LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (VII)

Fernando Morote

Sin título (Fondo marrón y abstracto) Ricardo Wiesse (n.1954)









7

El sol pugnaba por abrirse paso ante el asedio de un ondulado colchón de nubes negras, que proyectaban un inminente aguacero matinal. Abandonamos el mercado del pueblo con nuestra canasta familiar a cuestas. Diez unidades de pan popular, cincuenta gramos de leche Enci y un kilo de azúcar rubia componían la ración permitida por persona.

Desplegando un superlativo nivel de educación vial, caminamos hasta el crucero peatonal. Antes de iniciar nuestro responsable traslado, miramos con cuidado a ambos lados de la avenida. Pese a la precaución, no fuimos capaces de avizorar lo que nos deparaba el futuro. Cómo adivinar que el conductor (quién sabe si un viejito jubilado o una dulce quinceañera), después de haber mantenido por tres cuadras su direccional encendida para voltear a la izquierda, iba a decidir a último momento ensayar una brusca maniobra hacia la derecha. Hubiéramos preferido mil veces respirar la asfixiante humedad que provenía de la hierba mojada, en lugar de vernos obligados a tragar el olor a caucho que despedían las llantas quemadas sobre el asfalto. A lo lejos escuchamos una compungida mujer preguntando:

—¿Alguien tiene un RIN para llamar a la ambulancia?

Nos preguntamos si esa alma piadosa, de ser el caso, habría podido encontrar un teléfono público en buen estado. Para nuestra salvación, de los arbustos surgió un alegre petirrojo transportando en la punta de su pico una migaja de pan. Detrás de él, afanado en no perderse el botín, uno de sus compinches se daba prisa por alcanzarlo.

Cuando por fin logramos recuperarnos, lo hallamos tirado en el parque. Parecía un muerto. Era nuestro querido compañero Waltirich. Tres cajetillas rodeaban su cuerpo. Se encontraba completamente privado. De su puño derecho emergía la punta de un sobrecito blanco. Tratamos de arrebatárselo, pero sus dedos estaban soldados.

—¡Dios mío! —exclamamos— ¡Qué pasa! ¡Necesitamos los psicotrópicos!…

Conociendo su angustia, sabíamos que cualquier esfuerzo por despojarlo sería vano. Waltirich podía ser vejado, ultrajado, violado en plena vía pública. Pero nadie sería capaz de arrebatarle los alcaloides.

(Sigue leyendo)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .