El mago (II)

Ingmar Bergman






Los tres hombres por fin cesan de reír y se sientan frente a la chimenea de leños. Ottilia permanece de pie junto al escritorio.

OTTILIA: Sí; fue un juego bastante humorístico.
EGERMAN: ¿Qué quieres decir, querida?
OTTILIA: ¿No es divertido humillar a los seres que no pueden defenderse?
EGERMAN: ¡No comprendes, criatura! El médico consejero y yo habíamos hecho una apuesta en una cuestión de enorme interés científico.
OTTILIA: ¿Una apuesta?
VERGÉRUS: Ciertamente, señora. Su marido es de opinión que las fuerzas intangibles e inexplicables existen realmente.
OTTILIA: Y usted niega esa posibilidad.
VERGÉRUS: Sería catastrófico que los hombres de ciencia se vieran súbitamente forzados a aceptar lo inexplicable.
EGERMAN: ¿Por qué una catástrofe?
VERGÉRUS: Nos llevaría al punto en que tendríamos que tomar en cuenta un… Que nos veríamos forzados súbitamente… a… lógicamente tendríamos que concebir a…
EGERMAN: Un dios.
VERGÉRUS: Un dios, si prefiere.
STARBECK: Un pensamiento grotesco y además no es moderno. La ciencia hoy en día está mejor equipada que nunca para penetrar todos los misterios más obvios.
EGERMAN: ¿Obvios?
VERGÉRUS: Todo puede tener su explicación.
EGERMAN: Usted parece muy optimista.
STARBECK: ¡Optimista! ¡Piense nada más en la electricidad! ¡En la máquina de vapor!
EGERMAN: El hecho es que, en todo caso, el magnetizador le hizo impresión.
VERGÉRUS: Le doy mi palabra de honor que no me influyó en lo mínimo.
STARBECK: ¿Todavía queda en pie la apuesta? Nadie ha ganado.
EGERMAN: Veremos mañana. ¿Quieren tomar una copa antes de la comida?

La señora de Egerman lleva oporto y lo sirve. Luego sale silenciosamente del cuarto. Vergérus la mira salir.

VERGÉRUS: Su mujer parece un poco agitada, Egerman. ¿Será la muerte de la niña que todavía…?
EGERMAN: Nos vamos al extranjero este otoño y entonces espero… (Pausa) ¡Skoal, señores!
STARBECK: Skoal para el doctor Vogler y su compañía magnética.
VERGÉRUS: Una compañía con una conciencia muy poco limpia, parecería.

Los tres hombres ríen y beben satisfechos.

La cocina de los Egerman es grande y se parece a una cocina de granja. Se halla situada en planta baja y sigue la forma angular de la casa. A un costado, hay una puerta que da a la escalera de piedra y al zaguán. Del otro lado dos puertas llevan al antecomedor y a las habitaciones de servicio. La puerta de entrada da directamente sobre el patio. En un rincón del recinto hay una mesa grande sobre la cual han sido colocadas cantidades de comida, cerveza y coñac.

Sara y Sanna se han ocupado de dar los últimos toques a las preparaciones. Sara cuenta veinte años, Sanna alrededor de dieciséis. En una mesita, un poco a un costado, están sentados Aman y Vogler. Terminan justamente de comer.

SANNA (en secreto): Creo que son gentes peligrosas y debemos cuidarnos de ellos. Tienen un aspecto horrible.
SARA (en secreto): No comprendes, querida Sanna, porque eres todavía demasiado joven.
SANNA: El mago mismo es completamente mudo. ¿No te parece horrible? No ha pronunciado palabra durante toda la comida.
SARA: Rustan dice que está simulando.
SANNA: Eso es peor todavía. Sabes, tengo realmente miedo.

Vogler y Aman se levantan de la mesa y salen por la puerta que da sobre el zaguán. Sanna y Sara los miran marcharse con curiosidad y respeto.

SARA: De todos modos, no tienen dinero. Sólo hay que temer a los ricos.
SANNA: A mí me parece horrible que sean pobres. Imagínate, pueden matarnos y robar todo el dinero del amo.

Se abre la puerta y entra Tubal muy animado. La abuela le pisa los talones.

TUBAL: Buenas noches, jovencitas. Me llamo Tubal, simplemente; es tan sencillo como una canción de pueblo. ¡Ahora veamos! Ésta es Sara, y ésa es Sanna.
SARA y SANNA (con una risita): ¿Eso cree usted?
TUBAL: ¡Voy a averiguarlo! En pocas palabras, estamos invitados a comer. ¡Allí están las obras y aquí están los huéspedes! ¿Nos sentamos?

Tubal se vuelve. Sofía Garp sale de sus dominios. Tubal se adelanta y consigue besarle la mano.

SOFÍA: Sofía Garp, cocinera de la casa.
TUBAL: ¡Mi señora! ¡Encantado! ¡Halagado! ¡Anonadado! ¡Por no decir conquistado!

Los ojos de Sofía adquieren una expresión peculiar. Libera su mano, se alisa el delantal y señala la mesa.

SOFÍA: Buen apetito, como decimos en esta casa.

Rustan, el lacayo de Egerman, ha aparecido de pronto desde algún rincón. Es un muchacho grueso, sin formas, dotado de buen humor y cierta energía animal. Está acompañado por Simson, el cochero de Vogler, quien se ha cambiado de ropa y está por lo tanto transformado en un joven apuesto.

Todos se sientan a la mesa y empiezan a comer en silencio. La cerveza muestra su espuma, el coñac brilla, los pasteles crujen y las grandes tajadas de pan caen suavemente. Se masca y se traga mucho; las fuentes y los vasos tintinean, los rostros se sonrojan. Nadie habla, pero el silencio está lleno de amistosa curiosidad. Tubal eructa discretamente.

SOFÍA: ¡Salud!
TUBAL: Cuando veo estas mujeres hermosas con figuras redondeadas, labios rosados y ojos relucientes; cuando veo estos jóvenes, briosos como corceles jóvenes; cuando veo nuestra mesa repleta de toda esta abundancia, entonces me siento inspirado a decir algo sobre la vida.

Dirige a Sofía una mirada arrolladora y ésta hace una inspiración tan inesperada que su corsé cruje audiblemente.

SARA: Qué hermosas palabras, señor Tubal. Diga algo más.
TUBAL: Ya viene, hija Mia, ya viene. (Bebe) La vida, quiero decir, es una función perfecta de magia, con efectos continuamente nuevos y sorprendentes.
SARA: ¿Puede usted hacer magia, señor Tubal?
TUBAL: Pequeña, no hablemos de cosas sobrenaturales. Gocemos en lugar de eso de la realidad, que es considerablemente más natural, por no decir más saludable. Aquello que es secreto, aquello que está oculto, los fantasmas de los muertos, la visión del futuro que cuelga sobre nuestras cabezas con su amenazador rostro sombrío, todo esto deberíamos dejarlo a un lado, hija Mia.
SARA: ¿Sabe usted predecir el destino, señor Tubal?
TUBAL: El señor Tubal sabe predecir el destino.
SARA: Léame la mano, señor Tubal.
TUBAL: No, querida muchacha. Eres demasiado joven y llena de esperanza. ¡No quiero destruir tu curiosidad, tu alegría de vivir, tu cándida fe!

La voz de Tubal toma un tono clerical. Los demás comensales lo miran con respeto, todos con excepción de la abuela, que parece haberse quedado dormida con el calor de la cocina y la comida humeante. Tubal mira a su alrededor y sus ojos encuentran los de Simson.

SOFÍA: Yo diría que uno realmente siente sus poderes sobrenaturales, señor Tubal.
TUBAL: Se sienten, se sienten.
SOFÍA: ¡Un don maravilloso!
TUBAL: Pero una carga pesada, Sofía. Y sombría. Aquel que se ha vendido una vez se encuentra muy solo.
SOFÍA: Dios santo, señor Tubal, la hace sentir a una frío y calor al mismo tiempo debajo del corsé. (Se ruboriza)
TUBAL: Uno se siente solo, Sofía. Con hambre de ternura y cosas por el estilo.
SARA: Es como si oyera a nuestro pastor cuando habla; pero da más miedo.
SANNA (llora): Tengo tanto miedo.
SARA: ¿Por qué lloras?
TUBAL: ¡Llora, hija Mia! Sus lágrimas son como bálsamo en las úlceras cancerosas de un paria social.
SARA: Querido señor Tubal, dígame mi suerte, de todos modos.

Sara se inclina sobre la mesa, sonrojándose de excitación. Tubal le toma la mano pequeña y la mira largo rato. Ella respira con dificultad. En ese momento se abre la puerta y un hombrón corpulento entra. Está vestido de librea y tiene un rostro pálido, ovalado, un bigote caído y ojos siniestros.

SOFÍA: Siéntese, Antonsson, y sírvase. Éste es Antonsson, el cochero del señor Egerman.
TUBAL: A sus órdenes, Antonsson. Ya nos hemos conocido.
ANTONSSON (cortés): ¡Buenas noches!

Se quita la chaqueta de la librea, se sienta en el extremo de la mesa y atrae hacia sí la jarra de coñac.

SARA: Silencio, ahora. El señor Tubal va a hablar del futuro.

Tubal tiene en la suya la mano de la muchacha y cierra los ojos. Al mismo tiempo deja que su otra mano caiga debajo de la mesa y, como por casualidad, sobre el muslo de Sofía. Con cautela su mano realiza un indiscreto recorrido. Sofía Garp deja de respirar y abre la boca, pero se queda callada. Mientras tanto, Tubal ha empezado a profetizar con creciente pomposidad.

TUBAL: Veo una luz. Ahora se apaga. Está oscuro. Oigo dulces palabras de amor. No, no puedo repetirlas. Me lo prohíbe mi sentido de la decencia. Creo que veo… Yo… Ahora es bellísimo… ¿quién puede hablar de decencia en tales momentos? Ah, es estimulante. Un joven. Monta a todo galope. ¡Es muy bello! La naturaleza misma.

Sofía se tapa la cara con las manos; la excitación la ha hecho enrojecer. La abuela se ha despertado y habla entre dientes, como contrapunto a la melodía de Tubal. Sara está sin aliento; sus mejillas arden. Sanna llora silenciosamente, reclinada contra Rustan que se halla sentado con la mandíbula caída y respira con dificultad por primera vez en su vida. Simson, joven apuesto con labios húmedos y cabellos brillosos, busca los ojos de Sara, pero ésta no lo ha advertido todavía.

TUBAL: Brillantes lágrimas de una doncella. Oh, hija Mia. El pecho agitado de la tórtola. Perdónenme por prolongar esta visión, pero no veo nada más. Dura un largo rato. (Pausa) ¡Largo rato!

La mano izquierda de Tubal acaricia la mitad inferior de Sofía que se agita más y más en su mitad superior. Con la mano derecha todavía tiene asida la mano de Sara, pero se queda callado. No hace sino menear la cabeza con cierta seriedad.

TUBAL: Sí, sí. (Suspira) No veo nada más. Pero algo se me vino a la mente: Sara, hija Mia, antes de celebrar tu festín de amor toma unas gotas de nuestra porción de amor y te deleitarás en él siete veces más.

De un estuche que tiene siempre a mano, Tubal extrae un frasco de aspecto poco común. Se lo ofrece a Sara.

TUBAL: Un regalo de la señora Afrodita Venus, la diosa del amor. Tubal no es más que el humilde repartidor.
SANNA (agitada): Una porción de amor.
SOFÍA: ¿Es cara, señor Tubal?
TUBAL: Es costosa, Madame Sofía, porque sus ingredientes son casi imposibles de obtener y son juntados con los mayores sacrificios.
SOFÍA: ¡Qué usted afrontó!
TUBAL: ¡En nombre de la ciencia! ¡Y en el del amor!
SOFÍA: ¿Puedo comprarle una botella, señor Tubal?
TUBAL (mueve negativamente la cabeza): Eso es imposible. Sus medios son demasiado escasos, Madame Sofía. Estas porciones sólo pueden comprarlas las condesas, princesas y ciertas artistas de éxito.
SOFÍA: ¡Oh!
TUBAL: Pero para usted, Sofía… bueno, por su belleza y su magnífica hospitalidad y cortesía, digamos trece chelines. Dos botellas por veinte.

Sofía asiente con la cabeza sin entusiasmo pero con determinación. Se levanta de la mesa y va a su cuarto con paso vacilante.

SARA: Tiene un olor fuerte.

Sara ha abierto la botella y olido el contenido. Mira a los otros con los ojos brillantes.

SARA: Tan fuerte, tan fuerte.
TUBAL: Es el fluidum mismo, hija Mia. Estimulante materializado, si se me permite que me exprese científicamente.

Sara, de pronto le ofrece la botella a Simson. Sus manos se tocan. Él huele el líquido, echa unas gotas en su vaso de coñac y bebe hasta vaciarlo.

SARA: ¿Es bueno para los hombres?
TUBAL: ¡No solamente bueno! La señora Afrodita Venus les toca el corazón con la punta de los dedos. ¡Y entonces sí que es a lo de Dios!
SARA: ¡Ay, si sólo mamá estuviera aquí!
SANNA (llora): Tengo tanto miedo, tanto miedo.

Sofía Garp sale rápidamente de su habitación, pone veinte chelines sobre la mesa y se queda junto a Tubal, acalorada. Éste se inclina debajo de la mesa, pero la abuela es igualmente rápida.

TUBAL (en secreto): La poción de amor se ha terminado. ¿Qué le damos ahora?
ABUELA: Toma ésta contra los cólicos y los juanetes. Lo más importante es el aspecto de la botella y el gusto que tiene.

Tubal pesca dos pequeñas botellas y las coloca sobre la mesa. El desgarbado Rustan se ha puesto de pie; tiene una moneda en la mano y tartamudea con perplejidad.

RUSTAN: ¿Qué puedo comprar con este chelín?
TUBAL: Una noche de amor que nunca olvidarás, pedazo de patán. (Elige una botella.)
ABUELA (en secreto): Pero eso es veneno para ratas.
TUBAL (en secreto): Éste no se va al otro mundo tan pronto. (En voz alta.) Bebe toda la botella de un golpe y sentirás un deleite más grande que el del Rey Salomón cuando gozaba con sus mil concubinas.

Rustan inmediatamente saca el corcho de la botella, la vacía, respira con dificultad y pone los ojos en blanco. Sanna llora aún más fuerte. Sofía se sienta junto a Tubal y lo mira con seriedad mientras le llena el vaso de él.

SOFÍA: Por supuesto es usted un estafador, Tubal.
TUBAL: Por supuesto, madame Sofía. Pero soy muy especial, ¿no le parece?

Ella bebe de un trago su vaso de cerveza y lo deja sobre la mesa con un golpe.

SOFÍA: ¿También es pobre?
TUBAL: Mi capital no es de este mundo.
SOFÍA: Estaba justamente pensando eso. Sería usted buen predicador.
TUBAL: Mi fe vacila…
SOFÍA: Quizá tenga razón. Este tema requiere una discusión en privado. (En secreto.) Voy a mi cuarto. En unos minutos salgo al patio y dé la vuelta de la casa por la derecha. Hay una puertita allí y se la abriré.
TUBAL (entusiasmado): ¡Es usted una verdadera mujer, Sofía!
SOFÍA: Quizá. Mi esposo murió hace ocho años.
TUBAL: ¡Mis condolencias!
SOFÍA: Era débil, pero un gran predicador en nuestra parroquia. Hacía arder nuestras almas. Abrigaba en el corazón una tormenta espiritual.
TUBAL: Eso es algo maravilloso.
SOFÍA: Quizá, quizá no.

Lo mira con severidad, pero la respiración entrecortada le mueve ostensiblemente el pecho. Tubal está ardiendo con el coñac y el fuego del infierno.

TUBAL: ¿No lleva los frascos?
SOFÍA (tranquila pero sin desdén): Guarde sus botellas. Puede volver a venderlas.

Las nalgas de Sofía se bambolean con dignidad mientras se dirige sin prisa fuera del cuarto. Tubal se pone nervioso, se muerde las uñas y mira en derredor con ojos vigilantes. Simson y Sara están sentados, tímidamente, en lados opuestos de la mesa. Simson ha extendido la mano hacia la joven y la mano, de ella está extendida a medio camino hacia la de él. Sanna llora silenciosa y persistentemente. Rustan se levanta y se dirige tambaleante hacia la puerta, pero cae sobre un banco junto al barril del agua. Parece muy confundido. Antonsson está sentado, inmóvil.

TUBAL (golpea la mesa): Casarse con Sofía. (Bebe.) ¡Aleluya, hermanos… y hermanas! Es concebible. Lo principal no es la fe sino el poder. Sofía sintió el poder. (Se levanta.) Que la paz sea con vosotros, hijos míos. Ahora el hermano Tubal va junto a Sofía y encuentra la salvación. La paz sea con vosotros.

Nadie ha oído su declaración, ni él esperó que la oyeran. Tubal ha sentido sencillamente una necesidad perentoria de aclarar su situación. Sale al patio, y cierra la puerta con cuidado. Se lo ve un momento en la ventana, antes de dar la vuelta de la esquina y desaparecer. Simson lo mira alejarse, levemente perturbado y de pronto toma la mano de Sara. Al principio ella quiere retirarla, pero se queda completamente quieta, con el rostro vuelto hacia otro lado. Sanna llora con angustia y confusión.

La abuela, que ha comido hasta hartarse, está ausente de lo que ha ocurrido a su alrededor. Se acerca a la silla, junto a Sanna y le toca el brazo.

ABUELA: ¿Por qué lloras, hormiguita?
SANNA: ¿Es usted una bruja?
ABUELA: Quizá.
SANNA: Estoy tan asustada con todo lo que ha ocurrido esta noche. (En voz baja.) Y usted es tan vieja y fea.
ABUELA: Cuando tengas casi doscientos años tú también serás fea, hormiguita.
SANNA: ¿Es realmente tan vieja?
ABUELA: Sí, por supuesto.
SANNA: ¿Usted también hace magia?
ABUELA: A veces. (En voz baja.) Pero hoy en día nadie cree en mis secretos de modo que debo tener cuidado. Una no debe ofender la nueva fe porque entonces la pueden meter en un manicomio. Eso es lo que dice Tubal.
SANNA: ¿Cómo se convirtió en bruja?
ABUELA: ¡Chist! No puedo decirte eso.
SANNA: ¿Ha vendido su alma?
ABUELA: Sí; quizá la he vendido.
SANNA (vuelve a llorar): ¡Oh, tengo tanto miedo de nuevo!
ABUELA: Ahora vete a la cama y la bruja te dará un regalo. Haz lo que te digo, hormiguita. Sólo quiero lo mejor para ti. Vamos, vamos.

Sanna se pone de pie vacilante y sale de la cocina. La abuela permanece sentada, un poco pensativa. Charla consigo misma y de pronto ve a Antonsson. Intercambian miradas sombrías.

ANTONSSON: ¿Qué está mirando tan fijamente?
ABUELA: He presenciado cantidad de ejecuciones, especialmente en mis días juveniles. (Antonsson le clava los ojos.) He visto a los ahorcados mirándome desde arriba. He encontrado las miradas de hombres decapitados. He conocido a varios verdugos, especialmente en épocas pasadas.
ANTONSSON: ¿Y entonces?
ABUELA: Entonces sé cuál es el aspecto de un asesino.
ANTONSSON: Nunca he ofendido a nadie.
ABUELA: No, no.
ANTONSSON: Pero quebrarle el pescuezo a usted casi sería una buena acción.
ABUELA (se levanta): Cuando pasé por la lavandería miré en la oscuridad. En un rincón, colgaba un cadáver de una cuerda. Me acerqué para ver quién era y lo reconocí.
ANTONSSON: ¡No le tengo miedo!
ABUELA: Era un asesino colgado de ese gancho.
ANTONSSON: ¡Ah!
ABUELA: Sí, así es. Una ve lo que ve y sabe lo que sabe. Sólo que no se gana nada con hablar de ello.

La abuela sale de la cocina, pero no se olvida de llevar consigo el estuche de Tubal. Antonsson permanece sentado a la mesa, sumido en sus pensamientos.

SARA: Qué vida debe llevar usted, señor Simson.
SIMSON: Excitante, quiere decir. Bueno, uno se acostumbra.
SARA: Todos nosotros nos quedamos aquí, día tras día. Todo es igual durante la semana entera. Algunas veces tengo un hormigueo en todo el cuerpo que me da ganas de llorar y reír al mismo tiempo.
SIMSON: ¡Nuestra vida! ¡Oh, cómo describirla! Funciones, viajes, grandes fiestas, una vida de lujo.
SARA: Por supuesto que usted conocerá a mujeres hermosas, señor Simson.
SIMSON: La magia atrae a las mujeres, sabe usted. Especialmente a las mujeres bellas, impetuosas, con instinto. Algunas veces tenemos que luchar para quitárnoslas de en medio.
SARA: ¡Oh!
SIMSON: Acabo de acordarme de una princesa rusa con ojos verdes y un pecho blanco como un lirio… Oh, bueno, hablemos de alguna otra cosa.
SARA: ¡Oh!
SIMSON: Puedo decir que he llegado a conocer bien a las mujeres. Sólo una mirada y todo está revelado.
SARA: Y piense, aquí estoy yo sentada junto a usted, señor Simson.|
SIMSON: Pero usted es mona.
SARA: ¿Le parece?
SIMSON: Y soy un hombre de experiencia, diría yo. De modo que sé lo que estoy hablando. Tiene una boca preciosa, ojos bellísimos y una figura realmente linda.
SARA: ¡Mamá, auxilio!
SIMSON: ¡Por qué grita!
SARA: No sé. Pero me siento tan rara. Particularmente en el estómago. Quizá estoy enferma.
SIMSON: Es la poción de amor, por supuesto.
SARA: Pero yo no tragué ni una gota.
SIMSON: No importa. (Rápidamente.) La olió.
SARA: ¿Cree usted que ésa puede ser la razón? ¡Qué está haciendo!

Simson se zambulle debajo de la mesa y sale junto a Sara. Se sienta y le rodea la cintura con su brazo.

SIMSON: Ahora vamos a tomar un trago cada uno. Y entonces la señora Venus Afrodita vendrá y nos tocará. Es la diosa del amor, sabe usted. Y entonces todo será maravilloso. Uno hace lo que uno hace y uno sabe lo que uno sabe, como dice abuelita.
SARA: Creo que me está embromando, señor Simson.
SIMSON: No, hija Mia, no estoy embromándote, estoy preparando una diversión maravillosa para los dos.
SARA: ¿Y la princesa rusa?
SIMSON: ¿Es tu pecho menos blanco?
SARA: No lo creo. Pero tenía ojos verdes.
SIMSON: Ella cerraba los ojos. Tú puedes hacer eso también.
SARA (feliz): Entonces bebamos.

Juntan los vasos y beben la poción de amor que Simson ha servido. Para asegurarse, vuelven a beber y vacían la botella. Sara deja su vaso sobre la mesa y suspira.

SARA: ¿Qué ocurrirá ahora?
SIMSON: Ahora esperaremos.
SARA: ¿Aquí?
SIMSON (dudoso): No, no exactamente aquí.
SARA: Vamos a la lavandería.
SIMSON: ¿La lavandería?
SARA: ¡Por supuesto! (Feliz.) Hay allí grandes canastos llenos de ropa suave, limpia.
SIMSON: Quizá fuera mejor que esperáramos un rato, sin embargo. (Palidece.)
SARA: ¿Esperar qué?
SIMSON: El señor Vogler puede necesitarme para algo. Creo…
SARA: Qué pálido te has puesto de pronto. ¿Qué ocurre?
SIMSON: Acabo de recordar que el remedio puede tener diferentes efectos en diferentes personas. Por ejemplo, algunos hombres se convierten en leones rugientes. Ha ocurrido que casi he rajado en dos a mis mujeres.
SARA (atraída): ¡Qué horrible!
SIMSON: Tengo miedo de lastimarte, querida Sara.
SARA: Oh, yo no me partiré en dos.
SIMSON: Tiene efectos distintos, como ya dije. También puede uno sentir náuseas. He oído de personas que han muerto.
SARA: Y yo creo que la señora Venus Afrodita me ha tocado justamente en la forma debida. (Ríe.)
SIMSON: Sí, es posible. Pero yo soy mucho más sensible.
SARA: Vamos ya, no seas tonto. (En secreto con una risita.) No voy a comerte, pobrecíto Simson.

Lo toma de la mano y sale corriendo. Se los ve un momento en el patio. El vestido claro de Sara se delinea contra el coche que aparece alto y oscuro en el crepúsculo. Antonsson se queda sentado inmóvil, levanta la cabeza y ve al pobre Rustan quien, medio aturdido, se ha acurrucado sobre el banco, cerca del barril del agua.

ANTONSSON: Beba algo y se sentirá mejor.
RUSTAN: ¡Piense! Él se la llevó así como así. Y ella ha sido siempre tan retraída.

Sanna tiene su cuartito para ella sola, debajo de la gran escalera. Una ventana triangular da al jardín. La niña se ha acostado en su estrecha cama. La abuela, que la ha seguido hasta el cuarto, busca algo dentro de su bolso negro. Por fin halla un objeto que reluce tenuemente en la luz del velador. Se acerca a Sanna en puntas de pies y coloca el objeto sobre el pecho de la niña. Es un adorno con forma de oreja. En la oreja hay un anillo y una piedra chispeante. Adherida al anillo cuelga una cadenita fina de oro.

ABUELA: ¡Chist! ¡Chist! No debes estar triste, hormiguita. Pronto entrarás en el juego. Primero abuela te da un regalo para consolarte. Chist, chist. Ahora me sentaré aquí y te cantaré para que te duermas.
SANNA: ¿Es una oreja?
ABUELA: Es una oreja. Y si le dices en secreto tus deseos a esta oreja obtendrás lo que pides. Pero sólo con una condición.
SANNA: ¿Qué clase de condición?
ABUELA: Sólo puedes desear cosas que viven, están vivas o pueden cobrar vida.
SANNA: No comprendo lo que quiere decir.
ABUELA: No, ahora no, pero no importa. Calla, calla, naricita, voy a cantar para ti. ¿Qué quieres que cante? Sé toda clase de canciones, sabes.
SANNA: Nada que dé miedo.
ABUELA (canta):
Un soldado marchaba con su fusil al hombro
mientras el enemigo demolía su patria
y él cumplía órdenes y en su novia pensaba.
Está radiante el sol, el aire está muy frío.
El paciente soldado marcha con paso firme.
En el cercano bosque ha surgido el ataque
y el soldado con ímpetu se empeña en la lucha,
llevado a flor de labios el nombre que ama tanto.
Se lucha cuerpo a cuerpo, pues la contienda arrecia.
Pero él odia el pillaje, por eso no lo acepta.
¡Ay, teñidas de sangre quedarán las espadas!
Muchos de esos valientes no escaparán de allí.
Y cuando tras el monte la luz desaparece
el enemigo huye cubierto por la noche.
Contento está el soldado que termine la lucha
y mientras la victoria la celebran por fin
del festín que no asiste se deleita el soldado
en enviar a su novia tierna carta de amor:
«Sentí tu pensamiento guiándome en la lucha
y aquello fue sin duda lo que salvó mi vida.
Esta noche de guardia cumpliré mi deber
porque a la vez tu amor es mi celeste guardia».
SANNA (suspira): Esa canción es bellísima y ahora me parece que me siento mucho mejor.
ABUELA: Falta una estrofa.
El amor es confianza.
El amor es descanso.
El amor le da fuerzas
al corazón cobarde.
El amor siempre es uno.
El amor nunca es dos.
Amor para el amante
es renovada dicha.
ABUELA (susurra): ¿Has oído, hormiguita?
SANNA: Ya estoy casi dormida.
ABUELA: Sí, sí. (Dice entre dientes palabras incomprensibles.) Sí, sí.

De pronto el cuarto se llena de una luz blanca que desaparece casi inmediatamente. Sanna vuelve a despertarse.

SANNA: Ahora vendrán los truenos.
ABUELA (escucha): Muy lejos.
SANNA: No tengo miedo a los truenos. (Se duerme.)

La abuela escucha en tensión para oír otra cosa, algo que en el silencio provoca espanto.
Dando pasitos silenciosos sale al amplio zaguán. La puerta del patio está entreabierta, pero el farol encima del portón se ha apagado. Se detiene: una pequeña figura en la luz grisácea, escuchando intensamente. Se produce un relámpago silencioso; la abuela espera inmóvil y expectante. Oye unos gemidos cercanos, unos pasos que se arrastran y de nuevo silencio.

