EL CLUB DE LAS AMANTES ESPOSAS

Estefanía Farias Martínez

Happy Family (1982)-Roger Raveel






Cuando empecé esta columna, no esperaba encontrar, en las cartas que me llegaban, historias tan peculiares como la que quiero referir a continuación. Se trata de una iniciativa brillante y polémica que un grupo de mujeres puso en marcha de forma clandestina hace casi dos años: el Club de las amantes esposas.

¿En qué consiste su propuesta? En plantear la infidelidad como el secreto de la paz familiar.

Para muchos de ustedes puede resultar un concepto aberrante, pero ellas no podían evitar que sus maridos las fueran infieles; sin embargo, descubrieron que la ansiedad que les provocaba el trabajo o los problemas económicos se mitigaba cuando tenían una amante estable.

Tuve la oportunidad de contactar con las promotoras de la idea para que me explicaran un poco mejor cómo llegaron a esa conclusión, cómo decidieron crear el club y cómo llevaron adelante el proyecto. La principal artífice de todo fue E.S., 55 años, casada y con tres hijos. Su marido, frustrado por la crisis en la que estaba sumida su empresa, se estuvo descargando con los chicos y con ella durante una larga temporada, haciendo irrespirable el ambiente en casa; pero de un día para otro se transformó, dejó de gritarles, se volvió más tolerante y su trabajo le entusiasmaba. Tanta paz y felicidad hizo a E.S. sospechar. Empezó a espiarle y no tardó en descubrir que la causa era una nueva secretaria. No pasaba de los treinta, sobre-capacitada para el puesto, no era guapa, pero incluso a E.S. le pareció una chica interesante. Su primera reacción fue encararlo, se sentía traicionada y humillada. No obstante, tuvo la frialdad de poner en una balanza los pros y los contras de aquella relación. No había sido la primera, de eso estaba segura, pero esta vez era diferente, habían pasado varios meses desde el cambio de actitud de su marido y todo iba tan bien… Así que se quedó callada, no le reclamó nada, pero sí actuó como lo solía hacer: preguntándole quién había llamado, cuando le notaba extraño al teléfono, o a dónde iba, cuando salía a horas intempestivas. Fue puro instinto, para conservar a la amante.

E.S. tenía una amiga, R.H., que había vivido algo similar, pero ella intervino. Acosó a la amante hasta deshacerse de ella y unos meses después se encontró en una encrucijada aún peor; su marido no sólo estaba sobrecargado de problemas en la oficina sino que su nuevo affair le volvía loco en vez de calmarlo. R.H. intentó recuperar a la chica anterior, L. (que más adelante se convirtió en pieza clave del proyecto), hasta la suplicó que volviera con su marido, pero ésta se negó. Cuando E.S. y R.H. compartieron sus experiencias, la idea de formar el club se convirtió en la posible solución para ambas y para otras muchas: debían asegurarse de que sus maridos tuvieran amantes de calidad, formadas por ellas mismas.

Por supuesto, como imaginaban que no sería una tarea fácil, iniciaron una investigación muy meticulosa. R.H. buscó insistentemente a L., que al final cedió y aceptó contestar a todas sus preguntas. Así aprendieron qué debían buscar y cómo hacerlo, y las reglas en que se basaban ese tipo de relaciones. Con esa información en sus manos se pusieron en marcha. Ambas pertenecían a un club de lectura, formado exclusivamente por mujeres, y R.H. a un grupo de apoyo y autoestima para mujeres casadas de mediana edad. Por lo delicado del tema, E.S. se puso en contacto con sus amigas más cercanas dentro del club de lectura y R.H. hizo lo mismo en el grupo de apoyo. El objetivo era calibrar las posibilidades del proyecto y en esos primeros acercamientos sólo pudieron esbozarlo a grandes rasgos. La mayoría mostró una curiosidad inesperada hacia la idea propuesta; así que, en cuanto consiguieron reclutar suficientes adeptas, convocaron una reunión en el edificio que albergaba al club de lectura. El lleno fue total. El boca a boca funcionó.

En aquella primera reunión, en la que se creó el club, se plantearon dudas sobre si todo acabaría en divorcio. El miedo a quedar expuestas al abandono por comparación estaba muy presente, pero E.S. las explicó que había leído muchos estudios y estadísticas sobre el tema, y había descubierto que a los hombres les daba miedo el divorcio, y cuando decidían dar ese paso, no era corriente que fuera por “la otra”.

Superado el primer escollo, se pusieron las bases del proyecto. Cada una de ellas elaboró una ficha sobre su marido en la que se recogían todo tipo de detalles: descripción física, rasgos del carácter, defectos, gustos, hábitos, incluso preferencias en materia de amantes (de este tipo de información sólo disponían las que habían ejercido una vigilancia más exhaustiva sobre su cónyuge). El proyecto se basaba en la confidencialidad y en la aleatoriedad. Cualquiera de ellas podía aportar una candidata o varias (lo ideal era que tuvieran una estrecha relación con ellas para que entendieran que debían guardar silencio) y esas candidatas quedaban a disposición del grupo, a excepción de las esposas a las que estaban vinculadas. De esa manera era más difícil que el marido descubriera la relación entre su mujer y su proyecto de amante. Dentro del grupo surgieron varias aspirantes, otras eran familia y amigas de las integrantes del club. Otra cuestión que debían tener en cuenta eran las posibilidades de abordaje, porque el acercamiento debía resultar natural. Ellas eran conscientes, igual que lo somos todas, de que los hombres son cazadores, algunos prefieren caza menor, porque se sienten más seguros, y otros se lanzan a por piezas de caza mayor. Para garantizar el resultado, debían valorar a las aspirantes en función de los gustos y los hábitos de sus cónyuges. Por otro lado, las esposas debían comportarse exactamente igual que en otras ocasiones, que ellos notaran el reproche de sospecha en la nuca, pero sin presionar demasiado para no provocar crisis. Si no lo hacían así, ellos pensarían que pasaba algo raro. Lo vital era que se sintieran transgresores, que mantuvieran esa sensación de estar actuando de forma clandestina. En cuanto a la duración de las infidelidades, se planteó valorar cuándo dejaban de ser beneficiosas para la familia, pero L. les aclaró que de todas formas ese tipo de relaciones se desgastan y ellos las descartan. No obstante, lo primero que tenían que entender era qué buscaba un hombre en una amante a largo plazo. Descubrir que la relación fracasaba cuando era puramente sexual complicó mucho el plan entero. Porque ya no sólo se trataba de buscar mujeres que les resultaran atractivas, aparecieron otras variantes como la inteligencia, el sentido del humor, la actitud, los gustos y aficiones, y muchas cosas más. Si bien en un principio se propuso un contacto continuo entre la mujer y la amante —por miedo más que nada—, se descartó enseguida, la mujer sólo debería ayudar a la seleccionada con indicaciones básicas (que no siempre resultaron útiles). Y, por supuesto, las candidatas pasaron por un entrenamiento a cargo de L., la amante con mayor experiencia.

Las reglas de obligado cumplimiento que L. les dio a las chicas no tenían desperdicio: los tiempos los decidían ellos —por problemas de agenda: el trabajo, la familia y la amante—, no habría ni días ni horarios fijos para los encuentros con ellas, a menos que ellos los establecieran porque se dieran las condiciones adecuadas; en principio, dichos encuentros no estarían sujetos a una ubicación determinada, a menos que alguno de los dos contara con un espacio disponible; ellas no debían llamarles nunca a casa ni al trabajo ni pedirles su teléfono —ellos se lo darían sólo si lo consideraban oportuno—, debían esperar a que ellos se pusieran en contacto con ellas; que se mostraran poco comunicativos sólo indicaba que pretendían alejarse de sus preocupaciones cuando estaban juntos, por eso ellas debían respetar sus silencios; siempre que fuera posible ellas debían intentar que los encuentros tuvieran algo especial, no ser remilgadas y conocer a fondo sus gustos y fantasías; las escenas de celos y las recriminaciones por el poco tiempo que las dedicaban debían evitarse a toda costa; al igual que las sorpresas, no se les podían hacer regalos sin consultarles primero; y, por último, nunca se les debía preguntar por la familia y mucho menos por la relación con su esposa.

No pude resistir la tentación de comentar estas pautas con ella y me contestó que esas eran las reglas. En cuanto al juego en sí mismo, era más complicado de lo que imaginaba porque, según me explicó, por lo general, los hombres casados no se dejaban llevar por impulsos sino que medían muy bien sus pasos, controlaban el entorno y establecían zonas de seguridad que no traspasaban. El mero hecho de ser infiel ya implicaba suficiente riesgo para ellos, no consideraban necesario jugarse el cuello.

A pesar de algunas deserciones, las candidatas aceptaron esas condiciones y el proyecto se puso en marcha. Hubo fracasos, pero pocos, en la mayoría de los casos salió bien. Dos años han pasado y, por lo que me han contado, la iniciativa está en plena expansión. Bien por ellas.

Si no puedes con el enemigo, crea uno que sea útil.

Magdalena Pía

Una respuesta a “EL CLUB DE LAS AMANTES ESPOSAS

  1. Cuidado con los laísmos…
    Con respecto al contenido, aunque bien escrito, lo veo un poco desfasado. Parecen mujeres de la Sección Femenina las que hablan. No se plantea la infidelidad por parte de la mujer…
    Es un enfoque obsoleto, antiguo, del tema.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .