Escupiré sobre vuestra tumba (I)

Boris Vian





PRÓLOGO

Hacia julio de 1946 Jean d’Halluin conoció a Sullivan, en una especie de reunión franco-americana. Dos días después, Sullivan le traía su manuscrito.

Entretanto, le dijo que se consideraba más Negro que Blanco, a pesar de haber traspasado la línea: se sabe que, todos los años, varios millares de «Negros» (reconocidos como tales por la ley) desaparecen de las listas de empadronamiento, y se pasan al campo del enemigo: su preferencia por los Negros inspiraba a Sullivan desprecio por los «buenos Negros», a los que los Blancos conceden cariñosas palmaditas en los hombros. Opinaba que era imposible imaginar e incluso hallar Negros tan «duros» como los Blancos. Esto era lo que personalmente había intentado demostrar en la breve novela
de la que Jean d’Halluin adquirió todos los derechos de publicación tan pronto como tuvo conocimiento de su existencia por intermedio de un amigo. Sullivan dudaba tanto menos en dejar su manuscrito en Francia cuanto que los contactos que él mismo ya había establecido con editores americanos venían de mostrarle la vanidad de cualquier intento de publicar en su propio país.

Aquí, nuestros bien conocidos moralistas reprocharán a ciertas páginas su… realismo llevado un tanto al extremo. Nos parece interesante subrayar
al respecto la diferencia de fondo que hay entre estas y los relatos de Miller: este no vacila nunca en utilizar el vocabulario más descarnado; mientras que, al contrario, parece que Sullivan se propone sugerir, más que decir, mediante construcciones y giros, que mediante un crudo lenguaje y con ello se situaría cerca de una tradición erótica más latina.

Encontramos por otra parte, en estas páginas, la influencia extremadamente clara de J. Cain (aun cuando el autor no busca justificar, mediante artificio escrito o de cualquier otro tipo, el empleo de la primera persona, del que el novelista anteriormente citado proclama la necesidad en su curioso prólogo a
Three of a Kind, una colección de tres novelas cortas reunidas recientemente en América bajo una misma portada y traducidas aquí por Sabine Berritz) e igualmente de Chase y otros más modernos aficionados al horror. En relación a este punto tendremos que reconocer que Sullivan se muestra realmente sádico en mayor grado que sus ilustres predecesores; no es sorprendente que su obra se haya visto rechazada en América: apostemos que se habría visto prohibida al día siguiente de su publicación. En cuanto al fondo en sí, debe verse como la manifestación del gusto por la venganza por parte de una raza aún, a pesar de lo que se diga, escarnecida y aterrorizada, una clase de tentativa de exorcismo, dirigida contra el dominio de los Blancos «verdacleros», de la misma forma que los hombres neolíticos pintaban bisontes heridos por flechas para atraer a sus víctimas hacia sus trampas, un desprecio bastante considerable por la verosimilitud y también por las concesiones al gusto del público.


Pero ay, América, tierra de Cucaña, es también la tierra elegida de los puritanos, los alcohólicos, y del métase-usted-esto-en-la-mollera: y si nos esforzamos, en alguna medida, en Francia, no encontraremos ninguna dificultad, para explotar sin ninguna vergüenza una fórmula que, del otro lado del Atlántico, dio ya probados resultados. A fe mía, viene a ser una manera como cualquier otra de vender la cosecha.

BORIS VIAN

I

Nadie me conocía en Buckton. Clem había escogido la ciudad por eso; y de todas formas aunque me hubiese echado atrás, no me quedaba gasolina suficiente para proseguir más arriba hacia el norte. Apenas cinco litros. Con mi dólar, la carta de Clem, era todo lo que poseía. De mi maleta, no hablemos. Para lo que contenía. Me olvido: en el maletero del automóvil tenía el pequeño revólver del chico, un miserable 6,35 de ocasión; todavía se hallaba en su bolsillo cuando el sheriff había venido a decirnos que nos llevásemos el cuerpo a nuestra casa para hacerlo enterrar. Debo decir que tenía más confianza en la carta de Clem que en todo el resto. Aquello tenía que dar resultado, era necesario que diese resultado. Me puse a mirar mis manos sobre el volante, mis dedos, mis uñas. Verdaderamente nadie podía censurar nada al respecto. Ningún riesgo por ese lado. Podía ser que me las arreglase…

Mi hermano Tom había conocido a Clem en la Universidad. Clem no se portaba con él como los otros estudiantes. Le dirigía la palabra con gusto, bebían juntos, salían juntos en el Caddy de Clem. A Tom se le toleraba por Clem. Cuando partió para sustituir a su padre al frente de la fábrica, Tom debió pensar en irse también. Volvió con nosotros. Había aprendido mucho, y no le costó ningún trabajo que le nombrasen maestro en el nuevo colegio. Y después, la historia del chico lo tiró todo por los suelos. Yo tenía la suficiente cantidad de hipocresía para no decir nada, pero el chico no. No veía en ello ningún mal. El padre y el hermano de la chica se ocuparon de él. De ahí venía la carta de mi hermano a Clem. Ya no podía quedarme en esa región, y le pedí a Clem que me encontrase alguna cosa. No demasiado lejos, para que pudiera verme de vez en cuando, pero lo bastante lejos para que nadie nos conociera. Pensaba que con mi físico y mi carácter, no corríamos absolutamente ningún riesgo. A lo mejor puede que tuviese razón, pero a pesar de todo yo me acordaba del chico.

Encargado de una librería en Buckton; he aquí mi nuevo empleo. Tenía que entrar en contacto con el antiguo encargado y ponerme al corriente en tres días. Él cambiaba de cargo, ascendía de categoría y no quería dejar rastro alguno en su camino.

Lucía el sol. La calle se llamaba ahora Pearl Harbor Street. Clem probablemente no lo sabía. Se podía leer también al antiguo nombre sobre las placas. En el número 270, vi la tienda y paré mi Nash delante de la puerta. El encargado estaba repasando algunas sumas sobre las facturas, sentado detrás de la caja; era un hombre de mediana edad, con ojos azules duros y cabellos rubios y pálidos, como pude ver al abrir la puerta. Le di los buenos días.

—Buenos días. ¿Desea usted algo?
—Tengo esta carta para usted.
—¡Ah! Es a usted al que tengo que poner al corriente. Enséñeme esa carta.

La tomó, la leyó, la dio la vuelta y me la devolvió.

—No es complicado —dijo—. He aquí las existencias. (Hizo un gesto particular). Las cuentas estarán terminadas esta noche. Para la venta, la publicidad y el resto, siga las indicaciones de los inspectores de la casa y de los papeles que irá recibiendo.
—¿Es una cadena?
—Sí. Sucursales.
—Bien —asentí yo—. ¿Qué es lo que más se vende?
—¡Oh! Novelas. Malas novelas, pero eso no nos interesa. Libros religiosos, bastantes, y libros escolares también. No demasiados libros infantiles, tampoco demasiados libros serios. No he intentado nunca desarrollar ese aspecto.
—Los libros religiosos, para usted, no son serios.

Se pasó la lengua por los labios.

—No me haga decir lo que no he dicho.

Reí con ganas.

—No me lo tome a mal, yo tampoco me lo creo demasiado.
—Pues, le voy a dar un consejo. No deje que la gente se dé cuenta, y vaya a escuchar al pastor todos los domingos, porque sin esto, conseguirán rápidamente que le pongan de patitas en la calle.
—¡Oh! Muy bien —dije yo—. Iré a escuchar al pastor.
—Tenga —dijo alargándome una hoja—. Repase usted eso, es la contabilidad del mes pasado. Es muy sencillo. Recibimos todos los libros de la casa principal. No hay que hacer nada más que llevar la cuenta de las entradas y de las salidas, por triplicado. Pasan a recoger el dinero cada quince días. Se le paga por cheque, con un pequeño porcentaje.
—Páseme usted eso —dije.

Cogí la hoja, y tomé asiento sobre un mostrador bajo, repleto de libros sacados de las estanterías por los clientes, y que probablemente no había tenido tiempo de volver a colocar en su lugar.

—¿Qué se puede hacer por esta región? —le pregunté todavía.
—Nada —dijo—. Hay chicas en el drugstore en frente, y bourbon en Ricardo, a dos manzanas.

No resultaba desagradable, con sus bruscas maneras.

—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
—Cinco años. Todavía tengo que tirar otros cinco.
—¿Y después?
—Es usted curioso.
—La culpa es suya. ¿Por qué dice usted todavía cinco? Yo no le he preguntado nada.

Se le dulcificó un poco la expresión de la boca y bajó los ojos.

—Tiene usted razón. Pues bien, cinco años más y me retiro de este trabajo.
—¿Para hacer qué?
—Escribir. Escribir best-sellers. Solamente best-sellers. Novelas históricas, novelas en las que los negros se acostarán con blancas y serán linchados, novelas llenas de jovencitas puras y lograrán crecer intactas en el sórdido ambiente de los guettos.

Rio a medias.

Best-sellers, hombre. Y además novelas audaces y originales en grado sumo. Es fácil ser original en este país; únicamente es necesario decir lo que cualquiera podría ver si se tomase un poco de trabajo.
—Usted llegará —dije yo.
—Seguro, que llegaré. Ya tengo seis preparados.
—¿No ha intentado colocarlos nunca?
—No soy ni amigo ni amiga de un editor, y no tengo dinero suficiente para meter en el asunto.
—¿Entonces?
—Entonces, dentro de cinco años tendré dinero suficiente.
—Verdaderamente, usted llegará —concluí.

Durante los dos días que siguieron, el trabajo no faltó, a pesar de la verdadera simplicidad de funcionamiento del establecimiento. Hubo que poner al día las listas de pedidos, y Hansen —tal era el nombre del encargado— me proporcionó una serie de informaciones útiles sobre los clientes, cierto número de los cuales solía pasar regularmente a verle para discutir de literatura. Lo que sabían al respecto se ceñía a lo que aprendían en la Saturday Review o en la página literatura del periódico local que, a pesar de todo, tiraba sesenta mil ejemplares. Por el momento, me contentaba con oírles discutir con Hansen, tratando de retener sus nombres, y de acordarme de su aspecto físico, ya que, lo más importante en el negocio de librería, más que en cualquier otro, es poder dirigirse al comprador por su nombre desde que pone el pie en la tienda.

Para el alojamiento, me las había arreglado con él. Alquilaría las dos habitaciones que ocupaba encima del drugstore de enfrente. Me había adelantado algunos dólares, mientras esperaba, con el fin de permitirme vivir tres días en el hotel, y tuvo la atención de invitarme a compartir sus comidas dos veces de cada tres, evitándome así aumentar mi deuda con él. Era buena persona. Me tenía algo molesto su historia de los best-sellers; no se escribe un best-seller así como así, incluso contando con el dinero. Quizás tuviese talento. Lo esperaba por él.

Al tercer día me llevó a casa de Ricardo para beber una copa antes de almorzar. Eran las diez, tenía que marcharme por la tarde.

Era la última comida que tomaríamos juntos. Después, me quedaría solo frente a los clientes, frente al pueblo. Era necesario que resistiera en mi puesto. Qué suerte haberme encontrado con Hansen. Con mi único dólar habría podido vivir tres días a base de engañifas pero así me encontraba repuesto por completo. Volvía a empezar con buen pie.

Ricardo, era el típico sitio, limpio, feo. Olía a cebolla frita y a donut. Un tipo cualquiera, tras el mostrador, leía distraídamente un periódico.

—¿Qué les sirvo? —pregunto.
—Dos bourbons —pidió Hansen interrongándome con la mirada.

Asentí.

El camarero nos los sirvió en grandes vasos, con hielo y pajas.

—Siempre lo tomo de esta manera —me explicó Hansen—. Pero no se sienta obligado…
—Está bien —dije yo.

Si nunca ha bebido bourbon helado con una paja, no puede usted saber el efecto que produce. Es un chorro de fuego que llega de repente sobre el paladar. De fuego dulce, es terrible.

—¡Excelente! —aprobé por mi parte.

Mis ojos fueron a caer sobre mi cara reflejada en un espejo. Tenía un aire totalmente sonado. No bebía desde hacía cierto tiempo. Hansen se echó a reír.

—No se preocupe —dijo—. Se acostumbra uno en seguida, desgraciadamente. En fin —continuó diciendo— tendré que enseñarle mis manías al chico de la próxima cantina donde tenga que aprovisionarme…

—Siento que se vaya —dije yo.

Se rio.

—¡Si me quedase, sería usted el que no estaría aquí!… No, vale más que me largue. Ya nada más que cinco años ¡maldita sea!

Terminó su copa de un trago y pidió que le sirvieran otra.

—¡Oh! Llegará usted a amoldarse aquí rápidamente. —Me cubrió con la mirada de arriba a abajo—. Es usted simpático. Hay algo en usted que no se llega a comprender bien. Su voz.

Sonreí sin responder. El tipo ese era infernal.

—Tiene usted una voz demasiado profunda. ¿No será usted cantante?
—¡Oh! Algunas veces canto para distraerme.

Ya no cantaba nunca. Antes, sí, antes de la historia del chico. Cantaba y me acompañaba con la guitarra. Cantaba los blues de Handy y los viejos estribillos de Nueva Orleans, y otros que componía improvisando sobre la guitarra, pero ya no sentía ganas de tocar la guitarra. Necesitaba dinero. En cantidad.