ABUELA (entre dientes): «Te llama abajo, te llama afuera, más allá de los muertos, los vivos, los muertos vivos, más allá de las manos levantadas».

Se humedece el dedo, garrapatea unos signos sobre la pared y empieza a subir, una sombra gris sin substancia en la inmóvil luz grisácea.

Contiguo a la lavandería con sus grandes tinas y el olor a sótano y humedad se halla el cuarto de planchar. En medio del recinto hay una máquina de planchar, abultada y monstruosa. Junto a ella, una canasta enorme, llena de ropas con olor a fresco, a recién lavadas. También hay, en un rincón, un cajón de manzanas de invierno, y en la ventana angosta y alta, se ve un nido de pájaro.

SIMSON: Hace mucho calor aquí.
SARA: ¿No huele bien? Es la ropa blanca recién planchada con el olor a lavanda del armario, y las manzanas de invierno en el cajón, allá. En la ventana hay un nido de pájaro.
SIMSON: Sigue haciendo un maldito calor, de todos modos.
SARA: Estás temblando.
SIMSON: Hace tanto calor.
SARA: Entonces quítate la chaqueta.|

Sara lanza una risita y desaparece en la oscuridad. Luego abre la puerta que da sobre el patio. En ese instante se produce el tercer relámpago, esta vez seguido por un lejano trueno.

SIMSON: Cierra la puerta.
SARA: No; quiero verte.
SIMSON: He perdido un zapato.

Sara vuelve a reír tontamente, luego se pone seria. Simson busca en la oscuridad.

SARA (de pie junto a la puerta): Veo que Rustan y Antonsson están todavía sentados en la cocina. Y hay luz en el cuarto de huéspedes donde duermen el señor Aman y el señor Vogler.
SIMSON: Sara.
SARA: ¿Dónde estás? No te veo.
SIMSON: En la canasta de ropa blanca. Donde dijiste que debíamos estar.

Simson se ha sentado en la enorme canasta de ropa blanca y se ha puesto cómodo. Sara de un salto se coloca junto a él.

SARA: Pues bien.
SIMSON: Por supuesto, sería fácil para mí seducirte, Sarita.
SARA: ¿Eso crees?
SIMSON: Estoy completamente seguro. Pero uno se pone más viejo con los años y más considerado, si es que me comprendes.
SARA: Si hago un esfuerzo grande, creo que podría comprender.
SIMSON: Uno aprende a no pisotear las cosas así, sin más. No cortar todas las flores que crecen a la vera del camino.
SARA: Bueno, por lo menos puedes olerías.
SIMSON: Sólo me inclino sobre los frágiles pétalos y luego sigo mi camino.
SARA: ¿Por qué hablas tanto?

En ese momento hay otro relámpago, pero esta vez los truenos vienen más seguidos y más fuertes.

SARA: ¡Oh, tengo miedo de los truenos!

Echa el brazo alrededor del cuello de Simson y gime.

SIMSON: Quédate tranquila, por favor. Me tienes a mí.
SARA: Eso es muy, muy tranquilizador.
SIMSON: ¡Oh!
SARA (susurra): ¡Qué!
SIMSON: La poción de amor.
SARA: ¿La sientes mucho?
SIMSON: ¡Oh, sí! Estoy transpirando como un camello.

Relámpagos y truenos en la distancia.

SARA: Vuelven los truenos. Apriétame fuerte.
SIMSON: ¡Hay un nudo difícil!
SARA: Te ayudaré. No, no mires.
SIMSON: Oh, ¿deberías desabotonar ese botón? Esto es muy difícil.

El género cruje y la canasta chilla. Sonrisas y respiraciones entrecortadas. Dos suspiros tiernos.

SARA: No parece que tuvieras mucha experiencia, querido Simson.
SIMSON: He estado en el extranjero la mayor parte del tiempo, sabes.
SARA (ríe): Oh, tengo que reírme.
SIMSON: ¿Por qué te ríes?
SARA: Ahora la señora Venus Afrodita me toca con la punta de los dedos. ¿No es verdad? ¿No era así?
SIMSON: Chist, chist.

No llegan a ver una figura pálida que se tambalea por el patio, ni oyen un quejido sordo que parece salir del purgatorio.

La canasta grande chilla en forma desacostumbrada.

(Sigue leyendo…)

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