El mago (Final)

Ingmar Bergman






Hay algo ominoso en el silencio de la tarde, en la luz del sol y el tictac de los relojes. Es bueno estar en la cocina con Sofía. Ésta se halla sentada a la mesa y tiene una guitarra en los brazos. En el otro extremo de la mesa están sentados Rustan y Sanna.

RUSTAN (en secreto): …y entonces tuvimos que llevar el cajón a la buhardilla. Y entonces el médico consejero con el jefe de policía cargaron el cuerpo de Vogler y lo colocaron sobre una mesa y empezaron a desvestirlo.
SARA (en secreto): ¿Qué es lo que van a hacer?
SIMSON: Cortar el cuerpo y extraer las tripas, serrucharle la cabeza y mirarle el cerebro. Y la sangre brota y brota.
SARA: Imagínate si se despierta y se levanta mientras está bajo el cuchillo y se baja de la mesa y viene por la escalera. Piensa si entrara aquí y nos mirara con las cuencas de los ojos ensangrentadas.
SANNA: ¡No deberías hablar así! (Empieza a llorar)
RUSTAN (conmovido): No tengas miedo, Sanna. Yo te protegeré.
SOFÍA: Lo mejor que podemos hacer es cantar una canción sobre la confianza en el Señor.
TUBAL: Tienes razón Sofía. ¿Qué cantaremos?

Tubal se muestra servil, adulón. Sofía menea la cabeza pensativamente y afina la guitarra. Luego empieza a cantar con voz clara y firme. Simson extiende la mano para asir la de Sara, pero ésta la retira.

SIMSON: ¿Has cambiado de opinión?
SARA: ¿Cambiado de opinión? Nunca te prometí nada.
SIMSON: Te diré una cosa… anoche estabas que ardías.
SARA: Cállate la boca. ¿Quieres avergonzarme? Anoche era anoche y hoy es sábado.

Sara mira a Rustan, quien rodea los hombros de Sanna con su brazo. Sanna se reclina confiadamente sobre el pecho angosto de Rustan. Sara suspira con sentimentalismo. Simson está abatido. Tubal ha entrelazado las manos sobre su estómago y mira y mira el techo con expresión cavilosa. Sofía interrumpe la canción.

SOFÍA: ¿Qué estás mirando tan fijamente?
TUBAL: ¿Yo?
SOFÍA: Tú. ¿Está sucio el cielo raso o qué te pasa? ¿Estás preocupado por algo…?
TUBAL: Todo es inútil, Sofía. (Sonríe con la boca torcida)
SOFÍA: Quiero decir, ahora que se han terminado tus actividades como estafador.
TUBAL: Es la voluntad de Dios.

SOFÍA: No digas estupideces. ¡Tubal! Estás atrapado, ése es el asunto. El Señor ha permitido que Sofía te arreste.
TUBAL (asustado): ¡Arrestarme!
SOFÍA: ¿Te asustaste? Es mejor que lo pesque a uno la policía celestial y no la terrestre.
TUBAL (con cautela): ¿Tú dices eso, Sofía?
SOFÍA: Esta noche irás conmigo a la parroquia y darás fe de lo que digo.
TUBAL (con mayor cautela aún): ¿No es un poco apresurado?
SOFÍA: Ven a mi cuarto, Tubal. Tenemos que pensar en tu testimonio. Debería ser privado y la expresión cabal de lo que tienes en el corazón.

Tubal suspira.

SOFÍA: Bueno ¿cuál es tu opinión? (Se pone de pie)
TUBAL (cede): Está bien, está bien.

Sofía se dirige a su cuarto y Tubal se apresura a seguirla. Echan llave a la puerta. Simson suspira. Sara reclina la cabeza en las manos. Sanna y Rustan han cerrado los ojos y no están en este mundo.

Las campanas de la iglesia anuncian que es domingo.

La buhardilla es bastante grande y se extiende sobre toda la casa. Las vigas del techo se vislumbran en la penumbra. El piso está hecho de tablones rústicos. La mayor parte del espacio se halla ocupado por muebles y una variedad de cosas apiladas contra la pared y el techo. Cómodas, arañas, viejas estatuas, cuadros, libros, juguetes. Apoyado contra un alto reloj de pie, un enorme espejo barroco refleja y agranda las dimensiones del recinto. En medio del cuarto hay una sencilla mesa de madera. Sobre la mesa yace un cuerpo cubierto con una sábana. Debajo de la mesa se ve el amplio cajón negro en el cual ha sido transportado el muerto.

Vergérus y Starbeck están inclinados sobre un pequeño escritorio cubierto de papeles y plumas de escribir. El sol que entra por la ventana de la buhardilla enmarca a los dos hombres y la mesa de la autopsia en un rectángulo de ardiente blancura. Starbeck lee un documento, apresuradamente y a media voz. Transpira por el calor del sol y se enjuga la frente de cuando en cuando con un pañuelo grande. Vergérus escucha con expresión pensativa.

STARBECK (lee): …y los abajo firmantes, de la autopsia del arriba mencionado Vogler, no han podido hallar ninguna peculiaridad o anormalidad y deben por lo tanto caracterizar los fenómenos que han ocurrido comprometiendo al arriba mencionado Vogler, como accidentales y por consiguiente de ninguna consecuencia y, en todo caso, de importancia tan mínima que escasamente reclaman una mayor atención de la ciencia. Estocolmo, en fecha catorce de julio del año 1846.
VERGÉRUS: ¿Eso es todo?
STARBECK: Eso es todo.
VERGÉRUS: Gracias por su inapreciable ayuda. Le enviaré una copia del informe en cuanto haya completado el original.
STARBECK: ¿Viene usted? Deseo que me firme el informe.
VERGÉRUS: Lo veré mañana por la mañana.
STARBECK: Buenas tardes.
VERGÉRUS: Buenas tardes.

Durante la conversación han bajado juntos las escaleras de la buhardilla y están en ese momento detenidos en el vestíbulo del último piso. Las puertas que dan al amplio vestíbulo han quedado abiertas.

Adentro, se ve a Manda embalando los aparatos y utilería de la compañía Vogler.

Cuando oye la conversación, escucha con profunda atención durante un momento, pero en seguida continúa con su trabajo.

Los dos hombres se separan. Vergérus vuelve a la buhardilla, en tanto que Starbeck sigue por las escaleras y una vez abajo sale al patio.

El coche está allí todavía. En el estribo del vehículo se halla sentada la abuela, encaramada como un pájaro negro.

STARBECK (amistosamente): Bueno ¿qué ocurrirá con abuelita ahora?
ABUELA: Los cerdos pequeños y gordos no deberían gruñir demasiado fuerte. Pueden perder los jamones.
STARBECK (pausadamente): No tengo resentimiento, pero tengo buena memoria, sobre todo de las fisonomías.
ABUELA: «Fue la primera vez que la mosca largó una ventosidad y no perdió la rabadilla»… Eso solía decir mi abuela.
STARBECK: Eres una vieja insolente.
ABUELA: Su más humilde servidora.
STARBECK: ¡Ten cuidado! Hay instituciones y establecimientos para personas tales como tú y tus canallas.
ABUELA: No puede ser usted desconsiderado con una vieja cuya cabeza le flaquea.
STARBECK: Sólo le digo que debería tener cuidado.
ABUELA: Por supuesto. Dele mis saludos a su esposa, de paso.

Starbeck tiene intención de contestarle, pero decide que es más sabio tragarse las palabras. Se vuelve y se aleja a grandes pasos, pero de pronto da un traspié. Se le cae el sombrero, junto con la peluca.

ABUELA: Ay, ay, creo que perdió la cabeza. (Ríe como cacareando)

Starbeck mira a la vieja, enfurecido. Sube de prisa a su coche y parte.

La abuela permanece sentada y ríe para sí. Una urraca desusadamente grande llega volando y se posa en el patio justo delante del coche. La anciana, fastidiada, escupe cuidadosamente a la urraca que la ignora y salta sobre una de las varas del vehículo. La abuela murmulla entre dientes algo ininteligible y se desliza del asiento. Con pasitos presurosos cruza el patio, entra en la lavandería y cierra la puerta. Aprieta el bolso negro contra su cuerpo.

De pronto su vista cae sobre algo. Es Antonsson, que se ha ahorcado en un rincón oscuro del local.

La vieja se queda quieta un rato y atisba con temor por la puerta. Luego se trepa a un barril, busca la daga de Antonsson y corta la soga que lo mantiene colgado.

La señora de Egerman se ha acostado. Su rostro, hinchado por los efectos del shock emocional, tiene una expresión completamente franca e indefensa. Ha colocado una de sus manos sobre el corazón en un ademán rígido y dramático. La ventana se halla abierta a la tarde de verano y las cortinas delgadas se mueven con la brisa. A la izquierda de la cama, el cónsul Egerman sentado, oculta su rostro entre las manos. El silencio se prolonga.

OTTILIA: ¿Quieres hacerme un favor?

Egerman levanta la cabeza.

OTTILIA: Por favor, para el reloj.

Egerman obedece.

OTTILIA: ¿Oyes qué silencioso está todo?
EGERMAN: Sí, muy silencioso.
OTTILIA: ¿Qué están haciendo con él?
EGERMAN: Trata de descansar un poquito.
OTTILIA: ¿Por qué permitiste que ocurriera?
EGERMAN: ¡Yo!
OTTILIA: ¿Querías vengarte?
EGERMAN: No sé de qué estás hablando. Vergérus me sorprendió con su propuesta de hacer una autopsia inmediata. Yo no dije ni que sí ni que no.
OTTILIA: Querías vengarte.
EGERMAN: En ese caso, es una extraña forma de venganza.
OTTILIA: Sí; es muy extraña.
EGERMAN: Venganza. (Quedamente)
OTTILIA: No puedo soportarlo.

La voz de Ottilia se quiebra en un sollozo convulsivo. Luego vuelve a quedarse quieta con los ojos cerrados.

Manda está en el gran vestíbulo, oyendo el silencio y el tictac del reloj. Luego furtiva y rápidamente sale con suma cautela al pasillo, cierra la puerta de la buhardilla y silenciosamente le echa llave.

Vergérus está todavía arriba en la buhardilla y no reacciona cuando se cierra la puerta. Sentado e inclinado sobre los papeles pone su firma al pie del informe con una pluma de ave raspante. Cuando está por volver a mojar la pluma en el tintero se detiene.

Un ojo humano lo mira desde arriba del tintero.

Se siente más sorprendido que asustado, y después de unos momentos de vacilación, levanta el tintero que contiene la trémula aparición.

En el mismo instante, el informe de la autopsia cae al suelo. Deja el tintero sobre la mesa y trata de recoger los papeles. Entonces el reloj detrás del espejo empieza a sonar rápida y repetidamente, pero se interrumpe con la misma brusquedad y queda silencioso. Vergérus murmura algo para sí, trata de arreglar los papeles, mira de cerca los números de las páginas. Con la mano derecha sujeta firmemente los papeles, y la izquierda descansa sobre la mesa.

Otra mano se apoya silenciosamente sobre su mano izquierda.

Vergérus mira larga y pensativamente este extraño fenómeno.

La mano que se ha posado sobre la suya está cortada, amputada. Se suelta con cuidado y se pone de pie.

VERGÉRUS (para sí mismo): Mucho calor aquí arriba debajo del techo… un momentáneo mareo…

Baja por la pequeña escalera basta la puerta de la buhardilla. Está cerrada con llave.

Empieza a traspirar. Mueve la manija de la puerta para arriba y para abajo, pero sin resultado. Se queda ahí, pensativo.

VERGÉRUS (murmura entre dientes): … alguna clase de herramienta…

El espejo barroco reluce opacamente en la penumbra. Se acerca y se encuentra con su propia imagen fuertemente iluminada por la luz del sol.

Se alisa el pelo y endereza sus lentes; trata de enfocar su imagen en el espejo, pero ve algo más allá en el fondo del cuarto, detrás de él. Es un rostro que flota informe sobre el cadáver. Un rostro deslumbrador, con luz interior, con facciones pálidas, tensas y una mirada de odio. Cuando se vuelve, la visión desaparece inmediatamente. Corre junto al muerto y retira la sábana de un tirón, pero todo está igual… muerto y tangible.

VERGÉRUS: … nada más que un momentáneo…

Entonces le arrancan los lentes que son arrojados a un costado, en la oscuridad. No puede reprimir un grito de dolor, se lleva las manos a la cara y da un paso atrás. Después de unos instantes se ha tranquilizado, se quita las manos del rostro y trata de orientarse con miradas de miope.

VERGÉRUS: Esto es un sueño o me estoy volviendo loco. Pero ni por un segundo aceptaré la idea de que puedo estar perdiendo la razón. Me sentaré aquí y esperaré hasta despertar.

El gran reloj detrás del espejo ha empezado a andar lentamente y con un tictac desparejo. La puerta del péndulo se abre sobre el oscuro hueco vacío. Vergérus mira a su alrededor con enorme curiosidad.

VERGÉRUS: Esto es realmente muy interesante…

Trata de ver lo que refleja el espejo. De nuevo está el rostro flotando detrás de él en la penumbra. De pronto, una mano se extiende hacia su cuello, pero él da un paso atrás y respira jadeante. En ese preciso instante, se oye un violento estampido y el espejo se hace trizas. El rostro desaparece inmediatamente.

Vergérus tambaleante retrocede hacia la mesa, contiene el aliento y escucha en el silencio opresivo. Oye que alguien respira muy cerca de su oído; luego pasos livianos, rápidos sobre las tablas del piso. Vuelve el silencio. Un silencio inconmensurable, abrumador. Se queda inmóvil y trata de penetrar la penumbra.

VERGÉRUS: No es otra cosa que el silencio y el rostro.

Da unos pasos vacilantes, alejándose de la mesa. Una mano se extiende de nuevo desde la oscuridad y le toca el cuello. Entonces el miedo lo domina, abrumador e irresistible. Corre hacia las escaleras, da un traspiés en el primer escalón, rueda por la escalera, se arroja contra la puerta, la golpea y grita. Finalmente se deja caer, se agazapa junto a la puerta como un animal. Entonces oye pasos ligeros detrás de él. Una sombra enorme, informe, se inclina sobre él y de nuevo ve el rostro, pálido y lleno de odio. De nuevo la mano se acerca y le toca el cuello.

En ese instante la puerta se abre. Lo primero que ve es a la señora de Vogler quien está allí de pie, oculta a medias por la jamba de la puerta.

MANDA: Déjalo tranquilo.

Dice esto a Vogler, quien está sin disfraz y vestido con los harapos del actor Spegel. Vogler agarra a Vergérus del pelo, le hace volver la cara hacia la luz y lo mira con detenimiento.

VERGÉRUS: Me dio un susto, nada más, un leve temor a la muerte. Nada más. Ninguna otra cosa.
MANDA: Déjalo tranquilo, te digo.

Vogler lo suelta.

El cielo se ha nublado y está oscuro. Vuelve a llover con un murmullo monótono. Vogler y su mujer empiezan a guardar sus aparatos y decoraciones. Desarman las pantallas y cortinas, los imanes y utilería. Todo va embalado en las grandes cajas.

MANDA: Voy a buscar a Tubal.

Sale. Vogler sigue desmantelando, da un puntapié a un soporte, mira con fastidio una caja llena de placas de vidrio rotas, las arroja en la pila de objetos estropeados y mellados.

La lluvia golpea contra los cristales de las ventanas y el gran vestíbulo está oscuro.

En la cocina, sin embargo, el ambiente es agradable. Rustan y Simson juegan a los naipes. Sofía Garp pela patatas y las echa en una olla grande. Sanna y Sara están atareadas en la cocina y Tubal dormita sentado en la sillahamaca, cuidando al gato. Todos levantan la cabeza cuando Manda entra.

MANDA: Simson ¿vaya por favor a preparar los caballos? Nos vamos en seguida.
SIMSON: Pero yo…

Simson se pone de pie con tristeza y con la cabeza gacha. Sara simula que está más interesada en el asado que ha puesto en el horno que en la decisión de Simson de obedecer.

MANDA: ¿Quiere tener la bondad de ayudarnos con el embalaje, señor Tubal?

Sofía se compone la garganta.

TUBAL: Me quedo aquí. Mi camino es otro. (Sofía pela) Uno debería vivir para el más allá, como dice Sofía. Para una meta más alta, comprende usted, más significativa y menos aparatosa.

Se mece despaciosamente en la silla, buscando palabras en una voz suave, mientras sigue acariciando el lomo del gato. Sofía pela sus patatas sin favorecerlo siquiera con una mirada.

MANDA: Adiós, señor Tubal, y buena suerte. (A Sofía) Permítame felicitarla por su adquisición.

Sofía mira a Manda de arriba abajo.

Vogler carga una de las grandes cajas y la lleva hasta la escalera. La señora de Egerman, en ese preciso instante, sube al piso superior y se detiene como petrificada, mirando con ojos de azoramiento atemorizado esa figura que conoce, pero que no reconoce. Detrás de ella sube Egerman. Está por decirle algo a su mujer, pero se queda boquiabierto de estupefacción y temor. Un largo silencio.

VOGLER: ¿Puedo pedir un poco de dinero? (Pausa) No tenemos nada, ni un chelín. ¡No tenemos un cobre! Pueden por lo menos darnos algo por la función de esta mañana.

Deja el cajón en la escalera y extiende la mano hacia la dueña de casa, que retrocede.

VOGLER: ¡Me miran como si nunca me hubieran visto! Y sin embargo creyó usted que éramos «almas gemelas», señora de Egerman. Quería que yo le explicara su vida. ¿No es así?
OTTILIA (mueve negativamente la cabeza): Nunca lo he visto antes. No lo conozco. ¡Salga de esta casa!
VOGLER: Estaba disfrazado en ese momento. ¿Hace eso una diferencia? Señora, por favor pídale a su esposo que nos ayude. No necesitamos mucho.
OTTILIA (retrocede): No; no me toque.

Corre escaleras abajo y se arroja en brazos de su marido, buscando protección. En ese momento, Vergérus aparece en el descanso superior.

VOGLER: ¡Señor Vergérus! ¡Ayúdeme, por favor! Hable a su amigo, el jefe de policía, para que podamos irnos de la ciudad. Prometo que no volveremos aquí jamás. Se lo ruego. ¡Ayúdenos!
VERGÉRUS: Me interesaría saber a quién he disecado realmente.
VOGLER: A un pobre actor que no deseaba otra cosa que lo disecaran y lo rasparan hasta limpiarlo todo.
VERGÉRUS: Y le prestó usted su rostro. Tomó su lugar en el piso del vestíbulo. Nunca estuvo muerto. ¿Ni siquiera inconsciente, quizá?
VOGLER (humilde): Fue un truco barato.
VERGÉRUS: Pero, no obstante está usted seguro que es el magnetizador Vogler.
VOGLER: Creo que sí.
VERGÉRUS: ¿No el actor o alguna tercera o cuarta persona?
VOGLER: Está bien, puede usted despreciarme, señor, pero ayúdeme. Dijo usted que tenía simpatía…
VERGÉRUS: Me gustaba más el rostro de él que el de usted. Suba y busque su barba postiza y sus cejas, y disfrácese para que yo pueda reconocerlo. Entonces tal vez sea posible discutir nuestros problemas.
VOGLER: Es usted desagradecido, señor. ¿Acaso no me he esforzado más allá de mis poderes habituales con tal de darle una experiencia?

Vergérus extrae del bolsillo una moneda y se la ofrece a Vogler.

VERGÉRUS: Fue una función lastimosa, pero por supuesto hay que pagársela.

Deja caer la moneda a los pies de Vogler, sigue bajando la escalera y se acerca a Egerman.

VERGÉRUS: ¡Mire detenidamente a ese pordiosero que está en la escalera y dígame si no he ganado la apuesta!
EGERMAN: Tiene razón. He perdido.

Vogler se endereza y levanta su cajón.

La lluvia cae con violencia en el patio. Simson acaba de preparar los caballos y Manda sale arrastrando varios sacos voluminosos.

Vogler alza su cajón y lo coloca debajo del pescante.

Manda sube al coche y se detiene sorprendida.

La abuela ha cortado el tapizado interno del coche con un cuchillo y está atareada extrayendo una cantidad de bolsitas de cuero que coloca con cuidado dentro del bolso negro, también de cuero, que siempre lleva consigo. Tiene mucha prisa y habla mientras trabaja.

ABUELA: ¿Qué? No; no seguiré con ustedes. ¿Miras mis bolsas y te sientes intrigada? Pues bien, mira. Son seis mil ricksdalers que abuelita ha juntado a través de los años y enterrado aquí y allá. ¿No me crees?

Abre una de las bolsitas y una pila de brillantes monedas se desparrama en su mano. Se las muestra a Manda.

ABUELA: ¡Los remedios de abuelita! Las gentes pagan cualquier cosa por el amor, ¿no sabías eso, eh?
MANDA: ¿Y qué hará con todo ese dinero?
ABUELA: Eso no te concierne. Pero si quieres saberlo, voy a comprar con él respetabilidad. (Susurra) Una botica, por ejemplo. (Susurra) Una botica para especialidades.

Ha juntado sus bolsitas y las cuenta. Hace un saludo con la cabeza a Manda y abre su enorme paraguas. Se acerca Vogler que está por salir de la casa.

ABUELA: Adiós, Albert. Me voy. Eres estúpido y descuidado. Siempre lo he dicho. Uno debería conocer sus limitaciones.

Tubal deja la hamaca y se acerca a la ventana. Sara está ya allí. Los dos suspiran, cada cual a su manera.

TUBAL: Sí; ahora siguen su camino.
SARA (casi llorando): Sí; ahora él sigue su camino.
TUBAL: Sin aparato, sin dinero, sin abuelita y sin Tubal. La compañía se va al infierno.
SARA: Por supuesto.
TUBAL: Y la policía estará siguiéndoles los talones en un abrir y cerrar de ojos. Ah, ah, es una suerte que me aparté de ellos a tiempo.
SARA (llora): Yo también lo creo.
TUBAL: «Uno debe cuidar sus piojos para que no se resfríen»… eso decía mi tía, y tenía razón.

Sara vuelve la cabeza y mira dentro de la cocina. Sanna y Rustan se hallan detrás del fogón; creen que nadie los ve. Se besan.

SARA (triste); ¡Ay, madre querida! Esto es una locura.
TUBAL: Sofía dice que este mundo es vano. El demonio sabe, quizá fue creado con esa intención.

Sofía ha terminado de pelar las patatas. Con su brazo vigoroso levanta la enorme pava y la coloca sobre el fuego y se limpia las manos en el delantal. Echa una rápida mirada hacia la ventana y vuelve a limpiárselas sin necesidad.

SOFÍA: Ahora que se va la canalla, no la echaré de menos.
TUBAL: Yo tampoco.
SARA: Yo tampoco.

Sofía se dirige a la puerta de su cuarto y se vuelve.

SOFÍA: Ven, Tubal.
TUBAL: ¡Otra vez, Sofía! Yo…

Sofía lo mira.

TUBAL: Ya voy, Sofía. Ya voy.

La puerta se cierra. Sara mira a Sanna y Rustan. El gato maúlla. La lluvia corre por el patio y por los vidrios de la ventana. Simson trepa al pescante del coche.

Vogler y Manda han subido al coche que cruje y se balancea. Entonces Sara sale corriendo bajo la lluvia, salta por encima de un charco y abre de golpe la portezuela del coche. Se queda de pie allí, empapada y suplicante.

SARA: Amables y bondadosas personas, ¿puedo ir con ustedes? (Pausa) No sé lo que me ha pasado, pero probablemente he perdido la cabeza. (Pausa) Debe ser la poción de amor. (Llora) Porque no puedo pensar del modo que decidí que debía pensar.

Simson permanece sentado en el pescante del coche como un soldado de madera y no se atreve a mirar a Sara. La lluvia chorrea de su enorme sombrero.

MANDA: Corre y busca tus cosas. Apresúrate.
SARA (grita): Simson querido, voy contigo.
SIMSON (grita): Yo te ayudaré.

Salta del pescante y corre detrás de la muchacha.

La lluvia rebota en el empedrado, corre por el techo y los costados del coche, encuentra cómo introducirse por las ranuras y agujeros, brota por el piso, chorrea por el tapizado y los paneles.

Manda se muerde los nudillos. Vogler está reclinado en su asiento con los ojos cerrados; parece exhausto e indiferente.

MANDA: Si sólo consiguiéramos salir de la ciudad, podríamos escapar. Instalarnos en alguna parte, en algún lugar dejado de la mano de Dios, e inventar nuevos trucos. Si sólo consiguiéramos irnos.

Mira hacia afuera. Sara y Simson han desaparecido.

La señora de Egerman está de pie, muy pálida, junto a la ventana del dormitorio. La silueta del marido aparece detrás de ella.

En la ventana de la escalera, se puede ver al consejero médico Vergérus. Su expresión es de tranquila indiferencia.

Sanna y Rustan se hallan junto a la ventana de la cocina delineados por un trémulo resplandor.

En el dormitorio de la cocinera están Tubal y Sofía. Pero desaparecen después de unos minutos.

MANDA: ¿Por qué no vienen? Tenemos que irnos. Si sólo consiguiéramos salir de esta ciudad. ¡Oh, es demasiado tarde! Es demasiado tarde.

Se oye un ruido inusitado en las calles: el repiqueteo de cascos de caballos y el estruendo de ruedas de carreta.


Tres carruajes negros se detienen y obstruyen el paso. De dos de ellos baja una rápida fila de uniformes. De pronto, el patio entero está lleno de agentes de policía. Finalmente aparece Frans Starbeck vestido con uniforme de gala y capa.

Sara y Simson salen a la escalera, pero se detienen como petrificados.

Un agente saluda al señor jefe de policía, quien inmediatamente entra en la casa. La portezuela del coche se abre y el policía hace una señal a Vogler y su mujer para que bajen inmediatamente. Vogler se envuelve en una vieja frazada porque todavía sigue vestido con los harapos del actor. Cuatro agentes montan guardia alrededor del coche. Algunos cuidan la salida.

Dos sargentos acompañan a Vogler y su esposa por las escaleras hasta el último piso, seguidos por miradas sorprendidas y curiosas. Entran en el gran vestíbulo.

Allí ya se han reunido muchas personas. Los dueños de casa, el jefe de policía, el consejero médico, Tubal y Sofía, Sanna y Rustan. Sara y Simson y varios agentes de policía en las puertas.

Starbeck se compone ruidosamente la garganta y luego guarda silencio.

SOFÍA: Tuviste suerte, Tubal.

Tubal hace una inspiración y mira el cielo raso; es difícil decir si está expresando gratitud. Starheck frunce el ceño y señala a Vogler.

STARBECK: ¿Quién es usted, señor?

Vogler no contesta.

VERGÉRUS: Es el magnetizador Albert Emanuel Vogler, a quien creíamos que habíamos disecado hace unas horas. Pero el señor Vogler nos hizo trampa con un procedimiento muy especial. Es probable —y tengo el cuidado de decir probable— que sea el señor Vogler el que está ahí envuelto en una frazada.
STARBECK (pálido): ¿Es verdad lo que dice?
VERGÉRUS: Por lo que podemos saber nosotros, sí. ¡Por lo que podemos saber nosotros!

Starbeck da un paso atrás y se deja caer en una silla. Extrae un pañuelo de gran tamaño del bolsillo y se enjuga la frente. Se ha producido un silencio general y llena de asombro.

STARBECK (con voz ronca): ¡Estoy salvado!

Domina su emoción y se pone de pie en seguida. Busca en los bolsillos y encuentra un papel que despliega. Inmediatamente empieza a leer con voz temblorosa.

STARBECK: Por orden de Su Majestad tengo el placer de informaros lo que sigue. Su Majestad el Rey ha expresado su deseo de presenciar una de las funciones magnéticas del señor Vogler. Por consiguiente, ordeno que conduzcáis al antes mencionado Vogler al Palacio Real con el fin de realizar los arreglos necesarios para el espectáculo de esta noche, que debe desarrollarse inmediatamente después de la comida real. Despachado en el Palacio Real, Estocolmo, el catorce de julio de 1846 d. de J., por el Gran Mariscal de la Corte.

Starbeck guarda silencio y vuelve a enjugarse la frente. Hace con el documento un ademán enérgico y se compone la garganta.

STARBECK: Apresúrese, doctor Vogler. Todos están esperándolo. Ya es hora de irnos.

Vogler que ha estado sentado con la cabeza gacha, se pone de pie lentamente y mira al uno y al otro. Luego se dirige hacia la puerta. Starbeck corre para adelantársele y se la abre. Los policías se ponen en posición de atención. La atmósfera está cargada, pero solemne. Vogler se detiene en la puerta y mira a su alrededor.

VOGLER: Recojan el resto de los aparatos y envíenlos a palacio. Tengan cuidado; son objetos caros.
STARBECK: Por supuesto, doctor. ¡Por supuesto!
VOGLER: Entonces, vamos.

Bajan las escaleras en procesión. Starbeck corre adelante sin dar completamente la espalda a Vogler. Las personas de la casa se han reunido en las ventanas para ver la partida.

La lluvia ha cesado de repente y el sol envía sus rayos esporádicamente entre nubes negras. Sara y Simson trepan al pescante del coche.

Simson da un latigazo ceremonioso a los caballos. La portezuela del coche se cierra de golpe.

SARA (sensual): Mi queridísimo Simson.
SIMSON: Ahora no, por amor de Dios. (En secreto) ¡Esta noche!

El coche se balancea al salir por el portón, da vuelta la esquina lentamente y trepa por las calles montuosas, que brillan en el sol de la tarde.

Los otros carruajes lo siguen.

De esta forma el magnetizador Albert Emanuel Vogler hace su entrada triunfal en Palacio.

Estocolmo,
junio 4 de 1958
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