La peste (VI)

Albert Camus





IV

Durante los meses de setiembre y octubre toda la ciudad vivió doblegada a la peste. Centenares de miles de hombres daban vueltas sobre el mismo lugar, sin avanzar un paso, durante semanas interminables. La bruma, el calor y la lluvia se sucedieron en el cielo. Bandadas silenciosas de estorninos y de tordos, que venían del mar, pasaban muy alto dando un rodeo, como si el azote de Paneloux, la extraña lanza de madera que silbaba, volteada sobre las casas, los mantuviese alejadas. A principios de octubre, grandes aguaceros barrieron las calles. Y durante este tiempo no se produjo nada que no fuese ese continuo dar vueltas sin avanzar.

Rieux y sus amigos descubrieron entonces hasta qué punto estaban cansados. En realidad, los hombres de los equipos sanitarios no lograban ya digerir el cansancio. El doctor Rieux lo notaba al observar en sus amigos y en él mismo los progresos de una rara indiferencia. Por ejemplo, los hombres que hasta entonces habían demostrado un interés tan vivo por todas las noticias de la peste dejaron de preocuparse de ella por completo. Rambert, a quien habían encargado provisionalmente de dirigir una de las residencias de cuarentena instalada desde hacía poco en su hotel, conocía perfectamente el número de los que tenía en observación. Estaba al corriente de los menores detalles del sistema de evacuación inmediata que había organizado para los que presentaban súbitamente síntomas de la enfermedad, pero era incapaz de decir la cifra semanal de las víctimas de la peste, ignoraba realmente si ésta avanzaba o retrocedía. Pese a todo vivía con la esperanza de una evasión próxima.

En cuanto a los otros, absorbidos en su trabajo día y noche, no leían periódicos ni escuchaban radio. Y si se comentaba con ellos los resultados de la semana hacían como si se interesaran, pero en el fondo lo acogían todo con esa indiferencia distraída que se supone en los combatientes de las grandes guerras, agotados por el esfuerzo, pendientes sólo de no desfallecer en su deber cotidiano, sin esperar ni la operación decisiva ni el día del armisticio.

Grand, que continuaba haciendo los cálculos necesarios, hubiera sido seguramente incapaz de informar sobre los resultados generales. Al contrario de Tarrou, de Rambert y de Rieux, siempre duros para el cansancio, no había tenido nunca buena salud. Y sin embargo acumulaba sobre sus obligaciones de auxiliar del Ayuntamiento, la secretaría de los equipos de Rieux y, además, sus trabajos nocturnos. Así estaba siempre en continuo estado de agotamiento, sostenido por dos o tres ideas fijas tales como la de prometerse unas vacaciones completas después de la peste, durante una semana por lo menos, y trabajar entonces de modo positivo en lo que tenía entre manos, hasta llegar a “abajo el sombrero”. Sufría también bruscos enternecimientos y en esas ocasiones se ponía a hablarle a Rieux de Jeanne, preguntándose dónde podría estar en aquel momento y si al leer el periódico lo recordaría. En una de estas conversaciones que sostenía con él, Rieux mismo se sorprendió un día hablando de su propia mujer en el tono más trivial, cosa que no había hecho nunca. No estaba muy seguro de la veracidad de los telegramas que ella le ponía, siempre tranquilizadores. Y se había decidido a telegrafiar al director del sanatorio. Como respuesta había recibido la notificación de un retroceso en el estado de la enferma, asegurándole, al mismo tiempo, que se emplearían todos los medios para contener el mal. Se había reservado esta noticia y sólo por el cansancio podía explicarse que se la hubiera confiado a Grand en aquel momento. Después de hablarle de Jeanne, Grand le había preguntado por su mujer y Rieux le había respondido. Grand había dicho: “Usted ya sabe que eso ahora se cura muy bien.” Y Rieux había asentido, diciendo simplemente que la separación empezaba a ser demasiado larga, y que él hubiera podido ayudar a su mujer a triunfar de la enfermedad, mientras que ahora tenía que sentirse enteramente sola. Después se había callado y había respondido evasivamente a las preguntas de Grand.

Los otros estaban en el mismo estado. Tarrou resistía mejor, pero sus cuadernos demuestran que si su curiosidad no se había hecho menos profunda, había perdido, en cambio, su diversidad. Durante todo ese período llegó a no interesarse más que por Cottard. Por la noche, en casa de Rieux, donde acabó por instalarse cuando convirtieron el hotel en casa de cuarentena, apenas escuchaba a Grand o al doctor cuando comentaban los resultados del día. Llevaba en seguida la conversación hacia los pequeños detalles de la vida oranesa, que generalmente les preocupaban.

En cuanto a Castel, el día en que vino a anunciar al doctor que el suero estaba preparado, después que hubieron decidido hacer la primera prueba en el niño del señor Othon, cuyo caso parecía desesperado, Rieux empezó a comunicarle las últimas estadísticas, cuando se dio cuenta de que su viejo amigo se había quedado profundamente dormido en la butaca. Y ante este rostro, en el que siempre había algo de dulzura y de ironía que le daban una perpetua juventud, ahora súbitamente abandonado, con un hilo de saliva asomándole en los labios entreabiertos, dejando ver todo su desgaste y su vejez, Rieux sintió que se le apretaba la garganta.

Por todas estas debilidades Rieux calculaba las dimensiones de su cansancio. Su sensibilidad se desmandaba. Encadenada la mayor parte del tiempo, endurecida y desecada, estallaba de cuando en cuando, dejándole entregado a emociones que no podía dominar. Su única defensa era encerrarse en ese endurecimiento, apretar el nudo que se había formado dentro de él. Sabía con certeza que esta era la única manera de continuar. Por lo demás, no tenía muchas ilusiones y el cansancio le quitaba las pocas que le quedaban. Pues sabía que aun, durante un período cuyo término no podía entrever, su misión no era curar, sino únicamente diagnosticar. Descubrir, ver, describir, registrar, y después desahuciar, esta era su tarea. Había mujeres que le cogían la mano gritando: “¡Doctor, dele usted la vida!” Pero él no estaba allí para dar la vida sino para ordenar el aislamiento. ¿A qué conducía el odio que leía entonces en las caras? “No tiene usted corazón”, le habían dicho un día; sin embargo tenía un corazón. Le servía para soportar las veinte horas diarias que pasaba viendo morir a hombres que estaban hechos para vivir. Le servía para recomenzar todos los días; pero eso sí, sólo tenía lo suficiente para eso. ¿Cómo pretender que le alcanzase para dar la vida?

No, no era su socorro lo que distribuía a lo largo del día, eran meros informes. A eso no se le podía llamar un oficio de hombre. Pero, después de todo, ¿a quién entre toda esa muchedumbre aterrorizada se le dejaba la facultad de ejercer un oficio de hombre? A decir verdad, era una suerte que existiese el cansancio. Si Rieux hubiera estado más entero, este olor de muerte difundido por todas partes hubiera podido volverle sentimental. Pero cuando no se ha dormido más que cuatro horas no se es sentimental. Se ven las cosas como son, es decir, que se las ve según la justicia, según la odiosa e irrisoria justicia. Y los otros, los desahuciados, lo sabían perfectamente, ellos también. Antes de la peste lo recibían siempre como a un salvador. Él podía arreglarlo todo con tres píldoras y una jeringa y le apretaban el brazo al acompañarlo por los pasillos. Era halagador pero peligroso. Ahora, por el contrario, se presentaba con una escolta de soldados y había que empezar a culatazos con la puerta para que la familia se decidiese a abrir. Ahora querrían arrastrarlo y arrastrar con ellos a la humanidad entera hacia la muerte. ¡Ah! Era bien cierto que los hombres no se puedan pasar sin los hombres, era bien cierto que tan desamparado estaba él como aquellos desgraciados y que él también merecía aquel estremecimiento de piedad que cuando se apartaba de ellos dejaba crecer en sí mismo.

Estos eran, por lo menos durante aquellas interminables semanas, los pensamientos que el doctor Rieux revolvía en su cabeza mezclados a los que atañían a su separación, y eran también los mismos que veía reflejarse en las caras de sus amigos. Pero el efecto más peligroso del agotamiento que ganaba, poco a poco, a todos los que mantenían esta lucha contra la plaga, no era esta indiferencia ante los acontecimientos exteriores o ante los testimonios de los otros, sino el abandono a que se entregaban. Habían llegado a evitar todos los movimientos que no fueran indispensables o que les pareciesen superiores a sus fuerzas. Así llegaron a abandonar, cada vez más frecuentemente, las reglas de higiene que tenían proscriptas, a olvidar algunas de las numerosas desinfecciones que debían practicar sobre ellos mismos, a correr, sin precaverse contra el contagio, hacia los atacados de peste pulmonar, porque, avisados en el último momento para acudir a las casas infectadas, les había parecido agotador ir primero al local donde se hacían las instalaciones necesarias. En esto estaba el verdadero peligro, pues era la lucha misma contra la peste la que los hacía más vulnerables a ella. Lo dejaban todo al azar y el azar no tiene miramientos con nadie.

Sin embargo, había un hombre en la ciudad que no parecía agotado ni descorazonado y que seguía siendo la viva imagen de la satisfacción. Ese hombre era Cottard. Sabía mantenerse apartado de todo y continuar sus relaciones con los demás, pero sobre todo procuraba ver a Tarrou lo más frecuentemente que el trabajo de éste se lo permitía, en parte porque Tarrou estaba bien informado sobre su caso, en parte porque le acogía siempre con una cordialidad inalterable. Era un continuo milagro; Tarrou, a pesar del trabajo que realizaba, seguía siempre amable y atento. Incluso cuando ciertas noches llegaba a aplastarle el cansancio, encontraba al día siguiente una nueva energía. “Con él —había dicho Cottard a Rambert— se puede hablar porque es un hombre. Siempre está uno seguro de ser comprendido.”

Por esta razón, las notas de Tarrou que corresponden a esa época recaen poco a poco sobre el personaje Cottard. Tarrou ha procurado dar un cuadro de las reacciones y las reflexiones de Cottard, tal como le habían sido confiadas por éste o tal como él las había interpretado. Bajo el epígrafe “Relaciones de Cottard con la peste” este cuadro ocupa unas cuantas páginas del cuaderno y el cronista cree conveniente dar aquí un resumen. La opinión general de Tarrou sobre el pequeño rentista se resumía en este juicio: “Es un personaje que crece.” Según las apariencias, crecía también su buen humor. Estaba satisfecho del giro que tomaban los acontecimientos. A veces expresaba el fondo de su pensamiento ante Tarrou con las observaciones de este género: “Evidentemente, esto no va mejor. Pero por momentos, todo el mundo está en el lio.”

“Está claro, añade Tarrou, él está amenazado como los otros pero justamente lo está con los otros. Y además cree seriamente, estoy seguro de ello, que no puede ser alcanzado por la peste. Se apoya sobre la idea, que no es tan tonta como parece, de que un hombre que es presa de una gran enfermedad o de una profunda angustia queda por ello mismo a salvo de todas las otras angustias o enfermedades. ‘¿Ha observado usted, me dice, que no puede uno acumular enfermedades? Supóngase que tuviese una enfermedad grave o incurable, un cáncer serio o una buena tuberculosis; no pescará usted nunca el tifus o la peste; es imposible. Y la cosa llega más lejos. No habrá visto nunca morir a un canceroso de un accidente de automóvil.’ Verdadera o falsa, esta idea pone a Cottard de buen humor. Lo único que no quiere es ser separado de los demás. Prefiere estar sitiado con todos los otros a estar preso solo. Con la peste se acabaron las investigaciones secretas. Los expedientes, las fichas, las informaciones misteriosas y los arrestos inminentes. Propiamente hablando, se acabó la policía, se acabaron los crímenes pasados o actuales, se acabaron los culpables. No hay más que condenados que esperan el más arbitrario de los indultos y, entre ellos, los policías mismos. Así Cottard, siempre según la interpretación de Tarrou, estaba dispuesto a considerar los síntomas de angustia y de confusión que representaban nuestros conciudadanos con una satisfacción indulgente y comprensiva que podía expresarse por un: “¡Qué va usted a decirme!, eso yo ya lo he pasado.”

“Yo me he esforzado en hacerle comprender que la única manera de no estar separado de los otros era tener la conciencia tranquila: me ha mirado malignamente, y me ha dicho: ‘Entonces, según eso, nadie está nunca con nadie.’ Y después: ‘Puede usted creerlo, yo se lo aseguro. El único medio de hacer que las gentes estén unas con otras es mandarles la peste. Y si no, mire usted a su alrededor.’ En verdad comprendo bien lo que quiere decir y comprendo que le parezca cómoda la vida que llevamos. ¿Cómo no reconocería en los que pasan junto a él las reacciones que antes tuvo él mismo; la tentativa que hace cada uno de lograr que todo el mundo esté con él, la amabilidad que se despliega para informar a un transeúnte desorientado, cuando antes sólo se le manifestaba mal humor; la precipitación de la gente hacia los restaurantes de lujo, la satisfacción que tienen de encontrarse y permanecer allí; la afluencia desordenada que forma cola todos los días en el cine, que llena todas las salas de espectáculos y los dancings mismos, que se reparte como una marea desencadenada en todos los lugares públicos; el echarse atrás ante cualquier contacto, y el apetito de calor humano, sin embargo, que impulsa a los hombres unos hacia otros, los codos hacia los codos, los sexos hacia los sexos? Cottard ha conocido todo eso antes que ellos, es evidente. Excepto las mujeres, porque con su cara… Y supongo que cuando se le haya ocurrido ir a buscar prostitutas, habrá desistido por temor a la mala fama que ello pudiera acarrearle”.

“En resumen, la peste lo ha sepultado bien. De un hombre que era solitario sin querer serlo, ha hecho un cómplice. Pues es, visiblemente, un cómplice y lo es con delectación. Es cómplice de todo lo que ve, de las supersticiones, de los errores irrazonados, de las susceptibilidades de todas esas almas alertas; de su enloquecimiento y su palidez al menor dolor de cabeza, puesto que saben que la enfermedad empieza por esos dolores, y de su sensibilidad irritada, susceptible, inestable, en fin, que transforma en ofensas los olvidos y que se aflige por la pérdida de un botón.”

Tarrou salía frecuentemente con Cottard y después contaba en sus cuadernos cómo se hundían en la multitud sombría, de los crepúsculos o de las noches, hombro con hombro, sumergiéndose en una masa blanca y negra en la que, de cuando en cuando, caían los escasos resplandores de alguna lámpara y acompañando al rebaño humano hacia los placeres ardorosos que lo salvaban del frío de la peste. Lo que Cottard buscaba meses antes en los lugares públicos, el lujo, la vida desahogada, todo lo que soñaba sin poder alcanzar, es decir, el placer desenfrenado, un pueblo entero se entregaba ahora a él. Aunque el precio de todo subía inconteniblemente, nunca se había malgastado tanto dinero, y aunque a la mayor parte le faltaba lo necesario, nunca se había despilfarrado más lo superfluo. Todos los juegos aumentaban, mantenidos por ociosos que eran más bien cesantes. Tarrou y Cottard seguían a veces durante largo rato a alguna de esas parejas que antes procuraban ocultar lo que les unía y que ahora, apretados una contra otro, paseaban obstinadamente a través de la ciudad, sin ver la muchedumbre que les rodeaba, con la distracción un poco estática de las grandes pasiones. Cottard se enternecía: “¡Ah, son magníficos!” —decía—. Y hablaba alto, se esponjaba en medio de la fiebre colectiva, de las propinas regias que sonaban a su alrededor y de las intrigas que se armaban ante sus ojos.

Sin embargo, Tarrou creía que había poca maldad en la actitud de Cottard. Su “eso yo ya lo he pasado” indicaba más desgracia que triunfo. “Yo creo —decía Tarrou — que empieza a sentir algo de amor por estos hombres, presos entre el cielo y los muros de su ciudad. Por ejemplo, creo que de buena gana les explicaría si pudiera que la cosa no es tan horrible: ‘Ya los oye usted, me dijo un día, ya los oye usted: después de la peste haré esto, después de la peste haré esto otro… Se envenenan la existencia en vez de estar tranquilos. Y no se dan cuenta de las ventajas que tienen. ¿Es que yo podría decir: después de mi condena haré esto o lo otro? La condena es un principio no es un fin. Mientras que la peste… ¿Quiere usted saber mi opinión? Son desgraciados porque no se despreocupan. Yo sé lo que digo.’

“Evidentemente, él sabe lo que dice, añade Tarrou. Él valora en su justo precio las contradicciones de los habitantes de Oran, que aunque sienten profundamente la necesidad de un calor que los una, no se abandonan a ella por la desconfianza que aleja a los unos de los otros. Todo el mundo sabe bien que no se puede tener confianza en su vecino, que es capaz de darle la peste sin que lo note y de aprovecharse de su abandono para inficionarle. Cuando uno se ha pasado los días, como Cottard, viendo posibles delatores en todos aquellos cuya compañía sin embargo buscaba, se puede comprender ese sentimiento. Se está muy bien entre gentes que viven en la idea de que la peste, de la noche a la mañana, puede ponerles la mano en el hombro y de que acaso está ya preparándose a hacerlo en el momento mismo en que uno se vanagloria de estar sano y salvo. En la medida de lo posible él está a su gusto en medio del terror. Pero precisamente, porque él ha sentido todo esto antes que ellos, yo creo que no puede experimentar enteramente con ellos toda la crueldad de esta incertidumbre. En suma, al mismo tiempo que nosotros, los que todavía no hemos muerto de la peste, él sabe que su libertad y su vida están tambien a dos pasos de ser destruidos. Pero puesto que él ha vivido en el terror, encuentra normal que los otros lo conozcan a su turno. Más exactamente, el terror le parece así menos pesado de llevar que si estuviese solo. En esto es en lo que está equivocado y porque es más difícil de comprender que otros. Pero, después de todo, es por eso por lo que merece más que otros que se intente comprenderlo.”

En fin, las páginas de Tarrou terminan con un relato que ilustra la conciencia singular que invadía al mismo tiempo a Cottard y a los pestíferos. Este relato reconstruye, poco más o menos, la atmósfera difícil de la época y por esto el cronista le asigna mucha importancia.

Habían ido a la ópera Municipal donde daban el Orfeo de Glück. Era Cottard el que había invitado a Tarrou. La compañía había venido al principio de la peste para dar unas representaciones en nuestra ciudad. Bloqueada por la enfermedad se había puesto de acuerdo con el teatro de la ópera para dar un espectáculo una vez por semana. Así, desde hacía varios meses, todos los viernes nuestro teatro Municipal vibraba con los lamentos melodiosos de Orfeo y con las llamadas imponentes de Eurídice. Sin embargo, el espectáculo seguía contando con el favor del público y tenía todos los días grandes entradas. Instalados en los puestos más caros, Cottard y Tarrou dominaban un patio de butacas lleno hasta reventar por los más elegantes de nuestros ciudadanos. Los que llegaban se preocupaban visiblemente de llamar la atención. Bajo la luz resplandeciente de la sala, antes de levantarse el telón, los músicos afinaban discretamente sus instrumentos, las siluetas se destacaban con precisión, al pasar de una fila a otra se inclinaban con gracia. En el ligero murmullo de una conversación de buen tono, los hombres recobraban el aplomo que les faltaba horas antes por las calles negras de la ciudad. El frac espantaba a la peste.

Durante todo el primer acto Orfeo se lamentó con facilidad, algunas mujeres vestidas con túnicas comentaron con gracia su desdicha y cantaron al amor. La sala reaccionaba con calor discreto. Apenas se notó que Orfeo introducía en su aria del segundo acto ciertos trémolos que no figuraban en la partitura y que pedía con cierto exceso de patetismo al dueño de los Infiernos que se dejase conmover por su llanto. Algunos movimientos o sacudidas que se le escaparon parecieron a los más informados efectos de estilización que enriquecían la interpretación del cantante.

Fue necesario que llegase el gran dúo de Orfeo y Eurídice del tercer acto (el momento en que Eurídice vuelve a alejarse de su amante) para que cierta sorpresa recorriese la sala. Y como si el cantante no hubiera estado esperando más que ese movimiento del público o, más exactamente todavía, como si el rumor del patio de butacas le hubiera corroborado en lo que sentía, en ese mismo momento avanzó de un modo grotesco, con los brazos y las piernas separados, en su atavío clásico, y se desplomó entre los idílicos decorados que siempre habían sido anacrónicos pero que a los ojos de los espectadores no lo fueron hasta aquel momento, y de modo espantoso. Pues al mismo tiempo la orquesta enmudeció, la gente de las butacas se levantó y empezó a evacuar la sala, primero en silencio, como se sale de una iglesia cuando termina el servicio, o de una cámara mortuoria después de una visita, las mujeres recogiendo sus faldas y saliendo con la cabeza baja, los hombres guiando a sus compañeras por el codo, evitándoles chocar con los asientos bajados. Pero poco a poco el movimiento se hizo más precipitado, el murmullo se convirtió en exclamación y la multitud afluyó a las salidas apretándose y empujándose entre gritos. Cottard y Tarrou, que solamente se habían levantado, se quedaron solos ante una imagen de lo que era su vida de aquellos momentos: la peste en el escenario, bajo el aspecto de un histrión desarticulado, y en la sala los restos inútiles del lujo, en forma de abanicos olvidados y encajes desgarrados sobre el rojo de las butacas.

Rambert, que desde los primeros días de setiembre trabajaba seriamente con Rieux, había pedido un día de licencia para encontrarse con González y los dos chicos delante del instituto de muchachos.

Ese día, González y Rambert vieron llegar a los dos chicos riendo. Dijeron que la otra vez no habían tenido suerte pero que había que confiar. En todo caso, no era aquella su semana de guardia; era necesario tener paciencia hasta la siguiente. Entonces recomenzarían. Rambert dijo que esa era la palabra. González propuso entonces una cita para el lunes próximo, con el propósito de instalar a Rambert ese mismo día en la casa de Marcel y Louis. “Nosotros, tú y yo, nos citaremos, pero si yo no llego, tú te vas directamente a casa de ellos. Hay que explicarte dónde viven.” Pero Marcel o Louis dijo que lo más fácil era llevarle en aquel momento. Si no era muy exigente habría comida para los cuatro, y de ese modo se podría dar cuenta. González dijo que era una buena idea y se fueron todos hacia el puerto.

Marcel y Louis vivían al final del barrio de la Marina, cerca de las puertas que daban sobre el mirador. Era una casita española de muros espesos, de contraventanas de madera pintada, con habitaciones desnudas y sombrías. Tenían arroz que servía la madre de los muchachos, una vieja española sonriente y llena de arrugas. González se extrañó, pues el arroz faltaba ya en la ciudad. “En las puertas se arregla uno”, dijo Marcel. Rambert comía y bebía, y González dijo que era un verdadero camarada, mientras él pensaba únicamente en la semana que tenía que pasar.

La realidad era que tuvo que esperar dos semanas porque los turnos de guardia se hicieron de quince días para reducir el número de los equipos. Durante esos quince días Rambert trabajó sin escatimar esfuerzo, de modo ininterrumpido, como con los ojos cerrados, de la mañana a la noche. Tarde ya se acostaba y dormía con un sueño pesado. El paso brusco de la ociosidad a este trabajo agotador le dejaba sin sueño y sin fuerzas. Hablaba poco de su evasión. Un hecho notable: al cabo de una semana confesó al doctor que, por primera vez, la noche anterior se había emborrachado. Al salir del bar tuvo de pronto la impresión de que se le hinchaban las ingles y de que al mover los brazos sentía una dificultad en las axilas. Pensó en seguida que era la peste, y la única reacción que tuvo —tanto él como Rieux convinieron en que no era razonable— fue la de correr hacia la parte alta de la ciudad y allí, en una plazoleta desde donde no se llegaba a divisar el mar pero desde donde se veía un poco más de cielo, llamar a gritos a su mujer, por encima de la ciudad. Cuando llegó a su casa no se descubrió en el cuerpo ningún signo de infección y no quedó muy orgulloso de aquella brusca crisis. Rieux dijo que comprendía muy bien que se pudiese obrar así. “En todo caso, dijo, sucede con frecuencia que tenga uno ganas de hacerlo.”

—El señor Othon me ha hablado de usted esta mañana —añadió Rieux en el momento en que Rambert se iba—. Me ha preguntado si le conocía: “Aconséjele usted, me ha dicho, que no frecuente los medios de contrabando. Se hace notar.”
—¿Qué quiere decir esto?
—Esto quiere decir que tiene usted que darse prisa.
—Gracias —dijo Rambert, estrechando la mano del doctor. Al llegar a la puerta se volvió. Rieux observó que por primera vez desde el principio de la peste, se sonreía.
—Entonces ¿por qué no impide usted que me marche?

Rieux movió la cabeza con su gesto habitual y dijo que eso era cosa de Rambert, que había escogido la felicidad y que él no tenía argumentos que oponerle. Se sentía incapaz de juzgar lo que estaba bien y lo que estaba mal en este asunto.

—¿Y por qué me dice usted que me dé prisa?

Rieux sonrió a su vez.

—Es posible que sea porque yo también tengo ganas de hacer algo por la felicidad.

Al día siguiente no hablaron más de ello pero trabajaron juntos. A la otra semana Rambert se instaló por fin en la casa de los españoles. Le hicieron una cama en la habitación común. Como los muchachos no iban a comer a casa y como le habían rogado que saliera lo menos posible, estaba solo la mayor parte del tiempo, o se ponía a charlar con la madre de los muchachos. Era una vieja madre española seca y altiva, vestida de negro, con la cara morena y arrugada bajo el pelo blanco muy limpio. Silenciosa, cuando miraba a Rambert le sonreía con los ojos.

Alguna vez le preguntó si no temía llevarle la peste a su mujer. Él creía que había que correr ese riesgo y que, después de todo, era un riesgo mínimo; en cambio, quedándose en la ciudad se exponía a ser separado de ella para siempre.

—¿Cómo es ella? —le preguntó la vieja sonriendo.
—Encantadora.
—¿Bonita?
—Yo creo que sí.
—¡Ah! —dijo ella—, es por eso.
—¿No cree usted en Dios? —dijo la vieja, que iba a misa todas las mañanas.

Él reconoció que no, y la vieja repitió que era por eso.

—Tiene usted razón, debe reunirse con ella. Si no, ¿qué le quedaría a usted?

El resto del tiempo Rambert se lo pasaba dando vueltas, junto a las paredes enjalbegadas y desnudas, tocando los abanicos que estaban clavados en ellas o contando los madroños que bordeaban el tapete. Por la tarde volvían los muchachos. No hablaban mucho, sólo lo suficiente para decirle que todavía no era el momento. Después de cenar Marcel tocaba la guitarra y bebían todos anisado. Rambert seguía pensando.

El miércoles, Marcel llegó diciendo:

“Todo está listo para mañana a medianoche. Estate preparado.” De los dos hombres que hacían la guardia con ellos, uno había caído con la peste y el otro, que vivía con él, estaba en observación. Así, durante dos o tres días, Marcel y Louis estarían solos. Por la noche fueron a terminar los últimos detalles. Al día siguiente todo sería posible; Rambert les dio las gracias. “¿Está usted contento?”, le preguntó la vieja. Él dijo que sí, pero pensaba en otra cosa.

Al día siguiente, bajo un cielo pesado, el calor era húmedo y sofocante. Las noticias de la peste eran malas. La vieja española conservaba la serenidad, sin embargo. “Hay mucho pecado en el mundo, decía, así que ¡a la fuerza!” Tanto Rambert como Marcel y Louis andaban con el torso desnudo, pero a pesar de todo les corría el sudor por los hombros y por el pecho. En la penumbra de la casa, con las persianas bajas, sus cuerpos parecían más morenos y relucientes. Rambert daba vueltas sin hablar. De pronto, a las cuatro de la tarde, se vistió y dijo que salía.

—Cuidado —le dijo Marcel—, es a medianoche. Todo está preparado.

Rambert fue a casa del doctor. La madre de Rieux le dijo que lo encontraría en el hospital en la parte alta de la ciudad. Delante del puesto de guardia, la muchedumbre de siempre daba vueltas sobre el mismo lugar. “¡Circulen!”, decía un sargento de ojos saltones. La gente circulaba pero en redondo. “No hay nada que esperar”, decía el sargento, cuyo traje estaba empapado de sudor. Ellos ya sabían que no había nada que esperar y sin embargo seguían allí. Rambert enseñó un pase al sargento que le indicó el despacho de Tarrou. La puerta daba sobre el patio. Se cruzó con el Padre Paneloux que salía del despacho.

Era una pequeña habitación, blanca y sucia, que olía a farmacia y a trapos húmedos. Tarrou, sentado a una mesa de madera negra, con las mangas de la camisa remangadas, se secaba con el pañuelo el sudor que le corría por la sangría del brazo.

—¿Todavía aquí? —le dijo.
—Sí, quisiera hablar con Rieux.
—Está en la sala. Si podemos resolverlo sin él será mejor.
—¿Por qué?
—Está agotado. Yo le evito todo lo que puedo.

Rambert miró a Tarrou. Vio que había adelgazado, el cansancio le hacía borrosos los ojos y todas las facciones. Sus anchos hombros estaban como encogidos. Llamaron a la puerta y entró un enfermero enmascarado de blanco. Dejó sobre la mesa de Tarrou un paquete de fichas y dijo con una voz que la máscara ahogaba: “Seis” y se fue. Tarrou miró a Rambert y le enseñó las fichas extendidas en abanico.

—¿Qué bonitas, eh? ¡Pues no!, no son tan bonitas, son muertos. Los muertos de esta noche.

Frunciendo la frente recogió el paquete de fichas.

—Lo único que nos queda es la contabilidad.

Tarrou se levantó y se apoyó en la mesa.

—¿Se va usted pronto?
—Hoy a medianoche.

Tarrou dijo que se alegraba y que tuviera cuidado.

—¿Dice usted eso sinceramente?

Tarrou alzó los hombros:

—A mi edad es uno sincero forzosamente. Mentir cansa mucho.
—Tarrou —dijo Rambert—, perdóneme, pero quiero ver al doctor.
—Sí, ya sé. Es más humano que yo. Vamos.
—No es eso —dijo Rambert con esfuerzo, y se detuvo.

Tarrou lo miró y de pronto le sonrió.

Fueron por un pasillo cuyos muros estaban pintados de verde claro y donde flotaba una luz de acuario. Antes de llegar a una doble puerta—vidriera, detrás de la cual se veía un curioso ir y venir de sombras, Tarrou hizo entrar a Rambert en una salita con las paredes cubiertas de armarios. Abrió uno de ellos y sacó de un esterilizador dos máscaras de gasa, dio una a Rambert para que se tapara con ella. Rambert le preguntó si aquello servía para algo y Tarrou respondió que no, pero que inspiraba confianza a los demás.

Empujaron la puerta—vidriera. Era una inmensa sala, con las ventanas herméticamente cerradas a pesar de la estación. En lo alto de las paredes zumbaban los aparatos que renovaban la atmósfera y sus hélices curvas agitaban el aire espeso y caldeado, por encima de las dos filas de camas. De todos lados subían gemidos sordos o agudos que formaban un solo lamento monótono.

Algunos hombres vestidos de blanco pasaban con lentitud bajo la luz cruel que vertían las altas aberturas defendidas con barrotes.

Rambert se sentía mal en el terrible calor de aquella sala y le costó trabajo reconocer a Rieux inclinado sobre una forma gimiente. El doctor estaba punzando las ingles de un enfermo que sujetaban dos enfermeros a los lados de la cama. Cuando se enderezó dejó caer su instrumento en el platillo que un ayudante le ofrecía y se quedó un rato inmóvil, mirando al hombre mientras lo vendaban.

—¿Qué hay de nuevo? —dijo a Tarrou, cuando vio que se le acercaba.
—Paneloux ha aceptado reemplazar a Rambert en la casa de cuarentena. Ha hecho ya muchas cosas. Queda por organizar el tercer equipo de inspección sin Rambert.

Rieux aprobó con la cabeza.

—Castel ha terminado sus primeras preparaciones. Propone un experimento.
—¡Ah! —dijo Rieux—, eso está bien.
—Además, está aquí Rambert.

Rieux se volvió. Por encima de la máscara guiñó un poco los ojos al ver a Rambert.

—¿Qué hace usted aquí? —le dijo—, usted debiera estar en otra parte.

Tarrou le dijo que la cosa era para aquella noche y Rambert añadió: “En principio.”

Cada vez que uno de ellos hablaba, la máscara de gasa se hinchaba en el sitio de la boca. Esto hacía que la conversación resultase un poco irreal, como un diálogo entre estatuas.

—Querría hablar con usted —dijo Rambert.
—Saldremos juntos, si quiere. Espéreme en el despacho de Tarrou.

Un momento después, Rambert y Rieux se instalaban en el asiento posterior del coche. Tarrou conducía.

—Se acabó la gasolina —dijo Tarrou, al echar a andar—. Mañana andaremos a pie.
—Doctor —dijo Rambert—, yo no me voy: quiero quedarme con ustedes.

Tarrou no rechistó, siguió conduciendo. Rieux parecía incapaz de salir de su cansancio.

—¿Y ella? —dijo con voz sorda.

Rambert dijo que había reflexionado y seguía creyendo lo que siempre había creído, pero que sabía que si se iba tendría vergüenza. Esto le molestaría para gozar del amor a su mujer. Pero Rieux se enderezó y dijo con voz firme que eso era estúpido y que no era en modo alguno vergonzoso elegir la felicidad.

—Sí —dijo Rambert—, puede, puede uno tener vergüenza de ser el único en ser feliz.

Tarrou, que había ido callado todo el tiempo sin volver la cabeza, hizo observar que si Rambert se decidía a compartir la desgracia de los hombres, ya no le quedaría tiempo para la felicidad. Era necesario que tomase una decisión.

—No es eso —dijo Rambert—. Yo había creído siempre que era extraño a esta ciudad y que no tenía nada que ver con ustedes. Pero ahora, después de haber visto lo que he visto, sé que soy de aquí, quiéralo o no. Este asunto nos toca a todos.

Nadie respondió y Rambert terminó por impacientarse.

—¡Ustedes lo saben mejor que nadie! Si no ¿qué hacen en el hospital? ¿Es que ustedes han escogido y han renunciado a la felicidad?

No respondieron ninguno de los dos. El silencio duró mucho tiempo hasta que llegaron cerca de la casa del doctor. Rambert repitió su última pregunta, todavía con más fuerza y solamente Rieux se volvió hacia él. Rieux se enderezó con esfuerzo:

—Perdóneme, Rambert —dijo—, pero no lo sé. Quédese con nosotros si así lo desea.

Un tropezón del coche en un bache lo hizo callar. Después añadió, mirando al espacio:

—Nada en el mundo merece que se aparte uno de los que ama. Y sin embargo, yo también me aparto sin saber por qué.

Rieux se dejó caer sobre el respaldo.

—Es un hecho, eso es todo —dijo con cansancio—. Registrémoslo y saquemos las consecuencias.
—¿Qué consecuencias? —preguntó Rambert.
—¡Ah! —dijo Rieux—, no puede uno al mismo tiempo curar y saber. Así que curemos lo más a prisa posible, es lo que urge.

A medianoche, Tarrou y Rieux estaban haciendo el plano del barrio que Rambert estaba encargado de inspeccionar, cuando Tarrou miró su reloj. Al levantar la cabeza encontró la mirada de Rambert.

—¿Los ha prevenido usted? —Rambert apartó los ojos.
—Había enviado unas líneas —dijo—, antes de venir a verlos.

Hasta los últimos días de octubre no se ensayó el suero de Castel. Este era, prácticamente, la última esperanza de Rieux. En el caso de que fuese un nuevo fracaso, el doctor estaba persuadido de que la ciudad quedaría a merced de la plaga que podía prolongar sus efectos durante varios meses todavía o decidirse a parar sin razón.

(Continuará…)

Una respuesta a “La peste (VI)

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