LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (VIII)

Fernando Morote

La limeña morena-Julia Codesido (1883-1979)







8

El Capitán Raimar expresó su emoción combinando, en un solo acto, salto, suspiro y aplauso.

—¡Nuestra canción, Doctor! —chilló.

La melodía que sonaba en los parlantes de nuestra loza deportiva, acondicionada como local comunal por la directiva de la asociación de propietarios, era la reactualización de “Sea of Love”, un éxito popular de los 50.

El Doctor sostenía que la clave para una amistad duradera reposaba en la incompatibilidad de sensibilidades, por lo que el exagerado remilgo del Capitán Raimar lo confrontó a ejecutar un apresurado autoexamen en materia musical. Lo que consiguió fue un honesto aprecio por la, hasta entonces, ignota sabiduría de su abuela.

—Ese mozo me hace llorar— recordó que confesaba su septuagenaria antecesora cada vez que escuchaba a Nino Bravo en la radio.

Antes de emitir un comentario que estimaba ligero, hizo una pausa estudiada. Luego inquirió:

—¿Encuentras alguna diferencia entre las canciones de Queen y las sinfonías de Beethoven?

El Capitán Raimar pensó un momento fijando su vista en la luna, que brillaba como un cristal de cocaína sobre un espejo. El par de rubias que bailaban provocadoras frente a ellos, contoneando sus ajustados jeans, no era suficiente estímulo para distraerlo un segundo de sus desdichadas cavilaciones artísticas. Mientras su cerebro procesaba la dimensión de la pregunta, no paraba de mover la cabeza en sentido negativo.

—Si examinas las letras de Freddie Mercury —continuó el Doctor—, verás que son un himno de lealtad a su condición homosexual.

En el ángulo opuesto del improvisado centro comunitario, el Narizón bailaba imitando los pasos de John Travolta. Pese a que simulaba estar enrollando un ovillo de lana, un círculo de hinchas entusiastas no cejaba en alentarlo.

El Conde, por su parte, urdía una táctica para pasar desapercibido. En verano, sacando provecho de su origen amazónico, se encaramaba igual que una iguana sobre las ramas de los árboles, donde asoleaba su torso huesudo. En invierno, se envolvía pecho, espinazo y extremidades con periódicos para protegerse del frío. Pero esta vez el cuerpo se le desencajó por completo. Le entró la tembladera, empezó a transpirar helado, se subió el cuello de la camisa hasta la barbilla. Los mocos corrían incontenibles por su rostro. Una sucesión imparable de estornudos salía expulsada por su irregular tabique. A efectos de evitar el descalabro, hurgó en sus bolsillos buscando un pañuelo. Encontró una pieza de tela blanca, mugrienta y arrugada, como un trapeador usado. Intentó desenredarla sacudiéndola en el aire. Sucedió entonces lo impensable: una cantidad sorprendente de pequeños envoltorios amarillos voló por los aires, aterrizando desperdigados en forma de abanico sobre el piso.

—¡Pásame la manti! —exigió Camote.
—¡Cuánta pasa, cuánta fruta! —se maravilló el Hampón.

Para apaciguar el sofoco, el Conde se echó a bailar solo, cacareando con dejo criollo su vals preferido:

“Anita ven, a acariciarte como anhelo yo, si tú comprendes bien la realidad, no atormentes por piedad mi ser…”.

(Sigue leyendo..)

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