CARTAS CHILANGAS (XIV)

Juan Patricio Lombera










CARTA X

Ciudad de México a 26 de diciembre de 2019

Estimado amigo:

Disculpa que no me haya comunicado en estos días festivos, pero apenas he tenido tiempo entre tanto preparativo. Tendré en cuenta tu deseo de hacer más caso en lo referentes a los mercados de esta ciudad, pero te pido tengas un poco de paciencia en lo referente a este tema, ya que, como imaginaras, las fiestas navideñas implican un parón de labores. No te extrañe, por ende, que también disminuya la producción de mis cartas.

De hecho, hoy apenas hice nada salvo visitar a un antiguo amigo del Liceo que me sirve para traer a colación uno de los temas por los que más se conoce el país; la inseguridad. Cuando éramos niños Ricardo y yo teníamos (y aún tenemos) un amigo común llamado Amancio. Con 13 años, nuestro amigo se fue a vivir a Monterrey. Al año siguiente, 1986, fuimos invitados a visitarlo durante el verano 15 días. Por supuesto, nuestros padres nos acompañaron hasta la estación y se despidieron de nosotros cuando ya estábamos sentados en nuestros asientos. El viaje duraba unas 12 horas e incluía una parada de descanso en la zona desértica de San Luis Potosí. Mi impresión al respecto fue que dicha ciudad no valía la pena ser visitada. Para colmo de males, en aquella época no existían los autobuses de lujo y el tren tardaba una eternidad. En otra ocasión te hablaré de un viaje que hicimos a Oaxaca y en el que tardamos 24 horas, cuando el autobús sólo demoraba 8. El avión era prohibitivo de lo caro. Realmente, la mayor parte de los viajes que hice durante mi adolescencia y primera edad madura fueron bastante incómodos, en asientos estrechos. Por citar uno de los más celebres, el viaje a San Cristóbal de las Casas fue de 18 horas y el de Oaxaca, en tren. Años más tarde, llegarían los autobuses de lujo en los que te podías retumbar cómodamente mientras veías tu película e, incluso, si querías, podías sacar un refresco de la nevera. Algunos incluso te daban un bocata.

Llegamos a Monterrey, Ricardo y yo sin prácticamente nada en nuestros bolsillos y con la intención de pasar 15 días a los pies del cerro de la silla. No sé si no fluyó bien la información o qué pasó, pero por la cara que nos puso la madre de mi amigo, nos quedó claro que no esperaba una estancia tan larga. Como quiera que fuera, la madre de mi amigo aceptó su sino y consiguieron que nuestra estancia fuera maravillosa. Visitamos, la cola de caballo; una cascada muy bella y más si consideras lo inhóspito del entorno, el observatorio donde vimos el cometa Halley y el museo de la cervecería Modelo entre otros. Posteriormente empecé a viajar a la playa con mis amigos y sin vigilancia de adultos. Eso sí, conscientes de que nuestros padres no tenían porque pagarnos nuestras viajes, llegamos a trabajar para juntar fondos para nuestra diversión. En fin, todos estos viajes a diversas ciudades del país y a la playa desde los 15 años y sin vigilancia de adultos conformaron una parte esencial de nuestra madurez. Nos protegíamos mutuamente de nuestras posibles pendejadas, lo que no impedía que bebiéramos todas las noches y nos arriesgásemos como aquella vez que Alán y yo nos metimos en un burdel, pero incluso ahí, vimos que no encajábamos y nos salimos inmediatamente, antes de que nos robaran.

No creas que no había secuestro de menores en aquella época. De hecho, existía una campaña publicitaria permanente alertando de los peligros de hablar con extraños que ofrecían dulces u cualquier otra cosa, pero ciertamente el peligro era menor y, de hecho, en más de una ocasión, pasé por retenes militares sin documentación alguna, ya que como reza nuestra constitución los mexicanos somos libres de recorrer el país. En la actualidad, con la excusa de la inseguridad es imposible hacerlo aunque no haya cambiado la ley. Para subir a un autobús hay que mostrar una identificación.

Pues bien, mi querido amigo, si hoy le permitiese a un hijo mío hacer uno de los tantos viajes que yo hice, estoy convencido de que me meterían a la cárcel por ser un padre negligente y, por supuesto, mis amistades me retirarían la palabra por haber puesto en peligro a mis hijo. Y lo peor del caso es que seguramente yo les daría la razón por su proceder. Es más, con 12 años yo recorría la ciudad en metro con mi amigo Amancio. Mis sobrinos y sus primos no conocen el metro de la ciudad y probablemente jamás se subirán a un pesero. Lo que es más nuestros amigos comunes europeos me ven como un marciano cada vez que les hablo de mis batallitas de Zihuatanejo o Puerto Escondido. Lo cierto es que este país me es totalmente desconocido en ese sentido y cada vez que salgo a la calle, pienso conscientemente que pudiera darse el caso de que no volviera. Hace 25 años también sabía que existía esa posibilidad, pero no pensaba en ello, era más bien una intuición. De hecho, como sabes, la única vez que fui asaltado, ocurrió en el centro y fue a manos de la policía. Rubén y yo salimos a cenar ya bastante pedos. Después de cenar a Rubén se le antojaron unas cervezas. Las compramos y yo cometí la torpeza de abrir una. Beber en la vía pública está prohibido. Inmediatamente nos cayeron 3 policías y nos empujaron contra la pared. Nos cacharon y quitaron las carteras. Mientras lo hacían, no dejaban de empujarnos de forma provocativa. Finalmente, nos devolvieron las carteras sin un centavo y el jefe nos dijo cínicamente:

-Listo, pueden irse. Tienen que tener cuidado jóvenes. Esta es una ciudad peligrosa.

Hasta la fecha, tengo miedo cuando un policía mexicano viene en mi dirección y procuro cambiar de acera. Piensa cual no será el grado de pánico existente en esta ciudad y en todo el país, una vez que los asesinatos se han multiplicado por decenas de miles en los últimos años. No creo, sinceramente, que este país pueda mantener su ritmo de crecimiento si no reduce en un mediano plazo los decesos de forma considerable. Vivimos en una masacre interminable y lo peor es que ya nos hemos acostumbrado. Y las medidas de austeridad del nuevo gobierno no han hecho más que aumentar la violencia. Sólo reaccionamos cuando nos toca de cerca el daño. En fin espero que estas líneas no te hayan hecho renunciar a tu firme propósito de visitar mi ciudad conmigo de cicerón. Recibe un fuerte abrazo.

(Continuará…)

Una respuesta a “CARTAS CHILANGAS (XIV)

  1. Pingback: CARTAS CHILANGAS (XIII) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .