El mago (III)

Ingmar Bergman





Las llamas de las lámparas vacilan dentro de la cocina. Sombras inquietas rebotan de las paredes y los utensilios. Rustan está reclinado contra el barril del agua, presa del doble tormento de un dolor de estómago y mucha melancolía.

Antonsson sirve coñac.

ANTONSSON: Ese hombre, Vogler.
RUSTAN: Esa clase de persona debería ser azotada. Hay algo especial en los estafadores. A uno lo provocan sus rostros.
ANTONSSON: ¿Rostros?
RUSTAN: Exactamente. Ver un rostro como el de Vogler me enfurece. Tengo ganas de pegarle.
ANTONSSON: ¿El rostro de Vogler?
RUSTAN: Hay algo especial en esos rostros. ¿Comprende lo que quiero decir, Antonsson? Uno debería pisotearlos. Rostros como los de Vogler y Aman y la vieja…

Rustan lanza un grito de horror y cae hacia atrás cuando trata de ponerse de pie. El barril del agua se desploma y el suelo se inunda. Antonsson extiende los brazos en un súbito movimiento, pero no alcanza a levantarse. La puerta se ha abierto de golpe, la lámpara se ha apagado con la súbita corriente de aire, y una enorme figura vacilante, con facciones humanas, llena todo el cuarto durante un instante. Un hacha se clava en la mesa con un golpe sordo, junto al hombro de Antonsson. Rustan grita como un loco y se arroja al suelo.

La gigantesca figura desaparece con la misma rapidez con que apareció. Después de unos minutos de inenarrable espanto, Antonsson consigue encender una vela.

Rustan está sentado en un lago. Tiene los ojos vidriosos de terror. Antonsson agarra el hacha y corre al zaguán, pero no hay nadie allí.

RUSTAN: Un fantasma.
ANTONSSON: O el diablo mismo.
RUSTAN: ¿Dónde está el coñac?
ANTONSSON: ¿Dónde está el coñac?
RUSTAN: La jarra ha desaparecido.
ANTONSSON: ¿En el suelo?
RUSTAN: No.
ANTONSSON: ¿Dónde?
RUSTAN: ¡El fantasma se llevó el coñac!

El gran vestíbulo es un recinto rectangular en el segundo piso con un cielo raso un poco bajo, revestido de arce oscuro y dinteles pintados. Las ventanas dan sobre la calle. En la pared opuesta cuelgan retratos de familia, una larga hilera de guerreros, obispos, funcionarios, matronas y mercaderes. El suelo está cubierto por una alfombra de precio y del techo cuelga una araña pesada, antigua. Unas pocas velas están encendidas, pero iluminan sólo parcialmente el amplio aposento.

Vogler y Aman están atareados en montar el espectáculo del día siguiente. La abuela entra con sus pasitos cortos y se sienta en un cajón largo y negro.

ABUELA: ¿Qué están haciendo?
AMAN: Nos preparamos para la función de mañana.
ABUELA: Uno ve lo que ve y uno sabe lo que sabe. Aquí dentro no huele bien. Hoy huele a rancio, pero mañana huele a podrido, y entonces es mejor retirarse.
AMAN: Todavía no podemos escapar de aquí.
ABUELA: Bueno, alguien va a morir, quizá tú, quizá yo.

Agarra su bolso negro con más fuerza, arrimándoselo al cuerpo.

AMAN: No se quede ahí sentada cacareando.
ABUELA: Albert es un idiota, y tú, pobre criatura, te comportas tontamente a pesar de tu buen sentido. Nadie oye a la abuela. La culpa es de ustedes.

La anciana desaparece, como tragada por la oscuridad.

Aman la mira cuando se va, pero vuelve a su trabajo. Han desempacado parte de los aparatos y armado varios decorados sencillos y pantallas. En la pared, no muy grande, del cuarto, han colgado unas cortinas oscuras pintadas con signos astrológicos. Todo el conjunto tiene aspecto raído, aun en la escasa luz del recinto.

Ocasionalmente, durante la escena siguiente, un relámpago llena de pronto la habitación: la tormenta de la noche de verano.

Se abre una puerta y la señora Ottilia Egerman entra llevando una lámpara. Por la puerta se puede ver a Egerman, Vergérus y Starbeck sentados a la mesa.

La señora de Egerman cierra la puerta, se detiene, algo perpleja, y coloca la lámpara sobre la mesa.

OTTILIA: Espero que les dieron bien de comer en la cocina. (Pausa.) Pensé que necesitarían, quizá, un poco más de luz.

Se queda de pie y mira fijamente a Vogler. Aman deja su trabajo y se vuelve hacia él.

AMAN: Voy a desempacar en el cuarto de huéspedes.

Aman recoge su chaqueta y sale. Vogler está preocupado con una pequeña caja cuadrada de hojalata en la cual se ha montado una lámpara. De pronto, una cara socarrona y astuta aparece en una de las pantallas.

OTTILIA: ¡Oh!

La imagen se transforma, se torna romántica.

OTTILIA: Qué hermoso.

La imagen oscila y desaparece y el rostro extraño y socarrón vuelve a aparecer.

OTTILIA (repentinamente): Tal vez se pregunte por qué estoy vestida de negro, señor Vogler. Mi hija murió la primavera última.

Vogler se inclina sobre la linterna mágica. Una diminuta espiral de humo sube desde la chimenea de la caja de hojalata.

OTTILIA: ¡Señor Vogler!

Vogler se endereza y se queda escuchándola con respeto. La señora de Egerman da un paso hacia adelante.

OTTILIA: Debe usted perdonar a esa gente, quiero decir por haberlo humillado. No pueden comprenderlo, y por eso lo odian.

Vogler guarda silencio.

OTTILIA: ¡Yo lo comprendo!

Da otro paso hacia él.

OTTILIA: ¿Quién es usted realmente?

Ni Vogler ni la señora de Egerman ven que una puerta se ha abierto detrás de la cortina. Sobre la tela fina, un rectángulo de luz y una sombra aparecen de pronto. Luego la luz se mueve, la sombra se aleja danzante. Otra vez queda a oscuras, pero una mano levanta con cautela una punta de la cortina y aparece un rostro. Es el señor Egerman que espía a su mujer.

OTTILIA: Lo reconocí en seguida cuando lo vi. Me puse terriblemente excitada. Perdóneme por ser tan franca. Pero casi nunca hablo.

Se tapa la boca con la mano y los ojos se le llenan de lágrimas. Se vuelve hacia otro lado durante un momento, pero sigue hablando.

OTTILIA: No, no debería llorar. No tenemos tiempo para lágrimas. He suspirado por usted. Mis pensamientos han estado con usted continuamente. ¡He vivido su vida! Sin embargo, lo vi por primera vez hoy. (Sonríe.)

Vogler permanece inmóvil. La señora de Egerman pone su mano sobre la de él. Está muy junto a él y habla con voz apenas audible.

OTTILIA: Tal vez esté riéndose silenciosamente de mí. No me importa. Mi amor es lo suficientemente grande para los dos.

La señora de Egerman lanza un profundo suspiro y aprieta la mano de Vogler contra su corazón.

OTTILIA: Ahora comprendo por qué ha venido. Sienta cómo late mi corazón.

Vogler la mira.

OTTILIA (vehemente); Explicará por qué murió mi hija. Lo que Dios quiso decir. Por eso ha venido. Para aliviar mi pena y levantar el peso que llevo en los hombros.

Se deja caer en una silla y se tapa el rostro con las manos. Vogler se sienta silenciosamente sobre el cajón negro. Baja la cabeza y se mira las manos. Luego cierra el puño, tanto que sus uñas lastiman la piel y le brotan gotas de sangre.

OTTILIA: Mi pobre marido no sabe nada. ¡Cómo podría él comprender!

Su agonía se acrecienta mientras goza las dulzuras de la traición.

OTTILIA: ¿Verdad que hace un calor terrible esta noche? Ha sido un día agobiador. He sentido tanto malestar.

Se inclina hacia Vogler y susurra jadeante, pero sin mirarlo.


OTTILIA: Mi marido se acuesta dentro de una hora. Tiene el sueño muy pesado y le di un somnífero en su última copa. Vendrá usted a verme a las dos. Yo duermo del otro lado del corredor, frente a los cuartos de huéspedes.

Se pone de pie y está pronta para marcharse, pero se detiene. Cae de rodillas y aprieta la boca contra la mano de Vogler.

OTTILIA: Déjeme besar sus manos. No; quiero hacerlo. Quédese quieto. ¡Oh! ¡Se ha lastimado!

Se levanta tambaleante.

OTTILIA: Mi marido y yo hemos dormido en cuartos separados desde la muerte de nuestra hija.

La cortina se mueve levemente mientras la señora de Egerman desaparece por la puerta. Vogler permanece sentado sobre el cajón, con la vista clavada en su mano. La linterna mágica flamea y echa humo, y la cara torcida todavía resplandece débilmente sobre la pantalla.

De pronto una figura surge de entre el bosque de sombras del recinto. Es el actor Johan Spegel que se queda de pie, bamboleante, con la jarra de coñac de Antonsson debajo del brazo.

SPEGEL: No estoy muerto, pero ya he empezado a aparecerme como fantasma. A decir verdad, creo que soy mejor fantasma que ser humano. Me he tornado convincente. Nunca lo fui como actor.

Extiende la mano, atajando el rayo de luz de la linterna mágica. Forma una sombra sobre la pantalla.

SPEGEL: La sombra de una sombra. (A Vogler.) No se preocupe por mí, señor. Ya estoy en estado de descomposición.

Desaparece entre las sombras tan silenciosamente como llegó. Vogler se adelanta unos pasos para seguirlo. Se encuentra detrás de la pantalla, donde las sombras son más densas, cerca de la cortina con el zodíaco y los signos secretos. El rostro de Spegler está vuelto hacia la oscuridad.

SPEGEL: He hecho un solo ruego en mi vida. Utilízame. Manéjame. Pero Dios nunca comprendió en qué esclavo fuerte y devoto me había convertido. De modo que tuve que seguir sin que me usaran. (Pausa.) Dicho sea de paso, eso también es mentira. (Pausa.) Uno camina paso a paso hacia la oscuridad. El movimiento en sí es la única verdad.

Repentinamente tambalea y sale del otro lado de la pantalla. Por un momento su sombra se cierne agigantada. Luego se desploma contra el cajón negro. Es una caída recia, que lo deja medio muerto.

SPEGEL: Cuando creí que había muerto me atormentaron sueños horribles…

Vogler abre la tapa y deja que el cuerpo sin vida se deslice dentro de la caja. El doble fondo se abre como agua oscura y se traga el cadáver. Vogler entonces empieza a apagar las luces de la araña y la linterna mágica.

Egerman regresa a la mesa que está puesta en el comedor: una habitación más pequeña en el segundo piso. Vergérus y Starbeck se han demorado, bebiendo el excelente coñac del dueño de casa.

STARBECK (a Egerman): Está un poco pálido, me parece. ¿Ha visto algún fantasma?
EGERMAN: Estoy un poco cansado, nada más.
VERGÉRUS: Es natural. Le deseo muy buenas noches. Lo mismo a la señora.
EGERMAN: ¿Sabe el camino de su dormitorio?
VERGÉRUS: No es la primera vez que tengo el placer y el honor de ser huésped en su casa.

Starbeck permanece en el comedor, ebrio, con ojos llorosos y el rostro relajado. Su expresión de sarcasmo ha desaparecido y ha sido reemplazada por una especie de estupidez abotagada.

STARBECK: Egerman, venga y siéntese. Tomemos otra copa.
EGERMAN: Justo lo que estaba pensando.
STARBECK: Lo único que puede hacerse cuando el jefe de policía da una orden es obedecer.

Los tres cuartos de huéspedes están en fila a lo largo de un corredor que, a su vez, conduce a la escalera principal. En el preciso instante en que Vergérus va a entrar en su dormitorio, advierte que una de las otras puertas está entreabierta. Se acerca de puntillas al rayo de luz y se detiene, oculto en la oscuridad del corredor.

Aman, el ayudante de Vogler, está adentro pero muy cambiado. Tiene puesto un corsé y una larga enagua y anda de un lado al otro del cuarto como si esperara a alguien. De cuando en cuando, se detiene y escucha.

Vergérus, con el bastón, abre la puerta. La mujer se vuelve hacia él.

VERGÉRUS: Qué extraño milagro magnético. El talento del doctor Vogler ha ganado mi mayor estimación.
MANDA: Soy su esposa.
VERGÉRUS: ¿Y por qué esta mascarada?
MANDA: Nos busca la policía y tenemos que disfrazarnos para que no nos reconozcan.
VERGÉRUS: ¿Por qué no abandona todo este asunto?
MANDA: ¿Dónde iría?
VERGÉRUS: Permítame que le diga un secreto. Durante toda la noche he estado luchando contra un extraño sentimiento de simpatía por usted y su marido.
MANDA: Eso no parece muy probable.
VERGÉRUS: Cuando entraron en el cuarto me gustaron ustedes en seguida. Su rostro, su silencio, su dignidad natural. Esta parcialidad de mi parte es muy deplorable, y no se la hubiera confesado si no estuviera un poco ebrio.
MANDA: Si ése es su sentimiento debería dejamos en paz.
VERGÉRUS: No puedo hacer eso.
MANDA: ¿Por qué?
VERGÉRUS: Porque ustedes representan algo que es lo que más aborrezco.

Manda lo mira interrogativamente.

VERGÉRUS: Lo inexplicable.
MANDA: Entonces puede de inmediato terminar su persecución, señor Vergérus, porque nuestras actividades son un fraude desde el principio basta el fin.
VERGÉRUS: ¿Un fraude?
MANDA: Simulación, falsas promesas, y doble fondo. Mentiras miserables, putrefactas y nada más. Somos los pillos más ridículos que puede usted encontrar.
VERGÉRUS: ¿Su marido comparte esa opinión?
MANDA: Él no habla.
VERGÉRUS: ¿Es verdad eso?
MANDA: ¡Nada es verdad!

Esta salida se ha producido en un súbito, reprimido arrebato. Rápidamente recupera el dominio de sí misma y se acaricia el rostro con las dos manos. Vergérus la mira. Está interiormente excitado, pero su rostro permanece tranquilo.

VERGÉRUS: Su marido no tiene ningún poder secreto. No; tal vez no. No tuvo la menor influencia sobre mí en su primer intento. Sólo sentí una fría expectativa. Fracasó.
MANDA: No tiene sentido alguno.
VERGÉRUS: De modo que debería sentirme despreocupado.
MANDA: Sí, por supuesto, siéntase despreocupado. Podemos probar nuestra incapacidad tantas veces como quiera.
VERGÉRUS: Me parece que usted lamenta este hecho. (Manda guarda silencio,) Como si deseara alguna otra cosa. (Manda no contesta. Vergérus ríe.) Pero los milagros no ocurren. Siempre es el aparato y el hablar lo que tiene que hacer el trabajo. El clero tiene la misma triste experiencia. Dios guarda silencio y las gentes charlan.
MANDA: Si sólo una vez…
VERGÉRUS: Eso es lo que todos dicen. Si sólo una vez. Para los sin fe, pero sobre todo para los que creen. Si sólo una vez.
MANDA: Si sólo una vez… eso es verdad.
VERGÉRUS: Dice usted que tiene miedo.
MANDA: Sí.
VERGÉRUS: ¿De mí también?
MANDA: De usted especialmente.
VERGÉRUS: Eso es halagador.
MANDA: Uno puede tolerar su voz y su mente aguda.
VERGÉRUS: Pero ¿de qué tiene miedo entonces?
MANDA: De su simpatía, su sonrisa.

Vergérus ríe. Sueña casi como un ataque de tos. Se quita los lentes y los mira muy de cerca.

VERGÉRUS: Es usted probablemente la única persona sensata de la compañía. ¿Por qué continúa en un camino que sólo puede llevarla a la deshonra y la cárcel? (Manda no contesta) ¿Siempre ha sido así?
MANDA: No.
VERGÉRUS: ¿Tal vez creyó usted antes?

Manda, en silencio, asiente con la cabeza.

VERGÉRUS: Porque creyó que era útil y que su actividad tenía un sentido.
MANDA: Eso fue hace mucho tiempo.
VERGÉRUS: ¿Por qué no renuncia antes que sea demasiado tarde, señora?
MANDA: Es inútil.
VERGÉRUS: Quiere decir que su marido…
MANDA: Quiero decir que es inútil. No hay camino para retroceder ni hay ningún desvío. (En voz baja) No para nosotros.
VERGÉRUS: A pesar de esto, tengo una propuesta. Cuando se canse de sus magnetismos, puede verme a mí. Prometo ayudarla de una manera u otra.
MANDA: ¿Y mi marido?

Vergérus se encoge de hombros.

MANDA: Estoy muy agradecida.

Se vuelven. Vogler está de pie en el vano de la puerta.

VERGÉRUS: Me retiraré en seguida.

Toma su bastón y pasa junto a Vogler al salir al corredor, luego se detiene y sonríe.

VERGÉRUS: Una última pregunta. ¿Podemos esperar alguna otra revelación o el teatro magnético del doctor Vogler ha agotado sus recursos?

Vogler de pronto pone la palma de la mano sobre el pecho de Vergérus y lo hace volver al cuarto. Le da un fuerte empujón que lo hace tambalear y caer sobre la cama. Entonces Vogler cierra la puerta y da un paso adelante. Vergérus quiere asir su bastón, pero Vogler es más rápido. Lo toma en sus manos, lo rompe sobre su rodilla y arroja los pedazos a Vergérus.

MANDA (perentoriamente): No lo toques.

Furioso y jadeante, Vogler mira fijamente a Vergérus quien se levanta de la cama.

VERGÉRUS: Me hace usted un honor demasiado grande, verdaderamente, señor Vogler. La fidelidad de su esposa es rayana en la locura.
MANDA: ¡Váyase ya, por amor de Dios!
VERGÉRUS: Usted cree que su marido desea matarme. ¿Quiere matarme, señor Vogler?
MANDA: ¡Váyase!
VERGÉRUS: ¿Me odia? Y a mí me agrada. Esto es realmente muy estimulante.
MANDA: ¿Por favor, quiere marcharse?
VERGÉRUS: Me iré. (Hace un saludo) Buenas noches, Madama. (A Vogler) ¡Buenas noches, señor… doctor!

Sale.

Vogler cierra de un portazo la puerta detrás de él, y da pasos por el cuarto como un animal enjaulado, se detiene, se recuesta contra la pared, se golpea la parte de atrás de la cabeza varias veces contra la jamba de la puerta. Manda lo dejo solo y se queda sentada inmóvil con el rostro vuelto hacia otro lado.

Por fin el ataque ha pasado, la tensión cesa. Vogler se tranquiliza.

Manda empieza a desvestirse. Vogler se sienta ante el espejo y, con cuidado, se afloja la barba, las cejas y la peluca. Cuando Manda se ha puesto el camisón, se acerca a Vogler y se queda detrás de él, mirándolo, en el espejo. Él se queda sentado, acurrucado, con un rostro despejado, inexpresivo.

MANDA: ¿Recuerdas aquel verano en Lyon cuando ganamos tanto dinero y compramos una casa de campo y pensamos dejar de viajar? (Vogler asiente con la cabeza) Luego vendimos la granja y compramos el coche y los caballos. En Kiel vendimos todas mis alhajas y casi todas nuestras ropas. Dijiste que sería práctico que me vistiese con trajes de hombre. Nadie nos reconocería. Y sería más abrigado también. También empezaste a hacerte el mudo.
VOGLER: Fue Tubal quien…
MANDA: ¿Recuerdas al Gran Duque, en la corte de Köten, que se enamoró tanto de mí que prometió recomendarnos a Su Majestad el Rey de Suecia? Creíste que yo te había traicionado y le diste una azotaina al duque. (Vogler asiente con la cabeza) Luego tuvimos que pasar en la cárcel dos meses antes de que el duque nos perdonara. Fue muy magnánimo y prometió recomendarnos a la Corte de Suecia, de todos modos. ¿Crees que lo hizo? (Vogler mueve negativamente la cabeza) Yo tampoco. ¿Recuerdas cuando los católicos nos contrataron para que realizáramos milagros en Ascona? Inventamos siete nuevos milagros y curamos peregrinos durante tres semanas. Cuando Tubal llegó con la cuenta, el cura nos llamó herejes y nos amenazó con la condena eterna, el destierro y la persecución eterna.

Manda se dirige a la cama. Vogler se pone el camisón y se acuesta junto a ella. Ella apaga la vela de la mesa de noche. Se produce un largo silencio.

VOGLER: Los odio. Odio sus rostros, sus cuerpos, sus movimientos, sus voces. Pero también tengo miedo. Entonces me siento impotente.

Manda vuelve la cabeza hacia él.

VOGLER: Quiero gritarles, o golpearlos, o rogarles. Pero nada me ayuda. Sólo hay vacío y silencio.
MANDA: ¿Y si yo te dejo?
VOGLER (sin amargura): ¿De veras?
MANDA: La época en que creíamos realmente que sanábamos a las gentes. Que había algún sentido en lo que hacíamos.

VOGLER: Entonces llegó Tubal. Y ganamos dinero.
MANDA: Entonces llegó Tubal. Las personas empezaron a reírse de nosotros. Sospechaban de nosotros. (Pausa) Como estafadores no teníamos mucho éxito. Había otros más hábiles. (Pausa) ¿Estás dormido?

Vogler se yergue sobre el codo y se inclina sobre su mujer.

VOGLER (furioso): Oye, sé todo eso. Y ya lo he oído antes. Pero estoy harto de tus malditas quejas. Vete por tu camino, si prefieres. De todos modos, no importa.
MANDA (con tranquilidad): ¡Albert Emanuel Vogler!

Vogler aprieta la cabeza contra el hombro de ella. Ella vuelve la cabeza hacia la ventana.

La señora de Egerman se ha acostado sobre la cama. Las cortinas se mueven levemente en la brisa nocturna. El reloj de una iglesia, en alguna parte, da las dos. El reloj del escritorio le hace eco con un repique liviano. Un velador arroja una luz suave. La puerta se abre lentamente y la llama vacila. Alguien entra silenciosamente en el cuarto, pero se detiene en la oscuridad.

OTTILIA (susurra): De modo que vino después de todo.

Se yergue sobre el codo y ofrece la mano. El hombre se acerca. Ella se deja caer de nuevo sobre las almohadas y cierra los ojos. Cuando una sombra cae sobre su rostro, mira hacia arriba.

Marido y mujer se contemplan en silencio.


OTTILIA: ¿Qué vas a hacer?
EGERMAN:: Depende.
OTTILIA: No soy culpable. Fue él quien me sedujo.

El rostro de Egerman súbitamente tiene una mueca de ira.

OTTILIA: Tienes la intención de golpearme.
EGERMAN: Sí, la tengo.
OTTILIA: No te atreverías…

Él levanta la mano para castigarla, pero se detiene. Ella lo mira con súbito desdén.

OTTILIA: No te atreves a golpearme. Eres un infeliz.

Entonces la castiga. Ella cae hacia atrás y se tapa la boca con la mano. Sus labios se abren, las lágrimas tiemblan en sus pestañas; una leve sonrisa le ilumina la cara. Egerman se sienta pesadamente sobre la cama. Se enjuga la frente con un pañuelo.

OTTILIA: Me sangra.
EGERMAN (cabizbajo): Perdóname.

Se pone de pie para irse. Ella permanece sentada en la cama.

OTTILIA: No; no te vayas.

Egerman se vuelve.

OTTILIA: Quédate conmigo…

El domingo por la mañana a las diez, Albert Emanuel Vogler despliega su Teatro Magnético de Salud en el gran vestíbulo de la casa de Egerman. La función se realiza a la luz encandilante del sol y frente a un público cuidadosamente elegido. La dueña de casa se halla sentada en un confortable sillón. El cónsul Egerman está de pie reclinado contra el respaldo del sillón de su mujer. Ottilia tiene una pequeña hematoma en la sien.

También está presente el Consejo Médico Real, Vergérus, quien se ha sentado en un rayo de luz con los brazos cruzados, con el sol reflejándose en sus gruesos lentes. Del otro lado del dueño de casa está sentada la esposa del jefe de policía. Es una matrona rosada con facciones hinchadas, relajadas. El jefe de policía está de pie como una estatua detrás del sillón de su mujer, gordo, pero muy derecho, con señales en el rostro de la copiosa bebida de la noche anterior. En la puerta que da a la escalera se han reunido los sirvientes: Sara, Sanna, Rustan y Antonsson, el cochero.

Adelante de la cortina con los signos astrológicos, que tiene aspecto remendado y gastado a la luz del sol, el magnetizador Vogler y su mujer aparecen, vestidos con trajes extravagantes. Tubal habla sin cesar, como un charlatán de feria. Simson aparece a intervalos regulares desde atrás de las pantallas pintadas.

TUBAL: El poder que fluye de nuestro magnetismo se encuentra con el poder que irradia el aura del señor Vogler, como nosotros le llamamos. Entre estas dos fuerzas gemelas, la de la naturaleza y la del yo, el ayudante del señor Vogler flotará libremente en el aire.

Mientras tanto Manda se acuesta en una plataforma que está apoyada en cuatro patas flojas. Tubal la cubre con un paño polvoriento y manchado. Vogler asume una actitud de concentración. Arruga la frente, se tapa la cara con las manos, extiende los brazos como para dar la bendición y baja la cabeza.

TUBAL: En este momento el señor Vogler retrocede a través de miles de años, buscando el poder fundamental que los sabios usaron otrora en beneficio de la humanidad. ¡Silencio, señoras y señores! ¡Requerimos toda su atención!

Hace un ademán dramático para obtener silencio. Sofía Garp se estremece secretamente y cierra las manos.

Sanna empieza a llorar, pero Sara extiende el brazo y la acerca a ella.

TUBAL: Ha ocurrido que el ayudante del señor Vogler cayera al suelo. Una vez —fue ante el duque de Nápoles— se lastimó seriamente.

Tubal respira hondo y mira a su alrededor. Vogler parece estar en el punto culminante de su concentración. Tubal se inclina hacia adelante, y con sumo cuidado suelta la plataforma debajo del cuerpo de Manda. Con un amplio ademán de mago, Vogler retira el paño negro y por un momento le parece al público que Manda está flotando en el aire. Entonces Starbeck se inclina bacía adelante y, con su bastón, empuja a un lado la pantalla más cercana. Éste gira hacia un costado sobre sus goznes y revela a Simson, transpirado y con el rostro abotagado, que enérgicamente hace contrapeso con cuatro sogas negras que están a su vez sujetadas a una angosta tabla negra sobre la cual descansa Manda. Cuando Simson ve que lo han descubierto, se desconcierta en tal forma que suelta las sogas.

Manda cae al suelo y el público estalla en incontenibles risotadas. Tubal se inclina en un profundo saludo y levanta la mano, exigiendo silencio.

TUBAL: Señoras y señores, les agradecemos su aplauso y esperamos que nuestras pequeñas artimañas Ies gusten realmente. Ahora vamos a mostrarles algo mucho más fabuloso. Una prueba que ha adquirido fama mundial, en la cual los extraños poderes del señor Vogler y su ayudante dan una prueba aún más tangible de los aspectos diabólicos del orden de nuestro mundo.

Señala con el índice al público.

TUBAL: ¿Nos haría el favor, alguna de las damas presentes, de adelantarse? ¿Una mujer de corazón puro y pensamientos bellos?

La señora de Starbeck se apresura a adelantarse con una carcajada. Hace una profunda reverencia a Tubal y Vogler. El jefe de policía extiende la mano para sujetarla, pero ya es tarde.

Tubal coloca en primer plano una silla extrañamente tallada y pide a la señora de Starbeck que se siente. Luego le ajusta un par de imanes en las muñecas. La señora de Starbeck halla todo esto muy divertido y ríe entre dientes sin cesar. Pero el marido no está divertido. Los demás espectadores la animan con gritos.

TUBAL: Este es el momento de la verdad absoluta. Por obra del poder de los imanes, la señora de Starbeck está liberada de todas las simulaciones y cada palabra que diga será la pura verdad.

Vogler se ha sentado a la derecha de la señora de Starbeck y Manda a la izquierda. El magnetizador la toca muy levemente con la punta de los dedos. La señora de Starbeck sigue riendo.

MANDA: Señora de Starbeck ¿cuánto dinero le da su marido para sus gastos personales?
STARBECK (furioso): Protesto contra esta jugarreta.
VERGÉRUS: Un momento, señor. No olvide que está usted sacrificándose por la ciencia. (Risas)
MANDA: ¿Cuándo se casó usted, señora?
SEÑORA DE STARBECK: No soy casada. (Risitas ahogadas) ¡Oh, no! Qué terrible. ¡Soy demasiado joven!
MANDA: ¿No es usted casada con el señor Starbeck?
SEÑORA DE STARBECK (ríe): El señor Starbeck es una zanahoria.
STARBECK: ¡Terminen con esta vergonzosa exhibición!
SEÑORA DE STARBECK: Todos los sábados el señor Starbeck va a una casa de tolerancia. Come como un chancho y ventosea en la mesa.
STARBECK: ¡No me oyen! (A Vogler) ¡No la deje seguir! (A Manda) ¡No la deje seguir!
SEÑORA DE STARBECK: El señor Starbeck usa peluca. El señor Starbeck apesta. El señor Starbeck es hediondo.
STARBECK: ¡Por lo menos piensa en nuestros pobres hijos!
SEÑORA DE STARBECK (con una risita): Muchas veces me he preguntado cuántos de ellos son realmente de Starbeck. Aunque unos cuantos de ellos son feos y estúpidos. ¡El señor Starbeck es un chancho!

De pronto, la señora de Starbeck deja de reír y mira a su alrededor con los ojos muy abiertos. El rubor le sube al rostro engordado y la boca empieza a temblarle.

SEÑORA DE STARBECK (con seriedad): Tengo que ir a casa en seguida. He dejado un asado en el homo. No, por favor quédate, querido. Necesitas un poco de diversión.

Menea sus hombros gordos como si tuviera frío, vuelve a su sillón con dignidad y recoge su abrigo.

SEÑORA DE STARBECK: ¿No he dicho nada tonto, verdad? (Ríe) Piensen lo asombrosos que son estos trucos. Adiós, Starbeck. Vendrás a casa para la comida, presumo. No, no, amigo mío, no soy vengativa. ¡No debes pensar eso!

Ríe entre dientes y hace una reverencia rápida a los presentes. Vergérus, se inclina en un profundo saludo y Egerman la acompaña hasta la puerta.

Starbeck mira fijamente al frente con una expresión de furia.

TUBAL: Nuestro último número se llama «La Cadena Invisible». ¿Quiere adelantarse alguno de los caballeros? Cuanto más fuerte mejor. ¡Adelántese el Goliath, dondequiera que esté!
EGERMAN: ¡Antonsson!
ANTONSSON: Yo no, señor.
EGERMAN: Es una orden.

Antonsson se acerca a Vogler malhumorado. Tubal le da palmadas en hombros y emplea palabras alentadoras, pacificadoras.

TUBAL: Espléndido hombre. Nada peligroso, nada doloroso. Respire solamente con tranquilidad. ¡Señoras y señores, Antonsson es una bestia! ¡Pero su fuerza física no es nada, comparada con el poder espiritual del señor Vogler! Ayudante, ¿quiere atar a este hombre con las «cadenas invisibles»?

Manda simula que levanta pesadas cadenas de una mesa y que sujeta a Antonsson de pies y manos. Vogler se ha sentado. Ni siquiera mira a Antonsson que está de pie, quieto y estúpido, con la cabeza gacha.

MANDA: Sus manos están encadenadas juntas y sus pies también. La cadena está sujeta a la pared.

Antonsson mira a Manda. Luego vuelve la mirada hacia Vogler. El vestíbulo está invadido por un silencio tenso, casi atemorizado. Antonsson levanta las manos y trata, de un tirón, de separarlas, pero no puede, luego hace un nuevo intento. Palidece, empieza a jadear con el esfuerzo y con la boca abierta trata de respirar. Da unos pasos, pero las cadenas invisibles lo detienen y cae. Se retuerce, se sacude, se pone tenso como un arco. Luego levanta los brazos derechos como garrotes y se precipita sobre Vogler para aplastarlo, pero la cadena que lo sujeta a la pared lo tira para atrás. Le sale espuma de la boca y tiene los ojos inyectados en sangre.

