Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El carro de Miguelón”

Ítalo Costa Gómez






En estos tiempos jodidos qué mejor que recordar los años maravillosos, mismo Kevin Arnold. Sin SARS ni nada de esas vainas. Una de las épocas más lindas de mi vida fue a los quince años. Reinaban la despreocupación, la inocencia y la estupidez. Mis amigos sentados en el “parque del delfín” sin ataduras ni prisas. Ahí todos éramos reyes y nadie era más que nadie excepto por el que tenía carro. Miguelón era poderoso entre los soberanos. El único de nosotros que era mayor de edad y – mucho más importante – el que tenía auto.

Lo había heredado de sus papás. Era un Toyota clasico color plata. Era un carro muy sencillo, pero para nosotros era el juguete de Meteoro. Funcionaba perfecto para llevarnos del grifo a la tienda, de la tienda a la sanguchería y de ahí a nuestras casas. El que se lucía por alguna razón iba adelante con Miguelón (le he puesto así en honor a mi hermano en Pamplona) y tomaba parte en las decisiones sobre “a dónde ir”. Éramos jóvenes bellos y felices que repartían los pocos soles que nos daban nuestros viejos entre pagar la gasolina del carrito y dos botellas grandes de ron. Suficiente. Nada más era necesario. Épocas maravillosas que no volverán y que terminaron oficialmente el día que el “carro del grupo” falleció.

[¡¡Cómo me gusta la gasolina!! Dame papi gasolina. Cómo me encanta la gasolina. Dame más gasolina]

Cuenta la historia que la mayoría de nosotros cursaba el último año de colegio. Estar en quinto de media nos empoderaba. Nos hacía sentir que éramos los “man men min” amateur de ese pequeño distrito que nos albergaba. Los días transcurrían felices y con poco material para jaquecas hasta que una tarde llegó Miguelón con cara de princesa turca obligada a casarse con un panzón feo pie chico.

– Muchachos, el auto no arranca. He probado todo. Darle tiempos. Pisar tres veces. Nada pasa. No le falta gasolina ni agua. Simplemente no quiere encender.

Tenía la voz compungida. En realidad era un anuncio trágico. El auto que había sido nuestro compañero, nuestro símbolo de estatus ante los otros muchachos de nuestra edad, el hotel cinco estrellas que nos había cobijado en nuestras noches de hormonas revueltas se estaba despidiendo.

Todos fuimos a la casa de nuestro amigo. Sus papás habían contactado con Luis Armando, el mecánico más conocido de Chucuito, para que comprara la chatarra y se la llevara para siempre.

Con la partida del carro de Miguelón se cerró una etapa de nuestras vidas. Una muy bonita. Ese mismo año nos fuimos alejando poco a poco, cada uno se concentró en qué carrera iba a seguir y los momentos donde estábamos todos unidos eran cada vez menores y menos graciosos. Cada uno fue comprándose su carrito de segunda, pero ya nada fue lo mismo.

Miguelón fue el rey. Su carro lo hizo soberano entre entes mágicos y poderosos de quince años. La desaparición de la insignia de la monarquía fue el inicio del fin de la misma. Los soldados de la poesía de quince años no existieron más.

[Ahoooooooora se enciende como un sol la primaveeeeera. Mis sueños se convierten en promeeeeesas. Me salta el corazón de quinceañeeeeeera]

Un brindis por la nostalgia.

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