith era casi de mi misma talla, al menos cuatro dedos más alta que Lou. Llevaba un vestido dos piezas en algún extraño tejido negro transparente, de siete u ocho espesuras en la falda, con la parte superior repleta de adornos, pero que realmente ocupaba el mínimo espacio. Su piel era de color ámbar con alguna que otra mancha rojiza a la altura de los hombros y sobre las sienes, y sus cabellos, muy cortos y rizados, le hacían una cabeza muy redonda. Tenía también la cara más redonda que Lou.

—¿Encuentra Ud. que uno se divierte en este sitio? —pregunté yo.
—Estos parties son siempre lo mismo, o parecidos. Este no es peor que otro cualquiera.
—En este preciso instante —dije— lo prefiero a otro cualquiera.

Aquella chica sabía lo que era bailar. Yo no tenía que realizar ningún esfuerzo. Y además, no me molestaba en intentar sostenerla más cerca de mí que a su hermana, porque podía hablarme sin tener que mirar hacia arriba para verme la cara. Apoyaba su mejilla contra la mía; bajando los ojos, gozaba del panorama de una oreja adornada en los bordes, de su extraño cabello corto, y de su espalda redonda. Dejaba sentir un olor a savia y a hierbas silvestres.

—¿Qué perfume lleva? —continué yo, puesto que ella no me contestaba.
—Jamás uso perfume —respondió.

No seguí insistiendo sobre ese tipo de temas y arriesgué el resto de una sola vez.

—¿Qué pensaría si nos fuéramos adonde nos pudiésemos divertir de verdad?
—¿Es decir?

Hablaba con voz indiferente, sin levantar la cabeza, y lo que decía parecía llegarme desde detrás de mí.

—Es decir, un sitio donde se pudiera beber suficientemente, fumar suficientemente y bailar con espacio suficiente.
—Sería un cambio respecto a esto —contestó—. Me recuerda más una danza tribal que otra cosa.

De hecho no habíamos conseguido movernos del mismo lugar desde hacía cinco minutos, y dábamos pasitos según el compás, sin lograr avance o retroceso alguno. Cesé de moverme y, sin dejar de sostenerla por la cintura, la ayudé a dirigirse hacia la salida.

—Entonces, venga —dije yo—. Le voy a llevar a casa de unos amigos.
—¡Oh! Me gustaría —contestó ella.

Me había girado en su dirección en el preciso instante en que contestaba y recibí su aliento en plena cara. Que Dios me perdone si es que no llevaba encima su buena media botella de ginebra.

—¿Y quiénes son esos amigos suyos?
—¡Oh! Unos tipos muy amables —aseguré por mi parte.

Atravesamos el vestíbulo sin dificultad. No me tomé la molestia de ponerme a buscar su copa. El aire era tibio y completamente perfumado por el jazmín del porche.

—En el fondo —dijo Jean Asquith como si cayera en ello en ese instante, al mismo tiempo que se quedaba parada en la puerta—, no le conozco a Ud. en absoluto.
—Que sí hombre… —le dije yo al tiempo que me la llevaba conmigo—, yo soy su viejo amigo Lee Anderson.

Estalló en carcajadas y se dejó caer hacia atrás.

—Claro que sí, Lee Anderson… Venga conmigo, Lee… Nos esperan.

Ahora era yo el que casi no podía seguirla. Bajó dando tumbos los cinco escalones en dos segundos y la volví a coger unos diez metros más lejos.

—¡Oh!… ¡No tan deprisa!… —Dije.

La cogí en mis brazos extendidos.
|
—El coche está allí.

Judy y Bill estaban esperándome en el Nash.

—Tenemos el licor —susurró Judy—. Dick va delante con los demás.
—¿Y Lou Asquith? —murmuré por mi parte.
—Sí, don Juan. También está. Vayan marchando.

Jean Asquith, con la cabeza echada sobre el respaldo del asiento de delante, extendió una mano inerte en dirección a Bill.

—¡Hola! ¿Cómo están Uds.? ¿Llueve?
—¡Con toda seguridad, no! —dijo Bill—. El barómetro anuncia una depresión de dieciocho pies en la escala de mercurio, pero para mañana.
—¡Oh! —dijo Jean—, ¿logrará subir hasta tan arriba este automóvil?
—Absténgase de decir nada malo de mi Duesenberg —protesté yo—. ¿No tiene frío?

Me eché hacia delante para buscar una hipotética manta, y tiré de su falda para arriba hasta la altura de las rodillas, como por distracción, enganchándola con uno de los botones de mi manga. ¡Por todos los… qué par de piernas…!

—Me estoy muriendo de calor —aseguró Jean con voz incierta.

Apreté el embrague y comencé a seguir al coche de Dick que acababa de arrancar por delante. Había una hilera de automóviles de lo más lujoso aparcados ante la casa de Dexter y con gusto hubiese cogido uno cualquiera para sustituir mi Nash de anticuario.

Aun así lo lograría, incluso sin coche nuevo.

Jicky no vivía demasiado lejos, en un pabellón estilo Virginia. El jardín, rodeado por una hilera de arbustos bastante crecidos, se distinguía de los restantes del barrio.

Pude ver la luz roja de Dick quedar inmóvil y en seguida apagarse y luego se encendieron las luces de posición; yo me detuve a mi vez y oí cerrarse la puerta del roadster. Emergieron de él cuatro personas, Dick, Jicky y Lou y otro tipo. Lo reconocí por su forma de subir las escaleras de la casa, era el pequeño Nicholas. Dick y él llevaban en las manos dos botellas cada uno y vi que Judy y Bill también llevaban otras tantas. Jean Asquith no tenía aspecto de querer salir del Nash así que di la vuelta, abrí la portezuela del coche y pasé un brazo por debajo de sus rodillas y el otro bajo su cuello. Llevaba una buena mierda en el cuerpo. Judy se detuvo detrás de mí.

—Su dulce amiga está completamente grogui, Lee. ¿Ha estado boxeando con ella?
—No sé si he sido yo o el gin que se ha bebido —contesté gruñendo—, pero la cosa no tiene nada que ver con el sueño de la inocencia.
—Es el momento de aprovecharse, mi querido amigo, sírvase Ud.
—Deja de tocarme las narices. Resulta demasiado fácil con una mujer borracha.
—¡Eh oigan!

Era la dulce voz de Jean. Acababa de despertarse.

—¿Han acabado ya de pasearme por los aires?

Vi al momento que iba a ponerse a vomitar y salté al jardín de Jicky, Judy cerró la puerta detrás nuestro y yo sostuve la cabeza de Jean mientras ejecutaba lo suyo. Era cosa fina. Ginebra pura. Y resultaba tan difícil de sostener como un caballo. Finalmente se dejó ir y la sujeté con una sola mano.

—Échame la manga hacia atrás —le susurré a Judy.

Pasó atrás la manga del smoking, hasta el extremo superior de mi brazo, y me cambié de lado para seguir sosteniendo a la mayor de las Asquith.

—Está bien —dijo Judy cuando la operación hubo concluido—. Yo se lo guardo. No tenga prisa.

Bill, durante todo ese tiempo, se había largado con las botellas.

—¿Dónde hay agua, aquí? —pregunté a Judy.
—En el interior de la casa. Venga, podemos entrar por la parte de atrás.

La seguí a través del jardín arrastrando a Jean que iba trompicando a cada paso sobre la gravilla del camino. ¡Señor, cómo pesaba aquella chica! Tenía suficiente para mantenerme las manos ocupadas. Judy pasó delante de mí en la escalera y me condujo al primer piso. Los otros ya tenían organizado un gran revuelo en el living-room cuya puerta cerrada, felizmente, amortiguaba sus gritos. Comencé a subir a tientas en la oscuridad, guiándome por la mancha de claridad que hacía la silueta de Judy. Una vez que estuvimos arriba, logró encontrar el conmutador de la corriente y entré en el cuarto de baño. Había una gran estera de caucho blando con agujeros ante la bañera.

—Póngala ahí encima —dijo Judy.
—Nada de bromas —dije yo—. Quítale la falda.

Se puso a maniobrar con la cremallera y logró quitar la liviana tela en un abrir y cerrar de ojos. Se enrolló las medias alrededor de los tobillos. Yo no sabía lo que era una chica bien hecha hasta ver a Jean Asquith desnuda, sobre aquella esterilla de baño. Era como un sueño. Tenía los ojos cerrados y babeaba ligeramente. Me puse a limpiarle la boca con una toalla. No por ella, por mí. Judy buscaba algo en el botiquín:

—Encontré lo que hace falta, Lee. Que se beba esto.
—Ahora no puede beber nada. Está dormida. Ya no le queda nada en el estómago.
—Entonces adelante, Lee. No se preocupe por mí. Cuando haya despertado puede que ya no trague.
—Pisas fuerte, ¿eh Judy?
—¿Le molesta que esté vestida?

Ella se fue hacia la puerta y giró la llave de la cerradura. Y seguidamente, se quitó el vestido y el sostén. Ya no llevaba puestas más que las medias.

—Le toca a Ud. Lee.

Tomó asiento sobre la bañera, con las piernas entreabiertas y se puso a mirarme. Ya no podía esperar más. Tiré todos mis trastos de vestir por el aire.

—Échese sobre ella, Lee. Dese prisa.
—Judy —le dije— eres repugnante.
—¿Por qué? Me divierte verle tumbado sobre esa chica. Vamos, vamos, Lee…

Me dejé caer sobre la chica, pero aquella maldita Judy me había cortado la respiración. El asunto ya no carburaba. Permanecí de rodillas, con ella entre las piernas. Judy se acercó aún más. Sentí sus manos sobre mí, guiarme hasta donde hacía falta, sin retirar su mano. A punto estuve de gritar de tanto como me excitaba. Jean Asquith permanecía inmóvil, y mis ojos volvieron a caer sobre su cara. Seguía babeando. Entreabrió los suyos hasta la mitad, y los volvió a cerrar y entonces sentí que comenzaba a moverse un poco —a remover los muslos— y Judy continuaba, todo ese tiempo y, con la otra mano, me acariciaba la parte inferior del cuerpo.

Judy se incorporó. Caminó por la habitación y la luz se apagó. Pese a todo no osaba llegar hasta el final a la luz del día. Volvió y pensé que deseaba comenzar de nuevo, pero se agachó en mi dirección, me tocó a tientas. Y aún permanecía en buena forma y, ella se tendió boca abajo sobre mi espalda, en sentido inverso, y ahora, en lugar de su mano, era su boca.

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