LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (IX)

Fernando Morote

Bismarck en Barranco-Carlos Enrique Polanco (n. 1953)








9

Pasaba ya la medianoche y el Tríplex no se había movido de su ladrillo. Su posición en cuclillas, con los brazos apoyados sobre los muslos, rememoraba antiguos futbolistas posando para los fotógrafos antes del partido. Cuando estaba colgado, no se le ocurría mejor idea que matar moscas. Empleaba una técnica depurada con el periódico en la mano, y todo el mundo en la esquina admitía que poseía el garbo de un jugador de bádminton. Pero cuando se le despertaba el gusano, se volvía indómito. A la primera pitada, se transformaba en un espantapájaros de cuello y corbata. En su historia personal estaban registrados varios intentos de suicidio. Sin embargo, palo de fósforo, cuchillo de plástico, hilo de lana, liga de hule, plato de papel, no fueron medios eficaces para consumar su desesperada fuga de la realidad. De repente, apoyándose sobre sus talones, se levantó de la vereda con un brinco acrobático.

—¿Comisión? —propuso.

El Champero respondió con su típica arcada, producto de la urgencia por combinar vaina con pay.

—Arrancanquín…. —dijo, frotándose las manos.

Nunca nos abastecíamos lo suficiente. Nos encerrábamos en el cuarto del Doctor con la esperanza de no tener que volver a salir. No faltaba mucho para que el toque de queda, impuesto después del atentado en Tarata, entrara en vigencia. Bajo situaciones de presión, no nos incomodaba apretujarnos en aquel angosto espacio de 4 metros de largo por 2 de ancho. Un genuino reto de distribución de interiores. La pequeña recámara sobresalía por exhibir una recargada variedad de amorosas piezas de filigrana doméstica. Intrincadas formas tejidas a crochet que servían de base para lámparas, ceniceros, posavasos y portalapiceros. Densas nubes blancas contaminaban el ambiente exento de ventanas, en el que predominaba un cerrado olor a perra, sobaco y poto mezclado con acetona y kerosene.

—¡Muévete, Narizón! —apuró Barreta.

El Tríplex no podía dominar su tendencia a cabecear el aire. Tenía el cuello rígido de puros nervios.

—Tamos kileaos… tamos kileaos… tamos kileaos… —repetía sin cesar.

La inquietante incertidumbre de la hégira, atravesando sombríos recovecos, eludiendo extrañas siluetas, nos causaba una excitación cercana al orgasmo.

—Apura, chololón… apura, chololón… apura, chololón… —insistió el Tríplex.
—¡Tranquilo, huevón! —exclamó Barreta, escupiéndose la palma de la mano para plancharse el pelo.
—Un par de cuadras y salimos —alentó el Doctor.

Nos encontrábamos ya muy cerca del cruce con la avenida. Si doblábamos la esquina, estábamos salvados.

—Trifulca, mi hermano… trifulca, mi hermano… trifulca, mi hermano…… —previno el Tríplex, su índice tembloroso haciendo una cruz sobre sus labios.

Justo unos metros antes de llegar a la intersección, un Volkswagen celeste, sin placas, salió de la nada a toda velocidad y nos cerró el paso. Una garra plagada de ronchas y las uñas negras se extendió por la ventanilla del copiloto y apretó un pistola de vaquero contra la sien izquierda del Narizón.

—¿Dónde llevas eso, angelito? —preguntó el pistolero.

El Tríplex se aventó de cabeza, como si fuera a atajar un tiro al ángulo. Ningún banal argumento podía negar la evidencia. El Champero, agazapado en el asiento trasero, distinguió camuflado el blasón con las espadas entrelazadas.

—El honor ni se divisa —masculló con rencor.

No aparentaba ser éste el momento para esperar un nuevo regalo de la Providencia. Nada parecido a aquel episodio en que los agentes, más por lástima, aunque en cierto modo también concediendo mérito a nuestra osadía, no nos detuvieron tras sostener, a las 3 de la mañana bajo una persistente llovizna, que el artefacto sobre los hombros del Champero era sólo una repentina adquisición familiar, máxime cuando el objeto en cuestión era un water desarmado con los tornillos salidos.

El Tríplex tenía ya los ojos desorbitados, los cachetes hundidos y la lengua atascada en los maxilares. Desde las profundidades del auto seguía indicando la presencia de mayores amenazas.

—Helicóptero… helicóptero… helicóptero… —musitaba, señalando con el dedo un agujero en el tapiz del techo.

(Continuará...)

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