Después de unos minutos de lucha estéril, cae al suelo como un animal degollado, estira el cuello y echa la cabeza hacia atrás. Está inmóvil y jadeante; los ojos parecen saltársele de las órbitas. Vogler permanece sentado completamente quieto durante toda esta lucha. Parece casi ausente. Los espectadores observan en silencio, fascinados por la horrible demostración. Vogler levanta la cabeza y mira el reloj de la pared. El minutero señala las seis y la manecilla de las horas está entre las diez y las once. El sol encandila sobre la blancura de las cortinas.

Por fin el reloj toca unas campanadas livianas, pero sonoras. Antonsson afloja sus cadenas y yace inmóvil. Vogler se inclina sobre él. Entonces Antonsson levanta una mano con ademán de imploración. Vogler no se aleja, sino que se acerca aún más. De pronto, Antonsson le echa las manos al cuello y con la rapidez del relámpago atrae a Vogler hacia sí. Vogler trata de liberarse pero no puede. Antes que nadie tenga tiempo de dar un paso o hacer un movimiento, el mago yace inmóvil. Con pesada rapidez, Antonsson se pone de pie de un salto y se precipita fuera del recinto.

La señora de Egerman grita y se desmaya.

Esta es la señal para un desorden general. Vergérus y Egerman cargan a la señora de Egerman y la llevan fuera del vestíbulo. Sofía agarra firmemente a Sanna y la empuja afuera, a la escalera. Starbeck grita a Rustan que debe seguir al asesino, pero Rustan vacila. A los pocos minutos el vestíbulo queda vacío.

Después de más o menos cinco minutos, Egerman, Vergérus y Starbeck regresan al vestíbulo. Rustan está apostado delante de la puerta, todavía pálido y tembloroso.

Starbeck se sienta a la mesa. El consejero médico hace un rápido examen del muerto que yace en el suelo donde cayó. Tubal está sentado, jadeante, sobre el cajón negro, que se halla contra la pared. Simeón resopla tristemente en un rincón y Manda está sentada en el suelo junto a Vogler.

VERGÉRUS: No hay duda que el hombre está muerto.

Arroja un paño sobre el cuerpo de Vogler y se vuelve hacia Starbeck quien, con aire de importancia, escribe algo en un papel.

STARBECK: En mi informe tengo la intención de presentar la responsabilidad de Antonsson por lo ocurrido como inexistente o casi nula. Ni puede esperarse un castigo puesto que ninguna persona emparentada con el señor Vogler ha presentado una denuncia. Si, contrariamente a lo que podemos esperar, éste fuera el caso, el asunto será examinado cuidadosamente y se tomarán medidas especiales para investigar las deudas que Vogler haya contraído durante sus actividades. Deudas que pueden sumar cantidades considerables. ¿Alguien tiene alguna objeción?

Nadie contesta.

STARBECK: Si nadie encuentra ninguna razón para protestar por el informe antes mencionado, el caso quedará finiquitado.
TUBAL: ¿Qué quiere decir eso, si me permite preguntarlo?
STARBECK: Eso quiere decir que puede irse al diablo si eso le divierte, señor Tubal.
TUBAL: Le agradezco su consejo, señor. ¿Qué harán con Vogler?
STARBECK: De acuerdo con la ordenanza sobre autopsias en lugares privados y públicos, el mencionado Albert Emanuel Vogler será, en su debido tiempo, disecado según lo dispuesto por el médico consejero, Anders Vergérus, y el jefe de policía, Frans Starbeck. La autopsia se hará inmediatamente a expensas de las autoridades municipales, para propósitos científicos.
TUBAL (saluda): Estamos muy agradecidos.
STARBECK: Ya me parecía.

Tubal vuelve a saludar.

STARBECK: Entonces ya es hora de llevar al señor Vogler arriba, a la buhardilla, donde se realizará la autopsia. Por razones científicas el médico consejero desea examinar el cadáver tan pronto como sea posible.
TUBAL: ¿Exactamente como en las ejecuciones?
STARBECK (sonriente): Quizá. Podemos llevarlo en ese cajón negro sobre el cual está usted sentado, señor Tubal.

Starbeck se pone de pie y recoge sus papeles. Luego se acerca a Manda.

STARBECK: Si cree usted que va a tener dificultades financieras, señora de Vogler, puedo recomendarle una excelente «casa» en la calle Luntmakare donde tengo cierta influencia.
MANDA: Le agradezco su consideración.
STARBECK: Mi mujer tiene curiosos estados de ánimo ¿no le parece?

Le vuelve la espalda. Mientras tanto Tubal y Simson han colocado el cuerpo de Vogler en el cajón negro.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “El mago (III)

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