—Con esa voz, logrará tener a todas las mujeres —dijo Hansen.

Me encogí de hombros.

—¿No le interesan?

Me propinó un golpe en la espalda.

—Vaya a darse una vuelta por la zona del drugstore. Allí las encontrará a todas. Tienen un club en el pueblo. Un club de bobby-soxers. Ya sabe, las jovencitas que usan calcetines rojos, camisetas a rayas, y escriben cartas a Frank Sinatra. El drugstore es su cuartel general. ¿Ya ha visto alguna? No, es verdad, ha permanecido en la tienda casi todos los días.

Tomé otro bourbon a mi vez. Aquello circulaba a fondo por mis brazos, por mis piernas, a todo lo largo de mi cuerpo. Allí echábamos a faltar bobbysoxers. Me apetecían. Jovencitas de quince a dieciséis años, con los senos bien picudos bajo las camisetas bien pegadas las muy zorras, lo hacen adrede, bien que se lo saben. Y además los calcetines. Calcetines de color amarillo chillón o verde chillón, bien estirados dentro de zapatos sin suela; y faldas amplias, rodillas redondeadas; siempre sentadas por el suelo con las piernas abiertas, sobre sus slips blancos. Sí, me gustaban esas, las bobby-soxers.

Hansen me miraba.

—Todas tragan —dijo—. No hay que correr ningún riesgo. Disponen de una pila de sitios donde llevarle.
—No me tome por un guarro —dije yo.
—¡Oh no! —dijo—. Quise decir, llevarlas a bailar y a beber.

Sonrió. Yo tenía aire de estar interesado sin duda.

—Ya vendrán a verle hasta la tienda. Tienen su gracia —dijo.
—¿Y qué pueden hacer allí?
—Le comprarán fotos de actores de cine, y, como por un casual, todos los libros de psicoanálisis. Libros de medicina, quiero decir. Todas están estudiando medicina.
—Bueno —dije como de mala gana— ya veremos…

Debí fingir suficiente indiferencia, esta vez, Hansen se puso a hablar de otro tema. Y enseguida almorzamos y se fue hacia las dos de la tarde. Me quedé solo frente a la tienda.


II

Creo que ya debía llevar allí quince días cuando comencé a sentirme aburrido. En todo este tiempo no había dejado el establecimiento. Las ventas iban bien. Los libros se los llevaban bien, y en cuanto a la publicidad, todo había sido ya hecho de antemano. La casa central enviaba cada semana, junto con el lote de libros en depósito, fascículos ilustrados y hojas de promoción para colocar en un buen lugar del escaparate, debajo del libro correspondiente o bien a simple vista. Las tres cuartas partes de las veces, me resultaba suficiente leerme el resumen comercial, y abrir el libro en cuatro o cinco páginas diferentes para adquirir una idea más que suficiente de su contenido —más que suficiente, en todo caso, para poder dar la réplica al desgraciado que se dejaba timar por esos artilugios: la portada ilustrada, el facsímil desplegable y la fotografía del autor junto con la pequeña nota biográfica. Los libros son muy caros, y en todo esto debe estar la causa en alguna medida: es, ciertamente, prueba de que la gente se preocupa poco de adquirir buena literatura; lo que desean es haber leído el libro recomendado por su club, aquel del que se habla más, y bien poco les importa lo que haya dentro.

Para ciertos libros, me mandaban un lote, con una nota recomendando montar con él el escaparate, y folletos impresos para su distribución. Los iba amontonando en una columna, junto a la caja registradora, y los iba dando junto con cada lote de libros. Nadie rechaza nunca un impreso sobre papel satinado, y las pocas frases impresas en ellos son exactamente lo que se le debe contar al género de clientela de esta ciudad.

La casa central utilizaba este sistema para todos los libros un poco escabrosos —y esos se los llevaban la tarde misma de su exposición.

A decir verdad, no llegaba a aburrirme realmente. Comenzaba a salir adelante con la rutina del comercio mecánicamente, y tenía tiempo de sobra para pensar en el resto. Eso era lo que me ponía nervioso. Aquello pitaba demasiado bien.

Hacía buen tiempo. El verano tocaba a su fin. El pueblo olía a polvo. Por la parte del río, abajo, se debía de estar bien al fresco, bajo los árboles. Aún no había salido desde mi llegada, y no conocía los parajes del campo, de los alrededores. Sentía necesidad de un poco de aire nuevo. Pero sentía sobre todo otra necesidad que no me dejaba tranquilo. Tenía que conseguir mujeres.

Cuando cerré la cortina metálica, a las cinco de aquella tarde, no volví a entrar de nuevo hacia el interior de la tienda para trabajar como de costumbre, bajo el resplandor de los tubos de mercurio. Cogí mi sombrero, y con la americana debajo del brazo, me fui hacia el drugstore, enfrente. Vivía justamente encima. Había tres clientes. Un chaval de unos quince años y dos chicas de la misma edad, más o menos. Me echaron una mirada con aire ausente y volvieron a sumergirse en sus copas de leche helada. A la sola vista de tal producto estuve a punto de coger un aire. Afortunadamente, el antídoto se encontraba en el bolsillo de mi americana.

Tomé asiento en la barra, a un asiento de distancia de la mayor de las dos chicas. La camarera, una morena suficientemente fea, levantó vagamente la cabeza al verme.

—¿Qué tienen Uds. sin leche? —dije yo.
—¿Limonada? —propuso ella—. ¿Zumo de uvas? ¿De tomate? ¿Cocacola?
—Zumo de uvas sin llenar demasiado el vaso —contesté.

Busqué en la chaqueta y abrí el tapón de mi botella.

—Nada de alcohol aquí —protestó la camarera débilmente.
—Vale. Es mi medicina —dije burlón—. No se vaya a preocupar Ud. Por su licencia…

Le alargué un dólar. Acababa de recibir mi cheque por la mañana. Ochenta dólares a la semana. Clem sí que conocía gente. Me dio el sobrante de mi cambio y le dejé una gran propina.

Zumo de uvas mezclado con bourbon; no es que sea extraordinario, pero sí mejor que con nada, en todo caso. Ya me sentía mejor. Ya me las arreglaría. Me las arreglaría. Los tres jovencitos me observaban. Para los mocosos esos, un tío de veintiséis años, es un anciano; sonreí a la pequeña de pelo rubio; llevaba un jersey azul celeste con rayas blancas, sin cuello, y con las mangas enrolladas hasta los codos, y unos calcetines cortos blancos dentro de unos zapatos con gruesas suelas de crepé. Era agradable. Muy bien formada. Sus pechos debían de sentirse firmes bajo la mano como ciruelas bien maduras. No llevaba sostén, y las puntas de los pezones se dibujaban a través del tejido de lana. Ella también me sonrió.

—Hace calor, ¿eh? —le propuse yo.
—De muerte —dijo ella, al mismo tiempo que se estiraba.

Bajo sus axilas, se podían ver dos manchas de humedad. Aquello me hizo un no sé qué. Me levanté y dejé caer cinco centavos por la ranura de un juke-box que había allí.

—¿Tiene suficientes ánimos como para echar un baile? —dije acercándome a ella.
—¡Oh! ¡Me va a matar Ud.! —dijo.

Se me pegó tanto que la respiración se me cortó. Olía a bebé recién lavado. Era delgada, y podría llegar hasta la parte derecha de su espalda con mi mano derecha. Subí el brazo y deslicé los dedos justo por debajo de unos de sus senos. Los otros dos nos estaban observando y se pusieron también a bailar. Era un estribillo, Shoo Dly Pie, de Dinah Shore. Ella tarareaba la canción al mismo tiempo. Al vernos bailar la camarera había levantado la nariz por un instante de la revista que leía, y volvió a hundirla al cabo de un momento.

No llevaba nada bajo el jersey. Podía darse uno cuenta inmediatamente. Casi me agradó que se terminara el disco, dos minutos más y ya no hubiese estado presentable. Me soltó, volvió a su sitio y miró hacia mí.

—Para ser un adulto no baila Ud. del todo mal… —dijo.
—Me enseñó mi abuelito —le dije.
—Ya se nota —dijo como pitorreándose—. No está demasiado mal por un chavo…
—Seguramente me ganarás en ritmo, pero te puedo enseñar algún que otro juego diferente.

Cerró los ojos hasta la mitad.

—¿Juegos de personas mayores?
—Eso depende si tienes cualidades.
—Ya lo veo venir… —dijo ella.
—Casi seguro que no me ves venir para nada. ¿Alguno de vosotros tiene una guitarra?
—¿Sabe Ud. tocar la guitarra? —dijo el chico.

Parecía como si se hubiese despertado, de repente.

—Toco un poco de guitarra —dije yo.
—Y también sabe cantar —dijo la otra chica.
—Canto un poco…
—Tiene una voz como Cab Calloway —se choteó la primera.

Parecía molesta al ver que los otros me hablaban. Me los ganaría a lo fino.

—Llevadme a algún sitio donde haya una guitarra —dije mirándola— y os mostraré lo que puedo hacer. No tengo interés en hacerme pasar por un W. C. Handy pero soy capaz de tocar un blues.

Me sostuvo la mirada.

—De acuerdo —dijo vamos a buscar a B. J.
—¿Tiene guitarra?
—Tiene una guitarra Betty Jane.
—Podría haber sido Baruch Junior —dije de chunga.
—¡Seguro! —dijo ella—. Vive aquí. Venga.
—¿Vamos ya? —dijo el chico.
—¿Por qué no? Necesita que le suenen los mocos.
OK —dijo el chico—. Yo me llamo Dick. Ella, Jicky. —Señalaba hacia la que había bailado conmigo.
—Yo —dijo la otra— soy Judy.
—Yo soy Lee Anderson —les dije—. Llevo la librería de enfrente.
—Ya lo sabemos —dijo Jicky—. Hace ya quince días que lo sabemos.
—¿Tanto os interesa?
—Pues claro —dijo Judy—. Hay escasez de hombres, por la zona.

Salimos los cuatro mientras que Dick se quejaba. Tenían aire de estar algo excitados. Me quedaba todavía bourbon en cantidad suficiente para excitarles un poco más cuando fuese necesario.

—Os sigo —dije, una vez que ya habíamos salido al exterior.

El roadster, un modelo viejo de Chrysler, estaba esperando a la puerta. Cogió a las dos chicas con él en la parte de delante, y yo me las arreglé por el asiento posterior.

—¿A qué os dedicáis en la vida civil, jovenzuelos? —pregunté.

El vehículo arrancó bruscamente y Jicky se puso de rodillas en la banqueta, con el rostro vuelto hacia mí para contestarme.

—Trabajamos —dijo.
—¿Estudios?… —sugerí por mi parte.
—Eso y algunas cosas más…
—Si vinieras aquí detrás —dije forzando algo el tono de voz a causa del viento, me resultaría más fácil hablarte.
—No acostumbro últimamente —dijo murmurando.

Volvió a entrecerrar los ojos. Aquel truco lo debía haber tomado de cualquier película.

—¿No tienes ganas de comprometerte, eh?
—Estoy bien —contestó. La tomé por encima de los hombros y, haciéndola perder el equilibrio, vino a caer al otro lado de la separación.
—¡Eh, vosotros! —dijo Judy dándose la vuelta. Tenéis unas maneras de conversar un tanto especiales…

Entretanto yo estaba ayudando a Jicky a colocarse a mi izquierda y me las arreglaba como podía para sujetarle por los sitios buenos. La verdad que aquello no parecía ir mal del todo. Parecía entender el motivo de la broma. Le hice tomar sitio sobre el asiento de cuero y pasé el brazo por su cuello.

—Ahora, tranquila —le dije—. O te propinaré un azote en el culo.
—¿Qué trae Ud. en esa botella? —me dijo ella por su parte.

Llevaba mi chaqueta doblada sobre las rodillas. Deslizó su mano bajo la tela, y no tengo la menor idea de si lo hizo a propósito, pero si así fue, su puntería había resultado muy buena.

—No te muevas —dije quitándole la mano del paquete—. Yo te lo sirvo en bandeja.

Desenrosqué la tapa niquelada y le ofrecí la botella.

Se pegó un buen lingotazo.

—¡Eh, todo no! —protestó Dick.

Nos estaba vigilando por el retrovisor.

—Pásame un poco, Lee, viejo galápago…
—No temáis, quedan otras.

Sostuvo el volante con una mano y, con la otra batió el aire hacia nuestro sitio.

—¡Nada de bromas, eh! —recomendó Judy—. No nos acabes lanzando sobre el decorado.
—Ud. debe de ser la cerebral de la banda —le dije de repente—. Nunca pierde la cabeza ¿eh?
—¡Nunca! —contestó ella.

Agarró la botella al vuelo en el mismo momento en que Dick intentaba devolvérmela. Cuando me la pasó, estaba vacía.

—Muy bien —dije en tono de aprobación— ¿y ya vas mejor?
—¡Oh!… Tampoco es que sea demasiado… —dijo ella.

Pude ver como le resbalaban las lágrimas de los ojos, pero aguantaba bastante bien. Su voz sonaba algo estrangulada.

—Con eso —dijo Jicky— ya no queda más para mí…
—Volveremos a buscar más —propuse yo—. Vayamos a coger de una vez esa guitarra y después volvamos a casa de Ricardo.
—Tiene Ud. suerte —dijo el chico—. A nosotros nadie quiere vendérnoslo.
—Eso es lo que pasa por tener un aspecto tan joven —comenté burlándome de ellos.
—No tan jóvenes como para eso —gruñó Jicky.

Comenzó a agitarse y acabó colocándose de tal manera que yo no tenía más que cerrar las manos para ocuparme en algo. El roadster se detuvo en seco de repente y yo dejé colgada la mano negligentemente a lo largo de su brazo.

—Ahora vuelvo —anunció Dick.

Salió y echó a correr hacia la casa que formaba parte de una hilera visiblemente edificada por el mismo constructor en su mismo lote. Dick apareció de nuevo sobre el porche. Llevaba en las manos una guitarra en una funda de charol. Cerró de golpe la puerta tras él y, en cuatro pasos, alcanzó de nuevo el automóvil.

—B. J. no está —anunció— ¿qué hacemos?
—Ya vendremos a devolvérsela —dije yo—. Suba a bordo. No olvides pasar por Ricardo, para llenar esta botella.
—Bonita reputación acabará teniendo —dijo Judy.
—¡Bah! —aseguré yo por mi lado—. Comprenderán en seguida que sois vosotros los que me habéis arrastrado a vuestras sucias orgías. —Hicimos el mismo trayecto en sentido contrario, pero me molestaba la guitarra. Le dije al chico que parase a alguna distancia del bar y bajé del coche para llenar los depósitos. Adquirí una botella suplementaria y volví a reunirme con el grupo. Dick y Judy, de rodillas sobre el asiento delantero, discutían en tono enérgico con la rubia.
—¿Qué le parece, Lee? —dijo el chico—. ¿Nos vamos a dar un baño?
—De acuerdo, contesté. ¿Me podéis prestar un slip? Aquí no llevo nada…
—¡Oh! ¡Ya nos arreglaremos!… —dijo él.

Embragó y salimos del pueblo. Casi en seguida, se metió por un camino lateral, apenas lo bastante ancho para el Chrysler, y en horrible estado de conservación. En ningún estado de conservación, de hecho.

—Disponemos de un lugar increíble para bañarnos aseguró el chico. —Nunca viene nadie. ¡Y con un agua…!
—¿Un río truchero?
—Sí. Gravilla y arena blanca. Nadie va nunca allí. Somos los únicos que utilizamos este camino.
—Ya se ve —dije yo al tiempo que me sostenía la mandíbula, que corría el riesgo de desprenderse con cada vaivén—. Deberías cambiar el roadster por un bulldozer.
—Es parte del cachondeo —explicó él—. Impide que la gente venga a pasear sus feas carotas por esta parte.

Aceleró y yo encomendé mi osamenta al Todopoderoso. El camino giró bruscamente, y, tras unos ciento cincuenta metros más, se paró. No había más que espesos arbustos. El Chrysler se detuvo en seco frente a una gruesa encina y Dick y Judy saltaron al suelo. Bajé primero yo, y cogí a Jicky al vuelo. Dick había tomado consigo la guitarra y se fue delante. Seguí tras él animosamente. Había un camino estrecho bajo la espesura y de repente descubrimos el río, trasparente y fresco, como una copa de ginebra. El sol estaba bajo, pero el calor era todavía intenso. Una parte del agua temblaba bajo la sombra y la otra brillaba dulcemente bajo los oblicuos rayos solares. Una hierba espesa, seca y polvorienta descendía hasta tocar el agua.

—No está mal este lugar. ¿Lo habéis encontrado solitos?
—No somos tan alcornoques —dijo Jicky.

Recibí a la altura del cuello una gran pella de tierra.

—Si no te portas bien —dije amenazando— no habrá más biberón.

Me daba golpecitos sobre el bolsillo para acentuar el sentido de mis palabras.

—¡Oh! No se nos vaya a enfadar, viejo bluesman —contestó ella—. Y enséñenos lo que es capaz de hacer.
—¿Y el slip? —le pregunté a Dick.
—No se preocupe —contestó él—. No hay ni un alma.

Me di la vuelta. Judy ya se había quitado la camiseta y ciertamente, no es que llevase gran cosa debajo. Su falda resbaló a lo largo de sus piernas, y, en un abrir y cerrar los ojos, calcetines y zapatos volaron por los aires. Se tendió sobre la yerba totalmente desnuda. Debí de tener aspecto de estúpido, pues se me rio en la cara con tanto pitorreo que estuve a un tris de no poder contenerme. Dick y Jicky, con el mismo atuendo, fueron a dejarse caer a su lado. Para aumentar aún más el ridículo, era yo el que tenía apariencia de sentirme molesto. Noté, sin embargo, la delgadez del muchacho, cuyas costillas sobresalían bajo la piel tostada por el sol.

OK —dije— por mi parte, no veo porqué habría de haceros ningún asco.

Me tomé mi tiempo deliberadamente. Sé muy bien lo que valgo en cueros, y puedo asegurarles que tuvieron tiempo más que suficiente para apercibirse mientras me desvestía. Hice crujir mis costillas dándome una buena estirada, y tomé asiento junto a ellos. Aún no me encontraba completamente en calma tras mis pequeños tropiezos con Jicky, pero no hice nada en absoluto para disimular. Supongo que esperaban que me desinflara.

Tomé la guitarra con la mano. Era una Ediphone excelente. No resulta demasiado cómodo tocar sentado en el suelo, y le dije a Dicky:

—¿Tienes algo en contra de que vaya a por el asiento del automóvil?
—Yo voy con Ud. —dijo Jicky.

Y se escabulló como una anguila a través de la espesura.

Hacía un efecto de lo más extraño ver aquel cuerpo de niña, bajo una cabeza de starlette, en medio de la arboleda cubierta de sombras de tonos oscuros. Dejé la guitarra, y la seguí. Llevaba cierta ventaja, y, cuando logré alcanzar el coche ya estaba tomando el camino de vuelta, cargada con el pesado asiento de cuero.

—¡Pásamelo! —dije.
—¡Déjeme tranquila, Tarzán! —contestó chillando.

No tuve en cuenta para nada sus gritos de protesta, y la agarré por atrás como un animal. Soltó los cojines y se dejó hacer. Habría tomado una mano de la misma forma. Ella debió caer en la cuenta y se puso a forcejear como mejor pudo. Me puse a reír. Eso me gustaba. En aquel lugar la yerba estaba alta, y era suave como un colchón neumático. Cayó al suelo y me junté con ella. Luchábamos como salvajes. Estaba morena por el sol hasta la punta de los senos, sin las señales de sostén que suelen afear a tantas chicas cuando se desnudan. Y lisa como un melocotón, parecía una niña, así desnuda, pero, cuando por fin conseguí llegar a sujetarla bajo mi cuerpo, comprendí que sabía algo más del asunto que una niña. Me ofreció una muestra de la más depurada técnica que tuve ocasión de gozar desde hacía buen número de meses. Bajo mis dedos, sentí sus lomos, lisos y cóncavos, y, más abajo sus nalgas firmes como sandías. Aquello debió durar apenas seis minutos. Hizo como si se estuviera quedando dormida, y, en el momento en que yo me dejaba ir hasta el fondo, me dejó caer como si fuera un fardo, y huyó, delante de mí, en dirección al río. Recogí el almohadón y comencé a correr detrás de ella. Al llegar a la orilla del agua, cogió impulso, y se lanzó de cabeza sin una salpicadura.

—¿Ya te bañas?

Era la voz de Judy. Estaba masticando un fino tallo de sauce, tumbada sobre la espalda, con la cabeza bajo las manos.

Dick, al otro lado de ella, le acariciaba los muslos. Una de las dos botellas estaba tirada en el suelo, volcada. Se fijó en mi mirada.

—Sí… ¡está vacía!… Sonrió… Les hemos dejado una…

Jicky chapuzaba, al otro lado del agua. Me puse a buscar en la chaqueta, tomé la otra botella, y después me tiré al agua de cabeza. Estaba tibia. Me encontraba fantásticamente en forma. Esprinté a fondo y me reuní con ella en medio del río. Había quizás unos dos metros de profundidad y el curso de la corriente casi ni se notaba.

—¿Tienes sed? —le pregunté agitando el agua con una sola mano para mantenerme en la superficie.
—¡No sabes cuánta! —aseguró ella—. ¡Resultas un tanto pesado ya con tus modos de vaquero ganador de un Rodeo!

Se puso a hacer la plancha a la deriva, y yo, pasando por debajo de ella, deslicé un brazo a lo largo de su torso. Le tendí la botella con la otra mano. Agarró la botella y, mientras, dejé descender mis dedos sobre sus muslos. Con cuidado le separé las piernas y la tomé nuevamente dentro del agua. Ella se dejaba ir encima de mí. Estábamos casi de pie, y nos movíamos justo lo suficiente para no irnos al fondo.

(Sigue leyendo)

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