Hago luego elijo

Carlos E. Luján Andrade










Cada cierto tiempo nos vemos obligados a tomar una posición con respecto a un evento político o social. Podemos andar por la vida sin necesidad de asumir imperiosamente un discurso determinado con respecto a lo que pensamos. Si es evitable, preferimos no confrontar a la mayoría y en la privacidad expresamos nuestra diferencia. Ser quienes somos no siempre debe lucirse en público porque tal vez podría contrastar con la imagen que deseamos proyectar. Sin embargo, en determinadas circunstancias, no podemos eludir nuestro interior. Debemos revelar ante el resto el contenido de nuestros principios y valores. Esto es cuando nos piden una opinión de forma casi obligatoria. Una elección presidencial, congresal, sobre la aprobación de determinada ley o acerca de un reclamo de una colectividad que exige que se cumplan sus demandas, arrincona el carácter hasta que este se manifieste.

Al elegir alguna opción somos encasillados por aquellos que no están de acuerdo con ella. Nos etiquetarán como conservador, progresista o pragmático, por mencionar algunas categorías. Remarcando los vicios y errores de nuestra estructura de pensamiento. Obviamente, también nosotros lo haremos. Indagaremos con preguntas sus razones. Tanto uno como otro, revelaremos las incongruencias o aciertos que sustentan el orden de ideas que combatimos o defendemos. Si abogamos por una economía socialista, un liberal nos explicará que las ideas del libre mercado no podrán ser sostenidas en esta y por lo tanto, nos conducirá hacia la miseria. El progresista que invoca el derecho de las minorías será confrontado por el conservador explicándonos que cada ser tiene una esencia y una finalidad. Cada uno buscará desenmascarar el error, así este solo exista en lo más profundos recovecos de su ideología.

Nos veremos en una situación donde la posición intelectual que tomemos sobre un aspecto específico deberá obedecer a un sistema coherente. La visión que tengamos debe ser concordante con las otras que también defendamos. Para el que cuestiona nuestro pensamiento, es necesario que sea así. De lo contrario, estaremos en un error de vida y de existencia. Incompatible con su forma de entender la realidad.

Solo en eventos extremos nos exigen esa coherencia reflexiva. Antes o después, podemos andar por el mundo diciendo una cosa y haciendo otra. A pocos les importa cómo llevemos nuestra propia vida. Solo se exige la coherencia cuando debemos asumir una responsabilidad social que involucre al resto. No solamente esto se puede observar en la esfera pública, sino también en la privada como cuando un hijo cuestiona la autoridad de sus padres por las incompatibilidades entre lo que le exigen obedecer y ellos realizan. Cuando descubren las inconsecuencias es que uno se preocupa por que el pensamiento y la acción tengan relación. Para muchos individuos, el cuestionar la autoridad paternal o maternal es cuando por primera vez se observa con agudeza al sistema imperante.

La opinión pública siempre marca una tendencia cuando de elegir a nuestros líderes hablamos y definen lo que queremos en ese momento. Es una fotografía ideológica de la sociedad. Ahora, hablando de los candidatos, podemos decir que sus promesas de gobierno ofrecen una serie de acciones que de ser compatibles con la idea que poseemos de sociedad, serán aceptadas. Aunque el problema surge cuando estos personajes no siempre representan todo aquello que exponen. Pueden mostrar actitudes autoritarias aunque sus promesas sean democráticas o tener un prontuariado criminal y pretender ser honesto. El individuo se encuentra en una disyuntiva. Ante elecciones que muestran alternativas confusas o inefables, que no se pueden categorizar porque están llenas de contradicciones, se elige aquella que satisface las fantasías de una sociedad que nos pueda prometer un bienestar personal o social. El modelo elegido dependerá de cuán comprometidos estemos con el entorno y qué tanto nos proyectemos en él. Es así que entre personas con ideologías distintas, nos veamos en la imaginaria obligación de desenmascarar los errores conceptuales y más aún, las incompatibilidades con las personas que representan cada corriente de pensamiento. Asumimos que si, por ejemplo, un candidato nos dice que luchará por consolidar el libre mercado, este debe tener una vida llena de éxitos económicos y probidad en sus actividades profesionales. Entonces, ¿qué pasaría si descubrimos que aquél sujeto es un estafador? ¿Dejaríamos de creer en su plan de acción política? Los adversarios de la ideología mostrarían aquella incompatibilidad, asumiendo que de enterarnos, cambiaremos de opinión, siguiendo el postulado de Marx que “ellos no lo saben, por eso lo hacen.” Sin embargo, Slavok Zizek, reta esta expresión diciendo “ellos saben muy bien lo que hacen y aun así lo hacen”. En la búsqueda por obtener aquella fantasía ideológica, no nos preocupamos por aquellos detalles que podrían entorpecer la visión imaginada de nuestra recompensa. A pesar de que nos muestren esas razones, no las aceptaremos porque ante la necesidad de elección, optamos por aquello que nos hará sentirnos realizados, lo que sea compatible con el mundo con el que fantaseamos. Si nuestra elección es por una sociedad del libre mercado, sentiremos la realización en comprar lo que queramos con nuestro dinero. Si existiera la posibilidad de que nos privaran de aquella libertad, entonces nos rebelaríamos. De todas las elecciones que debemos escoger, buscaremos aquella que encaje en la fantasía de una sociedad ideal.

Es por eso que en el fondo no somos incompatibles con ciertos principios. Al contrario, somos coherentes porque el fin último nos ayuda a descartar lo que entorpece su realización. El debate sobre si todas las ideas que contiene el pensamiento propio guardan una relación conceptual, es infructuoso. El adversario no podrá hallar la motivación principal en las razones que damos, sino en lo que hacemos. Por algún motivo nos vemos llevados a fundamentar los actos realizados invocando una serie de valores y principios aceptados por todos en un afán de no alejarnos de las reglas sociales imperantes. Así argumentaremos basados en ellas cuando en realidad las estamos usando para adecuar un hecho ya realizado.

En el transcurso de la existencia ya hemos fundamentado las decisiones que tomamos. El acto como un impulso inconsciente es el que nos coloca en una disyuntiva cuando nos detenemos a pensar en ello. Una elección necesaria o determinante para la sociedad nos hará pensar recién en lo realizado. Es recién ahí donde nos daremos cuenta qué tan conservador, progresista o pragmático somos ya que antes ni siquiera pensaríamos realmente en quiénes somos.

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